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R. P. José A. Dunney, San Pedro
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San Pedro. Primer Vicario de Cristo

San Pedro y el primer siglo

La tierra que am√≥ Jes√ļs

El mar de Galilea se mostraba como una min√ļscula mancha en el mapa militar del Imperio. Roma, con el orgullo de su dominio, lo consideraba como una mera gota en el ardiente horno de la provincia oriental. Con todo, sus aguas estaban llenas de peque√Īas y activas embarcaciones, en sus costas abundaban las poblaciones, muelles y factor√≠as. Por los caminos, muy bien construidos, que bordeaban sus costas, se encaminaban las legiones que iban a relevar a las guarniciones de las ciudades provinciales y a mantener la Paz Romana por medio del temido estandarte S. P. Q. R. (Senatus populusque romanus). Todos los jud√≠os patriotas sufr√≠an profundamente por la presencia de aquel emblema de opresi√≥n, y, aunque encadenados por el extranjero dentro de sus puertas, so√Īaban con el d√≠a en que su naci√≥n sojuzgada reconquistar√≠a su vida y su libertad. Entre aquellas gentes amantes de la independencia se contaron Andr√©s y Sim√≥n, vigorosos hijos de Jon√°, el Galileo. Nacidos en Betsaida, educados por sus excelentes padres en el esp√≠ritu de la Ley, crecieron por amar su playa nativa y dedicarse a la trabajosa existencia de pescadores. El mayor, Andr√©s, era fuerte y capaz; Sim√≥n, osado, vehemente, impetuoso. Las traidoras aguas no atemorizaban a aquellos intr√©pidos marinos cuya barca pescadora cruzaba el tranquilo azul del Genesaret y que parec√≠an haber adquirido tambi√©n algo del car√°cter de sus volc√°nicas profundidades. Diariamente se aventuraban en el hondo Tiber√≠ade para arrojar sus pesadas redes y recoger su pesca. Pero pon√≠an a medias sus corazones en la ruda tarea, porque alentaban en la silenciosa esperanza del Mes√≠as que, estaban seguros, llegar√≠a un d√≠a para quebrantar el odiado yugo de roma.

Un d√≠a del a√Īo 26 llegaron a o√≠dos de aquellos leales galileos extraordinarias nuevas. ¬°Juan el Bautista, un gran profeta, predicaba la salvaci√≥n! Sobre el borde meridional del desierto, a unos cien kil√≥metros de distancia, pod√≠an encontrarlo, "voz que clama en el desierto, que apareja el camino del Se√Īor". Todo lo que pod√≠an informar los sobreexcitados mensajeros respecto de aquel extra√Īo asceta era que aparec√≠a inesperadamente en sitios diversos entre las rocas para proclamar la venida del Reino. Tan pronto como las caravanas llevaron la nueva de los impetuosos ataques del Bautista, numerosos grupos salieron de Jerusal√©n para o√≠r directamente su mensaje de esperanza y arrepentimiento. Y no bien se expandi√≥ el rumor, muchos escribas y fariseos empezaron a sopesar sus atrevidas palabras: "Ya la segur est√° puesta a la ra√≠z de los √°rboles: as√≠, pues, todo √°rbol que no da buen fruto ser√° cortado y arrojado al fuego" (LUCAS, III, 9). Andr√©s y Sim√≥n convinieron en que no era tiempo de demorarse m√°s con sus enredadas redes, porque, en verdad, todos reconoc√≠an que el "Esperado de las Naciones" pod√≠a muy bien encontrarse ya entre ellos. Y agitados sus corazones con sus sue√Īos, los dos hermanos se encaminaron hacia el desierto del Jord√°n. Pudieron al fin contemplar con sus propios ojos al gran asceta: el hombre de una obra, de una palabra, de un amor, fiel al Cristo hasta la muerte. Pero lleg√≥ e bendito momento en que Andr√©s oy√≥ decir al Bautista:"He aqu√≠ el Cordero de Dios!", y pudo contemplar a Jes√ļs de Nazaret que andaba por all√≠. Y el pescador galileo pregunt√≥ al Maestro: "¬ŅD√≥nde moras?" "Venid y lo ver√©is", fue s amable respuesta, y vieron d√≥nde moraba; y qued√°ronse con √©l aquel d√≠a; porque era como la hora d√©cima. Andr√©s hall√≥ primero a su hermano Sim√≥n y le dijo la gozosa palabra: "¬°Hemos hallado al Mes√≠as!", y lo trajo a Jes√ļs. Y mir√°ndole Jes√ļs dijo: "T√ļ eres Sim√≥n hijo de Jon√°: t√ļ ser√°s llamado Cefas, que quiere decir piedra" (JUAN, I, 38-42). ¬°Qu√© destino esperaba a aquella Piedra, a Sim√≥n Pedro!

De regreso a su ruda tarea, los hijos de Jon√°s volvieron a arrojar en el profundo Tiber√≠ade sus remendadas redes; pero estaban ahora extra√Īamente desasosegados; con sus corazones llenos de esperanza contaban los d√≠as desde su estada en la regi√≥n del Jord√°n. Todo ese tiempo -recordadlo- sus prop√≥sitos estuvieron divinamente orientados, ellos mismos interiormente sometidos a poderosas lealtades. Y lleg√≥ la hora en que Jes√ļs se les apareci√≥, y haci√©ndoles se√Īas, d√≠joles: "Venid en pos de m√≠, y os har√© pescadores de hombres". Ellos lo hab√≠an estado esperando, de modo que "dejando al instante las redes, lo siguieron" (MATEO, IV, 19 y 20). No fue el suyo un entusiasmo ocasional y pasajero, sino un acto que nac√≠a dela fe viviente y del amor. Consagrados ahora al servicio activo, iban a convertirse en √≠ntimos del Maestro, pues su resoluci√≥n fue no alejarse de El jam√°s. Y siguiendo por la costa marina de Galilea, llam√≥ Jes√ļs a otros: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, y Felipe y Natanael. El peque√Īo grupo qued√≥ estrechamente unido en el esp√≠ritu de una simple y profunda devoci√≥n. Y una ma√Īana acompa√Īaron a Jes√ļs y Mar√≠a a una fiesta de bodas en Can√° de Galilea. Y sus leales corazones se colmaron de profundo amor cuando vieron al Maestro realizar su primer milagro p√ļblico al convertir el agua clara de seis tinajuelas en rico vino. "Despu√©s de esto pas√≥ a Cafarnaum, con su madre, sus hermanos y sus disc√≠pulos; y estuvieron all√≠ no muchos d√≠as" (JUAN, II, 12).

El p√ļblico ministerio

Al fin empez√≥ la predicaci√≥n del Reino, y muchos siguieron a Jes√ļs, creyendo que era el tan esperado Mes√≠as. Doce hombres, todos galileos con excepci√≥n de Judas de Iscario, de Judea, se contaron en la privilegiada condici√≥n de disc√≠pulos. Meditad sobre su privilegio: diariamente vivieron en la imitad de Nuestro Se√Īor, hora tras hora presenciaron sus actos, oyeron sus palabras, recibieron de ellas luz y poder. Pero la multitud estar√≠a con √Čl o no ser√≠an m√°s que amigos de d√≠as de bonanza. "El que no est√° por m√≠, contra m√≠ est√°; y el que conmigo se recoge, desparrama" (LUCAS, XI, 23). No se hizo esperar la prueba ; lleg√≥ el d√≠a en que Jes√ļs multiplic√≥ los panes y los peces para alimentar a cinco mil personas. Y tras esto pronunci√≥ un gran discurso en que El mismo se declar√≥ ser el Pan Vivo que ha descendido del cielo: "En verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del Hombre, y no bebiereis su sangre, no tendr√©is vida en vosotros" (JUAN, VI, 54). Estas palabras parecieron tomar a todos por sorpresa. Muchos, en verdad, se disgustaron, y muchos m√°s murmuraron; ¬°ay!, desgraciadamente, muchos de sus disc√≠pulos volvieron atr√°s, y ya no andaban m√°s con √Čl. Entristecido en su coraz√≥n, Jes√ļs dijo a los Doce: "¬ŅQuer√©is vosotros iros tambi√©n?". Sim√≥n Pedro respondi√≥ entonces en un √≠mpetu de est√°tica lealtad: "Se√Īor, ¬Ņa qui√©n iremos? T√ļ tienes las palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y conocemos, que t√ļ eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (JUAN, VI, 68-69). ¬°Confianza plena, fe vital, inmortal esperanza, amante entusiasmo! El primer disc√≠pulo pudo vacilar, s√≠ vacil√≥ bajo golpes repentinos de la prueba, pero jam√°s hubo duda respecto de su perdurable lealtad.

La historia del mundo fue divinamente transform√°ndose en aquellos d√≠as en que descendi√≥ a √©l Jes√ļs para mezclarse entre los hombres. Marte y Eros dominaban todav√≠a, mientras Tiberio, desde el trono de C√©sar avizoraba los caminos en espera de sus legados que le aportaban informes sobre los acontecimientos pol√≠ticos y militares. Sagaces agentes le tra√≠an a diario noticias de Breta√Īa, Espa√Īa, Galia, Egipto; llegaban tambi√©n muchos mensajes desde el Oriente. En Palestina, un Poncio Pilatos peroraba como gobernador romano de Judea; Herodes, el tetrarca, arrancaba odiados tributos de Galilea; Iturea y Abilina eran gobernadores por Felipe y Lisanio. De tanto en tanto los disc√≠pulos o√≠an al Maestro referirse a la situaci√≥n pol√≠tica existente: "Ya sab√©is que los pr√≠ncipes de los gentiles se ense√Īorean sobre ellos; y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad" (MATEO, XX, 25). "Dad, pues, a C√©sar lo que es de C√©sar, y a Dios, lo que es de Dios" (MATEO, XXII, 21). "El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en redenci√≥n de muchos" (MATEO, XX, 28). As√≠ habl√≥ el Se√Īor del mundo, pero la masa del pueblo jud√≠o ten√≠a todav√≠a sus dudad, porque en lo √≠ntimo de sus corazones eran cobardes morales. Ni por un instante pudo imaginarse el Emperador que en aquel oscuro rinc√≥n de su dominio oriental se hab√≠a iniciado una revoluci√≥n divina, un reino destinado a sobrevivir al Imperio mismo, un "reino de Dios" en los corazones de los hombres.

¬°Tres a√Īos divinos anunciando el Reino! A lo largo de los caminos de Judea y de Samaria, por los pueblos y ciudades de Galilea dirigieron sus sagrados pasos los disc√≠pulos. Vieron al Maestro curar, bendecir y orar; se maravillaron de la manera como alentaba a las almas humanas y las llenaba de felicidad.

¬°Cuan hermosos son sobre los montes
los pies del que trae alegres nuevas,
del que predica la paz, del que trae nuevas del bien,
del que dice a Si√≥n: Tu Dios reinar√°! (ISA√ćAS, LII, 7).

El peque√Īo grupo, unido por el amor y la devoci√≥n, caminaba al lado de Jes√ļs. Casi siempre fue Pedro, sobre todos los otros, el que manifest√≥ el ardor de su fe inmortal. Durante la √ļltima jornada que todos juntos hicieron hacia Jerusal√©n, el Maestro formul√≥ dos preguntas: "¬ŅQui√©n dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? ¬ŅY vosotros qui√©n dec√≠s que soy?". Pedro contest√≥: "T√ļ eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Entonces, respondiendo, Jes√ļs le dijo: "Bienaventurado eres, Sim√≥n Bar Jona, porque no te ha revelado eso carne ni sangre, sino mi Padre que est√° en los Cielos" (MATEO XVI, 13-17). Obs√©rvese que con la sola excepci√≥n del Bautista, √©sta fue la √ļnica vez que Nuestro Se√Īor pronunci√≥ una bienaventuranza sobre un individuo. Puede verse plenamente que Pedro fue colocado aparte de los otros, destinado divinamente a convertirse en gu√≠a y jefe de ellos.

La Piedra - ¬°Cefas!

¬ŅQu√© especie de hombre fue √©ste que el Cristo eligi√≥ para ser la Piedra, la piedra fundamental de su Iglesia? Jefe por naturaleza, Pedro fue hombre afectuoso pero de temperamento impulsivo: un tanto irascible, valiente -sin embargo, a veces vacilante-, rudo pero eficaz, no menos sincero, ojo sano, coraz√≥n leal. Heredero de un pasado con toda su aspereza y brusquedad, sus defectos de calidad tuvieron que ser corregidos. Para su bien, pedro tuvo un Divino Maestro que le pudo ense√Īar a obedecer, dom√≥ su esp√≠ritu impetuoso, le exigi√≥ que se sometiera humildemente al yugo. En verdad, ning√ļn otro disc√≠pulo recibi√≥ m√°s frecuentes reprimendas que el hombre-piedra sobre el cual Jes√ļs se propuso edificar su Iglesia. Es, pues, muy importante estudiar la formaci√≥n de este vocero de los Doce; como es instructivo ver en qu√© forma Cristo reprimi√≥ los prominentes defectos de su ap√≥stol durante su paso por el mundo. Ocurri√≥ en uno de los primeros d√≠as del p√ļblico ministerio que los disc√≠pulos, a bordo de la barca de Pedro, se encontraron en el m√°s extremo peligro a la ventura en medio de una tormenta en el mar de Galilea. Y he ah√≠ que el Maestro fue a ellos andando sobre las aguas, y Pedro dijo: "Se√Īor, si eres t√ļ, manda que yo vaya a ti sobre las aguas". Y descendiendo Pedro de la nave para ir hacia Jes√ļs, y comenzando a hundirse dio voces, diciendo: "Se√Īor, s√°lvame", y Jes√ļs, extendiendo la mano, trab√≥ de √©l y le dijo: "Hombre de poca fe, ¬Ņpor qu√© dudaste?" (MATEO, XIV, 31). Otra vez el Maestro habla de sus pr√≥ximos padecimientos y de su muerte, y el ingenuo disc√≠pulo protesta: "Se√Īor, ten compasi√≥n de ti: en ninguna manera esto te acontezca". Y esta vez recibi√≥ el m√°s grave reproche: "Qu√≠tate de delante de m√≠, satan√°s; esc√°ndalo me eres; porque no entiendes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres" (MATEO, XVI, 22-23).

¬°Cu√°n a menudo Pedro dej√≥ que su coraz√≥n se apartara de su cabeza! ¬°Con cu√°nta frecuencia luch√≥ duramente contra su "yo" y sufri√≥ por el conflicto que sea agitaba en su pecho! Se muestra como totalmente incapaz de entender las m√°s grandes cosas del esp√≠ritu y tiene que ser encaminado con firmeza ante sus continuas reca√≠das. R√°pido en formular juicios ligeros, en sacar conclusiones apresuradas, se apega a sus conceptos equivocados. No un sino muchas veces interroga al Cristo sobre el significado pr√°ctico de sus palabras: "Se√Īor, ¬Ņdices esa par√°bola a nosotros o tambi√©n a todos?" (LUCAS, XII, 41). "Se√Īor, ¬Ņcu√°ntas veces perdonar√© a mi hermano que pecare contra m√≠?, ¬Ņhasta siete?" (MATEO, XVIII, 21). "He aqu√≠, Se√Īor, nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido, ¬Ņqu√©, pues, tendremos?" (MATEO, XIX, 27). Con gran temeridad comprometi√≥ a su Maestro a pagar la tasa del Templo, y mientras Nuestro Se√Īor aceptaba la obligaci√≥n dio a su impetuoso disc√≠pulo una oportuna lecci√≥n (MATEO, XVII, 24). El elemental vigor del hombre, su acomodaticia firmeza, o m√°s bien dicho su discutible habilidad, aparecen con creciente fuerza. Se desear√≠a que quedara borrado su desaire de la √öltima Cena; su pat√©tica incapacidad para vigilar una hora en Getseman√≠; su r√°pido desenvainar dela espada ante la multitud furiosa, y, lo m√°s triste de todo, su triple negaci√≥n. No hay que admirarse de que Pedro huyera del patio de Caif√°s arrastrado por vergonzoso p√°nico y ardiendo con la fiebre del alma atormentada. L√°grimas, amargas l√°grimas prueban que el abatido disc√≠pulo se enfrent√≥ con su propia, desnuda y pobre realidad. Pero el arrepentimiento se despierta en su alma, arrepentimiento que es seguido del divino perd√≥n. La misericordia que resplandeci√≥ en los ojos del cautivo Salvador llen√≥ de claridad el coraz√≥n de su disc√≠pulo, ahora m√°s fuerte, m√°s seguro mientras avanzaba en su pena, aunque viviendo en su luz a trav√©s de la cual percib√≠a las dem√°s luces...

¬°Cristo ha resucitado! Se multiplican las pruebas de su tierno amor por su penitente disc√≠pulo. Un √°ngel en el sepulcro ordena a las santas mujeres: "Id, decid a sus disc√≠pulos y a Pedro" (MARCOS, XVI, 7). El hecho de que el caudillo de los Doce fue el primero de ellos en contemplar al Se√Īor est√° probado m√°s all√° de toda duda. Tampoco se ha podido negar que la importancia de Pedro fue progresivamente reconocida por su Maestro, que lo distingui√≥ sobre manera entre los dem√°s compa√Īeros. Por su parte intent√≥ retribuir en algo por todo lo que amaba y reverenciaba. La culminaci√≥n de ese afecto contenido se produjo el d√≠a en que el Cristo se apareci√≥ sobre las orillas del Genesaret. "Empero, venida la ma√Īana, Jes√ļs se puso en la ribera... Dijo entonces aquel disc√≠pulo al cual amaba Jes√ļs, a Pedro: ¬°El Se√Īor es! Entonces Sim√≥n Pedro, como oy√≥ que era el Se√Īor, ci√Ī√≥se su ropa de pescador... y ech√≥se a la mar. Y los otros disc√≠pulos vinieron con la barca..." (JUAN, XXI, 4-7). En esta ocasi√≥n, la devoci√≥n del impetuoso disc√≠pulo es nuevamente premiada: "Sim√≥n, hijo de Jon√°s, ¬Ņme amas m√°s que √©stos? Resp√≥ndele: S√≠, Se√Īor; t√ļ sabes que te amo. D√≠cele: Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas" (JUAN, XXI, 15-16). Y ahora que Ceras fue exhortado a cuidar y apacentar las ovejas de Cristo, nunca abandonar√° su esp√≠ritu esa imagen pastoral, y hasta el fin quedar√° arraigada aquella tarea en su coraz√≥n (PEDRO, II, 25; V, 2).

La primitiva Iglesia

El Cristo glorioso ascendi√≥ a los cielos, habiendo prometido pena, aun en el recuerdo de la Pasi√≥n y de la Crucifixi√≥n. ¬°Diez d√≠as durante los cuales los desamparados se hundieron en su pena, aun en el recuerdo de la Pasi√≥n y de la Crucifixi√≥n. ¬°Diez largos d√≠as, hasta que el Esp√≠ritu Santo descendi√≥ misteriosamente a sus corazones en aquel apartado refugio de Jerusal√©n! He ah√≠ que ocurri√≥ algo que iba a cambiar al mundo, el cumplimiento de una promesa hecha por Jes√ļs durante la √öltima Cena: "Y yo rogar√© al Padre, el cual os dar√° otro consolador para que est√© con vosotros para siempre... No os dejar√© hu√©rfanos: yo volver√© a vosotros... Aquel d√≠a vosotros conocer√©is que yo estoy en mi Padre y vosotros en m√≠, y yo en vosotros" (SAN JUAN, XIV, 16, 20). Fue Pentecost√©s, el nacimiento de la Iglesia Cat√≥lica. Los ap√≥stoles militantes se encaminaron hacia conquistas eternas, conquistar para la eternidad; ahora todos ellos eran santos, animados por el fuego, el amor y la luz que ven√≠an de lo alto. Fueron enfrentados por el mundo, la carne y el demonio; combatieron contra la estridencia de filosof√≠as paganas, contra las discordancias de una literatura torpe e imp√ļdica, contra esp√≠ritus del mal altamente colocados. Nada import√≥ que fueran detenidos, encerrados, flagelados, impedidos de predicar: "Y los ap√≥stoles daban testimonio de la resurrecci√≥n de Nuestro Se√Īor Jesucristo con gran valor... y una gran gracia resplandec√≠a en todos los fieles" (HECHOS, IV, 33). Ved, San Pedro, el intr√©pido heraldo de Cristo, primero en sus filas como sen sus n√≥minas (MATEO, X, 2-4; HECHOS, I, 13; MATEO, XVI, 18; LUCAS XXII, 32; JUAN, XXI, 15-18). Se levanta en medio de ciento veinte disc√≠pulos, todos los cuales reconocen su autoridad (HECHOS, I, 15). Cruza sin temor alguno las calles de Jerusal√©n; no s√≥lo realiza sorprendentes milagros; m√°s que nunca se siente dominado por la autoridad divina que se le ha concedido. Como los conversos se multiplican, calabozo, pero es libertado por un √°ngel (HECHO, IV, XII). Ni intimado ni desalentado, sale para predicar y bautizar a lo largo de los viejos caminos familiares de Judea, a trav√©s de las arenas de Samaria. Una antigua tradici√≥n lo radica por bastante tiempo en Antioquia, como primer obispo de la gran ciudad; y m√°s tarde lo muestra muy activo en el Ponto, en Galacia, en Capadocia, en Bitinia...

"¬°Por tanto id, ense√Īad a todas las naciones!". Concedido el mundo como un campo para la fe del Cristo, la semilla del evangelio ha de ser diseminada, la Iglesia, gracias a los trabajos apost√≥licos, expandida en una sociedad m√°s amplia. Tal es la explicaci√≥n satisfactoria por la cual Cefas no permaneci√≥ toda su vida en las provincias orientales o a lo m√°s en la griega. El Imperio Romano, recordadlo, estaba dividido en muy vastos distritos: las provincias latinas ocupaban la cuenca occidental del Mediterr√°neo hasta el Adri√°tico por el este, las Provincias griegas alcanzaban hasta el monte Tauro, donde imperaban las lenguas y costumbres griegas; m√°s hacia el ese se extend√≠an las provincias orientales con su gran confusi√≥n de lenguas y ritos antiguos. San Pedro estuvo destinado por el Cielo mismo a encaminarse hacia el C√©sar hacia Roma, capital de aquel vat√≠simo imperio. ¬ŅNo habitaba all√≠ el C√©sar, ara√Īa obscena que atrapaba todo lo que estaba al alcance de su poder? Exist√≠an numerosos caminos, las c√©lebres v√≠as romanas, m√°s de ochocientas, que conduc√≠an en todas direcciones hacia las m√°s remotas provincias; arrancaban del dorado moj√≥n del Forum para extender su esparcida red y sujetar a tres continentes. Ahora bien, puesto que todas las naciones hab√≠an sido incluidas en su "pastorado", San Pedro, natural y sobrenaturalmente, mucho necesitaba acudir al centro de ese imperio. De Cristo fue la orden, sin duda alguna, pero la inspirada respuesta correspondi√≥ a su vicario. Jam√°s hubo m√°s firme resoluci√≥n, ning√ļn paso m√°s determinado, ninguna aventura m√°s divina que la decisi√≥n del pastor-jefe de visitar "obras ovejas", mostrarles la verdad, ganarlas para el verdadero redil. En ning√ļn momento de su vida estuvo m√°s seguro el gran ap√≥stol de su deber de transmitir la verdad que pose√≠a que el d√≠a en que encamin√≥ sus pasos hacia los dos millones de paganos de la ciudad imperial. "¬°Oh muy bendito ap√≥stol Pedro, √©sa era la ciudad a la cual no pod√≠as dejar de acudir. El ap√≥stol Pablo, tu compa√Īero de gloria, se hab√≠a ya ocupado de fundar las iglesias, y t√ļ penetraste solo en la selva de las bestias salvajes que rug√≠an furiosamente; t√ļ te aventuraste en aquel tormentoso oc√©ano con m√°s valent√≠a que cuando te arrojaste a las olas para llegas a Jes√ļs!"

San Pedro en Roma

Por el a√Īo 42 de nuestra era lleg√≥ a la Porta Portese el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, despu√©s de haber realizado su viaje por tierra y por mar. Su llegada al coraz√≥n del mundo pagano se√Īala un acontecimiento de extraordinaria importancia. Ya habitaba en el abarrotado ghetto, sobre la orilla del T√≠ber, un pu√Īado de primeros conversos. Hab√≠an salido de Jerusal√©n cuando la primera persecuci√≥n, para encaminarse hacia el puerto de roma. Jud√≠os de la antigua Ley se hab√≠an establecido en la capital cincuenta a√Īos antes; pero Aquila y Priscilla, jud√≠os sirios, fueron los primeros en constituir el n√ļcleo de una comunidad cristiana. Con el andar de los d√≠as el nombre de Jes√ļs fue pronunciado a trav√©s de los activos desembarcaderos; la fe, "como l√°mpara encendida en l√≥brego antro", empez√≥ a expandir sus rayos en aquellos barrios miserables. El emperador Claudio debe de haber estado muy lejos de imaginar que all√≠, al pie del Jan√≠culo, se echaban los fundamentos de un imperio que iba a sobrevivir a la Roma inmortal de los C√©sares. Sin embargo, as√≠ ocurri√≥. Si los romanos de las clases superiores se aventuraron por aquellos sitios donde se amontonaban los despreciados jud√≠os pudieron muy bien codearse con el fundador del "Imperio de Cristo". Porque San pedro, confundido por su ra√≠da hopalanda entre sus pobres connacionales, andaba muy activo en los intereses de su Maestro. D√≠a y noche, incesantemente, circulaba por entre las caba√Īas y cobertizos de la orilla del r√≠o; pasaba horas y horas junto a las pilas de fardos de los desembarcaderos; pero sus minutos m√°s preciosos eran los que dedicaba a la celebraci√≥n de la Eucarist√≠a para su siempre creciente reba√Īo, e inducirlos a llegar a Cristo, y ser edificados sobre √Čl como piedras vivas sobre piedra angular (PEDRO, II, 5).

El rumor de todos estos hechos fue expandi√©ndose poco a poco hasta llegar a o√≠dos de Claudio. Cerca del puerto, le inform√≥ su polic√≠a, se desarrollaban misteriosas actividades de una religi√≥n, de lo que hab√≠a que informar cuanto antes al Senado. Se asegur√≥ al C√©sar que ese culto de Crucificado era "una superstici√≥n extranjera" mucho m√°s peligrosa que todas las fant√°sticas religiones que rivalizaban entre s√≠ en la ciudad imperial. ¬°Sorprendente, en toda verdad, eran el crecimiento y expansi√≥n de aquel culto secreto del Crucificado! Y Claudio debi√≥ alarmarse realmente al enterarse de la conversi√≥n de Filo y de Prudente, senadores romanos, y de sus dos propias y hermosas hijas Pr√°xedes y Prudenciana, personajes distinguidos, y el de otras personas de elevada posici√≥n en la corte imperial, que pod√≠an penetrar libremente hasta la c√°mara del Emperador. Cuenta una leyenda que toda la ciudad qued√≥ conmovida por el destino de un mago llamado Sim√≥n que, impotente para resucitar a un joven romano, qued√≥ totalmente confundido al ver realizar el milagro a un jud√≠o reci√©n llegado a la ciudad. Y cuando este mismo marrullero impostor quiso posteriormente enga√Īar al pueblo sosteniendo que volar√≠a hacia los cielos, tuvo el merecido fin porque, a ruego del escogido, los demonios abandonaron al mago, que hall√≥ terrible muerte. Esos y otros incidentes no menos milagrosos muestran ampliamente toda la actividad desplegada por el ap√≥stol-jefe en la propagaci√≥n de la simiente de la Iglesia.

Príncipe de los Apóstoles

La siguiente impresi√≥n que tenemos de San Pedro es como obispo entre los obispos, pero superior a ellos, en el Consejo de Jerusal√©n, alrededor del a√Īo 50 de nuestra era, siempre en cumplimiento de la preeminencia que le fue divinamente concedida. Todos los ap√≥stoles, despu√©s de haber predicado el Evangelio en el mundo, se reunieron en la Ciudad Santa; hab√≠a que ordenar muchas cosas, dificultades que resolver, problemas que demandaban soluciones pr√°cticas. Se present√≥ el grave problema de determinar si los gentiles conversos quedar√≠an sometidos a la antigua Ley y si ser√≠an circuncidados. Fue debatido el punto ampliamente, y se expusieron todos los argumentos por ambas partes. Al fin se levant√≥ San Pedro, habl√≥ extensamente y dio su considerado juicio:

"Hermanos míos, bien sabéis que mucho tiempo hace fui yo escogido por Dios entre nosotros para que los gentiles oyesen de mi boca la palabra de Evangelio y creyesen.

"Y Dios, que penetra los corazones, dio testimonio de esto, dándoles el Espíritu Santo a ellos también como a nosotros.

"Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, habiendo purificado por la fe sus corazones.

"Pues, ¬Ņpor qu√© ahora tent√°is a Dios poniendo un yugo sobre la cerviz de los disc√≠pulos, que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?

"Antes, por la gracia del Se√Īor Jesucristo, creemos que seremos salvos, como tambi√©n ellos" (HECHOS, XV, 7-11) .

Despu√©s de esas palabras los otros ap√≥stoles guardaron silencio hasta que San Pablo y San Bernab√© aprobaron todo lo que la Cabeza de la Iglesia hab√≠a dicho. Y despu√©s que hubieron callado, Santiago respondi√≥ diciendo: "Varones y hermanos: ¬°Sim√≥n ha manifestado!... ¬ŅPuede algo mostrar m√°s claramente que esas palabras, que San pedro fue el reconocido "Vicario de Cristo"?...

Al abandonar la antigua ciudad de David, se le presentaba al ap√≥stol todo un mundo de trabajo que realizar. Graves fueron, en verdad, las obligaciones que sobre √©l recayeron al confi√°rsele el cuidado de alimentar a corderos y ovejas. Su reba√Īo, esparcido, desterrado de la celestial Jerusal√©n, inclu√≠a a cristianos asi√°ticos, africanos y occidentales. Y es probable que el vocero de Cristo haya visitado grandes comunidades de la dispersi√≥n, desde que se contaron entre sus oyentes, en la fiesta de Pentecost√©s, partos, medas, elamitas, y habitantes de la Mesopotamia. ¬°Tratad, pues, de representaros a San Pedro en aquellas jornadas misioneras! Su antigua y fiera energ√≠a quedar√≠a templada por el tono de la dignidad apost√≥lica, dela que puedan hallarse repetidas pruebas por todo el Nuevo Testamento. Ninguna persona que vivi√≥ en aquellos tiempos puede alcanzar el plano tan elevado en que se mantuvo el intr√©pido Vicario de Cristo; ning√ļn hecho de la historia de aquellos primeros d√≠as es m√°s sublime que la inflexible constancia del Obispo de Roma. San Pedro, es verdad, destella a trav√©s de las √ļltimas p√°ginas de la Sagrada Escritura como un viajero que andara por entre los m√°s elevados picos de las monta√Īas. Lo veis por un instante, luego se desvanece de la l√≠nea del cielo, se pierde entre profundas sombras y silencios. A poco reaparece poderoso, infatigable, en la prosecuci√≥n de su constante esfuerzo. Todo lo que podr√≠a servirnos como un programa o registro misionario, las dos Ep√≠stolas, carecen de referencias precisas a lugares o ciudades, y suministran s√≥lo una historia fragmentaria de una intr√©pida aventura emprendida por amor de Cristo. A pesar de todo ello, puede verse entre l√≠neas a un gran pastor, siempre despierto, previsor, curtido por el tiempo, cuidadoso de sus desparramadas ovejas, cada una de las cuales estaba bien cerca de su coraz√≥n.

Prueba por el fuego y la espada

D√≠as de amarga prueba para la Iglesia naciente se suceden casi sin cesar. Ner√≥n, el √ļltimo de la familia de C√©sar, ascendi√≥ a trono el a√Īo 54 de nuestra era; y d√©bese calificar de bestial su reinado que dur√≥ m√°s de diez a√Īos. Por la monstruosa forma en que vivi√≥, colocose m√°s all√° de los l√≠mites del amor y de la piedad, en realidad m√°s all√° de toda humanidad. En uno de sus negros arranques exclam√≥ una vez: "¬°Pr√≠amo fue muy afortunado por haber podido contemplar la destrucci√≥n de Troya!"; y cuando se le dijo que Gayo acostumbraba repetir la frase: "cuanto est√© muerto sumerge el mundo en llamas", el salvaje emperador mostr√≥ toda la negrura de su alma exclamando: "¬°De ning√ļn modo, sino ahora que vivo!". Enloquecido, puso fuego a la gran ciudad, y luego, para ocultar su culpa, achac√≥ el crimen a los cristianos, contra los que su prostitu√≠da consorte, la emperatriz Popea, hab√≠a azuzado su personal rencor. Ner√≥n fue pose√≠do por un frenes√≠ de destrucci√≥n, amontonado en su alma perversa todo el odio de que eran capaces los paganos. Non licet Cristianos esse! fue la orden infame que sali√≥ de la c√°mara del Trono. Una org√≠a de persecuci√≥n sucedi√≥ a otra, un ataque tras otro, azuzada de la enloquecida plebe y sostenida por el mismo emperador. He aqu√≠ c√≥mo describe las espantosas escenas un historiador romano: "Una enorme multitud -escribe T√°cito- fue culpada no tanto de haber causado el incendio, sino de odiar al g√©nero humano. Y al ser condenados a muerte fueron convertidos en objetos de diversi√≥n, cubiertos con pieles de animales salvajes, acosados por perros, o crucificados, o quemados vivos, y cuando declinaba el d√≠a sus cuerpos que ard√≠an serv√≠an de luces nocturnas. Ner√≥n abri√≥ sus propios jardines a semejante exhibici√≥n, y orden√≥ adem√°s juegos del circo mezcl√°ndose a veces entre la multitud vestido de auriga o ya manteni√©ndose en su propio carro"1. As√≠ un tirano brutal sell√≥ su poder en la infamia y Roma fue llamada la ciudad "ebria con la sangre de los santos y con la sangre de los m√°rtires de Jes√ļs"2.

Imaginad a San Pedro durante aquellos d√≠as terribles, viviendo en medio de la espantosa prueba, tratando de fortalecer a su reba√Īo; ¬°El mismo Vicario de Cristo estaba destinado tambi√©n a "dar testimonio" y a convertirse en una v√≠ctima del horripilante festival! Su Divino Maestro lo hab√≠a se√Īalado con suficiente claridad: "De cierto, de cierto te digo, que cuando eras m√°s mozo te ce√Ī√≠as e ibas adonde quer√≠as; m√°s cuando ya fueres viejo, extender√°s tus manos, y otro te ce√Īir√° y te llevar√° adonde no querr√≠as" (JUAN, XXI, 18). Una antigua tradici√≥n describe las terribles peripecias por las que Pedro pas√≥, el foso de peligros que se abr√≠a a sus pies. El peque√Īo y atribulado reba√Īo de roma, temeroso de que su Santo Padre pudiera ser detenido y quedara la Iglesia decapitada, se agrup√≥ a su alrededor para protegerlo a toda costa. ¬ŅPor qu√©, ¬°oh!, deb√≠a de ser asesinado el pastor y dispersadas sus ovejas? ¬ŅEse era el plan de dios? Torturado entre su sed de martirio y su hambre por el bienestar de su reba√Īo, al fin Pedro se someti√≥ al m√°s hondo deseo de sus fieles y huy√≥ de la ciudad imperial. Pero, ¬°ved, un poco m√°s all√° de la Porta Capena, el fugitivo ap√≥stol se encontr√≥ con Jes√ļs que llevaba su cruz! "Se√Īor, ¬Ņad√≥nde vas T√ļ?", pregunt√≥ Pedro. Y su Salvador contest√≥: "Voy a Roma para ser crucificado otra vez, por ti". A lo cual San Pedro, tocado en lo m√°s vivo, retorn√≥ a la ciudad, fue tomado preso poco despu√©s y arrojado al Tullanum.

Cautivo voluntario por Cristo, convirti√≥ al carcelero, a quien bautiz√≥ con las aguas de una fuente milagrosa que surgi√≥ del suelo seco de la prisi√≥n. Por fin, en julio del a√Īo 64 de nuestra era, lleg√≥ el d√≠a, el d√≠a que testificar√≠a la culminaci√≥n de su fe, de su esperanza y de su amor, el acto m√°s intenso de su larga vida. Sim√≥n Bar Jona, el hombre que hab√≠a sido probado otra vez, march√≥ ahora rectamente y sin temor para conquistar la victoria final desde la cruz. Conducido hacia la cima del Jan√≠culo, pidi√≥ a sus verdugos que lo crucificaran cabeza abajo, sinti√©ndose indigno de morir en la misma postura que su Maestro. Una inscripci√≥n en la sacrist√≠a de la catedral de San pedro indica el sitio donde el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles termin√≥ su existencia en espantosa agon√≠a, mientras la multitud insensata vociferaba y escarnec√≠a a su v√≠ctima, y las palabras pronunciadas tan a menudo por sus labios fueron estrictamente cumplidas: "Porque para eso fuisteis llamados, pues que tambi√©n Cristo padeci√≥ por nosotros, dej√°ndonos un modelo, para que vosotros sig√°is sus pisadas." (I PEDRO, II, 21).

Simiente de la Iglesia

Respecto de las actividades de los otros ap√≥stoles, basta decir que tambi√©n obedecieron la orden del Maestro y llevaron el Evangelio a distantes razas paganas. Contemplad cualquier mapa de Viejo Mundo si quer√©is ver las indelebles pruebas de aquellos heraldos de Cristo. San Pablo fue decapitado en Roma, muy probablemente el mismo d√≠a que San Pedro fue crucificado. San Andr√©s muri√≥ sobre la cruz en Patr√°s, en Acalla, en tanto que Santiago, obispo de Jerusal√©n fue asesinado por soldados de Herodes. San Felipe predic√≥ en Samaria y dio cruento testimonio de su Maestro en Hier√≥polis; San Bartolom√© (Nataniel) fue desollado vivo en Alban√≥polis, en Armenia; Santo Tom√°s, el ap√≥stol de la Indica, despu√©s de derramar su sangre por la fe, fue enterrado en Edeso; De Santiago el Menor se dice que fue crucificado cuando predicaba el Evangelio en el Bajo Egipto; San Sim√≥n Zelote, creen unos que fue crucificado en Babilonia, otros en las islas Brit√°nicas. San Judas, enviado por Santo Tom√°s al rey de Edeso, abraz√≥ el martirio en Berito; y San Mateo, que predic√≥ en Partia y en Etiop√≠a, encontr√≥ su muerte en Naddaber, en el √ļltimo de esos pa√≠ses. Todos, con excepci√≥n de San Juan, dieron sus vidas por el Cristo; sin embargo, la larga vida del bienamado ap√≥stol no fue m√°s que un lento martirio. Todos ellos dieron testimonio de Dios siguiendo las huellas de Aquel que dijo: "He aqu√≠, yo os env√≠o como a ovejas en medio de lobos. El disc√≠pulo no es m√°s que su maestro, ni el siervo m√°s que su se√Īor: Si a m√≠ me han perseguido, tambi√©n os perseguir√°n a vosotros. Si el mundo os aborrece, sabed que a m√≠ me aborrec√≠a antes que a vosotros. Empero, no os regocij√©is de esto, de que los esp√≠ritus se os sujeten; m√°s antes bien regocijaos de que vuestros nombres est√°n escritos en los cielos." (MATEO, X, 24; XV, 20, 18; LUCAS, X, 20).

Una vista a vuelo de p√°jaro mostrar√° c√≥mo el Reino de Cristo creci√≥ como la semilla de mostaza de la par√°bola del Maestro. Sabido es que a principios del reinado de Ner√≥n era un crimen ser cristiano; en verdad, desde Ner√≥n a Galerio los fieles fueron considerados como criminales, y, a pesar de ello, su n√ļmero aument√≥ constantemente. Los cristianos de Roma, lo recuerda T√°cito, constituyeron una gran multitud, y en Tesal√≥nica se dec√≠a a gritos que los ap√≥stoles hab√≠an puesto el mundo en confusi√≥n. Antiguos centros hist√≥ricos como Antioqu√≠a, Atenas, Corinto, Filipo, Efeso, Cesarea, eran animados por la fe, colmados de seguidores de Cristo. En verdad el mundo entero parec√≠a despertar al llamado de Dios, mientras la Iglesia, respondiendo a las necesidades de los tiempos, crec√≠a y adelantaba con gran vigor creativo. No tard√≥ mucho hasta que la nueva religi√≥n, reclutando sus adeptos de entre todos los rangos, cont√≥ con personas que pertenec√≠an a la casa imperial. Desde luego que todo ello ocurri√≥ contra la m√°s terrible oposici√≥n, pero ni aun las "puertas del infierno" pudieron prevalecer. Ner√≥n, el suicida, fue seguido por otros emperadores infernalmente brutales que trataron, mediante el fuego y la espada, de desarraigar el cristianismo. No hubo una d√©cada durante la cual la Iglesia naciente se viera libre de una persecuci√≥n efectiva o de la amenaza de persecuci√≥n. La perversidad en las altas esferas era demasiado evidente, y horrible fue el poder de los hijos del "padre de la mentira". Si hubieran sido abiertos sus corazones, ¬°c√≥mo se hubieran expandido en todas direcciones tantas ideas negras, odios amargos, prop√≥sitos crueles, instintos bestiales! Los jud√≠os repudiaban a los adeptos de Cristo, los jueces romanos los calificaban de execrable secta, esp√≠as a sueldo los acusaban de los cr√≠menes m√°s espantosos, mientras la canalla difund√≠a viles caricaturas en un intento de denigrar su sagrada religi√≥n.

Ante esos hechos de virulenta persecuci√≥n, Lino sucedi√≥ a Pedro como Obispo de Roma, y fue seguido por Anacleto, y luego Clemente estableci√≥ un orden m√°s profundo y mejor disciplina en la Iglesia entera. Todos los verdaderos adeptos de Cristo consideraron a su Vicario como el Obispo universal plenamente fieles fueron sometidos a nuevas pruebas bajo el tirano Domiciano, quien, a su vez, recibi√≥ la muerte de manos de un asesino. Nerva, al ascender al trono, conden√≥ a muerte al Papa Clemente por haberse negado a obedecer una orden imperial que le mandaba ofrecer sacrificio a los dioses de Roma. El a√Īo 97, Evaristo sucedi√≥ a Clemente y dirigi√≥ la Iglesia naciente durante ocho a√Īos. San Juan viv√≠a todav√≠a, la fe se propagaba con gran rapidez, y los devotos cristianos contemplaban la pr√≥xima celebraci√≥n del centenario del Nacimiento de Cristo. As√≠ como lo predijo el Divino Maestro la "piedra" de Pedro se manten√≠a firme, hasta cuando la furia de la solas la bat√≠an con m√°s encono. Como una simple cuesti√≥n de historia, los primeros veinticinco pont√≠fices forman una l√≠nea ininterrumpida de m√°rtires, y hasta el Papa San Dionisio, que muri√≥ el a√Īo 272, no hubo un solo Obispo de Roma que dejase de seguir las huellas de su doliente Salvador. Pero Dios escribe el drama de las edades, y los hombres, hasta los hombres anticristianos, son sus actores. Hubo persecuci√≥n, lleg√≥ la prosperidad, y el vigor de la Iglesia de Cristo, como el poder de su Fundador, nunca envejeci√≥, y veremos enseguida c√≥mo la sangre de los m√°rtires fue la rica simiente de una cosecha mundial para los cielos.


1

Anales, XV, 44.

2

Apoc., XVII, 6.
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