Intento presentar aquà la que llamaré acedia escolar, docente o colegial. Es una tentación propia de religiosos docentes. Me refiero a los que enseñan, por carisma congregacional, en colegios, escuelas y otras instituciones de enseñanza.
Como he recordado en el Cap 7º de En mi sed me dieron vinagre, la acedia nace de los apetitos de la carne mortificados por los del espÃritu. Asà la acedia monástica nace con motivo de los ayunos, el aislamiento, la soledad, el silencio y la renuncia de los consuelos de este mundo, propios de la vida monacal.
Pero la vida docente en colegios y en comunidad religiosa, no es menos ardua y exigente. Aunque los motivos sean otros, también la vida docente mortifica la carne, exige la renuncia de sà mismo y se presta, por eso, para engendrar acedia hacia la vida y las actividades propias de esa vocación.
Esos motivos de acedia escolar, algunos de los cuales voy a enumerar a continuación, han de ser superados cultivando la mÃstica de la vocación docente, una fuerte espiritualidad y un encendido fervor apostólico-docente. Para ello uno ha de estar alerta acerca de los motivos y embates de la acedia y se ha de remotivar permanentemente en el carisma propio.
Si no se reconocen los casos individuales de acedia y si no se los trata a tiempo, la acedia escolar puede convertirse en epidemia y afectar a toda una congregación. Puede llegar a institucionalizarse y a racionalizar sus motivos, declarando irracionales los derroches y los sacrificios del amor docente.
Siempre ha sido tarea ardua enseñar en un colegio. No todos, ni en toda circunstancia, han sido capaces de vivir alegre y entusiastamente las renuncias que exige la disciplina escolar: la servidumbre escolar: el cepo de los horarios escolares durante todo un año lectivo; la fatiga escolar: que se acumula y se hace aplastante hacia fin de año; la claustrofobia escolar: la monotonÃa de las horas, dÃas y semanas entre los muros del colegio, que pueden llegar a experimentarse como un horizonte estrecho y hasta como el encierro de una prisión; el esfuerzo escolar: las fatigas del aula; la preparación de clases y la corrección de los deberes y ejercicios de los alumnos; la formación pedagógica permanente que exige estudio y continua actualización de los conocimientos; la ascesis escolar: la abnegación necesaria para superar serenamente los problemas y conflictos de disciplina que se plantean incesantemente en el ámbito colegial; la neurosis escolar: la depresión o la sensación de sin sentido después del fin de cursos, cuando el colegio queda vacÃo...
Todos esos han sido siempre motivos de acedia escolar. En todos los tiempos hubo docentes amargados por alguno de semejantes motivos, y los recuerdan siempre sus alumnos.
Pero en las circunstancias del mundo actual los motivos de la acedia escolar tienden a agudizarse y diversificarse. DirÃamos que la acedia aggiorna sus motivos, amplÃa y diversifica su repertorio. A ello contribuyen muchos factores.
La disolución familiar multiplica los niños- problema. Éstos, que eran antes excepción, ahora son en algunos lugares tan numerosos que parecen ir rumbo a convertirse en desalentadora mayorÃa. Los nuevos "huérfanos de padres vivos", como los ha llamado Juan Pablo II en su Carta a las Familias, se hacen a veces tan difÃciles de manejar como las tunas. Estos "abandónicos" (vulgo guachos, proverbialmente mal agradecidos) se cobran a menudo de la autoridad docente las deudas que sienten que les debe la autoridad paterno-materna; y con la caracterÃstica injusticia y crueldad infantil, suelen desahogar en sus maestros los rencores que abrigan contra sus padres. Son las antÃpodas del alumno agradecido que hace tan gratificante el ejercicio de la vocación docente. Bastan unos poquitos, a veces uno, para arruinar con su inconducta la atmósfera del aula.
A esas actitudes hostiles, a los problemas de conducta con que se expresa esa hostilidad y a los consiguientes cortocircuitos disciplinares, se suma la creciente desmotivación infanto-juvenil para el aprendizaje. Algunos hablan de un 'derrumbe espectacular' de los niveles tanto del interés por, como de la capacidad para aprender. Según me confiaba afligido un viejo maestro: "El rendimiento intelectual no ha dejado de descender por décadas y no se sabe cuándo tocará fondo".
Pero el desinterés de los jóvenes es particularmente doloroso para los religiosos cuando se lo encuentran, redoblado si es posible, en las clases de religión o catequesis; precisamente allà donde ellos aspirarÃan a comunicar a las nuevas generaciones los misterios que les son más entrañables y que constituyen los motivos últimos de su consagración religiosa. Cierta vez me llamaron a tomar las clases que habÃa dejado una religiosa, la cual habÃa entrado en crisis de fe debido a la indiferencia de sus alumnos de catequesis.
En este caldo cultural proliferan problemas aún más graves que los de disciplina en el aula, el deterioro del clima docente, el desinterés y el bajo rendimiento intelectual. Me refiero a las relaciones afectivas y emocionales prematuras, de las que fácil e insensiblemente se pasa a la disolución moral. Los "abandónicos" (insatisfechos-afectivos-crónicos), se convierten en esos adolescentes que vemos "arreglarse" precozmente, y que a falta del amor de sus mayores, buscan ávidamente el de sus semejantes. Cuanto mayor ha sido el abandono paterno-materno más precoz parece ser el desquite afectivo que se procuran estos casi preadolescentes, con la captación de una parejita. Dentro de ese contexto tienen lugar las relaciones sexuales prematuras y los igualmente prematuros y catastróficos embarazos precoces.
Junto con la insatisfacción afectiva, entra también el sin sentido en el corazón de los jóvenes y los arrastra en forma creciente a la droga y en ocasiones también al suicidio.
¿Puede imaginarse el ambiente de un aula donde, a la distracción crónica que introduce la preparación del viaje de fin de año, se suma el bombazo de una compañera embarazada por un compañero, o el escándalo de ribetes policiales que provoca un condiscÃpulo cuando se descubre que se drogaba y pasaba droga? ¿Qué paz tienen esos corazones adolescentes para interesarse por las materias curriculares?
Evidentemente, estamos en otros tiempos. En la institución escolar de nuestros dÃas se plantean, debido a estos nuevos hechos, situaciones para las que nadie estaba preparado. Ni a nivel de la misma institución colegial, ni muy a menudo a nivel de las instancias de conducción o gobierno escolar: civiles y/o congregacionales. Se genera asà una incómoda y frustrante sensación de impreparación o incapacidad ante situaciones que parecen desbordar a todos. Una ola contracultural parece arrasar todos los diques escolares y ponerlos en evidencia como insuficientes, ineptos y anticuados. ¿Para qué seguir gastando el tiempo y la vida en esta tarea frustrante y en apariencia cada vez más ineficaz e inútil?
Los problemas que venimos enumerando son potencialmente aún más conflictivos porque, habiéndose resquebrajado la unanimidad de los juicios, no sólo morales sino también psico-pedagógicos, las medidas que toman ante ellos las autoridades del colegio pueden y suelen ser criticadas y condenadas por los padres, por docentes, y a veces, ni siquiera gozan de la unánime conformidad de la comunidad religiosa. La demagogia de muchos docentes los impulsa a condescender y a ceder sin lÃmites ante los desbordes juveniles y los jaques culturales. Eso no facilita las cosas a los pocos que sienten que deben resistir y mantener ciertas exigencias aún a costa de ser impopulares. ¿Habrá que seguir luchando con molinos de viento?
Las cosas se complican aún más, cuando, en ocasión de los flirteos con la marihuana o de la drogadicción de algunos alumnos, se entra en terrenos donde se puede incurrir en delito o en riesgoso contacto con la corrupción de autoridades o funcionarios policiales y hasta judiciales. ¿Qué hacer con esos forasteros que rondan las puertas del colegio pasando droga y de los que se desentiende todo el mundo, hasta la policÃa?
Súmense los conflictos con padres que transfieren al colegio la culpa por la educación que no supieron dar ellos mismos a sus hijos. También de parte de estos padres "abandonadores", le llegan al docente reproches en vez de agradecimientos.
Dentro del mismo cuerpo docente no faltan los conflictos y motivos de acedia. Los religiosos están en una delicada situación de colegas con sus codocentes laicos. En el colegio repercuten las medidas de paros sindicales, que exigen cada vez negociaciones y acuerdos. Suele haber también situaciones difÃciles en ocasión de despedir docentes, de redistribuir horas dejadas por un docente que se retira, de incorporar a alguien nuevo en su lugar, de nombrar o ascender personal a cargos de dirección.
Por si todo esto fuera poco, ha venido a sumarse la creciente complejidad de la legislación y reglamentación escolar. La responsabilidad legal y hasta penal que puede derivar de accidentes ocurridos dentro de la escuela, hace que aún incidentes nimios hayan de ser tratados cautelarmente como graves.
La Ley Federal de Educación ha significado en la Argentina un jaque a todos los niveles: desde el edilicio, pasando por el ingente papeleo burocrático, hasta la sobrecarga que exige el estudio de los mismos y/o la asistencia a los cursos de capacitación o reciclaje. Esta nueva Ley ha trasmitido algunos metamensajes negativos, aptos para sembrar desánimo entre docentes y directivos. Uno de ellos es la implÃcita evaluación negativa de todo lo que se sabÃa y trasmitÃa durante años. Otro, la obsolescencia e inutilización por vÃa legal, de la capacitación de algunos docentes. En algunos de ellos, especialmente los más antiguos, al desánimo por tener que reemprender a su edad un reciclaje profesional exigente, se suma el hecho de que ven amenazadas sus fuentes de ingresos para la supervivencia familiar, a la que ya estaban atendiendo con una máxima carga horaria.
Otra fuente de preocupación: en algunas provincias las autoridades recortan, retacean, mezquinan o retrasan los pagos de aportes del gobierno. O los vinculan a tales condiciones que de hecho lesionan el principio de libertad de enseñanza. Se practica una cierta extorsión administrativa sobre la enseñanza eclesial. Estas vejaciones económicas agregan un factor más de preocupación administrativa a los religiosos, a la vez que de irritación a su personal docente laico - por más fiel y adicto que sea a la institución escolar -, cuando ve retrasado el pago de sus haberes. También estos malestares refluyen sobre el ánimo de los religiosos.
A veces, los cambios de legislación y reglamentaciones, se convierten en un verdadero jaqueo legislativo que mantiene continuamente en vilo a los responsables y obliga a movilizaciones desgastantes y fatigosas a la larga. Desde el Congreso sobre la Educación parecerÃa que no ha cesado ese jaque educativo en la Argentina.
Una religiosa de una congregación docente, que habÃa sido alejada por un tiempo de las aulas para encargarle otra misión, resumÃa el alivio de ese descanso temporal en estos términos: “Es un descanso enorme el no tener mayores obligaciones horarias, tiempo de sobra para lo personal y haberme olvidado de la DGI, las Planillas, Bancos, Cheques, Balances, Ministerios, Cursos de Capacitación, Reforma Educativa, Obligaciones Administrativas, Pedagógicas, Personal a cargo, circulares, desafÃos miles que me agotaban, y SOBRE TODO estar lejos de adolescentes rebeldes, problemáticos por la soledad en que viven, cautivos de hoy y de tanta manipulación como los ataca, junto a una Familia desorientada, muchas veces destruida que nos presiona, y No ver el fruto de nuestros trabajos, entrega, sufrimientos...â€.
Sin embargo, tomando perspectiva desde la distancia del puesto escolar y reencontrando desde la libertad el amor de su vocación docente, concluÃa: “Sin embargo, este providencial tiempo en el desierto ya me ha hecho saber, sentir y agradecer los 37 años de docencia, que me cansaron ciertamente pero que han llenado mi vida y me han marcado a fuego, sin saber hacer otra cosa que no sea el desarrollo de mi vocación docenteâ€.
Por fin, aunque no sea lo menos importante, están los motivos comunitarios y congregacionales que preocupan o entristecen. En los colegios o comunidades docentes el número de religiosas/os que componen la comunidad, lejos de crecer va disminuyendo, a veces drásticamente; donde amenaza seguir disminuyendo a falta de relevos en el horizonte, la sobrecarga de trabajo llega a ser agobiante y esa falta de perspectiva de relevos desmoraliza y causa desesperanza. Cada vez más tareas y problemas recaen sobre las espaldas de cada vez menos hermanas. La fatiga de las hermanas que llevan el peso de los colegios se agrava en el caso de hermanas jóvenes que, además de una carga horaria docente respetable, están realizando paralelamente cursos de capacitación; o en el de hermanas directoras ocupadas en cursos de reciclaje para adaptarse a la nueva Ley y en la presentación de proyectos educativos que van y vuelven con observaciones y nuevas exigencias.
Pongamos por fin las dificultades para cultivar el espÃritu y la mÃstica de la propia vocación. No es fácil encontrar directores espirituales o confesores ni animadores espirituales en localidades pequeñas y alejadas; ni el tiempo para nutrirse con buenas lecturas que alimenten luego la oración. Esto despierta en los religiosos más responsables y celosos por su vida de piedad, sentimientos de culpa por el déficit en los ejercicios espirituales; la sensación de propia imperfección y la insatisfacción consigo mismo al no lograr superar los propios problemas espirituales y aún morales. Al frente de lucha de los motivos exteriores se suma este otro frente interior de motivos de acedia, que impiden o destruyen la consolación y el gozo de la caridad. En estas situaciones prolifera fácilmente la desesperanza, la tibieza real o sentida, la instalación en estados permanentes de desolación que son potencialmente destructores y peligrosos para la vocación de las más jóvenes y para la alegrÃa en su vocación de las mayores.
Sobre estas situaciones se instala fácilmente la acedia, la tristeza en vez del gozo por su vocación y su tarea docente.
La enumeración de los motivos ya permite imaginar muchos rasgos posibles de la acedia docente. He aquà algunos, espigados entre las "muestras" recibidas.
Hemos llamado la atención en otro lugar (Un caso de Acedia) sobre la capacidad creadora de lenguaje despectivo de la acedia. Cuando se pierde la devoción fácilmente se moteja y se hace burla de los demás y pulla de lo que la alimenta. AsÃ, la acedia escolar, entre otros motes ha creado el de: conventillo escolar, para referirse a la institución y sus conflictos. Es un ejemplo, al que sin duda los familiarizados con el ambiente podrán agregar un montón.
Alguien sentirá que está "fuera de foco" y que no coinciden sus intereses personales con el mundo escolar. No consigue apropiarse la misión docente. O sentirá rechazo por la comunidad escolar motejándola de diversas maneras. No verá ni estará dispuesto a reconocer intereses o motivaciones nobles y verdaderas en los demás, juzgando cualquier tipo de comentario o consulta como chusmerÃo docente.
Se atormentará con los juegos de prestigio y poder que se juegan en las instituciones humanas y también en las docentes. Y si es directivo tendrá que tomar decisiones a pesar de su fastidio y sus temores; incluso previendo, con juicios temerarios de por medio, las reacciones de fulano y mengano.
Se tomará la falta de madurez propia de los adolescentes como maldad, casi se dirÃa que ontológica, contra la que no se puede luchar.
Experimentará deseos de huir de esa realidad escolar. Le resultará imposible verla como un campo idóneo para un trabajo apostólico y misionero. No logrará ver la obra de Dios presente, sin embargo, en algunos miembros por lo menos, de su comunidad educativa.
En fin, y en pocas palabras, tendrá más ojo para los males que para los bienes de la obra apostólica docente. Y cuando a pesar de todo, vea algún bien, no encontrará gozo en él, pues es posible que lo perciba como 'logro de los demás', que pone en evidencia el propio fracaso. Ya no le alegrarán los triunfos de la propia 'camiseta'. Podrá cobrar tirria a las entregas de premios, etc.
No es de extrañar que de aquà pueda surgir una 'doctrina' bastante bien articulada que racionalice la inutilidad de los colegios y la necesidad o la conveniencia de dejarlos. O por lo menos se exprese dubitativa y cuestionadoramente sobre estos asuntos.
Si nuestro lector está familiarizado con el ambiente de un colegio gestionado por una comunidad religiosa docente, estos hechos no le serán desconocidos y podrá sin duda completar el elenco. Los he enumerado, hasta la saciedad, para señalar que la sumatoria de todos ellos, hace hoy de la vocación docente una situación tanto o más propicia a la acedia que la de un monje estilita en la peor canÃcula del peor desierto.
Y asà como entre los monjes la acedia producÃa la tentación de fuga, las tentaciones de fuga individuales o colectivas son numerosas y diversas en la vida docente. Para reconocerlas como tentaciones, puesto que son todas nobles y buenas, racionalmente inobjetables, basta con fijarse en un solo signo: no van ni llevan hacia el colegio, sino que sacan y "salvan" de él.
Una forma de la tentación de fuga que llega a caballo de la acedia podrá ser la vida contemplativa. Otra podrá ser la reorientación hacia un concepto más amplio de educación. Otra, todavÃa, la opción por los más pobres y el dejar los colegios para ir a insertarse en las Villas o en parroquias suburbanas, para atender un dispensario o tomar algunas horas de catequesis. Estos son los casos más nobles y los más peligrosos, porque como tentaciones bajo especie de bien, llegan fácilmente a insitucionalizarse.
En los demás casos, se asiste al repliegue liso y llano sobre los propios intereses. Se obtiene algún tÃtulo que permita salir e insertarse en el mundo laboral. Algunas veces, ¡oh ironÃa del destino! en algún colegio de la congregación que se abandonó.
He aquà el testimonio de una religiosa: “Mi breve relato pudo ser una grave historia, si no hubiese mediado el amor que el Padre me tiene, que me alcanzó con el Hijo y me iluminó con el EspÃritu. He padecido una grave tentación, que ahora veo como una seducción del maligno, por el lado más hermoso: conocer a Dios y gustarlo en la vida monástica-ermitaña, en silencio, soledad y fraternidad. La consolación que me producÃa esta idea era muy grande. Mi trato regular con personas de un instituto contemplativo me hacÃa muy feliz. Pero yo olvidaba el primer amor, mi ser consagrado con ya cuarenta años de hábito, en una congregación apostólica de vida activa y carisma docente. Inicialmente este deseo parecÃa un más loable, pero, a pesar de mis esfuerzos no lo alcanzaba. Busqué de todos modos alcanzarlo. Desoà consejos y enseñanzas. ¡Yo estaba como enamorada de ese sueño tan consolador! Sin descuidar mis obligaciones religiosas y pastorales, éstas se me iban haciendo cada vez más pesadas. Fui tiñendo mis obligaciones religiosas de aires monásticos. Progresivamente comencé a caer en omisiones. O no hacÃa lo bueno (sin hacer nada malo) o lo bueno lo hacÃa a medias, incompleto, sin entusiasmos. Como otras hermanas mÃas, a las que me unÃa una fraterna comunión, habÃan pasado a la vida contemplativa, comencé a codiciar su bien. Crecieron en mà celos y envidias, tensiones, enojos que afectaban la caridad en mi vida fraterna. InsistÃa en dar crédito a esta falsa consolación y porfiaba por alcanzar esa plenitud. Cuando me advertÃan: ‘¡estás soñando!’ yo reaccionaba irritada y con orgullo.
“Entre tanto, habÃa perdido la alegrÃa de mi vocación y la felicidad real se alejaba cada vez más. SubsistÃa en mÃ, por pura gracia de Dios y protección de mi Madre, MarÃa SantÃsima, un profundo amor a mi Congregación, que me impedÃa poner el pie afuera. Dios me regaló la gracia de no querer hacer nada que no tuviese el visto bueno de su voluntad. Y era ésto lo que no llegaba. HacÃa débiles y esporádicos intentos por cortar la ilusión, los sueños. Ahora sé que todo era tentación del maligno. Finalmente, en el retiro anual, ‘intuà desde adentro’, como si me quitaran una venda de los ojos que todo eso habÃa sido un engaño y una ilusión. Intuà que el predicador del retiro me podrÃa ayudar y se me daba una disposición confiada para abrir mi alma y dócil para aceptar lo que tantas veces habÃa rechazado. SabÃa que sufrirÃa y el ánimo se me encogÃa, pero se me daba una firmeza que apoyaba mi decisión para el bien. No fue fácil renunciar de golpe a la dulzura engañosa y dañina de mis ilusiones. Hablé, pedà luz, recé, medité, instando mucho en pedir, me confesé pidiendo la gracia del sacramento. El Señor me sostenÃa y me confirmaba. El embrujo de la tentación se disipaba rápidamente como una bruma que se lleva el viento. SentÃa la obra liberadora de mi Esposo, Cristo Redentor.
“Estoy en paz. Sé que podrán volver luchas. Pero ahora conozco al enemigo y sé dónde está mi debilidad y mi fortaleza. Por cierto que descubrirse no ha sido fácil ni bonito, pero es una gracia de salvación. Lo comparto con afecto para con todos aquellos que, como yo, puedan estar corriendo tras un sueño maligno, teñido de ‘falsa perfección’â€
En la obra anterior llamábamos la atención sobre las formas sociales y culturales de la acedia. Particularmente grave es la situación cuando la tentación de acedia escolar, deja de ser asunto privado, de un religioso en particular, y se congregacionaliza. Es decir, cuando ya no es un individuo sino una comunidad y hasta toda una congregación, la que está afectada, sin advertirlo, por una forma socializada e institucionalizada de acedia escolar. Entonces, la institución, no sólo ya no ayudará a los individuos a discernir y vencer la tentación, sino que la sembrará activamente en sus miembros, desalentará a los fervorosos, culpabilizará a los que aún quieran cultivar la mÃstica de su carisma y llegará incluso a convertir su tentación en doctrina; racionalizará sus deserciones y terminará dejando los colegios, convencida de que está prestando un servicio a su congregación y a la Iglesia. Nada significará para ellas que, desde el obispo hasta el último fiel, todos manifiesten su dolor por el cierre del colegio. ¿No es bien posible que en muchos casos de abandono de instituciones escolares y de crisis de congregaciones educativas ocurridos en las últimas décadas, haya intervenido la tentación que tratamos de señalar aquÃ?
Está muy amenazada hoy la alegrÃa de la vocación docente en un colegio de una congregación religiosa. Las religiosas del colegio tienen que presenciar a menudo que, habiendo alcanzado la acedia a superioras y formadoras, éstas no quieren que sus jóvenes "sufran lo que yo sufrà en aquél colegio"; por lo que las envÃan a alguna pequeña comunidad inserta en medios populares; tratan de reorientar desde la formación el futuro de la congregación hacia otros rumbos y se desentienden de los reclamos de las que aún creen en los colegios que quiso el fundador.
En algunas congregaciones, donde la acedia docente institucionalizada ha ganado a superioras mayores y formadoras, las hermanas que llevan el peso de los colegios tienen que mirar con hambre y desde lejos a un puñadito de hermanas jóvenes que están en formación... para otra cosa. El metamensaje es claro e hiriente.
La acedia institucionalizada formula profecÃas contra los colegios y su futuro, o mejor dicho, profetiza que no tienen futuro. Y pone todos los medios para realizar esas profecÃas, aplastando toda resistencia que pudiera demostrarlas falsas. Los que en medio de todo esto aún encuentran el gozo de la caridad en su vocación docente, están hoy en un huerto de los olivos.
He tratado de describir los motivos y formas del tipo de acedia que ataca a la vocación docente de religiosos y congregaciones religiosas. He mostrado cómo los motivos de acedia se agigantan debido a la lucha contracultural moderna y postmoderna y cómo logran su objetivo desanimando y entristeciendo a educadores y congregaciones educativas católicas. La sumatoria de esos motivos constituye una presión muy fuerte que ha empujado y de hecho amenaza con seguir empujando a la acedia escolar a muchos religiosos docentes. Conforma una cierta atmósfera de acedia escolar que puede contagiar a enteras congregaciones enseñantes y puede escalar hasta sus gobiernos congregacionales.
Sobre esa tentación de acedia llegan cabalgando diversas tentaciones, individuales o colectivas, que cohonestan la fuga y la deserción del frente de lucha docente: la vida contemplativa, el concepto amplio (el otro es tácitamente calificado de estrecho) de educación, la opción por los pobres y la inserción en los medios populares, etc. etc.
Es necesario advertir el fenómeno espiritual y combatirlo con medios espirituales. En lugar de desertar el frente de lucha, hay que concentrar las fuerzas y hacer un esfuerzo doblemente lúcido y creativo para poner sobre nuevas bases las obras docentes y asegurar su libertad docente frente a los intentos de sojuzgamiento o liquidación que provienen de la cultura dominante.
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