Horacio Bojorge, S.J., Mujer: ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia

3. ACEDIA A LA LUZ DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

1. LA ACEDIA: ESPÍRITU IMPURO

La acedia no se explica por causas exclusivamente psicológicas. Es un fenómeno espiritual, demoníaco. Si el Espíritu Santo aparece en los evangelios como el agente de la fe y de la comunión con Jesús y a través de él con el Padre y el Espíritu Santo, el espíritu impuro se presenta como operando exactamente lo contrario: impidiendo la comunión, en formas opuestas al amor: indiferencia, miedo, ciencia sin caridad. Estas son las características del naturalismo que se han visto en el capítulo primero.

Vamos a comprobarlo a la luz de escenas evangélicas en que Jesús exorciza a los demonios. Principalmente en dos: la del endemoniado de la Sinagoga de Cafarnaúm, al comienzo del Evangelio de Marcos 70 y otra la del endemoniado geraseno 71 .

Lo que gritan los demonios en ambas ocasiones constituye un retrato espiritual del mal espíritu que nos permite conocerlo como un espíritu de acedia: un espíritu que se opone a la comunión, declara malo al bueno y conoce a Jesús pero no lo ama. Eso es lo que siempre y en toda época, pero particularmente en la modernidad ilustrada, obra en el espíritu de los hombres el espíritu impuro.

El evangelio llama a los demonios ‘espíritus impuros’ y los define por su acción más que por su naturaleza. Son, es cierto ángeles. Pero lo definitorio es que obran lo contrario al Espíritu Santo: impiden entrar en comunión con Jesús por la fe, apartan de él como de alguien extraño a la enseñanza tradicional rabínica; con el que no hay nada en común; que se presenta como una amenaza destructora y a quien se conoce pero no se ama. Si en Cafarnaúm Jesús se presenta como amenazador por su modo de enseñar, en Genesaret es considerado perjudicial para los intereses por la muerte de la piara de cerdos 72 .

Recordemos esas voces de los demonios, que podrán escucharse y reconocerse en más de un diálogo pastoral o en más de una clase de religión:

1.1 Vehemente indiferencia

1) “¿Qué [hay de común] para nosotros y para ti, Jesús nazareno?” (1,24); “¿Qué para mí y para ti, Jesús Hijo del Dios Altísimo? (5,7)

Piénsese en las veces que hemos oído frases como ésta: ¿Qué tiene que ver la fe con la vida? “Hay un divorcio entre la Iglesia y la sociedad” 73 ¿Acaso Dios se va a interesar por nosotros? ¿Dios no me oye? Me aburro (en la Misa, la oración o la lectura). Dios se presenta como algo ajeno a la vida, como extraño a la tradición en que uno ha sido educado, o a las expectativas propias, o como inútil. El director de un colegio secundario de religiosas que me aconsejaba tratar en las clases de religión solamente “temas que interesaran” a los alumnos: relaciones prematrimoniales, la amistad, la justicia en el mundo. Hablarle de Cristo les resultaría pesado y la religiosa que había tratado de enseñar antes que yo había entrado en crisis de fe por el desinterés y la agresividad de los alumnos hacia la enseñanza de la fe. En los primeros días de clase se levantó un joven hablando en plural, como si fuera el representante de todos sus compañeros, para decir lo mismo que el espíritu impuro de Cafarnaúm: “¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros?”. La página evangélica comenzó a iluminárseme a raíz de esa experiencia docente con jóvenes.

Muchos adultos creyentes, con buena voluntad pero mal tino y peor discernimiento, suelen condescender con la indiferencia infantil o de adolescentes, concediendo que sólo han de ir a Misa dominical ‘si lo sienten’. Su deber sería explicarles lo peligrosa que puede ser esa insensibilidad espiritual en que están, -que a menudo es más un fastidio positivo que una neutra indiferencia-, y lo ofensiva que es para Dios, a quien, por otra parte deben darle gloria en justicia 74 .

Recuérdese que la indiferencia se enumera entre los pecados contra la caridad, es decir contra el amor a Dios: indiferencia, ingratitud, tibieza, acedia y odio a Dios. Es en realidad una forma de acedia.

Lo que mediante estas frases niegan los espíritus impuros es cualquier forma de comunión. En la escena de Cafarnaúm, esas expresiones dicen en voz alta e interpretan el sentido negativo que tiene la extrañeza del auditorio de la sinagoga, asombrado porque Jesús no enseña como sus rabinos.

Si se juzga sólo el contenido, las frases expresan indiferencia. “No tenemos nada en común contigo”, “No hay nada entre nosotros”, “No tenemos nada que ver tú y yo”. Pero que no se trata de verdadera indiferencia lo demuestra el hecho de que los demonios lo dicen gritando. El verdadero indiferente no se toma esa molestia. Su indiferencia consiste precisamente en que el objeto lo deja impasible, inalterado, no lo conmueve emocionalmente. La indiferencia vehemente, es decir la pseudo indiferencia, es una de las formas de la acedia.

El Espíritu de indiferencia se concretó históricamente en el fenómeno de la indiferencia religiosa 75 , que sigue extendiéndose en nuestra civilización. Es por lo tanto importantísimo conocerlo para saber cómo enfrentarlo pastoralmente. Jesús envió a sus discípulos a predicar con poder de expulsar demonios. No debe correr los riesgos de la predicación, que siempre levanta la resistencia del espíritu opuesto al Santo, quien no conoce su nombre y su acción, quien no sabe distinguirlo del hombre a través del cual habla o grita, y a quien en ocasiones agita. Si no se conoce el demonio que domina a los indiferentes se puede entrar en tentación de fe. Como decía Don Celedonio Nin y Silva, un célebre racionalista uruguayo: Si esta es la verdad ¿por qué no la aceptan todos? Y abandonó la fe.

1.2 Eres malo, nos dañas, te tememos

2) “¿Has venido a destruirnos? (1,24) le pregunta el espíritu impuro en la Sinagoga por boca del hombre; “No me atormentes” (5,8) le suplica por boca del habitante de los sepulcros.

Debajo de la indiferencia hay miedo a Dios. Se lo declara malo, temible, destructor. Son los slogans que repite la civilización apóstata: la fe hace inmaduros, o: no permite que el hombre se realice; la Iglesia es enemiga del placer; el voto de castidad imposibilita la autorrealización; la fe es incompatible con la razón y con la ciencia, es la madre de todas las represiones; la Iglesia es opuesta al progreso; la Inquisición, las Cruzadas, Galileo; la Iglesia tiene que recuperar la imaginación; las fórmulas dogmáticas no se han aggiornado con los cambios de la fe.

Si se rasca un poco bajo la proclamada indiferencia aparece el miedo a Dios, propio del naturalismo. Mi alumno que se hacía diputado de la clase para manifestar el común desinterés por Cristo, me confesó en una charla amable que el Señor me concedió mantener con él, que cuando su padre agonizaba y él le pidió a Dios que lo salvara, no lo oyó. Desde entonces le guardaba rencor y no creía que fuese bueno. El diputado de la indiferencia ocultaba, en realidad, un corazón herido, irreconciliado con Dios.

Víctor Frankl relata el caso de un paciente suyo cuya neurosis obsesiva consistía en el temor de que tales o cuales actos suyos podrían ser la causa de que su difunta madre y su hermana se condenaran. Este paciente se declaraba incrédulo con la razón: “no creo en nada sino en un determinismo sometido a las leyes naturales, y no en un Dios que premia y castiga”. Pero poco antes había dicho: “me vino la obsesión de que Dios podría vengarse de mí”. Hay en este paciente un juicio oculto que funda su actitud de miedo a Dios, como un ser arbitrario y dañoso, que existe a pesar de la razón, que cela y amenaza a su madre y su hermana, a sus seres queridos y a sus verdaderos intereses personales. Por encima de esa angustia frente al Dios malvado e irracional se tiende el velo encubridor de un juicio de indiferencia o incredulidad.

Eso le pasa al mundo naturalista. No quiere comunión con Dios porque teme por su autonomía, por la autonomía de las realidades temporales, por la libertad. ¿Cómo temer que le quite al hombre la libertad el Creador que lo creó libre? Pero el ofuscamiento de las potencias intelectuales es la cadena con que el espíritu impuro puede encadenar al hombre para impedirle la fe y el amor a Dios, persuadiéndolo de que es malo.

1.3 Conocimiento de Dios sin caridad

3) “Sabemos quién eres: el santo de Dios” (1,24); “Jesús, Hijo del Dios Altísimo” (5,7). Es el conocimiento sin amor. Los demonios creen pero tiemblan, dirá Santiago 76 .

Los alumnos desinteresados alegaban saber ya todo el catecismo. El paciente de Frankl, que se decía ser librepensador y conocedor de las teorías científicas más avanzadas, afirmaba conocer su catecismo “como el criminal conoce las leyes” o sea que conocía la religión sin confesarla ni profesarla de manera alguna. Preguntado si se consideraba incrédulo, respondió que lo era con la razón, pero su sentimiento creía de todos modos, pero siempre temiendo a Dios.

Conocimiento sin amor es la filosofía de la modernidad de la que se ocupa Martin Buber en su Eclipse de Dios. Buber señala precisamente que la filosofía ha levantado un saber sobre Dios que se ha separado del diálogo con Dios, y que el hombre que tiene esa estructura espiritual habla sobre Dios pero no con Dios. He ahí la ciencia que los evangelios consideran propia del espíritu impuro.

Nos ha parecido muy conveniente examinar estos pasajes evangélicos porque instruyen acerca de la significación y el signo espiritual del naturalismo, la gnosis, el secularismo y otros fenómenos espirituales que entristecen también a los creyentes sobre los que esos demonios consiguen dominio espiritual. Podemos llamarlos demonios de nuestra civilización

¿Cómo exorcizarlos? “La caridad perfecta echa afuera el temor” 77 . Estos demonios no se expulsan en discusiones sino en oración y ayuno. En la paz de la comunión con Dios y en la libertad ante el mundo y la carne. Jesús no entró en discusiones. Los distinguió del hombre tras el que se ocultaban y nos enseñó a distinguirlos. Porque nuestra lucha no es contra la carne. Les ordenó silencio y no discutió con ellos. Los desenmascaró, encarándolo en singular cuando fingía ser muchos y se arrogaba una falsa representatividad; o en plural cuando fingían ser uno y les obligó a confesar que eran legión.

Con Jesús se cumple la profecía 78 : “¡Tú arrojarás nuestros pecados al fondo del mar!”. La escena de los cerdos que se arrojan desde el acantilado muestra la realización de esta profecía.


70

Marcos 1,21-28.

71

Marcos 5,1-20.

72

Hemos examinado este asunto en el folleto: El Indiferente: ¿Es Indiferente? (Folletos Populares. Col Sentir en la Iglesia Nº 1) Tacuarembó 19842.

73

Vida Nueva, Nº 2.138, 23-05-1998 p. 50.

74

En unos tiempos tan sensibles para la justicia, se olvida a menudo que la virtud de la Religión es parte de la Justicia que consiste en darle a Dios la gratitud, la alabanza y la adoración que le pertenecen.

75

Sobre la Indiferencia religiosa del mundo racionalista en el siglo XIX y los anteriores, escribió F. de la Mennais su Ensayo sobre la Indiferencia en materia de Religión, Librería de Rosa, Paris 1835.

76

Santiago 2,19.

77

1 Juan 4,18.

78

Miqueas 7,19.

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