La negativa naturalista a la comunión se manifiesta como hemos visto en el abandono del trato orante con Dios, de la adoración y del culto, y de toda otra forma de comunicación o comunión con Dios. Hemos visto que por eso resiste especialmente a los movimientos carismáticos.
Pero tampoco se atreve a creer en la intervención de Dios, de cualquier tipo que sea. Tiene dificultades con la acción de la gracia ya sea ordinaria ya sea sacramental. Tiene dificultades con la fe en la Providencia. No concibe que se pueda afirmar que Dios sigue guiando a la Iglesia, asistiendo el Magisterio infalible del Papa. Tiene dificultad en aceptar que Dios intervenga obrando milagros. Su dificultad acerca de los milagros se extiende a los que los evangelios cuentan de Jesús. De ahà se origina una exegesis racionalista de la Biblia.
Rechaza también las manifestaciones exteriores de la fe de los creyentes: le molestan los sacramentos, los sacramentales y los signos exteriores: ornamentos, hábitos o vestidos religiosos, imágenes, espacios sagrados, el silencio sacro y toda forma religiosa que se distinga de las profanas. Como está convencido de que Dios no interviene, todo los signos que dan los creyentes afirmando su intervención, le parece al naturalista algo falso, supersticioso o formalista, que sólo puede provenir de ignorancia o embuste. Por otra parte, como el prejuicio naturalista va de la mano con una visión evolucionista de la humanidad en la que la religión se considera algo propio de una etapa ya superada, toda manifestación religiosa es considerada como cosa de ayer que no puede decirle nada al hombre de hoy.
El secularismo naturalista combate los signos exteriores de la fe porque la fe es una obra de Dios que contrarÃa sus tesis. De esa manera, después de haber reprimido y abolido las manifestaciones visibles de la acción divina, puede preguntarse y preguntar desafiante: ¿Dónde está Dios? ¿Dónde interviene? Y concluir como lo han hecho los teólogos de la muerte de Dios: “Dios está muertoâ€.
Uno de los testimonios más grandiosos de la acción de Dios en la historia, en la vida del creyente y de la Iglesia asà como del poder de la comunión de caridad con Dios, es el martirio: la muerte por la fe.
La descalificación de que es objeto, la ha expresado Fiodor M. Dostoiewski en su novela los Hermanos Karamazov. El capÃtulo titulado La controversia es un diálogo entre Grigori, el creyente sencillo y piadoso, y Smerdiakov el incrédulo mezquino, superior y burlón. Cuando Grigori relata emocionado a su amo, Fiodor Pavlovich, el caso de un soldado que se dejó despellejar vivo por no renegar de su fe, Fiodor Pavlovich no sólo no se emociona sino que bromea y se burla: "habrÃa que canonizar a aquel soldado y traer su piel a un monasterio. En manadas acudirÃa la gente y se harÃa un buen negocio".
Ya conocemos la burla como arma de la acedia y de la persecución. Fiodor Pavlovich es un impÃo. Pero a menudo bajo las burlas de la impiedad se disimula una aversión y un fastidio por Dios, la fe y todo lo suyo.
Smerdiakov, el criado de Fiodor toma la posta que le pasa su amo y con apariencia seria, continúa burlándose de la fe sencilla de Grigori, su padre de crianza. La incredulidad se aúna en el alma de Smerdiakov con su resentimiento de guacho malo hacia Grigori. Smerdiakov afirma que si el soldado hubiese apostatado para emplear su vida en buenas obras no hubiese pecado en absoluto. Tampoco hubiera mentido al decir que no era creyente -afirma Smerdiakov aguzando su dialéctica- porque quien habiendo apostatado interiormente, responde que no es creyente a los que lo interrogan por su fe, ya no miente sino que dice la verdad. En segundo lugar, la fe de aquél soldado, si la tenÃa, parece que no era verdadera, porque se mostraba impotente para salvarlo. Una fe verdadera hubiera movido montañas, hubiera aplastado a sus perseguidores. Si no lo hacÃa era porque no era fe. También por este otro motivo no hubiera mentido diciendo que no era creyente.
Aunque no lo hubieran matado, ya sea que hubiese renegado, ya sea que se hubiese quedado con su poca fe, no habrÃa podido alcanzar la vida eterna. Por lo tanto, no pudiendo por su falta de fe alcanzar la Vida Eterna: ¿por qué dejarse privar de ésta?
El impÃo Smerdiakov deja confundido al piadoso Grigori con su enredijo pseudo teológico lleno de sofismas: "Si negara a Cristo quedo anatematizado y me convierto en un pagano, de manera que mi bautismo no ha de ser tenido en cuenta para nada. Pues bien, si he cesado de ser cristiano, no engaño al enemigo al afirmar, cuando me pregunta si lo soy, que el mismo buen Dios me ha descargado de todo compromiso con mi religión, antes de pronunciar una sola palabra y sólo porque querÃa decirla. Y si estoy libre de todo compromiso, ¿de qué manera y con qué justicia me harÃan responsable en el otro mundo como cristiano de haber negado a Cristo, si al negarlo sólo de pensamiento habÃan quedado borradas todas las promesas del bautismo? Si dejé de ser cristiano no puedo negar a Cristo, con quien ya nada tengo que ver. ¿PedirÃas cuentas a un turco, y menos en el cielo, porque no nació cristiano, Grigori Vasilievich? ¿Cómo lo iban a castigar por eso? Ya se sabe que no se puede despellejar dos veces a un buey. Pues aunque el mismo Dios omnipotente hiciera responsables a los tártaros, cuando muere uno de éstos y hay que aplicarle el castigo merecido - en caso de que deba ser castigado -, yo me figuro que no será juzgado culpable de haber venido al mundo impuro como todo pagano nacido de paganos. Dios no puede decir que un pagano es un buen cristiano. Esto serÃa mentir. ¿Y puede el Señor de cielos y tierra decir una mentira, ni una tan sólo?
Grigori miraba desconcertado al orador con ojos que se le arrancaban de las cuencas. No entendÃa bien lo que decÃa, pero en medio de su confusión le llegaba clara la frase y parecÃa dar entonces de cabeza contra una pared invisible".
Para mayor consternación del pobre Grigori, Smerdiakov, azuzado por Fiodor Pavlovich, siguió probando su tesis: "No hay duda de que apostatando habrÃa traicionado mi fe, pero no serÃa ningún pecado especial. Si hay pecado en ello es de lo más corriente [...] ¿Qué culpa tendrÃa yo si, no viendo ventaja o recompensa en esta vida ni en la otra, guardaba al menos mi pellejo? Por eso, confiando enteramente en la gracia del Señor, espero en todo caso ser perdonado" 65 .
Dostoiewski ha retratado en esta página la argumentación naturalista que maneja el lenguaje cristiano y alega la moral cristiana, pero traiciona su esencia: el amor a Dios que prefiere morir a negarlo ante los hombres. Para Smerdiakov el martirio es una tonterÃa, porque la apostasÃa no serÃa pecado. ¡Cuanto bien (moral) deja de hacer el mártir dejándose matar tontamente! La sofÃstica naturalista logra demostrar, -ante la impotencia de Grigori para explicar y defender con razones las evidencias de su clara conciencia creyente-, que ese mártir no realizó ningún valor, ni moral ni religioso.
Más allá del soldado despellejado en vano, Smerdiakov apunta contra la fe de Grigori, cuyas convicciones parece querer triturar en el molino de sus razonamientos 'teológicos'.
El pasaje de Dostoiewski ejemplifica muy bien lo que experimenta el creyente ante muchas páginas de la actual literatura ‘teológica’. Es el fenómeno tan bien descrito por J. M. Le Guillou: "el creyente auténtico [Grigori] experimenta un malestar [ante el modo gnóstico de argumentar]. Siente que algo no funciona, que los objetos de la fe están expatriados, descentrados en relación con la verdad orgánica del dogma, que por ello entran en contradicción unos con otros y que, en ese contexto, no se puede mantener la sÃntesis orgánica. Y es que el gnóstico [Smerdiakov] no está determinado en sus convicciones por la fe teologal" 66 .
La comunión con Cristo y la fidelidad martirial, el valor de la confesión de fe y el testimonio de los santos misterios queda asà descartado como buena obra por la zumba sofÃstica de un Smerdiakov que esgrime, sin fe pero fingiéndola, los datos de la fe. Todo queda subordinado a fines morales intramundanos e interhumanos: hacer buenas obras, no mentir. Cristo no es un individuo a quien amar, sino una Idea, un ideal moral, una ‘verdad’ con minúscula, al servicio de la exigencia burguesa de ‘veracidad’ necesaria para la vida ciudadana.
La página de Dostoiewski es una parábola que retrata muy bien un mal que no cesa de extenderse y afecta especialmente a los creyentes. La reducción moralista de la fe. Es verdad que la fe supone una vida moral. San Pablo recuerda a menudo en sus cartas que los que se entregan a los pecados “no heredarán el reinoâ€. Pero la fe cristiana es mucho más que un sistema moral. Es una comunión con Dios y su Misterio y es una inmersión en ese misterio.
Está dentro de la reducción naturalista del misterio cristiano, reducirlo a las obligaciones de la moral natural. Se prescribe asà un decálogo recortado, sin la primera tabla de la Ley mosaica, es decir sin los mandamientos relativos a Dios. Es que Dios ha dejado de ser ‘prójimo’, como lo es para el creyente.
La dificultad en comunicarse con Dios, en tener en cuenta su realidad, en aceptar su autorrevelación se manifiesta también en la resistencia para creer en los milagros. La resistencia a admitir la posibilidad de revelaciones privadas, a la que ya nos hemos referido, es sólo una variante de esta misma dificultad.
La oficina médica del Santuario de Lourdes tiene poca prensa. Sin embargo allà se guarda el registro de más de un centenar de casos que la ciencia ha declarado inexplicables. Los creyentes acuden allà en muchedumbres. El abate Laurentin da testimonio de que, sin embargo, habÃa un diagnóstico pesimista sobre el futuro de Lourdes en medios de la Conferencia Episcopal francesa.
Me ha sucedido con frecuencia la consulta fieles escandalizados porque el sacerdote habÃa reducido la multiplicación de los panes a un milagro moral que suscitó la solidaridad y decidió a los egoÃstas a poner en común sus provisiones de viaje. Todo habrÃa sido nada más que una cena lluvia en la que cada cual aportó lo suyo. De verdadera multiplicación de los panes: ¡ni qué hablar!
Sin embargo en los relatos de este episodio de la vida de Jesús, narrado por los cuatro evangelistas, se insiste en avisarnos que los discÃpulos habÃan comprobado que no tenÃan nada que comer y que debÃan ir a buscarlo en los poblados vecinos. Por otra parte, tratándose de una comida de alianza de pan y sal, si Jesús no puso los alimentos no hubo hospitalidad y por lo tanto tampoco alianza. En oriente serÃa inaudito hospedar a alguien y hacerle poner los alimentos.
La interpretación racionalista que se desentiende del milagro deberÃa desentenderse de todo el evangelio. Y lo hace de hecho al no respetar datos exegéticos que dan gritos contra tamaña falsificación.
La exegesis racionalista, que rechaza los milagros por principio, ha tomado por su cuenta el texto bÃblico y lo ha despojado de todo lo que pudiera parecer intrusión divina en el orden natural. Véase el planteo que hace el padre y adelantado de la exegesis bÃblica racionalista, que habiendo comenzado en el seno del protestantismo se encuentra hoy también en el catolicismo y es una de las causas de su tristeza.
Ya Strauss contraponÃa al Cristo de la Iglesia con el Jesús de la historia. Jesús es “un individuo que aún concediendo que haya podido ser el mejor dotado, no es posible concebir sino como un hijo de la humanidad y cuya semilla de vida no ha podido provenir si no es de la más Ãntima profundidad de la naturaleza humana. Por lo tanto, estuvo determinado por el estrecho cÃrculo dentro del cual vino a la existencia: su familia, su pueblo, su tiempo, su espÃritu... que estuvo determinado por la cultura de su ambiente... y por las leyes de la naturaleza†[...] “Esta limitación es la misma que encontramos presupuesta en toda biografÃa humana. Su héroe es para todos nosotros un ser humano finito, cuyo poder está limitado por otras fuerzas superiores externas a él y cuya acción está atada a la acción de las leyes naturales. La Historia sólo puede ocuparse de este juego de fuerzas limitadas. Su Ley fundamental es la de la causalidad. Según este principio, todo efecto experimentable tiene una causa que sólo puede encontrarse en el conjunto de las fuerzas de la naturaleza. La intervención de una causa sobrenatural ajena a este orden desgarrarÃa la interrelación de los acontecimientos y harÃa imposible toda historia†67 .
No es el caso abundar en citas de Strauss, que es el adelantado en el tema, pero tras cuyas huellas corren hoy desaprensivamente exegetas y sacerdotes católicos.
De la situación de las ciencias bÃblicas se ha dicho: “la situación es confusa. Por una parte, parecen repetirse las escenas bÃblicas en las que Jesús es rodeado por la muchedumbre, es empujado, apretujado... la devoción a Jesús gana nuevos horizontes tanto dentro como fuera de la Iglesia. Y, por otra parte, los exegetas no cesan de levantar barreras que hacen cada dÃa más difÃcil nuestro acceso al Jesús histórico, acceso que, a veces, resulta completamente imposible. A grandes rasgos podrÃamos describir la situación de la manera siguiente: el pueblo creyente, o bien no tiene en cuenta esas barreras o, sencillamente, las derriba impulsado por el instinto certero de que ningún especialista tiene potestad para relativizar el acontecimiento único de Jesús y la significación actual que encierra su figura. ‘Tengo que ir a él’ dice el hombre sencillo ‘porque me pertenece’ 68 .
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