Horacio Bojorge, S.J., Mujer: ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia
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5. Del formalismo a la informalidad

El secularismo actual es un estadio terminal del formalismo religioso. Cuando los signos religiosos siguen perdurando y siendo usados independientemente de su sentido espiritual y sus efectos de gracia, esos signos terminan vaciándose de su dínamis propia, pierden su veracidad y por lo tanto, su sentido. Entonces pueden suceder varias cosas: o bien se los revivifica, volviendo a vivirlos espiritualmente; o bien se los mantiene pero re-signándolos en otra dirección y para otras eficacias no religiosas; o bien se los abandona, y a veces se los tira lejos. El abandono de las formas, según nos demuestra la historia del catolicismo en este siglo, puede ser silencioso o motivado teóricamente.

El diluvio de secularización que está anegando a Europa y Estados Unidos, es, en parte la disolución terminal de una religiosidad formalista. Su paso al secularismo es en realidad un intento de autenticidad, aunque en la dirección equivocada, porque en vez de intentar recuperar la forma plena, en vez de llenarla de espíritu, sólo atina a despojarse de la forma vacía. Y, lo que es peor, a veces confunde toda o cualquier formalidad con formalismo. Entonces se convierte en perseguidor de la forma auténtica. El secularismo es una religiosidad anti-formal más que informal. Su antiformalidad es a menudo anónima, atemática, pero a veces elabora una teoría antiformal. Se ha observado que el secularismo es un fenómeno de reacción contra el formalismo jansenista, un legalismo rigorista de origen protestante que tiende a la reducción de la religión a la moral, y del que se tiñó el catolicismo, sobre todo el europeo 69 . El catolicismo criollo se vio libre de él, hasta que la inmigración europea, especialmente de religiosos y clero, así como la literatura piadosa, lo extendió también de este lado del océano.

Pero la in-formalidad del secularismo es muy parecida al formalismo al que parece oponerse. Los opuestos se oponen en el mismo género, dice el principio filosófico. Nada más parecido que estos opuestos. En efecto, de la forma vacía de amor (formalismo) a la falta de formas de amor (secularismo) sólo hay un cambio en apariencia. Ambos se han desentendido muy anteriormente de la eficacia espiritual de los signos de la caridad.

Pero el secularismo necesita del formalismo. Lo necesita para afirmarse a sí mismo narcisistamente como negación del formalismo religioso. Necesita tener el demonio pintado en la pared para sentirse justificado en su oposición. No se cansa de evocar el formalismo. De evocarlo y a veces de verlo donde no está o sospechando su presencia donde lo que hay en realidad son formas externas y saludables del amor a Dios.

Las nuevas generaciones nacidas en ambiente secularista, las que no padecieron el formalismo de generaciones anteriores, o no pueden atribuir su incredulidad o sus pretendidas ‘taras’ religiosas y humanas a sus educadores religiosos (familia, colegios de religiosos, catequistas), ya no comprenden la razón de ser de lo que sus mayores hacen y son. Los secularistas de segunda generación son, por eso, potenciales conversos. Heredan actitudes que ya han perdido su razón de ser y sus apoyos reactivos. Sólo pueden intuir, mirando desde afuera, lo que le siguen señalando como formalismo. Pero les falta toda referencia a la forma verdadera, auténtica, es decir, a la forma impregnada de amor, o que es expresión de la caridad. Por eso, en cualquier momento, puesto que están abiertos a buscar ese amor, pueden encontrárselo en las formas auténticas vividas por los que aman a Dios.

El camino de la eficacia espiritual de todas las criaturas materiales está escrito en la creación y en el carácter sacramental y sacramentario de la fe católica. Por ese camino siguen andando creyentes de fe recia y sana, que aman a Dios de todo corazón.

El secularismo es, como los hongos, un fenómeno saprófita, que se nutre, prospera y pulula solamente gracias a la materia orgánica de la fe muerta. Es un fenómeno exclusivamente pos-creyente. Y nada es más apto ni está más cerca de convertirse en un secularista que un santurrón. Es puramente una cuestión de ocasión, de clima y de ambiente.

Los signos y las formas del amor creyente son atacados desde distintos ángulos: por los rutinarios, distraídos y aburridos, por los repetidores irreverentes, por los profanadores intencionados. Los signos y las formas sagradas sufren el manoseo, la banalización, la broma hostil o despectiva, la descalificación por el ridículo y hasta la blasfemia. Debajo del rechazo de los signos y las formas del amor se oculta un síndrome espiritual: el miedo y hasta el odio. Los signos y formas sagradas, explícitos o implícitos, sacramentales o creaturales, han de seguir siendo tomados en serio, porque siguen siendo eficaces para expresar y alimentar el amor a Dios.

Hay una apostasía anónima, que no quiere declararse. Y que habiéndose apartado del amor a Dios, no renuncia a seguir hablando de él. El proceso de secularización es un proceso de apostasía que antes de hacerse 1) consciente, 2) explícita y formal, ha comenzado siendo anónima. El Hombre secularista ha sido antes un hombre que “tenía el aspecto de la piedad pero negaba su eficacia†(2 Tim 3,5; cfr. 1 Tim 5,8). Signos sin eficacia, formas de amor sin amor, fórmulas de oración sin oración, fe sin caridad. En eso consiste la corrupción de los sacramentos y de toda sacramentariedad, es decir de toda eficacia espiritual del orden sensible.


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Abelardo Pithod, Jansenismo y Progresismo en la Conciencia Cristiana Actual, (SER Cuadernos Universitarios, Fac. De Humanidades y Ciencias de la Educación, Univ. Cat. Argentina) Mendoza s/f, 36 pp.

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