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R. P. José A. Dunney, San Benito
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San Benito. El monje ideal

San Benito y el siglo sexto

Roma en el cenagal

En la primera d√©cada de este siglo, un joven de unos quince a√Īos de edad se hizo notar por su aplicaci√≥n y su empe√Īo en las escuelas romanas. El registro oficial lo mencion√≥ como Benito de los Anisii, nacido en Nurcia, Umbr√≠a; pero sus amigos lo conocieron como v√°stago de una antigua familia, famosa por haber dado m√°s v√≠rgenes a la Iglesia que c√≥nsules al Imperio. Tal honor, sin embargo, poco signific√≥ para Benito, que hab√≠a empezado sus estudios "con esperanza en la proa y fantas√≠a en el tim√≥n" tan s√≥lo para enfrentarse con la terrible realidad pagana. Roma, gobernada por Teodorico el Godo, se hab√≠a hecho casi completamente b√°rbara, y el Vicario de Cristo, Symmaco, fue amenazado por un antipapa. Todo, alrededor del noble joven, estaba envuelto en una oscura niebla de desorden; la ciudad misma era un abismo de servidumbre: sus ciudadanos, desviados de las leyes de los cielos; sus escuelas, hundidas en corrupci√≥n, donde los j√≥venes crec√≠an para ser esclavos del pecado, antes de alcanzar la condici√≥n de hombre. Por la gracia de Dios, Benito hab√≠a evitado caer en la vida disoluta de sus compa√Īeros de colegio y, aunque tentado por el ofrecimiento del amor de una mujer, hab√≠a preferido el camino de los consejos evang√©licos. Y ahora, √°vido de una vida rec√≥ndita con Cristo, en Dios, sus pensamientos se hicieron profundos, din√°micos, porque Benito era un estudiante que no se ilusionaba. ¬ŅPor qu√© sufrir por m√°s tiempo imp√≠a confusi√≥n -se pregunt√≥ a s√≠ mismo- desde que todas las siete artes liberales que ofrecen las escuelas romanas no son m√°s que "sabia ignorancia e ignara sabidur√≠a"? En verdad, no estaba seguro ni era divinamente viable permanecer all√≠; debi√≥ buscar una "salida" de aquella vil trampa, donde las cosas eternamente dignas nada significaban. En aquel momento cr√≠tico y penoso, Benito decidi√≥ huir; en compa√Ī√≠a de una aya anciana se alej√≥ de Roma y de todas sus p√©simas costumbres. Ambos caminaron hacia el Oriente para llegar a Enfide, pueblecito solitario en las monta√Īas simbrusinas, donde Benito se propuso trabajar hasta encontrar aquella paz interior que tan vanamente hab√≠a buscado entre las escuelas y monumentos de la Ciudad Imperial.

Pero, desgraciadamente, todos los planes de refugio se desvanecieron cuando la locura de Roma lo alcanz√≥ en su retiro. Gentes ociosas no le dieron descanso, desde que por primera vez oyeron hablar de su poder de hacer milagros. No le quedaba otra cosa que hacer a Benito que refugiarse en alguna hendidura entre los riscos, en una profunda y distante caverna, en cualquier sitio de soledad. Dominado por tal idea atraves√≥ el Anio y empez√≥ a subir por las empinadas rocas volc√°nicas hasta que encontr√≥ una cueva en una quebrada desierta de Subiaco. Un anciano monje llamado Romano se le junt√≥ en el camino, interes√°ndose profundamente por aquel extranjero fuerte y de hablar tranquilo, y cuando el asceta encontr√≥ el refugio del reci√©n llegado tom√≥ como un deber alimentar al joven hambriento, adem√°s de instruirlo y de cubrirlo con un h√°bito religioso. Benito sigui√≥ viviendo en aquel retiro "solo con el Gran Solitario", casi desconocido de los hombres, que raramente se aventuraban a acercarse a aquella curva, colgada sobre el borde de un precipicio. Pero hasta all√≠, en las alturas, fue tentado, como lo hab√≠a sido antes su Divino Maestro. Un d√≠a, los asaltos del enemigo impuro se hicieron tan violentos que Benito se arranc√≥ las pieles con que se cubr√≠a y se arroj√≥ entre un mont√≥n de zarzas, con la esperanza de aquietar as√≠ los fuegos abrasadores de la concupiscencia. ¬ŅNo hab√≠a escogido la soledad para sellar su coraz√≥n al amor terrenal y tapar sus o√≠dos al canto lascivo y alejarse del loco mundo romano? No hay por qu√© sorprenderse de que, despu√©s de aquellos a√Īos de oraci√≥n y ayuno, Benito se convirtiera en un aguerrido caballero de Dios. Pero otra vez, como en Enfide, dieron con su refugio; esta vez fueron los pastores quienes hablaron del joven ermita√Īo cubierto de velludas pieles, y el relato de su santidad se expandi√≥ muy pronto por toda la regi√≥n comarcana, a despecho de sus deseos de ocultamiento.

Sobre los altos montes

No lejos de la cueva de Benito, encontr√°base el monasterio de Vicovato, cuyos monjes, verdaderos hijos de su tiempo, llevaban una existencia terrenal, relajada, ociosa, indiferente. Los mejores de ellos, en un intento de reforma, acudieron a conferenciar con Benito, implorando al noble asceta que aceptara gobernarlos. Tanto insistieron en sus argumentos y ruegos que consiguieron finalmente lo que buscaban, "aunque Benito bien sab√≠a que las costumbres de aquellos monjes eran muy diversas de las suyas y que nunca podr√≠an andar de acuerdo". Los acontecimientos le dieron la raz√≥n, porque, en efecto, el nuevo abad se hizo inaceptable para la gran mayor√≠a, y el rigor de su regla les result√≥ tan odioso como imposible. La ley y el orden no atra√≠a a aquellos monjes rebeldes; la idea misma de la severa disciplina fue profundamente desagradable a su naturaleza semib√°rbara. Algunos fan√°ticos se complotaron para librarse del joven abad por medio del veneno, y cuando, al comenzar la comida mon√°stica, le ofrecieron la copa con la bebida mortal, Benito la tom√≥ y la bendijo. Y he ah√≠ que, al signo de la cruz, se le cay√≥ hecha pedazos. "El Se√Īor todopoderoso tenga misericordia de vosotros, hermanos m√≠os -les dijo Benito, con toda calma-. ¬ŅPor qu√© hab√©is querido hacer eso? Id todos y buscad un padre que est√© de acuerdo con vuestros propios corazones". Despu√©s de lo cual parti√≥ del monasterio de Vicovato para retornar a Subiaco. No pas√≥ mucho tiempo sin que muchas personas formales, atra√≠das por la pura santidad de aquel hombre, se reunieran a su alrededor buscando anhelosamente ser conducidas hacia cosas m√°s altas; y fue en verdad sorprendente con cu√°nta ansiedad siguieron las huellas del santo para alcanzar una vida superior. Trabajaron con tanto ardor bajo su direcci√≥n que Benito decidi√≥ quedarse con ellos para guiarlos; como por milagro, surgieron r√°pidamente casas mon√°sticas, se formaron comunidades y la regla fue cumplida por monjes de buena voluntad bajo los ojos de aquel que ellos consideraban como "padre de todos ellos". Hacia este tiempo, Benito hab√≠a progresado mucho en la vida espiritual, y estaba muy avezado en la direcci√≥n de las almas. "Seamos imitadores del Se√Īor" eran las palabras que m√°s repet√≠an sus labios, mientras se empe√Īaba humildemente en vivir de acuerdo con las normas m√°s elevadas que √©l pudo concebir.

El grupo de los monasterios prosper√≥ "en Cristo" y se construyeron escuelas para los ni√Īos que viv√≠an en la vecindad de Subiaco. Entre aquellos italianos y godos se contaron dos alumnos ang√©licos, Mauro y Pl√°cido, que bebieron tal inspiraci√≥n en la ense√Īanza del abad, tal √°nimo en el ejemplo de sus monjes, que llegaron, en verdad, a contarse entre los m√°s distinguidos miembros de la comunidad. Al principio, todo fue bien en los claustros como en las escuelas, pero la obra de Benito hubo de ser sometida de nuevo al √°cido de la prueba. Las humildes viviendas en la monta√Īa se convirtieron en el blando de todos los ojos curiosos; tontas matronas, cl√©rigos ociosos, desocupados de todas clases, acudieron al retiro mon√°stico. No pas√≥ una semana sin que toda aquellas gentes molestas alteraran la paz, circulando por los corredores y celdas y hasta penetrando audazmente en los claustros. Y aun m√°s irritante que la insolencia de aquellos desvergonzados intrusos fue la hostilidad de los monjes vecinos, celosos y enemigos, que dirig√≠a cierto Florencio, y, como la fama provoca envidia, seg√ļn lo ha observado el Papa Gregorio, √©sta mordi√≥ el coraz√≥n de aquel sacerdote rebelde y el de sus adeptos, que perversamente intentaron escandalizar a los monjes y comprometer al santo abad organizando una danza de mujeres desnudas en el patio del propio monasterio de Benito. Cuando las cosas empeoraron tanto que la santa quietud se desvaneci√≥ en las nubes, Benito decidi√≥ abandonar el lugar al cuidado de los superiores locales, mientras √©l parti√≥ hacia la campa√Īa para reiniciar su obra. En un momento providencial, el padre de su pupilo Pl√°cido cedi√≥ a los monjes una propiedad suya en los Apeninos, llamada Monte Casino; despu√©s que se le rog√≥ insistentemente, el abad Benito decidi√≥ ir all√≠ y establecer otra escuela de ense√Īanza espiritual. Y as√≠, tomando la compa√Ī√≠a de un grupo escogido por √©l, se encamin√≥ al nuevo sitio con la esperanza de que encontrar√≠an all√≠ una morada de paz.

Una fortaleza de la fe

Por encima de las ruinas de Cassinum, ciudad prerromana destruida por lo godos, hubo un antiguo templo de Apolo rodeado por un bosque de robles. El primer acto del abad fue extirpar todo vestigio de paganismo. Destruy√≥ la estatua, quem√≥ la alameda y emple√≥ las piedras del templo para construir una capilla dedicada a San Mart√≠n. Con el andar de los d√≠as, los monjes se dedicaron a levantar un monasterio; los campesinos de las monta√Īas vecinas acudieron llenos de curiosidad a ver lo que pasaba, pero volvieron m√°s tarde para rendir culto al verdadero Dios. Despu√©s de ello, pudo verse a los monjes por las aldeas cercanas, atendiendo a los enfermos e instruyendo a los habitantes en las reglas cristianas de vida. Muy pronto toda la comarca consider√≥ el santo lugar de la colina como su refugio en caso de enfermedad, de prueba, de accidente o de necesidad. Y la fama de Monte Casino se expandi√≥ con tal rapidez que los abades ven√≠an desde muy lejos para aprender la Regla de los mismos labios de Benito, y muchos hombres trepaban por la empinada altura para solicitar que se los admitiera en los claustros. Estos se dirig√≠an al monasterio como a un El Dorado, a extraer el oro puro de la fe, "porque la prueba de su fe -como dice San Pedro- es mucho m√°s preciosa que el oro que parece". Sobre el monte de Dios muy por encima del mundo corrompido, cavaban profundamente en las venas de su vida interior, de las que extra√≠an tesoros celestiales, que ni la herrumbe ni el moho pod√≠an corromper. Y muchos corazones fatigados encontraron reposo, muchos corazones turbados tranquilidad, y fuerza muchos corazones desalentados, en aquella paz que sobrepasaba todo entendimiento. La Regla de Benito, con su ideal com√ļn nacido de la experiencia y forjado por la pr√°ctica, se adaptaba espont√°neamente a sus m√°s profundos instintos y consultaba sus necesidades sociales. No hay lugar aqu√≠ para reproducir la Regla completa en todos sus detalles; bastar√° con decir que se fundamentaba s√≥lidamente en la oraci√≥n y la penitencia, en la sencillez y en la espiritualidad Ning√ļn novicio pod√≠a esperar nunca ser un buen monje benedictino, a menos que en su escala de valores estuvieran primero la virtud y la mansedumbre, paz interior y actividad, dominio de s√≠ y respeto por sus hermanos.

¬ŅQu√© clase de vida se preguntar√°, llevaban en el Monte Casino? La respuesta es: una existencia oculta consagrada al servicio de Dios y de los hombres. Para aquellos hombres, la vida sobre la tierra no era un fin, sino un tr√°nsito hacia una morada eterna. En el camino, todos los d√≠as se parec√≠an, pero cada hora ten√≠a su plenitud si los pasos eran bien dados y la tarea bien cumplida. Unidos con los cordeles de Ad√°n y los lazos del amor, los monjes trabajaban con diligencia, con obediencia y alegr√≠a; segu√≠an un sistema: horas de trabajo, dieta frugal, ejercicios religiosos dispuestos por el superior. Poco importaba el deber que se asignaba a cada uno: orar en la capilla, copiar un manuscrito, cavar en el jard√≠n, ense√Īar a los pobres, visitar a los enfermos; lo que realmente contaba era el cumplimiento de la voluntad de Dios. La presencia de Benito, "austero y exacto, aunque suave, bondadoso y cort√©s" ten√≠a un efecto din√°mico sobre la comunidad. Lleno de calma, digno, deseoso de ser amado m√°s que temido, el abad atra√≠a a sus hijos y ellos se les acercaban no s√≥lo como al centro de aquel peque√Īo mundo en que se mov√≠a, sino tambi√©n como al ejemplo de todos sus ideales, esperanzas e intereses. "Odiad el pecado y amad a vuestros hermanos -no se cansaba de decir-, que entonces todo lo bueno se producir√° por s√≠ mismo". Y as√≠ fue; era en verdad tan abundante la vida, tan numerosas las buenas obras de Monte Casino, que excitaban la admiraci√≥n no sin mezcla de cierta sospecha. El rey Totila, incapaz de contener su curiosidad, envi√≥ mensajeros para investigar la verdad de lo mucho que se dec√≠a. El jefe de ellos intent√≥ enga√Īar a Benito fingi√©ndose rey y se visti√≥ de tal. "Hijo m√≠o -dijo el abad- qu√≠tate lo que te has puesto, que no te pertenece". A aquellos tenaces b√°rbaros, la quietud, el orden, la impresionante belleza del monasterio debe haberles parecido como los mismos cielos sobre la cumbre de una monta√Īa. Dif√≠cil es poder imaginar la impresi√≥n creada en sus almas azoradas, pero se puede suponer el brillante relato que har√≠an de su excursi√≥n a su rey.

Vista desde el monte

Cuenta una antigua tradici√≥n que Benito tuvo una visi√≥n en la que se acerc√≥ tanto a Dios como es posible para un hombre en la carne, y que en aquella visi√≥n el santo abad pudo contemplar el mundo entero. Podr√≠ase imaginar la escena que sus ojos vieron desde las alturas de Monte Casino, m√°s o menos as√≠: Italia yac√≠a en las manos de los ostrogodos... En Galia, el dominio de las tribus francas era absoluto y hab√≠an extendido sus conquistas a la Borgo√Īa (534), a Baviera (535) y a la Provenza (536)... En la Pen√≠nsula Ib√©rica habitaban los visigodos, que hab√≠an sido derrotados completamente por Clodoveo, el a√Īo 507... Y pod√≠a verse en Irlanda a los monjes cruzar los brumosos mares para expandir el Evangelio entre los pictos, caledonios y bretones. ¬°Ay! el resto de Europa, poblado por anglos, sajones, austrasianos, avaros y lombardos, se agitaba en las tinieblas paganas. En Oriente, la Iglesia luchaba todav√≠a contra el perezoso y sombr√≠o esp√≠ritu bizantino, mientras el monaquismo se hund√≠a r√°pidamente en un cenagal de haraganer√≠a y ego√≠smo. Una promesa brillante, sin embargo, se encarnaba en la persona de Justiniano, que gobernada el Imperio de Oriente, con indiscutible predominio para no decir con celo incansable. Gran amante de la justicia, embebido de teolog√≠a, alent√≥ la construcci√≥n religiosa, levantando la iglesia de Santa Sof√≠a en Constantinopla; por otra parte, era duro, dominante, intolerante, como lo prueban sus intentos de contener la marea del mal, ordenando que todos los paganos fueran bautizados o perdieran sus bienes y se alejaran para vivir en el destierro. Esta √ļltima pol√≠tica produjo incontables conversiones, pero muchas de ellas, como es natural, provocadas por la fuerza, dejaron de producir buenos frutos, sin provocar cambio real en las creencias. A principio de su reino, el Emperador concibi√≥ el deseo de reclamar el gobierno de todo el Occidente, de manera que mientras se asegur√≥ la silla imperial, su gran general Belisario inici√≥ una serie de conquistas. Despu√©s de haber expulsado a los v√°ndalos de √Āfrica (523), Belisario se apoder√≥ de Roma (536), luego de Ravena (540), para ser por √ļltimo derrotado por Totila, guerrero capaz que marchaba tambi√©n a la conquista de toda Italia.

El poderoso rey godo, que alg√ļn tiempo antes hab√≠a enviado mensajeros a Monte Casino, concibi√≥ la idea de visitar personalmente a Benito. Fue una fatigosa jornada alcanzar los dos mil pies del rocoso farall√≥n, y al llegar a la c√ļspide hall√≥ al abad sentado a la puerta de su celda. Saludo al conquistador b√°rbaro con exquisita cortes√≠a y luego invit√≥ a √©l y sus hombres a visitar al monasterio. No dejaron de causar profundo efecto sobre los visitantes la fe y la nobleza de su hu√©sped, as√≠ como el valor latente de todos aquellos monjes. Debieron sorprenderse mucho, sin duda alguna, ante todo lo que vieron y oyeron; pero m√°s que todo, de la desconcertante e inesperada profec√≠a que Benito dirigi√≥ a su real visitante. Ante la sorpresa de todos, el intr√©pido abad declar√≥ que Totila ir√≠a a Roma, cruzar√≠a los mares y despu√©s de nueve a√Īos abandonar√≠a esta escena terrenal. "Mucha maldad cometes a diario -reproch√≥ al guerrero- y cometes tambi√©n muchos grandes pecados; ahora termina al fin con tu pecadora vida". No sabemos los sentimientos que debi√≥ experimentar Totila ante tan inesperadas palabras ¬ŅModific√≥ sus costumbres aquel hombre de sangre y de hierro? ¬ŅReconoci√≥ su dependencia de Dios y ces√≥ en sus crueldades para con los vencidos? No; nada de eso ocurri√≥, y todo lo que Benito vaticin√≥ en Monte Casino, se cumpli√≥ en su debido tiempo. Totila reorganiz√≥ a sus ostrogodos, derrot√≥ a Belisario y recaptur√≥ a Roma, pero poco despu√©s se embarc√≥ para Sicilia, y despu√©s de diez a√Īos perdi√≥ su reino y su vida. Hacia el a√Īo 543, el mismo Benito se aproximaba al fin de su larga vida. El relato de su muerte tan diferente de la de Totila, es como la marcha gozosa hacia los cielos. Seis d√≠as antes del fin previno a sus disc√≠pulos y dio √≥rdenes para que se abriera su sepulcro. Y al aproximarse la √ļltima hora, pidi√≥ que se llevara a la iglesia de la Abad√≠a, donde "recibi√≥ el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Salvador, y sostenido su debilitado cuerpo por sus disc√≠pulos se mantuvo ante el altar con sus manos elevadas al cielo; y mientras estaba orando de esa manera, rindi√≥ el esp√≠ritu". Santos monjes vieron c√≥mo su alma se elevaba hacia los cielos envuelta en una preciosa vestidura y rodeada de luz, y contemplaron a Aquel del m√°s glorioso aspecto a quien oyeron decir: "Este es el camino por donde Benito, el amado del Se√Īor, se encamina hacia los cielos". Enterraron el cuerpo del santo en el oratorio, edificado en el mismo sitio que se levantara el antiguo altar de Apolo, y todo Monte Casino sinti√≥ aflicci√≥n y dolor ante la partida de su bienamado abad que un d√≠a ser√≠a proclamado "Padre de las Naciones".

Negras nubes sobre Italia

Despu√©s del fallecimiento de Benito quedaron reservados d√≠as terribles para los monjes en su abra monta√Īosa. Porque otra vez, como ha ocurrido durante tantos siglos, una naci√≥n cuya √ļnica ley es la guerra se empe√Ī√≥ en destruir el orden de la civilizaci√≥n. Ya, mientras el santo de Monte Casino estaba agonizando, se expandieron rumores de otra inminente invasi√≥n germ√°nica. Los lombardos, mandados por Albo√≠no, salieron de la Panonia y se dirigieron hacia el sur en busca de la pen√≠nsula. Y mientras aquellos germanos de largas barbas se encaminaban hacia el coraz√≥n del cristianismo, Italia, mal defendida y despedazada por rivalidades de toda clase, se ofrec√≠a como una f√°cil presa. Hacia el a√Īo 568, los fieros invasores, m√°s salvajes que los hunos, m√°s tenaces que los godos, manifestaron claramente que hab√≠an llegado a Italia para permanecer all√≠. Una tras otra, grandes ciudades -Mil√°n, Liguna, Cremona, Pav√≠a-, cayeron ante el asalto de la peor de todas las maldiciones de la tierra. En Pav√≠a, el despiadado jefe Albo√≠no forz√≥ a Rosamunda a beber en el cr√°neo de su padre, pero la vengativa princesa consigui√≥ hacer asesinar secretamente al b√°rbaro jefe. Poco despu√©s, bajo el mando de Clefti (573), los lombardos continuaron su marcha hacia el sur, cazando y asesinando a sacerdotes y monjes, esclavizando a las gentes, destruyendo las iglesias, saqueando monasterios, incendiando bibliotecas. Sistem√°ticamente cegaban los pozos, derribaban los grandes √°rboles, quemaban las cruces, convirtiendo la sonriente faz de Italia en un horrendo desierto. Como sabemos, pend√≠a sobre Roma peligro de muerte; Gregorio tuvo que interrumpir sus famosas homil√≠as, ante la nueva del avance lombardo. "Im√°genes y ruidos de guerra -dijo √©l mismo- encontramos por todas partes. Nadie permanece en el campo; muy pocos habitantes en la ciudad... Ante nuestros ojos, muchos son llevados cautivos, otros mutilados, otros asesinados. Nosotros, sobrevivientes, somos todav√≠a la presa diaria del enjambre b√°rbaro y de otras innumerables tribulaciones". La negra borrasca continu√≥ arrasando a Italia sin dar signos de amainar. El a√Īo 580, justamente treinta y cinco a√Īos despu√©s de la muerte de Benito, los lombardos se dirigieron hacia la afamada abad√≠a. Como monstruosos insectos acamparon en la vecindad de la monta√Īa, obscureciendo la tierra y el cielo; demasiado bien sab√≠an los monjes que aquellos b√°rbaros se acercaban para destruir y despoblar, que no otra cosa hab√≠an hecho con gozosa protervia a todo lo largo de la pen√≠nsula. Si se conced√≠a a los salvajes un d√≠a o dos para completar sus infernales planes, los hombres de Dios habr√≠an tenido que soportar el embate de sus ataques. Ocurri√≥ precisamente como los temieron los benedictinos. El enemigo valde√≥ el Iris y, despu√©s de arrasar la ciudad, marcharon derechamente hacia el santo lugar. Algunos monjes consiguieron escapar, pero muchos murieron por la espada, pues los lombardos manifestaron especial hostilidad hacia los religiosos. En una org√≠a de odio saquearon el monasterio, que guardaba el coraz√≥n de Benito, quemaron todos los preciosos liros que hallaron, dispuestos a hacer desaparecer toda huella de vida y amor. Cuando abandonaron el lugar, qued√≥ deshecha la obra de tres d√©cadas y devastada la gran ciudadela de la fe. La abad√≠a, ¬°ay! qued√≥ abandonada y en silencio durante un siglo entero, aunque el coraz√≥n y la mente benedictinos permanecieron intactos, pues su tradici√≥n se perpetu√≥ en la misma ciudad de los Papas. Pelagio II recibi√≥ con bondad a los monjes refugiados, concedi√©ndoles autorizaci√≥n para construir un monasterio al lado de la B√°sica lateranense. Aquel nuevo monasterio expandi√≥ p√ļblicamente la Regla de Benedicto, ganando para ella a muchos dignos adeptos as√≠ como la protecci√≥n papal. De esa manera, la orden, lejos de quedar aplastada bajo las ruinas de su santa casa, recuper√≥ las fuerzas con los a√Īos. Su destino en la derrota se revelar√≠a dentro de poco, cuando se adelantaran para colocar el dulce yugo de Cristo sobre sus supuestos destructores.

El gran Pontífice Gregorio

Se ha dicho que durante los primeros d√≠as de Benito, el Papa Hormisdas (514-523) le urgi√≥ establecer su Regla como un c√≥digo oficial para todos los monjes de Occidente. Con el andar de los a√Īos, se justific√≥ el juicio del Pont√≠fice, porque muchos otros reconocieron similarmente el genio inspirado de Benito para la ley y el orden. Comprendieron muy bien que la mejor biograf√≠a del gran abad podr√≠a ser le√≠da entre las l√≠neas de su Regla, y en las nobles vidas de sus adeptos. En efecto, los refugiados monjes hallaron tanto favor en Roma, que Gregorio, v√°stago de la casa Anisi√≠, cedi√≥ a la orden la casa de su padre en Monte Celio, y m√°s tarde abandon√≥ su brillante carrera de perfecto de Roma para tomar el h√°bito de un monje negro. Al principio, el talentoso novicio dese√≥ ardientemente ir a Gran Breta√Īa como misionero para convertir a los anglos. Habiendo llegado a un mercado romano algunos de aquellos esclavos de ojos azules y cabellos rubios, Gregorio les pregunt√≥ qui√©nes eran; cuando le contestaron "anglos", Gregorio replic√≥: Non angli sed angeli. Pero la multitud romana no le dej√≥ partir. Cercaron el camino del Papa, cuando se dirig√≠a a San Pedro, gritando que hab√≠a desterrado a su querido Gregorio; y consiguieron obligar al peque√Īo grupo que se dispon√≠a a partir a permanecer en su monasterio. Sin embargo, el Papa ten√≠a sus propios planes; quiso enviar al joven y brillante monje como legado papal a Constantinopla. No bien hab√≠a partido Gregorio de Roma para servir a la Iglesia en Oriente, la peste negra se expandi√≥ por toda Europa. Originada en las marismas de Egipto, la infecci√≥n bub√≥nica se expandi√≥ por √Āfrica, cruz√≥ el mar hacia Espa√Īa y desde all√≠ se propag√≥ por todo el continente. Como ladr√≥n nocturno se introdujo en chozas y castillos, sin distinguir entre pr√≠ncipes y siervos. Su miasma mortal envenen√≥ la tierra durante m√°s de cincuenta a√Īos. Como una nueva maldici√≥n se multiplicaron los terremotos por todas partes, destruyendo pueblos y ciudades. El mismo Papa Pelagio sucumbi√≥ por la peste que lleg√≥ a roma el a√Īo 590, y luego, s√≥lo en Antioquia, perecieron doscientas cincuenta mil personas a causa del terremoto que redujo las casas, las iglesias y los edificios p√ļblicos a montones de escombros. Gregorio, refiri√©ndose a aquellos terribles d√≠as, dijo: "Algunos lugares son aniquilados por la peste, otros son atormentados por el hambre, otros tragados por el terremoto". Cuando se conoci√≥ la muerte del Papa Pelagio, nadie dud√≥ que el monje Gregorio le suceder√≠a. El clero y el pueblo lo eligieron un√°nimemente para el Papado, a pesar del deseo del santo hombre de llevar una simple vida retirada.

El pontificado de Gregorio iba a ser el m√°s renombrado en los anales de la Iglesia. En verdad, "el ejercicio del poder por el Papa Gregorio fue uno de los m√°s grandes momentos de la historia mundial". Nunca hubo, ciertamente, gobernante mejor dotado, ni otro que conociera mejor las necesidades de la Iglesia y del Estado. Recordad los talentos de Gregorio: predicador, erudito escriturario, administrador, estadista, comandante de la flota, pr√≥digo en caridad, m√ļsico, lit√ļrgico y, sobre todo, santo. Aunque de mala salud, consigui√≥ realizar incre√≠bles tareas, demostrando ser una columna de fuerza moral y espiritual. Una vez en la silla de San Pedro, empez√≥ por expulsar a los servidores oportunistas de la corte papal, para despejar el camino a la verdadera acci√≥n cat√≥lica. Adem√°s, administr√≥ enteramente en inter√©s de la caridad, los Estados conocidos como el "Patrimonio de Pedro". Con sorprendente aptitud para los negocios, se mantuvo en contacto con Espa√Īa, Galia, Irlanda y el Oriente; con sabidur√≠a igualmente inspirada hizo la paz con el conquistador lombardo y sostuvo con gran valent√≠a los derechos de la Santa Sede contra las argucias y ardiles del patriarca de Constantinopla. Ni cedi√≥ una pulgada al oficioso y poderoso Justiniano en cuestiones de jurisdicci√≥n espiritual, aunque siempre acept√≥ la autoridad civil del Emperador. Porque sent√≠a por la Prometida de Cristo el m√°s profundo amor y, si bien protegi√≥ los derechos de cada una y de todas las iglesias particulares, exigi√≥ de todas ellas constante lealtad hacia la Santa Sede. Pero por encima de todos los conflictos mundanos, este "siervo de los siervos de Dios", como el mismo Gregorio se llamaba, pens√≥ en un mundo mejor para el porvenir, un mundo en que los derechos de la religi√≥n y los derechos humanos tuvieran su verdadero lugar. Pero la m√°s grande de sus obras fue lanzar a los benedictinos en su misi√≥n de conquistar el Occidente para Cristo. Por mala que sea -razon√≥ Gregorio- ¬Ņacaso la Europa b√°rbara no pertenece a Dios? ¬ŅNo se la debe hacer digna de √Čl? S√≠; porque para esa tarea √©l mismo hab√≠a sido arrancado de la paz interna del claustro. ¬ŅPodr√≠a pues √©l, que ten√≠a el poder del Vicario de Cristo, permanecer indiferente al destino cristiano? No, ni tampoco sus hermanos. Ahora m√°s que nunca, millares de hombres se sent√≠an hambrientos y sedientos de la verdad en Cristo; sus almas, como los campos abandonados de Europa, ejerciendo su gran influencia sobre los monjes negros, el Papa Gregorio les hizo entender que si la batalla contra las potencias de las tinieblas hab√≠a de ser ganada, eran ellos los que ten√≠an que adelantarse y propagar la verdad entre las nuevas naciones.

Destino en la derrota

Los hijos de San Benito, armados con las solas armas de la fe y del amor, partieron para cumplir su tarea en el ca√≥tico mundo. Tuvieron que enfrentar dos vitales empresas: la conversi√≥n de los b√°rbaros y la extinci√≥n de la peste negra. En aquel tumulto de temores y ruinas iban a reconquistar a la tierra y sus moradores para la paz de Dios. La fuerzas que emplearon, f√≠sicas y morales, religiosas y culturales, son simplemente inestimables. Empezaron por escoger sus moradas en lugares remotos de Italia; bosques y r√≠os, desiertos y p√°ramos fueron siempre de su predilecci√≥n, como salidos de las manos de Dios, mientras que los pueblos y ciudades construidos por los hombres los consideraron como lugares generadores del pecado y del mal. "Hallaban un pantano, un matorral, una roca y formaban un ed√©n en el desierto. Destru√≠an las v√≠boras, extirpaban los gatos salvajes, los lobos, los jabal√≠es, los osos; hac√≠an huir o convert√≠an a los vagabundos, ladrones o facinerosos" 1 . Nadie supo mejorar sus tierras m√°s que aquellos monjes por la edificaci√≥n, los cultivos y otros m√©todos. ¬ŅNo es f√°cil comprender que consiguieron finalmente renovar la sociedad cristiana, al verlos tan incansables en su apostolado, y tan sublimes en su paciencia? El tiempo, para ellos, se sum√≠a casi por completo en la eternidad, desde que todos segu√≠an la pauta divina de vivir y consagrar sus d√≠as al bien, incesantemente, y animados por el puro amor de Dios y de los hombres. Las poblaciones vecinas, nativas y b√°rbaras, pronto se enteraron de cu√°n h√°biles, corteses y entusiastas trabajadores eran aquellos monjes vestidos de negro y trataron de imitarlos a su tosco modo. Y muchos se instalaron en la vecindad del monasterio, donde los monjes vestidos de negro y trataron de imitarlos a su tosco modo. Y muchos se instalaron en la vecindad del monasterio, donde los monjes les ense√Īaron a sembrar y regar, a arar y segar y a construir sus propias viviendas; no es pues de sorprender que remotos lugares desiertos se convirtieran en jardines, huertos y surgieran pueblos nuevos por todas partes. M√°s sorprendentemente fue todav√≠a la forma en que sus doctrinas fecundaron como la lluvia, y sus ejemplos cayeron "como las aguas de los cielos sobre las hierbas, y como el fresco roc√≠o sobre los campos". Poco a poco la fe gan√≥ a las almas b√°rbaras y fueron desarroll√°ndose las buenas obras; luego la paz y el orden, que en un principio faltaron, fueron imponi√©ndose por todas partes a medida que acud√≠an a las escuelas m√°s hijos de los invasores. Y aquellos insociables rapazuelos, cuando aprendieron a leer en las antiguas obras latinas y en las sagradas escrituras respondieron con dulce disciplina y abandonaron su tosquedad para aceptar "las maneras y costumbres de vida cristiana". A medida que aprendieron a amar a los monjes, ideas nuevas suplantaron r√°pidamente a las antiguas, y fue molde√°ndose con firmeza del car√°cter cristiano.

El ej√©rcito benedictino estaba en marcha, y sus primeras campa√Īas por Dios se vieron coronadas por el m√°s competo √©xito, mas hay que tener bien presente que su tarea en el mundo b√°rbaro estaba s√≥lo en su principio. Pero se realiz√≥, sin embargo, un grave avance cuando los feroces lombardos empezaron a cambiar su conducta, abrazando muchos de ellos la fe cat√≥lica. El a√Īo 590,el rey Agilulfo, cuya esposa era cat√≥lica, se convirti√≥ e ingres√≥ con √©l en la grey cristiana un grupo numeroso de sus guerreros. La Iglesia conquistada respeto y obediencia entre los b√°rbaros, y √©stos defendieron, a su grosero modo, a los monjes. Luego, de modo gradual, adhirieron a las ideas romanas de ley y orden, de libertad y civilizaci√≥n. Transformaci√≥n tan milagrosa parece ser la soluci√≥n del antiguo enigma de las Sagradas Escrituras:

Del devorador salió manjar
y del fuerte salió dulzura (Jueces, XIV, 14)

Entre tanto, el Papa Gregorio despach√≥ a Agust√≠n, benedictino, a Gran Breta√Īa para convertir a los anglos. El grupo de cuarenta monjes que parti√≥ el a√Īo 596 pas√≥ por Lerins, en Galia, cruz√≥ el mar y desembarc√≥ en S√°ndwich. El rey Edelberto de Kent sali√≥ a su encuentro y les autoriz√≥ para predicar el cristianismo entre sus s√ļbditos. El d√≠a de Navidad del a√Īo 597, el mismo rey recibi√≥ el bautismo junto con m√°s de diez mil de sus s√ļbditos. Y antes de fin del siglo, la fe empez√≥ a echar fuertes ra√≠ces, siendo su centro la antigua Iglesia anglorromana, extramuros de Canterbury. M√°s atento que nunca a las necesidades de la Iglesia en otros pa√≠ses, Gregorio reuni√≥ una compa√Ī√≠a de monjes para ayudar a Agust√≠n; y al mismo tiempo ide√≥ la gran tarea de Leandro, a quien envi√≥ en ayuda de los apurados cat√≥licos de Espa√Īa. Los dos se hab√≠an encontrado a√Īos antes Constantinopla, y Gregorio apreci√≥ entonces el saber y la santidad de su amigo. Leandro, orador brillante y misionero celoso, recibi√≥ el palio el a√Īo 599; como arzobispo de Toledo no s√≥lo reform√≥ la liturgia y presidi√≥ grandes concilios, sino que tambi√©n convirti√≥ a los visigodos espa√Īoles de los errores del arrianismo.

Pilares de la Iglesia

A su vez, monjes irlandeses evangelizaron el norte de Europa. Cruzaron las islas, luego Gran Breta√Īa; se expandieron por toda la Galia y llegaron a Suiza e Italia, hasta enfrentar las marismas mortales del Rin, donde feroces tribus germanas rend√≠an culto a Tor y Wotan. San Rom√°n fue a Cornwall y escogi√≥ para su ermita un bosque lleno de bestias salvajes, m√°s tarde se embarc√≥ para Gran Breta√Īa donde fund√≥ a Lucronan. El a√Īo 563, San Columba, poeta erudito, fund√≥ a Iona y pas√≥ treinta y cinco a√Īos evangelizando a los monta√Īeses de Escocia. San Fridol√≠n, contempor√°neo de Columba, despu√©s de haber plantado la simiente del Evangelio en Suiza y otras provincias tan lejanas como Augsburgo, termin√≥ sus d√≠as en una isla del Rin. En el a√Īo 590, San Columbano y sus monjes partieron para predicar, primero en Gran Breta√Īa y luego en Breta√Īa, y despu√©s del a√Īo 591, en Austrasia. San Galo, que el a√Īo 610 acompa√Ī√≥ a Columbano hasta Alemania, se estableci√≥ en el lago Constanza, mientras su compa√Īero pas√≥ a Italia, muriendo en la gran Abad√≠a de Bobbio, en los Apeninos. En su marcha evang√©lica todos esos monjes irlandeses se encontraron con otros soldados del Esp√≠ritu, uniendo todas sus fuerzas en la causa com√ļn. Santas manos aplaudieron a trav√©s de las naciones, corazones leales latieron al un√≠sono, mientras esos monjes unieron a todo el continente en su esfuerzo misionero. Hijos de San Mart√≠n, hijos de San Patricio, hijos de San Benito cooperaron "en Cristo", a fin de que la justicia y la paz imperaran juntas y los incr√©dulos ingresaran en la grey cat√≥lica. El hecho es que aquellos monjes ofrecieron notable semejanza con los santos del Antiguo Testamento, "los cuales por fe conquistaron reinos, ejercitaron la justicia, alcanzaron las promesas, taparon las bocas de leones" (Ep√≠stola a los Hebreos, XI, 33). Y por una divina ley de compensaci√≥n la Iglesia primero aliment√≥ y luego fue alimentada por la nueva sangre vital de los b√°rbaros. De suma importancia para el total desenvolvimiento de Europa fue el progreso de la libertad social y espiritual realizado por esos monjes durante el sexto y los siguientes siglos. Como luego veremos, el gobierno de los benedictinos suplant√≥ gradualmente a los dem√°s, galos e irlandeses, mientras lentamente la antigua tradici√≥n romana retornaba a Occidente.

A la vez que los monjes hicieron lo que estuvo de su parte por expandir la buena simiente, también hubo sabios y eruditos que trabajaron entre los incultos bárbaros. Entre una media docena de ellos, tres sobresalieron, fieles cuyas plumas trabajaron en la oscuridad a través del siglo. El principal de ellos fue Boecio (480-524), pensador de primera fila cuya De consolatione philosophiae está profundamente impregnada de cristianismo, y que estableció un puente de unión entre la primera y la segunda Edad Media. La influencia de boecio creció rápidamente en el curso de los siglos, sirviendo muy bien a los escolásticos, porque tuvo el temperamento de Aristóteles y el pensamiento de Platón. Su amigo Casiodoro (480-575), miembro de una antigua familia romana, causó perdurable impresión sobre aquella época por haber reinstalado el saber en Occidente. Renunció a sus funciones bajo los reyes góticos para fundar un monasterio en Viviers, este hábil monje, teólogo y cronista, así como educador, mereció ser llamado "Padre de las Universidades", y sus Instituciones de estudio divino y humano, establecieron la pauta de los estudios, el trivio y el cuadrivio que sirvieron como fundamento para escuelas posteriores. Hay que contar también a Gregorio de Tours (539-593), en cierto modo el mejor historiador de la época, a pesar de su ocasional pesadez. Las páginas de este buen observador son, en verdad, brillantes, cuando hace la crónica de los hechos de figuras tan exaltadas y pintorescas como Fredegunda, Brunilda y Chilperico. "Desgraciado de nuestro tiempo -exclama- porque el estudio de los libros ha parecido entre nosotros"; de lo que no hay por qué maravillarse, desde que los bárbaros habían destruido todos los grandes centros del saber, Roma, Milán, Cartago, Alejandría. Otros cronistas, como Gildas, el Bretón (muerto en 512), Jordanes el godo (550) e Isidoro de Sevilla (560-636) contribuyeron a aumentar en interés, aunque no siempre la exacta información de aquella época. La narración de hechos se mezcla en ellos a menudo con exageraciones, lo que no les impide arrojar bastante luz sobre la lenta disipación de las tinieblas y legarnos relatos ingeniosos sobre las vicisitudes de la Iglesia en aquellos desgraciados días. La obra de aquellos hombres de letras del siglo sexto prueba, sin la menor dudad, que la historia había alcanzado a tomar la mano de la religión, mientras que la educación ayudó a la evangelización en la lenta marcha hacia la civilización y la cultura.


1

Misión de San Benito, por JUAN H. NEWMAN en sus Esbozos históricos, vol. II, pág. 398.
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