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R. P. José A. Dunney, San Columbano
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San Columbano. Vagabundo de los cielos

San Columbano y el siglo séptimo

Esperanza en la oscuridad

Nunca pareci√≥ la Edad Media m√°s sumida en las tinieblas que durante este siglo. Italia yac√≠a a√ļn bajo el yugo lombardo, Suabia era una oscura tierra interior, las regiones de los francos y de los visigodos se agitaban en espantosos cr√≠menes, mientras Gran Breta√Īa era todav√≠a, en su mayor parte, un pa√≠s semib√°rbaro. ¬°Qu√© terrible cuadro ofrece el Occidente: herido por la guerra y dividido por la herej√≠a; las v√≠as romanas destruidas, arrasados los antiguos castillos, las tierras convulsionadas; agradables r√≠os, gloriosas monta√Īas, alternando con marismas y ci√©nagas inhabitables; francos, visigodos, borgo√Īes y lombardos semisalvajes; campesinos semidesnudos, bergantes reales, cl√©rigos mundanos y, por sus partes, profunda ignorancia! En Oriente, en medio del desorden moral, luchaban con encarnizamiento credos rivales, y parec√≠a como si la Iglesia fuera a entrar en un eclipse total. El jard√≠n del √Āfrica del Norte, ya pisoteado por los b√°rbaros, ard√≠a bajo la ferocidad de los musulmanes cuyo yugo cruel agostaba la vida de aquella regi√≥n. No hay por qu√© sorprenderse, por lo tanto, si aquella edad de tan sangriento drama pol√≠tico se nos presenta est√©ril de todo pensamiento teol√≥gico y carente de todo saber secular. Con la disoluci√≥n del lenguaje, contados fueron los escritores de nota, porque la gram√°tica y el pensamiento se hab√≠an hecho tan toscos y tan b√°rbaros como las mismas gentes. Sin embargo, la hora m√°s oscura es a menudo la m√°s cercana al alba, y se percibieron rayos de esperanza en medio de la tenebrosa desesperaci√≥n. Toda la inmensa labor de la Iglesia en los campos del mundo no pudo ser en vano, aunque la ciza√Īa amenazaba ahogar al trigo tierno que luchaba por surgir. Las naciones b√°rbaras, firmemente arraigadas, originar√°n muchas terribles espinas en los a√Īos venideros, sin impedir en lo m√°s m√≠nimo que la Iglesia contin√ļe en su obra de arar, sembrar y regar.

Mientras la oscuridad se diluye lentamente en la aurora, puede verse a un leal y robusto abad empe√Īado en medio de la lucha por la causa de Dios. Fue aquel misionero que tanto viaj√≥, aquel gigante humano que pas√≥ la mayor parte de su vida en el siglo sexto, aunque la m√°s fecunda parte de su labor se desarroll√≥ en el siglo s√©ptimo. Hubo, es indiscutible, otros grandes trabajadores en otros campos; ninguno, sin embargo, se acerc√≥ a su altura, ni ning√ļn otro caus√≥ tan tremenda impresi√≥n sobre su √©poca. San Isidoro de Sevilla (560-636) descuella n√≠tidamente como sabio erudito; San Kiliano (686) fue grande como asceta; San Wilfredo (684-709), arzobispo de Canterbury, sobresali√≥ por su habilidad administrativa. Sin embargo, Columbano fue misionero incomparable, el mayor poeta de su edad as√≠ como el sabio m√°s respetado de los tiempos merovingios. Su fe en la Iglesia de Dios fue indestructible; su vehemente celo s√≥lo pod√≠a compararse con su energ√≠a sin l√≠mites. En esto fue una celta entre los celtas, apasionado, obstinado, porfiado en la disciplina, gobernante imperioso, no puede ser negado. Como todos los seres humanos tuvo sus defectos, porque este tenaz promotor se manifest√≥ tan impetuoso como imp√°vido, tan apasionado como vigoroso y a m√°s de todo eso "santo, muy casto, muy abnegado, hombre con m√°s dulces prop√≥sitos, con m√°s tierno coraz√≥n que Columbano nunca hab√≠a nacido en la Isla de los Santos". Nadie negar√° que ese abad irland√©s fue ciertamente una ardiente antorcha que irradi√≥ fe y esperanza a trav√©s de toda Europa. Los monasterios que fund√≥ se convirtieron en faros en aquel turbulento mar de lucha; los monjes que lo llamaron padre fueron los m√°s experimentados misioneros de su √©poca. Y la Regla que Columbano estableci√≥, Regla de hierro, prevaleci√≥ por mas de cincuenta a√Īos en las casas c√©lticas de Europa, y en cierto momento pareci√≥ rivalizar, si no sobrepasar, la Regla de San Benito.

Odisea irlandesa

Columbano, nacido en Leinster el a√Īo 543, fue un verdadero hijo del renacimiento irland√©s, esa gran fuente de piedad y saber que dur√≥ m√°s de trescientos a√Īos. Joven talentoso, hermosos, de gran estatura, no conoci√≥ paz en sus d√≠as de colegio a causa de las provocaciones de doncellas disolutas que constantemente trataban de atraerle con dulces seducciones. Las palabras de la Santa Escritura le sostuvieron: "Alejan tu faz de la mujer engalanada y no fijes tu mirada sobre la belleza de otra, porque muchos han perecido por la belleza de una mujer, porque la concupiscencia se enciende como el fuego". Columbano vio que tan s√≥lo quedaba un camino seguro y agradable a Dios: no deb√≠a dar el poder de su alma a ninguna mujer. Que aquellas tentadoras le dirigieran sus seductoras miradas cuantas veces quisieran, porque para √©l era mejor tener la mentalidad de un monje que la de un esclavo del pecado. Un d√≠a present√≥ su problema a una ermita√Īa que le dijo sin rodeos que abandonara el campo de la lucha. "Durante quince a√Īos no he tenido hogar en la v√≠a de mi peregrinaci√≥n m√°s verdadera, cruzando el mar. ¬ŅY t√ļ, animado con el fuego de la juventud, permanecer√°s aqu√≠ en tu tierra nativa con afeminados y con mujeres? ¬°Recuerda a Eva, a Dalila y a Betsab√© y a las tentadoras de Salom√≥n! ¬°Ve, joven, anda adelante y evita el camino que lleva a la ruina y al infierno!" Fue suficiente para aquel joven de diecisiete a√Īos. Columbano comunic√≥ su decisi√≥n a sus padres, que hicieron los mayores esfuerzos por desviar a su hijo de su determinaci√≥n. Se produjo una escena muy dram√°tica cuando su angustiada madre se arroj√≥ sobre el umbral de la casa para impedir la partida del hijo. Pedro el decidido joven, de ning√ļn modo desanimado, salt√≥ sobre el cuerpo de la madre, y, por doloroso que ello le resultara, abandon√≥ para siempre su hogar y a sus amadores padres.

Atravesando cenegales y r√≠os, Columbano se dirigi√≥ hacia el Oeste hasta que lleg√≥ a Lough Erne, sitio de la famosa escuela Cluain-Inis. All√≠ fue su maestro el gran Sinnel, ermita√Īo renombrado en toda Irlanda por su saber en las ciencias sagradas y profanas. El vigoroso joven result√≥ un alumno tan brillante, para alegr√≠a de su anciano maestro, que no s√≥lo compuso versos en el estilo de Horacio y Virgilio, sino que tambi√©n escribi√≥ un Comentario sobre los Salmos. Dos a√Īos m√°s tarde, Columbano cruz√≥ penosamente la mitad de la isla para encaminarse a County Down, con objeto de sentarse a los pies de otro famoso maestro, Comgall. Este ferviente disc√≠pulo de San Kieran hab√≠a fundado su propia escuela en Bangor, famosa morada de santos y sabios, ampliamente conocida. Fue √©l quien inculc√≥ a Columbano la disciplina mon√°stica, y m√°s tarde visit√≥ al aspirante con el h√°bito de monje. El lema del joven novicio: "No lo que yo quiero, sino lo que T√ļ quieres", le impon√≠a r√≠gida obediencia a su abad. Cumpli√≥ estrictamente con la vida del claustro. La comunidad se levantaba a medianoche para orar, luego otra vez al alba, y despu√©s de cumplir las tareas del d√≠a, se retiraba a la puesta del sol. Siete veces oraban p√ļblicamente seg√ļn el ejemplo de David que dijo: "¬°Siete veces por d√≠a te alabo, oh, Dios!" Hab√≠a ayuno siempre hasta la tarde en que los monjes participaban de una frugal comida; la Regla consideraba el ayuno tan importante como el estudio, el trabajo y la oraci√≥n. "Quien quisiera hollar el mundo -aconsejaba el abad- debe hollarse a s√≠ mismo. Pensad no lo que sois, sino lo que ser√©is. No est√©is seguros delas cosas que parecen e inseguros de las mejores cosas que perdurar√°n". Columbano sigui√≥ rigurosamente dichos consejos, perfeccion√°ndose en saber y piedad, hasta que un d√≠a, inspirado por la visi√≥n de una empresa misionera, rog√≥ a Comgall que lo enviara a tierras extra√Īas donde pudiera dedicarse a la causa de Cristo. El anciano maestro accedi√≥ a su pedido con una bendici√≥n, y Columbano se dispuso a enfrentar el caos tr√°gico del mundo b√°rbaro.

En campos lejanos

En el a√Īo 589, el monje, ya en edad madura, emprendi√≥ la marcha hacia su gran empresa misionera. El peque√Īo grupo de doce monjes se embarc√≥ en el mar irland√©s y alcanz√≥ la costa de Gran Breta√Īa, navegando sin duda bajo la protecci√≥n del gran marinero San Brendano. No se ha puesto en claro por qu√© fue tan breve su estada en la isla, pero muy pronto los bravos viajeros, arrostrando las traidoras aguas del mar y del canal, zarparon hacia la costa bretona. No bien desembarcados en aquel desconocido pa√≠s empezaron a predicar la palabra de Dios a gentes hambrientas del pan de vida. Y mientras cumpl√≠an su tarea entre peligros y azares, debieron reflexionar m√°s de una vez sobre la advertencia de lo que pod√≠a esperarles despu√©s de dejar la santa Irlanda. Recordemos lo que era la tierra de los francos en aquellos d√≠as. Tan s√≥lo diez a√Īos despu√©s de la muerte de Patricio (492), Clodoveo, el feroz guerrero, se convirti√≥ al cristianismo; con el andar del tiempo, sus cuatro hijos (mer-wigs todos ellos, es decir, grandes guerreros) dieron repetidas pruebas de esp√≠ritu combativo. Como animales de presa se lanzaban ala acci√≥n, y atacaron a Segismundo, rey de Borgo√Īa, y el a√Īo 523 lo asesinaron cruelmente junto con toda su familia. Luego conquistaron toda la Borgo√Īa (524), m√°s tarde la Baviera (535) y, por √ļltimo, la Provenza (536). El reino franco qued√≥, en el siglo s√©ptimo, dividido en tres partes: Austrasia, Neustria y Borgo√Īa, cada una de ellas con sus peque√Īos reyes merovingios y sus propios alcaldes de palacio. Aquellos cuatro hermanos provocaron en el reino enorme confusi√≥n, acrecentada a√ļn por su personal avaricia, sus ansias de poder y de mujeres y por sus enconadas rivalidades. En los Estados que ellos gobernaban nada estaba seguro, cosas ni personas; los asesinatos, conspiraciones, intrigas, venganzas, traiciones, estaban a la orden del d√≠a. El campo de actividad de Columbano fue, pues, una terrible arena bajo la sombra de un poder atroz que se extend√≠a desde el Canal al Gran Mar, desde el Rin al Oc√©ano. A decir verdad, los monjes irlandeses encontraron a los francos occidentales perfectamente unidos, pero exist√≠an entre ellos interminables querellas y aguda divisi√≥n con las dos ramas del este; los francos neustrianos, sobre el litoral del Canal, conservaban sus costumbres romanas, mientras que los francos austrasianos, a lo largo de las orillas del Rin, se aferraban a su c√≥digo salvaje. Mucho peor que la actividad belicosa de esos semib√°rbaros, fueron los bajos ideales de su relajado clero, lo que explica la ausencia de normas cristianas entre los reyes francos y sus cortesanos, as√≠ tambi√©n como entre las masas.

Al llegar a Borgo√Īa fueron recibidos por el rey Guntran, que les urgi√≥ a permanecer en el reino u predicar el evangelio. Aceptada la invitaci√≥n, Columbano encontr√≥ una fortaleza romana medio en ruinas que le pareci√≥ apropiada para sus menesteres religiosos, encajada en un regi√≥n salvaje y monta√Īosa de los Vosgos. Su primer medida fue asegurar un refugio, de manera que, a su orden, sus monjes se dieron a la tarea de edificar un monasterio : Annegray. Como se comprender√°, la obra avanz√≥ con lentitud, pues experimentaron muchos inconvenientes y retrasos en los primeros d√≠as. Aunque el rey le hab√≠a ofrecido protecci√≥n, como correspond√≠a, estuvieron a punto de perecer de hambre, aliment√°ndose con moras, hiervas silvestres y cortezas de lo √°rboles. Bestias salvajes rondaban por el lugar, sufr√≠an asaltos de bandoleros, pero sab√≠an enfrentar todos los peligros y mantenerse unidos. No gozaban de un momento de pausa, de tregua, de descanso, y el abad, firme, tesonero, intr√©pido, daba a los dem√°s la pauta con honda sabidur√≠a. Y para ellos como para cada uno en particular su Regla les result√≥ providencial : "Nunca te rebeles en tu coraz√≥n; nunca digas lo que quisieras; no vayas a ninguna parte por tu cuenta". ¬°oh, s√≠!, la lecci√≥n la hab√≠an aprendido bien en Bangor, y fue una lecci√≥n que los sostuvo en muchos terribles aprietos. Una vez firmemente establecidos en Annegray, se sostuvieron con la m√°s simple alimentaci√≥n : pan duro, verduras y harina mezclada con agua; beb√≠an tan solo cerveza de hierbas, se cubr√≠an con los m√°s toscos h√°bitos y se calzaban con pieles de lobos que cazaban. Un buen d√≠a, Columbano encontr√≥ un lagunajo, otro d√≠a, uno mayor, y desde entonces sus monjes tuvieron pescados en abundancia, porque el abad sabia indicarles infaliblemente d√≥nde pod√≠an pescar los mejores. As√≠ llevaron una existencia de duro sacrificio aunque vivieron en perfecta unidad, formando, en realidad, una familia feliz en la que el bienestar de cada uno era la preocupaci√≥n de todos.

Sal de la tierra

La presencia de aquel excelente abad y su peque√Īa comunidad no pod√≠a dejar de inspirar respeto por todos los alrededores. Las puertas de su monasterio estaban siempre abiertas a los necesitados, y los campesinos andariegos empezaron a entrar en relaci√≥n con aquellos monjes para maravillarse simplemente ante las proezas f√≠sicas y la fuerza espiritual de aquella comunidad religiosa. Como pod√≠a esperarse, acudieron a Annegray gente enferma del alma y del cuerpo; los pobres encontraron en los monjes sus mejores amigos; los cansados del mundo, ganados por la humildad, la dureza y la mutua caridad, trataron de ingresar en el monasterio donde, con jubilo, se sometieron a la dura Regla de hierro. No s√≥lo se convirtieron en sus amigos los r√ļsticos de la vecindad, sino que aun los nobles galorromanos que acud√≠an en son de escarnio, permanec√≠an para rezar. Cuanto m√°s frecuentaban a los monjes irlandeses m√°s los admiraban, y la fama de Annegray-en-el-desierto se expandi√≥ por todas partes. Amante apasionado de la soledad, la afluencia constante de numerosas personas oblig√≥ a Columbano a buscar un retiro personal en una cueva a varios kil√≥metros de distancia. Pero consigui√≥ mantenerse en contacto con la comunidad gracias a un mensajero cuyos informes no pudieron ser m√°s que n√ļmeros, n√ļmeros y n√ļmeros. Muy pronto vieron que se hac√≠a necesario limpiar, cavar y empedrar las vi√Īas, tan imperiosa era ya la necesidad de otro monasterio. En el a√Īo 590 pusieron manos a la obra en un nuevo sitio, en un lugar salvaje rodeado de pinos, a ocho millas de distancia, y utilizaron como cimientos de piedra las ruinas de Luxovio (Luxeuil) , viejo castillo galorromano. Fuentes termales, im√°genes de piedra, ci√©nagas rituales que databan de los antiguos tiempos paganos daban al distrito desolado aspecto. B√ļhos, lobos y osos frecuentaban las viejas ruinas, llenas de vida salvaje, haciendo al lugar aun m√°s misterioso. No obstante esos peligros, los monjes irlandeses pronto convirtieron el triste lugar en verde oasis con "fuentes de agua viva" adonde las multitudes acudieron en busca de confrontaci√≥n y direcci√≥n. El Rey, con sus nobles, acostumbraban a visitar al anciano abad en Luxeuil, y Agust√≠n, con sus monjes negros de Roma, en su camino hacia los anglos de Gran Breta√Īa, se detuvo en el monasterio. A tal extremo llegaron la animaci√≥n y el bullicio que se cre√≥ alrededor del lugar, que por segunda vez Columbano se vio obligado a huir de las alborotadora multitud : ¬°silencio era alabanza de Dios y su propia fuente de energ√≠a! Sobre el lado de la monta√Īa encontr√≥ una cueva, y un pozo cercano le provey√≥ de agua; pero lo mejor fue que desde aquella altura pod√≠a ver a lo lejos su amado monasterio.

Tuvieron as√≠ los irlandeses dos florecientes comunidades, Annegray y Luxeuil, donde coro tras coro, relev√°ndose cada hora, daban gozosas gracias a Dios. Hacia este tiempo, el abad escribi√≥ su propia Regla para los monjes que corporizaban las costumbres de Bangor, e inspirada en la tradici√≥n asc√©tica de San Patricio. Y fueron tantos los nuevos adeptos que abrazaron su Regla, que aquellas dos instituciones se convirtieron en el milagro de aquellos d√≠as, imponi√©ndose a la admiraci√≥n de las gentes con la gloria que le era propia : Annegray, asilo de caridad; Luxeuil, la fortaleza m√°s importante de la fe de todas las Galias. Aun m√°s, Columbano abri√≥ nuevas escuelas seg√ļn el modelo irland√©s, escuelas que realizaron maravillas con los j√≥venes francos, en un principio tan cerriles e ind√≥mitos. Los grandes talentos del abad como maestro y disciplinario encontraron amplio campo en que ejercerse en aquellas escuelas-claustros. Como educador verdaderamente cristiano, apreciaba m√°s la educaci√≥n que la instrucci√≥n, la disciplina moral por encima de la cultura mental, se esforz√≥ inspiradamente en despertar en aquellos j√≥venes semib√°rbaros el sentido del deber impuesto por Dios. A cualquier falta a la caridad, a la indulgencia o a la urbanidad impuesta, se aplicaba la disciplina correspondiente; a los perezosos, mentirosos u obstinados se les somet√≠a a un ayuno de pan y agua. Si un jovencito era amedrentado o mal aconsejado por otro mayor e inducido a faltar a la Regla, su contestaci√≥n deb√≠a ser : "Sabes que no me est√° permitido hacer eso"; y si el mayor insist√≠a, el muchacho deb√≠a decir : "Har√© como me ordenes". El joven se libraba as√≠ con su acto de desobediencia, pero su instigador era prontamente castigado con tres "ayunos" y tres "silencios" durante las horas de recreo. Con todos esos nuevos m√©todos y recursos consiguieron mejorar a aquellos r√ļsticos francos los monjes irlandeses; las costumbres y los modos de vida de los mismos monjes eran como un gran libro abierto cuyas ense√Īanzas se expandieron por todas las Galias. Era tambi√©n inevitable que sus vigorosos m√©todos provocaran los celos y el encono de los relajados y la hostilidad de los indisciplinados.

En lo m√°s duro de la prueba

Tampoco falto la oposici√≥n clerical. Aunque los obispos se volv√≠an hacia Columbano en demanda de direcci√≥n e inspiraci√≥n, as√≠ como los nobles poderosos confiaban sus hijos a su cuidado, las masa del clero miraba con ce√Īo sus implacables reformas, y √©l mismo escribi√≥ una vez : "El amor de la mortificaci√≥n es muy dif√≠cil hallarlo en estos sitios". La firme adhesi√≥n de sus monjes a la tradici√≥n sentada por San Patricio provoc√≥ renovadas dificultades. Tanto hombres como mujeres tuvieron que ser excluidos de los claustros; las fiesta de la iglesia, especialmente la Pascua Florida, ca√≠an en d√≠as diferentes. En cambio la disciplina mon√°stica irlandesa en su tierra natal hab√≠a producido los m√°s ricos frutos de todo el cristianismo; adem√°s, la fecha de Pascua hab√≠a sido se√Īalada a San Patricio por el Papa en persona. Sin embargo, molestaba los orgullosos francos el ser contrariados en sus usos y costumbres por extranjeros dentro de su reino. Es era una p√≠ldora demasiado amarga para ser tragada por el poder imperante. El a√Īo 602, los obispos se reunieron en concilio para imponer su autoridad sobre las comunidades religiosas y juzgar aquellas reglas de los monjes irlandeses que contrariaban las leyes de la iglesia g√°lica. Temeroso de perder su ecuanimidad y de caer en "disputa de palabra", Columbano no asisti√≥ a aquellas asambleas, pero dirigi√≥ a los obispos una carta como nunca hab√≠an le√≠do otra igual. "En cuanto a la Pascua irlandesa-declar√≥-, yo no soy autor de la divergencia. Llegu√© a estas regiones como pobre extranjero en bien de la causa de Cristo, Nuestro Salvador; y una cosa os pido, muy santos padres, permitidme vivir en silencio en estas selvas, cerca de los huesos de diecisiete de mis hermanos con los que pronto me reunir√©". Cuando los obispos francos persistieron, Columbano apel√≥ ante el Papa Gregorio que por entonces se encontraba enfermo, de manera que no llego su respuesta a Luxeuil. Otra carta fue remitida a Bonifacio IV, poco despu√©s, pero entre tanto el deplorable curso de los acontecimientos cambio los planes del abad y de sus monjes.

Las disputas que Columbano sostuvo con parientes muy envanecidos de sus riquezas y con obispos intransigentes, nada fueron en comparaci√≥n con la guerra que llev√≥ contra la realeza corrompida de entonces. Thierry, el rey franco, aunque el hombre de mala vida, sinti√≥ el m√°s profundo respeto por el abad cuya impetuosidad impon√≠a, y cuya sorprendente fuerza intelectual y moral era evidente. Indiferente a la calidad de las persona, Columbano increp√≥, amonest√≥, amenaz√≥ al indomable rey cuantas veces acudi√≥ a visitar el monasterio de Luxeuil. Y, cosa en verdad sorprendente, todo lo acepto Thierry, porque realmente amaba a su austero cr√≠tico y amigo. Se enfureci√≥ los desaforados francos al enterarse de que Columbano, llamando a juicio a su rey, le hab√≠a obligado a renunciar a sus amantes y aceptar el santo matrimonio como correspond√≠a aun verdadero cristiano. La ira de los jefes nada fue en comparaci√≥n con el furor de la madre de Thierry, Brunilda, que concentro toda su malignidad contra Columbano. Un d√≠a, la anciana reina se present√≥ en el monasterio con dos de los hijos ileg√≠timos de Thierry, exigiendo airadamente del abad que bendijera a ambos. "¬ŅQu√© es lo que dese√°is -pregunt√≥ el abad-. "¬°Son los hijos del Rey!-grit√≥ salvajemente la Reina-; protegedlos con vuestra bendici√≥n". "De ning√ļn modo -replic√≥ imperiosamente el anciano-; pod√©is estar segura de que jam√°s recibir√°n el cetro real". Aquel golpe inferido a apasionado orgullo de Brunilda nunca fue olvidado. El enojo mordi√≥ aquel coraz√≥n viejo y desp√≥tico y ella, sutilmente, trat√≥ de librarse del anciano abad. Bien loco ten√≠a que se el monje que creyera poder imponerse a ella. Si no pod√≠an retornar a trav√©s de los mares a su morada en la isla, que fueran liquidados; pero a esto no se atrevi√≥ la vieja intrigante. La hora de Brunilda lleg√≥ cuando Thierry fue coronado rey de Borgo√Īa; al fin pudo ella azuzar a sus nobles y hasta a los obispos para conseguir que Columbano y todos sus misioneros extranjeros fueran obligados a salir de Luxeuil, donde hab√≠a trabajado de todo coraz√≥n durante veinte a√Īos, soportando toda clase de sacrificios por la gloria de dios y el bienestar del reino franco. Cosas peores ocurrieron cuando aquellos tiranos del cuerpo como del alma recurrieron a acci√≥n armado y arrojaron a Columbano a una c√°rcel de Besanz√≥n. Pero el valeroso prisionero consigui√≥ escapar, retorn√≥ a su monasterio y con algunos monjes irlandeses se embarc√≥ en el Loira hacia Nantes. El desterrado abad escribi√≥ a los monjes que quedaron en Luxeuil: "Vienen a decirme que el barco est√° pronto... Adi√≥s, queridos corazones m√≠os, rogad por m√≠ para que pueda vivir en Dios..." El grupo de desterrados subi√≥ a un peque√Īo barco y zarparon una vez m√°s hacia puertos distantes. ¬°Pero hab√≠a otros campos! Y los monjes estaban llenos de esperanza y valor, seguros de que, pasara lo que pasara, las huestes del infierno nunca prevalecer√≠an contra la Iglesia de Dios. No hab√≠a tiempo pues, para lamentos, reproches o amargos recuerdos, sino tan s√≥lo para agradecer la solidez de los cimientos que se hab√≠an establecido en Luxeuil. Los francos hab√≠an dispuesto enviar a Irlanda a dos monjes negros, pero los cielos hab√≠an resuelto otra cosa; el barco en que iban los monjes expulsados zozobr√≥ al dejar el r√≠o para internarse en alta mar, y los n√°ufragos pudieron, al fin, recalar sobre la costa de Neustria. Por fortuna, las cosas mejoraron en la tierra de los francos orientales, que se mostraron m√°s amistosos. En Soissons, el rey Clotario dio la m√°s c√°lida bienvenida al peque√Īo grupo de religiosos, rog√°ndoles que permanecieran en sus tierras; pero el abad decidi√≥ pasar a la corte del rey austrasiano Teodoberto. Les dispensaron en Metz una gran recepci√≥n, y de all√≠ partieron hacia Mainz, donde el Rin hace su entrada en las peligrosas tierras de los suevos y alamanes. Durante toda aquella azarosa marcha predicaron el Evangelio, realizaron todas las hachones buenas que pudieron en ciudades y montes alpinos hasta llegar a Zurc√≠. En aquella salvaje comarca, fueron grandes los peligros a que se vieron expuestos los monjes, hasta que llegaron a las cercan√≠as del lago Constanza, donde persist√≠an a√ļn algunos restos de cristianismo. All√≠ edific√≥ Columbano una iglesia sobre las ruinas de la abandonada capilla de Santa Aurelia, y all√≠ predic√≥ Galo a los nativos en su propia de Santa Aurelia, y all√≠ predic√≥ Galo a los nativos en su propia lengua. Con todo, no se vieron libres de persecuciones, y es de maravillarse que el abad, con indomable valor, desafiara a los paganos en el mismo acto del sacrificio, derramando por el suelo sus libaciones. El fiero entusiasmo del hombre, as√≠ como sus severas reglas del camino agotaron a m√°s de un monje, de manera que no es sorprendente que Galo se sintiera enfermo justamente cuando decidieron encaminarse a otros campos de actividad, Una crisis se produjo desgraciadamente el d√≠a en que Columbano reproch√≥ al agotado Galo su incapacidad para proseguir la marcha. Por √ļltimo, el abad decidi√≥ abandonar all√≠ al enfermo y encaminarse a Italia, pero antes impuso una terrible penitencia a su m√°s notable misionero: le prohibi√≥ decir misa hasta que √©l, Columbano, abadonara este mundo. As√≠ pues. Galo y un peque√Īo grupo de monjes permanecieron en Austrasia llevando vida de ermita√Īos mientras predicaban el Evangelio en medio de aquel pueblo salvaje. El cuadro tan conocido que presenta el santo teniendo a su lado un oso feroz, dice tan s√≥lo parte de la verdad acerca de aquellos peligrosos d√≠as cuando los bravos misioneros irlandeses se mezclaban con las multitudes paganas, tan terribles como las bestias feroces, y sin ceder nunca en el combate que llevaron contra las supersticiones. Galo, entre muchos otros milagros, cur√≥ a la posesa hija de Cunzo, que estaba prometida a Segisberto. En prueba de gratitud, el rey franco concedi√≥ a los monjes irlandeses una propiedad rural en los alrededores de Albon, que ellos convirtieron en un monasterio destinado a ser el centro m√°s importante de las artes, las letras y las ciencias de toda Suabia.

Cinco a√Īos de siembra

Recordemos brevemente los √ļltimos trabajos de Columbano antes de su muerte. Tan s√≥lo le quedaban cinco a√Īos de vida cuando, al frente de sus pocos compa√Īeros, se encamin√≥ a Italia; cinco a√Īos de constantes viajes, llenos de acci√≥n, destinados pronto a producir grandes cosas. Al llegar a la Lombard√≠a, destrozada por la guerra, el abad, como de costumbre, se dirigi√≥ a cumplir su obra de evangelizaci√≥n entre los campesinos. Unos cuarenta a√Īos antes, bajo el reinado de Albuino, los lombardos hab√≠a devastado toda aquella regi√≥n, pero durante el reinado de Agilulfo, aquellos enemigos arrianos se hab√≠an calmado un tanto. Por salvajes que fueran, declar√≥ Columbano, el Reino de los cielos hab√≠a sido abierto para los lombardos as√≠ como para los francos, es decir, para todos los hombres. Dios le hab√≠a enviado junto con sus monjes a este mundo enfermo para que las almas ayudadas por la gracia pudieran elevarse lentamente hacia la verdadera libertad y encaminarse hacia la vida eterna. En verdad, as√≠ lo hicieron muchos de ellos, hasta algunos jefes lombardos, que poco tiempo antes se hab√≠an comportado como fieras sedientas de sangre que se pasean dentro de una jaula. Fue un gran d√≠a cuando Columbano convirti√≥ a Agilulfo y recibi√≥ de √©l una vieja iglesia arruinada, en Eborio, distrito completamente devastado. En medio de ladrillos y sermones, mientras levantaba su nuevo monasterio, a la vez que cumpl√≠a su agotadora obra misionera entre los lombardos, el infatigable abad irland√©s hall√≥ tiempo para escribir un tratado Contra los arrianos. La iglesia en el norte de Italia estaba dividida por disensiones sobre los Tres cap√≠tulos, escritos, se ha dicho, a favor del nestorianismo El Papa Gregorio toler√≥ a los defensores de la obra; no as√≠ Columbano que siempre se mostr√≥ adversario implacable de los her√©ticos. El abad de Eborio (Bobbio) escribi√≥ una sorprendente carta al Santo Padre. "Nosotros, irlandeses -dijo en ella-, aunque viviendo en el fin de m√°s remoto de la tierra, somos todos disc√≠pulos de San Pedro y San Pablo. Nunca se vio entre vosotros los sucesores de los Ap√≥stoles. Estamos ligados a la silla de Pedro, y aunque Roma es grande y renombrada, entre nosotros es consideraba grande e ilustre tan s√≥lo en raz√≥n de esa misma silla..." M√°s tarde, el anciano abad baj√≥ todav√≠a de los Apeninos para llegar hasta Roma, donde fue gratamente recibido por Gregorio, que lo obsequi√≥ con muchas reliquias.

Una vez de vuelta en Bobbio, hall√≥ mucho que hacer todav√≠a, tanto en los claustros como en la campa√Īa, entre los semipaganos del distrito. Peque√Īos grupos salieron para combatir e fraude del "Maligno" y extirpar arraigados vicios de ignorancia y superstici√≥n. Aquellos monjes animados por el esp√≠ritu de San Patricio trabajaron diariamente en los desiertos lombardos, fortificando a extra√Īas gentes con el roc√≠o de la virtud, en tanto que su genio, atractivo temperamento, simplicidad infantil, ganaban los corazones de sus oyentes. Fe y amor de Dios dieron pasos gigantes, en tanto que la Iglesia escuchaba m√°s profundas ra√≠ces en las vidas cotidianas de una tribu considerada en otro tiempo como las m√°s terrible de todos los b√°rbaros. Queda uno cavilando si Columbano, entre los lombardos, revivi√≥ sus pasados d√≠as entre los francos. ¬ŅO tuvo conciencia de lo que hab√≠a acontecido entre tanto? Conocemos lo que el anciano abad, en el destierro escribi√≥ desde Tours al rey Thierry, anunci√°ndole que dentro de tres a√Īos √©l y sus hijos perecer√≠an, terrible profec√≠a que realmente se cumpli√≥. Pero mucho m√°s horrible fue el fin de la madre del Rey, Brunilda. Recogi√≥ la tempestad de los malos vientos que desat√≥; la perversa mujer, responsable directa de tantos cr√≠menes, recibi√≥ la recompensa de sus malas acciones. Los nobles borgo√Īeses y austrasianos, que en tiempo de peligro se alejaron del d√©spota, procedieron ahora a traicionarla. Perseguida como una tigre, Brunilda fue capturaba, llevada en cadenas a Reneve y condenada a muerte. Durante tres largos a√Īos la anciana reina soport√≥ la tortura, luego la colocaron sobre un camello y la exhibieron a las obscenas chanzas de los campesinos; despu√©s de lo cual pusieron fin a su larga agon√≠a atando a la pobre y deshecha criatura a un caballo salvaje que la arrastr√≥ hasta la muerte. Los mutilados restos, considerados no santos, corrompidos e indignos de sepultura cristiana, fueron quemados en el campo. As√≠ termin√≥ la agitada vida de aquella extra√Īa mujer que en sus buenos d√≠as dio muchas limosnas, rescat√≥ prisioneros y hasta alent√≥ a la religi√≥n, sin embargo, durante los cuarenta a√Īos que gobern√≥ nunca ces√≥ de intrigar, perseguir, envenenar y asesinar sin piedad a sus enemigos.

Últimos días del abad

S√≠, en el drama de la austera y siempre amenazada existencia de Columbano se produjeron escenas sorprendentes y misteriosas. Persecuciones crueles, gritos de odio, convulsiones mon√°sticas, francos brillantes y terribles, momentos de casos que √©l pudo haber evocado en su memoria. Por otra parte, qu√© alegr√≠as en el servicio religioso, qu√© esperanzas para lo futuro, qu√© amor y lealtad por parte de los hermanos en Cristo. Pero como el tiempo pasa veloz, las luces del mundo se hac√≠an cada vez m√°s confusas, y el anciano abad, abrumado por las cargas de medio siglo, ca√≠a en las enfermedades de la vejez. Su cuerpo, en otro tiempo poderoso, era ahora encorvado y an√©mico, pero su fisonom√≠a nada hab√≠a perdido de su belleza espiritual. Acostumbrado como estaba a la soledad, encontr√≥ el monasterio demasiado confortable, de modo que se encamin√≥ el monasterio demasiado confortable, de modo que se encamin√≥ otra vez a la monta√Īa para pasar sus √ļltimos d√≠as en una cueva, y as√≠ poder mantener los "collados eternos" siempre presentes; y mientras miraba hacia abajo, en direcci√≥n a su amado Bobbio, los ojos de su alma tend√≠an m√°s all√°, a trav√©s de medio siglo, hacia Annegray y Lauxeuil. S√≠, y aun m√°s all√° todav√≠a, a trav√©s de los mares, hacia la patria bienamada siempre fija en su memoria, que le hab√≠a permitido seguir a Cristo. Cerca de su cueva exist√≠a un indefectible recordatorio de Irlanda, la capilla dedicada a Nuestra Se√Īora: ¬°Su vida, su dulzura, su esperanza! All√≠ paso muchas horas viviendo como en un sue√Īo, en oraci√≥n por la salvaci√≥n de su alma y rogando por los seres amados. Muy pronto llegaron mensajeros desde el mundo occidental enviados por Segisberto, rey delos francos, que exhortaron al abad irland√©s a volver a Luxeuil. Todos sus enemigos hab√≠an muerto, le aseguraron los mensajeros, y los viejos monjes anhelaban su presencia. Ya era demasiado tarde, un heraldo mucho m√°s importante estaba ya en camino, uno para el cual Columbano se hab√≠a preparado con gran anticipaci√≥n. Poco despu√©s lleg√≥ el emplazamiento y la rotura del alba eterna. Fue su d√≠a y el D√≠a de su Se√Īor, el 23 de noviembre del a√Īo 615.

De vuelta en Suabia, Galo tuvo una visi√≥n de la muerte de su anciano maestro. Los monjes acababan de terminar los maitines del domingo cuando la paz de la hora fue alterada por la llegada de un mensajero enviado por el abad. Apenas pudieron creer lo que o√≠an cuando el hermano les anunci√≥ que Galo quer√≠a ofrecer el Santo Sacrificio. "Despu√©s del oficio de la noche -explic√≥ Galo-, me fue revelado que mi maestro Columbano se ha dormido en el Se√Īor!" Terminada la misa, despach√≥ inmediatamente un r√°pido mensajero a trav√©s de los Alpes. "Corre hacia Italia, hijo m√≠o, al monasterio de Bobbio; ent√©rate de todo lo que haya podido ocurrirle a mi Padre; anota el d√≠a y la hora de su muerte, y vuelve sin demora. Ve sin temor, Dios guiar√° tus pasos". El monje retorn√≥ muchos d√≠as despu√©s con la noticia de que el anciano abad hab√≠a muerte "a la misma hora". Trajo para Galo el cambutt (el cayado) de Columbano y una carta delos monjes de Bobbio. "Antes de su muerte -dec√≠a la carta-, nuestro maestro nos dijo que envi√°semos su b√°culo a Galo en prueba de perd√≥n". Despu√©s de todo ello, Galo continu√≥ gobernando a sus monjes de Albon hasta que, a la edad de noventa y cinco a√Īos, sigui√≥ a su jefe, leal hasta el √ļltimo suspiro. Se erigi√≥ una iglesia en el lugar de refugio del viejo ermita√Īo. Ecclesia Sancti Galluni, y alrededor de su recinto creci√≥ el gran monasterio de San Galo. Al siguiente siglo cont√≥ ya con famosas escuelas, la mejor biblioteca de Europa y los maestros m√°s capaces de la cristiandad. Brillantes estudiosos de Occidente se atrevieron a cruzar los Alpes para aprender en el nuevo monasterio las artes, las letras o las ciencias, mientras los monjes irlandeses y anglosajones cruzaban Europa en todos los sentidos para copiar manuscritos para su propia biblioteca.

La Cruz y la Media Luna

Cuando Columbano parti√≥ de Luxeuil, las simientes hab√≠an sido ya plantadas y daban sus primeras flores sobre el duro suelo del Imperio franco. Las ra√≠ces fueron las de Columbano, sus invisibles e √≠ntimas fibras fueron fibras c√©lticas. Y al crecer Luxeuil, sus escuelas se hicieron famosas en toda Europa por su piedad y saber. Por una iron√≠a del cielo, los obispos g√°licos, que contribuyeron a la expulsi√≥n de Columbano y sus monjes, tuvieron que ceder sus puestos a los disc√≠pulos de aquellos heroicos desterrados. Nuevas y mejores manos empu√Īaron ahora el tim√≥n y dirigieron la nave de manera que fuera con ella la Verdad y la Justicia. Antes de la mitad del siglo, la Iglesia de Galia lleg√≥ a ser la gloria del cristianismo; sus obispos fueron con mucho los m√°s santos, los m√°s distinguidos por su saber y doctrina. Existieron grandes escuelas episcopales en Par√≠s, Li√≥n, Chartes, Brujas, Le Mans, Vienne, Chalons, Ulrech, Maestricht, Trier. El episcopado galo fue tan altamente estimado durante aquel tenebroso siglo de ignorancia y barbarie que el Papa rog√≥ al rey Segisberto que le enviase algunos de sus obispos a Roma para que pudieran partir de la Ciudad Eterna como misioneros hacia la decadente Iglesia oriental. A despecho de los b√°rbaros, Luxeuil prosigui√≥ con la gran obra de Columbano y de San Galo, cuyos monjes fueron el orgullo de Suabia. El mismo Galo rehus√≥ dos veces el obispado de Constanza, as√≠ como la dignidad abacial de Luxeuil que se le ofreci√≥ a la muerte de Eustacio, sucesor de Columbano. Su propia morada se convirti√≥ m√°s tarde en un gran centro, gobernado por San Otmar, a quien Carlos Martel confi√≥ las reliquias del santo fundador. Y como ocurri√≥ con Bobbio, la √ļltima fundaci√≥n de Columbano lleg√≥ a ser poderoso baluarte contra los arrianos; los monjes viv√≠an en paz entre libros que su gran abad hab√≠a tra√≠do de Irlanda y tratados que √©l mismo hab√≠a compuesto; y no pas√≥ mucho tiempo antes de que su biblioteca se hiciera la m√°s c√©lebre de toda Italia. Para su bien, la Iglesia pudo contar con tan infatigables sabios y misioneros, porque le estaban reservadas nuevas pruebas; nuevos enemigos, m√°s salvajes que los antiguos, se hab√≠an puesto ya en marcha para atacarla y destruirla.

El islamismo se manten√≠a sobre la puerta de entrada del Occidente, dispuesto a blandir su sangrienta cimitarra contra la espada del Esp√≠ritu. En la lejana Arabia, la rabia de los fieles se hab√≠a amontonado y expandido. Su horrendo animador, Mahoma, naci√≥ el a√Īo 570, fue un fan√°tico √°rabe, un epil√©ptico y un visionario que pretendi√≥ haber recibido una "revelaci√≥n" de San Gabriel. Sin embargo, este reformista de fiero aspecto no fue m√°s que un sensualista, taimado y servil que se enamor√≥ de la hermosa mujer de Zeid, que tom√≥ para s√≠, estableciendo luego que cualquier hombre que lo quisiera podr√≠a divorciarse. Cuando Mahoma inici√≥ su misi√≥n de limpiar su tierra de costumbres bestiales y de grosera idolatr√≠a, las tribus √°rabes se levantaron contra √©l, y el que as√≠ mismo se llamaba "profeta", tuvo que huir a la ciudad de Medina para poder salvar su vida. La fecha de su hu√≠da (h√©jira) en 622 se√Īala el principio del calendario mahometano, as√≠ como I A.D. (Anno Domini, A√Īo del Se√Īor) es el principio del calendario cristiano. El a√Īo 630 retorn√≥ a La Meca en forma triunfal y muri√≥ tres a√Īos m√°s tarde, despu√©s de haber conseguido reemplazar el polite√≠smo por el te√≠smo y una muy baja moral por otra m√°s elevada. Fue todo lo que realiz√≥, a pesar de su fan√°tico intento de aclimatar el juda√≠smo en Arabia. En un principio, Mahoma no contempl√≥ la necesidad de los √°rabes que su religi√≥n era una fe combatiente que hab√≠a de ser propagada por la espada. Sus adeptos se propusieron poner en pr√°ctica tal creencia, con una salvaje frenes√≠ de conquista; sus armas fueron "la fr√≠a doctrina, el tajante acero y la destructiva llama". Porque Mahoma se revel√≥ como un ap√≥stol de lujuria, de violencia y de matanza, en tanto que la fe √°rabe cree que la muerte en la batalla abre las puertas de la eterna felicidad. El Oriente, sumergido en la podredumbre de la herej√≠a, del cisma y de la corrupci√≥n, result√≥ f√°cil presa para aquel pueblo feroz del desierto, compuesto por sanguinarios fan√°ticos que se juraron borrar de la faz de la tierra la Iglesia de Cristo. El a√Īo 637, los ej√©rcitos √°rabes conquistaron a Damasco y Jerusal√©n; invadieron del √Āfrica, luego la Persia particip√≥ del mismo destino de Siria y de √Āfrica. Antes que terminara el siglo s√©ptimo, la Medina Luma musulmana hab√≠a sitiado casi pro completo a la amenazada cristiandad. Nada hubo en toda la historia que se asemeje a esa "peste parda" que r√°pidamente, en 711, se expandi√≥ por toda Espa√Īa y hasta cruz√≥ los Pirineos antes de poder ser detenida. La terrible embestida musulmana fracas√≥ ante los contraataques delos pueblos unidos despu√©s de un siglo de labor por los monjes de Occidente. A no ser por lo Benitos, hijos espirituales, Europa habr√≠a sucumbido al mahometismo. Evidentemente "las huestes del infierno no prevalecer√°n..."

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