Durante el Mes de Ejercicios no es raro que - aparte de las desolaciones comunes y por eso más fácilmente reconocibles - sobrevengan mociones de acedia que a veces no se sabe reconocer como tales. Durante estos Ejercicios de Mes se alcanza un grado de concentración y atención espiritual muy grande, que permite advertir y reconocer movimientos interiores que pasarÃan inadvertidos en la vida cotidiana.
He aquà dos ejemplos más de movimientos de acedia advertidos en Ejercicios de Mes y reconocidos como tales por el ejercitante.
Primer ejemplo: “Estaba rezando la Liturgia de las Horas. Al leer la segunda lectura del Oficio de Lecturas, que era un texto de San AgustÃn, me sobrevino un marcado sentimiento de fastidio cuando AgustÃn confiesa haberse abrazado al único Mediador Jesús, y haber encontrado en Él el medio para acercarse a la Luz y al Alimento que veÃa tan inalcanzables. Rechacé ese sentimiento por reconocerlo como tentación, oponiéndole una segunda lectura del pasaje, animada con sentimientos de alegrÃa y gratitud".
Segundo ejemplo: "Durante el dÃa me vino al pensamiento la pregunta acerca de si MarÃa habÃa podido tener tentaciones. Hablándolo con el director, éste me dijo que no necesariamente la Virgen MarÃa hubiese debido tener tentaciones. Más tarde, en ese dÃa, mientras rezaba el Rosario, se me vino a la mente lo conversado con el Padre director de Ejercicios. En un momento dado, no fue un pensamiento, tampoco un sentimiento, ni siquiera una frase interior: fue como una mirada que me invitaba a mirar despectivamente a MarÃa Virgen (mirada "acidiosa"), con un despecho mezcla de envidia ("¿por qué Ella?") y de desvalorización ("¡asà cualquiera!). Cuando me percaté de ello, miré a MarÃa con todo el amor, gratitud y admiración que pude encontrar en mi corazón, y los alimenté el tiempo que quedaba del Rosario, terminándolo con un canto en su honor".
En conclusión: a la luz de estos ejemplos se reconocerá qué frecuentes y qué poco advertidos son los movimientos de acedia que se producen en el alma de los consagrados. Y qué daños individuales y comunitarios, no sólo como pérdida del fervor sino hasta de la fe, pueden producir si no se los advierte y rechaza con prontitud y decisión. Aún cuando, por inadvertencia, la tentación no se convierta en pecado, tiene igualmente efectos devastadores para las gracias recibidas. Bien dice San Ignacio que "la desolación es contraria a la desolación" y procura destruirla. Se comprende también cuánto bien se impide en la Iglesia por el desconocimiento de este mal.
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