Diez a帽os antes de empezar el siglo naci贸 en el hermoso pa铆s vasco un ni帽o de maravilloso destino, Ignacio de Loyola. Todav铆a se puede ver la casa, de dos pisos, de gruesas paredes, con las armas her谩ldicas de la familia sobre la puerta de entrada. Era una arrogante casa en el orgullosa Espa帽a, que hab铆a derrotado a los moros en el Sur. El Rey, Fernando el Cat贸lico, acrecido su poder por la alianza de Castilla y Arag贸n, empez贸 a descollar entre los mandatarios de las grandes naciones. Su ej茅rcito y su armado se contaban entre los primeros de toda Europa; N谩poles era una dependencia de Espa帽a, y Fernando pudo decir, despu茅s de las tierras que le hab铆a entregado el descubrimiento de Col贸n, que el suyo era el m谩s grande imperio mar铆timo del mundo. Juan Vel谩zquez, gran tesorero de Fernando, tom贸 bajo su protecci贸n a Ignacio, y los ojos del vehemente muchacho vasco se abrieron a la gloria de Espa帽a. El sorprendente Las Casas, amigo de Vel谩zquez, debi贸 impresionar la juvenil imaginaci贸n de Ignacio. El muchacho vasco ten铆a tan s贸lo doce a帽os cuando aquel antiguo abogado y explorador, cuyo padre hab铆a acompa帽ado a Col贸n en su primer viaje, se embarc贸 en direcci贸n a la Hispaniola. All铆 fue ordenado el primer sacerdote del Nuevo Mundo, iniciando as铆 una carrera que iba a ser tan larga como llena de tropiezos. Sin dudad alguna, Ignacio, durante su adolescencia, oy贸 hablar mucho de aquel extraordinario sacerdote, "que cruz贸 el oc茅ano no menos de doce veces, atraves贸 todas las regiones conocidas de Am茅rica y todas las islas, y viaj贸 de Espa帽a a Flandes y a Alemania para ver al Emperador, y llev贸 a cabo trabajos literarios que habr铆an resultado extraordinarios aun salidos de la pluma de un sabio que nunca hubiera abandonado su habitaci贸n de trabajo". Pero Ignacio, enamorado de la vida cortesana, no se interesaba, por entonces, al menos, en misiones. Estaba todo 茅l lleno de esp铆ritu de la caballer铆a, noble de coraz贸n y fuerte en su fe, y deseaba servir a su pa铆s. Despu茅s de la muerte de Vel谩zquez, ingres贸 en el ej茅rcito del virrey de Navarra, resultando excelente soldado; animoso, pronto en la pelea, generosos compa帽ero y liberal en el juego, y muy enamorado de las mujeres.
Mientras Ignacio llevaba la existencia ruda y tosca del cuartel, viv铆a en Alemania un individuo extraordinario destinado a ser el adversario de Ignacio durante toda la vida. Era Mart铆n Lutero, ocho a帽os mayor que Ignacio e hijo de un simple minero de Eisleben. El muchacho campesino, formado en un ambiente duro y en ideas vulgares, decidi贸 adquirir su educaci贸n en Magdeburgo. Como estudiante, pag贸 su educaci贸n y sus libros con los que ganaba cantando de puerta en puerta, y despu茅s de completar sus estudios le fueron suficientes, y abandon贸 esa carrera, contra la voluntad de su padre, para ingresar en un monasterio agustino. Tom贸 esta resoluci贸n en cumplimiento del repentino voto que hizo a Santa Ana en un momento de terror durante una tormenta. El a帽o 1508, era ya predicador popular en Wittenberg y profesor, con numeroso auditorio, en la universidad. Grande estatura, afable, generoso, estuvo sometido a ataques de melancol铆a y de terror religioso, as铆 como a extra帽as ideas de santidad, que aumentaron a medida que avanzaba en el estudio de las Santas Escrituras. El intento de sus hermanos monjes de poner al escrupuloso hombre en la buena senda de su salvaci贸n fracas贸 por completo, y el 煤nico consuelo lo hall贸 Lutero en la lectura de las Ep铆stolas de San Pablo a los Romanos y a los g谩latas. La verdad de las palabras del ap贸stol: "El justo vivir谩 por la fe", domin贸 su mente con exclusi贸n de toda otra verdad, hasta de la verdad de la Ep铆stola de Santiago: "As铆 tambi茅n la fe, si no tuviere obras, es muerta en s铆 misma". Encontr贸 gran consuelo en la idea de la "fe sola", que lo domin贸 como la 煤nica cosa necesaria. Se dedic贸 con entusiasmo a ense帽ar en toda oportunidad esta verdad a medias. No deben sorprendernos, por lo tanto, que aquel sombr铆o y meditabundo monje se hiciera arrogante y entrada en seguida en discusiones con los dominicos. Orador muy elocuente, as铆 como buen escritor, inspir贸 fidelidad fan谩tica a sus adeptos, y en 1517 empez贸 su lucha contra Juan Tetzel, que predicaba "indulgencias" en la vecindad de Wittenberg. Prontamente el problema se transform贸 en una cuesti贸n grave, acusando Lutero al dominicano de vender mercader铆as espirituales para pagar la edificaci贸n de San Pedro de Roma. El Papa Le贸n X, ante aquellos anuncios todav铆a imprecisos de posibles cambios en la situaci贸n de la Iglesia, se limit贸 a decir que no se trataba de otra cosa que de una "simple querella de frailes". Pero el emperador Maximiliano, cuyos planes pol铆ticos hab铆an sido contrariados por la Santa Sede, manifest贸 al elector Federico: "Que se proteja bien al monje de Wittenberg; quiz谩s un d铆a lo necesitamos". Lutero no se detuvo. Despu茅s de su querella sobre las "indulgencias", neg贸 el valor de las obras de la voluntad humana; sostuvo que nada importa lo que los hombres puedan hacer, pues lo que importa es su fe en la pasi贸n y muerte de Cristo. Y en cuando a las "indulgencias", 隆no son m谩s que una mera invenci贸n papal para hacerse de dinero! La discusi贸n se intensific贸 y se hizo d铆a a d铆a m谩s enconada y general, hasta que el truculento y arrogante monje atac贸 al sacerdocio, a toda la jerarqu铆a y al mismo Papa, mereciendo as铆, en consecuencia, su excomuni贸n. Cuando se public贸 la bula, el 15 de junio de 1520, Lutero, en un 铆mpetu de furia, calific贸 al decreto papal como "execrable bula del Anticristo", y p煤blicamente quem贸 el documento en las puertas de Wittenberg, en presencia de doctores, estudiantes y ciudadanos. 隆La llamada Reforma acababa de manifestarse!
El mismo a帽o en que el apasionado y sensacional Lutero iniciaba su lucha religiosa en Alemania, Ignacio, brioso caballero, serv铆a a Espa帽a bajo las banderas del duque de N谩jera. En Pamplona, donde sus soldados defend铆an la fortaleza contra los franceses, fue herido de una pierna por una bala de ca帽贸n. Sus compa帽eros de armas trataron de asegurarle la pierna, pero fue rota otra vez; mas sufri贸 la doloros铆sima operaci贸n con la valent铆a de un buen soldado. Transportado a su casa de Loyola, el impaciente y sensible caballero pidi贸 libros novelescos para entretener su larga convalecencia. Como en la casa no hab铆a libro alguno de esa clase, le proporcionaron otros: Vidas de santos y una Vida de Cristo, en espa帽ol. Ignacio ley贸 con gran atenci贸n esos libros, pero sigui贸 so帽ando, aunque con distinto temperamento, en proezas de valor n honor de alguna hermosa dama. Lleg贸 el d铆a, sin embargo, en que los ejemplos de los santos h茅roes de Dios echaron ra铆ces de su alma. "驴Si aquellos santos pudieron hacer todo aquello, por qu茅 no he de poder hacerlo yo? -se pregunt贸-. 驴Por qu茅 no he de repetir las haza帽as de Santo Domingo o de San Francisco?" 隆Tal era exactamente para lo que Ignacio hab铆a sido elegido por la Divina Providencia! Y dominado por sus pensamientos religiosos, Ignacio de Loyola se resolvi贸 a abandonar el mundo y convertirse en caballero de Dios. La devoci贸n que sent铆a por la Madre de Jes煤s intensific贸 su resoluci贸n y, repuesto de su enfermedad, visit贸 su capilla en Catalu帽a. La noche de la Anunciaci贸n se mantuvo de vigilia ante el cuadro milagroso de Nuestra Se帽ora, que se halla en la iglesia de Montserrat. Cubierto con un tosco sayal de penitente, pues hab铆a dado sus ropas de caballero a un mendigo, colg贸 su espada y su daga cerca del altar, y se consagr贸 al servicio de Dios. Se abr铆a ante el soldado espa帽ol de Cristo una gran senda que recorrer. Un d铆a, unos veinte a帽os despu茅s, aplicar铆a su genio del orden, de la disciplina y de la unidad, reorganizando sus fuerzas leales contra un enemigo terrible, y ofreciendo as铆 el m谩s acabado ejemplo de caballer铆a dentro de la cristiandad.
Lo que nos interesa en este momento es el sorprendente contrasta entre las personalidades de Ignacio de Loyola y Mart铆n Lutero. El espa帽ol y el germano se encontraban en los ant铆podas uno respecto del otro. Sus opiniones sobre la vida, as铆 como sus conductas, fueron radicalmente opuestas. Mientras Loyola se fortalec铆a en su guerra silenciosa contra s铆 mismo, Lutero, el agitador, no se preocup贸 m谩s que de provocar una conmoci贸n general en Alemania. El caballero espa帽ol llev贸 una vida asc茅tica, practicando la autodisciplina, mendigando su pan, asistiendo diariamente a misa y pasando sus horas de rodillas en oraci贸n. El profesor de Wittenberg, teut贸n hasta la m茅dula de sus huesos, levant贸 su voz en la plaza del mercado, cada vez m谩s audaz y m谩s agresivo; con apasionada furia atac贸 la misa, la ordenaci贸n sacerdotal, las peregrinaciones, los ayunos y hasta la vida mon谩stica. Gran inspiraci贸n cay贸 de lo alto sobre el humilde Ignacio, a quien Dios trat贸 "exactamente como un maestro de escuela trata a un ni帽o a quien est谩 educando". Pero el arrogante Lutero se convirti贸 en desesperado perturbador, lleno de odio hacia la autoridad y v铆ctima de constantes accesos de remordimiento. Un estudio de sus respectivos actos en ese tiempo revelan los opuestos temperamentos de los dos hombres: "Por sus frutos los conocer谩s". Ignacio, haci茅ndose cada vez m谩s experto en la santidad y en el discernimiento de los esp铆ritus, ofreci贸 al pueblo de Manresa "ejercicios espirituales" que pudieran ense帽arles m谩s de lo que los sabios pod铆an ofrecerles. Con esp铆ritu de humildad y con coraz贸n contrito encar贸 todas sus pruebas 铆ntimas, hasta que conquist贸 la paz. Lutero, por el contrario, en amargo conflicto suscit贸 una furia de oposici贸n hacia la Iglesia. Sus amigos humanistas, siempre opositores de Roma, aceptaron sus ex茅gesis b铆blicas, aplaudieron sus insensatas tiradas. "Ha pecado -dijo el c铆nico Erasmo a Federico- en dos puntos. Ha tirado contra la corona del Papa y contra el vientre de los frailes". Todo ello es suficiente para mostrar sus diferencias mentales, as铆 como las de las sendas por donde avanzaban los dos hombres, y que aun se apartar铆a m谩s una dela otra con el andar del tiempo.
Alemania se encontr贸 en una disyuntiva ante el movimiento que crec铆a contra Roma. El elector Federico se hizo cada vez m谩s desp贸tico, imponiendo tasas y e impuestos m谩s all谩 de toda raz贸n a los empobrecidos campesinos. Los pr铆ncipes querellaron entre s铆 y ala vez con los obispos, mientras el Emperador trat贸 en vano de poner fin a sus feudos privados. Lutero, m谩s temerario que nunca, se convirti贸 en una figura nacional, con sus audaces doctrinas revolucionarias o de reforma, su odio a Roma, su adhesi贸n a la causa germana; con su primer Deutschland ubre Alles. El emperador Carlos V, grandemente alarmado, reuni贸 una Dieta en Worms el a帽o 1521, ante la cual, el monje de Wittenberg fue instado a contestar por s铆 mismo. Y durante todo su viaje los campesinos acud铆an para saludarlo con entusiasmo; y cuando un consejero le advirti贸 del destino de Huss, el reformador replic贸: "Seguir茅 adelante aunque se me opusieran tantos demonios como tejas tiene el techo". Una vez en la sala de la Dieta, ante el Emperador y los nobles, pareci贸 algo aturdido, pero se seren贸 r谩pidamente, reanimado por los consejos que recibi贸. Invitado a retractarse del contenido de sus horribles libros, pidi贸 tiempo para contestar; al d铆a siguiente declar贸 que no se retractar铆a de nada de lo que hab铆a escrito, a menos que se le probara que ello era contrario a las Escrituras o a la recta raz贸n. Muchos opinaron en la Dieta que el Emperador deb铆a ordenar al instante el arresto del rebelde; pero los pr铆ncipes germanos se opusieron a la medida, amenazando con vengarse si se atentaba contra su 铆dolo. El 28 de abril de 1521, de vuelta en Wittenberg, se lo llevaron r谩pidamente los soldados del Elector a un lugar seguro, fuera de todo peligro. Refugiado en el castillo de Wartburgo, comi贸 y bebi贸 en abundancia, llev贸 espada, sali贸 a cazar ciervos; se entretuvo adem谩s traduciendo el Nuevo Testamento a la lengua alemana. Pero apenas se hab铆a disuelto la Dieta, Roma public贸 un edicto separando al reformador del seno de la Iglesia; y despert贸 en Wartburgo para saber que era un proscrito ante los ojos de la Iglesia y del Imperio.
Por ese mismo tiempo, Ignacio, completamente ganado por la causa de Dios, buscaba el mejor medio de servirle. Hombre de acci贸n, necesitaba retornar al mundo y prepararse para lo que el cielo esperaba de 茅l. Se embarc贸 en Barcelona, cruz贸 el gran mar y lleg贸 a Gaeta, entrando en Roma el a帽o 1523 El peregrino tuvo suficiente tiempo para "observar en su alma ya una cosa, ya otra, encontr谩ndolo de provecho; luego -pens贸- ello podr铆a resultar tambi茅n de utilidad a los dem谩s". As铆 el Libro de Ejercicios empezado en Manresa, creci贸 poco a poco, a帽o tras a帽o. Despu茅s de recibir la bendici贸n del Papa Adriano VI, el pobre soldado espa帽ol mendig贸 su pan hasta llegar a Venecia, donde se embarc贸 hacia la tierra en la que hab铆a vivido. 驴Fue en la tierra Santa donde esas maravillosas composiciones de lugar se grabaron en su incandescente coraz贸n, y la meditaci贸n sobre los "dos estandartes" se convirti贸 en tan intensa realidad espiritual? En Jerusal茅n, su alma floreci贸 con consuelos celestiales y estuvo muy cerca de convertirse en un misionero entre los mahometanos. No ocurri贸 as铆, porque el provincial franciscano apareci贸 en escena, cit贸 los decretos papales y orden贸 a Ignacio, bajo pena de censura, retornar a Espa帽a. No quedaba otra cosa que obedecer. El peregrino se inclin贸 ante la voluntad de Dios, recogi贸 su zurr贸n y su cayado y empez贸 el desalentador cami贸n de retorno a Barcelona. Este solo episodio nos da una vislumbre del alma de un compa帽ero de Dios, para quien obedecer a la Iglesia era lo primordial; y de quien tambi茅n la historia dir铆a ampliamente que "隆el hombre obediente cantar谩 victoria!" 隆Qu茅 modos de vida diametralmente opuestos muestran Ignacio y Lutero en este momento de sus carreras! Uno, el humilde y obediente peregrino, buscando m谩s luz en la voluntad de Dios; el otro, soberbio, vengativo y presuntuoso, causando nada m谩s que da帽o a la Iglesia.
Todos los signos indicaron la r谩pida propagaci贸n de la rebeli贸n religiosa por Alemania; as铆, Rodolfo Bolestein Carlstadt se apoy贸 en una p谩gina de Lutero para atacar los ritos de la Iglesia, y otros fan谩ticos profetizaron un gran levantamiento social. Lutero, tenaz como nunca, sali贸 de su asilo para Wittenberg, donde continu贸 predicando, ense帽ando y escribiendo contra la Iglesia. La paz parec铆a tan dif铆cil de obtener como el orden, pero se sigui贸 pregonando la unidad nacional y la necesidad de una gran reforma. En 1524, el legado del Papa trat贸 de calmar la tormenta en la Dieta de Nuremberg, dando seguridades de que los necesarios cambios ser铆an establecidos; pero los se帽ores germ谩nicos se resolvieron por las medidas de guerra para solucionar sus propias dificultades. Pareci贸 que Alemania, tan exigente de reformas a trav茅s de los Alpes no pudiera siquiera establecer la paz dentro de sus propias fronteras. La Guerra de los Caballeros fue muy pronto seguida por la Rebeli贸n de los Campesinos, que estall贸 en 1524 y se expandi贸 r谩pidamente por todo el pa铆s. Aquellos pobres campesinos, confundidos por las doctrinas de Lutero referentes a la libertad cristiana, se vieron afectados por pruritos de rebeld铆a, y muy pronto atacaron a ciegas, recurriendo a la rapi帽a y al asalto, s贸lo para hallar que su supuesto benefactor, Lutero, result贸 ser su peor enemigo, pues inst贸 a los pr铆ncipes a terminar con la revuelta campesina a sangre y fuego. Los nobles, envalentonados por las palabras del ex monje, no trepidaron en hacerlo, pasando a cuchillo a los pobres campesinos y ejecutando a sus jefes. Antes de ser sofocada la rebeli贸n muri贸 el elector Federico; le sucedi贸 su hermano Juan el Constante, que fue un ac茅rrimo defensor de Lutero. Nada muestra m谩s claramente cu谩n bajo hab铆a ca铆do Lutero, que su matrimonio con Catalina de Bora, una ex monja cisterciense. Pero esta decisi贸n del arrebatado reformador le enajen贸 la voluntad de sus mejores amigos. El infeliz y torturado rebelde busc贸 un hogar en el que, lejos de la excitaci贸n de su existencia febril, pudiera gozar de la m煤sica y del canto y de las inocentes travesuras de los ni帽os. Su mujer se convirti贸 en "Misia Kate", en la "Doctora Lutero", en las cartas que escribi贸, en medio de sus d铆as llenos de trabajos literarios, pr茅dicas, discusiones con enemigos que surg铆an por todos lados. Y en cuanto a sus d铆as de hogar, los 谩speros y vulgares "Temas de sobremesa", s贸lo revelan el alma de un hombre totalmente dejado de la gracia. No pasar铆a mucho tiempo antes de que aconsejara a Enrique VIII casarse con su segunda mujer sin repudiar a la primera; y as铆 quiso ganarse la voluntad de la realeza, sosteniendo vergonzosamente que ten铆a el derecho de practicar la poligamia.
Volvamos ahora nuestra observaci贸n a Ignacio y reconoceremos enseguida la diferencia, la diametral oposici贸n entre esas dos preeminentes personalidades del siglo decimosexto. A su retorno de Tierra Santa, el peregrino pens贸 ingresar en una orden religiosa, pero comprendi贸 su necesidad de adquirir primero m谩s s贸lida educaci贸n. Lo vemos a la edad de treinta a帽os estudiar lat铆n en una escuela de muchachos, en Barcelona. Durante siete a帽os trabaj贸 incesantemente en mejorar su propio pensamiento, sin pensar en la via mirabilis por laque le iba conduciendo Dios. En las horas libres de la escuela, esta maravilla de humildad dirig铆a sus "ejercicios espirituales", visitaba pobres y enfermos, daba consuelo a miles de almas extraviadas; llev贸 la misma conducta en Alcal谩 y en Salamanca, en cuyas universidades estudi贸. Nada tiene de extra帽o que en esos tres lugares se formara una peque帽a compa帽铆a alrededor de Ignacio, y se hiciera popular entre los pobres por su tosco sayal como por su devoci贸n a las obras de caridad. A pesar de ello, el joven santo, considerado como un fan谩tico por las autoridades, tuvo que pasar cuarenta y dos d铆as en la c谩rcel de Alcal谩 y veintid贸s en la de Salamanca. El a帽o 1528, Ignacio parti贸 para Par铆s e ingres贸 en la Sorbona, centro del saber europeo, donde tambi茅n hall贸 inquisidores que lo persiguieron. En vez de encarcelarlo, sin embargo, le extendieron un claro testimonio de ortodoxia, y hasta le solicitaron un ejemplar o copia de su Libro de Ejercicios.
Hacia este tiempo se encontr贸 tan pobre que visit贸 a Amberes, Brujas y hasta Londres pidiendo limosna para costearse los estudios de filosof铆a y teolog铆a. Sus primeros disc铆pulos de Espa帽a desaparecieron de la escena, pero en la Sorbona constituy贸 un peque帽o grupo de adeptos que le juraron perpetua fidelidad. En total fueron nueve almas escogidas que se unieron para amar y servir a Cristo, y juraron seguir a su jefe espa帽ol hasta los confines de la tierra. Animada por ese esp铆ritu, la Compa帽铆a de Jes煤s empez贸 a adquirir cuerpo.
Los partidarios de Lutero, entre tanto, esparc铆an las semillas de la rebeli贸n, y muy pronto la Reforma penetr贸 en Suiza, llegando hasta Dinamarca en 1526. Tan violentamente se opusieron los her茅ticos a la antigua Iglesia, que todos los intentos de reconciliaci贸n fracasaron. En la Dieta de Spira, en 1526, los Estados del Imperio trataron de ordenar sus problemas religiosos como mejor lo entendieron. Pero el Emperador asisti贸 a la Dieta de Augsburgo, en 1530, con la determinaci贸n de restaurar la unidad, mas no consigui贸 vencer la resistencia de los ya llamados protestantes. Todo plan contra un com煤n enemigo y todo deseo de llegar a t茅rminos de paz encontraron la inquebrantable oposici贸n de Lutero. El tratado de Samarcanda (1531) uni贸 a ocho pr铆ncipes y once ciudades para luchar contra los turcos, pero s贸lo a condici贸n de que el luteranismo tuviera libertad de predicaci贸n. Ese quid pro quo es claro indicio del temperamento de los reformadores intoxicados por el 茅xito de su movimiento que, expandi茅ndose como una inundaci贸n, amenazaba con ahogar a todo el Imperio. Su jefe supremo, el "Agitador del mundo", choc贸 con otros jefes enajen谩ndose su apoyo por los excesos de sus invectivas. Los anabaptistas se mostraron cada vez m谩s alejados; los sajones, bajo la direcci贸n de Carlstadt, insistieron en su propaganda independiente; Zwinglio mantuvo en Suiza opiniones totalmente diferentes. Y lo peor fue que el inflexible Calvino fue, d铆a a d铆a, afirm谩ndose como jefe independiente. V铆ctima de su incontrolable temperamento, Lutero, apasionado y hostil, sigui贸 disputando con reformadores por toas pares, al extremo que la lucha pareci贸 empe帽ada m谩s bien con enemigos dentro de las propias murallas que contra la lejana Roma. En esos d铆as, Alemania era como un gran bombardero cuyo piloto hubiera perdido el dominio de la m谩quina as铆 como el sentido de la direcci贸n. Cuando se reuni贸, en 1542 el Concilio de Trento, el ex monje Lutero, enfurecido como siempre, se neg贸 a asistir; con el andar del tiempo el rebelde se hac铆a m谩s insensato y a la vez m谩s escurridizo y evasivo, satisfecho, al parecer, con su teor铆a de "s贸lo la fe". "Abrah谩n -declar贸- tuvo fe; por lo tanto Abrah谩n fue un buen cristiano". A tan torpes y superficiales afirmaciones llev贸 su nueva teolog铆a al jactancioso reformador m谩s grosero que nunca, estigmatizando al Papado como una de las invenciones del demonio. Sus 煤ltimos d铆as fueron miserables e infelices; las antiguas tentaciones asaltaron su alma no menos que el desgarrador desencanto ante el estado de cosas en su patria como en el exterior. En 1546 muri贸, despu茅s de un ataque de apoplej铆a, dejando un grupo de j贸venes fan谩ticos que trataron de repetir sus errores originales as铆 como siguieron propagando las semillas del odio y de la discordia. Nadie puede dudar de que la Iglesia hab铆a sufrido un rud铆simo golpe: hab铆a sido herida la fe, quebrado la unidad, corrompida la cultura y la vida social, y ser铆an necesario siglos para que la sociedad se recuperara de tantos y tan graves males.
Retrocedamos algunos a帽os para contemplar la escena de Roma. Cuando el Papa Adriano VI (1552-1523) sucedi贸 a Le贸n X, Ignacio predicaba en Manresa, y Lutero gozaba de su seguridad en Wartburgo. Hombre de profundo saber y de vida devota, el nuevo Papa quiso reformar su corte, pero fue incapaz de hacer cambiar de actitud a Alemania respecto de Roma. La Iglesia, providencialmente, se vio reforzada con el surgimiento de nuevas congregaciones: los teatinos, los capuchinos, los barnabitas y los oratorianos. Fue fundador de la primera congregaci贸n, Juan Pablo Caraffa (luego Papa con el nombre de Paulo VI), que descubri贸 a Ignacio y a su peque帽o grupo en Venecia. Hab铆an estado primero en Roma, y el Papa, despu茅s de o铆rlos discutir con los doctores, les dio la bendici贸n y les prest贸 ayuda para su viaje a Jerusal茅n. Mientras esperaba la oportunidad de embarcarse en Venecia, Caraffa, consciente de la necesidad y del aprieto en que la Iglesia se encontraba, les aconsej贸 retornar a Roma, donde su santo celo podr铆a ser mejor empleado en combatir a los protestantes que en convertir a paganos. De vuelta en Roma, con el nombre de Jes煤s en su estandarte, el Papa acept贸 muy de buena gana sus servicios: Ignacio propondr铆a los "Ejercicios espirituales", y Fabro y L谩inez dar铆an conferencias teol贸gicas. El 10 de mayo de 1538, cuando Lutero y sus llamados reformadores se hallaban empe帽ados en lo m谩s recio de su campa帽a, diez miembros de la llamada Compa帽铆a de Jes煤s se reunieron n Roma, comprometi茅ndose a enfrentar, combatir y rechazar las fuerzas de la herej铆a. Sin descanso, diariamente predicaron y ense帽aron por toda la ciudad, con gran sorpresa del pueblo que se divert铆a mucho al ver subir a los p煤lpitos a hombres sin trajes mon谩sticos. "Cre铆amos que s贸lo los monjes ten铆an derecho a predicar", repet铆an las gentes. En poco tiempo aquellos sacerdotes "en traje com煤n", ganaron al confianza del pueblo romano, y prometieron seriamente realizar grandes cosas en beneficio de la Iglesia. Armados y bien equipados en todo sentido se convirtieron en redactores de panfletos, confesores, predicadores, misioneros: una milicia de la Santa Sede cuyo prop贸sito principal fue la restauraci贸n de la autoridad de la Iglesia. Al principio de su carrera los miembros de la Compa帽铆a de Jes煤s estuvieron a un paso de la tragedia, cuando apareci贸 en Roma un agustino para expandir la simiente del luteranismo. La nueva orden lo atac贸, refut贸 sus teor铆as y se gan贸 la ira de sus amigos. Se pueden adivinar los sentimientos de la peque帽a Compa帽铆a al verse v铆ctima de la calumnia. Se intent贸 una vez expulsarlos de Roma; pero Ignacio insisti贸, decidi贸 apelar a todos los medios. Obtuvo del Papa Pablo III autorizaci贸n para continuar en sus actividades hasta que la Compa帽铆a quedara limpia de toda sospecha. "Despu茅s de haber sido justificados -dijo Pedro Fabro- nos pusimos sin reservas a disposici贸n de Pablo III". La situaci贸n de la Compa帽铆a mejor贸 grandemente, y empez贸 a trabajar con redoblado empe帽o en Italia, Espa帽a y Portugal. Puso toda su fuerza en la educaci贸n de la juventud, y muy pronto se apoder贸 de las universidades de Colonia, Viena, Ingolstadt y Praga. Desde esos centros de estudios empez贸 a trabajar ahincadamente contra el protestantismo que amenazaba a los Estados cat贸licos.
Las sombras de la Reforma empezaban a condenarse sobre Italia, la fuerza de los acontecimientos se hac铆a sentir en la misma Roma. Con todo, triste es recordarlo, el Papa Clemente (1523-1534) "no renunci贸 a sus buenas intenciones de reformar la sociedad, pero propuso su iniciativa". Su sucesor, Pablo III (1534-1549), se enfrent贸 inmediatamente a los problemas del Papado, reuniendo un grupo de hombres capaces que estudiaran las medidas que habr铆an de tomarse. Por capaces que esos hombres fueran, a nada llegaron, pues otros poderosos dentro de la Iglesia, llenos de intransigencia, se negaron a suscribir las reformas propuestas. En 1538 se constituy贸 la Liga Cat贸lica, por consejo del archiduque de Austria. Los obispos y pr铆ncipes cat贸licos aceptaron oponerse, unidos al advenimiento de cualquier peligro com煤n y excluir la herej铆a de Wittenberg de sus dominios. Otra medida adoptada en Roma en 1542, fue la instalaci贸n del Santo Oficio para la Iglesia universal. Los Papas dominaban ahora a la Inquisici贸n, que tuvo que entender con todas las opiniones o manifestaciones con alg煤n tinte de la herej铆a luterana que se trataba de extirpar. La comisi贸n del Santo Oficio, en Venecia, realiz贸 mil quinientos juicios en aquel siglo s贸lo, pero las ejecuciones capitales s贸lo fueron comunes en Roma. No puede negarse que sus procedimientos eran en extremo crueles, y muchos escaparon a los juicios oficiales para ser golpeados o muertos en las calles. El brutal sistema continu贸 aplic谩ndose durante todo el siglo, originando cr铆menes que manchan la historia de la Contrarreforma. Y sin embargo, en aquellos d铆as, algunos de los m谩s grandes santos de la Iglesia iluminaron los oscurecidos cielos espirituales, y mientras Juan de la Cruz y Teresa de 脕vila enriquec铆an a la Iglesia con principios de verdadero misticismo, Shakespeare y Miguel 脕ngel donaban al mundo las obras prodigiosas de sus magnos ingenios.
Evidentemente, ni las iniciativas pol铆ticas ni la Inquisici贸n consiguieron los resultados que se obtuvieron despu茅s del Concilio de Trento. Esta gran asamblea (1545-1563) supo encarar con vigor e inspiraci贸n las disensiones que agitaban al cristianismo. Iniciada en 1545, sancion贸 varios decretos contra los protestantes y en pro de la tradici贸n, insisti贸 sobre la interpretaci贸n autoritativa de las Sagradas Escrituras y aprob贸 la Vulgata como el mejor texto latino de la Biblia. Por ese tiempo, el Papa Pablo III (1534-1549) empez贸 a tener dificultades con Enrique VIII, y sin embargo no concedi贸 al Concilio m谩s tiempo que el que acord贸 a su ambicioso pariente. En 1547, el Concilio pas贸 a Bolo帽a, con disgusto del emperador Carlos V, a quien no agrad贸 verlo funcionar dentro de los Estados papales. En 1551, el Concilio se reinstal贸 en Trento, donde intent贸, aunque sin 茅xito, llegar a alg煤n entendimiento con los protestantes. Uno de los pr铆ncipes her茅ticos, Mauricio de Sajonia, march贸 sobre el Tirol, se apoder贸 de los obispos y cardenales reunidos, pero el Concilio se disolvi贸 en 1552, despu茅s de haber sancionado sus decretos sobre los sacramentos. Se volvi贸 a reunir en 1562 bajo P铆o IV y se pronunci贸 definitivamente sobre los tres puntos m谩s atacados por los protestantes: la Misa, las Sagradas Ordenes y el Matrimonio. Sobre la indulgencia se estableci贸 que en adelante tan s贸lo los obispos podr铆an concederlas o sancionarlas; y el perdonador con sus sacos de documentos de Roma fue definitivamente suprimido. El Concilio termin贸 en 1563, y el Papa P铆o V (1559-1565), que cerr贸 sus sesiones, se dispuso a cumplir con las reformas de Trento. Decret贸 su famoso Creador, public贸 un 脥ndice corregido de libros prohibidos y, al mismo tiempo, decidi贸 que los protegidos de su predecesor, Pablo IV, fueran separados de las proficuas posiciones de dignidad, civil y eclesi谩stica, que usufructuaban en Roma.
La Reforma penetr贸 en Inglaterra en las alforjas de los humanistas. Se propag贸 bajo la protecci贸n de Oxford y de Cambridge antes de que la ola de la rebeli贸n llegara a las orillas de las isla. Verdad es que exist铆an en Inglaterra brillantes sabios como Tom谩s Moro, Juan Colet y Juan Frith, parecieron influidos por las doctrinas de Walterio Lollard (1260-1322). "Si Dios me conserva la vida -dec铆a Tyndale a un sacerdote- procrear茅 un hijo que hundir谩 el arado y conocer谩 m谩s de las Escrituras de lo que vosotros sab茅is". El mismo petulante sabio vivi贸 luego en Amberes en un ambiente de reformistas, en compa帽铆a de j贸venes estudiantes ingleses, dispuestos a sembrar las ense帽anzas de Lutero en su isla natal. Bien pronto consiguieron su prop贸sito ayudados nada menos que por el rey en persona, Enrique VIII, que hab铆a sido antes uno de los m谩s dispuestos defensores de la antigua fe. Enrique estaba casado con Catalina de Arag贸n, de la que hab铆a tenido varios hijos y de los que vivi贸 tan s贸lo Mar铆a Tudor. Enamorando locamente de Ana Bolena, decidi贸 librarse de su esposa legal, y al no obtener su divorcio, emple贸 m茅todos sin conciencia para quebrantar la autoridad del Papa y del clero cat贸lico en Inglaterra. Un numeroso grupo de excelentes ciudadanos se opuso al pretendido divorcio del rey; contra ellos se levantaron algunos nobles ingleses amigos de Ana Bolena, celosos del poder del cardenal Wolsey, hijo de un carnicero de Ipswich. Desgraciadamente, este prelado fue un intrigante inescrupuloso que olvid贸 sus deberes hacia Dios con tal de servir la voluntad del Rey. Un atemorizado parlamento prohibi贸 la entrada de las bulas papales en Inglaterra y autoriz贸 a Enrique a suprimir todos los beneficios del Papado. As铆 empez贸 un per铆odo de enconada lucha entre la Iglesia y el Estado durante le cual el suelo de Inglaterra fue saturado con la sangre delos m谩rtires. Dos grandes santos, Sir Tom谩s Moro y el obispo Fisher, canonizados en nuestros d铆as, tuvieron la valent铆a de oponerse a los designios de Enrique VIII. Vieron con qu茅 falta, casi total, de sabidur铆a era gobernado el mundo, y comprendieron el peligro de que el poder temporal dominara a lo espiritual. Poco import贸 al Rey de Moro -"la inteligencia m谩s moderna y original de su tiempo" - y de Fisher, el santo obispo de Rochester, canciller de la universidad de Cambridge. Deb铆an ser suprimidos, as铆 como los intr茅pidos cartujos que se opon铆an a los prop贸sitos de la voluntad real. De este modo, la Reforma dio sus primeros y sangrientos pasos en los dominios de Enrique. No fue el pueblo ingl茅s el que decidi贸 ponerse del lado de Lutero y de sus obras. Fue su incestuoso rey y sus cortesanos, codiciosos de poder y de riquezas, quienes desviaron al pueblo ingl茅s de su tradicional religi贸n. Tres cartujos fueron muertos con b谩rbara crueldad acusados de traici贸n, crey茅ndose que ese acto sumario intimidar铆a al pueblo. Luego fue detenido Juan Fisher y encerrado en la Torre de Londres. El notable canciller de Cambridge, que se encontr贸 solo entre los obispos ingleses, favoreci贸 la supremac铆a real, pero tan s贸lo "en cuanto la ley divina lo permite". El Papa hab铆a anunciado su nombre para cardenal, pero Enrique fijo: "Enviar茅 su cabeza a Roma para que se le ponga el capelo". Un agente del Rey le intim贸 completa sumisi贸n, a lo que el obispo se rehus贸; y lleno de calma, m谩s bien con buena voluntad, se encamin贸 a la horca. La siguiente v铆ctima fue Sir Tom谩s Moro, el leal canciller de Enrique. No existi贸 en aquellos d铆as ingl茅s m谩s perfecto que el gran sabio y abogado cat贸lico que no transigi贸 con la conducta ilegal del Rey. Tambi茅n 茅l se encamin贸 al cadalso con un gesto de desprecio en sus labios y con una protesta de verdadera lealtad hacia su Dios y hacia su Rey. Enrique, habiendo cortado toda relaci贸n con el Papa y habi茅ndose librado de los m谩s eminentes hombres del reino, procedi贸 a la expulsi贸n del pa铆s de todas las 贸rdenes religiosas. Los monjes grises, hijos de San Francisco, y los monjes negros, hijos de Santo Domingo, debieron salir de Inglaterra. Todos los monasterios fueron asaltados, robados y destruidos. Todos los que no se somet铆an fueron cruelmente perseguidos, privados de sus bienes, condenados al pat铆bulo. El odio ciego de Enrique no termin贸 con ello; afrent贸 a toda Europa condenando al fuego las reliquias de Santo Tom谩s de Canterbury; orden贸 la destrucci贸n de estatuas, altares, templetes y otros objetos sagrados dignos de veneraci贸n; y con la furia de un loco provoc贸 los mayores estragos por todos sus dominios.
Contemplamos el espect谩culo de la segunda mitad del siglo. El antiguo mundo, como lo vimos en el pasado, ya no exist铆a. La Reforma, movimiento de origen germ谩nico, se hab铆a transformador r谩pidamente en un movimiento europeo, y la naci贸n se hab铆a convertido en una naci贸n religiosa. Hab铆a desaparecido el Sacro Imperio Romano, que se apoy贸 en el Papa y en el Emperador, cuya raison d'etre1 era sostener y defender la Iglesia, no pudo hallar destino en medio de tanta divisi贸n religiosa. Tan s贸lo en Espa帽a, donde la Iglesia y el Estado se mantuvieron perfectamente unidos, pudo Felipe II ejercer poder universal. En Inglaterra, Mar铆a Tudor trat贸 de convertir al catolicismo a su pa铆s; su sucesora, Isabel en cambio, lo hizo otra vez protestante. Las ciudades de Suiza siguieron a Zwinglio, la campa帽a sigui贸 siendo cat贸lica, pero las ciudades cayeron en manos de las autoridades civiles. Gran parte de Francia lo mismo que de Escocia se sometieron a Calvino "el m谩s audaz d茅spota religioso que haya sufrido Europa desde la aurora del cristianismo". El visionario organizador no trat贸 de establecer una nueva Iglesia, sino de crear un nuevo mundo. En verdad, parec铆a como "si en un poderoso torbellino de guerra y de rebeli贸n el cristianismo mismo fuera a desaparecer". Y hubo que reprochar esta tragedia, fundamentalmente, a los llamados reformadores.
Tal era la situaci贸n general de Europa: brutal, sangrienta, violenta, en esa terrible edad de persecuci贸n. El n煤mero general de v铆ctimas en las guerras de religi贸n excede en mucho al n煤mero de m谩rtires de los siglos tercero y cuarto. "DE los cristianos comunes en conjunto -dice Erasmo- has de pensar que nunca hubo hombres m谩s corrompidos, ni aun entre los paganos, en sus nociones de moral". Juicio pat茅tico, en verdad, de cu谩n bajo hab铆a ca铆do el viejo Imperio; de cu谩n poco hab铆a realizado Lutero por la causa del cristianismo. La llamada Reforma hay que admitirlo, llev贸 a cabo dos grandes males: seculariz贸 la vida y cay贸 en manos del codicioso Estado. A tales resultados, el amor de cambio y el recelo hacia la autoridad condujeron los supuestos reformadores religiosos a sus "iglesias" que se hab铆an convertido en establecimientos nacionales sometidos al gobierno civil. Desde aquel momento, el Estado se har铆a d铆a a d铆a m谩s poderoso y m谩s tir谩nico al extremo de que la terrible imagen de Macchiavello se convirti贸 en efectiva realidad. Hasta hoy los Estados en su orgullo de poder, han ocasionado m谩s largas guerras y m谩s terribles opresiones que los antiguos conflictos religiosos. El derecho del hombre y la ley natural no tiene cabida en el nuevo sistema pol铆tico de las cosas. En su anhelo universal de poder actualmente "todo debe estar dentro del Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado". En cuanto a la Iglesia Cat贸lica, 驴por qu茅 ha de someter sus t铆tulos y derechos a la autoridad civil?... NO puede ser y no ha de ser as铆... 隆No! Resistir谩 con encarnizamiento a tal usurpada autoridad, lo resiste cuando esa absurda pretensi贸n se manifiesta bajo la horrible forma del "derecho divino de los reyes".
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