Si tragedia es todo lo que empieza en alegr铆a y termina en dolor, hubo abundancia de tragedia en el siglo. El m谩s oscuro de los siglos. El ideal de Sacro Imperio Romano, el Papa representante de lo espiritual y el Emperador en dominio de lo temporal, ofreci贸 tremendas dificultades. Los hombres pudieron so帽ar con el gran d铆a en que un rey de los francos gobernara religiosamente y reinara gloriosamente, como Cristo, antes del fin de los tiempos. 隆Elevada esperanza! 隆Sue帽o audaz!, pero, desgraciadamente, lejos de ser realizable. Porque la historia completa de la 茅poca muestra que la guerra estuvo siempre en acecho, que la arrogante nobleza y el inculto clero moraban al borde de las tinieblas, mientras las multitudes, creyendo en hechiceros y en la pr谩ctica de las ordal铆as, no se hab铆an elevado todav铆a sobre una condici贸n de semisalvajismo. La 茅poca fue ignorante, grosera y cruel; sin embargo, Carlos el Grande (Carlomagno), lleno de celo e imperioso car谩cter, se dispuso, con magn铆fico valor, a establecer un sistema de educaci贸n. Sab铆a que el mundo estaba en manos de cuatro grandes potencias: dos cristianas y dos musulmanas; y quiso hacer a su Estado seguro, dominante, verdaderamente cristiano. Todos los ni帽os, dispuso el monarca, deb铆an recibir instrucci贸n, hasta los hijos de los siervos; inst贸 a los obispos a abrir m谩s escuelas en sus sedes, ayud贸 a la fundaci贸n de muchos monasterios y fund贸, entre escuelas para el clero, su propia famosa 鈥淓scuela de Palacio鈥, en la que reuni贸 los mejores maestros de la cristiandad. Pero, con todo ello, no se puede negar que muchos de sus m茅todos estuvieron en desacuerdo con el sentido cristiano; profesaba la fe, pero su esp铆ritu de cruzado era extremadamente cruel; dictaba leyes para el clero mientras se negaba a entregar sus propiedades a la Iglesia. Bajo su mirada de 谩guila, los duques gobernaban sus provincias, los condes vigilaban sus distritos, los obispos gobernaban sus di贸cesis, pero se pod铆an establecer apelaciones en cualquier ocasi贸n ante la instancia de un tribunal imperial. Por otra parte, Carlos trat贸 de desarraigar el error la unidad al precio de la fuerza m谩s cruel: 鈥溌 el bautismo o la espada!鈥 Tales fueron las causas de sus despiadadas campa帽as en la Antigua Sajonia y entre los 谩varos; triste es decirlo, muchos obispos y abades guerreros enrolados en sus filas, contribuyeron fr铆amente a imponer por la fuerza el bautismo a las multitudes de los vencidos. Peor aun fue su conducta cuando hizo decapitar a cuatro mil quinientos sajones y luego se retir贸 a su campamento para celebrar el nacimiento del Pr铆ncipe de la Paz. El consejero y amigo del Emperador, Alcuino, protest贸 contra coerci贸n tan atroz y sin conciencia. 鈥溌緿e qu茅 sirve 鈥揺scribi贸 Alcuino鈥 el bautismo sin fe? 驴C贸mo puede obligarse a un hombre a creer en aquello en que no cree?鈥 Todos esos consejos, desgraciadamente, cayeron en o铆dos sordos, porque Carlos estaba determinado a que el Evangelio progresara paso a paso paralelamente con su reino. Pero Alcuino tuvo raz贸n, como lo prob贸 el tiempo; aunque el cristianismo se expandi贸 desde el Rin al Elba, dio constantemente con fingida conformidad pronta apostas铆a y final rebeli贸n.
Hubo, es innegable, zarzas y ciza帽a en el trigal de Dios, y la Iglesia tuvo que sachar much铆simos surcos antes de que madurara su cosecha. Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno, ayud贸 grandemente a la Iglesia en su inmensa tarea. Luis sucedi贸 en el trono a su padre el a帽o 814, y este concienzudo franco pronto se mostr贸 tan h谩bil general como buen administrador. Pero una vez en el trono, el bondadoso emperador result贸 f谩cil presa de los intrigantes, entre los cuales, desgraciadamente, se contaron sus propios hijos. Habiendo dividido el Imperio entre ellos, tuvo el dolor de ver que sus hijos no s贸lo se hicieron la guerra entre s铆, sino que se volvieron contra su real benefactor, forz谩ndolo a abdicar y buscar refugio en un monasterio. A la muerte de Luis, sus desnaturalizados hijos, Luis El Germ谩nico, Lotario y Carlos el Calvo, en vez de impedir la intrusi贸n y abusos de sarracenos y normandos, descendieron a miserables pendencias a la vez que se opon铆an con todo vigor a la Iglesia. Lotario, cuya existencia privada fue 鈥渢an cobarde como licenciosa鈥, levant贸se contra el Papa Nicol谩s; Carlos el Calvo y Luis el Germ谩nico querellaron constantemente con el Papa Adriano. Adem谩s de la corrupci贸n de las altas esferas del reino, la Iglesia tuvo tambi茅n sus dificultades de doctrina que se renovaban sin cesar. Una de sus m谩s sensibles aflicciones fueron las interminables reyertas teol贸gicas, odium theologicum , que estallaban por todas partes. Durante lo primeros cincuenta a帽os se originaron renovadas disputas teol贸gicas, llagas siempre abiertas sobre el flanco del Papado. Tres grandes controversias referentes a la Naturaleza de Cristo, a la Eucarist铆a y a la Predestinaci贸n, absorb铆an las mentes de los fieles m谩s capaces. La segunda mitad del siglo presenci贸 la renovaci贸n del interminable conflicto entre la Iglesia bizantina y Roma. Los griegos, ciegamente celosos del poder creciente del Papado cayeron en el cisma y facilitaron as铆 el camino para m谩s profundas disensiones. Muchos concilios se reunieron para encaminar a los descarriados, mientras los obispos fieles intentaron la dif铆cil tarea de controlar a los nobles, ebrios de poder. Muchos barones, incapaces de escribir su propio nombre, aplicaban la ley sin discernimiento, desde帽osos del bienestar de sus s煤bditos y atentos s贸lo a obtener mayores honores y prebendas. La marea del mal que iba cubriendo a todo el Sacro Imperio Romano demandaba un esfuerzo gigantesco, no s贸lo para contener los asesinatos y dem谩s cr铆menes que hac铆an la vida imposible, sino para mitigar el encono delos reinos rivales, y a tajar la expansi贸n del cisma dentro de la misma casa de la fe. Es de recordar que precisamente en aquellos perturbados tiempos es cuando aparecieron los m谩s grandes santos, como lirios florecidos en un muladar. Vamos a prestar ahora toda nuestra atenci贸n a uno de esos santos, estrechamente ligado con aquella 茅poca.
En la oscuridad crepuscular vemos avanzar hacia el norte a un viajero lleno del lodo de los caminos: es Anscario, el franco, que atraviesa la neblinosa y lluviosa tierra de los vikingos para convertir a los paganos dinamarqueses. Aquel sorprendente precursor, aquel audaz abanderado, hab铆a nacido de padres humildes, en Picard铆a, sobre el canal Ingl茅s, y contaba tan s贸lo cinco a帽os de edad a la muerte de su madre, cuando ingres贸 en una escuela-claustro. Al crecer bajo la direcci贸n de maestros benedictinos, la lengua que aprendi贸 puede calificarse del principio del moderno franc茅s, lenguaje corrompido que no era lat铆n ni franc茅s; las principales materias que aprendi贸 fueron: lectura, escritura y aritm茅tica, mientras la disciplina consisti贸 sobre todo en azotes. Muchacho activo, inclinado a los juegos y ejercicios rudos, Anscario en un principio demostr贸 escasa inclinaci贸n por el estudio, y menos a煤n por la disciplina. Una noche, perdido en alg煤n oscuro rinc贸n del lugar, trat贸 en vano de encontrar el camino de retorno. Se le apareci贸 Nuestra Se帽ora acompa帽ada de varios santos, todos vestidos con deslumbrantes ropas blancas. Al contemplar a su madre entre los elegidos, Anscario corri贸 hacia ella, y oy贸 que la Bendita Madre le dec铆a:鈥滺ijo m铆o, 驴quieres venir hacia tu madre? Has de saber que si quieres participar de su felicidad debes de renunciar a toda vanidad, abandonar todas las locuras juveniles y someterte a una vida santa. Porque detestamos todos los vicios y toda ociosidad; quienes se deleitan en tales cosas jam谩s podr谩n alcanzar nuestra compa帽铆a鈥. Despu茅s de aquella aparici贸n, Anscario se convirti贸 en un joven enteramente diferente, tanto que sus compa帽eros no pudieron explicarse aquella transformaci贸n de su rudo y alegre compa帽ero de juegos. Su piedad, sin embargo, sigui贸 siendo la de un ni帽o, mientras que su devoci贸n a Nuestro Se帽or y su Sant铆sima Madre, se hizo m谩s seria, profunda y constante, a medida que con la edad el joven adquir铆a un esp铆ritu cada vez m谩s generoso as铆 como idealista. Tom贸 la costumbre diaria, cuando iba a la escuela, de desviarse hacia un apartado oratorio y rezar all铆 en secreto. Un d铆a, en el momento que se levantaba de sus oraciones contempl贸 a Nuestro Se帽or cubierto con vestiduras jud铆as, radiante y hermoso. Anscario volvi贸 a caer de rodillas, y Cristo, con dulc铆sima voz, le orden贸 que se levantara, diciendo:鈥滳onfiesa tus pecados, Anscario, para que puedas ser perdonado鈥. 鈥溌縌u茅 necesidad hay, oh, Se帽or 鈥搑eplic贸 el muchacho鈥 de que yo te los diga, desde que T煤 los conoces todos?鈥 鈥淟os conozco todos, en verdad 鈥揷ontest贸 Nuestro Se帽or鈥, pero con todo quiero que t煤 lo confieses para que puedas ser justificado鈥. Y entonces Anscario declar贸 todos los pecados que 茅l hab铆a cometido desde su ni帽ez, y esta primera confesi贸n general le dio la seguridad consoladora de que hab铆a recibido completa remisi贸n. D铆a tras d铆as, el joven elegido fue acerc谩ndose m谩s a Dios, hasta que lleg贸 a su mayor铆a de edad y decidi贸 entonces ingresar en el monasterio benedictino de Corbie, en Picard铆a.
La antigua Corbie tuvo en lo pasado mucha importancia. Construida sobre terrenos separados por los adeptos de Columbano del distrito de Luxeuil, hab铆a asistido a la decadencia de la dinast铆a merovingia y al surgimiento de la dinast铆a carolingia. Luis el Piadoso llamaba algunas veces a su fundador, y otras, visitaba el monasterio, sabiendo con cu谩nta valent铆a sus miembros hab铆a compartido el sue帽o de su padre de extender el reino de Cristo en los corazones de los hombres. Encontr贸 all铆 el ideal del Sacro Imperio Romano en miniatura, porque Corbie fue un monasterio t铆pico en el siglo IX. Los monjes, despu茅s de varios a帽os de trabajo, hab铆an levantado una morada en la que la paz reinaba y el esp铆ritu de piedad prevalec铆a. El recinto de Corbie comprend铆a muchos edificios, cada uno de ellos con su propio destino dentro dela pauta comunal. Ante todo estaba la iglesia de la abad铆a, coraz贸n de todo el establecimiento, luego la casa privada del abad con su cocina y sus almacenes. Exist铆an escuelas para externos a la vez que las escuelas-claustros; a las primeras concurr铆an los hijos de los nobles de los contornos, as铆 como de los hombres libres y las otras estaban destinadas a los que llevaban t煤nica, por tener el firme prop贸sito de ingresar en la Orden. Los viajeros dispon铆an de hospeder铆as donde eran recibidos y tratados con toda generosidad; exist铆an tambi茅n enfermer铆as y dispensarios para atender dentro de Corbie y en los alrededores a toda clase de enfermos y necesitados. Algo distantes de los edificios principales estaban ocultas detr谩s de cercas las viviendas de los sastres y zapateros, de los tejedores y cerveceros, alba帽iles y carpinteros, todos en comunicaci贸n con la abad铆a. Aquella comunidad, rodeada por una empalizada, con fosos y torres, gozaba de una existencia enteramente propia, estaban en el mundo, pero no depend铆an de 茅l. Fuera de sus paredes pod铆a verse a los monjes arando los campos, criando ganado y ocupados en otras productivas faenas; y a veces se les ve铆a andar con apresuramientos por los caminos para acudir a las casas de los enfermos del distrito para atenderlos, curarlos y prevenirlos contra las pestes o epidemias. La abad铆a era constantemente visitada por toda clase de gentes: jornaleros para aprender oficios manuales; sabios para comprar, solicitar o utilizar copias de valios铆simos manuscritos; hasta reyes y nobles que buscaban descanso de sus luchas en la divina morada de la renovaci贸n espiritual. Porque esto era precisamente Corbie, y nadie sab铆a mejor que los gobernantes toda la saludable influencia y edificante protecci贸n que la abad铆a ofrec铆a a todos los que a ella acud铆an. Los conquistadores ambiciosos y pendencieros pueden esgrimir sus espadas y lanzas, pero esos soldados de Cristo hab铆an convertido las espadas en hojas de arado, las lanzas en m谩rcolas, cumpliendo as铆 la promesa prof茅tica del 谩ngel en dulce realidad de paz sobre la tierra a los hombres de buena voluntad.
En tal lugar pas贸 su primera juventud Anscario, el benedictino. Las perversas acciones del mundo exterior no eran desconocidas para 茅l, porque los monjes negros estaban en directa y estrecha relaci贸n con la Santa Sede; iban y ven铆an en santas misiones para conquistar almas para Cristo. Ancianos monjes que hab铆an sido soldados de Carlos el Grande contaron a Anscario horripilantes historias sobre feroces guerreros que hab铆an encontrado en los pa铆ses del Norte. Se enter贸 as铆 de que la antigua Sajonia se extend铆a paralela al curso de los r铆os Elba, Elder, Ems y Weser, incluyendo la tierra de la costa con Jutlandia y Dinamarca, las tierras bajas del Rin y las playas de Batavia. Tuvo noticias de los fieros vikingos, que cruzaban los mares armados de cuchillos, lanzas y hachas danesas. Ninguna ciudad de la tierra de los francos qued贸 segura, ni Par铆s, ni Ru谩n, ni Nantes, ni Burdeos: todas tuvieron que sufrir las excursiones de aquellos nuevos b谩rbaros. No se nos ha dicho con qu茅 sentimientos de dolor y de piedad recibi贸 Anscario aquellas noticias, pero el amor anim贸 siempre sus d铆as de noviciado, en la capilla, en todas partes. Su maestro, Pascasio Radberto, poeta, m煤sico y te贸logo, consider贸 al joven estudiante como un car谩cter admirable, y lo recomend贸 en seguida por su fidelidad y devoci贸n. Tambi茅n como maestro sobresali贸 Anscario, aunque en su alma, m谩s profunda que la estima del a ciencia y del arte, era su aspiraci贸n inextinguible a propagar el Evangelio entre los pobres y los ignorantes de distintas tierras. Como buen monje que era, continu贸 sus estudios y se aferr贸 a su posici贸n docente, en espera de la hora en que la Providencia lo encaminara directamente hacia m谩s all谩 de Corbie. Ocurri贸 que uno de sus inocentes disc铆pulos, llamado Fulberto, fue gravemente herido en la cabeza al ser golpeado con una pizarra. Hora tras hora, d铆as tras d铆a, Anscario permaneci贸 al lado del lecho del enfermo calenturiento e insomne. Durante la larga vigilia Anscario pudo percatarse de que Fulberto ten铆a esp铆ritu de santo, con tanta paciencia soport贸 la penosa herida, tan dulce fue su resignaci贸n, tan pronto y espont谩neo su perd贸n al heridor. Anscario continu贸 en su asistencia y consuelo hasta que los superiores lo obligaron a tomarse alg煤n descanso. P谩lido y fatigado por las largas vigilias cay贸 en profundo sue帽o, durante el cual Dios le otorg贸 una maravillosa visi贸n. Contempl贸 a Fulberto transportado a los cielos por 谩ngeles que lo colocaron entre las filas de los m谩rtires. De la profunda alegr铆a de esa revelaci贸n fue arrancado cuando un inspector lo llam贸 para darle la triste nueva de la muerte del muchacho. 鈥淭uvo la confortaci贸n 鈥揹ice el bi贸grafo de Anscario鈥 de no tener que lamentarse mucho de la muerte de Fulberto, sino m谩s bien que regocijarse por la feliz condici贸n de su alma. Tal como le hab铆a sido revelado en sus sue帽os. No hay duda de que el joven maestro hall谩base cerca de Dios, que los distingu铆a, y estaba animado por un cordial anhelo de servir y dominante deseo de ense帽ar a los m谩s abandonados. Ninguna otra alegr铆a pudo serle mayor que sentirse escogido para expandir la simiente del Evangelio entre los vikingos que moraban en las tierras del Norte.
El joven benedictino debi贸, con frecuencia, contemplar en su imaginaci贸n aquellas oscuras tierras paganas, viendo 鈥溌ombres como 谩rboles caminantes!鈥 pero todav铆a no hab铆a llegado el tiempo de encaminarse hacia ellas, porque sus superiores escogieron a Anscario para que ayudara a colonizar un monasterio. 鈥淣ueva Corbie鈥 como fue llamado, fue fundado por un soldado converso que edific贸 la abad铆a en el a帽o 822. Anscario y un grupo de monjes se dedicaron a mejorar las escuelas claustros ense帽ando a la ind贸mita juventud sajona y adiestr谩ndola en el trabajo de los campos.
Escogido por Dios para m谩s grandes haza帽as, lleg贸 al fin el d铆a en que los sue帽os de Anscario fueron realizados. Ocurri贸 que Aroldo, el rey de Dinamarca recientemente bautizado, solicit贸 del emperador Luis el Env铆o de misioneros celosos y valientes que expandieran la fe en su pagan tierra. Walla, abad de Nueva Corbie y sobrino de Carlomagno, escogi贸 a Anscario, que acept贸 con gozo la misi贸n, a pesar de la cr铆tica de amigos y enemigos que tuvieron algo que decir. En compa帽铆a del rey Aroldo y de un hermano monje, Anscario se encamin贸 hacia la tierra de los vikingos. Zarparon en un barco sucio, pero muy marinero, que ten铆a s贸lo dos cabinas, en las que se acomodaron con buena voluntad el Rey y sus compa帽eros. Todo eso poco import贸, sin embargo, al joven benedictino, cuyo coraz贸n estaba lleno con la escuela que planeaba abrir para los hijos de los fiords. Hacia ese mismo tiempo los daneses se hab铆an establecido en Frisia y en Holanda y decidieron tambi茅n lanzarse a los mares 鈥撯淟a senda del cisne鈥 鈥 y piratear por todas partes. Ning煤n sentimiento de piedad deten铆a a aquellos asaltantes delos mares, siempre listos con toda sangre fr铆a a afrontar todos los peligros 鈥淟as brisas marinas ayudan a nuestros remos 鈥揷antaban mientras remaban鈥; el hurac谩n se pone a nuestro servicio y nos lleva adonde queremos ir鈥. Y adonde sea que fueran llevaban con ellos el terror, porque la guerra era para ellos la actividad por excelencia, en la que asesinaban a los hombres y violaban a las mujeres con la bestialidad que les era natural. Muchas veces desembarcaban en las costas, ya de Gran Breta帽a, ya de Irlanda; y muchos de ellos permanecieron en los nuevos pa铆ses mezcl谩ndose con las poblaciones nativas.
En su patria de origen, envuelta en nieblas, los vikingos viv铆an en una ci茅naga de ignorancia, idolatr铆a y luchas intestinas. Desde los tiempos prehist贸ricos, aquellas poblaciones n贸rdicas, activas e independientes, hab铆an llevado una existencia extra帽a en un mundo aparte. Orgullosos, alentados por sus victorias marinas, practicaban sus imponentes ritos en espesas selvas bajo el sagrado roble o el tilo. Ofrec铆an sacrificios humanos, como en el lago Hertha, en cuyas heladas aguas arrojaban a un joven y a una hermosa doncella todos los a帽os para aplacar a sus viejos dioses germ谩nicos. Los violentos normandos se vanagloriaban de aquellos dioses, representados en las sagas como crueles gigantes, h茅roes mentirosos, malos esp铆ritus, furiosos y sangrientos en todos sus actos. No es de extra帽ar pues, que aquellos ignorantes adoradores, ca铆dos en la m谩s baja ci茅naga moral, se complacieran en los cr铆menes sexuales m谩s repugnantes.
Anscario, a la edad de veinticinco a帽os, penetr贸 sin temor alguno en medio de las tinieblas danesas, determinado a sacrificarse 茅l mismo, si necesario fuera, y a emplear todos los medios a su alcance para mostrar a aquellas almas extraviadas la Verdad y la Vida. No pod铆a ser imaginada m谩s dura conscripci贸n por el Cristo, que expandir la simiente evang茅lica en tan amargo suelo. Ello hab铆a sido intentado ya, pero sin 茅xito, por Ebbo, arzobispo de Reims, hecho que en nada amilan贸 a Anscario. Ni por un instante lo detuvo el fracaso del rey dan茅s, que se ahog贸, ni los peligros de la jornada, ni el trabajo f铆sico y cotidianos sufrimientos de las misiones. 鈥淟as actividades vikingas 鈥揹ice un historiador鈥 estaban como quien dice en su apogeo, la guerra no cesaba ni por un momento, actos de pirater铆a y bandolerismo desolaron todas las costas y destruyeron toda seguridad y toda paz鈥. A pesar de ello, Anscario continu贸 predicando y bautizando, cumpliendo 茅l solo la peligrosa tarea de ganar la buena voluntad de aquellos violentos hombres de mar; cosa que habr铆a podido obtener, en verdad, a no haber sido por el impulsivo Haroldo, cuyos actos perjudicaron en vez de ayudar ala causa cristiana. Y a consecuencia de ello, el pac铆fico misionero tuvo que compartir la suerte del gobernante cruel, y ambos fueron expulsados del pa铆s por los enfurecidos daneses. Desparecieron as铆 entre las nieblas de la regi贸n sus santas esperanzas, y Anscario, en su camino de regreso a Corbie, resolvi贸 olvidar todo lo referente al fracaso inicial y, con renovado valor, empez贸 a concebir otro plan para lo futuro.
Los daneses hab铆an rechazado el mensaje evang茅lico con tanta decisi贸n como ferocidad. Anscario soport贸 el lento martirio de la postergaci贸n, hasta que tres a帽os m谩s tarde recibi贸 el encargo de su segunda misi贸n. Luis el Piadoso quiso que el joven monje franco tomara cuidado espiritual de los mercaderes, esclavos cristianos y otras gentes de Bjorko, capital de Suecia. As铆 aconteci贸 que Anscario, lleno de esperanza, volvi贸 a cruzar los mares en compa帽铆a de los embajadores imperiales. Se abrieron camino entre terribles marismas, encendieron los fuegos de sus vivaques entre las selvas y las playas. Animales salvajes se aproximaron a los reci茅n llegados, pero ello nada signific贸 en comparaci贸n con el peligro de los hombres nativos, con su astucia de lobos y sus ma帽as de osos. Cuando llegaron a Bjorko, el benedictino solicit贸 del Rey autorizaci贸n para predicar el Evangelio a sus s煤bditos. Bjorn, que admiraba su valor, accedi贸 a su pedido, de manera que el a帽o 830 el infatigable monje pudo evangelizar al distrito Malearse. Por este mismo tiempo los embajadores que se disgustaron con aquellas gentes intratables, perdieron su valor y decidieron retornar a su patria. Pero el misionero en茅rgico se mantuvo en su empresa, arrostrando toda amenaza y todo peligro. Apenas hab铆a desaparecido en el horizonte el barco en que iban sus compa帽eros, el benedictino inici贸 su marcha hacia el interior del pa铆s, siguiendo los senderos abiertos por las caravanas y hablando del Evangelio a todos lo que encontraba. Aquellos escandinavos constitu铆an un pueblo realmente extra帽o, inconstante e inseguro; el abanderado de Cristo tuvo que proceder con extremo cuidado, midiendo cada paso que daba por temor de enfurecerlos y que terminaran con su vida en un instante. Contaba con su celo y su amor de las almas, las dos armas con las que obtuvo del rey Bjorn el privilegio de la predicaci贸n. Durante dieciocho meses, Anscario, solo entre los vikingos, continu贸 su audaz aventura por Cristo mientras su fama de franco bondadoso e inteligente se expandi贸 con rapidez por toda la salvaje regi贸n. Los normandos admiraron siempre al os valientes y se jactaban de que uno de ellos solo, pod铆a terminar con tres enemigos ala vez; de manera que debieron ser conquistados por el juicio fr铆o del intr茅pido extranjero que sab铆a vencer toda clase de dificultades. Nada tiene de sorprendente, por lo tanto, que el 茅xito coronara su segunda misi贸n y que Herigar, jefe de los consejeros reales, abrazara la fe. Y lo mejor de todo fue que Anscario, ayudado por los resueltos conversos, pudiera edificar la primera iglesia cat贸lica en aquel pa铆s.
Tuvo tanto 茅xito la misi贸n sueca, que el monje de Corbie, cumpliendo otra vez con el deseo del Emperador, fue consagrada arzobispo de Hamburgo y se dirigi贸 a Roma para recibir el pallium de manos del Papa Gregorio IV. Aun m谩s, el Pont铆fice lo nombr贸 legado ante las naciones del Norte: suecos, daneses y eslavos. El veterano misionero, siempre preocupado por los suecos, envi贸 al obispo Guasberto con otros sacerdotes para continuar las misiones m谩s septentrionales. Pero una vez m谩s el veneno de la perfidia se introdujo en tierra delos vikingos; el Obispo tuvo que huir y su sobrino fue asesinado. Derrotado en un campo, Anscario probaba otro. A pesar de la furia pagana, insistir铆a imperturbablemente en su misi贸n. Gracias a su aprendizaje mon谩stico pudo reanimar la abad铆a de Terhold, en Flandes, y establecer all铆 una floreciente escuela. Existieron muy felices relaciones entre el arzobispado y su grey por m谩s de una d茅cada interrumpida tan s贸lo cuando los lobos marinos, m谩s feroces que nunca, reiniciaron sus terribles excursiones. El a帽o 845, Erico, rey de Jutlandia, se present贸 en el puerto de Hamburgo con una flota de ochocientos nav铆os, causando terror entre los habitantes. Los invasores remontaron el r铆o, asesinaron a todos los moradores que encontraron en las dos orillas e incurrieron en actos bestiales, sobre los cuales la cr贸nica prefiere arrojar tupido velo. Saquearon y quemaron la ciudad, as铆 como su iglesia recientemente construida; los raros e inapreciables libros, legados al monasterio por Luis el Piadoso, se convirtieron en humo. Anscario, reducido a la m谩s extrema pobreza, tuvo que pasar de ciudad en ciudad hasta llegar a Bremen. Todas aquellas tr谩gicas experiencias, m谩s que suficientes para destrozar el coraz贸n de cualquier otro hombre, no acobardaron al santo, que agradeci贸 profundamente a Dios que la mayor parte de su reba帽o hubiera conseguido escapar de los vikingos.
Volvamos ahora de los episodios de su misi贸n a la condici贸n general en que se encontraba el Occidente. Despu茅s de la hu铆da de Anscario de Hamburgo cayeron nuevas tribulaciones sobre la Iglesia y sus fieles hijos. El Imperio, dividido por Luis el Piadoso entre sus tres hijos, fue amenazado de desintegraci贸n. Lotario, Luis el Germ谩nico y Carlos el Calvo ambicionaron las tierras de los otros hermanos, cometieron toda clase de abusos y robos y se perdi贸 toda huella de verdadera autoridad real. Lotario y Carlos se unieron contra Luis; los vasallos de Carlos raptaron a la hija de Lotario. Hasta despu茅s de la batalla de Fontenoy, el a帽o 841, y del Tratado de Verd煤n del a帽o 843, las rivalidades din谩sticas continuaron, agravadas con violencias y traiciones. El historiador de aquellos d铆as no exagera cuando declara: 鈥淪angre inocente es derramadas sin ser vengada, el temor de los reyes y de la ley ha abandonado a los hombres, y el pueblo se encamina con los ojos cerrados hacia el fuego del infierno鈥. Cu谩n escasamente los gobernantes francos respetaban al clero, y viceversa, puede verse en la historia, repetida con frecuencia, de Carlos el Calvo y Juan Escoto Er铆gena1, el te贸logo m谩s capaz de los tiempos carolingios. Tanto el Rey como el monje se complac铆an en discutir. Un d铆a discut铆an ambos sentados a la mesa del fest铆n, cuando el Rey, en tono insultante, pregunt贸: 鈥溌縀n qu茅 difiere Escoto de tonto?鈥 鈥溌abla!鈥, respondi贸 el irland茅s osadamente2.
Se puede comprender f谩cilmente las dificultades del santo Anscario en medio de aquel mundo loco, dificultades de un hombre demasiado noble, demasiado impregnado del esp铆ritu evang茅lico para entenderse con aquellos maquinadores reales. En aquel general acaparamiento de tierras, parte de su nueva di贸cesis, en Flandes, hab铆a sido invadida por Carlos el Calvo, no sin la protesta de su celoso pastor. Luis intervino en la querella y oblig贸 a su hermano a devolver la sede usurpada. Los sucesores de Carlomagno quer铆an, es claro, mantener su supremac铆a en la administraci贸n de la Iglesia; nunca se contentaron con ventajas negativas y deseaban siempre controlar los asuntos eclesi谩sticos. Y cuando Roma se interpuso, los reyes francos, sostenidos por eclesi谩sticos serviles, se opusieron al Vicario de Cristo, aunque reconoc铆an en sus corazones que los prop贸sitos de la Iglesia eran prop贸sitos de justicia, de bondad y de paz.
Durante todo el tiempo en que Anscario actu贸 en lo m谩s enconado de la lucha, el Papa Le贸n IV tuvo que afrontar incesantes dificultades. Pues mientras el norte del Atl谩ntico era infestado por piradas vikingos, los odiosos sarracenos dominaban sobre todas las costas del Mediterr谩neo y amenazaban a las ciudades italianas. En agosto de 846, una flota musulmana lleg贸 a Ostia, desembarc贸 miles de 谩rabes que saquearon las bas铆licas de San Pedro y de San Pablo, al espantoso grito de 鈥溌o hay m谩s que un solo Dios y Mahoma es su Profeta!鈥 La ciudad misma pudo ser salvada gracias a las resistentes murallas construidas por generaciones de fieles; sin embargo, los paganos se establecieron en Bari, sobre el Cariglinao. Tres a帽os m谩s tarde, los puertos del Sur, Amalfi, Gaeta y N谩poles, formaron una liga militar, la primera de su clase en la Edad Media. Tal como las cosas se presentaban, el porvenir se mostraba m谩s sombr铆o a煤n, si no se tomaban radicales medidas cuando antes. Por tal motivo, esas ciudades unieron sus flotas y concertaron un tratado con el Papa Le贸n, que invit贸 a los capitanes a ir al Vaticano, donde juraron lealtad a la causa com煤n. Luego el Pont铆fice, a la cabeza de la milicia romana, se dirigi贸 a Ostia, bendijo al ej茅rcito, y a la armada y administr贸 la Santa Comuni贸n a los hombres. En ese a帽o de peligro, 849, cuando la seguridad de la cristiandad se vio otra vez amenazada por su peor enemigo, Le贸n cay贸 de rodillas y or贸: 鈥淪e帽or, T煤 que salvaste a Pedro de ahogarse cuando camin贸 sobre las olas del mar, T煤 que rescataste a Pablo de las profundidades... misericordiosamente esc煤chanos, y por los m茅ritos de esos santos, asegura el poder a los brazos de tus creyentes siervos, que luchaban con los enemigos de tu Iglesia, y que, gracias a su victoria, tu Santo Nombre pueda ser glorificado entre las Naciones鈥. El Papa acababa de retornar al Vaticano cuando ya las velas sarracenas pod铆an verse desde la orilla. Inmediatamente, los valientes napolitanos remaron para enfrentarlos y repentinamente, entre el chocar de las proas, levant贸se un hurac谩n que produjo general confusi贸n entre todos los barcos de ambas partes. Al cesar el viento y la lluvia vi贸se que la flota 谩rabe hab铆a desaparecido, hundida en parte y en parte dispersada. Muchos sobrevivientes musulmanes nadaron hacia las islas el mar Tirreno, para ser muertos en las playas. Muchos m谩s cayeron en poder los capitanes de la Liga que los ejecutaron inmediatamente en Ostia o los llevaron encadenados a Roma3. As铆 fue salvada la Ciudad Eterna una vez m谩s de caer en manos del invasor, mientras el Papa procedi贸 a resolver firmemente tres grandes problemas: defensa m谩s poderosas de Roma, libertad de la Iglesia respecto de la influencia secular y la abolici贸n de la simon铆a, pecado que en su reaparici贸n iba a traer terribles consecuencias.
Un a帽o despu茅s de haber desaparecido la flota sarracena en las profundidades del Mediterr谩neo, Anscario administraba las dos sedes de Hamburgo y Bremen. No pod铆a haber pausa en la conquista de las alma; los retrasos eran mayor raz贸n para nuevos embates. Cielos helados y nubes fugaces no significaban mayor amenaza para 茅l que las embravecidas olas; m谩s que nunca se sinti贸 con voluntad para enfrentar toda clase de peligros y arrostrar todos los desaf铆os del paganismo. Ahora se encontraba realmente listo para ello -隆y estaba muy cerca de sus cincuenta a帽os de edad 隆Su fr谩gil barco enderez贸 la proa hacia las costas del Norte; sus compa帽eros monjes estudiaban las estrellas, el mar, con enemigos en su estela; pod铆an ver a piratas vikingos luchando contra las tormentas sobre las costas grises. Como enviado de Luis el Germ谩nico, visit贸 otra vez a Dinamarca, la misma tierra de la que hab铆a sido expulsado mucho antes. El rey Erico, olvidando lo pasado, le dio la bienvenida, y en verdad simpatizaba tanto con 茅l que llam贸 a todos los sacerdotes desterrados de sus dominios. Conquistado por la dulzura de car谩cter de Anscario, el orgulloso normando cedi贸 punto por punto con gran beneficio de la fe. El a帽o 850 se levant贸 la primera iglesia en Schleswig, y en 851 se edific贸 otra en Ripan. Al a帽o siguiente, el veterano misionero visit贸 a Bjoko, en Malearsee 鈥揹espu茅s de una ausencia de cerca de un cuarto de siglo鈥, pero esta vez estaba ya bien acostumbrado a las ci茅nagas profundas y a las traidoras corrientes marinas. En esta ocasi贸n, tambi茅n fue amistosamente recibido, y con gran tacto supo ganar el favor del Rey invit谩ndolo a su mesa y ofreci茅ndole numerosos presentes. Los nobles se reunieron para decir si se deb铆a dar o no al misionero autorizaci贸n para predicar. Para decidirse, tiraron a la suerte, y la respuesta fue favorable. Una vez m谩s Anscario se convirti贸 en una figura familiar, trabajando por Cristo con esp铆ritu m谩s templado. A su vuelta a Hamburgo, lleno de celo por las almas, envi贸 sacerdotes a evangelizar la Suecia. En cualquier parte en que se encontrara el arzobispo, bajo el peso de tremendas posibilidades, nunca dej贸 de ser Anscario de Corbie, eminente como siempre por su piedad, por su moderaci贸n y su esp铆ritu servicial. Construy贸 hospitales, rescat贸 cautivos, distribuy贸 limosnas. Hasta emple贸 su pluma para escribir versos en los m谩rgenes de su libro de Salmos, y aun hall贸 tiempo para escribir la historia de su predecesor, Willehad, primer obispo de Br茅enme. Llev贸 cuidadosamente diarios que suministraron luego valioso material a Ad谩n de Bremen para su gran obra De situ Danae. En realidad, el mundo le debe la primera descripci贸n de Escandinavia, de sus costumbres, de su religi贸n y de su lenguaje; porque Anscario no fue un iniciador que escribiese bas谩ndose en rumores o en informes, sino que emple贸 sus ojos para ver y observar, sus o铆dos para escuchar y sus manos para palpar.
Nada m谩s fortificante e inspirador que el esp铆ritu de ese gran ap贸stol de los vikingos. 鈥淪eguid adelante 鈥揹ijo a sus monjes鈥, marchad sin temor, confortad al afligido, cuidad de los enfermos, ganad las almas para Dios. Adquirid los j贸venes daneses vendidos en el mercado como esclavos y enviadlos a Corbie para su educaci贸n cristiana. Y tened por seguro que los mismos retornar谩n alg煤n d铆a al seno de su propio pueblo como heraldos de la fe鈥. 隆Ojal谩 hubiera podido 茅l mismo empezar otra vez, pero era ya demasiado anciano para el servicio activo e incapaz de afrontar los mares embravecidos y las costas acantiladas. Con todo, pudo vigilar y orar, trabajar y escribir, tomar decisiones y esperar el tiempo oportuno para la acci贸n. Ni en sue帽os se le ocurri贸 desviarse de la obra de su vida, y mir贸 hacia adelanto con esperanza para recoger la cosecha. 鈥溌谩s celo, m谩s monjes!鈥, fue su grito constante. 驴No le hab铆a dado el Papa Gregorio IV jurisdicci贸n sobre Islandia y la lejana Groenlandia? S铆, y deb铆a llegar hasta los corazones de aquellos pobres paganos tan distantes. Con extraordinario tacto, valor y caridad, se encar贸 con los problemas y las situaciones dif铆ciles de la nueva misi贸n. Y mir贸 hacia Corbie en busca de ne贸fitos urgentemente necesitados, hacia aquel hogar que tan cerca hab铆a estado siempre de su coraz贸n. Hab铆a crecido hasta convertirse en un lugar muy importante desde que 茅l hab铆a arado su tierra por primera vez; y hab铆a suministrado muchos monjes a Dinamarca, Noruega y Suecia. Pues bien, 隆se necesitaban m谩s a煤n! 隆El tiempo es breve y las almas vikingas estaban en peligro! A tales prop贸sitos Anscario, el ap贸stol, dedic贸 todas las energ铆as de sus 煤ltimos como de sus primeros d铆as. La edad no pod铆a reducir la intensidad de su ardiente esp铆ritu, y mantuvo una mano viril sobre el tim贸n hasta dar sus 煤ltimas instrucciones a su compa帽ero Remberto, que le sucedi贸 en la sede de Hamburgo. El a帽o 865 vio al anciano y valiente navegador de Dios arrancado de su puerto terrenal. Ten铆a sesenta y seis a帽os cuando, llamado por el Maestro, penetr贸 en el Mar Eterno.
Despu茅s de la muerte de Anscario, los tiempos se hicieron cada vez m谩s desesperados. Sobrevinieron crisis en las que pareci贸 que la Roca de Pedro iba a ser barrida por las olas de los b谩rbaros. Los intentos del Papa Le贸n y de Carlomagno estuvieron muy cerca de verse frustrados, porque no aparec铆a hombre suficientemente fuerte como para gobernar el Imperio franco, que ellos llamaban el Sacro Imperio Romano. Si los hijos de Luis el Piadoso fracasaron en una gran misi贸n, sus hijos probaron la verdad de la Escritura: 鈥淟os padres comieron las uvas agraces, y los hijos padecieron la dentera鈥.4 Luis II, hijo de Lotario, sucedi贸 en el trono a su padre, pero el caos reinaba entre los gobernantes locales, que administraban sus Estados como mejor les plac铆a. Como su intrigante antecesor, Luis trat贸 de dominar al Papa Nicol谩s I (858-887), y s贸lo logr贸 comprobar que se hab铆a equivocado por completo en sus c谩lculos sobre el nuevo Pont铆fice. Este devoto pero firme jefe de la Iglesia se neg贸 a aprobar el matrimonio de Luis II de Lorena, que se hab铆a divorciado de su mujer para casarse con su amante. El a帽o 836, tropas imperiales entraron en Roma y se apoderaron del Papa sin resultado alguno, pues Nicol谩s, sin temor alguno, se mantuvo inflexible, fuerte en la ley de Dios. M谩s penosos que tales conflictos con el poder civil fueron los pesares que ocasionaron a este gran Papa los prelados que desafiaron a la Santa Sede. Tuvo que castigar al poderoso arzobispo de Reims por haber depuesto a un Obispo concienzudo y reverente, y excomulg贸 a Juan de Ravena por manifiesta perfidia: todo ello contra las protestas del mismo Emperador. No parec铆an tener fin las tribulaciones que acosaban al hombre de Dios, causadas por pr铆ncipes-obispos, tiranos en sus ricas sedes; por abades mejor sentados en la silla del guerrero que en las sedes, desde donde gobernaban a su grey; por toda clase de se帽ores que trataban de imponer su gobierno cruel sobre peque帽as ciudades como sobre reinos fortificados. Laicos y cl茅rigos, muchos se negaron a jurar fidelidad a Roma, y hasta llegaron a desafiar las leyes de Dios. No s贸lo fueron relajados e indiferentes en cuanto a la vida espiritual, sino que tambi茅n promovieron o participaron en guerras sangrientas e injustas. Cada uno pose铆a su ej茅rcito de mercenarios y siervos dispuestos a luchar por cualquier pretexto, como a asaltar y robar a los indefensos y d茅biles. Tan perversa conducta engendraba torvos pensamientos que a su vez originaban m谩s terribles acciones.
Durante ese per铆odo de confusi贸n se produjo tambi茅n la rebeli贸n de Focio, un ambiciosos advenedizo, brillante pero extraviado, que hab铆a tomado todas las sagradas 贸rdenes en seis d铆as. Aunque siempre hubo querellas entre Oriente y Occidente, el cisma que creo fue el primero en sus relaciones. Focio se nos presenta como el peor de los intrigantes bizantinos, pues fue tan grande su sed de honores, que maquin贸 d铆a tras d铆as la forma de apoderarse del patriarcado de Constantinopla. Atac贸 a la Iglesia latina porque orden贸 ayunos en d铆a s谩bado, empez贸 la Cuaresma tres d铆as despu茅s que en Oriente, y no autoriz贸 el matrimonio de los sacerdotes. El Papa Nicol谩s el grande tuvo que excomulgar al taimado hip贸crita, pero 茅ste, en venganza, convenci贸 al emperador Miguel (42-867) que abriera tribunal para juzgar al Vicario de Cristo. Una carta circular sancionada por el Concilio de 866, depuso al Pont铆fice y declar贸 la oposici贸n de la Iglesia Oriental a aceptar la frase 鈥渆l Esp铆ritu Santo que procede del Padre y del Hijo鈥. Aquel mismo a帽o, Miguel, que hab铆a alentado la rebeli贸n de Focio, hall贸 la muerte en una pendencia de borrachos, y su sucesor, Basilio el Macedonio (867-886) expuls贸 al escandaloso cism谩tico. Cuando el leg铆timo patriarca Ignacio fue restaurado en su trono, busc贸 directa reconciliaci贸n con Roma. Pero el da帽o hab铆a sido hecho, y la brecha abierta se ahond贸 hasta originar una separaci贸n definitiva. Verdad es que el Octavo Concilio General de la Iglesia Universal se reuni贸 en Constantinopla el a帽o 869, pero a la muerte de Ignacio, diez a帽os m谩s tarde, Focio reconquist贸 el poder. Como era de esperarse, el Papa se neg贸 a reconocer al rebelde, que continu贸 en su obra de desuni贸n hasta que el nuevo emperador Le贸n IV (886-912) lo expuls贸 de Constantinopla.
Si el Oriente era todav铆a un mal Oriente, el Occidente era todav铆a el Occidente del caos. Ya desde la ca铆da de Luis el Piadoso, en 833, el Imperio. Por la sola fuerza de los acontecimientos, qued贸 abierto a los enemigos dispuestos a destruir sus pueblos y su cultura. Los normandos empezaron entonces su regulares invasiones, en tanto que los musulmanes renovaron sus viejos ataques contra un continente indefenso. El a帽o 845, los vikingos penetraron profundamente en los dominios de Carlos el Calvo; el a帽o siguiente, los sarracenos destruyeron la tumba de los Ap贸stoles. Hacia la mitad del siglo, los b煤lgaros, pueblo de raza eslava, se establecieron en los l铆mites del Imperio, en tanto que los magiares, de raza turconfinlandesa, asaltaban los territorios carolingios. Pero mucho m谩s devastadoras que todas esas incursiones b谩rbaras fue la invasi贸n de las fuerzas del mal en las altas esferas de la Iglesia. Sobrevino una sucesi贸n de pont铆fices v铆ctimas del vicio, de la debilidad y de la facci贸n; tomados en conjunto, no fueron mejores que Carlos el Calvo, Carlos el Gordo y Luis el Tartamudo, cuyo sobrenombres revelan el desprecio que sinti贸 por ellos la opini贸n p煤blica. Tan s贸lo dos verdaderos grandes Papas pueden se帽alarse en la docena que rein贸 en la C谩tedra de Pedro durante la 煤ltima mitad del siglo. Nicol谩s el Grande (858-867) mantuvo la independencia de la Santa Sede, neg谩ndose a someterse al emperador de Oriente ni al de Occidente; luch贸 denodadamente contra los poderosos cism谩ticos bizantinos, contra sus propios obispos recalcitrantes y hasta contra Luis II y sus ej茅rcitos invasores. Juan VIII (872-882) fue tambi茅n inquebrantable durante toda una d茅cada de violencia y matanzas. 鈥淪i todos los 谩rboles de la selva 鈥撁﹍ mismo escribi贸鈥 pudieran convertirse en lenguas no alcanzar铆an a describir las asolaciones causadas por los imp铆os paganos. Los obispos no saben si pedir limosna o huir a Roma, 煤nico lugar de refugio. Sin embargo, el intr茅pido pont铆fice, activo y h谩bil general, luch贸 contra los nobles francos hasta contenerlos; y como almirante no menos capaz, limpi贸 las costas italianas de piratas musulmanes, para terminar siendo envenenado y con el cr谩neo destrozado a martillazos. Sus consagrados sucesores, poco se preocuparon de su tremenda responsabilidad, y fracasaron en su deber de alimentar al reba帽o de dios. Puede afirmarse, sin embargo, que varios de ellos fueron hombres venales, sin car谩cter religioso digno de veneraci贸n ni de aprobaci贸n. No quiere decir ello que la Iglesia hubiera fracasado en su ense帽anza moral o doctrinal; solamente prueba que la Esposa de Cristo sobrevivir谩 y persistir谩 hasta el fin de los tiempos a pesar de sus enemigos internos o externos. El Papa Marino mostr贸 el car谩cter de un ni帽o; Adriano III no consigui贸 imponerse al insidiosos Formoso, obispo de Oporto, que consigui贸 ser coronado Papa. El blando Esteban V, despu茅s de cinco a帽os de mal gobierno, fue estrangulado. Romano y Teodoro, nada cumplieron, habiendo reinado apenas seis meses; y despu茅s de todos ellos, Juan IX y Benedicto IV, que tanto prometieron, cerraron tr谩gicamente un siglo durante el cual la Silla de Pedro pareci贸 tan s贸lo un galard贸n de bandidos, y la corona imperial, un mero trofeo de guerra. La disoluci贸n del Imperio no hac铆a m谩s que acentuarse, y los progresos de la civilizaci贸n cristiana parec铆an haberse detenido para siempre.
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