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P. Czestaw Drazek, s.j., El beato Juan Beyzym, s.j. apostol de los leprosos
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El beato Juan Beyzym, s.j. apóstol de los leprosos

Vida y actividad

Nacido en Polonia en 1850, educador de jóvenes durante largos años en los colegios de la Compañía de Jesús de Tarnopol y Chyrow, el padre Juan Beyzym partió hacia Madagascar a sus 48 años, para dedicarse a los leprosos. Fue una decisión madurada, pensada, surgida de largos ratos de oración. «Sé muy bien -escribía a Roma al padre general, Luis Martín, el 13 de noviembre de 1897- lo que es la lepra y lo que me puede esperar, pero nada de esto me atemoriza, sino que, por el contrario, me atrae».

El primer puesto que obtuvo fue la leprosería de Ambahivoraka, cerca de Antananarivo, en la isla Roja, donde había ciento cincuenta enfermos, que en aquel momento vivían en un abandono casi total en el desierto, lejos de los sanos. Habitaban en barracas ruinosas divididas en pequeñas estancias sin ventanas ni piso ni muebles, En la estación de las lluvias, se calaban hasta los huesos e incluso algunos se acostaban en el barro. No recibían ningún remedio y vivían al día sin ningún tipo de ayuda... Con frecuencia morían no de enfermedad sino de inanición.

El p. Beyzym escribe que «el Gobierno y los autóctonos no consideraban seres humanos a los leprosos, sino desechos de la humanidad. Los expulsaban de aldeas y pueblos. Los leprosos son leprosos, no seres humanos. Muchos de estos desgraciados deambulan por lugares desiertos mientras son capaces de hacerlo, hasta que, extenuados, caen y muern de hambre. Otros piden limosna por los caminos, pero pocas personas les dan algo: todos los rehúyen» (Carta del 13 de abril de 1899).

Tras dos semanas pasadas en el lugar, el p. Beyzym escribía el 13 de febrero de 1899 al p. Rodolphe de Scorraille, responsable de la provincia de Champaña y de sus misiones, una carta en la que describe la inenarrable situación que había encontrado, y le confiesa que ora a Dios pidiendo ayuda para aliviar tal miseria, y también le dice que llora a escondidas viendo los padecimientos de estos desgraciados.

Pero no se arredró ante tan horrible realidad. Consagró a los leprosos todas sus fuerzas, su talento de organizador y sobre todo su corazón. Vivía entre ellos para testimoniar que eran seres humanos y había que salvarlos.

Reunía dinero para ellos, como podía. Les procuraba vestidos y restauraba sus miserables chozas, dotándolas de lo más elemental.

«Como el que se ahoga -escribíase agarra a un resto cualquiera, así yo me empeño de todas las maneras posibles por mejorar la suerte de mis leprosos» (Carta del 28 de marzo de 1900).

En aquella época no se disponía aún de medicamentos eficaces contra el bacilo de Hansen. Pero el p. Beyzym notó que una alimentación sana y cuidados higiénicos apropiados limitaban el contagio y que, reunidas ambas condiciones, se impedía el avance de la enfermedad en los menos afectados y más robustos.

El p. Suau, testigo ocular, escribe en vida del p. Beyzym que éste, «dolorosamente sorprendido ante la miseria de Ambahivoraka, apeló a la caridad de sus compatriotas polacos y pronto pudo aumentar la ración de arroz a los niños. Las mejoras introducidas cambiaron el número de fallecimientos de 5 a 7 semanalmente, a 5 por año» («La misión de Madagascar a vista de pájaro», pp. 62-63).

Otro testigo ocular, el p. A. Niobey, hablando de la entrega del p. Beyzym por el bien del cuerpo y del alma de sus enfermos, escribe: «Su entrega a los leprosos era sin igual. No poseía nada, pero si algo conseguía lo daba sin la menor vacilación. A los que acaso le objetaban, su respuesta era la misma siempre: Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo considero hecho a mí mismo. Nos debemos comportar en la tierra como los comerciantes: procurando una ganancia cada vez mayor» (Carta del 3 de junio de 1913).

A fin de mejorar la vida de los leprosos con mayor estabilidad, el siervo de Dios tomó la decisión de construirles un verdadero hospital que el padre general, L. Martín, consideró «una obra grande emprendida para mejorar la vida de estos desgraciados, entre los que se hallan quizá los más infelices del mundo» (Carta del 4 de junio de 1903).

A decir verdad, el p. Beyzym concibió este proyecto, aprobado por los superiores, ya desde su llegada a la isla. Puso todo el proyecto en manos de la Madre de Dios.

La compasión ante la miseria y el abandono en que se hallaban los leprosos fue el estímulo constante que impulsó al p. Beyzym a emprender la construcción de este hospital en Marana, cerca de Fianarantsoa, en 1903, para que pudieran ser atendidos realmente y protegidos de la permisividad moral que reinaba en los refugios regentados por el Estado.

El p. J. Loiselet, doctor en medicina, decía el 16 de agosto de 1911, informando sobre la apertura del hospital del p. Beyzym: «Finalmente se ha abierto la leprosería del p. Beyzym... Ha sido un trabajo colosal construir y equipar este magno hospital en un país que carece de todo. Aquí llegó sin un céntimo, pero ha encontrado modo de recoger en Europa, sobre todo en Polonia, Austria y Alemania, miles de francos para una obra tan lejana, pero es que su confianza en la ayuda de Dios es imperturbable. La Providencia casi ha hecho milagros por él» («China, Ceilán, Madagascar» 1912, p. 94).

Entre los expertos, la obra del p. Beyzym suscitó admiración por su originalidad, especialmente en la previsión de todos los detalles de cuidado de los enfermos y de provecho en su vida moral y religiosa.

«Gracias a él -escribían los religiosos franceses que colaboraron con el siervo de Dios-, la obra católica en favor de los enfermos se fundamentó con solidez».

Tenía la esperanza de que la puesta en marcha del hospital instauraría condiciones de vida más humanas para los enfermos y soñaba con otra dedicación apostólica, una vez asegurada su sucesión. En efecto, tenía intención de irse a la isla Sakhalina para trabajar con los presos. Aspiraba a consagrar el resto de su vida a estos desechos de la humanidad.

Pero la muerte, que le sobrevino el 2 de octubre de 1912, interrumpió sus planes.

Tras la muerte del p. Beyzym, la prensa de Madagascar resumía así su vida: «El mejor elogio de este hombre se halla en este hecho: por amor a Jesucristo pidió y obtuvo estar al servicio de los leprosos a perpetuidad. He aquí un tipo de "trabajos forzados" que jamás elegirían los criminales. El p. Beyzym los ha amado con todo el corazón» («El Mensajero del Corazón de Jesús», Tananarive 1912, p. 169).

Hijo fiel de san Ignacio

En la vida interior del p. Beyzym encontramos las características fundamentales de la espiritualidad de san Ignacio. Aparece en primer plano la búsqueda, en todo, de la mayor gloria de Dios y del mayor bien del hombre.

«Tengo siempre ante los ojos dos ansias -escribe-: la mayor gloria de Dios y el bien de las almas y de los cuerpos de los leprosos que me han sido confiados. Cuanto existe fuera de esto ya no me concierne ni me corresponde» (Carta del 28 de mayo de 1902).

El deseo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas aparece como un leitmotiv en todas las cartas del p. Beyzym, impregnando sus pensamientos y acciones. Se multiplicaba por actuar lo mejor posible al servicio de Dios y de los hombres.

«Por gracia de la Virgen María, se han enraizado fuertemente en mí la convicción y el sentimiento de que, para nosotros, no es como dice la gente: "ibi patria ubi bene", la patria está donde se vive bien; sino "ibi patria ubi maius Dei obsequium et animarum speratur", la patria está donde podemos esperar prestar mayor servicio a Dios y amar a las almas. Vivir ¿dónde? Poco importa que sea en el trópico o en el polo, con tal de morir al servicio del Señor y en la Compañía. Pido estas gracias sin cesar para mí y para todos los miembros de la provincia» (Carta del 28 de mayo de 1910).

La vida interior del p. Beyzym está marcada por un vínculo profundo que lo une a Cristo y a la Eucaristía. La misa era el centro de su vida y, al mismo tiempo, junto al altar experimentaba hondamente su pequeñez, indignidad y situación de pecador. Con toda humildad hablaba de este modo de sí mismo: «Cuando pienso en lo que es la santa misa y las disposiciones que debe tener el sacerdote que la celebra, me impaciento conmigo mismo. ¿Cómo entender la infinita bondad de Jesús que entra en este corazón tan impuro y se deja tocar por manos tan manchadas?» (Carta del 13 de abril de 1903).

Lamentaba que la iglesita que coronaba la Misión evocaba más una choza ruinosa que la casa de Dios, que ni siquiera tenía un tabernáculo permanente; que en la estación de las lluvias el agua gofeaba sobre el altar durante la misa. Quiso adornar algo el interior de la capilla y, en los ratos libres, armado de un cincel, esculpía cuadros para el retablo que representaban a la Virgen María, y cultivaba el jardín para tener flores para el altar.

Cuando hizo los planos del hospital y de sus dependencias, proyectó situar la ventana de su habitación de modo que le fuera posible estar cerca del santísimo Sacramento en todo momento.

«Apenas comenzó el superior a buscar lugar para el hospital, yo me gozaba ya con el pensamiento de esta ventana y pedía a la santísima Virgen llevara a buen fin la adquisición de dicho terreno» (Carta del 13 de junio de 1901).

Alimentó una confianza plena en Jesús, en su Corazón, y recordaba las palabras del Cantar de los Cantares: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Ct 5, 2). Se confía al Corazón de Jesús y se regocija por todas las oraciones que se han organizado al Sagrado Corazón ante las sucesivas amenazas de secularización y expulsión que gravan sobre los misioneros de Madagascar. Pasado el peligro, celebra una misa de acción de gracias «por la protección que nos ha otorgado. Agradezco profundamente al Corazón de Jesús el habernos librado de esta preocupación» (Carta del 26 de junio de 1904).

Pide también a sus religiosos de Cracovia que, en las intenciones del Apostolado de la oración, se proclame en nombre de los leprosos su humilde agradecimiento por haberles librado de la secularización.

El p. Beyzym unía estrechamente el culto a Cristo con el de su Madre. Se puede afirmar sin exageración que la piedad del Servidor de los leprosos era eminentemente mariana.

Atribuía sus actividades y logros a María, y se consideraba mero instrumento indigno de ella, un «cero absoluto» del que ella quería servirse para manifestar su omnipotencia...

«Siento, creo y confieso que de verdad soy el menos digno de esta gracia y ni siquiera puedo concebir la bondad de Nuestra Señora que se digna dirigir su mirada a mí, inútil como soy, y servirse de mí. En mi opinión, la única explicación de esta benevolencia reside en que ella es Nuestra Señora y actúa como le parece» (Carta del 12 de enero de 1904).

El p. Beyzym ofreció la vida a su Madre, le sometió su voluntad y la consideró su única guía. Podía disponer de él como quisiera y así lo afirma con frecuencia: «Pertenezco totalmente a la Madre de Dios... De nuevo me he ofrecido a ella y me he puesto a su disposición para cuanto quiera hacer de mí. Sólo le pido una cosa cuando me da órdenes, y es que me ayude con su gracia para que cumpla fielmente sus órdenes y me libre de ser infiel a la santa fe de la Compañía» (Carta del 17 de junio de 1910).

En las dificultades se sentía a veces -como él mismo explica - «vencido e inútil», moralmente «deprimido y desencajado», con el humor de un cancerbero. A veces le faltaba valor, se asomaba a su alma la tentación de la duda...

«Pero cada vez que me venía, me duraba poco, no más de unos segundos, porque enseguida me asaltaba este pensamiento: ¡Viejo imbécil! ¿Qué idea te ha pasado por la cabeza? ¿Es que esto ocurre sin permiso de la santísima Virgen o es que te han olvidado en el Carmelo y no siguen pidiendo por ti? Entonces me avergonzaba de mí mismo, enseguida pedía perdón a la santísima Virgen por mi pusilanimidad, y todo volvía al orden de nuevo» (Carta del 13 de abril de 1902).

El p. Beyzym supo mantener su confianza en María en medio de pruebas y fracasos. Le dedicaba cada respiración, cada latido del corazón, cada paso que daba. Es ella quien lo une a Jesús -al igual que a san Ignacio-y lo ofrece a Jesús. Y, por su parte, él ama a su madre con Jesús.

Contemplativo en la acción

Ciertamente, era hombre de acción y trabajador infatigable, pero era asimismo hombre de oración, oración que le era muy familiar y que colocaba en primer lugar. Le atribuía un papel fundamental en toda vida de apostolado; recalcaba su necesidad e importancia para llegar a la santidad. Era, por así decir, la respiración de su alma.

Era, como san Ignacio, un contemplativo en la acción. Sobrecargado de trabajo, falto de sueño, aplastado por el peso de las preocupaciones de cada día y en medio de mil problemas, seguía siendo hombre de oración, oración que era la fuente de su fuerza. Al no tener mucho tiempo que dedicarle, oraba en todos los sitios, en cualquier momento, buscando y encontrando a Dios en todas las cosas, según el espíritu de los Ejercicios y las Constituciones de la Compañía.

También, como a san Ignacio, le gustaba contemplar el cielo, el cielo estrellado. Entonces se apoderaba de él la nostalgia del cielo verdadero. Se sentía hastiado de la tierra y de cuanto es terreno. Nacía en él un deseo vivo de merecer este cielo y, precisamente en la oración, sobre todo en la oración litúrgica, se sentía desprendido de la tierra y cerca de Dios.

La sosegada belleza de la naturaleza habla al alma religiosa del p. Beyzym con la misma fuerza que los elementos desencadenados de una tempestad. En una carta dirigida a una carmelita de Cracovia, escribía: «¿Ha experimentado usted, o podría experimentar, reverenda madre, cómo la vegetación arranca al hombre de esta tierra y levanta sus pensamientos hacia Dios? En el jardín

se siente palpablemente, por así decir, la omnipotencia de Dios que ha creado todo esto y le da crecimiento; no obstante uno mismo, el alma se olvida de sí y vuela hacia Dios» (Carta del 12 de febrero de 1905).

Le hubiera entusiasmado vivir en oración-contemplación permanente, pero le absorben muchos trabajos y asuntos relacionados con la construcción del hospital. Su alma anhela una contemplación y ascesis rigurosa (¡como si tuviera poca!); por ello, con actos fervorosos, «el alma se las arregla como puede, pero palpa su hambre de Dios y de oración» (Carta del 16 de junio de 1903).

Con frecuencia repite que su oración no vale gran cosa, que encuentra dificultades para orar; por esto ruega con insistencia al Carmelo que recen por él. En las noches silenciosas, piensa en las oraciones del Carmelo y se siente fortalecido.

Casi desde su llegada a Madagascar, sueña con fundar un Carmelo en la isla. Quiere tener cerca religiosas que irradien oración e imploren la gracia de Dios: «Si estuvieran aquí las carmelitas -decía-, de otro modo hubieran ido las cosas en la isla bajo todos los aspectos» (Carta del 13 de junio de 1900).

La fe del p. Beyzym en la eficacia de la oración iba al par de su humildad: «Si no me hubieran sostenido las oraciones, vista mi incapacidad en cualquier campo, no habría conseguido nada» (Carta del 13 de junio de 1909).

Toda su obra con los leprosos, su vocación misionera, el lugar ideal para el hospital, el agua de manantial abundante y buena, su dominio de la lengua malgache, todo literalmente lo confía a las oraciones y de estas se siente deudor.

Sus cartas están llenas de peticiones de oración, de agradecimiento a las plegarias y de promesa de oraciones por su parte. Quizá puede afirmarse que no hay carta en que esté ausente la oración o alguna alusión a esta. De los escritos del p. Beyzym se trasluce un hombre que respiraba oración como respiramos aire.

De todas las oraciones dirigidas a la Virgen, el Angelus es la más cercana a su corazón, su oración preferida. Murmuraba: «Dios te salve, María» y estas palabras se convertían en remedio universal para todas las necesidades del alma y del cuerpo. Las repetía en momentos cuando pasaba por los «puentes colgantes» sobre torrentes entre montañas; rezaba cuando iba cerrando por las noches las puertas del hospital o cuando tenía que resolver arduos problemas de educación.

El p. Beyzym vivió, rezó, trabajó y sufrió como cristiano apasionado por Jesús y su cruz. Con palabras de san Pablo, podríamos decir que llevó siempre en su cuerpo la agonía de Cristo Jesús (cf. 2 Co 4, 10). Con frecuencia escribía en sus cartas: «Ni un rincón sin la cruz». «Sin cruz, ni un paso adelante». En fin, algo que parecía su divisa, pues tantas veces acude a su pluma: «Per crucem ad lucem» (Carta del 26 de febrero de 1904).

Su vida y vocación no le ahorraron sufrimientos, penas y preocupaciones. Y lo mismo en su entorno, religiosos y enfermos. En distintas ocasiones le ataca la fiebre, las pulgas africanas le producen irritaciones de la piel, y el diario servicio de los leprosos no es un placer, naturalmente. Sin embargo, a lo que constituye la trama de la realidad concreta él lo llama «ínfimas partículas de la cruz de Cristo» (Carta del 11 de mayo de 1903).

El p. Beyzym creía mucho en el valor del sacrificio vivido en unión con la cruz de Jesús para expiarlos pecados, mejorar la situación de los leprosos y salvar el mundo. Con esta intención ofrecía su trabajo con los enfermos y esto exigía gran abnegación e ignorar la repugnancia natural que experimenta un hombre normal ante semejantes llagas.

Al provincial que le pregunta sobre las condiciones del trabajo con los leprosos, responde: «Hay que estar en continua unión con Dios y orar sin cesar. Poco a poco se debe habituar al hedor, pues aquí no se huele el perfume de las flores, sino la putrefacción de los cuerpos producida por la lepra... Tampoco es muy atrayente la vista de esta putrefacción, y después de tres o cuatro horas de curas a los enfermos -trabajo que se efectúa al aire libre, delante de las barracas- entro en mi casa, me lavo, me asperjo con ácido fénico y sigo sintiendo que todo huele mal en mí» (Carta del 18 de abril de 1901).

Sin embargo, el «sentirse a gusto» no le había invadido de golpe. El p. Beyzym confiesa que al principio siente repulsión y rechazo a la vista de las llagas supurantes. Más de una vez llegó incluso a desmayarse.

«Ahora ya -escribe- contemplo las llagas de mis pobres enfermos, las toco, las curo, les administro la extremaunción, y nada de esto me hace impresión. Es verdad que se me encoge el corazón todavía a veces, pero es porque quisiera tomar sobre mí todas estas llagas antes que verlas gravar en mis desgraciados enfermos» (Carta del 12 de enero de 1900).

En efecto, deseaba entregar su vida en ofrenda por amor a Jesús y a las almas.

En la historia de la misión de Madagascar, el padre Beyzym fue el primer sacerdote que vivió con las víctimas de la enfermedad de Hansen, haciéndose compañero de sus miserias y poniéndose a su servicio sin preocuparse del posible contagio.

A las carmelitas que pedían a Dios le librara de la lepra, les contestó que renunciaran a rogar por esta intención porque estaba dispuesto a aceptar esta enfermedad...

«Por mi parte, pido a la santísima Virgen me conceda una buena lepra, muy virulenta, para implorar mejoría para mis enfermos y expiar un poco mis pecados» (Carta del 13 de mayo de 1900).

El p. Beyzym afrontaba los obstáculos de su apostolado con visión de fe. Para él las dificultades eran la razón por la que su obra, marcada con el signo de la cruz, gozaba de la predilección de Cristo: «Esto avanza penosamente, como si hubiéramos dado contra una roca, es cierto, pero me consuelo con las palabras de san Ignacio que solía decir que donde hay más dificultades, habrá mayor abundancia de frutos» (Carta del 13 de abril de 1899).

En todos los dolores del alma y del cuerpo, la solución era para el p. Beyzym la oración de san Ignacio de Loyola, escrita al final de los Ejercicios: «Tomad, Señor, y recibid».

Repetía esta oración varias veces durante el día y cada vez decía: «Gracias a Dios, todo marcha bien» (Carta del 25 de abril de 1898).

Fe viva de los leprosos

La gloria de Dios y su servicio no eran para el p. Beyzym nociones abstractas, sino realidades muy cercanas y tangibles, unidas al servicio del hombre tomado en su totalidad, es decir, al hombre con sus necesidades espirituales y físicas. En Madagascar, el p. Beyzym amaba a los hombres más desgraciados, a los que menos cuentan con la simpatía y ayuda de los demás, es decir, a los excluidos de la vida normal, a los condenados al desprecio. Amaba a quienes nadie en el mundo, en aquel tiempo, quería o sabía amar. Detrás de sus caras deformes, cubiertas de llagas purulentas, sabía reconocer a «hermanos, que sufren», se constituía en defensor suyo, luchaba por obtenerles leyes más justas y quería hacer vibrar el corazón de la gente en su favor.

Por su bondad y entrega, el p. Beyzym se ganó la confianza de sus leprosos. Con toda naturalidad se desvanecieron las inquietudes, dudas y actitudes de reserva ante él. Derribadas las barreras, le fue más fácil hablarles de Dios y del amor al prójimo Ios malgaches creyeron en su palabra y pusieron en práctica el bien que el p. Beyzym les descubría en sus sermones. De este modo, pocos meses después de vivir nuestro misionero con los leprosos, brotaron aspiraciones al bautismo. Poco a poco fueron desapareciendo las riñas, litigios y juegos inmorales. Los ya cristianos comenzaron a recibir con mayor frecuencia los sacramentos y -sumo gozo del p. Beyzym- crecía en ellos la devoción ferviente a Nuestra Señora: «Me regocijo enormemente -escribe-, y sin cesar doy gracias a la santísima Virgen porque mis pajarillos comienzan a tenerle una devoción que crece cada día. Cuando el amor y la confianza ala Madre de Dios se arraiguen en estos pobres corazones, todo irá bien y podré estar completamente tranquilo por ellos» (Carta del 12 de octubre de 1904) .

Y así vivía entre personas de maneras rudas, «naturales», personas a quienes se debía formar el corazón, y puso todo su afán por elevarlas, desarrollarlas espiritualmente, inculcarles una religión y acometer su educación religiosa.

Organizó en el hospital una pastoral permanente y dirigió la enseñanza religiosa incluso con retiros anuales según el método de san Ignacio: «Estamos de retiro -escribe un Viernes santo-, preparo a mi pobre gente a la confesión y comunión pascual...; es decir, que pienso en alto y mi compañía negra escucha boquiabierta... Procuro por todos los medios ponerme a su nivel, pero ¿entienden mucho? Esta es otra cuestión. Espero en el Señor que se aprovechen, aunque sea un poco. Según tengo costumbre, he puesto estos retiros en manos de la santísima Virgen y le he pedido que dirija mis pensamientos y palabras y también el corazón de mis oyentes para que obtengan fruto» (Carta del 26 de junio de 1905).

El p. Beyzym introdujo muchas prácticas religiosas, que fueron bien acogidas en general. Así, todos los miércoles se elegía a un enfermo para que ofreciera la comunión y el rosario pidiendo a Dios su bendición para todos los demás. Los viernes, por los bienhechores vivos y difuntos; los sábados, por los compañeros de infortunio ya fallecidos. Cuando uno moría, todos los demás recibían la comunión y rezaban el rosario por él. En general, se confesaban y comulgaban todos los meses y gran parte de ellos recibían con más frecuencia los sacramentos.

Difundió el uso del escapulario, el Apostolado de la oración e incluso quiso organizar una Congregación mariana.

«Mi pobre gente -escribía el p. Beyzym al Carmelo- se mantiene bien, gracias a Dios. No hay día en la semana sin que varios de ellos se acerquen a la Comunión. Estudian el catecismo con afán y procuran adecuar su vida a este. No tengo poco trabajo con mis "teólogos", no es fácil explicarles las cosas. Todos escuchan y dicen haber entendido, pero ¿es así realmente?, esta es la cuestión. Los catecúmenos reclaman el bautismo y esperan impacientes el momento; algunos protestantes piden compartir nuestra fe; en una palabra, mis pajarillos se arraciman en torno a Dios con su gracia y en la medida de sus fuerzas. Pidan, reverendas madres, que el Señor mantenga a estos desgraciados siempre en estas buenas disposiciones» (Carta del 28 de julio de 1910).

Se goza al ver que sus enfermos son devotos del Corazón de Jesús, hacen sacrificios y mortificaciones cada semana por el Sagrado Corazón y no cometen demasiadas ofensas a Dios. Desea que sus enfermos reparen, aunque sólo sea parcialmente, los ultrajes al Corazón divino causados por el mundo ateo.

«Es mi más ardiente ansia, y abrigo gran esperanza de que se realizará» (Carta del 26 de marzo de 1904).

La viva fe de sus protegidos que dicen, a la muerte de uno de ellos, que se debe orar por ellos en lugar de llorar, es fuente de gozo para el p. Beyzym: «¡Estoy tan contento de ver a mis polluelos reunirse en torno a Dios!» (Carta del 28 de julio de 1902).

Cuando quería apartarlos de usos y costumbres inmorales, les pedía acordarse de que ya no eran paganos sino católicos, y estaban obligados a vivir de la fe, como católicos,.

Cuando una vez se vio obligado a separarse unos días de sus enfermos, recibía cartas traídas a mano, cuyo contenido era más o menos el mismo siempre: «Pedimos sin cesar por ti. ¡Te recordamos tanto! Nos reunimos todos los días en nuestra iglesia y pedimos a Dios que te proteja y ala santísima Virgen que te sostenga; no olvides a tus polluelos y vuelve pronto entre nosotros...» (Carta del 28 de noviembre de 1901).

Cuando dejó definitivamente a los leprosos de Ambahivoraka para ir a construir un hospital en Marana, el adiós estuvo acompañado de abundantes lágrimas.

Un día se produjo un acontecimiento inusitado: un grupo de sus leprosos de Ambahivoraka, trasladados a un asilo gubernamental, se presentaron al padre en Marana. Habían recorrido trescientos noventa y cinco kilómetros a pie en pleno invierno, escalando montañas, durante un mes. Ante el p. Beyzym, estupefacto, contaron: «Después de tu marcha, nos metieron en el asilo gubernamental y treinta de entre nosotros murieron. Unos cincuenta aún viven, pero no pueden caminar, y si alguno puede, quiere venir aquí del modo que sea. En el asilo gubernamental nos dan suficiente arroz e incluso el Gobierno nos da carne, pero ¿de qué sirve cuando el cuerpo está satisfecho si el alma no tiene de qué vivir? No podemos orar ni llevar una vida cristiana».

«¿Por qué -pregunté- no se puede llevar una vida cristiana?».

«¡Bueno! Contesta tú mismo, padre -me dijo uno de ellos-. ¿Cómo ser católico si no hay iglesia, ni misa, y sólo podemos confesarnos cada cinco o siete meses? No, por cierto, y pensamos constantemente en ti; y, al fin, hemos decidido venir a verte, y ¡aquí estamos!».

La hermana Ana María, colaboradora del p. Beyzym en el hospital de Marana, nos ha dejado un testimonio sobre la vida religiosa de los enfermos, tres meses antes de la muerte del fundador: «Nuestros pobres enfermos vienen casi todos ala santa misa por la mañana, no obstante el frío, que tanto les hace sufrir en esta estación. Sin duda que para el Señor será bien agradable el sacrificio que se imponen; algunos vienen a espaldas de algún compañero menos enfermo que él; a otros los traen ellos mismos en una silla portátil, de la que el mismo padre ha hecho el modelo; comulgan casi todos los días; se confiesan varias veces por semana; algunos, que no son capaces de acercarse al comulgatorio, se quedan en el primer banco y nuestro padre les lleva la Comunión; cuando él se encontraba muy cansado, hacían lo imposible por acercarse a la sagrada mesa y había algunos que ni siquiera podían doblar las rodillas; amaban tanto al padre que sufrían de verlo enfermo; venían todas las mañanas a pedir noticias y me rogaban que le visitase en su nombre» (Carta del 8 de julio de 1912).

Al final de su vida, el p. Beyzym tuvo la gran alegría de constatar que ningún enfermo había muerto sin el socorro de los sacramentos, durante sus catorce años de servicio entre ellos.

El p. V. Herrengt, visitador de la misión, que había visitado dos veces Marana escribe en una carta al padre general, F. Wernz: «Estos desgraciados, tan resignados a la voluntad de Dios, son los cristianos más fervorosos que he visto en Madagascar» (Carta de junio de 1909).

El p. J. Loiselet expresa la misma opinión sobre el apostolado del p. Beyzym: «Deseaba, era su idea fija, hacer santos a sus leprosos, cuyas virtudes alcanzaron bendiciones para la entera misión que había abrazado» (Carta del 12 de octubre de 1912).

Sigue existiendo hoy el hospital del p. Beyzym e irradia amor, esperanza y justicia, virtudes gracias a las cuales él lo pudo construir.

Por iniciativa de la madre Marie Axel y del p. Jean Tritz, s.j., a partir de 1964 se han ido construyendo casitas cerca del hospital para las familias de los enfermos, gracias a la fundación Raúl FoIlereau. Sigue trabajando allí un equipo de religiosas de San José de Cluny que fueron llamadas a Marana por el p. Beyzym; actualmente hay ciento cincuenta enfermos.

En el día de hoy resulta todavía más clara la obra pionera del siervo de Dios. La proclamación del Evangelio debía ir a la par de los esfuerzos que se deben desplegar para contribuir al verdadero progreso material y espiritual de los más marginados de todos, defender su dignidad humana, crearles un futuro mejor, implicando en esta obra a una multitud de personas en ejercicio de solidaridad. Esta sí que era realmente la opción y el amor a los pobres de que habla Juan Pablo II en la encíclica Sollicitudo reí socialis.

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