Entre los numerosos testimonios biográficos de acedia que me han hecho llegar amables lectores y amigos, con la autorización de la persona interesada, selecciono uno que me parece particularmente ilustrativo del mal, tal como suele presentarse hoy en la vida religiosa activa.
En la vida monástica la acedia se observaba en condiciones de laboratorio. Por eso, la descripción que nos han dejado de ella los padres del desierto no siempre es útil, actualmente, para laicos o religiosos de vida activa, estados de vida donde la acedia adopta formas mutantes.
En efecto, como la acedia no es tentación exclusiva de religiosos contemplativos y monjes de clausura, puede observarse, aunque con rasgos diferenciales, que no se encontrarán en las descripciones que nos legaron los Padres del desierto, en la vida de todos los creyentes. Pero la tentación de acedia se presenta mucho más intensa y violentamente cuando, como en el caso de los religiosos, que aspiran a alcanzar la perfección de la caridad, un alma se propone avanzar por el camino de la Caridad.
En los religiosos de vida activa la tentación de acedia no se presenta como en los monjes, sino que se disimula bajo las mismas formas de su actividad apostólica, la cual, extremada y transformada en activismo, conduce al abandono de la oración y a una efusión pelagiana en la acción, como si de ella fuese a provenir el fruto espiritual.
Las virtudes teologales pueden languidecer en el alma del apóstol, cuando éste se pone a sí mismo o se busca a sí mismo en la acción apostólica, olvidándose de la gracia-eficaz para confiar en la eficacia de su acción propia; o lo que es más grave, desviando la acción apostólica de sus fines últimos hacia sus propios fines.
En la acción apostólica se puede buscar uno a sí mismo. Puede buscar el éxito en las propias tareas apostólicas, la consideración, el reconocimiento y el respeto, en una palabra, no tanto ni en primer lugar la gloria y santificación del Nombre del Padre cuanto el propio buen nombre y prestigio. Por algo Jesús advertía a sus apóstoles del peligro de la levadura de los escribas y fariseos, que buscaban gloria y lucro en las cosas de Dios.
Entre los religiosos de vida activa, donde la acción es importante, puede buscarse la dominación y es más fácil aspirar al mando bajo apariencia de bien, ilusionándose en que bajo el propio mando se hará más bien y mejor.
Por fin, como las obras apostólicas implican muchas veces el uso de cuantiosos bienes económicos y materiales, puede cobijarse de este modo, fácil e inadvertidamente, la codicia y el deseo del lucro en el corazón de los religiosos activos. Y esto, no sólo en individuos aislados, sino incluso a nivel congregacional.
Por todas estas puertas, los religiosos de vida activa pueden volver a instalarse en el mundo que habían dejado. Así, lo mundano se reencuentra y se reinstala en el ámbito congregacional, y es ahora allí donde se busca el lucro, el vano honor y el poder. En ese mundo que conserva una apariencia eclesiástica, se sigue usando las etiquetas de la piedad para encubrir la búsqueda de sí mismos y los negociados de los propios intereses en vez de los de Cristo, pero en él ha desaparecido el gozo de la gracia. Prospera allí la acedia que se ensombrece ante los gozos auténticos de la caridad, como ante un reproche a su falsía. Unos fervores y unos entusiasmos pelagianos, en la realización de los propios planes y propósitos, son los sucedáneos del consuelo de la gracia.
Y cuando se extinguen hasta estos fuegos fatuos de fervores humanos entre las últimas cenizas del amor divino que ya no quema el corazón, y dado que éste necesita algún calor, se le proporciona el de las emociones - que ojalá sean siempre inocentes - de la industria del entretenimiento. Da pena ver a religiosos llamados a ser agentes de la Civilización del Amor, convertidos en espectadores pasivos, absortos en la contemplación del espectáculo de este Mundo, en éxtasis ante la televisión como ante un sagrario.
"A los dos años de haber profesado, me llegó el primer traslado. Destino: Capital Federal. Ciudad que nunca me gustó por la aglomeración de gente, por la misma idiosincrasia de sus habitantes, y porque estando en medio de una multitud, uno puede llegar a sentirse angustiosamente solo, tal es la indiferencia para con los que pasan al lado.
Creo que, inconscientemente, trasladé ese rechazo al plano espiritual, de tal manera que para mi sensibilidad, uno era el Jesús provinciano, y otro el capitalino. Para poder rezar, necesitaba cerrar los ojos, "viajar" a la Capilla de nuestra Casa Madre, y olvidarme del Jesús " porteño, cancherito y sobrador" que me imaginaba tener delante.
Cada vez se me fue haciendo más difícil la oración. El sagrario era simplemente una caja, vacía de contenido y significado, ante la que perdía una hora diaria sólo porque mis formadoras habían insistido siempre en que no abandonara esa hora por nada del mundo. En realidad, lo que me empujaba a perder la hora, era más la fe en ellas, que no la fe en Dios y en su Presencia. No pasó mucho hasta que este vaciamiento alcanzara también a la celebración eucarística y demás actos de piedad. Me resultaba ridículo ese hombre que, todos los días, se disfrazaba con tanto trapo, para hacer siempre lo mismo, decir siempre lo mismo, y en definitiva, nada útil. Me acercaba a comulgar porque recordaba haber estado en mi sano juicio cuando lo hacía con fervor, y que si realmente había algo de cierto en lo que entonces había creído, llegaría el momento en que todo volvería a ser como antes. El Sacramento de la Reconciliación, era una obligación más, y no la más grata por cierto, pero al que en ningún momento logré ver como mi tabla de salvación. El Rosario, rezado en comunidad, era lo más monótono y enfermante del día. Es cierto que lo rezábamos demasiado ligero pero, como a todo lo demás, veía ridículo hacerlo de ese modo. Sin embargo, si por alguna razón debía rezarlo sola, no aprovechaba para hacerlo lenta y devotamente, sino que lo más frecuente era que, directamente, lo suprimiera. Lo mismo con la Liturgia de las Horas.
Creo que todo esto despertó en mí el deseo de huir de alguna manera. Y así terminé dejando mi tendencia natural al silencio y a la lectura, supliéndola con largas mateadas con las chicas del interior que vivían con nosotras, sumándome a cuanta salida hubiera que hacer a la calle -aunque volviera aturdida con la ciudad- y, lógicamente, el televisor...
En cuanto al apostolado, llegué a temer las horas de Catequesis con el Secundario. Iba tensa y volvía deshecha. No podía entregar lo que no tenía. Y con las alumnas estaba a la defensiva: temía que hicieran preguntas, que emitieran opiniones y me mataran lo poco o nada que me sostenía.
No sabría decir exactamente, cuánto tiempo estuve así, pero sí que fue la mayor parte del año. Los Ejercicios anuales no pasaron de ser un respiro, en el que, por muy corto tiempo, todo volvía a tener algún sentido. No tardé mucho en volver a caer en el mismo cuadro.
Estando así, llegó el tiempo de presentar la solicitud de la renovación de votos. Tuve fuertes tentaciones de no hacerla, pero una y otra vez me venía a la memoria la frase que un sacerdote -el que me había bautizado- me dijera antes de ingresar en la Congregación: "El Señor es el menos interesado en que te equivoques. Si buscas sincera y honestamente cumplir su voluntad, ésta se te manifestará en tus Superiores". Finalmente tomé coraje y la presenté, convencida en mi interior de que no me aceptarían. ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando, después de dos meses o más, se me notificaba que había sido aceptada!
A partir de ese momento "algo" se liberó en mí. Me sentí más liviana y como un rayito de luz que entraba de a poco en mi mente y en mi corazón, y me permitía ver que el mismo Dios que me había elegido seis años atrás, volvía a elegirme ahora. Y comencé el camino de retorno a El."
Este ejemplo presenta un proceso de ingreso en, y de salida de un estado de acedia, por lo que nos interesa doblemente examinarlo.
El punto de partida parece ser un cambio de destino, resistido, o por lo menos no vivido con motivaciones sobrenaturales, por lo cual el espíritu de la joven religiosa queda a merced de prejuicios, sentimientos y razones puramente humanas que bloquean las perspectivas espirituales y apostólicas del Reino.
Los sentimientos provincialistas y antiporteños pertenecen al género carnal de los sentimientos nacionalistas; son sentimientos mundanos, contrarios a la caridad universal y bloquean en el corazón de la joven religiosa el surgir de los gozos de la caridad que pudieran provenir de su nueva situación. Queda inhibida así su creatividad espiritual y se inicia un proceso de involución mundanizante.
Dar auténticas motivaciones sobrenaturales de todo cambio de destino, y hacerlo en forma personalizada, sobre todo a religiosas jóvenes, es cosa que las superioras no deberían descuidar. Pero a veces, a nivel congregacional, son cosas que se dan, erróneamente, por supuestas o se imparten de manera puramente formal y exterior.
Nótese la capacidad creadora de lenguaje despectivo, propia de la acedia, que expresa, en forma burlesca y agresiva, un interno despecho y encono frente a los bienes de los que se nutría antes la piedad.
En este caso, esta religiosa manifestaba, aunque raramente, esas expresiones y ellas eran invento y creación suya. Pero cuando abundan los casos en una comunidad, o cuando uno de sus miembros hace proselitismo de su acedia, el lenguaje puede socializarse y las expresiones burlescas se enseñan y se aprenden de otros.
Recuerdo el caso de un joven sacerdote que, muy celebrado por sus compañeros, zahería la liturgia tradicional diciendo: "Y levantando los ojos al cielo...¿qué vio?: ¡las vigas del techo!..." Así, las expresiones despectivas y burlonas, se convierten en modo de hablar, en cultura de la acedia dentro de la vida religiosa. Y pueden llegar a intimidar a los que quieren vivir fervorosamente. La vida entera de la comunidad y hasta de la congregación se amolda al estilo de los acidiosos, que imponen su estilo desterrando las formas de la piedad u obligándolas a la clandestinidad.
En nuestro ejemplo, tanto la dolencia espiritual como su verdadera entidad de mal de acedia, pasaron inadvertidas, tanto a la misma religiosa como a su superiora y hermanas. No estaban preparadas doctrinalmente para reconocer el mal y buscarle remedios. Esta impreparación, es responsable de muchas "pérdidas de vocaciones". En las encuestas y análisis sobre los motivos del abandono de la vida sacerdotal y religiosa, los encuestadores, por la misma ignorancia, se van detrás de pistas secundarias o falsas.
A falta de auxilios exteriores, en el caso de esta religiosa, el remedio le viene desde dentro, por la acción del Espíritu y la gracia. Se ha de notar el papel que tiene la memoria en ese proceso. Memoria de pasadas comuniones y de tiempos de gracia vividos en su historia. Memoria del dicho de un sacerdote, hombre de Dios que motiva la interpretación espiritual de la concesión de los votos.
Veamos un ejemplo que muestra cómo desde un estado de auténtica consolación puede pasarse insensiblemente a otro, falso, que termina en el disgusto. Relata una religiosa:
"A terminar de despegarme del mundo había contribuido la visita de diez días que hice a mi casa al terminar el postulantado y antes de ingresar al Noviciado. Durante todo el año del postulantado había extrañado mi casa, mi ciudad, mis amigos. Fui pensando que diez días iban a ser pocos para reencontrarme con todos y con todo. Sin embargo, una vez en casa, tres o cuatro días fueron suficientes para sentirme como pez fuera del agua: me molestaba el televisor prendido todo el día, el equipo de música de mis hermanas, la trivialidad de mis amigos, y por sobre todo, la ausencia del Santísimo para quedarme un rato con El, a cualquier hora del día. Aquellos diez días se me hicieron eternos y volví al Noviciado con grandes deseos: `con grande ánimo y liberalidad', después de haber padecido la ‘eternidad’ de diez días en casa de mis padres.
“Durante un tiempo todo fue hermoso. Los Ejercicios previos al ingreso a la nueva etapa de formación me habían encendido en fervor, y no había cosa que no fuera para mí motivo de gozo. Sentía que ‘en El era, me movía y existía’. Sin embargo, poco a poco, sin saber cómo ni cuándo comenzó, empecé a sentir que su Presencia me asfixiaba. Ese estar en El que tanto gozo me había causado, de pronto se transformó en cárcel. Mirara donde mirara, hiciera lo que hiciera, en todo estaba Dios. Era como un aire enrarecido que, a la vez, me cerraba las puertas para ‘otros aires’. Era demasiado Dios. Me sentí saturada de El. En ningún momento sentí un rechazo abierto hacia su Presencia, sólo quería un poco menos".
La acedia se presenta a menudo así: como un ‘espíritu’ que inspira aversión a la comunión, a la oración, en mayor o menor grado. Pero no sólo respecto de la relación con Dios, sino también de otras relaciones interpersonales. Si el ‘malestar’ doméstico de la postulante se explica como una gracia de extrañamiento del mundo que le facilita reconocer su vocación y que su lugar no está allí sino en la vida religiosa, una vez vuelta al noviciado, aparece la acedia de una compañera, ahora ante la visita de los familiares. Y esa acedia tiene un poder contagioso, capaz de cambiar el gozo en tristeza. Ese es un misterioso pero reconocido mecanismo espiritual, por el cual el envidioso es capaz de destruir la felicidad ajena y hacer que los demás se sientan culpables de sus bienes, sea espirituales, morales o materiales.
Véase un ejemplo de cómo sucede eso: “En esa misma época, una de mis compañeras comenzó a demostrarme, cada vez más manifiestamente, el desagrado y dolor que le provocaba la visita de mi familia, sobre todo de mi madre... siendo ya mayor, ella había decidido ingresar a pesar de la oposición de su mamá, y no podía soportar que la mía hubiese aceptado y aún compartiera tardes enteras conmigo los días de visita (una vez al mes). Al principio no le dí importancia, pero finalmente empecé a sentirme culpable de su tristeza y desconsuelo, hasta el punto que el día de visita se me convirtió en un día de martirio. Sólo impidió que yo alejara mi familia, el pensar que ellos no tenían la culpa y yo no tenía derecho de provocarles un dolor gratuito”
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