R. P. José A. Dunney, San Isaac Jogues
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Santos y mártires de las américas

San Isaac Jogues. Servidor de Salvajes

Nueva Francia

Las actividades misioneras católicas en América Central y América del Sur, pronto hallaron su réplica en el entonces lejano Norte. En el continente septentrional, ya en 1566, el jesuita Martínez halló la muerte a manos delos indios de la costa de Georgia. "Noble y virtuoso -declaró el gobernador Menéndez-, el padre Martínez habría realizado él solo, más obras buenas que las que pueden cumplir ahora todos los soldados de la Florida". Pero la gran aventura se realizó sobre territorio francés. Como se recordará, Nueva Francia abarcaba gran parte del continente americano del norte, más extensa que toda la Europa. Sus montañas eran las más antiguas de la tierra, sus grandes lagos constituían los más amplios sistemas de agua dulce del mundo. Pinos, abetos y otros árboles y en muchas partes selvas casi impenetrables, pero los ríos permitían el tránsito y el tráfico por medio de canoas. El primer establecimiento o colonización permanente, Québec (1608), con su fortaleza construida por Champlain, vigilaba una vasta región. Aquella soledad septentrional en la mise-en-scéne de un drama divino que se desarbola ante nuestros ojos. Veréis en su trama e incidentes el conflicto entre la agracia y la codicia; contemplaremos también una serie de episodios heroicos. En el centro del cuadro encontramos a Isaac Jogues, jesuita y mártir, cuyos actos dominan la escena. Con el pasar de los años, entra y sale del escenario hasta que, engolfado en su propia sangre, desaparece totalmente del cuadro. Uno se siente tentado de exclamar: "¡Todo ha terminado!". Pero no es así; la larga historia no ha hecho más que empezar. Todos los santos sueños y esperanzas del sacerdote mártir iban a convertirse en realidad. Porque Dios era el autor y empresario de la historia, y el hombre, sólo un actor en el escenario del mundo.

El primer sacerdote católico que llegó a Nueva York fue Isaac Jogues. Pero mucho antes de que sus ojos contemplaran a Fort Orange y Maniatan Island, había sufrido las agonías de la tortura y la amargura de la muerte próxima. Si queremos contemplar el cuadro de la misión en su verdad, tratemos de observarlo en su propia perspectiva. En la lejanía, hacia el fondo, están las naciones europeas, inquietas, codiciosas y pendencieras más que nunca. Habían confiado llegar a las Indias por una vía más corta, y habían dado con las Américas. De manera que no encontraron nada mejor que hacer que explotar el Nuevo Mundo. Las grandes potencias, Francia, España, Inglaterra, Portugal, se abalanzaron sobre las presas americanas. Francia estableció pesquerías sobre las costas de Terranova y una poderosa ciudad sobre el San Lorenzo; Inglaterra, por virtud de los Cabots que viajaron por la Corona, reclamaron el dominio de toda América del Norte, desde el Labrador hasta la Florida; España, desde luego, plantó su férrea garra sobre Florida, México y la América del Sur. No es extraño que en 1609 los españoles, que ya no dominaban Europa, tuvieran que inclinarse ante la independencia de los Países Bajos holandeses. Lo extraño es que un tiro de fusil cambiara la historia colonial de América. Sucedió que los mohawks, la más cruel de las Cinco Naciones, mientras se hallaban en guerra con los hurones, cayeron en conflicto con Champlain, que disparó su mosquete contra sus explotadores avanzados. El incidente bastó para convertirlos en mortales en mortales enemigos; desde entonces, las Cinco Naciones se mostraron siempre dispuestas a aliarse con cualquier grupo hostil a los franceses. Pero es aun más extraño que en aquel mismo año, 1609, Enrique Hudson exploró el río que hoy lleva su nombre y estableció una factoría, Fort Orange, tan sólo a algunos kilómetros de la escuela donde Champlain disparó su tiro fatal. La historia del padre Jogues, como veremos, va aparejada con la historia de los franceses y holandeses, los indios de los grandes lagos y las Cinco Naciones de los iroqueses. Tomados todos en conjunto suministran las escenas en el fondo misionero del mártir de los mohawks.

Sueños de un profesor

Un joven profesor de notable talento poético y gran conocedor de los clásicos fue designado para enseñar literatura en el colegio de los jesuitas en Rouen. Fue el hermano Jogues. Nacido en Orleáns, de linaje noble, fue bautizado con el nombre de Isaac en la iglesia de San Hilario. Cuando muchacho, le gustaba llamarse "ciudadano de Santa Cruz", y al llegar a sus diez años fue uno de los primeros estudiantes que ingresaron en el nuevo colegio de los jesuitas consagrado a la Madre de Dios.

El joven colegial era delgado y nervioso, muy movedizo, veloz corredor y buen nadador; su piel era blanca, sus rasgos delicados, pero de firme constitución. Aunque parecía pequeño de estatura, el muchacho llegaría a ser grande en palabras y hechos, un gallardo y leal soldado a los ojos de Dios. Después de completar sus cursos en Roen fue a París, donde, a los diecisiete años de edad, inició su noviciado como jesuita. Un día, el perspicaz maestro de novicios preguntó a Jogues por qué había ingresado a la Compañía. El joven respondió: "¡Etiopía y martirio!" A lo que el maestro había respondido con inspirado juicio: "¡No, hijo mío; morirás en Canadá!" Aquella tierra, sin embargo, estaba demasiado distante, y, además, la Compañía necesitaba urgentemente de maestros. En aquel tiempo, las escuelas jesuitas eran aclamadas en casi toda Europa por la educación liberal que entonces impartían. Enseñaban también griego y latín, cursos de idioma vernáculo, además de religión, filosofía y ciencias. Los muchachos franceses hallaron al hermano Jogues un tanto tímido y distraído, pero no adivinaron el pudeur1 que mostraba al suprimir su propia personalidad. Y aunque sabían que su nuevo maestro era excelente retórico, poco sospecharon de los sueños que su negra sotana ocultaba, ni hubieran podido nunca adivinar que un día sus hazañas resonarían por toda la tierra.

En la sala común del colegio, los maestros intercambiaban con frecuencia cartas que recibían de ultramar. Todos ellos demostraban muy vivo interés por la más insignificante información; se enteraban, así, de hechos fundamentales de geografía y de etnología que nunca habrían tenido ocasión de conocer. Además, recibían de sus hermanos en Cristo confidencias y observaciones personales hechas durante peligrosas travesías. Es de imaginar que muchas de aquellas interesantísimas cartas caerían en manos del hermano Jogues, y que sus ojos contemplarían muchos croquis y mapas toscamente trazados. Huelga decir que el joven profesor de literatura se sintió vivamente interesado por todas aquellas informaciones, e íntimamente se sintió llamado por ellas a cruzar el océano y participar en parecidas aventuras. ¿Por qué -se preguntará alguno- aquel predestinado misionero quería tanto emprender los designios evangélicos que tan terribles durezas acarreaban? No se creía un predicador. En verdad, el hermano Jogues se creía muy poco, hasta como profesor. Pero poseía una cosa: profundo amor de las almas. Eterna vida para los hombres, para todos los hombres, era el deseo ardiente de su corazón, y como verdadero jesuita, no tenía otro propósito más que trabajar por la mayor gloria de Dios en el servicio de Cristo. "Es en la vida eterna en la que podrán conocer a Dios Padre y a Cristo Jesús, que El nos ha envidado". La llama de oro de la caridad de Jogues arroja su luz a través del tenebroso océano, en tierra de salvajes. Allí -vio en penetrante visión- encuéntranse los campos de salvación. Se dirigiría a ellos muy de buena gana, si sus superiores le dieran autorización para hacerlo. ¡Desde la cátedra a los desiertos salvajes! Con cuánta frecuencia oró para que se le concediera aquel destino, y más aún desde su ordenación sacerdotal. Sí; ardía con aquel deseo, y no pudo reposar hasta que se le concedió la misión.

Sueños que se convierten en realidad

La orden se produjo en 1636. El padre Jogues cruzó directamente el tormentoso Atlántico, remontó el San Lorenzo y llegó a Québec. Sobre la frontera encontró un establecimiento de Recoletos, los primeros misioneros de América del Norte (1615-1626); además hermanos jesuitas, comerciantes en pieles y devotos católicos franceses. Un día en que se hallaba a la orilla del San Lorenzo, mirando hacia el oeste, vio bajar rápidamente por el río una canoa. Los remeros eran hombres rojos, y entre ellos venía un blanco, escuálido, sin sombrero y descalzo, que remaba a la par de los demás. No era otro que el padre Daniel, con su sotana despedazada, con su breviario atado con una cuerda al cuello. No pasó mucho tiempo antes de que Jogues ocupara en la misma canoa el lugar del padre Daniel y se dirigiera en esa embarcación hacia Huronia. Por fin iba a tener una experiencia anticipada de la existencia cargada de peligros en el desierto americano. Se aventuraron en un angustioso viaje de unos mil quinientos kilómetros "por peligrosos ríos y grandes lagos, cuyas tormentas son como las del océano, por otros lagos y corrientes rápidas o violentas y precipicios, hasta que al fin llegaron al gran lago Hurón, que era conocido como "Mar de Agua Dulce". Después del más azaroso de los viajes, durante le cual se alimentaron de maíz, durmieron sobre las rocas, llevaron sobre sus hombres sus equipajes por sendas tortuosas y enmarañadas, el grupo llegó a la ciudad india de Ihonitiria. Allí, Jogues encontró al padre Juan Brébeuf, un misionero ya entrado en años, que había fundado la misión entre los hurones. El padre Brébeuf había realizado verdaderas proezas, y era el ídolo de Huronia. Amaba el agua, los bosques, las rocas y los árboles. Los indios admiraban su habilidad, ingenio y fuerza para construir y manejar las canoas, así como para remar y afrontar las más bravas tormentas. Brébeuf tomó, naturalmente, bajo su protección al joven jesuita, al que atendió con el afecto y los sentimientos de un padre. Bien necesitaba esos cuidados Jogues, que había llegado deshecho de su larga y penosa travesía, enfermo y afiebrado, así como otros de sus compañeros. Su choza de troncos y ramas se convirtió en hospital, pero escasa protección pudo ofrecer contra los vientos fríos que provenían de los Grandes Lagos, y no disponían más que de esteras como lechos y raíces silvestres por todo medicamento. La situación se hizo mala, muy grave, hasta que fue indispensable sangrar al recién llegado jesuita. Se tardó demasiado en decidir quién manejaría la lanceta; hasta que el mismo Jogues, con frío valor, se hizo la incisión. No bien repuesto, estalló en la comunidad la viruela que causó la muerte de algunos centenares. Los indios médicos trataron de alejar "el mal" recurriendo a salvajes orgías; pero cuando este extremo recurso fracasó, la culpa de ellos se imputó, como de costumbre, a los misioneros. Y, acto seguido, los pieles rojas empezaron a planear el aniquilamiento de los hombres blancos; entonces Brébeuf afrontó resueltamente a los caciques en sus jacales, obteniendo clemencia para todos los blancos. Tal fue la sangrienta y amenazante experiencia que nuestro santo iba a sufrir durante diez años.

El camino de esperanza

La aventura de Ihonitiria fue tan sólo un principio para Jogues. En compañía de Brébeuf visitó cuantas aldeas indias pudo, trabajando día y noche por los hurones y los algonquinos. En todo sentido el viejo Juan y el joven Isaac formulaban una perfecta pareja. Brébeuf era un infatigable trabajador, con manos resistentes a todas las labores y un corazón consagrado por entero a Dios, mientras que Jogues aplicaba su activa y práctica inteligencia con igual celo. Las tareas que enfrentaban eran tan importantes como vencer batallas por la verdad y acrecentar la fuerza de una causa divina. Que sobrevivieran a su continua lucha es ya un milagro, desde que también eran asaltados a veces por el desaliento más destructor, y en muchas ocasiones estuvieron al borde mismo de la muerte. "Los misioneros -dice Parkman- fueron como hombres que andaban sobre la capa de lava de un volcán mientras la muerte fundida debajo de sus pies centelleaba al rojoblanco por miles de hendiduras". Sobre la península Hurona, edificaron a Santa María, residencia para los misioneros, que se convirtió muy pronto en el corazón mismo de la colonización del Canadá Superior. Fue una extraordinaria y venturosa empresa aquella nueva ciudadela de paz con su doble palizada, una interior alrededor de la capilla, el fuerte y una casa para los franceses; la parte exterior comprendía un hospital para enfermos y un refugio o casa para los viajeros. A unos cincuenta kilómetros al sudoeste de Huronia había otros campamentos, adonde acudió Jogues en compañía de Garnier para predicar a los petunos. Los dos intrépidos jesuitas anduvieron por todas partes, sin que nada detuviera su celo. En 1641, Jogues y Raymabault llegaron hasta Sault Sainte-Marie. "Fueron los primeros misioneros -dice Brancroft- que predicaron el Evangelio a millares de indios del interior, cinco años antes de que Juan Eliot se dirigiera a los indios a doce kilómetros del puerto Boston". Da completa idea de la indomable energía del joven jesuita saber que proyectó entrar en contacto con los indios del Lago Superior, y que se propuso llegar hasta la tierra de los sioux, en el nacimiento del Misisipí. Pero fue forzoso retornar a Québec en busca de vituallas y también para informar a los superiores, y Jogues fue elegido para encabezar la peligrosa travesía. Jogues tenía treinta años en aquel momento, y hacía justamente seis que trabajaba en el oeste; entonces el valeroso sacerdote volvió a hacer los mil seiscientos kilómetros de camino para presentar un informe dela actividad que se le había confiado.

Habiéndose provisto de todo lo que necesitaba, reunió a los que iban a acompañarlo y emprendió en seguida el camino de retorno hacia los Grandes Lagos. Todo el equipo se compuso de dos hombres blancos, muy adictos al misionero y veinte hurones. Había andado tan sólo un día, después de la primera etapa, cuando los exploradores se encontraron con los iroqueses, y de repente se encontraron rodeados por un grupo tres veces más numeroso que la compañía de Jogues. Pero dejemos que el mismo jesuita nos cuenta la historia de aquellos terribles días. Si existe carta escrita con sangre y redactada por una mano torturada, es la siguiente:

Partimos del territorio hurón el 13 de junio de 1642, en cuatro pequeños botes, allí llamados canoas, éramos en conjunto veintitrés almas, sólo cinco franceses. La dirección tomada es en sí misma muy difícil por muchas razones, y especialmente porque en no menos de cuarenta lugares tuvimos que llevar por tierra, sobre nuestras espaldas, las canoas y todas nuestras provisiones. Los peligros se habían acrecentado por el hecho de que ahora los enemigos acechaban todo el año por los caminos que conducían a los establecimientos de los franceses, tomando muchos prisioneros; y, en efecto, el mismo padre Brébeuf había sido prisionero el año anterior...

Habiéndonos librado, por lo tanto, de los hurones de Santa María, y entre temores siempre renovados del enemigo, atravesando peligros de toda clase, y sufriendo pérdidas por agua y tierra, llegamos al fin en seguridad a Concepción de la Santísima Virgen. Este es el establecimiento francés o colonia, llamado de los Tres Ríos, a causa del río cercano que desemboca en el San Lorenzo por tres bocas. Dimos cordiales gracias a Dios y permanecimos allí y en Québec una dos semanas....

El segundo día después de nuestra partida acababa de amanecer cuando unos de nuestros hombres descubrieron, con la primera luz, recientes pisadas sobre la playa del río... Por lo tanto apresuramos nuestra marcha, pero apenas habíamos avanzado dos kilómetros cuando caímos en una emboscada del enemigo, que en dos divisiones sobre las dos orillas del río alcanzaban a setenta indios sobre doce canoas.

Tan pronto como llegamos al punto en que habían preparado su emboscada nos dispararon una descarga de mosquetería desde los juncos y cañas entre los que estaban escondidos. Nuestras canoas fueron alcanzadas, y aunque estaban bien provistos de armas de fuego no consiguieron matar a ninguno de los nuestros. Tan sólo un hurón fue herido en una mano. A los primeros tiros, los hurones, como un solo hombre, abandonaron las canoas que, para evitar la corriente más rápida del centro del río, se deslizaban cerca de la ribera, y huyeron a todo correr hacia los bosques próximos. Nosotros, los cinco franceses, en compañía de unos pocos hurones ya conversos o al menos catecúmenos, enfrentamos al enemigo, dirigiendo nuestras plegarias a Jesús. No éramos más que unos doce o catorce contra treinta enemigos; seguimos luchando hasta que nuestros camaradas, viendo nuevas canoas aparecer sobre la margen opuesta del río, perdieron su valor y echaron a correr... Nuestros enemigos partieron detrás de los fugitivos, y pasaron a mi lado, que me mantenía en medio del campo de batalla. Llamé entonces a uno de los que guardaban a los prisioneros y le rogué que me llevara cautivo junto con los demás prisioneros franceses, ya que habiendo sido su compañero de viaje quería serlo también de sus peligros y su muerte. Sin dar completo crédito a lo que oía, y con cierto temor, avanzó y me condujo al lado de los demás cautivos.

Me volví a mis compañeros hurones, los instruí y bauticé uno por uno; como llegaban nuevos prisioneros, mi tarea fue incesante. Finalmente, Eustacio Ahatsistari, el famoso jefe cristiano, fue traído al campo de los prisioneros, y cuando me vio, exclamó: "Solemnemente juré, hermano, que viviría o moriría contigo". No recuerdo lo que contesté, pues me agobiaba la pena. El último que fue traído fue Guillermo Couture, que también había partido de Huronia conmigo.

Dos de nuestros capturadores me llevaron al mismo sitio en el que nos habían tomado prisioneros y en seguida aparecieron otros que me arrancaron, mordiéndome, casi todas mis uñas, y me cortaron con sus dientes mis dos dedos índices, causándome espantosos dolores. Lo mismo hicieron con René Goupil. Ningún daño material causaron a los hurones.

Por último, la víspera de la Asunción de la Santísima Virgen, llegamos a la primera aldea de los iroqueses. Agradezco a Nuestro Señor Jesucristo que, en el día en que todo el mudo cristiano exulta en la gloria de la Asunción de su Madre a los cielos, nos llamó a compartir en algo y asociarnos a sus sufrimientos y su cruz.

Ambas riberas del río estaban llenas de iroqueses y hurones capturado anteriormente; éstos nos saludaron advirtiéndonos que seríamos quemados vivos; en cuanto a los iroqueses nos recibieron con garrotes y piedras.

Apenas habíamos podido tomar algún aliento en aquel sitio, un indio, con un enorme palo, nos dio a los franceses tres terribles golpes sobre la espalda desnuda; los salvajes se armaron de sus cuchillos y empezaron a organizar todo para nuestro suplicio, empezando por cortar los dedos a muchos prisioneros; y como un cautivo ha de sufrir la crueldad de ellos en proporción a la supuesta dignidad de la víctima, empezaron conmigo, deduciendo por mi conducta así como por mis palabras, que yo era una autoridad entre los franceses como entre los hurones. Por lo tanto, un anciano y una mujer se me acercaron; el anciano ordenó ala mujer que me cortase el pulgar; la mujer retrocedió al principio, pero al fin, habiendo recibido tres o cuatro veces la orden del anciano infeliz, como obligada me cortó el pulgar izquierdo donde se une con la mano... Luego, me amputaron el pulgar de la otra mano, y los ofrecí a Ti, mi verdadero Dios viviente, recordando el sacrificio que durante siete años constantemente te ofrecí, en tu iglesia.

Una cosa parecía al menos segura para aquellos hombres: su muerte inmediata. El tiempo que pasó Jogues -¡un año- en aquella aldea indica fue una pesadilla terrible e interminable. "Sin embargo -dice el mismo Jogues- en medio de todo aquello el Señor infundióme tal fuerza que a pesar de mis grandes sufrimientos, pude consolar a los hurones y franceses que sufrían como yo". Sometidos a la terrible prueba delas baquetas, fueron llevados, magullados y sangrientos, a través de las aldeas, y pudieron ver el cadalso que les estaba destinado. Pero no se comunicó a los cautivos cuándo se les quemaría vivos o serían ejecutados con tomahawk2; pero todos sabían que la espantosa muerte andaba rondando cerca, en espera de una señal de los caciques.


1

En francés en el texto. N. del T.

2

Hacha de guerra de los indios en Estados Unidos. N. del T.

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