R. P. José A. Dunney, San Juan Bautista Vianney

San Juan Bautista Vianney. Maravilla del Mundo

San Juan Vianney y el siglo decimonono

Yuguero del destino

Los primeros retumbos de la revolución se oían en Francia cuando nació un santo en Dardilly, cerca de Lyón, el año 1786. Juan Vianney, que tuvo cinco hermanos, pudo dar gracias a Dios por haber nacido en el seno de una familia devota que vivó en sinceridad y justicia todos sus días. La hospitalidad de aquella familia piadora fue grande para su escuálidos medios, y acudían a su puerta toda clase de menesterosos. Aunque Juan manifestó desde su infancia un bello espíritu de caridad, creció con escasa enseñanza católica, pues todos los maestros religiosos habían sido expulsados de sus puestos por los anticlericales. Por una casualidad feliz, sacerdotes fugitivos cruzaban el distrito, y la familia Vianney hacía secretamente el camino hasta Ecully para oír misa. Tan rápidas eran aquellas reuniones, que el altar tenía que ser levantado en una granero o en alguna habitación de los pisos altos. Sin duda alguna que el muchachito sería estimulado profundamente por tales experiencias, así como por la fe y heroísmo de sus mayores, prontos a sacrificar sus vidas por amor de Cristo. A los trece años hizo sus primera comunión en un lugar oculto, un cobertizo utilizado como capilla, y desde aquel momento creció espiritualmente con gran rapidez. Fue sorprendente cuan preocupado estuvo siempre de la presencia de Dios, hasta cuando trabajaba en los campos en compañía de sus hermanos y hermanas. "Cuando me encontraba solo, zapapico y pala en mano -el santo se recordó más tarde- oraba en alta voz; cuando estaba en compañía de otros rezaba en voz baja... Me acostumbré a tenderme en el suelo como los demás, y hacía como si dormía, pero oraba siempre con todo mi corazón." ¡Oh, qué tiempos felices! Juan tenía diecinueve años y era todavía peón de granja cuando, en 1805, ingresó en una pequeña escuela abierta en Ecully por estudiantes eclesiásticos. No muy brillante en sus estudios, tuvo que penar mucho con su aritmética, su geografía y su historia, y el latín estuvo lejos de resultarle fácil. Pero tuvo un compañero, Matías Doras, que le ayudó mucho en sus estudios; este amigo fue luego obispo de Dubuque, Iowa.

En aquellos días, la humilde escuela y su reducido grupo de alumnos forman un detalle perdido en la nación destrozada por la guerra. Los ojos de Europa estaban fijos en el sorprendente Napoleón Bonaparte, que cruzaba la escena como un meteoro. Gracias a su gran genio militar, el joven corso obtenía victoria tras victoria; luego, a los veintitrés años, retornó a Francia y ató a los revolucionarios al carro de sus triunfos.

El yuguero estudiante no pudo confiar en escapar al torbellino. Su escuela se encontraba en la diócesis del cardenal Fesh, tío del Emperador, que se preparaba a lanzarse ahora contra España. Toda Francia estaba en armas, y el conquistador, muy necesitado de tropas, suprimió las excepciones conferidas a los estudiantes eclesiásticos. Los muchachos iban a ser reclutados para sus compañía, simples jovencitos que tendrían que aprestar cañones y calar las bayonetas; lo que quiere decir que Juan Vianney, de buen o mal grado, tuvo que alistarse en las filas, desde que su padre era demasiado pobre para pagar un suplente o sustituto. De ese modo, el estudiante se vio obligado a abandonar sus libros para incorporarse a su regimiento en el momento de recibir orden de marcha. El día de la partida había ido a hacer su última visita al Santísimo Sacramento, y al retornar a su cuartel, halló que su regimiento había desparecido. Informó de ello a un oficial superior, que lo tomó al principio por un desertor, pero pronto se convenció de su error, y envió a Juan a reunirse con sus compañeros de armas. Un extraño a quien encontró en el camino se ofreció para ayudarle a encontrar su regimiento; todo lo que este bobalicón pudo hacer fue conducir al soldado extraviado a Noes y dejarlo entre un numerosos grupo de desertores. Privado de toda comunicación con su familia, Juan no sabía qué resolución tomar. Un destello de luz le legó cuando el alcalde del pueblo le aconsejó que permaneciera allí y sirviera como maestro bajo nombres supuesto. Después de un año de permanencia, el maestro ocasional consiguió ponerse en comunicación con su padre, quien, indignado, lo consideró como desertor. Pero toda la dificultad quedó zanjada cuando un hermano de Juan ofreció engancharse en su lugar. Gracias a ese extraño giro de los acontecimientos no pudo tomar parte en la Guerra de España y, de acuerdo con la voluntad de la Providencia, retornó a sus estudios de Ecully.

Los dictadores no toleran

Durante los días de escuela de Juan, Napoleón, engreído con sus victorias, escandalizó a toda Europa por el tratamiento que impuso al jefe de la cristiandad. Todo lo que se necesita para juzgar la baja perfidia del corso es analizar los años 1801-1812. El ejército, declaró él mismo descaradamente, no quiere religión, y en cuanto a él, personalmente, no podía permitir, como ocurre por lo demás con todo dictador, autoridad o institución alguna, por sagrada que fuera, que pudiera oponerse a sus planes. El concordato que firmó con el Papa Pío VII estableció que la religión católica, siendo la fe de la mayoría, gozaría de la protección del gobierno. Lo que no impidió a Napoleón que en 1802 sancionara leyes orgánicas de la Iglesia de Francia, de galicanismo acentuado. No podría publicarse en Francia ningún decreto papal sin el placet del Estado; las órdenes monásticas fueron abolidas, y todos los maestros de los seminarios obligados a suscribir la Declaración del Clero Francés. Pío VII, desde luego, se opuso públicamente a todas aquellas odiosas medidas, Napoleón, nuevas ofensas dejó caer sobre él el malhumorado conquistador. No fue todo, sin embargo. Algunos años más tarde, en 1808, el belitre imperial, más enfurecido con el papa que con ninguno de sus enemigos, recurrió a sus viejos ardides. Con la calma de un temperamento mahometano urgió al Papa a que nombrara un patriarca de Francia, a que aboliera la ley del celibato clerical y a que se uniera a la Liga contra Inglaterra. A todo lo cual Pío VII se opuso con firmeza, y en castigo de esa oposición, los Estados papales fueron anexados al Imperio francés. El Emperador, siempre pronto a llegar a todos los extremos, amontonó las mortificaciones sobre su desamparado prisionero en el Vaticano, que estuvo cerca de perder la razón. Y cuando Pío VII excomulgó a Napoleón, tirado lo condujo prisionero, primero a Savona y luego a Francia. Ahora que el débil y anciano pontífice era su prisionero personal, Napoleón se rió con desdén de su condenación por la Iglesia. "¿Podrán las palabras de ese anciano -gritó con ironía- hacer caer las armas de las manos de mis soldados?" Pues bien, Moscú con ayuda del "General Invierno" le dio la adecuada contestación. El Gran Ejecito, que se había creído invencible, halló su más completa derrota en la expedición a Rusia. En su retirada a través de constantes y terribles ventiscas, las armas se caían de las manos heladas de los soldados, y millares de ellos perecieron de frío, de hambre y de enfermedades.

Sí; a pesar de su innegable genio, el pequeño caporal recibió el golpe más tremendo que se hubiera asestado hasta entonces a sus planes. Pero no se había terminado con el dictador; soñador peligroso, nunca supo cuándo había sido derrotado. Aun después del descalabro de Moscú, se manifestó resuelto a continuar a intensificar sus esfuerzos. No se le ocurrió pensar jamás en la inmensa cantidad de hombres ansiosos de vivir sus propias vidas y enfrentarse a sus propios deberes. Lo único en que pensó fue en volver a la carga: en una Europa caótica y aterrorizada desencadenaría nuevos golpes contra sus enemigos. ¿No había conquistado en Marengo la fuerza de levantar e imponer la hegemonía de Francia? En Austerlitz desbarató la oposición europea. Y en Leipzig salió triunfante, aunque no sin grave riesgo. La derrota en Rusia se olvidaría, Francia era todavía muy poderosa, y él podía esperar con calma. Lo que correspondía hacer era reorganizar los ejércitos, y volvería hasta aniquilar definitivamente el poderío de sus enemigos. Dividiría a las naciones que se habían confabulado para destruir su poder militar. ¿Cómo pudo perturbarse su juicio hasta tal extremo? Tan fantásticos fueron los sueños marciales de Napoleón después del fracaso de su expedición contra Rusia. Pero, como todos los dictadores frustrados, tuvo que disponer de su víctima propiciatoria, y cuando, en 1812, retornó a París, trató al Papa Pío VII de la manera más ofensiva, encerrando al anciano pontífice en una prisión, en Fontainebleau. Para decirlo en pocas palabras, Napoleón se comportó como un jefe de bandidos en el trato que dio al Vicario de Cristo, y aprendió, aunque demasiado tarde, que su público ultraje fue a la vez un error craso y un crimen.

Lejos del hogar

¿Fue una casual coincidencia de fechas o fue obra de la Divina Providencia que rige el destino de las naciones? El año de la derrota de Napoleón por los rusos fue el año en que Juan Vianney ingresó en el Seminario Lesser, en Vérrieres. No se crea que la cosa fue fácil para un joven de educación escolar tan limitada. Su primer intento dio en un fracaso, pero tres meses después fue aprobado por escaso margen. Una vez dentro de aquellos reverenciados muros, Juan amplió rápidamente su visión y comprendió toda la impotencia de la grandeza terrenal, la vacuidad del conocimiento meramente humano. De seguro que ya entonces comprendía, con San Pablo, la vanidad de toda sabiduría mundana en contraste con las misteriosas gracias concedidas por Dios. El tímido y humilde seminarista no mostraba sobresalientes dotes intelectuales, pero sus maestros muy pronto vieron que poseía algo infinitamente más importante. Era ello un alarga y bien arraigada experiencia espiritual. Las secretas cualidades el recién llegado permanecieron ocultas en tanto que sus deficiencias científicas se hicieron visibles inmediatamente en las clases, como ocurre en todas las escuelas, Y, naturalmente, aquel hombrecito de un oscuro pueblo formaba también extraño contraste con muchos de sus jóvenes compañeros. Había varios petulantes que se reían de la falta de capacidad intelectual de Juan Vianney -por ejemplo, tenía que estudiar filosofía en francés en vez de hacerlo en latín- pero ello fue para Juan motivo de ejercer su humildad y su paciencia. Mas hubo otros, sus hermanos, que admiraron su piedad, su modestia y su obediencia; que vieron su devoción al Santísimo Sacramento, que tuvieron vislumbres de su fe, de su amor y abnegación y lo tuvieron en lo que era: un seminarista modelo.

En el mes de julio de 1813, Juan inició sus estudios de teología, en su hogar, bajo la dirección del señor Balley. Dos años más tarde, le mismo diligente preceptor lo decidió a que se presentara a examen de admisión en el Gran Seminario de Lyón. Juan contaba treinta años de edad. En el momento en que los profesores empezaron a interrogarle, Juan perdió totalmente su cabeza, no atinó, en su confusión nerviosa, a responder a nada y fue, naturalmente, recado por sus examinadores, que lo consideraron como un simple ignorante. Aquellos profesores no sospecharon la íntima naturaleza, la delicada integridad del hombre que tenían ante sí. Reprobado, Juan se desconcertó sin saber qué camino seguir, pero su leal preceptor, Bally, lo sabía, y después de entrevistarse con el personal superior del Seminario y discutir largamente el punto, obtuvo que su alumno fuera sometido a nueva examen, que se llevó a cabo en la Rectoría. Se le dio oportunidad, poniéndoselo a prueba, y si bien no consiguió imponerse por su saber escolar, pronto impresionó a todos por su ejemplar vida espiritual. Los directores del Seminario todavía mantenían sus dudas acercad e si se le debía conceder la ordenación, de manera que presentaron el caso a resolución definitiva del abate Courbon, vicario general. Este reflexionó un momento antes de formular algunas preguntas importantes: "El joven Vianney, ¿es piadoso? ¿Dice bien su rosario? ¿Siente devoción hacia la Santísima Virgen?" Contestáronle sin titubear: "¡Es un modelo de piedad!" "Bien -manifestó el abate Courbon- entonces lo acepto; la Divina Gracia hará lo demás". Y así, Juan Vianney pasó para su ordenación, y desde ese momento sus rasgos íntimos empezaron a florecer hasta alcanzar luego la perfección sacerdotal.

El nuevo cura

El recientemente ordenado sacerdote, de retorno a su hogar, en 1815, tuvo que tomar caminos por los que cruzaban tropas austriacas, que blandían sus espadas y que hasta amenazaron matar al endeble francés. Pero consiguió llegar sano y salvo a Ecully, y una vez allí, el cura Balley le pidió que se quedara con él como su ayudante. Se dedicó a predicar, a oír confesiones, a ayudar al pastor y a visitar enfermos. Raras veces se vieron dos sacerdotes más unidos por el pensamiento, el corazón y la voluntad; el ayudante amaba y respetaba al cura, quien a su vez sentía la más profunda consideración por el joven sacerdote. Después de la muerte del abate Balley, en 1817, Juan Vianney fue designado para la parroquia de Ars, que también acababa de perder su cura. "Ve, hijo mío -le dijo el abate Courbon-; no hay en esa parroquia mucho amor de Dios; tú sabrás encenderlo". El vicario general tenía mucha razón al afirmar que no existía mucho amor hacia Dios en el pueblo de Ars, sobre el río Saona. Su población era casi exclusivamente agrícola: astuta, compuesta de granjeros egoístas y campesinos hundidos en el pecado, de sentimientos perversos. No se sentían en necesidad de sacerdote alguno, y más de uno se debió reír a carcajadas al ver aparecer a Juan Vianney. Nunca habían contemplado un cura semejante, que se pareciera en algo a aquel recién llegado. Pálido, anguloso, frágil de cuerpo, tímido, el hombre parecía asustado de su propia sombra. ¡Pero esperad!; no sospecharon la penetración de su mirada, ni pudieron imaginar la poderosa energía que contenía aquel débil cuerpo.

Una de las primeras resoluciones del nuevo cura fue dedicar sus días y sus noches a rogar a Dios que ablandara los corazones de aquellas gentes y sembrara abundante misericordia sobre sus nueva parroquia. Ars había caído en la más honda inopia espiritual. "La virtud era muy poco conocida y apenas practicada. Casi todos se habían apartado de la buena senda. Los jóvenes sólo pensaban en el placer y la diversión. Todos los domingos, y a veces otros días de semana, se reunían en la plaza, cerca de la iglesia, o en las tabernas del pueblo, para pasar el tiempo bailando o dedicados a otras diversiones de acuerdo con la estación". Pero el pueblo, poco a poco empezó a abrir sus ojos adormilados. En seguida observaron que el nuevo cura se mezclaba con ellos "sin zurrón ni cayado, pan o dinero". Pero antes de mucho vieron que el cura se refugiaba permanentemente en la iglesia cuando no acudía a asistir a pobres o enfermos. Por simple curiosidad, algunos del pueblo empezaron a ir a la iglesia donde realmente escucharon sermones tan simples y llenos de amor como jamás habían oído antes. Los anticlericales de la parroquia se mantuvieron alejados, habiendo perdido desde hacía mucho la costumbre de concurrir a los servicios religiosos. "¿Qué hacer con el nuevo cura?", se preguntarían en un principio. Dejarlo solo, porque el hombre medio de hambre no dejaría de pasar pronto a mejor vida. No lo incomodaron, y el cura pasaba hora tras hora completamente solo en la sacristía, componiendo sus sermones del domingo, que pronunciaba ante muy escasos feligreses. Los dos brazos de su fuerza, como se verá, fueron la oración y la predicación. Los empleó sin descanso; y apoyándose en el evangelio de paz procedió con energía y dulzura a realizar el mayor milagro de aquellos días. Empezó un ayuno que iba a durar cuarenta años, todo en expiación de los pecados, culpas y negligencias de su propio pueblo. Poco a poco los duros granjeros y labradores del distritito llegaron a conocer a Juan Vianney, que no hacía otra cosa en todos sus días que curar, bendecir y orar, infundiendo paz a sus destrozadas vida

Dos vidas

Los años de 1815-1818 fueron los de la juventud del ministro de Juan Vianney. Su tierra natal, Francia "fue invadida por todas partes y a la vez por numerosos ejércitos compuestos no de mercenarios sino de pueblos enteros, animados por el espíritu de odio y venganza. Durante veinte años habían visto sus propios territorios ocupados y devastados por los ejércitos franceses; se habían visto forzados a pagar pesados tributos; sus gobiernos habían sido insultados y tratados con el mayor menosprecio..."1. Pero, ¿qué se había hecho de Napoleón? Simplemente lo siguiente: Después de la batalla de Leipzig, que vengó a la Roma papal, los aliados marcharon sobre París. Y cuando el derrotado corso estaba en su viaje hacia la isla de Elba, Pío VII, después de cinco años de destierro, retornó a su sede ante júbilo de una Europa unida. Podía ahora nuevamente esforzarse por preservar la libertad y destruir la injusticia. La iglesia conmemora su liberación el 24 de mayo, cuando se celebra la fiesta de Nuestra Señora, socorro de los cristianos. Pero el fin de Napoleón no se anunciaba todavía. Intentó reorganizar nuevas empresas. Téte d'armée, fue siempre su lema; ¡también parece que fueron sus últimas palabras! Un día de 1815, Luis XVIII, el monarca restaurado en las Tullerías, recibió un siniestro telegrama que leyó con gran alarma: "Napoleón Bonaparte -exclamó el Rey- ha desembarcado sobre la costa de Provenza". Aquello sólo significaba una cosa: ¡Guerra! El orgullo espíritu solitario había surgido de la isla de Elba, dispuesto a luchar para restablecer su deshecha hegemonía. Sus antiguas legiones se le unieron en el camino, y el corso penetró en París en el mismo momento en que el Borbón se retiraba rápidamente de la escena. Lejos de dominar a sus enemigos, fue completamente derrotado en Waterloo, donde sus bravos veteranos fueron deshechos. Su mayor presunción era afirmar que nunca hombre alguno oiría decir: "¡La Guardia se rinde!" Pero aquel día la Guardia se rindió, y poco después, su indomable comandante tomó el camino del triste destierro, hacia la remota isla de Santa Elena, olvidada de dios.

¡En qué sangrienta confusión había arrojado a Europa el dictador corso! Aun aceptando que organizara el comercio, la industria y la educación pública; aun reconociendo que impuso el Código Napoleónico a un continente decrépito, no por eso se ha de negar que Napoleón, como todo dictador, llevó los negocios humanos al borde del abismo. Hacia el mismo tiempo, el pueblecito de Ars localizó en su breve recinto la difusa amenaza en el tiempo y el espacio. Su cura párroco, sin embargo, cumplía su tarea como buen pastor, siendo todas sus ovejas igualmente caras a su corazón. Al principio, como hemos dicho, se lo dejó solo con Dios: en oración y en sacrificio, luego, después de un tiempo, las ovejas descarriadas del rebaño se detenían para observar... Los corderitos inocentes fueron los primeros en acercarse al recién llegado, penetrando furtivamente en la iglesia de Ars; seguro de que las ovejas más rebeldes no se encontrarían ya muy lejos... Se dejarían conducir finalmente por las más jovencitas, tanto había rogado y rogado el cura Vianney para que ello se produjera. Por la providencia de Dios, un amigo necesitado hizo su aparición en la triste escena. Fue una gran dama del ancien régime, espiritual, graciosa, llena de dones como correspondía a la hija de un conde. Pero, a diferencia de muchas de su clase, la joven dama mostróse piadosa y leal hija de la Iglesia y modelo de virtud cristiana. Secretamente repartió limosnas entre los pobres de Ars, acudió a los lechos de los enfermos, remendó sus ropas, les proveyó de alimentos. Y ella fue la primera en aquel pueblecito hambriento de amor en vislumbrar la verdadera grandeza del apóstol. "No he conocido sacerdote más santo que nuestro cura -escribió-. Nunca deja la iglesia; ante el altar es como un serafín, en el púlpito se le ve animado por el Espíritu de Dios". Cuando acudió para visitar el Santísimo Sacramento en la pequeña iglesia abandonada, se encontró con el cura, y ambos, en silencio, elevaron sus preces al Santísimo, formando así el principio de la vida eucarística de Ars. No mucho después, un labrador se les unió, creció enseguida el pequeño grupo de adoradores, y el resultado fue la organización de la Cofradía del Santísimo Sacramento. Empezaron a reunirse diariamente en la común adoración, mientras por las mañanas aparecían en la nave nuevos concurrentes y la iglesia adquirió la apariencia de un público servicio. "Nuestro cura -empezó a decir la gente- hace todo lo que dice que hagamos; practica lo que predica; nunca lo hemos vito tomar pare en diversión alguna; su único placer es rogar al buen Dios; seguiremos sus consejos".

Cerca del polvo

Los primeros veinticinco años (1818-1844) de los trabajos del cura de Ars, contaron días sumamente difíciles para la Iglesia. Los anticlericales pululaban en toda Europa. Una fiebre de odio de clases había sido la consecuencia inmediata de los cambios y perplejidades sufridas por la humanidad. Y en todas las partes de Europa donde prevalecía la influencia de Napoleón, la autoridad civil era considerada como suprema, abolidos los derechos del Papado y destruidas las fundaciones monásticas. Desde que cada Estado se atribuía el derecho de ordenar sus propios asuntos eclesiásticos -algunos como Cerdeña, Nápoles y Baviera establecieron convenios con Roma, como así también Prusia y muchos de los trescientos Estados de Alemania- se opusieron enérgicamente a los derechos de la Iglesia. Después que un concordato entre los Borbones y el Vaticano, en 1817, fue rechazado por el Parlamento francés, el viejo e injusto arreglo impuesto por Napoleón continuó en vigor. La Restauración tampoco consiguió establecer un gobierno permanente. Carlos I (1824-1830) y Luis Felipe (1830-1848) fueron destronados por nuevas revoluciones: los resultados de tales acontecimientos fueron amargura política para los poderes, aflicción y dolor para los Papas. La incredulidad creció con el andar del tiempo, hasta que grandes campeones, como Montalambert, tuvieron que luchar por la libertad de educación, conquistando, en 1833, el derecho de abrir escuelas elementales. Hacia el mismo tiempo, De Maistre defendió la autoridad espiritual de los Papas, Lamennais luchó por la libertad de cultos, la libertad de prensa y el derecho de sufragio. Los cambios provocados por la revolución de 1830 fueron muy importantes: el partido clerical fue aplastado y los jesuitas perdieron el nuevo poder que habían conquistado. Uno de los más graves ataques a la educación religiosa fue el trato que se le infligió a las Ordenes educacionales por varios gobiernos europeos, incitados por los masones y otras asociaciones subversivas. Los jesuitas fueron expulsados de Portugal en 1834, y tres años más tarde, de Francia. Se urdió una conspiración para unificar a Italia bajo el gobierno de la Casa de Saboya, absorbiendo a los Estados papales. En verdad todas las naciones de Europa eran víctimas de su propia mala fe, y hacia mediados del siglo imperó una época de completo materialismo.

En el tumulto de odio de clases, de desconfianzas y de agitación social, se olvidaron por complejo todas las verdades propugnada por la Iglesia. "Quienes son guiados por el Santo Espíritu -dijo el cura de Ars- ven bien las cosas; por eso tantas personas ignorantes saben más que los sabios" Pero, triste es decirlo, la antigua fe de Europa, el credo de los hombres que reconocían que Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo con justicia y paz, se había desvanecido. No había lugar para Dios en la enseñanzas de la ciencia, del gobierno, de la economía y de la sociología. Un invierno ártico de incredulidad había helado el corazón de los hombres, empequeñecido su inteligencia y corrompido su moral. El agnóstico se mofaba de la Iglesia; el ateo negaba a Dios, y a su Cristo; el materialista sólo veía en la vida su propio "yo". Ese completo descreimiento fue el gran pecado mortal del siglo diecinueve, pecado que a la larga iba a provocar el torbellino de la guerra, de revolución tras revolución, hasta causar la primera guerra mundial antes de que el siguiente siglo hubiera cumplido su segunda década. Pero, en cambio, eran muchos los estadistas de Europa aferrados a la política del "egoísmo ilustrado". Emplearon las argucias de la más deshonesta diplomacia, utilizaron la ciencia atea de su tiempo para malos, podríamos más bien decir diabólicos propósitos. Ni se les ocurría tener una conducta honrada o recta; el sistema que aplicaron era inherentemente vicioso, y por lo tanto destructivo de la paz del mundo. Lo que es del caso observar es el injusto poder -la fuerza es derecho- que sostenía todos los esfuerzos de esos absurdos políticos. En Italia, la masonería fomentó todas las revueltas, y Mazzini se convirtió en jefe de un grupo de republicanos patriotas que se confabularon para destruir el Papado.

Tinieblas y luz

Ya pasada la mitad del siglo, los reyes empezaron a ver la necesidad de sostener el trono y el altar. Austria firmó un concordato con la Santa Sede. Tres de las cuatro naciones que vencieron al corso -Rusia, Inglaterra y Prusia- se pusieron sabiamente del lado del Papado, a lo menos por un tiempo. Fue, sin embargo, demasiado tarde; la rápida contracorriente amenazó todavía con más violencia el trono y el altar. El peligro del socialismo, sistematizado en el Manifiesto Comunista de 1848, se hizo principalmente subterráneo. Y el fétido materialismo, que durante tanto tiempo infestó las almas de los hombres, se apoderó también de la política, y la doctrina del Estado se encaminó otra vez hacia el absolutismo. Los gobernantes absorbidos por la llamada "política de poder" no prestaron oídos a "los gritos cada vez más insistentes de las gentes comunes que no pedían nada mejor que paz, pan y trabajo" Pío IX (1846-1878) ocupó la Silla de Pedro a los cuarenta y dos años de edad, se arrojó en seguida a la tormenta. Los conspiradores europeos no trataban más que de provocar rebeliones por todas partes. En Austria se produjeron revueltas y cañoneos, en tanto que el rey de Cerdeña ayudaba a las multitudes de Milán y de Venecia a obtener una constitución popular. Luego, los instigadores, encegueciendo a las multitudes con odios y palabras de órdenes, penetraron en los Estados papales. Propagaron en ellos una ola de odios. Asesinaron al primer ministro, conde Rossi, dispararon contra el secretario papal y obligaron a Pío IX a huir de su ciudad. Cambiaron las cosas cuando el ejército de Garibaldi tuvo que luchar contra las tropas francesas que habían acudido en defensa de la Iglesia. Los revolucionarios fueron derrotados, y Mazzini, su principal instigador, tuvo que refugiarse en Suiza. El Papa, vuelto del destierro, tuvo que trabajar con gran empeño para asegurar una justa y duradera paz.

Mientas el Papa Pío IX realizaba lo imposible para impedir la guerra y reconciliar las naciones en la paz, el párroco de Ars continuaba su cura de almas en su apartado pueblecito. Uno por uno fueron corregidos los abusos y vicios, suprimidos todos los escándalos. Ante todo, el cura Vianney luchó por la santificación del domingo, que la gente del pueblo había olvidado por completo. Dijo a los vecinos de Ars: "El hombre no es meramente una bestia de carga, es también un espíritu creado a imagen de Dios. No es dominado solamente por necesidades espirituales y apetitos del corazón; vive no sólo de pan, sino también de fe, de oración, de amor y de adoración". El cura inculcó esas sólidas verdades en las mentes de sus convecinos, a la vez que llevó guerra incesante contra las tabernas y las salas de danza hasta que estas puertas del infierno desaparecieron del pueblo. Encontró gran oposición, pero supo mantenerse firme y derrotar a los malos vecinos. Era costumbre del cura de Ars recurrir a la oración y a la penitencia siempre que deseaba obtener del Altísimo algún favor para su grey. Mas fue por medio del confesionario como llegó al corazón del problema; en apariencia era firme, de amplia visión, e insistente. Cerca de su corazón estaban los pobres niños abandonados del distrito, para los que fundó La Providence. Este asilo se convirtió muy pronto en un hogar de amor, en el que el cura atendía a los refugiados y enseñaba el simple catecismo. La fama de la pequeña escuela se propagó, sus métodos fueron copiados, y la instrucción del cura, ofrecida luego diariamente en la iglesia, atrajo centenares de visitantes al pueblo de Ars. Su gran obra, sin embargo, no pudo desenvolverse sin oposición, que se manifestó bajo la forma de persecución violenta por parte el demonio. Su Rectoría fue atacada por la noche -"golpes sobre las puertas, cantos en al chimenea, aullidos de bestias feroces, ruidos indescriptibles" -. Todas aquellas manifestaciones de las fuerzas del mal fueron comprobadas por los aldeanos, que con sus propios sentidos experimentaron los extraños hechos demoníacos, y muchas veces tuvieron que huir para salvar sus vidas, mientras el pobre cura aceptaba el combate de la manera más real y efectiva. Pero las fuerzas perseguidoras de Satanás encontraron aliados en los hombres, y el cura tuvo que soportar también el maltrato de sus convecinos. Un día recibió una carta en la que leyó lo siguiente: Monsieur le Curé, cuando un hombre sabe tan poca teología como usted, nunca debe entrar en el confesionario..." Hubo pastores de las cercanías que prohibieron a su grey ir a Ars para confesarse o realizar una peregrinación. Despreciaban sus milagros como falsos, acusaron al cura de soñador, de advenedizo y de enredador y chismoso. Lo amenazaron con desgracias y hasta con la censura, llegando hasta conminarlo ante sus superiores eclesiásticos para contestar a los cargos que se formularon contra él. Sí; hasta cuando los Estados de Europa se oponían con tanto encarnizamiento a la Iglesia, estúpidos sacerdotes, alrededor de Ars, hacían lo imposible para aniquilar al santo en su mismo centro. Nada importó. Todo ello -se dijo el cura de Ars- era tan sólo lo que Cristo había profetizado: "Los enemigos de un hombre son los de su propia casa".

El buen pastor

A pesar de todo, el santo pastor trabajó incesantemente año tras año entre su grey, hasta que, gradualmente, todos los vecinos de Ars se convirtieron en ejemplares católicos. Fue, no hay que dudarlo, la victoria de la oración y de la paciencia. Miró cara a cara y con todo coraje a la locura humana, y con valiente corazón, ayudado de la gracia, infundió la fe en que pequeño rebaño. La Cofradía del Santísimo Sacramento llegó a contar en su seno a toda la población. Nuevas capillas se edificaron en regiones distantes, y La Providence creció de tal manera, que no pudo dar hogar a todos los pobres que a ella recurrían. Ahora acudían verdaderas multitudes de Ars; parecía como si Francia despertada a la promesa que ella se hubiera hecho, retornara instintivamente hacia aquel santo lugar. ¿Quién -se podrá preguntar- los llamaba a aquel lugar? No los diarios de entonces, porque ninguno menciona el nombre de Juan Vianney. Y con el andar del tiempo, el creciente número de los visitantes llegó a contar ochenta mil por año. ¿Qué es lo que veían? A un humilde sacerdote, agotado como un espectro, que pasaba casi todo el día diciendo misa, en el púlpito y en el confesionario. Tan pesadas eran las tareas del cura, que en 1842 fue atacado de inflamación de los pulmones, y la parroquia desesperó de que salvara la vida. No obstante, el médico, en espera de la reacción de su paciente, no mostró temor alguno: "La salud del cura de Ars -declaró- no me causa ansiedad; cuando mis recursos han terminado. Alguien toma cuidado del señor cura". Cuando el pastor recobró su frágil energía, fue para afrontar nuevas cargas, nuevas pruebas; aun tuvo que vencer la secreta resistencia de algunos duros enemigos del distrito. Jamás desviado en lo más mínimo de la senda del deber, imploró, exhortó, reprochó; atendió las necesidades de su creciente rebaño, como el de otras parroquias, porque fue infatigable en su lucha contra las fuerzas del mal. La Providence, tan cara a su corazón, se convirtió en escuela para niñas, bajo la dirección de las Hermanas de San José; inspirada por el aroma de santidad del fundador y bajo las prescripciones de su catecismo, nada tiene de sorprendente que se convirtiera en modelo de muchas casas similares de enseñanza que se expandieron por toda Francia. Aun más, la obra milagrosa del silencioso sacerdote se propagó tanto, que acudieron millares y millares de peregrinos para conocer la maravilla de aquellos días. Pues la tendencia imperante de aquella época era, como se recordará, la incredulidad general y la perversidad; fueron tiempos en que las naciones y los hombres habían renegado de Dios y de la bondad.

El cura de Ars, desde 1835 en adelante, tuvo que privarse de todo descanso, de sus personales retraimientos o retiros, para poder atender a las multitudes que acudían a Ars, peregrinación tras peregrinación. Provenían de todas partes de Francia; de Inglaterra, de Holanda, de Alemania, hasta de la distante América. Y durante todo el día, con excepción de los momentos en que se dedicaba al altar, al púlpito o al confesionario, el cura se ponía al servicio de los visitantes: pobres o ricos, aristócratas o gentes humildes; lisiados, ciegos, sordos, epilépticos... Pero, como lo contaron muchos testigos, la mayor parte del tiempo la pasaba en el confesionario, desde la una hasta las ocho de la mañana y desde la una hasta las ocho de la tarde. Se ha contado un divertido incidente referente a una arrogante dama que intentaba pasar al confesionario antes de las muchas personas que ya esperaban. Ante el tumulto que provocó, el cura Vianney salió de su confesionario y dio con el marido indignado: "¡Es mi mujer que quiere confesarse!", exclamó el caballero en tono agrio. "Muy bien -contestó el cura tan calmo como siempre- se confesará cuando le llegue el turno". A esto la presuntuosa dama exclamó: "¡Es que no puedo esperar!" Lo siento muchísimo -dijo el cura-, pero aunque usted sea la misma emperatriz, tendrá que esperar su turno". Con frecuencia salía de su estrecho, encerrados y sofocante tribunal medio sordo a causa del cansancio. "Había que venir a Ars -decía entre lágrimas- para saber lo que es pecado y apreciar todo el daño que Adán causó a toda su desgraciada familia. ¡No se sabe qué hacer!... Tan sólo orar y llorar". En ello radicó el poder del santo: en su amor de las almas, en la oración y en la penitencia. No hay motivo para sorprenderse de que sus "curas" se multiplicaran, que la eficacia de sus instancias aumentara, porque cuanto más cerca de Dios están los santos, mayor es el poder de su intercesión. El bendito cura, verdadera antítesis del mundo moderno, aportó paz sobre la tierra en su parroquia. Su pequeño rebaño, aunque pobre, fue casi perfecto... ¡y feliz! ¿No habían visto en sus días, claro como la luz, la vanidad del dinero, la vacuidad del saber humano, la inanidad de los honores terrenales? Ni por asomo fueron sorprendidos cuando los más grandes hombres de Francia (Lacordaire, por ejemplo, el predicador del siglo) vinieron a arrojarse a los pies de su cura; ni se admiraron de ver amontonadas sobre su mesa centenares de cartas llegadas de todas partes de la tierra. Pudieron fácilmente comprender al hombre que dijo: "Antes de venir a Ars y ver al "buen padre", apenas podía creer en lo que se relata en las vidas de los santos. Ahora creo en todo ello, porque lo he visto con mis propios ojos, y aun mucho más".

Pero los días del santo se apresuraban hacia su fin, en medio del calor terrible del mes de julio de 1859. Su decaimiento era tan completo, que no pudo ya levantarse de su lecho, y solicitó que se lo dejara morir solo "con sus pobres moscas".

- ¿Se siente usted cansado, señor cura?

- Sí, y creo que ha llegado mi "pobre" fin.

- Iré a pedir ayuda.

- No; no moleste usted a nadie; no vale la pena.

A las dos de la mañana del 4 de agosto de 1859, Juan Vianney pasó a mejor vida, sin agonía ni lucha, y Ars supo que había perdido al perfecto cura párroco, hombre del cual el Papa Pío X ha podido decir: "Ese sacerdote, pobre, humilde y poco ilustrado a los ojos del mundo, se ha convertido en la maravilla de toda la raza humana".

Fuerza o libertad

Después de la partida definitiva del cura de Ars, el gran problema fue si Europa buscaría la paz de Dios o continuaría recurriendo a la espada de la codicia. La intentada hegemonía de Napoleón había sido aplastada, para provocar, es lógico, una paz ilusoria y abrir el camino a los designios de otros lobos guerreros. Añádase a tales peligros el pecado mortal de la incredulidad, que constantemente iba minando la estructura social y provocando una especie de fiebre mundial. Los malos frutos del Congreso de Viena empezaron a manifestarse en la intranquilidad general, rápidamente creciente, y en la rivalidad de las naciones. Los poderosos e inescrupulosos estadistas de entonces, nada harían para reparar los males que agobiaban al mundo. La balanza del poder empezó a reemplazar a toda posible balanza de paz, mientras la miseria era el patrimonio de las gentes comunes, privadas de sus libertades básicas. Dos grandes Papas vieron avecinarse el conflicto y desempeñaron importante papel en esa mitad del siglo. Pío IX (1846-1878) y León XIII (1878-1903) fueron dos pontífices que buscaron la paz y lucharon empeñosamente por ella. El primero, enfrentado con la amenaza de persecución incesante, se mantuvo virilmente firme, año tras año. Mucho antes de la mitad del siglo sufrió graves contratiempos por culpa de terribles conspiradores: la Casa de Saboya se unió con los revolucionarios. Sin embargo, por providencia del Cielo, mientras Italia católica lamentaba aún el despojo cometido en 1853, y en el año siguiente, Pío definió la doctrina de la Inmaculada Concepción. En 1854, después del conflicto anglo ruso de Crimea, firmó un concordato con Austria. Entre tanto, Bismarck, que representó a Prusia en la dieta germana, se dispuso a proceder en perjuicio de Austria: era su último propósito sojuzgar al gran imperio católico y unir a todos los alemanes bajo la égida de Prusia. Pronto se suscitó una querella y, en 1866, los austriacos cayeron en la emboscada que les tendió la traición prusiana. Sobre toda Italia se sucedían conspiraciones y contraconspiraciones, con el propósito de realizar la unidad del reino. Se produjeron rebeliones en Polonia (1863) y en Irlanda (1866) contra la intolerable injusticia de potencias poderosas. En tanto que proseguían en su actividad ciega los gobiernos tiránicos y despóticos, Europa se encaminaba rápidamente hacia su propia destrucción.

La crisis se produjo en 1870. Aquel año, los italianos se apoderaron de Roma, a la vez que Francia era derrotada por Prusia, en Sedán. El rey Víctor Manuel II, del nuevo reino de Italia, buscó en vano aplacar a Pío IX, que prefirió convertirse en un prisionero en el Vaticano. Al tiempo en que el ejército italiano penetraba en Roma, Pío XI ordenó a las tropas papales deponer las armas diciendo: "Tan sólo ayer recibió una comunicación de los jóvenes caballeros del Colegio Americano, rogándome, diría más bien exigiéndome, autorización para armarse y constituirse en defensores de mi persona..." En 1870, el Concilio Vaticano, inaugurado el año anterior, proclamó la infalibilidad del Papa. Fue el mayor concilio ecuménico de los anales de la Iglesia, y sus decisiones referentes a materias de doctrina, fe y disciplina fueron recibidas con alegría en todo el mundo. Pero no bien quedó constituido el nuevo imperio alemán, Bismarck inició la persecución de los católicos. "Ni en la Iglesia ni en el Estado estamos en el camino de Canosa", manifestó jactanciosamente el Canciller de Hierro. Las "Leyes Falk" fueron sancionadas por hábiles agentes de Bismarck, para suprimir la Acción Católica, pero los católicos germanos las anularon del modo más efectivo, y la llamada Kulturkampf terminó en el más sonado fracaso del dictador prusiano. Pío XI fue sucedido por el brillante aunque anciano Vincenzo Pecci, que, con el nombre de León XIII, desplegó magnífica iniciativa e independencia. Este gran Papa, llamado a veces el "Papa socialista", propugnó la justicia social, advirtió a las testas coronadas de Europa de los peligros que se cernían en el horizonte y probó ser un verdadero profeta, el más profundo observador e intérprete de las principales tendencias de nuestra época. Pero las advertencias papales no fueron escuchadas, aunque los gobernantes de Europa reconocieron el genio de León XIII y su penetrante perspicacia y lo trataron con el correspondiente respeto. La vieja política de poder, tan ciega y codiciosa como siempre, seguía igualmente activa, socavando la paz de Europa. Esa política había aislado a la Capital de las Edades, despreciado no sólo los sensatos consejos de los más sabios de los hombres sino también los derechos del trabajo, lo mismo que la virtud de la justicia. El nuevo siglo vería a los lobos del odio desencadenar la primera guerra mundial, y, veinticinco años después, la Guerra Universal que conmovería los cimientos mismos de la civilización.


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TALLEYRAND, Memorias.

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