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R. P. Jos茅 A. Dunney, San Juan Bautista Vianney
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San Juan Bautista Vianney. Maravilla del Mundo

San Juan Vianney y el siglo decimonono

Yuguero del destino

Los primeros retumbos de la revoluci贸n se o铆an en Francia cuando naci贸 un santo en Dardilly, cerca de Ly贸n, el a帽o 1786. Juan Vianney, que tuvo cinco hermanos, pudo dar gracias a Dios por haber nacido en el seno de una familia devota que viv贸 en sinceridad y justicia todos sus d铆as. La hospitalidad de aquella familia piadora fue grande para su escu谩lidos medios, y acud铆an a su puerta toda clase de menesterosos. Aunque Juan manifest贸 desde su infancia un bello esp铆ritu de caridad, creci贸 con escasa ense帽anza cat贸lica, pues todos los maestros religiosos hab铆an sido expulsados de sus puestos por los anticlericales. Por una casualidad feliz, sacerdotes fugitivos cruzaban el distrito, y la familia Vianney hac铆a secretamente el camino hasta Ecully para o铆r misa. Tan r谩pidas eran aquellas reuniones, que el altar ten铆a que ser levantado en una granero o en alguna habitaci贸n de los pisos altos. Sin duda alguna que el muchachito ser铆a estimulado profundamente por tales experiencias, as铆 como por la fe y hero铆smo de sus mayores, prontos a sacrificar sus vidas por amor de Cristo. A los trece a帽os hizo sus primera comuni贸n en un lugar oculto, un cobertizo utilizado como capilla, y desde aquel momento creci贸 espiritualmente con gran rapidez. Fue sorprendente cuan preocupado estuvo siempre de la presencia de Dios, hasta cuando trabajaba en los campos en compa帽铆a de sus hermanos y hermanas. "Cuando me encontraba solo, zapapico y pala en mano -el santo se record贸 m谩s tarde- oraba en alta voz; cuando estaba en compa帽铆a de otros rezaba en voz baja... Me acostumbr茅 a tenderme en el suelo como los dem谩s, y hac铆a como si dorm铆a, pero oraba siempre con todo mi coraz贸n." 隆Oh, qu茅 tiempos felices! Juan ten铆a diecinueve a帽os y era todav铆a pe贸n de granja cuando, en 1805, ingres贸 en una peque帽a escuela abierta en Ecully por estudiantes eclesi谩sticos. No muy brillante en sus estudios, tuvo que penar mucho con su aritm茅tica, su geograf铆a y su historia, y el lat铆n estuvo lejos de resultarle f谩cil. Pero tuvo un compa帽ero, Mat铆as Doras, que le ayud贸 mucho en sus estudios; este amigo fue luego obispo de Dubuque, Iowa.

En aquellos d铆as, la humilde escuela y su reducido grupo de alumnos forman un detalle perdido en la naci贸n destrozada por la guerra. Los ojos de Europa estaban fijos en el sorprendente Napole贸n Bonaparte, que cruzaba la escena como un meteoro. Gracias a su gran genio militar, el joven corso obten铆a victoria tras victoria; luego, a los veintitr茅s a帽os, retorn贸 a Francia y at贸 a los revolucionarios al carro de sus triunfos.

El yuguero estudiante no pudo confiar en escapar al torbellino. Su escuela se encontraba en la di贸cesis del cardenal Fesh, t铆o del Emperador, que se preparaba a lanzarse ahora contra Espa帽a. Toda Francia estaba en armas, y el conquistador, muy necesitado de tropas, suprimi贸 las excepciones conferidas a los estudiantes eclesi谩sticos. Los muchachos iban a ser reclutados para sus compa帽铆a, simples jovencitos que tendr铆an que aprestar ca帽ones y calar las bayonetas; lo que quiere decir que Juan Vianney, de buen o mal grado, tuvo que alistarse en las filas, desde que su padre era demasiado pobre para pagar un suplente o sustituto. De ese modo, el estudiante se vio obligado a abandonar sus libros para incorporarse a su regimiento en el momento de recibir orden de marcha. El d铆a de la partida hab铆a ido a hacer su 煤ltima visita al Sant铆simo Sacramento, y al retornar a su cuartel, hall贸 que su regimiento hab铆a desparecido. Inform贸 de ello a un oficial superior, que lo tom贸 al principio por un desertor, pero pronto se convenci贸 de su error, y envi贸 a Juan a reunirse con sus compa帽eros de armas. Un extra帽o a quien encontr贸 en el camino se ofreci贸 para ayudarle a encontrar su regimiento; todo lo que este bobalic贸n pudo hacer fue conducir al soldado extraviado a Noes y dejarlo entre un numerosos grupo de desertores. Privado de toda comunicaci贸n con su familia, Juan no sab铆a qu茅 resoluci贸n tomar. Un destello de luz le leg贸 cuando el alcalde del pueblo le aconsej贸 que permaneciera all铆 y sirviera como maestro bajo nombres supuesto. Despu茅s de un a帽o de permanencia, el maestro ocasional consigui贸 ponerse en comunicaci贸n con su padre, quien, indignado, lo consider贸 como desertor. Pero toda la dificultad qued贸 zanjada cuando un hermano de Juan ofreci贸 engancharse en su lugar. Gracias a ese extra帽o giro de los acontecimientos no pudo tomar parte en la Guerra de Espa帽a y, de acuerdo con la voluntad de la Providencia, retorn贸 a sus estudios de Ecully.

Los dictadores no toleran

Durante los d铆as de escuela de Juan, Napole贸n, engre铆do con sus victorias, escandaliz贸 a toda Europa por el tratamiento que impuso al jefe de la cristiandad. Todo lo que se necesita para juzgar la baja perfidia del corso es analizar los a帽os 1801-1812. El ej茅rcito, declar贸 茅l mismo descaradamente, no quiere religi贸n, y en cuanto a 茅l, personalmente, no pod铆a permitir, como ocurre por lo dem谩s con todo dictador, autoridad o instituci贸n alguna, por sagrada que fuera, que pudiera oponerse a sus planes. El concordato que firm贸 con el Papa P铆o VII estableci贸 que la religi贸n cat贸lica, siendo la fe de la mayor铆a, gozar铆a de la protecci贸n del gobierno. Lo que no impidi贸 a Napole贸n que en 1802 sancionara leyes org谩nicas de la Iglesia de Francia, de galicanismo acentuado. No podr铆a publicarse en Francia ning煤n decreto papal sin el placet del Estado; las 贸rdenes mon谩sticas fueron abolidas, y todos los maestros de los seminarios obligados a suscribir la Declaraci贸n del Clero Franc茅s. P铆o VII, desde luego, se opuso p煤blicamente a todas aquellas odiosas medidas, Napole贸n, nuevas ofensas dej贸 caer sobre 茅l el malhumorado conquistador. No fue todo, sin embargo. Algunos a帽os m谩s tarde, en 1808, el belitre imperial, m谩s enfurecido con el papa que con ninguno de sus enemigos, recurri贸 a sus viejos ardides. Con la calma de un temperamento mahometano urgi贸 al Papa a que nombrara un patriarca de Francia, a que aboliera la ley del celibato clerical y a que se uniera a la Liga contra Inglaterra. A todo lo cual P铆o VII se opuso con firmeza, y en castigo de esa oposici贸n, los Estados papales fueron anexados al Imperio franc茅s. El Emperador, siempre pronto a llegar a todos los extremos, amonton贸 las mortificaciones sobre su desamparado prisionero en el Vaticano, que estuvo cerca de perder la raz贸n. Y cuando P铆o VII excomulg贸 a Napole贸n, tirado lo condujo prisionero, primero a Savona y luego a Francia. Ahora que el d茅bil y anciano pont铆fice era su prisionero personal, Napole贸n se ri贸 con desd茅n de su condenaci贸n por la Iglesia. "驴Podr谩n las palabras de ese anciano -grit贸 con iron铆a- hacer caer las armas de las manos de mis soldados?" Pues bien, Mosc煤 con ayuda del "General Invierno" le dio la adecuada contestaci贸n. El Gran Ejecito, que se hab铆a cre铆do invencible, hall贸 su m谩s completa derrota en la expedici贸n a Rusia. En su retirada a trav茅s de constantes y terribles ventiscas, las armas se ca铆an de las manos heladas de los soldados, y millares de ellos perecieron de fr铆o, de hambre y de enfermedades.

S铆; a pesar de su innegable genio, el peque帽o caporal recibi贸 el golpe m谩s tremendo que se hubiera asestado hasta entonces a sus planes. Pero no se hab铆a terminado con el dictador; so帽ador peligroso, nunca supo cu谩ndo hab铆a sido derrotado. Aun despu茅s del descalabro de Mosc煤, se manifest贸 resuelto a continuar a intensificar sus esfuerzos. No se le ocurri贸 pensar jam谩s en la inmensa cantidad de hombres ansiosos de vivir sus propias vidas y enfrentarse a sus propios deberes. Lo 煤nico en que pens贸 fue en volver a la carga: en una Europa ca贸tica y aterrorizada desencadenar铆a nuevos golpes contra sus enemigos. 驴No hab铆a conquistado en Marengo la fuerza de levantar e imponer la hegemon铆a de Francia? En Austerlitz desbarat贸 la oposici贸n europea. Y en Leipzig sali贸 triunfante, aunque no sin grave riesgo. La derrota en Rusia se olvidar铆a, Francia era todav铆a muy poderosa, y 茅l pod铆a esperar con calma. Lo que correspond铆a hacer era reorganizar los ej茅rcitos, y volver铆a hasta aniquilar definitivamente el poder铆o de sus enemigos. Dividir铆a a las naciones que se hab铆an confabulado para destruir su poder militar. 驴C贸mo pudo perturbarse su juicio hasta tal extremo? Tan fant谩sticos fueron los sue帽os marciales de Napole贸n despu茅s del fracaso de su expedici贸n contra Rusia. Pero, como todos los dictadores frustrados, tuvo que disponer de su v铆ctima propiciatoria, y cuando, en 1812, retorn贸 a Par铆s, trat贸 al Papa P铆o VII de la manera m谩s ofensiva, encerrando al anciano pont铆fice en una prisi贸n, en Fontainebleau. Para decirlo en pocas palabras, Napole贸n se comport贸 como un jefe de bandidos en el trato que dio al Vicario de Cristo, y aprendi贸, aunque demasiado tarde, que su p煤blico ultraje fue a la vez un error craso y un crimen.

Lejos del hogar

驴Fue una casual coincidencia de fechas o fue obra de la Divina Providencia que rige el destino de las naciones? El a帽o de la derrota de Napole贸n por los rusos fue el a帽o en que Juan Vianney ingres贸 en el Seminario Lesser, en V茅rrieres. No se crea que la cosa fue f谩cil para un joven de educaci贸n escolar tan limitada. Su primer intento dio en un fracaso, pero tres meses despu茅s fue aprobado por escaso margen. Una vez dentro de aquellos reverenciados muros, Juan ampli贸 r谩pidamente su visi贸n y comprendi贸 toda la impotencia de la grandeza terrenal, la vacuidad del conocimiento meramente humano. De seguro que ya entonces comprend铆a, con San Pablo, la vanidad de toda sabidur铆a mundana en contraste con las misteriosas gracias concedidas por Dios. El t铆mido y humilde seminarista no mostraba sobresalientes dotes intelectuales, pero sus maestros muy pronto vieron que pose铆a algo infinitamente m谩s importante. Era ello un alarga y bien arraigada experiencia espiritual. Las secretas cualidades el reci茅n llegado permanecieron ocultas en tanto que sus deficiencias cient铆ficas se hicieron visibles inmediatamente en las clases, como ocurre en todas las escuelas, Y, naturalmente, aquel hombrecito de un oscuro pueblo formaba tambi茅n extra帽o contraste con muchos de sus j贸venes compa帽eros. Hab铆a varios petulantes que se re铆an de la falta de capacidad intelectual de Juan Vianney -por ejemplo, ten铆a que estudiar filosof铆a en franc茅s en vez de hacerlo en lat铆n- pero ello fue para Juan motivo de ejercer su humildad y su paciencia. Mas hubo otros, sus hermanos, que admiraron su piedad, su modestia y su obediencia; que vieron su devoci贸n al Sant铆simo Sacramento, que tuvieron vislumbres de su fe, de su amor y abnegaci贸n y lo tuvieron en lo que era: un seminarista modelo.

En el mes de julio de 1813, Juan inici贸 sus estudios de teolog铆a, en su hogar, bajo la direcci贸n del se帽or Balley. Dos a帽os m谩s tarde, le mismo diligente preceptor lo decidi贸 a que se presentara a examen de admisi贸n en el Gran Seminario de Ly贸n. Juan contaba treinta a帽os de edad. En el momento en que los profesores empezaron a interrogarle, Juan perdi贸 totalmente su cabeza, no atin贸, en su confusi贸n nerviosa, a responder a nada y fue, naturalmente, recado por sus examinadores, que lo consideraron como un simple ignorante. Aquellos profesores no sospecharon la 铆ntima naturaleza, la delicada integridad del hombre que ten铆an ante s铆. Reprobado, Juan se desconcert贸 sin saber qu茅 camino seguir, pero su leal preceptor, Bally, lo sab铆a, y despu茅s de entrevistarse con el personal superior del Seminario y discutir largamente el punto, obtuvo que su alumno fuera sometido a nueva examen, que se llev贸 a cabo en la Rector铆a. Se le dio oportunidad, poni茅ndoselo a prueba, y si bien no consigui贸 imponerse por su saber escolar, pronto impresion贸 a todos por su ejemplar vida espiritual. Los directores del Seminario todav铆a manten铆an sus dudas acercad e si se le deb铆a conceder la ordenaci贸n, de manera que presentaron el caso a resoluci贸n definitiva del abate Courbon, vicario general. Este reflexion贸 un momento antes de formular algunas preguntas importantes: "El joven Vianney, 驴es piadoso? 驴Dice bien su rosario? 驴Siente devoci贸n hacia la Sant铆sima Virgen?" Contest谩ronle sin titubear: "隆Es un modelo de piedad!" "Bien -manifest贸 el abate Courbon- entonces lo acepto; la Divina Gracia har谩 lo dem谩s". Y as铆, Juan Vianney pas贸 para su ordenaci贸n, y desde ese momento sus rasgos 铆ntimos empezaron a florecer hasta alcanzar luego la perfecci贸n sacerdotal.

El nuevo cura

El recientemente ordenado sacerdote, de retorno a su hogar, en 1815, tuvo que tomar caminos por los que cruzaban tropas austriacas, que bland铆an sus espadas y que hasta amenazaron matar al endeble franc茅s. Pero consigui贸 llegar sano y salvo a Ecully, y una vez all铆, el cura Balley le pidi贸 que se quedara con 茅l como su ayudante. Se dedic贸 a predicar, a o铆r confesiones, a ayudar al pastor y a visitar enfermos. Raras veces se vieron dos sacerdotes m谩s unidos por el pensamiento, el coraz贸n y la voluntad; el ayudante amaba y respetaba al cura, quien a su vez sent铆a la m谩s profunda consideraci贸n por el joven sacerdote. Despu茅s de la muerte del abate Balley, en 1817, Juan Vianney fue designado para la parroquia de Ars, que tambi茅n acababa de perder su cura. "Ve, hijo m铆o -le dijo el abate Courbon-; no hay en esa parroquia mucho amor de Dios; t煤 sabr谩s encenderlo". El vicario general ten铆a mucha raz贸n al afirmar que no exist铆a mucho amor hacia Dios en el pueblo de Ars, sobre el r铆o Saona. Su poblaci贸n era casi exclusivamente agr铆cola: astuta, compuesta de granjeros ego铆stas y campesinos hundidos en el pecado, de sentimientos perversos. No se sent铆an en necesidad de sacerdote alguno, y m谩s de uno se debi贸 re铆r a carcajadas al ver aparecer a Juan Vianney. Nunca hab铆an contemplado un cura semejante, que se pareciera en algo a aquel reci茅n llegado. P谩lido, anguloso, fr谩gil de cuerpo, t铆mido, el hombre parec铆a asustado de su propia sombra. 隆Pero esperad!; no sospecharon la penetraci贸n de su mirada, ni pudieron imaginar la poderosa energ铆a que conten铆a aquel d茅bil cuerpo.

Una de las primeras resoluciones del nuevo cura fue dedicar sus d铆as y sus noches a rogar a Dios que ablandara los corazones de aquellas gentes y sembrara abundante misericordia sobre sus nueva parroquia. Ars hab铆a ca铆do en la m谩s honda inopia espiritual. "La virtud era muy poco conocida y apenas practicada. Casi todos se hab铆an apartado de la buena senda. Los j贸venes s贸lo pensaban en el placer y la diversi贸n. Todos los domingos, y a veces otros d铆as de semana, se reun铆an en la plaza, cerca de la iglesia, o en las tabernas del pueblo, para pasar el tiempo bailando o dedicados a otras diversiones de acuerdo con la estaci贸n". Pero el pueblo, poco a poco empez贸 a abrir sus ojos adormilados. En seguida observaron que el nuevo cura se mezclaba con ellos "sin zurr贸n ni cayado, pan o dinero". Pero antes de mucho vieron que el cura se refugiaba permanentemente en la iglesia cuando no acud铆a a asistir a pobres o enfermos. Por simple curiosidad, algunos del pueblo empezaron a ir a la iglesia donde realmente escucharon sermones tan simples y llenos de amor como jam谩s hab铆an o铆do antes. Los anticlericales de la parroquia se mantuvieron alejados, habiendo perdido desde hac铆a mucho la costumbre de concurrir a los servicios religiosos. "驴Qu茅 hacer con el nuevo cura?", se preguntar铆an en un principio. Dejarlo solo, porque el hombre medio de hambre no dejar铆a de pasar pronto a mejor vida. No lo incomodaron, y el cura pasaba hora tras hora completamente solo en la sacrist铆a, componiendo sus sermones del domingo, que pronunciaba ante muy escasos feligreses. Los dos brazos de su fuerza, como se ver谩, fueron la oraci贸n y la predicaci贸n. Los emple贸 sin descanso; y apoy谩ndose en el evangelio de paz procedi贸 con energ铆a y dulzura a realizar el mayor milagro de aquellos d铆as. Empez贸 un ayuno que iba a durar cuarenta a帽os, todo en expiaci贸n de los pecados, culpas y negligencias de su propio pueblo. Poco a poco los duros granjeros y labradores del distritito llegaron a conocer a Juan Vianney, que no hac铆a otra cosa en todos sus d铆as que curar, bendecir y orar, infundiendo paz a sus destrozadas vida

Dos vidas

Los a帽os de 1815-1818 fueron los de la juventud del ministro de Juan Vianney. Su tierra natal, Francia "fue invadida por todas partes y a la vez por numerosos ej茅rcitos compuestos no de mercenarios sino de pueblos enteros, animados por el esp铆ritu de odio y venganza. Durante veinte a帽os hab铆an visto sus propios territorios ocupados y devastados por los ej茅rcitos franceses; se hab铆an visto forzados a pagar pesados tributos; sus gobiernos hab铆an sido insultados y tratados con el mayor menosprecio..."1. Pero, 驴qu茅 se hab铆a hecho de Napole贸n? Simplemente lo siguiente: Despu茅s de la batalla de Leipzig, que veng贸 a la Roma papal, los aliados marcharon sobre Par铆s. Y cuando el derrotado corso estaba en su viaje hacia la isla de Elba, P铆o VII, despu茅s de cinco a帽os de destierro, retorn贸 a su sede ante j煤bilo de una Europa unida. Pod铆a ahora nuevamente esforzarse por preservar la libertad y destruir la injusticia. La iglesia conmemora su liberaci贸n el 24 de mayo, cuando se celebra la fiesta de Nuestra Se帽ora, socorro de los cristianos. Pero el fin de Napole贸n no se anunciaba todav铆a. Intent贸 reorganizar nuevas empresas. T茅te d'arm茅e, fue siempre su lema; 隆tambi茅n parece que fueron sus 煤ltimas palabras! Un d铆a de 1815, Luis XVIII, el monarca restaurado en las Tuller铆as, recibi贸 un siniestro telegrama que ley贸 con gran alarma: "Napole贸n Bonaparte -exclam贸 el Rey- ha desembarcado sobre la costa de Provenza". Aquello s贸lo significaba una cosa: 隆Guerra! El orgullo esp铆ritu solitario hab铆a surgido de la isla de Elba, dispuesto a luchar para restablecer su deshecha hegemon铆a. Sus antiguas legiones se le unieron en el camino, y el corso penetr贸 en Par铆s en el mismo momento en que el Borb贸n se retiraba r谩pidamente de la escena. Lejos de dominar a sus enemigos, fue completamente derrotado en Waterloo, donde sus bravos veteranos fueron deshechos. Su mayor presunci贸n era afirmar que nunca hombre alguno oir铆a decir: "隆La Guardia se rinde!" Pero aquel d铆a la Guardia se rindi贸, y poco despu茅s, su indomable comandante tom贸 el camino del triste destierro, hacia la remota isla de Santa Elena, olvidada de dios.

隆En qu茅 sangrienta confusi贸n hab铆a arrojado a Europa el dictador corso! Aun aceptando que organizara el comercio, la industria y la educaci贸n p煤blica; aun reconociendo que impuso el C贸digo Napole贸nico a un continente decr茅pito, no por eso se ha de negar que Napole贸n, como todo dictador, llev贸 los negocios humanos al borde del abismo. Hacia el mismo tiempo, el pueblecito de Ars localiz贸 en su breve recinto la difusa amenaza en el tiempo y el espacio. Su cura p谩rroco, sin embargo, cumpl铆a su tarea como buen pastor, siendo todas sus ovejas igualmente caras a su coraz贸n. Al principio, como hemos dicho, se lo dej贸 solo con Dios: en oraci贸n y en sacrificio, luego, despu茅s de un tiempo, las ovejas descarriadas del reba帽o se deten铆an para observar... Los corderitos inocentes fueron los primeros en acercarse al reci茅n llegado, penetrando furtivamente en la iglesia de Ars; seguro de que las ovejas m谩s rebeldes no se encontrar铆an ya muy lejos... Se dejar铆an conducir finalmente por las m谩s jovencitas, tanto hab铆a rogado y rogado el cura Vianney para que ello se produjera. Por la providencia de Dios, un amigo necesitado hizo su aparici贸n en la triste escena. Fue una gran dama del ancien r茅gime, espiritual, graciosa, llena de dones como correspond铆a a la hija de un conde. Pero, a diferencia de muchas de su clase, la joven dama mostr贸se piadosa y leal hija de la Iglesia y modelo de virtud cristiana. Secretamente reparti贸 limosnas entre los pobres de Ars, acudi贸 a los lechos de los enfermos, remend贸 sus ropas, les provey贸 de alimentos. Y ella fue la primera en aquel pueblecito hambriento de amor en vislumbrar la verdadera grandeza del ap贸stol. "No he conocido sacerdote m谩s santo que nuestro cura -escribi贸-. Nunca deja la iglesia; ante el altar es como un seraf铆n, en el p煤lpito se le ve animado por el Esp铆ritu de Dios". Cuando acudi贸 para visitar el Sant铆simo Sacramento en la peque帽a iglesia abandonada, se encontr贸 con el cura, y ambos, en silencio, elevaron sus preces al Sant铆simo, formando as铆 el principio de la vida eucar铆stica de Ars. No mucho despu茅s, un labrador se les uni贸, creci贸 enseguida el peque帽o grupo de adoradores, y el resultado fue la organizaci贸n de la Cofrad铆a del Sant铆simo Sacramento. Empezaron a reunirse diariamente en la com煤n adoraci贸n, mientras por las ma帽anas aparec铆an en la nave nuevos concurrentes y la iglesia adquiri贸 la apariencia de un p煤blico servicio. "Nuestro cura -empez贸 a decir la gente- hace todo lo que dice que hagamos; practica lo que predica; nunca lo hemos vito tomar pare en diversi贸n alguna; su 煤nico placer es rogar al buen Dios; seguiremos sus consejos".

Cerca del polvo

Los primeros veinticinco a帽os (1818-1844) de los trabajos del cura de Ars, contaron d铆as sumamente dif铆ciles para la Iglesia. Los anticlericales pululaban en toda Europa. Una fiebre de odio de clases hab铆a sido la consecuencia inmediata de los cambios y perplejidades sufridas por la humanidad. Y en todas las partes de Europa donde prevalec铆a la influencia de Napole贸n, la autoridad civil era considerada como suprema, abolidos los derechos del Papado y destruidas las fundaciones mon谩sticas. Desde que cada Estado se atribu铆a el derecho de ordenar sus propios asuntos eclesi谩sticos -algunos como Cerde帽a, N谩poles y Baviera establecieron convenios con Roma, como as铆 tambi茅n Prusia y muchos de los trescientos Estados de Alemania- se opusieron en茅rgicamente a los derechos de la Iglesia. Despu茅s que un concordato entre los Borbones y el Vaticano, en 1817, fue rechazado por el Parlamento franc茅s, el viejo e injusto arreglo impuesto por Napole贸n continu贸 en vigor. La Restauraci贸n tampoco consigui贸 establecer un gobierno permanente. Carlos I (1824-1830) y Luis Felipe (1830-1848) fueron destronados por nuevas revoluciones: los resultados de tales acontecimientos fueron amargura pol铆tica para los poderes, aflicci贸n y dolor para los Papas. La incredulidad creci贸 con el andar del tiempo, hasta que grandes campeones, como Montalambert, tuvieron que luchar por la libertad de educaci贸n, conquistando, en 1833, el derecho de abrir escuelas elementales. Hacia el mismo tiempo, De Maistre defendi贸 la autoridad espiritual de los Papas, Lamennais luch贸 por la libertad de cultos, la libertad de prensa y el derecho de sufragio. Los cambios provocados por la revoluci贸n de 1830 fueron muy importantes: el partido clerical fue aplastado y los jesuitas perdieron el nuevo poder que hab铆an conquistado. Uno de los m谩s graves ataques a la educaci贸n religiosa fue el trato que se le infligi贸 a las Ordenes educacionales por varios gobiernos europeos, incitados por los masones y otras asociaciones subversivas. Los jesuitas fueron expulsados de Portugal en 1834, y tres a帽os m谩s tarde, de Francia. Se urdi贸 una conspiraci贸n para unificar a Italia bajo el gobierno de la Casa de Saboya, absorbiendo a los Estados papales. En verdad todas las naciones de Europa eran v铆ctimas de su propia mala fe, y hacia mediados del siglo imper贸 una 茅poca de completo materialismo.

En el tumulto de odio de clases, de desconfianzas y de agitaci贸n social, se olvidaron por complejo todas las verdades propugnada por la Iglesia. "Quienes son guiados por el Santo Esp铆ritu -dijo el cura de Ars- ven bien las cosas; por eso tantas personas ignorantes saben m谩s que los sabios" Pero, triste es decirlo, la antigua fe de Europa, el credo de los hombres que reconoc铆an que Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo con justicia y paz, se hab铆a desvanecido. No hab铆a lugar para Dios en la ense帽anzas de la ciencia, del gobierno, de la econom铆a y de la sociolog铆a. Un invierno 谩rtico de incredulidad hab铆a helado el coraz贸n de los hombres, empeque帽ecido su inteligencia y corrompido su moral. El agn贸stico se mofaba de la Iglesia; el ateo negaba a Dios, y a su Cristo; el materialista s贸lo ve铆a en la vida su propio "yo". Ese completo descreimiento fue el gran pecado mortal del siglo diecinueve, pecado que a la larga iba a provocar el torbellino de la guerra, de revoluci贸n tras revoluci贸n, hasta causar la primera guerra mundial antes de que el siguiente siglo hubiera cumplido su segunda d茅cada. Pero, en cambio, eran muchos los estadistas de Europa aferrados a la pol铆tica del "ego铆smo ilustrado". Emplearon las argucias de la m谩s deshonesta diplomacia, utilizaron la ciencia atea de su tiempo para malos, podr铆amos m谩s bien decir diab贸licos prop贸sitos. Ni se les ocurr铆a tener una conducta honrada o recta; el sistema que aplicaron era inherentemente vicioso, y por lo tanto destructivo de la paz del mundo. Lo que es del caso observar es el injusto poder -la fuerza es derecho- que sosten铆a todos los esfuerzos de esos absurdos pol铆ticos. En Italia, la masoner铆a foment贸 todas las revueltas, y Mazzini se convirti贸 en jefe de un grupo de republicanos patriotas que se confabularon para destruir el Papado.

Tinieblas y luz

Ya pasada la mitad del siglo, los reyes empezaron a ver la necesidad de sostener el trono y el altar. Austria firm贸 un concordato con la Santa Sede. Tres de las cuatro naciones que vencieron al corso -Rusia, Inglaterra y Prusia- se pusieron sabiamente del lado del Papado, a lo menos por un tiempo. Fue, sin embargo, demasiado tarde; la r谩pida contracorriente amenaz贸 todav铆a con m谩s violencia el trono y el altar. El peligro del socialismo, sistematizado en el Manifiesto Comunista de 1848, se hizo principalmente subterr谩neo. Y el f茅tido materialismo, que durante tanto tiempo infest贸 las almas de los hombres, se apoder贸 tambi茅n de la pol铆tica, y la doctrina del Estado se encamin贸 otra vez hacia el absolutismo. Los gobernantes absorbidos por la llamada "pol铆tica de poder" no prestaron o铆dos a "los gritos cada vez m谩s insistentes de las gentes comunes que no ped铆an nada mejor que paz, pan y trabajo" P铆o IX (1846-1878) ocup贸 la Silla de Pedro a los cuarenta y dos a帽os de edad, se arroj贸 en seguida a la tormenta. Los conspiradores europeos no trataban m谩s que de provocar rebeliones por todas partes. En Austria se produjeron revueltas y ca帽oneos, en tanto que el rey de Cerde帽a ayudaba a las multitudes de Mil谩n y de Venecia a obtener una constituci贸n popular. Luego, los instigadores, encegueciendo a las multitudes con odios y palabras de 贸rdenes, penetraron en los Estados papales. Propagaron en ellos una ola de odios. Asesinaron al primer ministro, conde Rossi, dispararon contra el secretario papal y obligaron a P铆o IX a huir de su ciudad. Cambiaron las cosas cuando el ej茅rcito de Garibaldi tuvo que luchar contra las tropas francesas que hab铆an acudido en defensa de la Iglesia. Los revolucionarios fueron derrotados, y Mazzini, su principal instigador, tuvo que refugiarse en Suiza. El Papa, vuelto del destierro, tuvo que trabajar con gran empe帽o para asegurar una justa y duradera paz.

Mientas el Papa P铆o IX realizaba lo imposible para impedir la guerra y reconciliar las naciones en la paz, el p谩rroco de Ars continuaba su cura de almas en su apartado pueblecito. Uno por uno fueron corregidos los abusos y vicios, suprimidos todos los esc谩ndalos. Ante todo, el cura Vianney luch贸 por la santificaci贸n del domingo, que la gente del pueblo hab铆a olvidado por completo. Dijo a los vecinos de Ars: "El hombre no es meramente una bestia de carga, es tambi茅n un esp铆ritu creado a imagen de Dios. No es dominado solamente por necesidades espirituales y apetitos del coraz贸n; vive no s贸lo de pan, sino tambi茅n de fe, de oraci贸n, de amor y de adoraci贸n". El cura inculc贸 esas s贸lidas verdades en las mentes de sus convecinos, a la vez que llev贸 guerra incesante contra las tabernas y las salas de danza hasta que estas puertas del infierno desaparecieron del pueblo. Encontr贸 gran oposici贸n, pero supo mantenerse firme y derrotar a los malos vecinos. Era costumbre del cura de Ars recurrir a la oraci贸n y a la penitencia siempre que deseaba obtener del Alt铆simo alg煤n favor para su grey. Mas fue por medio del confesionario como lleg贸 al coraz贸n del problema; en apariencia era firme, de amplia visi贸n, e insistente. Cerca de su coraz贸n estaban los pobres ni帽os abandonados del distrito, para los que fund贸 La Providence. Este asilo se convirti贸 muy pronto en un hogar de amor, en el que el cura atend铆a a los refugiados y ense帽aba el simple catecismo. La fama de la peque帽a escuela se propag贸, sus m茅todos fueron copiados, y la instrucci贸n del cura, ofrecida luego diariamente en la iglesia, atrajo centenares de visitantes al pueblo de Ars. Su gran obra, sin embargo, no pudo desenvolverse sin oposici贸n, que se manifest贸 bajo la forma de persecuci贸n violenta por parte el demonio. Su Rector铆a fue atacada por la noche -"golpes sobre las puertas, cantos en al chimenea, aullidos de bestias feroces, ruidos indescriptibles" -. Todas aquellas manifestaciones de las fuerzas del mal fueron comprobadas por los aldeanos, que con sus propios sentidos experimentaron los extra帽os hechos demon铆acos, y muchas veces tuvieron que huir para salvar sus vidas, mientras el pobre cura aceptaba el combate de la manera m谩s real y efectiva. Pero las fuerzas perseguidoras de Satan谩s encontraron aliados en los hombres, y el cura tuvo que soportar tambi茅n el maltrato de sus convecinos. Un d铆a recibi贸 una carta en la que ley贸 lo siguiente: Monsieur le Cur茅, cuando un hombre sabe tan poca teolog铆a como usted, nunca debe entrar en el confesionario..." Hubo pastores de las cercan铆as que prohibieron a su grey ir a Ars para confesarse o realizar una peregrinaci贸n. Despreciaban sus milagros como falsos, acusaron al cura de so帽ador, de advenedizo y de enredador y chismoso. Lo amenazaron con desgracias y hasta con la censura, llegando hasta conminarlo ante sus superiores eclesi谩sticos para contestar a los cargos que se formularon contra 茅l. S铆; hasta cuando los Estados de Europa se opon铆an con tanto encarnizamiento a la Iglesia, est煤pidos sacerdotes, alrededor de Ars, hac铆an lo imposible para aniquilar al santo en su mismo centro. Nada import贸. Todo ello -se dijo el cura de Ars- era tan s贸lo lo que Cristo hab铆a profetizado: "Los enemigos de un hombre son los de su propia casa".

El buen pastor

A pesar de todo, el santo pastor trabaj贸 incesantemente a帽o tras a帽o entre su grey, hasta que, gradualmente, todos los vecinos de Ars se convirtieron en ejemplares cat贸licos. Fue, no hay que dudarlo, la victoria de la oraci贸n y de la paciencia. Mir贸 cara a cara y con todo coraje a la locura humana, y con valiente coraz贸n, ayudado de la gracia, infundi贸 la fe en que peque帽o reba帽o. La Cofrad铆a del Sant铆simo Sacramento lleg贸 a contar en su seno a toda la poblaci贸n. Nuevas capillas se edificaron en regiones distantes, y La Providence creci贸 de tal manera, que no pudo dar hogar a todos los pobres que a ella recurr铆an. Ahora acud铆an verdaderas multitudes de Ars; parec铆a como si Francia despertada a la promesa que ella se hubiera hecho, retornara instintivamente hacia aquel santo lugar. 驴Qui茅n -se podr谩 preguntar- los llamaba a aquel lugar? No los diarios de entonces, porque ninguno menciona el nombre de Juan Vianney. Y con el andar del tiempo, el creciente n煤mero de los visitantes lleg贸 a contar ochenta mil por a帽o. 驴Qu茅 es lo que ve铆an? A un humilde sacerdote, agotado como un espectro, que pasaba casi todo el d铆a diciendo misa, en el p煤lpito y en el confesionario. Tan pesadas eran las tareas del cura, que en 1842 fue atacado de inflamaci贸n de los pulmones, y la parroquia desesper贸 de que salvara la vida. No obstante, el m茅dico, en espera de la reacci贸n de su paciente, no mostr贸 temor alguno: "La salud del cura de Ars -declar贸- no me causa ansiedad; cuando mis recursos han terminado. Alguien toma cuidado del se帽or cura". Cuando el pastor recobr贸 su fr谩gil energ铆a, fue para afrontar nuevas cargas, nuevas pruebas; aun tuvo que vencer la secreta resistencia de algunos duros enemigos del distrito. Jam谩s desviado en lo m谩s m铆nimo de la senda del deber, implor贸, exhort贸, reproch贸; atendi贸 las necesidades de su creciente reba帽o, como el de otras parroquias, porque fue infatigable en su lucha contra las fuerzas del mal. La Providence, tan cara a su coraz贸n, se convirti贸 en escuela para ni帽as, bajo la direcci贸n de las Hermanas de San Jos茅; inspirada por el aroma de santidad del fundador y bajo las prescripciones de su catecismo, nada tiene de sorprendente que se convirtiera en modelo de muchas casas similares de ense帽anza que se expandieron por toda Francia. Aun m谩s, la obra milagrosa del silencioso sacerdote se propag贸 tanto, que acudieron millares y millares de peregrinos para conocer la maravilla de aquellos d铆as. Pues la tendencia imperante de aquella 茅poca era, como se recordar谩, la incredulidad general y la perversidad; fueron tiempos en que las naciones y los hombres hab铆an renegado de Dios y de la bondad.

El cura de Ars, desde 1835 en adelante, tuvo que privarse de todo descanso, de sus personales retraimientos o retiros, para poder atender a las multitudes que acud铆an a Ars, peregrinaci贸n tras peregrinaci贸n. Proven铆an de todas partes de Francia; de Inglaterra, de Holanda, de Alemania, hasta de la distante Am茅rica. Y durante todo el d铆a, con excepci贸n de los momentos en que se dedicaba al altar, al p煤lpito o al confesionario, el cura se pon铆a al servicio de los visitantes: pobres o ricos, arist贸cratas o gentes humildes; lisiados, ciegos, sordos, epil茅pticos... Pero, como lo contaron muchos testigos, la mayor parte del tiempo la pasaba en el confesionario, desde la una hasta las ocho de la ma帽ana y desde la una hasta las ocho de la tarde. Se ha contado un divertido incidente referente a una arrogante dama que intentaba pasar al confesionario antes de las muchas personas que ya esperaban. Ante el tumulto que provoc贸, el cura Vianney sali贸 de su confesionario y dio con el marido indignado: "隆Es mi mujer que quiere confesarse!", exclam贸 el caballero en tono agrio. "Muy bien -contest贸 el cura tan calmo como siempre- se confesar谩 cuando le llegue el turno". A esto la presuntuosa dama exclam贸: "隆Es que no puedo esperar!" Lo siento much铆simo -dijo el cura-, pero aunque usted sea la misma emperatriz, tendr谩 que esperar su turno". Con frecuencia sal铆a de su estrecho, encerrados y sofocante tribunal medio sordo a causa del cansancio. "Hab铆a que venir a Ars -dec铆a entre l谩grimas- para saber lo que es pecado y apreciar todo el da帽o que Ad谩n caus贸 a toda su desgraciada familia. 隆No se sabe qu茅 hacer!... Tan s贸lo orar y llorar". En ello radic贸 el poder del santo: en su amor de las almas, en la oraci贸n y en la penitencia. No hay motivo para sorprenderse de que sus "curas" se multiplicaran, que la eficacia de sus instancias aumentara, porque cuanto m谩s cerca de Dios est谩n los santos, mayor es el poder de su intercesi贸n. El bendito cura, verdadera ant铆tesis del mundo moderno, aport贸 paz sobre la tierra en su parroquia. Su peque帽o reba帽o, aunque pobre, fue casi perfecto... 隆y feliz! 驴No hab铆an visto en sus d铆as, claro como la luz, la vanidad del dinero, la vacuidad del saber humano, la inanidad de los honores terrenales? Ni por asomo fueron sorprendidos cuando los m谩s grandes hombres de Francia (Lacordaire, por ejemplo, el predicador del siglo) vinieron a arrojarse a los pies de su cura; ni se admiraron de ver amontonadas sobre su mesa centenares de cartas llegadas de todas partes de la tierra. Pudieron f谩cilmente comprender al hombre que dijo: "Antes de venir a Ars y ver al "buen padre", apenas pod铆a creer en lo que se relata en las vidas de los santos. Ahora creo en todo ello, porque lo he visto con mis propios ojos, y aun mucho m谩s".

Pero los d铆as del santo se apresuraban hacia su fin, en medio del calor terrible del mes de julio de 1859. Su decaimiento era tan completo, que no pudo ya levantarse de su lecho, y solicit贸 que se lo dejara morir solo "con sus pobres moscas".

- 驴Se siente usted cansado, se帽or cura?

- S铆, y creo que ha llegado mi "pobre" fin.

- Ir茅 a pedir ayuda.

- No; no moleste usted a nadie; no vale la pena.

A las dos de la ma帽ana del 4 de agosto de 1859, Juan Vianney pas贸 a mejor vida, sin agon铆a ni lucha, y Ars supo que hab铆a perdido al perfecto cura p谩rroco, hombre del cual el Papa P铆o X ha podido decir: "Ese sacerdote, pobre, humilde y poco ilustrado a los ojos del mundo, se ha convertido en la maravilla de toda la raza humana".

Fuerza o libertad

Despu茅s de la partida definitiva del cura de Ars, el gran problema fue si Europa buscar铆a la paz de Dios o continuar铆a recurriendo a la espada de la codicia. La intentada hegemon铆a de Napole贸n hab铆a sido aplastada, para provocar, es l贸gico, una paz ilusoria y abrir el camino a los designios de otros lobos guerreros. A帽谩dase a tales peligros el pecado mortal de la incredulidad, que constantemente iba minando la estructura social y provocando una especie de fiebre mundial. Los malos frutos del Congreso de Viena empezaron a manifestarse en la intranquilidad general, r谩pidamente creciente, y en la rivalidad de las naciones. Los poderosos e inescrupulosos estadistas de entonces, nada har铆an para reparar los males que agobiaban al mundo. La balanza del poder empez贸 a reemplazar a toda posible balanza de paz, mientras la miseria era el patrimonio de las gentes comunes, privadas de sus libertades b谩sicas. Dos grandes Papas vieron avecinarse el conflicto y desempe帽aron importante papel en esa mitad del siglo. P铆o IX (1846-1878) y Le贸n XIII (1878-1903) fueron dos pont铆fices que buscaron la paz y lucharon empe帽osamente por ella. El primero, enfrentado con la amenaza de persecuci贸n incesante, se mantuvo virilmente firme, a帽o tras a帽o. Mucho antes de la mitad del siglo sufri贸 graves contratiempos por culpa de terribles conspiradores: la Casa de Saboya se uni贸 con los revolucionarios. Sin embargo, por providencia del Cielo, mientras Italia cat贸lica lamentaba a煤n el despojo cometido en 1853, y en el a帽o siguiente, P铆o defini贸 la doctrina de la Inmaculada Concepci贸n. En 1854, despu茅s del conflicto anglo ruso de Crimea, firm贸 un concordato con Austria. Entre tanto, Bismarck, que represent贸 a Prusia en la dieta germana, se dispuso a proceder en perjuicio de Austria: era su 煤ltimo prop贸sito sojuzgar al gran imperio cat贸lico y unir a todos los alemanes bajo la 茅gida de Prusia. Pronto se suscit贸 una querella y, en 1866, los austriacos cayeron en la emboscada que les tendi贸 la traici贸n prusiana. Sobre toda Italia se suced铆an conspiraciones y contraconspiraciones, con el prop贸sito de realizar la unidad del reino. Se produjeron rebeliones en Polonia (1863) y en Irlanda (1866) contra la intolerable injusticia de potencias poderosas. En tanto que prosegu铆an en su actividad ciega los gobiernos tir谩nicos y desp贸ticos, Europa se encaminaba r谩pidamente hacia su propia destrucci贸n.

La crisis se produjo en 1870. Aquel a帽o, los italianos se apoderaron de Roma, a la vez que Francia era derrotada por Prusia, en Sed谩n. El rey V铆ctor Manuel II, del nuevo reino de Italia, busc贸 en vano aplacar a P铆o IX, que prefiri贸 convertirse en un prisionero en el Vaticano. Al tiempo en que el ej茅rcito italiano penetraba en Roma, P铆o XI orden贸 a las tropas papales deponer las armas diciendo: "Tan s贸lo ayer recibi贸 una comunicaci贸n de los j贸venes caballeros del Colegio Americano, rog谩ndome, dir铆a m谩s bien exigi茅ndome, autorizaci贸n para armarse y constituirse en defensores de mi persona..." En 1870, el Concilio Vaticano, inaugurado el a帽o anterior, proclam贸 la infalibilidad del Papa. Fue el mayor concilio ecum茅nico de los anales de la Iglesia, y sus decisiones referentes a materias de doctrina, fe y disciplina fueron recibidas con alegr铆a en todo el mundo. Pero no bien qued贸 constituido el nuevo imperio alem谩n, Bismarck inici贸 la persecuci贸n de los cat贸licos. "Ni en la Iglesia ni en el Estado estamos en el camino de Canosa", manifest贸 jactanciosamente el Canciller de Hierro. Las "Leyes Falk" fueron sancionadas por h谩biles agentes de Bismarck, para suprimir la Acci贸n Cat贸lica, pero los cat贸licos germanos las anularon del modo m谩s efectivo, y la llamada Kulturkampf termin贸 en el m谩s sonado fracaso del dictador prusiano. P铆o XI fue sucedido por el brillante aunque anciano Vincenzo Pecci, que, con el nombre de Le贸n XIII, despleg贸 magn铆fica iniciativa e independencia. Este gran Papa, llamado a veces el "Papa socialista", propugn贸 la justicia social, advirti贸 a las testas coronadas de Europa de los peligros que se cern铆an en el horizonte y prob贸 ser un verdadero profeta, el m谩s profundo observador e int茅rprete de las principales tendencias de nuestra 茅poca. Pero las advertencias papales no fueron escuchadas, aunque los gobernantes de Europa reconocieron el genio de Le贸n XIII y su penetrante perspicacia y lo trataron con el correspondiente respeto. La vieja pol铆tica de poder, tan ciega y codiciosa como siempre, segu铆a igualmente activa, socavando la paz de Europa. Esa pol铆tica hab铆a aislado a la Capital de las Edades, despreciado no s贸lo los sensatos consejos de los m谩s sabios de los hombres sino tambi茅n los derechos del trabajo, lo mismo que la virtud de la justicia. El nuevo siglo ver铆a a los lobos del odio desencadenar la primera guerra mundial, y, veinticinco a帽os despu茅s, la Guerra Universal que conmover铆a los cimientos mismos de la civilizaci贸n.


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TALLEYRAND, Memorias.
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