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S.S. Juan Pablo II, La certeza de la comunión de los santos alivia el dolor por las personas fallecidas
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La certeza de la comunión de los santos alivia el dolor por las personas fallecidas

Homil√≠a en la Misa concelebrada por los cardenales y obispos fallecidos durante el a√Īo, martes 5 de noviembre

1. ¬ęBueno es el Se√Īor para el que en √©l espera, para el alma que le busca¬Ľ (Lm 3, 25).

La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoraci√≥n de Todos los Fieles difuntos suscitan cada a√Īo en la comunidad eclesial un intenso y generalizado clima de oraci√≥n. Un clima triste y a la vez sereno, en el que la consoladora certeza de la comuni√≥n de los santos alivia el dolor, jam√°s mitigado del todo, por las personas fallecidas.

Envueltos en esta particular atm√≥sfera espiritual, nos hallamos en torno al altar del Se√Īor, unidos en oraci√≥n por los cardenales y los obispos que durante los √ļltimos doce meses concluyeron su jornada terrena. Y al ofrecer por ellos nuestros sufragios, por medio de Cristo, les estamos agradecidos por los ejemplos que nos han dejado para sostenernos en nuestro camino.

2. En este momento los prelados difuntos están muy presentes en nuestro corazón. Con algunos de ellos teníamos vínculos de profundad amistad y, al decir esto, estoy convencido de que interpreto también los sentimientos de muchos de vosotros. Me complace mencionar, de modo particular, a los venerados cardenales que nos han dejado: Paolo Bertoli, Franjo Kuharié, LouisMarie Billé, Alexandru Todea, Johannes Joachim Degenhardt, Lucas Moreira Neves, Francois-Xavier Nguyén Van Thuán y John Baptist Wu Cheng-Chung. A su recuerdo se une el de los arzobispos y obispos que, en las diferentes partes del mundo, han llegado al final de su camino terreno.

Estos hermanos nuestros han llegado a la meta. Hubo un d√≠a en el que cada uno de ellos, a√ļn lleno de energ√≠as, pronunci√≥ su ¬ęheme aqu√≠¬Ľ en el momento de ser ordenado sacerdote. Primero en su coraz√≥n, despu√©s en voz alta, dijeron: ¬ęHeme aqu√≠¬Ľ. Todos estuvieron unidos a Cristo, asociados a su sacerdocio, de modo especial.

En la hora de la muerte, pronunciaron su √ļltimo ¬ęheme aqu√≠¬Ľ, unido al de Jes√ļs, que muri√≥ encomendando su esp√≠ritu en manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Durante toda su vida, especialmente despu√©s de haberla consagrado a Dios, ¬ębuscaron las cosas de arriba¬Ľ (cf. Col 3, 1). Y, con su palabra y su ejemplo, exhortaron a los fieles a hacer lo mismo.

3. Fueron pastores, pastores de la grey de Cristo. ¬°Cu√°ntas veces rezaron, con el pueblo santo de Dios, el salmo ¬ęDe profundis¬Ľ! En las exequias, en los cementerios y en los hogares donde hab√≠a entrado la muerte: ¬ęDe profundis clamavi ad te, Domine... quia apud te

propitiatio est... Speravit anima mea in Domino... quia apud Dominum misericordia el copiosa apud eum redemptio¬Ľ (Sal 129, 1.4. 5. 7).

Cada uno de ellos dedic√≥ su vida a anunciar este perd√≥n de Cristo, la misericordia de Cristo, la redenci√≥n de Cristo, hasta que lleg√≥ su hora, su √ļltima hora. Ahora nosotros estamos aqu√≠ para rogar por ellos, para ofrecer el sacrificio divino en sufragio de sus almas elegidas:

¬ęDomine, exaudi vocem meam¬Ľ (Sal 129, 2).

4. Fueron pastores. Con el servicio de la predicaci√≥n, infundieron en el coraz√≥n de los fieles la conmovedora y consoladora verdad del amor de Dios: ¬ęTanto am√≥ Dios al mundo que dio a su Hijo √ļnico, para que todo el que crea en √©l no perezca, sino que tenga vida eterna¬Ľ (Jn 3, 16). En nombre del Dios de amor, sus manos bendijeron, sus palabras confortaron y su presencia -incluso silenciosa- testimoni√≥ con elocuencia que la misericordia de Dios es infinita, que su compasi√≥n es inagotable (cf. Lm 3, 22).

Algunos de ellos tuvieron la gracia de dar este testimonio de modo heroico, afrontando duras pruebas y persecuciones inhumanas. En esta eucaristía bendecimos a Dios por ellos, pidiendo honrar dignamente su memoria y el vínculo imperecedero de su amistad fraterna, a la espera de poder abrazarlos de nuevo en la casa del Padre.

5. ¬ęCuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces tambi√©n vosotros aparecer√©is gloriosos con √©l¬Ľ (Col 3, 4).

Estas palabras de san Pablo, que han resonado en la segunda lectura, nos invitan a pensar en la vida eterna, hacia la cual nuestros venerados hermanos han dado ya su √ļltimo paso. A la luz del misterio pascual de Cristo, su muerte es, en realidad, la entrada en la plenitud de la vida. En efecto, el cristiano -como dice el Ap√≥stol- ha ¬ęmuerto¬Ľ ya por el bautismo, y su existencia est√° misteriosamente ¬ęoculta con Cristo en Dios¬Ľ (Col 3, 3).

As√≠ pues, a la luz de la fe, nos sentimos a√ļn m√°s cerca de nuestros hermanos difuntos: la muerte nos ha separado aparentemente, pero el poder de Cristo y de su Esp√≠ritu nos une de un modo m√°s profundo a√ļn. Alimentados con el Pan de vida, tambi√©n nosotros, junto con cuantos nos han precedido, esperamos con firme esperanza nuestra manifestaci√≥n plena.

Sobre ellos, al igual que sobre nosotros, vele maternalmente la Virgen Mar√≠a, y nos obtenga a todos llegar a ocupar en la casa del Padre el ¬ęlugar¬Ľ que Cristo, vida nuestra, nos ha preparado (cf. Jn 14, 2-3). ¬ęSalve Regina¬Ľ.

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