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S.S. Juan Pablo II, El Buen Pastor es el Dios altísimo y sapientísimo
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El buen pastor es el Dios altísimo y sapientísimo

Catequesis del Papa durante la audiencia general del miércoles 20 de noviembre

1. En el libro del gran profeta Isa√≠as, que vivi√≥ en el siglo VIII a.C., se recogen tambi√©n las voces de otros profetas, disc√≠pulos y continuadores suyos. Es el caso del que los estudiosos de la Biblia han llamado ¬ęel segundo Isa√≠as¬Ľ, el profeta del regreso de Israel del exilio en Babilonia, que tuvo lugar en el siglo VI a.C. Su obra constituye los cap√≠tulos 40-55 del libro de Isa√≠as, y precisamente del primero de estos cap√≠tulos est√° tomado el c√°ntico que ha entrado en la Liturgia de las Laudes y que se acaba de proclamar.

Este cántico consta de dos partes: los dos primeros versículos provienen del final de un hermosísimo oráculo de consolación que anuncia el regreso de los desterrados a Jerusalén, guiados por Dios mismo (cf. Is 40, 1-11). Los versículos sucesivos forman el inicio de un discurso apologético, que exalta la omnisciencia y la omnipotencia de Dios y, por otra parte, somete a dura crítica a los fabricantes de ídolos.

2. As√≠ pues, al inicio del texto lit√ļrgico aparece la figura poderosa de Dios, que vuelve a Jerusal√©n precedido de sus trofeos, como Jacob hab√≠a vuelto a Tierra Santa precedido de sus reba√Īos (cf. Gn 31, 17; 32, 17). Los trofeos de Dios son los hebreos desterrados, que √©l libr√≥ de las manos de sus conquistadores. Por tanto, Dios se presenta ¬ęcomo pastor¬Ľ (Is 40, 11). Esta imagen, frecuente en la Biblia y en otras tradiciones antiguas, evoca la idea de gu√≠a y de dominio, pero aqu√≠ los rasgos son sobre todo tiernos y apasionados, porque el pastor es tambi√©n el compa√Īero de viaje de sus ovejas (cf. Sal 22). Vela por su grey, no s√≥lo aliment√°ndola y preocup√°ndose de que no se disperse, sino tambi√©n cuidando con ternura de los corderitos y de las ovejas que han dado a luz (cf. Is 40, 11).

3. Despu√©s de la descripci√≥n de la entrada en escena del Se√Īor, rey y pastor, viene la reflexi√≥n sobre su acci√≥n como Creador del universo. Nadie puede equipararse a √©l en esta obra grandiosa y colosal: desde luego, no el hombre, y mucho menos los √≠dolos, seres muertos e impotentes. El profeta recurre luego a una serie de preguntas ret√≥ricas, es decir, preguntas en las que se incluye ya la respuesta. Son pronunciadas en una especie de proceso: nadie puede competir con Dios y arrogarse su inmenso poder o su ilimitada sabidur√≠a.

Nadie es capaz de medir el inmenso universo creado por Dios. El profeta destaca que los instrumentos humanos son ridículamente inadecuados para esa tarea.- Por otra parte, Dios actuó en solitario; nadie pudo ayudarle o aconsejarle en un proyecto tan inmenso como el de la creación cósmica (cf. vv. 13-14).

En su 18a Catequesis bautismal, san Cirilo de Jerusal√©n, comentando este c√°ntico, invita a no medir a Dios con la vara de nuestra limitaci√≥n humana: ¬ęPara ti, hombre tan peque√Īo y d√©bil, la distancia de la Gotia a la India, de Espa√Īa a Persia, es grande, pero para Dios, que tiene en su mano el mundo entero, cualquier tierra est√° cerca¬Ľ (Le Catechesi, Roma 1993, p. 408).

4. Despu√©s de celebrar la omnipotencia de Dios en la creaci√≥n, el profeta pondera su se√Īor√≠o sobre la historia, es decir, sobre las naciones, sobre la humanidad que puebla la tierra. Los habitantes de los territorios conocidos, pero tambi√©n los de las regiones remotas, que la Biblia llama ¬ęislas¬Ľ lejanas, son una realidad microsc√≥pica comparada con la grandeza infinita del Se√Īor. Las im√°genes son brillantes e intensas: los pueblos son como ¬ęgotas de un cubo¬Ľ, ¬ępolvillo de balanza¬Ľ, ¬ęun grano¬Ľ (Is 40, 15).

Nadie podr√≠a ofrecer un sacrificio digno de este grandioso Se√Īor y rey: no bastar√≠an todas las v√≠ctimas de la tierra, ni todos los bosques de cedros del L√≠bano para encender el fuego de este holocausto (cf. v. 16). El profeta recuerda al hombre su l√≠mite frente a la infinita grandeza y a la soberana omnipotencia de Dios. La conclusi√≥n es lapidaria: ¬ęEn su presencia, las naciones todas, como si no existieran, valen para √©l nada y vac√≠o¬Ľ (v. 17).

5. Por consiguiente, el fiel es invitado, desde el inicio de la jornada, a adorar al Se√Īor omnipotente. San Gregorio de Nisa, Padre de la Iglesia de Capadocia (siglo IV), meditaba as√≠ las palabras del c√°ntico de Isa√≠as: ¬ęCuando escuchamos la palabra "omnipotente", pensamos en el hecho de que Dios mantiene todas las cosas en la existencia, tanto las inteligibles como las que pertenecen a la creaci√≥n material. En efecto, por este motivo, tiene el orbe de la tierra; por este motivo, tiene en su mano los confines de la tierra; por este motivo, tiene en su pu√Īo el cielo; por este motivo, mide con su mano el agua del mar; por este motivo, abarca en s√≠ toda la creaci√≥n intelectual: para que todas las cosas permanezcan en la existencia, mantenidas c√≥n poder por la potencia que las abraza¬Ľ (Teologia trinitaria, Mil√°n 1994, p. 625).

San Jer√≥nimo, por su parte, se queda at√≥nito ante otra verdad sorprendente: la de Cristo, que, ¬ęa pesar de su condici√≥n divina, (...) se despoj√≥ de su rango, tom√≥ la condici√≥n de esclavo, pasando por uno de tantos¬Ľ (Flp 2, 6-7). Ese Dios infinito y omnipotente -afirma- se hizo peque√Īo y limitado. San Jer√≥nimo lo contempla en el establo de Bel√©n y exclama: ¬ęAquel que encierra en un pu√Īo el universo, se halla aqu√≠ encerrado en un estrecho pesebre¬Ľ (Carta 22, 39, en: Opere scelte, 1, Tur√≠n 1971, p. 379).

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