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S.S. Juan Pablo II, Catequesis del Papa Juan Pablo II durante la audiencia general del miércoles 28 de enero.
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A√Īoranza del templo del Se√Īor

Catequesis del Papa durante la audiencia general del miércoles 28 de enero

1. Contin√ļa nuestro itinerario a trav√©s de los Salmos de la liturgia de Laudes. Ahora hemos escuchado el Salmo 83, atribuido por la tradici√≥n judaica a ¬ęlos hijos de Cor√©¬Ľ, una familia sacerdotal que se ocupaba del servicio lit√ļrgico y custodiaba el umbral de la tienda del arca de la Alianza (cf. 1 Cro 9, 19).

Se trata de un canto dulc√≠simo, penetrado de un anhelo m√≠stico hacia el Se√Īor de la vida, al que se celebra repetidamente (cf. Sal 83, 2. 4. 9. 13) con el t√≠tulo de ¬ęSe√Īor de los ej√©rcitos¬Ľ, es decir, Se√Īor de las multitudes estelares y, por tanto, del cosmos. Por otra parte, este t√≠tulo estaba relacionado de modo especial con el arca conservada en el templo, llamada ¬ęel arca del Se√Īor de los ej√©rcitos, que est√° sobre los querubines¬Ľ (1 S 4, 4; cf. Sal 79, 2). En efecto, se la consideraba como el signo de la tutela divina en los d√≠as de peligro y de guerra (cf. 1 S 4, 3-5; 2 S 11, 11).

El fondo de todo el Salmo est√° representado por el templo, hacia el que se dirige la peregrinaci√≥n de los fieles. La estaci√≥n parece ser el oto√Īo, porque se habla de la ¬ęlluvia temprana¬Ľ que aplaca el calor del verano (cf. Sal 83, 7). Por tanto, se podr√≠a pensar en la peregrinaci√≥n a Si√≥n con ocasi√≥n de la tercera fiesta principal del a√Īo jud√≠o, la de las Tiendas, memoria de la peregrinaci√≥n de Israel a trav√©s del desierto.

2. El templo est√° presente con todo su encanto al inicio y al final del Salmo. En la apertura (cf. vv. 2-4) encontramos la admirable y delicada imagen de los p√°jaros que han hecho sus nidos en el santuario, privilegio envidiable.

-Esta- es tina representaci√≥n de la felicidad de cuantos, como los sacerdotes del templo, tienen una morada fija en la Casa de Dios, gozando de su intimidad y de su paz. En efecto, todo el ser del creyente tiende al Se√Īor, impulsado por un deseo casi f√≠sico e instintivo: ¬ęMi alma se consume y anhela los atrios del Se√Īor, mi coraz√≥n y mi carne retozan por el Dios vivo¬Ľ (v. 3). El templo aparece nuevamente tambi√©n al final del Salmo (cf. vv. 11-13). El peregrino expresa su gran felicidad por estar un tiempo en los atrios de la casa de Dios, y contrapone esta felicidad espiritual a la ilusi√≥n idol√°trica, que impulsa hacia ¬ęlas tiendas del imp√≠o¬Ľ, o sea, hacia los templos infames de la injusticia y la perversi√≥n.

3. S√≥lo en el santuario del Dios vivo hay luz, vida y alegr√≠a, y es ¬ędichoso el que conf√≠a¬Ľ en el Se√Īor, eligiendo la senda de la rectitud (cf. vv. 12-13). La imagen del camino nos lleva al n√ļcleo del Salmo (cf. vv. 5-9), donde se desarrolla otra peregrinaci√≥n m√°s significativa. Si es dichoso el que vive en el templo de modo estable, m√°s dichoso a√ļn es quien decide emprender una peregrinaci√≥n de fe a Jerusal√©n.

Tambi√©n los Padres de la Iglesia, en sus comentarios al Salmo 83, dan particular relieve al vers√≠culo 6: ¬ęDichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinaci√≥n¬Ľ. Las antiguas traducciones del Salterio hablaban de la decisi√≥n de realizar las ¬ęsubidas¬Ľ a la Ciudad santa. Por eso, para los Padres la peregrinaci√≥n a Si√≥n era el s√≠mbolo del avance continuo de los justos hacia las ¬ęeternas moradas¬Ľ, donde Dios acoge a sus amigos en la alegr√≠a plena (cf. Lc 16, 9).

Quisi√©ramos reflexionar un momento sobre esta ¬ęsubida¬Ľ m√≠stica, de la que la peregrinaci√≥n terrena es imagen y signo. Y lo haremos con las palabras de un escritor cristiano del siglo VII, abad del monasterio del Sina√≠.

4. Se trata de san Juan Cl√≠maco, que dedic√≥ un tratado entero -La escala del Para√≠so- a ilustrar los innumerables pelda√Īos por los que asciende la vida espiritual. Al final de su obra, cede la palabra a la caridad, colocada en la cima de la escala del progreso espiritual.

Ella invita y exhorta, proponiendo sentimientos y actitudes ya sugeridos por nuestro Salmo: ¬ęSubid, hermanos, ascended. Cultivad, hermanos, en vuestro coraz√≥n el ardiente deseo de subir siempre (cf. Sal 83, 6). Escuchad la Escritura, que invita: "Venid, subamos al monte del Se√Īor y a la casa de nuestro Dios" (Is 2, 3), que ha hecho nuestros pies √°giles como los del ciervo y nos ha dado como meta un lugar sublime, para que, siguiendo sus caminos, venci√©ramos (cf. Sal 17, 33). As√≠ pues, apresur√©monos, como est√° escrito, hasta que encontremos todos en la unidad de la fe el rostro de Dios y, reconoci√©ndolo, lleguemos a ser el hombre perfecto en la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13)¬Ľ (La scala del Paradiso, Roma 1989, p. 355).

5. El salmista piensa, ante todo, en la peregrinaci√≥n concreta que conduce a Si√≥n desde las diferentes localidades de la Tierra Santa. La lluvia que est√° cayendo le parece una anticipaci√≥n de las gozosas bendiciones que lo cubrir√°n como un manto (cf. Sal 83, 7) cuando est√© delante del Se√Īor en el templo (cf. v. 8). La cansada peregrinaci√≥n a trav√©s de ¬ę√°ridos valles¬Ľ (cf. v. 7) se transfigura por la certeza de que la meta es Dios, el que da vigor (cf. v. 8), escucha la s√ļplica del fiel (cf. v. 9) y se convierte en su ¬ęescudo¬Ľ protector (cf. v. 10).

Precisamente desde esta perspectiva la peregrinación concreta se transforma, como habían intuido los Padres, en una parábola de la vida entera, en tensión entre la lejanía y la intimidad con Dios, entre el misterio y la revelación. También en el desierto de la existencia diaria, los seis días laborables son fecundados, iluminados y santificados por el encuentro con Dios en el séptimo día, a través de la liturgia y la oración en el encuentro dominical.

Caminemos, pues, tambi√©n cuando estemos en ¬ę√°ridos valles¬Ľ, manteniendo la mirada fija en esa meta luminosa de paz y comuni√≥n. Tambi√©n nosotros repetimos en nuestro coraz√≥n la bienaventuranza final, semejante a una ant√≠fona que concluye el Salino: ¬ę¬°Se√Īor de los ej√©rcitos, dichoso el hombre que conf√≠a en ti!¬Ľ (v. 13).

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