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R. P. José A. Dunney, San Bonifacio
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San Bonifacio. Domador de tribus

San Bonifacio y el siglo octavo

Luz sobre Gran Breta√Īa

El siglo s√©ptimo, en el Norte, fue un per√≠odo de derramamiento de l√°grimas, y el siglo octavo, de rica cosecha para la fe y las letras. Monjes irlandeses partieron de su santa tierra para plantar la simiente del Evangelio en Gran Breta√Īa; Iona, fundad el a√Īo 563 por Columba, primer desterrado del Eire, prest√≥ gloriosos servicios como gran centro misionero para Escocia y el norte de Inglaterra. La luz se expandi√≥ cuando Agust√≠n lleg√≥ a Kent, el a√Īo 596, con sus cuarenta monjes que se dedicaron a predicar por los grandes caminos; el romano Paulino bautiz√≥ al rey Edwin de Northumbria el a√Īo 627; y una sede metropolitana se estableci√≥ en la antigua ciudad romana de York. Menos de una d√©cada despu√©s, Aidano, disc√≠pulo de Columba, fund√≥ el muy nombrado Lindesfarre, uno de cuyos famosos hijos, Wilfredo, lleg√≥ a ser arzobispo de Canterbury, y por muchos a√Īos gui√≥ a la Iglesia inglesa a trav√©s de crisis. Cuatro grandes benedictinos sobresalieron en aquellos d√≠as. Benito Biscop (628-690), verdadero patriarca de monjes, que introdujo el rito romano en vez de los usos c√©lticos en el norte de Inglaterra; Wilfredo (634), que estableci√≥ all√≠ la Regla delos monjes negros; Aldelmo (709), el primero en cultivar conexito el saber cl√°sico, y el Venerable Beda (672-735), sin disputa el m√°s notable sabio de aquella edad. Pronto muchos monjes anglosajones se dirigieron hacia las Galias, algunos llegaron hasta Roma, retornando en compa√Ī√≠a de h√°biles arquitectos, artesanos y m√ļsicos, enriqueciendo las abad√≠as -Ripon, Hexham, Wearmouth, Jarrow -con libros, cuadros y ornamentos. Hacia la mitad del siglo Gran Breta√Īa pose√≠a ya una cuantiosa riqueza art√≠stica y literaria que deriv√≥ claramente de dos principales fuentes: el monaquismo irland√©s y la tradici√≥n benedictina. Floreci√≥ en las escuelas mon√°sticas un sistema de educaci√≥n en el que imperaron la poes√≠a cl√°sica, la historia de la Iglesia, el derecho can√≥nico y los concilios; en los conventos de monjas se desarrollaron serios estudios paralelamente con la m√ļsica, escritura, caligraf√≠a y costura. Tan grande fue la multiplicaci√≥n de las casas religiosas, que el mismo Venerable Beda consider√≥ francamente que ello debilitaba excesivamente los recursos militares del Estado. "Desde el punto de vista material -manifiesta un competente historiador- la civilizaci√≥n anglosajona fue un fracaso; sus principales industrias parecen haberse reducido a la manufactura y exportaci√≥n de santos."

Pero aquellos mismos santos, como la verdadera historia lo muestra, llegaron a ser los verdaderos creadores de la nueva Europa por la evangelizaci√≥n de Escandinavia, B√©lgica y Alemania durante los siglos s√©ptimo, octavo y noveno. Uno de ellos merece particular atenci√≥n, porque no fue tan s√≥lo sabio y estadista sino tambi√©n, en todo sentido, el misionero m√°s notable de aquel siglo. ¬ŅSu nombre? Bonifacio de Crediton, el m√°s completo de los ingleses cristianos, nacido el a√Īo 675, de padres anglosajones, en el Devonshire. La preparaci√≥n y cumplimiento de la gran tarea de promotor de este gran benedictino resalta muy bien sobre la perspectiva del siglo octavo, durante el cual se obtuvieron los m√°s prodigiosos resultados de su inmensa tarea. Su existencia y sus obras en aquel mundo tan turbado por la guerra y en cuyo curso iba √©l a influir considerablemente, lo revelan como incomparable modelo de perfecto sentido com√ļn, de gravedad, de reserva, de persistencia y de tenacidad en la justicia. De ni√Īo, Bonifacio goz√≥ de la influencia de monjes negros que visitaron su lugar de nacimiento, y muy pronto √©l mismo se decidi√≥ a abrazar la vida religiosa. En Exeter, bajo la direcci√≥n del abad Wolfhard, estudi√≥ historia, ret√≥rica, gram√°tica y poes√≠a, adem√°s de las Sagradas Escrituras. Al crecer en edad anhel√≥ vivir como perfecto misionero, la imagen del cual la llevaba impresa en su alma intuitiva. Siempre, hombre incomparable, Bonifacio tuvo la cualidad de la conciencia espiritual, encarando sabiamente todos los acontecimientos a la luz de Dios, y as√≠ resolvi√≥ enfrentar a los hombres y a las cosas indefectiblemente desde el punto de vista del Evangelio. Despu√©s de un severo noviciado en Notshalling. El sabio en cierne fue puesto al frente de la escuela mon√°stica en la que su reputaci√≥n dio elevadas promesas de perfeccionamiento civil y eclesi√°sticos. Para tales cosas, sin embargo, aquel maestro anglosaj√≥n no sent√≠a propensi√≥n muy honda, prefiriendo seguir el Camino y la Verdad en tierras propicias para la siembra. Bonifacio no era monje para permanecer ocioso, con una actitud indiferente respecto de las misiones lejanas, sino un aspirante a ap√≥stol deseoso de conquistar almas. En su coraz√≥n ard√≠a profundamente el deseo de llevar la palabra del Evangelio a sus extraviados parientes, los antiguos sajones de Germania. ¬°Qu√© incontenible alegr√≠a cuando el paciente monje recibi√≥ del abad asentimiento a su repetida demanda para partir a ense√Īar el Evangelio en tierras lejanas! Dej√≥ el dosel, abandon√≥ las clases y se encamin√≥ con modesta valent√≠a a abordar la enigm√°tica tierra que se extiende del otro lado de Gran Breta√Īa.

Misión en el Sur

Las tierra que rodean al mar del Norte y al B√°ltico viv√≠an sumergidas en las tinieblas paganas. Hasta en Friesland, escenario del primer intento de Bonifacio, donde sus propios hermanos hab√≠an predicado antes que √©l, los habitantes hab√≠an perdido la fe a tal extremo que las condiciones pol√≠ticas compelieron al joven misionero a retornar a Gran Breta√Īa. Aquel retorno a su patria debi√≥ resultar desesperante para quien hab√≠a consagrado su coraz√≥n a los pobres paganos, de modo que cuando se le quiso designar abad declin√≥ el honor con toda firmeza. Dos a√Īos m√°s tarde volvi√≥ a partir otra vez, pero ahora con destino a Roma, determinado a entrevistarse con el Papa para que le concediera las facultades necesarias para su tarea evang√©lica. Es interesante recordar que Bonifacio se encamin√≥ a la Ciudad de los Papas provisto de una carta abierta de recomendaci√≥n para varios sacerdotes, pr√≠ncipes, abades y obispos que visitar√≠a durante el camino, y, lo m√°s importante, una carta privada para Gregorio II. Es posible imaginar la entrevista del misionero con el m√°s grande los Papas de aquel siglo. Grandes hombres ambos, indudablemente grandes tambi√©n en sus ideales, en sus planes y en la fuerza de sus almas. Sin duda que el monje anglosaj√≥n encontr√≥ tener mucos en com√ļn con el Papa italiano, quien, como el propio Bonifacio, hab√≠a recibido excelente educaci√≥n art√≠stica y cient√≠fica adem√°s de asistir a la Schola Cantorum fundada por San Benito. En aquellos agitados d√≠as de guerra, el Papa ten√≠a que afrontar peligros de todos lados: del este, los agresivos iconoclastas; desde el sur y el occidente las hordas musulmanas. ¬°Por el momento, los lombardos y bizantinos se manten√≠an expectantes! Gregorio, como secretario del Papa Sergio, en su visita a Constantinopla, recogi√≥ indelebles impresiones de los bizantinos, y conoc√≠a igualmente a algunos lombardos muy intrigantes. Por su parte, Bonifacio, al cruzar aquellas regiones, se percat√≥ bien del peligro que lat√≠a en el norte; era evidente que los longobardos ambicionaban las tierras del Exarca alrededor de Ravena? ¬ŅReclamar√≠a Le√≥n el Is√°urico, jurisdicci√≥n sobre el Occidente? Que tratara de imponer su jurisdicci√≥n sobre el nuevo reino b√°rbaro de los longobardos y comprobar√≠a luego, a su pesar, cu√°n limitada era, en realidad, la autoridad de que dispon√≠a. El emperador de Oriente trataba de proscribir todas las im√°genes de las iglesias cristianas, pero sus medidas provocaron tan general tumulto entre el pueblo que el marrullero bizantino retrocedi√≥ declarando ignominiosamente: "No he querido disponer que las im√°genes sean totalmente retiradas sino que he ordenado que sean colocadas en una situaci√≥n m√°s alta para evitar que sean besadas y tratadas as√≠ con falta de respeto cuando son dignas de tanto honor". Agregad a esas pruebas del Papado, la proximidad peligrosa de los musulmanes a la navegaci√≥n hasta sobre las mismas costas de Italia.

Grandes tareas y obligaciones se impon√≠an, viniera la amenaza por parte de los bizantinos, de los lombardos o de los sarracenos. Gregorio, en consecuencia, concedi√≥ a Bonifacio plena autoridad para evangelizar a los germanos del este del Rin, pero el benedictino quiso reconocer primero el campo de su futra acci√≥n, retornar luego con sus colabores y mantenerse en contacto con la Santa Sede. As√≠ procedi√≥ Bonifacio, en efecto. Encontr√≥ a las Iglesias b√°vara y alemana en floreciente estado, pero la Turingia, considerada por Roma como distrito cristiano, estaba muy lejos de ser cat√≥lica, a pesar de los heroicos trabajos de San Kiliano (686-689). Los turingios, vueltos a sus b√°rbaras costumbres, asesinaron a muchos conversos de Kilianok y celosos sacerdotes enfrentaron tiempos muy dif√≠ciles rodeados de paganos por todas partes. De manera que el enviado del Papa pas√≥ alg√ļn tiempo predicando y convirtiendo a multitudes en Turingia as√≠ como en Hesse, donde abri√≥ centros para la educaci√≥n del clero nativo. En su camino hacia la corte de Carlos Martel, Bonifacio decidi√≥ exponer el problema completo ante el rey franco con el objeto de obtener ayudas y aliento para la gran empresa misionera que el Papa le hab√≠a encomendado. Perola actitud de Carlos result√≥ dudosa, el terco guerrero era suspicaz y desconfiado respecto de la ingerencia eclesi√°stica. Era la constante, la vieja oposici√≥n de lo temporal, siempre dispuesto a regir lo espiritual, del Estado afirm√°ndose contra la Iglesia. Hacia este tiempo, Bonifacio remiti√≥ una carta al Papa describiendo la situaci√≥n al este y al oeste del Rin. El Papa contest√≥ pidiendo a Bonifacio que retornase a Roma, donde consagr√≥ al monje "obispo regional" con autoridad sobre Turingia y Hesse. Y adem√°s, Gregorio obtuvo la ayuda de Carlos, cuyas proezas eran envidiadas y temidas por los paganos.

Este del Rin

Por s√≠ mismo, e investido de autoridad, el flamante obispo se encamin√≥ otra vez lleno de fe hacia aquellas regiones dif√≠ciles y peligrosas. En Turingia y Hesse, coraz√≥n de Germania, tuvo que atravesar profundos pantanos, cruzar casi impenetrables mara√Īas, aventurarse a trav√©s de oscuros bosques. Terminada la tarea del d√≠a -jornada de predicaci√≥n y de bautismos-, su silla de descanso era una piedra sobre la dura tierra; su alimento lo constitu√≠an frutas silvestres y se lavaba en las aguas del arroyo. Se dedic√≥ a las tribus que encontr√≥ en regiones donde no hab√≠a ciudades, y donde los nativos viv√≠an en selvas y collados. Aquellos salvajes teutones eran muy lentos en adoptar las nuevas costumbres y muy dif√≠ciles de manejar. Bravos, feroces en la batalla y muy leales a la causa, en tiempo de paz les gustaba dedicarse a holgazanear, tan perezosos como sus perros, beb√≠an cerveza de cebada con gran exceso y jugaban locamente como ladrones. Los j√≥venes consagrados a la guerra, se manten√≠an cerca de sus jefes hasta el √ļltimo momento, jact√°ndose de su valor, entreteni√©ndose en las danzas de la espada, entre hojas afiladas y erectas. Sus mujeres, j√≥venes y ancianas, eran consideradas como bienes muebles; los contratos de matrimonio eran simples ventas; cuando una joven se hac√≠a un rodete con su cabello trenzado o anudado significaba que esta sometida por completo al tir√°nico amo que la hab√≠a adquirido. Es de imaginar los sufrimientos que experimentar√≠a Bonifacio al compartir las costumbres teut√≥nicas que no chocaban con las cristianas, pero pensemos en la ardiente fe y la profunda devoci√≥n, en el valor y en la entereza requeridas para sembrar la simiente del Evangelio entre aquellos guerreros; sin embargo, fue tan grande el poder y decisi√≥n de aquel hombre de Dios, que convirti√≥ tribu tras tribu, tarea mucho m√°s estupenda cuando se considera tambi√©n la energ√≠a y comprensi√≥n psicol√≥gica que debe haber exigido. Las mayores dificultades las encontr√≥ Bonifacio en Hesse. Muchos conversos desaparecieron durante su ausencia, para retornar a las marismas y practicar all√≠ sus ritos paganos. Un antiguo roble consagrado al nombre de Tor, rey del turno. Era el m√°s grande obst√°culo que se opon√≠a ala acci√≥n de los misioneros. A pesar de todas las exhortaciones, el pueblo continuaba reverenciando con terror a aquel √°rbol y congreg√°ndose a su alrededor, de manera que el obispo decidi√≥ resolver el problema de una vez por todas. Tan s√≥lo su energ√≠a y el poder de la gracia pudieron ayudarlo en aquella extrema crisis. ¬ŅFracasar√≠a o renunciar√≠a? No, mientras estuviera vivo. Curs√≥ la selva y penetr√≥ en el bosque primaveral, determinado a mostrar a los paganos cu√°n totalmente desprovisto de poder era el reverenciado √°rbol. Y cuando alcanz√≥ el profano lugar, hacha en mano, Bonifacio a la cabeza de sus monjes, se abri√≥ paso entre la multitud y, ante el asombro de todos ellos, empez√≥ a hachar el sagrado roble. Los teutones esperaban nerviosos, impacientes, aterrorizados, ver caer de un momento a otro aniquilado en el lugar al intr√©pido blasfemo. A decir verdad, estaba m√°s all√° de los l√≠mites de su creencia suponer que semejante acto pudiera quedar sin castigo, por parte de Dios. Pero nada ocurri√≥, s√≥lo vieron a un hombre que no experimentaba el m√°s m√≠nimo temor ante el gran dios que ellos adoraban. Se puede comprender ahora c√≥mo aquel gesto de Bonifacio facilit√≥ la pr√©dica del Evangelio. Con la madera sacada del roble de Tor, Bonifacio construy√≥ una capilla que la dedic√≥ a San Pedro, Pr√≠ncipe de los ap√≥stoles. Despu√©s de eso, edific√≥ una iglesia a orillas de Werra, destruy√≥ otro √≠dolo en Eschwego y luego encamin√≥ sus pasos hacia Turingia. Tan valientes esfuerzos, seguidos por una acci√≥n misionera organizada, empezaron a producir ricos frutos. Se levantaron abad√≠as en sitios en otros tiempos sangrientos: Buraburgo, Ammonaburgo, Fulda; con la llegada de monjas anglosajonas a las escuelas, abiertas para los j√≥venes teutones, se expandi√≥ profusamente la luz de la verdad, que convertir√≠a a la Germania en un miembro viviente de la sociedad europea.

Triple amenaza al Papado

Muerto su h√°bil protector, Gregorio II, Bonifacio escribi√≥ al nuevo Papa, Gregorio III, que era sirio, pidi√©ndole m√°s ayuda, porque el cambo de su actividad era ahora casi sin l√≠mites. El nuevo Pont√≠fice, que hab√≠a heredado las angustias y preocupaciones de su predecesor, se dispuso a resolver el problema de Bonifacio, pero no pudo hacerlo por el momento; pues mientras Bonifacio conquistaba a Germania para la fe, el Papado se encontr√≥ en terribles extremos. En Oriente, Le√≥n el Is√°urico en vez de unir sus esfuerzos con los de Roma, para asegurar un mundo mejor, hab√≠a hecho mayor abuso de sus ardides. Gregorio II tuvo sus dificultades con aquel astuto emperador, que, bajo influencias judeomusulmanas, hab√≠a publicado un edicto contra las im√°genes, seguido por la orden de demoler las estatuas de Cristo y quemar las im√°genes de Mar√≠a y de los Santos. Germano, patriarca de Constantinopla, protest√≥ sin resultado, ante lo cual el pueblo se levant√≥ con tal furia que el Emperador se vio obligado a acceder, al menos por el momento. Pero el taimado maquinador tuvo su desquite: termin√≥ por asesinar al anciano y valiente patriarca, el a√Īo 726 quem√≥ la gran biblioteca del Colegio Imperial, y el rector y doce profesores encontraron su muerte entre las llamas que consumieron trescientos tres mil valios√≠simos vol√ļmenes. Y cuando Le√≥n orden√≥ la remoci√≥n de la estatua de Cristo que se encontraba en la Puerta de Bronce de Constantinopla, el pueblo arroj√≥ al agente imperial escaleras abajo y mat√≥ a los oficiales. La revuelta ocasionada por este acontecimiento fue contenida por la fuerza de la espada. El siguiente paso de Le√≥n fue urgir a Gregorio II a que reuniera un concilio: "Nos hab√©is pedido -replic√≥ el Papa- la convocatoria de un concilio general. Todo eso nos parece innecesario. Sois un perseguidor de las im√°genes, un contumaz enemigo y un destructor. ¬°Basta, y dadnos vuestro silencio! Mientras las iglesias de Dios, est√°n en paz os levant√°is y provoc√°is el odio y el esc√°ndalo. Deteneos y manteneos quieto, y no habr√° entonces necesidad de s√≠nodo". En respuesta, el Emperador envi√≥ emisarios a Roma con orden de apoderarse del Papa y destruir la estatua de San Pedro. "Si envi√°is tropas para la destrucci√≥n de la estatua de San Pedro -advirti√≥ Gregorio- ¬°tened cuidado! Si nos insult√°is y conspir√°is contra nosotros... el Romano Pont√≠fice se ir√° a la Campania y tendr√©is que venir contra viento y marea". El a√Īo 730 se reuni√≥ un s√≠nodo, no en Oriente sino en Roma, en que los iconoclastas fueron condenados y Le√≥n el Is√°urico, excomulgado. La divergencia se hizo m√°s profunda entre Roma y el Oriente, no muy distante ahora del rompimiento definitivo. El Papa Gregorio II muri√≥ aquel mismo a√Īo, y Gregorio III se encontr√≥ en medio de la batalla con los derechos tanto humanos como divinos.

Los lombardos, como siempre, volvieron a amenazar al Papa. Desde el primer d√≠a que penetraron en Italia, aquellas tribus de asaltantes y ladrones hab√≠an significado una profunda preocupaci√≥n para el Papado. Hasta despu√©s de haber agrazado el cristianismo les sigui√≥ animando su viejo esp√≠ritu guerrero. Cuando Gregorio II se vio envuelto con Le√≥n en las querellas de las im√°genes, los lombardos vieron en ello la oportunidad de provocar nuevas perturbaciones; astutamente marcharon sobre Ravena y capturaron la que parec√≠a imbatible fortaleza. El desatinado emperador fue derrotado en otra ocasi√≥n, cuando trat√≥ de urdir con Luitprando una intriga para humillar a Gregorio II. El lombardo sostendr√≠a al exarca, quien a su vez entregar√≠a dos ducados que ten√≠a en su poder. Pero la infame intriga cay√≥ por s√≠ misma, pues Luitprando, por mucho que odiara el poder de Roma, no se atrevi√≥ a traicionar a su gran Papa, cuya caridad, paciencia, tolerancia y magn√©tica personalidad, admiraba grandemente. Es del caso que todo pastor debe necesariamente mirar hacia delante, y as√≠, Gregorio III se puso a construir las fortificaciones de la Ciudad Eterna, desde que los enemigos del Norte pod√≠an, en cualquier momento, levantarse en armas. As√≠ ocurri√≥, en efecto, el a√Īo 739, el octavo del pontificado de Gregorio III. El Papa, sintiendo el inminente peligro, recurri√≥ a la ayuda de los francos y, muy sabiamente, envi√≥ a Carlos Martel las llaves de la tumba de los ap√≥stoles, se√Īalando al en√©rgico e imperioso rey franco el doble peligro del Norte y del Oriente. S√≠; tanto los lombardos como los iconoclastas eran no s√≥lo enemigos traidores, sino tambi√©n una amenaza terrible e inminente tanto para Italia como para toda la cristiandad.

Hora crítica en Occidente

Mucho peor que los peligros que representaba la doble amenaza lombardiobizantina, fue la plaga de Islam. No es de sorprender que aquellos fieros hijos del desierto, que viv√≠an para la violencia y la matanza, continuaran su r√°pido avance, blandiendo sus cimitarras y dominando todo a su paso. Atravesaron el estrecho de Gibraltar, penetraron en Espa√Īa y en Aquitania y llegaron hasta las Galias; dejando por doquier ruinas y desolaci√≥n. En Espa√Īa, presa f√°cil a causa de sus disensiones dom√©sticas, s√≥lo resistieron algunas plazas fuertes del norte defendidas por valientes visigodos cristianos. ¬ŅPodr√≠a el Occidente cristiano resistir como aquellos indomables del norte hisp√°nico? El Mediterr√°neo se hab√≠a convertido en un lago sarraceno, y horrible espanto agitaba a toda Roma como infernal pesadilla, y aun a toda Italia, que bull√≠a con historias de invasi√≥n. En altamar, los buques mercantes al ver a lo lejos la media luna de los piratas musulmanes, hu√≠an desesperados al m√°s pr√≥ximo puerto de seguridad. En cada morada cristiana se repet√≠a que las tribus fan√°ticas de Arabia hab√≠an obligado a los jud√≠os a la apostas√≠a, y una tribu jud√≠a, habiendo jurado fidelidad al Islam, fue eliminada, todos sus hombres asesinados y sus mujeres y ni√Īos convertidos en esclavos de los vencedores, s√≥lo por haberse arrepentido de su juramento. Le√≥n el Is√°urico hab√≠a conseguido, es verdad, alejarlos de Constantinopla en 717, pero su funesta influencia continu√≥ corrompiendo a la Iglesia oriental. ¬°Que Dios impidiese que llegaran a dominar el Occidente, como amenazaban conseguirlo! Si no eran contenidos, y cuanto antes posible, llegar√≠an hasta el T√≠ber, y la "madre de la civilizaci√≥n" quedar√≠a condenada a crueldades inimaginables. Las nubes de la guerra tambi√©n se amontonaban sobre el Imperio franco, y los reflejos amenazadores dela cimitarra √°rabe se pod√≠an ver sobre el horizonte rojo de sangre. El hecho es que las fuerzas musulmanas, habiendo hecho pie en Galia, se encaminaron hacia Tours y, en poco tiempo, por tierra a la vez que por mar, podr√≠an encontrarse a las puertas de Italia. Nadie mejor que el Papa Gregorio sab√≠a que los francos constitu√≠an el √ļnico poder terrenal capaz de contener a los √°rabes. Por lo tanto, viendo a Roma en la l√≠nea de alcance de los invasores, apel√≥ a Carlos Martel, que hab√≠a prestado ya tan se√Īalados servicios a la Iglesia contra los lombardos. Ning√ļn otro poder, humanamente hablando, lograr√≠a defender a Roma, y al defender a Roma, salvar a Europa de aquellos criminales de guerra que ten√≠an ya medio cercada a la cristiandad. Y, sin embargo, el Gobernante de las naciones que tiene en sus manos los hilos de todas las relaciones humanas, hab√≠a prometido que la "roca de Pedro" jam√°s quedar√≠a totalmente sumergida.

Estaba en la balanza del destino la civilizaci√≥n, tan duramente conquistada, de todo el Occidente cuando el violento y ce√Īudo Carlos convoc√≥ a sus austrasianos para llevarlos al combate. Que los musulmanes llegaran; los hombres de Carlos se encargar√≠an de cumplir la sentencia ya fijada, porque los francos nada amaban m√°s que el fragor de la guerra. Con incre√≠ble celeridad, Carlos dispuso su ej√©rcito deseoso de lucha, en una muralla de hierro para interceptar el paso al invasor. Se desencaden√≥ terrible batalla que dur√≥ siete d√≠as. Al primer choque del ataque musulm√°n, la cimitarra se cruz√≥ con la espada en una lucha a muerte. Pero los guerreros galos no hab√≠an hecho m√°s que empezar; cargaron incesantemente contra el enemigo provocando en las filas musulmanas la m√°s cruel y completa confusi√≥n. De nada vali√≥ que los jefes √°rabes trataran de reanimar a sus exhaustos fan√°ticos al grito de : "¬°Guerra!, ¬°Guerra!, ¬°Para√≠so, ¬°Para√≠so!" ¬°Los indomables francos cargaron cruelmente contra el invasor, sin dar tregua ni cuartel, en cruel guerra a muerte! Al s√©ptimo d√≠a, la marea se volvi√≥ contra los √°rabes, cuyas fuerzas, deshechas por los francos, cayeron en fren√©tico desorden. La vanguardia musulmana qued√≥ aniquilada; los √ļltimos guerreros √°rabes se desbandaron. Sobre todos los caminos de la Provenza se ve√≠a a muchos paganos rezagados cur√°ndose la heridas; el resto de las huestes de la Media Luna atraves√≥ penosamente los Pirineos, para no intentar nunca m√°s cruzar sus armas con las de los cristianos de Occidente, porque supieron, y lo supieron los hijos de sus hijos, que hab√≠an dado con guerreros que eran algo m√°s que sus iguales. La importancia trascendental de la victoria no podr√≠a ser nunca exagerada, y despu√©s de aquella batalla que iba a marcar una √©poca, el rey vencedor fue llamado Martel, Martillo, y sus valientes francos inspiraron desde entonces respeto, por no decir temor, a todos sus vecinos.

Días de posguerra

Carlos Martel se sinti√≥ desde entonces bien seguro en su trono y due√Īo indiscutido de todo lo que hab√≠a ca√≠do bajo su influencia. El indomable soldado, no d√°ndose cabal cuenta del servicio de la Iglesia, consider√≥ el crecimiento se √©sa como una intrusi√≥n o usurpaci√≥n. As√≠ cuando Bonifacio le solicit√≥ autorizaci√≥n para reunir un s√≠nodo, Carlos rehus√≥, aunque esa asamblea se hab√≠a hecho muy necesaria en los d√≠as posteriores a la guerra. El rey de los francos administraba con mano muy abierta y nada le impidi√≥ recompensar a sus nobles con grandes propiedades de la Iglesia, concediendo abad√≠as y hasta obispados a sus amigos. Respecto de ese tiempo de expoliaci√≥n, el gran misionero escribi√≥ al Papa Zacar√≠as: "La religi√≥n es pisoteada; se dan beneficios a laicos codiciosos o a cl√©rigos relajados o escandaloso. Todos sus cr√≠menes no les impiden obtener el sacerdocio... muchos de ellos son borrachines sin conducta o soldados que no se detienen en derramar sangre cristiana". No es extra√Īo que la influencia del Papa y sus celosos sostenedores perdieran arraigo; en verdad, nada pod√≠a ser m√°s imperativo que la restauraci√≥n de la autoridad leg√≠tima, y la regulaci√≥n de las relaciones entre los obispos y sus respectivos cleros. Los pr√≠ncipes francos ten√≠an sus capellanes de corte, los nobles capellanes en sus castillos, todos ellos propensos a no dar mucha importancia a la legislaci√≥n de los obispos. Fue evidente y general una declinaci√≥n de la inteligencia y del car√°cter en el sacerdocio, lo cual era debido, en parte, a que el bajo clero se reclutaba entre los siervos y adem√°s a que eran raras las oportunidades de verdadera educaci√≥n. Muchos aspirantes ignorantes, incapaces de leer una homil√≠a en lat√≠n o de predicar efectivamente en lengua vulgar, eran ordenados sacerdotes como el m√°s f√°cil modo de ganar dinero por el ejercicio de sus funciones espirituales. La iglesia parroquial fue abandonada, acud√≠a a ella s√≥lo la gente m√°s pobre, las di√≥cesis crecieron con dificultad y fueron, en muchos casos, dif√≠ciles de manejar. Agr√©guese a todo ello la lamentable condici√≥n de las masas, esclavizadas por peque√Īos tiranuelos locales; pues es de recordar que aquel fue el tiempo de la formaci√≥n del feudalismo, sistema en el cual la propiedad quedaba dividida entre peque√Īos se√Īores que la recib√≠an en usufructo por servicios prestados. Aquellas parcelas eran trabajadas por siervos, gobernados por la voluntad de un propietario que prestaba juramento de fidelidad a un se√Īor m√°s elevado o poderoso. F√°cil es concebir c√≥mo aquellas masas explotadas sucumbieron a toda clase de crueldades y supersticiones mientras sus insensibles amos los hund√≠an cada vez m√°s en la esclavitud m√°s abyecta.

Espada del Espíritu

Carlos Martel muri√≥ el mismo a√Īo que el Papa Gregorio III, y le sucedieron sus hijos Carlom√°n y Pepino el Breve.

Por buena suerte, Bonifacio recibi√≥ una invitaci√≥n para conferenciar con Carlom√°n, su antiguo disc√≠pulo. El en√©rgico obispo, como era su costumbre, uni√≥ la persistencia a la persuasi√≥n ante su real hu√©sped, que hab√≠a admirado siempre el firme y leal car√°cter de su maestro. ¬ŅCon que resultado? Bonifacio anunci√≥ al Papa Zacar√≠as que el muy cat√≥lico rey deseaba la reuni√≥n de un s√≠nodo. Evidentemente, Carlom√°n el Franco se caracterizaba por algo completamente extra√Īo a sus antepasados: humildad y renunciamiento, porque m√°s tarde, en el a√Īo 747, abdic√≥ el trono a favor de Pepino e ingres√≥ en un monasterio. Una vez que se present√≥ por s√≠ mismo la tan esperada oportunidad de una reforma, Bonifacio no perdi√≥ tiempo en aprovecharla. Se reuni√≥ un s√≠nodo, el primero de Alemania, que sancion√≥ leyes para el clero, y la Regla benedictina se convirti√≥ en la norma general para los religiosos. Siguieron otros s√≠nodos, comisionados por la autoridad de Carlom√°n, y alentados por el celo de Bonifacio que esgrim√≠a "la Espada del Esp√≠ritu que es la Palabra de Dios, y la Palabra de Diso es m√°s penetrante que espada de dos filos". La Iglesia, como sostuvo el misionero, ha de dar por siempre testimonio de la Palabra, porque la Palabra no es s√≥lo un juicio, sino una fuerza creativa que produce sus frutos cuando el hombre coopera con fe y obediencia espiritual. Gradualmente los francos aprendieron esa verdad, y no pas√≥ mucho tiempo sin que la supremac√≠a del Vicario de Cristo y del misionero de los obispos fuera ampliamente aceptada. El a√Īo 748, el Papa Zacar√≠as consagr√≥ al anciano misionero primado de Germania y arzobispo de Mainz, as√≠, cuando Bonifacio y Pepino se reunieron para conferenciar sobre el inter√©s com√ļn, ambos estuvieron seguros uno del otro, igualmente conscientes del poder espiritual y de la preponderancia real que ocupaban los platillos de la balanza. Bajo el nuevo orden Bonifacio continu√≥ estableciendo leyes que prohib√≠an al clero cazar, llevar armas, pero no consigui√≥ establecer instancias ante la Santa Sede de la resoluciones de los obispos locales, ni asegurar el derecho del Papa en la investidura de los obispos francos. El hecho es que Pepino, aunque deseoso de ayudar a la reforma, no quiso disminuir en lo m√°s m√≠nimo su control de la Iglesia franca. No obstante se produjo un mejoramiento de la unidad, cuando Pepino obtuvo de Roma la autoridad de anular definitivamente los derechos de la antigua casa real. No satisfecho meramente con gobernar a los francos, ambicion√≥ la corona de la soberan√≠a todav√≠a retenida por insignificantes merovingios degenerados. En un d√≠a de noviembre del a√Īo 751 vio satisfecho el deseo de su coraz√≥n cuando Bonifacio, autorizado por el Papa Zacar√≠as, le ungi√≥ rey de los francos empleando los solemnes ritos seguiros en la Inglaterra anglosajona y en la Espa√Īa visigoda. Una vez satisfecha plenamente la ambici√≥n pol√≠tica de Pepino, pudo √©ste dedicarse y r√°pidamente, consagr√°ndose, desde luego, el monarca franco a la honrosa protecci√≥n de la Santa Sede. Algunos a√Īos m√°s tarde, en 754, el sucesor de Zacar√≠as, el Papa Esteban II, hizo solemne visita a Pepino durante la cual el rey garantiz√≥ a la Iglesia todas las antiguas posesiones bizantinas en Italia y, en cambio, recibi√≥ la dignidad de Patriarca de los Romanos.

A medida que se prolongaban sus a√Īos, Bonifacio reconoc√≠a m√°s que antes las graves tareas que quedaban por realizar al oeste como al este del Rin. Alentado e instigado por Pepino, extendi√≥ la causa de Cristo, y surgi√≥ una Galia mejor a medida que la religi√≥n se desarrollaba aceleradamente en la vida civil con paz y unidad. Los misioneros enviados desde Inglaterra a su pedido, Lull, Burchard, Witta, Willabald, Wunibald, Tecla y otros, se mostraron ap√≥stoles sinceramente nobles. El coraz√≥n de su jefe estaba a√ļn animado con sue√Īos de fe germana, y as√≠ ser√≠a hasta su fin. Para prestar su ayuda a la gran obra, visit√≥ a sus monjes con regularidad, permaneci√≥ por alg√ļn tiempo en sus monasterios, regocij√°ndose enormemente con los progresos del reino. Sinti√≥ profundo afecto por Fulda; bajo Sturm, su devoto sucesor, ese lejano oasis en la m√°s salvaje de los regiones se convirti√≥ a la vez en un hogar de las letras y en centro de vida religiosa para todo el distrito. El infatigable pastor se hab√≠a impuesto el deber de llegar todos los a√Īos hasta Fulda, pasar alg√ļn tiempo en oraci√≥n y vigilando la educaci√≥n de los hijos de San Benito. Pero como la carga de la obra se hac√≠a con los a√Īos demasiado pesada, en 752 renunci√≥ al arzobispado de Mainz y pas√≥ sus tareas al abad Lull. Su viejo coraz√≥n se oprim√≠a al pensar que los frisios, sus parientes sajones, viv√≠an a√ļn en medio de las tinieblas paganas, y el anhelo de evangelizarlos nunca le abandon√≥. En vano el abad de Utrecht le inst√≥ a aceptar el honroso puesto y terminar sus d√≠as en la quietud benedictina.

Al a√Īo siguiente, el anciano ap√≥stol, que hab√≠a alcanzado ya sus ochenta a√Īos de edad, se encamin√≥ a Zuyder Zee, escenario de su primera misi√≥n. No bien llegado a la costa oriental tuvo que enfrentar una vez m√°s la desagradable realidad delos enemigos hostiles; sin embargo, trabaj√≥ como siempre d√≠as tras d√≠a instruyendo, bautizando y fortificando a nuevos conversos en la fe. Tan s√≥lo una vez -la √ļltima- retorn√≥ a ver sus monjes, entonces consagrados plenamente a la conquista de las almas. Un d√≠a del a√Īo 754, habiendo reunido a sus conversos para administrarles la confirmaci√≥n, los paganos del r√≠o Borne cayeron sobre el peque√Īo grupo y los pasaron a deg√ľello. Son√≥ y la sangre de los m√°rtires se perdi√≥ en las orillas del r√≠o. Cuando retornaron al lugar de los cristianos que hab√≠an conseguido huir hallaron el cuerpo de su bienamado Bonifacio; a su lado se encontr√≥ un ensangrentado ejemplar del gran tratado de San Ambrosio, La ventaja de la muerte. Llevaron el apu√Īaleado cuerpo a Utrecht, luego fue enterrado en Mainz, y finalmente encontr√≥ su √ļltimo lugar de descanso en Fulda. Ocurri√≥ todo como √©l lo hab√≠a deseado; hasta en la √ļltima morada de reposo donde por tanto tiempo su vivo coraz√≥n hab√≠a latido con amor, el coraz√≥n de un santo que, como lo hab√≠a dicho el historiador Chris Dawson, "tuvo m√°s profunda influencia sobre la historia de Europa que ning√ļn otro ingl√©s que haya vivido".

El constructor del Imperio

La gran obra iniciada por Bonifacio y Pepino s√≥lo se vio cumplida a fines del siglo. Porque Bonifacio realiz√≥ la alianza de los francos con la Iglesia adem√°s de unir la iniciativa teut√≥nica con el orden latino. Y fue el hijo de Pepino, Carlomagno, el que reorganiz√≥ la cristiandad forjando lazos todav√≠a m√°s s√≥lidos entre la monarqu√≠a y la Iglesia. Gobernante √ļnico de todos los francos -entonces en sus treinta a√Īos de edad, casi dos metros de estatura, con ensortijados cabellos rubios-, Carlos se manifest√≥ en un sentido muy real como el m√°s grande constructor del Imperio entre todos los carolingios. Su instinto heredado de extender el poder franco y de quebrar toda oposici√≥n, no tard√≥ mucho en manifestarse de manera imperiosa. Siempre preocupado por extender sus dominios, sigui√≥ una pol√≠tica tan amplia como idealista, una pol√≠tica que, como veremos, le gan√≥ un Imperio encerrado dentro del Elba, el Mediterr√°neo, y el Bajo Danubio. No bien el Para Adriano se vio en dificultades con los lombardos solicit√≥ ayuda del rey franco. Carlos reuni√≥ sus ej√©rcitos, cruz√≥ los Alpes, deshizo la monarqu√≠a lombarda y estableci√≥ el gobierno franco en su lugar. Luego se encamin√≥ a Roma para entrevistarse con el Pont√≠fice, llegando a la Ciudad Eterna el Domingo de Pascua del a√Īo 774. Al encontrarse el Pont√≠fice y el monarca se abrazaron. Adriano condujo al Rey a la tumba delos Ap√≥stoles, y cruzaron la nave tomados ambos de las manos. En la misma semana Carlos accedi√≥ a garantizar las grandes concesiones territoriales que deseaba la Iglesia: fue la famosa "donaci√≥n de Carlomagno", sobre la cual todav√≠a discuten los historiadores. Despu√©s de partir de la Ciudad Eterna, los guerreros francos de Carlos lucharon brevemente en Pav√≠a, despu√©s delo cual Carlos fue coronado como rey de Lombard√≠a. De all√≠ parti√≥ para el Rin donde empez√≥ su lucha contra los sajones: los riegos fueron grandes, muy elevado el costo y la lucha iba a durar treinta y dos a√Īos. La siguiente empresa del conquistador, despu√©s de aniquilar los restos musulmanes que permanec√≠an en el sur de Galia, fue penetrar en Espa√Īa, donde los moros ejerc√≠an un dominio absoluto. El a√Īo 778 cruz√≥ los Pirineos en una marcha triunfal que fue coronada con la batalla de Roncesvalles. Al cruzar de vuelta las monta√Īas, su retaguardia fue atacada por los vascos, y √©stos fueron arrojados sobre la Galia. Tan infatigable y febril fue la energ√≠a de este edificador del Imperio, que el a√Īo 791 tambi√©n se propuso someter al extra√Īo pueblo pagano que habitaba en el territorio de la actual Hungr√≠a, entre los C√°rpatos y el Danubio: se trataba de una naci√≥n que viv√≠a en colonias o caser√≠os rodeados de empalizadas que les serv√≠an como ciudades. El cronista de Carlos da como razones de esa conquista los dos a√Īos que los ej√©rcitos hab√≠an tenido de ociosidad y descanso, la malevolencia de los √°varos hacia la Iglesia, y su imposibilidad de contener los asaltos y robos cometidos en territorios francos. El a√Īo 725, algunas tribus √°varas ofrecieron sumisi√≥n enviando a uno de sus pr√≠ncipes como reh√©n; el pr√≠ncipe fue bautizado y retorn√≥ al seno de su pueblo para realizar la conversi√≥n de su tribu.

Le√≥n III, que ascendi√≥ al trono papal el a√Īo 795, dio algunos pasos que iban a tener enorme influencia sobre el futro de Europa. Durante demasiado tiempo Roma hab√≠a sido el blanco de los ataques lombardos, e Italia, presa sangrienta de los maquinadores bizantinos. Sin p√©rdida de tiempo remiti√≥ a Carlos las llaves de la tumba de San Pedro y el confal√≥n de la ciudad de Roma como pruebas de sumisi√≥n pol√≠tica. "Nos corresponde -manifest√≥ el rey delos francos en su respuesta- defender externamente a la Iglesia, e internamente fortificarla por el conocimiento de la fe cat√≥lica, os corresponde, en cambio, rogar por la victoria de la cristiandad y por la grandeza del nombre de Cristo". Poco despu√©s cayeron sobre Le√≥n d√≠as sumamente dif√≠ciles; el a√Īo 799, durante una procesi√≥n fue atacado por nobles enfurecidos que internaron al Pont√≠fice herido y casi ciego en un monasterio. Escap√≥, sin embargo, refugi√°ndose en San Pedro, donde su vista fue restaurada milagrosamente. Luego, para procurarse ayuda, cruz√≥ los Alpes y apel√≥ en persona ante el Rey, en Padeborn. Al siguiente a√Īo, encontr√°ndose Carlos en Ravena, organiz√°ndose para bajar hasta Roma, Le√≥n le prepar√≥ una recepci√≥n magnificente como al gobernante m√°s importante de toda la cristianda. Durante muchos d√≠as se vio al extraordinario viajero cruzar las calles de Roma en vestimenta, t√ļnica y calzado de corte. El d√≠a culminante de su visita fue el de Navidad del a√Īo 800, cuando el rey franco atraves√≥ entre la multitud que hab√≠a acudido a misa, para arrodillarse ante el altar de San Pedro. Durante el servicio, el Papa, actuando como representante de su pueblo, se levant√≥ de su silla y se aproxim√≥ al Rey arrodillado, y coloc√≥ sobre su cabeza la corona de oro, mientras la congregaci√≥n cantaba sus alabanzas. ¬°Los romanos se hab√≠an dado otra vez un Emperador! Y, como lo cuenta un cronista, "cuando el pueblo termin√≥ de cantar las Laudes, el Rey fue adorado por el Papa a la manera como fueron adorados los antiguos emperadores". Recordemos que el Imperio Romano, aunque durante trescientos a√Īos no fue m√°s que un nombre, ten√≠a influencia poderosa sobre las mentes de millones de personas que lo consideraron como una contraparte necesaria de la Iglesia. Desde aquel instante, el Reino de Dios y el Imperio se presentaron a los pueblos como una unidad con dos ramas, con dos poderes coordinados, el espiritual y el temporal; y desde aquel d√≠a, Carlos, coronado por el Papa, adquiri√≥ nueva dignidad ala vez que aument√≥ su responsabilidad. Al fin qued√≥ instaurado el Sacro Imperio Romano; un ideal, desde luego, hacia el cual iban a tender las futuras edades, y, sin embargo, tambi√©n, una gran realidad que dur√≥ siglos y contribuy√≥ a la seguridad, a la paz y al progreso papales.

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