Sea lo que fuere lo que pueda decirse de aquellos dÃas, lo cierto es que habÃa empezado una nueva edad. Al dividir la cristiandad, Lutero y sus secuaces habÃan abierto el camino al Estado pagano. La Iglesia, entonces en una situación corrompida en la que prevalecÃan malas necesidades, tuvo que oponerse a la Reforma por la reforma. Debilitada y empobrecida, comprendió que nada habÃa sido para ella más nocivo que la inercia espiritual del siglo anterior. Las necesidades del tiempo la despertaron y lleváronla a combatir un sistema que iba rápidamente oprimiendo a sus hijos y esclavizando su vida sacramental. Las autoridades civiles impusieron sus tiranÃas por medio del soborno, de la supresión, de la confiscación; se proponÃan, por sus medios confiscatorios, apoderarse de la tarea social de la Iglesia. Pero la Divina Providencia la habÃa hecho sobrevivir milagrosamente a lo peor, e iba ahora a alentarla a construir para los mejor. Por el poder de Cristo, que nunca abandonó a su Esposa, iba ahora a restaurar sus graves pérdidas. Retenciones y retardos, altibajos, temores y alarmas, no la desanimaron nunca en su tarea de asegurar la justicia social dentro de las naciones. Que hubieran protestas, oposiciones y persecuciones; que los incrédulos rieran del escarnecido mundo de Dios... Ahora la Iglesia iba a ponerse a la ofensiva, lista a atacar, a derramar la sangre de su corazón por la causa de Cristo. Contaba todavÃa entre sus filas con ineptos, débiles e incompetentes, mas, sin embargo, fluÃa de sus filas una gloria de santidad, y los esplendores de la doctrina, de la elocuencia y de la ciencia católicas dominaban aún sobre la triste escena. En el mismo momento en que la Europa parecÃa más indiferente, el EspÃritu Santo se encendió en los corazones de los hombres y de las mujeres, hijos e hijas de la Iglesia. Tal fue el hecho más grande del siglo diecisiete.
Se queda uno sin aliento ante la admiración que provocan aquellos valientes hombres y mujeres cuyas vidas dicen:
¡Anda Maestro,
y te seguiremos
hasta el suspiro último,
con fe y lealtad!
Con alegrÃa partieron para predicar y enseñar, sin temor alguno sobre la tierra, prontos a morir, si ello era necesario. Las antiguas órdenes, durante tanto tiempo inactivas, renacieron a la vez que aparecieron sobre la escena nuevas comunidades religiosas. Los jesuitas arremetieron valientemente contra todos los baluartes del protestantismo, predicando con celo, enseñando con incomparable poder. Los carmelitas reformados de España trabajaron en Francia desde 1603, y los oratorianos, fundados en 1611, se expandieron por Florencia, Venecia y Verona. Los sulpicianos, bajo la dirección del intrépido Santiago Olier, educaron a jóvenes para el sacerdocio en un mundo caótico; su asiento general, San Sulpicio, iba a manifestarse como una fortaleza en los difÃciles dÃas por venir. Similarmente, las reformas de Saint Maur y La Trappa reforzaron el baluarte espiritual de Francia; y los capuchinos, humildes y llenos de caridad, trabajaron en Suiza y el Tirol. Ya cerca de terminal el siglo, hijos de San Vicente de Paúl, buscando la paz de dios en vez de la espada, se diseminaron entre los desheredados, en tanto que la congregación de San Juan Eudes proveyó de hombres de oración a una generación que carecÃa de ellos. Una verdadera multitud de valientes mujeres religiosas se dieron también a la obra de purificar el corrompido suelo de Europa. Todo lo que consiguieron fue que se les permitiera servir a los pobres, a los enfermos y a los ignorantes, sin buscar recompensa terrenal alguna. Las antiguas ursulinas se extendieron hasta América; fue la primera orden femenina que se dedicó a la enseñanza moderna de las mujeres. La orden de la Visitación, nacida del celo de aquel obispo perfecto que fue San Francisco de Sales, no sólo cuidó de los enfermos sino que restauró los frutos de la fe. Y las Hermanas de la Caridad trabajaron en todas las esferas bajo la dirección de Luis de Merillac. Agreguemos a la lista las Hermanas de la Presentación, las Hermanas de San José, las Hermanas de la Merced de San Carlos Borromeo, las religiosas de la Perpetua Adoración. Hasta el sarcástico Voltaire tuvo que confesar: "Quizá no exista sobre la tierra nada tan grande como el sacrificio de la belleza, de la juventud y de la posición social, hecho por el sexo débil, con el solo objeto de socorrer a la masa de los que sufren en nuestros hospitales, y cuya sola vista es tan humillante para nuestro orgullo y tan repugnante para nuestra delicadeza".
Al contemplar el desarrollo del siglo decimoséptimo, nuestro plan es detenernos sobre la vida y obra de San Juan Bautista de la Salle. Héroe cristiano que sacrificó todo lo suyo con el fin de enseñar a los pobres, sacerdote del AltÃsimo que dedicó su capacidad y su talento a perfeccionar un gran instituto, fiel servidor del Reino de Dios por el que todo lo dio, con pleno derecho mereció el tÃtulo de "Padre de la PedagogÃa Moderna". Juan Bautista nació en 1651, hijo de Luis de la Salle, consejero de Reims, y de Incolaza Moet, hija de otro consejero del mismo tribunal. PertenecÃan a familias de linaje antiguo, noble y muy respetado; por lo tanto, los primeros años del santo con sus seis hermanos y hermanas se desarrollaron en el ambiente seguro, más bien austero, del hogar de un magistrado. Aprendió a ayudar a misa y se hizo monaguillo, y en todas las ocasiones dio buen ejemplo, siendo de disposición natural dulce y afable, lo que hacÃa que todos le quisieran. Fácil es ver cómo el muchacho en formación reflejó las espléndidas virtudes y las superiores cualidades de sus progenitores: como su padre, Juan Bautista poseyó noble sentido de la justicia; como su madre, fue sólida y profundamente piadoso. A los nueve años ingresó a la universidad, en la que, gracias a su capacidad y sutil inteligencia, hizo rápidos progresos, y muy pronto el aventajado estudiante sintió irresistible vocación a estudiar para el sacerdocio. Contaba tan sólo once años de edad cuando recibió la tonsura; a los dieciséis se le hizo canónigo de Reims, miembro de una corporación ilustre que tenÃa su rango después del arzobispo."Mi primito -dÃjole el antiguo vicario general-, ten presente que un canónigo debe de ser como un monje cisterciense, que pasa su existencia en soledad y en oración". Fue justamente lo que el joven sacerdote realizó; mas continuó sus cursos, recibióse de licenciado en letras, y se preparó luego para el sacerdocio.
San Sulpicio, seminario hacia el que Juan Bautista dirigió su pasos, estaba situado en el corazón de ParÃs. En su registro de admisión todavÃa se puede leer: "18 de octubre de 1670: Juan Bautista de la Salle, acólito y canónigo de Reims". La ciudad real pudo gloriarse de aquella poderosa casa de santidad que era ese seminario de San Sulpicio. Ningún otro refugio de orden y santidad como esa parroquia fundada por Santiago Olier, se levantó de entre los más viles lugares. En 1642, cuando Santiago Olier fue designado su pastor, el Barrio de San Germán abundaba en brujos, ateos y libertinos. Cada callejuela se veÃa colmada de incorregibles muchachuelos, cada calle tenÃa sus ladrones y asaltantes. Libros de magia negra se vendÃan desvergonzadamente hasta en las mismas gradas de las iglesias; asà cumplÃan prácticas más inmundas que las cloacas en que ParÃs abunda. Por ejemplo, la policÃa allanó una casa o institución aparentemente respetable en la que se encontró un altar dedicado a Satanás, con velas negras, un misal y una inscripción que decÃa: "Gracias a ti, Lucifer; gracias a ti, Belzebú; gracias a ti, Azrael". El santo Olier terminó con todas esas abominaciones, convirtiendo la morada de Satán en lugar de orden, ley y paz. Recondujo a las pobres ovejas descarriadas al santo redil y hasta los mismos corazones de la realeza fueron conmovidos por este sacerdote apostólico. Ecos de la tarea cumplida por Olier debieron llegar a oÃdos del joven de la Salle cuando ingresó en San Sulpicio, desde que muchos profesores de la casa recordaban a su antiguo superior e imitaban sus firmes virtudes. Uno de ellos fue el director espiritual de Juan Bautista, el padre Bauyn, sacerdote de gran fortaleza de alma, de juicio recto, y distinguido por su sencilla piedad y profunda humildad. Unió a aquellos dos espÃritus similares una tan hermosa y firme amistad, que ni el tiempo ni los acontecimientos pudieron quebrantar. Sin duda alguna, el incomparable ejemplo del anciano fue de valor incalculable para el neófito. "Nuestro joven seminarista -dice un contemporáneo- fue, en todo momento, fiel observante de la regla y puntual en todos los ejercicios dela comunidad. Su conversación fue siempre gentil y decorosa. Nunca molestó a nadie en lo más mÃnimo ni jamás mereció reproche alguno". Asà fue juzgado De la Salle entre los estudiantes de San Sulpicio, muchos de los cuales alcanzaron altas dignidades eclesiásticas en Francia. Fue la voluntad de los cielos, sin embargo, reservar para el joven de Reims la carrera del más grande educador cristiano.
Durante aquellos pocos dÃas de seminario, Juan Bautista sufrió la primera gran crisis de su vida. Año y medio después de su ingreso, le llegó noticia de la muere de su madre; su padre, Luis de la Salle, murió poco después. Tales pérdidas, casi al mismo tiempo, resultaron poco menos que insoportables al joven estudiante, pero, fuerte de espÃritu, supo dominar su desconsuelo. Sus hermanos y hermanas miraron en él a quien debÃa reemplazar al padre y a la madre, de manera que vióse obligado a dejar a San Sulpicio y retornar al hogar, en Reims. Interrumpió sus estudios, pero no perdió sus esperanzas, aunque con el corazón dolorido y en angustiosa soledad, se mostró impertérrito en su acatamiento a la voluntad de Dios. Nada fue más importante, y sin embargo más difÃcil para él, que ser fiel a sus ideales durante los seis años en que tuvo que dirigir su hogar y cuidar de sus hermanos. Los planes que la Divina Providencia habÃa trazado para Juan Bautista fueron, en verdad, desconocidos para él, y lo que pudo hacer fue ir ajustándose al plan divino a medida que éste se le manifestaba. Todos los dÃas dedicaba algunas horas a proseguir sus estudios en la Universidad de Reims, pero sin desatender en lo más mÃnimo la educación de sus hermanos y hermanas. TenÃa veintiún años de edad cuando fue ordenado de subdiácono; seis años más tarde, en 1678, se ordenó de sacerdote. Todo ese tiempo llevó una vida interior tranquila y realizó muchas buenas obras en escuelas y orfanatos. Trabajador honesto y fiel, bregó en silencio y esperanza, poniendo en su tarea su mejor habilidad. Pero ni por un instante imaginó que muy pronto emprenderÃa una obra magnÃfica y entrarÃa en un nuevo campo de la educación.
Los dÃas de estudiante de Juan Bautista fueron contemporáneos de los "Años Gloriosos" (1661-1678) de Francia. Luis XIV, poderoso en la guerra, experto en gracias sociales, se convirtió en gobernante absoluto que realmente dominó a toda Europa. No serÃan tolerados derechos parlamentarios por el gran Rey, munÃfico mecenas de las artes y las ciencias, suscitador de nuevas formas de la prosa, de la poesÃa y de la arquitectura. Muchos grandes hombres vivieron su época y dentro de sus dominios, pero fueron considerados como meros súbditos. ¿No se admitÃa que él, Luis, el Rey-Sol, era fuente de toda luz sobre la tierra, que mantenÃa en la palma de su mano a poderosos dignatarios eclesiásticos y ejercÃa lo que puede calificarse propiamente de dictadura religiosa? SÃ, desde luego. En verdad, Francia era una Roma imperial en miniatura, bajo un moderno César, ebrio de halagos y de poder. ¿Qué vale la gloria, sin embargo, en tanto que millones de seres, dentro y fuera de ParÃs, sólo conocÃan el hambre y la miseria, la necesidad y la enfermedad? Toda aquella ilimitada autoridad del Rey, su criminal despreocupación por las necesidades y sufrimientos de su pueblo, serÃan el fermento que terminarÃa por causar la tremenda revolución. ¿Lo presintió asà Juan Bautista de la Salle en sus horas de oración? Es muy probable, y tal vez con toda claridad. Y Dios iba a convertirlo en una fuerza que contrarrestara los pecados y el egoÃsmo del Rey-Sol y de sus dÃas. Ocurrió que un viejo amigo, el canónigo Roland, habÃa interesado al joven sacerdote en el orfanato de muchachas. Juan Bautista fue de inmensa ayuda no sólo para la solución de complicados problemas de dirección de la casa, sino también por sus consejos escolásticos. El canónimo Roland murió de repente, dejando a su joven colaborador toda la responsabilidad de aquella empresa, y como De la Salle era tan leal a los hombres como a Dios, aceptó toda la carga. Tal actitud revela su elevado sentido del honor y su acendrado espÃritu de caridad para con el prójimo. Ni aun entonces el hábil administrador se percató de que daba los primero pasos en una obra que llenarÃa toda su existencia. Poco después se abrió en Rouen una escuela para párvulos, cuya dirección fue confiada igualmente a Juan Bautista. Paulatinamente iba echando los cimientos de un instituto destinado a cambiar el carácter de la educación universal.
Ninguna de sus biógrafos ha señalado con más claridad que el santo mismo la intervención misteriosa y especial de la Providencia en su carrera. "Si alguna vez hubiera pensado -escribió en sus últimos años- que el cuidado que por pura caridad yo aceptaba de aquellos maestros de escuela se convertirÃa en un deber de vivir entre ellos, de seguro que habrÃa renunciado a ello inmediatamente. En verdad, me sentà un tanto molesto cuando los recibà por primera vez en mi casa, y el disgusto que ello me causó me duró dos años. Al parecer, ésta fue la razón por la que Dios, que ordena todas las cosas con sabidurÃa y dulzura, y nunca fuerza las inclinaciones de los hombres, quiso dedicarme por completo a la atención de las escuelas, obró imperceptiblemente y durante mucho tiempo, de manera que un compromiso me originara otro, y de un modo imprevisto". "Dedicarse por completo a la dirección de las escuelas cristianas", fue, sin duda alguna, verdadera vocación del joven sacerdote. Y pocas veces, en verdad, hubo mayor necesidad que en aquellos dÃas de tales escuelas, cuando los esfuerzos de la Iglesia, de la sociedad y de los educadores, eran tan protervamente contrariados. Millares de pobres niños abandonados, hambrientos de amor cristiano, sedientos de verdad, vivÃan perdidos en todo el territorio de Francia. Eran vÃctimas de la pobreza y del temor, acostumbrados tan sólo al hambre, a la crueldad y a los malos tratos. Eran criminales en potencia, pues que vivÃan en la ilegalidad y en el desorden, alimentando los malos sentimientos que destrozarÃan y convulsionarÃan más tarde a toda la sociedad francesa. Y no existÃa mayor amenaza que aquellos cÃnicos librepensadores en elevadas posiciones que sostenÃan "que ha de haber dentro del Estado ignorantes desarrapados; pues cuando el populacho empieza a razonar, todo está perdido". Fue precisamente a esa juventud -incluyendo "los ignorantes desarrapados", soterrados en los bajos fondos de la sociedad francesa- a la que consagró la tarea de su vida entera Juan Bautista de la Salle. Comprendió que la educación de esa juventud desheredada serÃa muy costosa, más allá de todo cálculo, porque demandarÃa un valor heroico enfrentar fuerzas calladas y oscuras que desarrollaban la propia guerra del demonio.
Juan Bautista, no obstante, tuvo plena confianza: la confianza nace de la fe, de la esperanza y de la caridad. Su familia, sin embargo miró con malos ojos que un canónigo de Reims se convirtiera en un común pedagogo, dedicado a la educación de una multitud de indómitos pilluelos, cuando podÃa, muy bien, avanzar rápidamente en la jerarquÃa de la Iglesia. Esa preocupación ni desalentó ni detuvo al maestro de escuela, porque tenÃa conciencia de que Dios le habÃa impuesto semejante tarea y no dejarÃa de proveerle de los medios de cumplirla. El Maestro de maestros ha dicho claramente: "Id por los caminos y las sendas y traedles a mi cena". Con tales palabras resonando en su alma, ¿Cómo podÃa De la Salle desviarse de la tarea señalada por Dios, por cosas tan pequeñas como dignidades, honores y posiciones académicas? Los tiempos apremiaban y las fuerzas del mal se habÃan desencadenado para destruir vidas jóvenes. Comprendió que la mayor necesidad de aquel tiempo era formar maestros eficientes, personas virtuosas y capaces. Todas las reglas de la Iglesia resultarÃan siempre eficaces si no se contaba con hombres y mujeres piadosos, versados en el arte y la ciencia de la educación. Reunió asà a su alrededor un pequeño grupo de hombres en quienes encontró vocación religiosa, y, en 1682, la pequeña comunidad ocupó una casa propia. Muy pronto empezaron su obra, y tan grande llegó a ser la fama de aquellos devotos maestros que rápidamente comenzaron a ser solicitados de todas partes. Pero tuvieron también enemigos que se opusieron a que los niños pobres aprendieran a leer y escribir, insistiendo en que tan sólo debÃa enseñarse esto a quienes lo necesitaban para su subsistencia. Los maestros cristianos fueron apodados Fréres Ignorantis; se burlaban de ellos en las calles y se hizo lo posible para hacerles más pesada su tarea. Todo lo cual no consiguió más que fortalecer la determinación de Juan Bautista de continuar en su obra para bien de la nueva generación. En 1683 renunció a su cargo de canónigo de Reims, vendió sus bienes y distribuyó su dinero entre los pobres. Libre, asÃ, de tales cargas, y como verdadero atleta de Cristo, se sintió plenamente apto para seguir hasta el fin la senda que inconfundiblemente Dios le habÃa prefijado. Al año siguiente recibió de las autoridades eclesiásticas autorización para fundar la congregación de "Hermanos de la Escuela Cristiana".
Mientras Juan Bautista de la Salle proyectaba sus planes de educación y constituÃa una comunidad religiosa de maestros de escuela cristianos, Luis XIV, el Rey-Sol, muy poco, por no decir nada, se preocupaba de la juventud de Francia. No se prestó atención alguna a los hijos de la tierra: nacÃan para seguir al arado, pagar las tasas y morir sobre los surcos. La nueva generación mejoró, en cierto modo, de condiciones; los muchachos vagabundeaban por las calles de las ciudades, jóvenes holgazanes se encontraban por todos los pueblos. Los maestros laicos constituÃan reducida banda de desesperados que andaban en busca de dos o tres alumnos a objeto de obtener lo indispensable para no mendigar o morir de hambre. En las existencias de tales maestros laicos no se advertÃa ni el más leve rastro de conducta cristiana; ¡para qué hablar de signo de espÃritu supernatural! Aun en 1686, el obispo de Toul declaró que los maestros de escuela de su diócesis eran "tahúres, borrachos, perdidos, ignorantes y brutales. Pasan su tiempo jugando a los naipes en las tabernas o tocando el violÃn en sitios de diversión o en las fiestas de las aldeas. En las iglesias no se presentan convenientemente preparados, y en vez de estudiar la música sacra cantan durante los servicios cualquier cosa que se les ocurre". ¿Qué podÃa esperarse de tales maestros? "No es de sorprenderse -dijo Vicente de Paúl- que haya tan pocos vestigios de cristianismo en las vidas de sus alumnos", y agregó el santo que de buena gana "mendigarÃa de puerta en puerta para sostener la vida de un verdadero maestro". En buen romance, no habÃa perspectivas para la juventud de Francia salvo un futuro licencioso ganado por la violencia.
El fundador de los Hermanos Cristianos habÃa experimentado todo eso y no habÃa dudado en aceptar la pesada carga. Aun cuando su voluntad se rebeló, Dios mostróle claramente, por decir asÃ, aquellas terribles condiciones, de manera que Juan Bautista pudiera decidirse libremente por lo que deseaba su Padre Celestial. El joven aceptó la tarea con entusiasmo y resolvió dedicarse a servir a los pobres y a los ignorantes. Se lo vio después de trabajar con todo empeño y durante su corto noviciado organizar su creciente comunidad. Hacia 1688 se estableció en ParÃs para organizar su obra sobre bases más seguras y permanentes. Ya hemos señalado que en ese tiempo existÃan escasÃsimos maestros competentes; las escuelas de enseñanza eran casi totalmente desconocidas, cada niño era educado separadamente. Algunas escuelas al aire libre (écoles buissoniéres), en lugares apartados, eran atendidas por maestros, que más que tales eran simples charlatanes. Tal como hoy, falsos maestro se conseguÃan pagándolos; prometÃan enseñar la música en diez lecciones, griego y latÃn en tres meses, y toda clase de materias, gramática, filosofÃa, medicina, geografÃa, casi de la noche a la mañana como quien dice. Juan Bautista, muy sensatamente, no perdió tiempo en enfrentarse con tan ridÃculas situaciones. El y sus hermanos abrieron una escuela en la parroquia de San Sulpicio, y la ciudad real se acostumbró a ver a los Fréres chrétiens con sus sencillas sotanas negras sus gruesos zapatones de doble suela y sus sombreros de alas muy anchas.
La semilla, arrojada menos de una década antes, habÃa echado profundas raÃces, y el árbol era ahora una realidad. Un cuerpo de hábiles maestros cristianos se convirtió en una comunidad religiosa, que tenÃa su propio noviciado regular, casas de estudios y hogares de descanso para ancianos. El suelo sobre el que trabajaron se mostró fértil y generoso, pero necesitó ser escardado cuidadosamente, delimitado con exactitud y sembrado de nuevo año tras año. El Estado, ciego ante sus deberes, fue criminalmente negligente en materia de educación popular, obra que Juan Bautista ensayó por primera vez. HabÃa que tener mucho cuidado para que nuevas plantas no fueran ahogadas y su crecimiento orgánico debilitado por su propagación a un suelo poco propicio. De la Salle fue el primero en la historia de la educación en cultivar la enseñanza de la escuela elemental como sistema cientÃfico. Las escuelas que destinó a niños pobres no enseñaron latÃn, ni llegaron sus maestros a alentar el estudio de los clásicos; debieron ser maestros elementales perfectamente eficientes, y sus escuelas, verdaderamente primarias, fundamentales, sin pretensiones de escuelas superiores o de colegios. El instituto, cultivado intensamente, empezó a crecer hermosamente sobrepasando toda expectativa. Se crearon internados para niños sin hogar, reformatorios para niños delincuentes; hasta escuelas dominicales para los muchachos que trabajaban durante los dÃas de semana. Todo ello sólidamente apoyado en cimientos pedagógicos de educación elemental.
Fue evidente que el cielo favorecÃa a aquellos generosos trabajadores, porque el árbol siguió creciendo y aumentando; las raÃces y el tronco se fortalecieron con el andar del tiempo, y sus ramas se expandieron con generosidad. Juan Bautista ofreció al mundo las primeras escuelas prácticas, además de establecer escuelas preparatorias para maestros laicos que no sintieran vocación para ingresar en su comunidad estrictamente religiosa. Organizó en su tiempo una maquinaria permanente de educación popular, perfecta en todos sus departamentos. Podemos ver en ese organismo todos los elementos aceptables del presente sistema de educación pública, aplicados en toda su eficacia con dos siglos de anterioridad pública, aplicados en toda su eficacia con dos siglos de anterioridad. ¿Halló Juan Bautista mucha hostilidad? SÃ, muchÃsima. Los hombres que en aquellos dÃas no pudieron ver la unidad de propósito de la obra de De la Salle, el poder y la eficiencia de su acción sistemática unidad, fueron fanáticos que habrÃan de buena gana uncido a sus arados a los Hermanos Cristianos. Esos fanáticos tuvieron sucesores que urdieron frecuentes intrigas contra la obra de Juan Bautista, y pertenecen a esa casta quienes provocaron la caÃda de Francia. Mas, a pesar de tan enconada oposición, los Hermanos Cristianos desarrollaron su santa misión a través de los siglos. Las naciones se volvieron a ellos para aprender a educar a los hijos de los pobres; los educadores buscaron sus libros, imitaron sus métodos, solicitaron la colaboración de sus maestros. Asà ocurrió que el en otro tiempo canónigo de Reims llegó a realizar lo que pareció imposible, encendiendo el primer hogar de educación popular en medio de un desierto de ignorancia. Antes de morir, tuvo el consuelo de ver cómo la semilla que habÃa plantado se habÃa convertido en árbol magnÃfico: los Fréres chrétiens eran 274, y sus alumnos sumaban 9885. El árbol continuó multiplicando sus ramas hasta el tiempo de la Gran Revolución, que contó con 36,000 alumnos, ya no "ignorantes desarrapados", sino conscientes ciudadanos en actividad.
La Francia que Juana de Arco salvó para la Iglesia habÃa resistido bravamente el tormentoso siglo decimosexto. Pero en esa edad de restauración monárquica, el espÃritu católico se habÃa debilitado y empobrecido. Enrique IV (1589-1610), animado por el espÃritu del absolutismo polÃtico, puso fin a la era de las guerras religiosas; concedió libertad a los protestantes y a la vez impuso que la misma fuera restaurada en las doscientas cincuenta ciudades en las que los hugonotes habÃan suprimido los servicios católicos. Bajo Luis XIII, sin embargo, Richelieu gobernó al Estado durante dieciséis años con puño de hierro. Este ministro de Estado, sorprendente diplomático, nunca se mostró profundamente religioso, fue un dignatario Ãntegro que nunca perdió la esperanza de curar la división entre el Estado y las "Iglesias". Pero como muchos de los "hombres de la tierra, terrenalmente" vivió para los problemas limitados de su tiempo, sin visión alguna de las cosas futuras. Todos los medios fueron para él buenos con tal de alcanzar sus propósitos, y no sintió escrúpulos en condenar a muerte a hombres inocentes. Careció de principios polÃticos, no fue clemente, toleró el calvinismo, pero fue intolerante para toda oposición polÃtica. Todas las fuerzas rivales debieron allanar el camino a su esencial propósito de colocar a la monarquÃa francesa por encima de todos los partidos. "No hay más interés dominante que la razón de Estado" -fue el único "principio" aceptado por Richelieu-. "No existe otra autoridad que la del Soberano, ni más voluntad que la suya". Para resucitar la polÃtica antiaustrÃaca formó una alianza con Suecia y los Estados protestantes de Alemania. Con tal fin no titubeó en ofrecer elevadas funciones de Estado a hogonotes, siempre que éstos fueran capaces de afirmar y extender el poder de Francia. Pero cuando aquellos se levantaron contra la Corona, como ocurrió en 1621, Richelieu suprimió con toda rudeza sus organizaciones polÃticas. En 1628, las ciudades fortificadas de los hugonotes capitularon, y los protestantes, por su propia seguridad, empezaron a trasponer las fronteras de Francia.
Después de la muerte de Richelieu, en 1642, la misma polÃtica fue seguida y acentuada por su protegido, el cardenal siciliano Mazarino. Luego, en 1643, ascendió al trono Luis XIV, que tomó la polÃtica real en sus propias manos, dominado por una idea: deificar su reino, a imitación de lo que habÃa hecho Enrique VIII en Inglaterra, y hacer a Francia omnipotente. HabÃa elegido, evidentemente, un mal modelo, y la imitación no produjo más que tragedia a la sociedad francesa. L'Etat, c'est moi, son las palabras que se le atribuyen, y al fallecer Mazarino, el joven monarca comunicó a sus ministros que los informes sobre los negocios de Estado debÃan tratarlos directamente con él, como antes lo hacÃan con el Cardenal. Los pequeños Estados limÃtrofes, Bélgica, Lieja, Luxemburgo y el Franco-Condado, fueron fáciles de controlar, pero Luis XIV consideró a Austria y a los PaÃses Bajos como a irreconciliables enemigos. Con los hugonotes, que se opusieron a la polÃtica real, se mostró tan poco tolerante como lo habÃa sido su último primer ministro, Mazarino. Excluyó a los protestantes de todas las funciones y dignidades del Estado y hasta llegó a confiscarles los bienes; y lo peor fue que las dragonnades1 imperantes les obligaron a dar albergue en sus hogares a soldados franceses. Lo único que temió el Gran Rey fue un rompimiento con Roma, y, sin embargo, aplicó drásticas medidas también a la Iglesia: en 1769 fueron castigados los católicos apóstatas y prohibidos los matrimonios entre personas de diferentes credos. Unos diez años más tarde revocó el Edicto de Nantes (por el cual en 1598 se habÃan concedido a los hugonotes iguales derechos polÃticos que a los católicos, aunque no completa libertad de culto), lo que obligó a unos treinta mil hugonotes a emigrar a Inglaterra. Holanda y otros paÃses. Asà como el Papa Inocencio X resistió al "muy católico Rey" cuando éste quiso exigir un juramento de vasallaje de todos los eclesiásticos en Francia, el Papa Alejandro VII también tuvo que oponerse en varias oportunidades a la polÃtica secularista de Luis XIV.
La crisis más grave ocurrió en el año 1682. No se presentó de repente, porque los orÃgenes de la misma estuvieron en la polÃtica de Richelieu y de su sucesor Mazarino, por la que se trató de eximir al "Rey católico" de sus lazos de sujeción al Papa. En verdad, por toda Europa existieron grupos antipapales que tenÃan sus propias ideas sobre la disciplina y doctrina de Roma. Las libertades de los franceses se remontan a Luis IX, que protegió a sus eclesiásticos de las exacciones de los oficiales reales y condes feudales. Gradualmente, sin embargo, aquellos privilegios fueron violados, y muchos de los sucesores de San Luis, que no fueron precisamente santos, trataron de limitar la jurisdicción papal. Desde luego que el Gran Rey, ansioso de poder, quiso sujetar lo espiritual a su predominio temporal. La asamblea del clero francés se dispuso a sostener sus pretensiones y sancionó los cuatro artÃculos de la libertad galicana en asuntos eclesiásticos. Esos artÃculos negaron al Vicario de Cristo autoridad sobre los reyes en todo lo que no fueran cuestiones espirituales; sostuvieron que el Papa está igualmente ligado por la ley canónica y por las leyes de la Iglesia de Francia e insistieron en que sus decisiones son infalibles cuando se refieren a la Iglesia universal. Uno de sus campeones en esta contienda semiprotestante con el papado fue Bossuet, obispo de Meaux, poderoso prelado y sagaz teólogo que sobresalió, sin embargo, como orador. Los Papas Inocencio XI y Alejando VIII disciplinaron al clero rebelde, y el Rey, finalmente, renunció a las cuatro proposiciones adoptadas por sus sostenedores. Sin embargo, no murió el espÃritu galicano, sino que continuó viviendo subterráneamente donde todavÃa existe, como una plaga secular de la ley y del orden católicos.
Pensad en Juan Bautista de la Salle en aquellos dÃas en que la Iglesia de Francia se hallaba en tales aprietos. HabÃa renunciado a su función de canónigo para dedicarse a establecer la Regla de los Hermanos Cristianos. Le fueron necesarios para ello quince años, durante los cuales perfeccionó la Regla con paciencia y oraciones, penitencia y ayunos. El segundo paso necesario fue someter la Regla y toda la organización a los más antiguos miembros de la comunidad para su crÃtica, corrección y modificaciones. Tuvieron libertad de juzgar, corregir y hacer adiciones, más, cuando retornaron sus copias, vio Juan Bautista que ni una sola lÃnea habÃa sido modificada. El hecho es que, con excepción de algunos escasos Ãdem, aquella Regla continuó siendo la ley de la comunidad hasta los actuales dÃas. Pocos documentos puestos a disposición del historiador arrojan más luz sobre aquellos tiempos que esta Regla, cuyo primer artÃculo establece el propósito de los Hermanos Cristianos en las siguientes palabras:
El objeto de este instituto es dar educación cristiana a los niños, y con ese propósito se sostienen escuelas en las que maestros encargados de los niños desde la mañana a la noche, pueden dirigirles hacia una vida sana, instruyéndolos sobre los misterios de nuestra santa religión e inculcando en sus mentes las máximas cristianas, a la vez que les proporcionan la educación que haga de ellos hombres útiles.
Ese instituto es de gran necesidad, porque el pueblo trabajador y los pobres, que son por lo general muy poco instruidos, y se ven obligados a dedicar todo su dÃa al trabajo para poder vivir y sostener a sus hijos, no pueden por sà mismos darles la enseñanza que les es necesaria. La institución de las escuelas cristianas ha sido fundada con el propósito de proveer esas ventajas a los niños de los pobres.
Las existencias desordenadas de las clases trabajadoras y de los pobres son generalmente atribuidas al hecho de que no han sido educados y han llevado una juventud depravada; y ese daño es casi imposible de reparar en años posteriores, porque los malos hábitos son muy difÃciles de vencer, y casi nunca son curados por grandes que sean los esfuerzos que por ello se hagan. Fácil es ver la importancia y utilidad de las escuelas cristianas, desde que la prevención contra esas costumbres desordenadas y sus malas consecuencias es el principal fruto que esperamos de su institución2.
Si el espÃritu católico hubiera dominado por completo a la corte, la Gran Revolución que se aproximaba probablemente habrÃa abortado; en cambio, los tan desdeñados odios, reivindicaciones y aspiraciones de los menesterosos se fueron enconando e intensificando por todo el reino, y, en verdad, Luis XIV nunca conoció a su pueblo, puesto que nunca fue capaz de reconstruir una nación mejor. Nunca, por cierto, hasta que la ira de Dios cayó sobre el orgullo, ateÃsmo e inicuas desigualdades de Francia, haciendo postrar de rodillas a los "pudientes" egoÃstas e insensibles.
Francia, al final del siglo, se deslizaba inevitable y atropelladamente a una gran convulsión. No debe sorprendernos ello, al pensar en los males y en los abusos, en las injusticias y miserias que sufrÃan los pobres y los desheredados, en contraste con la ostentatoria riqueza y el excesivo lujo desplegado por la corte de Luis XIV, en las mismas calles de las ciudades, asà como en los castillos de la campaña. Y las multitudes, en sus sufrimientos, en los gritos apasionados de los menesterosos, preguntaban, ¿por qué son tan ricos algunos, los menos, y tan pobres y necesitados la inmensa mayorÃa? El Rey, la corte, la ley lo quieren asÃ, era la respuesta. Y en esa respuesta iba sobreentendida la terrible resolución: "Basta de reyes, terminemos con la corte y con los nobles que recogen lo que nunca siembran, que comen sin que hayan jamás trabajado para ganar su sustento". Hay que agregar a ello la insensata confusión imperante en todas las esferas, y los filósofos anticristianos que atacaban al único poder capaz de establecer la verdadera reforma, la Iglesia Católica. Peroraron abundantemente sobre la libertad y la igualdad, sobre los derechos del hombre, a la vez que sobre el pueblo trabajador decÃan: "son como bueyes que todo lo que necesitan es una garrocha, un yugo y algo de heno". ¡Qué contraste entre tales heraldos de la rebelión y los hombres y mujeres de Dios que se esforzaban por apaciguar los sufrimientos de los oprimidos! "Ved, mis queridos hermanos -dijo el arzobispo de Arles en la inauguración de una escuela de los Hermanos Cristianos-; ved el ansia con que sois recibidos, cada fisonomÃa está radiante de alegrÃa; habéis venido para enseñar a los pobres, esa preciosa porción del rebaño de Cristo, que el Divino Pastor quiso con tanta ternura, y que, según su ejemplo, también vosotros debéis amar con todo vuestro corazón". Si tan sólo ese espÃritu de servir hubiera prevalecido, Francia, caÃda en la infamia, habrÃa sido salvada. Mas fue la repetición de la antigua fábula del lobo y del cordero que la historia siempre repite: aunque el cordero esté siempre en lo justo, el lobo tiene la mejor parte de él.
Una época sórdida y artificial estaba próxima a su fin; los verdaderos principios de la injusticia habÃan fracasado. "Si en verdad sois jueces -ha dicho el Cielo-, pronunciad veredictos, juzgad lo que es justo, vosotros, hombres". Por haber sido incapaces de obrar asà los gobernantes de Francia se trajeron sobre sà mismos "la abominación que aniquila". La revolución fue el levantamiento de las multitudes anónimas contra las clases privilegiadas de la nación. Si la Iglesia hubiera podido obrar, la historia hubiera seguido probablemente otro curso, pero la acción de la Iglesia fue entorpecida de todas maneras. Tantos de sus hijos incrédulos la traicionaron, tantos de sus sacerdotes fueron ignorantes y mundanos, que la religión casi perdió su poder por completo entre el pueblo y las clases media de la nación francesa. La gran obra realizada por los pobre anónimos de Francia, por las nuevas comunidades religiosas de hombres y mujeres heroicos, fue entorpecida grandemente por malas voluntades colocadas muy alto en la corte. La moral y la influencia conservadoras ejercidas por el temor de Dios no pudieron contener con éxito con el espÃritu de infidelidad. Ya desde 1688, anuncios de dÃas terribles se manifestaban en las violentas querellas, en proclamas fanáticas, en los veredictos brutales que herÃan personas inocentes y piadosas. La nación se agitaba en un descontento general; los trabajadores desesperaban de hallar reparación alguna a sus múltiples agravios. Y, aunque la revolución flotaba en el ambiente, la Corona nunca se detuvo ni por un instante a considerar la situación del pueblo llano de Francia. Luis XIV practicó realmente lo que un dictador posterior proclamó: "No soy un hombre como otro cualquiera y las leyes de la moral y del decoro no me incumben". Sin embargo, cuando la hora de la muerte se aproximaba, murmuró a sus cortesanos que, compungidos, rodeaban su lecho: "¿Creéis que soy inmortal? ¡Yo nunca lo he crédito!" Demasiado tarde para que el solitario superhombre reparara los daños que habÃa causado a su pueblo, males que todas las alabanzas del poeta Racine, del comediógrafo Moliere y del predicador Bossuet no podÃan borrar. TenÃa que sobrevenir un orden nuevo -afirmaba la multitud-, y Francia, bajo las urgencias de la revolución, fue arrastrada "a la furia enloquecida del Sena". La tragedia de Revolución Francesa consistió en la aspiración de los buenos hacia un verdadero progreso, y los anhelos de libertad de las masas fueron aplastados, desnaturalizados por doctrinarios, por grupos impÃos que, en su salvaje pasión por la justicia (justice pour tout le monde)3, recurrieron a la violencia; es decir, a la brutalidad, y provocaron el caos en vez de una saludable reforma.
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