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Horacio Bojorge, S.J., En mi sed me dieron vinagre. La civilización de la acedia
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En mi sed me dieron vinagre
La Civilización de la Acedia

1.) LA ACEDIA: PECADO CAPITAL

De la Acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales1. Algunos Padres del desierto, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, hablan de pensamientos. Por ejemplo, Evagrio Póntico, enumera ocho pensamientos. Con este nombre, estos padres de la espiritualidad ponen de relieve que estos vicios, en su origen, son tentaciones, o sea pensamientos; y que si no se los resiste, acaban convirtiéndose en modos de pensar y de vivir. Cuando se acepta el pensamiento tentador, uno termina viviendo como piensa y justificando su manera de vivir.. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales o de algunos diccionarios de moral o de espiritualidad2. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.

Sin embargo, como veremos, la acedia sí que existe y anda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización de la acedia.

La acedia existe pues en forma de semilla, de alm√°cigo y de montes. Crece y prospera con tanta mayor impunidad cuanto que, a fuerza de haber dejado de verla se ha dejado de saberla nombrar, se√Īalar y reconocer. Parece conveniente, pues, ocuparse de ella. En este primer cap√≠tulo comenzaremos con las definiciones que se han dado de ella. Si al lector este camino le resulta dif√≠cil o √°rido, le aconsejamos empezar por el cap√≠tulo cuarto y seguir luego con el segundo, tercero, y los dem√°s.

1.1.) ¬ŅQu√© es la Acedia? Definiciones

Una primera idea de lo que es la Acedia nos la dan las definiciones, aunque ellas solas no sean suficientes para un conocimiento cabal de su realidad.

El Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica (=CIC) la nombra ‚ÄĒ acentuando la √≠: aced√≠a ‚ÄĒ entre los pecados contra el Amor a Dios. Esos pecados contra la Caridad que enumera el Catecismo son: 1) la indiferencia, 2) la ingratitud, 3) la tibieza, 4) la aced√≠a y 5) el odio a Dios.

El Catecismo la define así: "La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino" (CIC 2094). Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración, la enumera entre las tentaciones del orante: "otra tentación a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. `El espíritu está pronto pero la carne es débil' (Mateo 26,41)" (CIC 2733).

Por la naturaleza de la obra, el Catecismo no entra en detalles acerca de la conexión que tienen entre sí estos cinco pecados contra la Caridad. En realidad puede decirse que son uno solo: acedia, en diferentes formas. La indiferencia, la ingratitud y la tibieza son otras tantas formas de la acedia.

En cuanto al odio a Dios no es sino su culminaci√≥n y √ļltima consecuencia. De ah√≠ que por ser fuente, causa y cabeza de los otros cuatro, am√©n de muchos otros, la acedia sea considerada pecado capital, y no as√≠ los dem√°s3. Y aunque el odio a Dios sea el mayor de estos y de todos los dem√°s pecados4, no se lo considera pecado capital, porque no es lo primero que se verifica en la destrucci√≥n de la virtud sino lo √ļltimo, y no es causa sino consecuencia de los dem√°s pecados5.

1.2.) Tristeza, Envidia y Acedia

El Catecismo relaciona la acedia con la pereza6. No se detiene a se√Īalar su relaci√≥n con la envidia y la tristeza7. Sin embargo, la acedia es propiamente una especie o una forma particular de la envidia. En efecto, Santo Tom√°s de Aquino, que considera a la acedia como pecado capital, la define como: tristeza por el bien divino del que goza la caridad8. Y en otro lugar se√Īala sus causas y efectos: es una forma de la tristeza que hace al hombre tardo para los actos espirituales que ocasionan fatiga f√≠sica9.

La acedia se define acertadamente, por lo tanto, como perteneciente al g√©nero de las tristezas y como una especie de la envidia. ¬ŅQu√© la distingue de la envidia en general? Su objeto. El objeto de la acedia no es ‚ÄĒ como el de la envidia ‚ÄĒ cualquier bien gen√©rico de la creatura, sino el bien del que se goza la caridad. O sea el bien divino: Dios y los dem√°s bienes relacionados con El.

Nos importa mucho en este estudio establecer y mantener la distinci√≥n entre envidia y acedia, por eso evitamos usarlas como sin√≥nimos, como suele hacerse en el uso com√ļn. En nuestro estudio entendemos la envidia como un pecado moral y la acedia como un pecado teologal, como la forma teologal de le envidia.

Secundaria y derivadamente, la acedia se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el catecismo la propone, a los fines prácticos, como pereza10.

Sobre la tradición monástica y patrística, y las dos líneas de interpretación de la acedia como pereza o como tristeza, ver G. BARDY, Art.: Acedia, en Dictionnaire de Spiritualité. Ascétique et Mystique T.I, cols 166-169; también B. HONINGS, Art.: Acedia, en Diccionario de Espiritualidad Dirigido por Ermanno Ancilli, Herder, Barcelona 1983, T.I, Cols. 24-27 que concuerda con Bardy. Sobre la Acedia Monástica volveremos en 5. y sobre Acedia y Pereza en 7.1..

1.3.) ¬ŅEs Posible la Acedia?

Tal como se presenta por sus definiciones, podrá parecerle a alguno que la acedia pertenezca a ese tipo de pecados que se suele dar por imposibles e inexistentes a fuerza de absurdos, aberrantes o monstruosos. Por ejemplo el odio a Dios, o la apostasía. Pero es que pertenece a la noción y a la esencia del pecado, el hecho de que sea aberrante y monstruoso, y de que, sin embargo, no sólo exista a pesar de ser absurdo e inconcebible, sino que muchísimas veces ni siquiera se lo advierta allí donde está a fuerza de considerarlo como un hecho natural y obvio.

Por eso, conviene que despu√©s de ver su definici√≥n, pasemos a describirla, ilustrarla con casos y ejemplos, se√Īalarla en los hechos y por fin tratar de comprender su fisiolog√≠a espiritual.

1.4.) Acedia = acidez , impiedad

El nombre de la acedia es figurado y metafórico. Encierra un cierto simbolismo que también, a modo de definición, ilustra acerca de su naturaleza. La palabra castellana es heredera de un rico contenido etimológico que orienta para comprender mejor su sentido

Las palabras latinas acer, acris, acre, aceo, acetum, acerbum, portan los sentidos de tristeza, amargura, acidez y otras sensaciones fuertes de los sentidos y del espíritu. Los estados de ánimo así nombrados son opuestos al gozo, y las sensaciones aludidas son opuestas a la dulzura.

La ra√≠z griega de donde derivan los t√©rminos latinos es kedeia: "Akedeia ‚ÄĒ ha observado un rese√Īista de la primera edici√≥n de esta obra ‚ÄĒ es falta de cuidado, negligencia, indiferencia, y akedia descuido, negligencia, indiferencia, tristeza, pesar. Se refiere de modo particular ‚ÄĒ en los griegos ‚ÄĒ al descuido de los muertos, insepultos, por lo cual no ten√≠an descanso. Es una negaci√≥n de la kedeia, alianza, parentesco; funeral, honras f√ļnebres. Es decir, son los cuidados que brotan de la alianza, del parentesco, de la afinidad que brota de la alianza matrimonial. Todo esto tiene grandes resonancias con la relaci√≥n nueva de parentesco con Dios que brota de la alianza ‚ÄĒ el Goel, que ha estudiado Bojorge11, de la alianza nupcial que se sella con la encarnaci√≥n del Verbo y su muerte y resurrecci√≥n, de la caridad como amistad con Dios, que se funda en la communicatio del hombre y Dios y de la societas, la uni√≥n que Dios nos dio con su hijo12. El gozo de esta ked√©ia es la caridad y mueve toda la vida desde tal relaci√≥n nueva con Dios. Lo persigue y destruye la acedia, en los hombres y en la sociedad"13.

Como puede verse los opuestos griegos kedeia-akedeia recubren una √°rea semejante a los pietas-impietas latino, y a nuestro piedad-impiedad. La acedia ‚ÄĒ ya se ver√° ‚ÄĒ es opuesta y combate las manifestaciones de la piedad religiosa. Seg√ļn la etimolog√≠a latina acedia tiene que ver con acidez. Es la acidez que resulta del avinagramiento de lo dulce. Es decir, de la dulzura del Amor divino. Es la dulzura de la caridad, la que, agriada, da lugar a la acedia. Ella se opone al gozo de la caridad como por fermentaci√≥n, por descomposici√≥n y transformaci√≥n en lo opuesto. A la atracci√≥n de lo dulce, se opone la repugnancia por lo agriado.

Podría calificársela, igualmente y con igual propiedad, de enfriamiento o entibiamiento. Como se dice en el Apocalipsis acerca del extinguido primitivo fervor de la comunidad eclesial: "tengo contra ti que has perdido tu amor de antes" (Apoc. 2,4); "puesto que no eres frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca" (Apoc. 3,16).

La relaci√≥n simb√≥lica entre lo √°cido y lo fr√≠o era de recibo en la antig√ľedad. En la antigua ciencia qu√≠mica y medicinal se consideraba que "las cosas √°cidas son fr√≠as"14. La acedia puede describirse, por lo tanto, ya sea como un avinagramiento o agriamiento de la dulzura, ya sea como un enfriamiento del fervor de la Caridad. Por eso no ha de extra√Īar que haya autores que hayan preferido referirse a la acedia en t√©rminos de tibieza15.

Con esto hemos avanzado un paso más hacia la comprensión de este vicio capital. Como decadencia de un estado mejor, esta pérdida del gozo, de la dulzura y del fervor, y su transformación en tristeza, avinagramiento o frialdad ante los bienes divinos o espirituales, parece emparentar con la apostasía o conducir a ella. Es, en muchos casos, un apartarse de lo que antes se gustó y apreció, porque ahora, eso mismo, disgusta, entristece o irrita. En este sentido, se puede decir que la acedia supone una cierta ruptura entre el antes y el ahora de la persona agriada y ácida. O una ruptura entre su estado ideal y su estado decaído.

1.5.) Sus Efectos

Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida moral y espiritual. Disipa el tesoro de todas las virtudes. La acedia se opone directamente a la caridad, pero también a la esperanza, a la fortaleza, a la sabiduría y sobre todo a la religión, a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. Sus consecuencias se ilustran claramente por sus efectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por sus hijas: la disipación, o sea un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el torpor, el rencor, la malicia, o sea, el odio a los bienes espirituales y la desesperación16. Esta corrupción de la piedad teologal, da lugar a la corrupción de todas las formas de la piedad moral. También origina males en la vida social y la convivencia, como es la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación por medio de burlas, críticas y hasta de calumnias.

2.) LA ACEDIA EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una galería de retratos de la acedia en todas sus formas, desde la indiferencia al odio. Y nos dan también pistas para comprender su naturaleza. Pistas que nos podrán orientar luego para reconocerla en sus formas históricas y actuales, y podrán encaminarnos para comprender su mecanismo espiritual. En los casos clínicos bíblicos se aprende una semiología de la acedia y también mucho acerca de su etiología17.

2.1.) La Unción en Betania

Este pasaje evangélico es un ejemplo de acedia que bien puede considerarse arquetípico. En él vemos en ejercicio al gozo de la caridad y cómo es atacado por las razones aparentes de la oculta acedia.

Seis d√≠as antes de su Pasi√≥n, Jes√ļs vino a Betania, donde se encontraba su amigo L√°zaro, a quien hab√≠a resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron all√≠ una cena. Marta serv√≠a y L√°zaro era uno de los que estaban con Jes√ļs sentados a la mesa. Mar√≠a, tom√≥ una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungi√≥ los pies de Jes√ļs y los sec√≥ con sus cabellos. La casa entera se llen√≥ con el olor del perfume (Juan 12,1-3).

La caridad ‚ÄĒseg√ļn la define Santo Tom√°s de Aquino18‚ÄĒ es amor de amistad con Dios. El gesto de Mar√≠a manifiesta el gozo de su caridad. Es un gesto gozoso y gratuito que honra, en Jes√ļs, al amigo divino: hu√©sped, Maestro y Se√Īor. Ese gesto expresa, con una d√°diva costosa, el aprecio de Mar√≠a por Jes√ļs y el gozo que ese aprecio le produce19.

Pero ‚ÄĒprosigue contando el evangelio‚ÄĒ Judas Iscariote, uno de los disc√≠pulos de Jes√ļs, el que lo hab√≠a de entregar, dijo: "¬ŅPor qu√© no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?" (Juan 12,4-5).

La objeci√≥n de Judas se opone hip√≥crita y sof√≠sticamente a la misericordia en nombre de la misericordia. Al descalificar el gesto de Mar√≠a, descalifica su amor. Lo que para Mar√≠a es expresi√≥n gozosa de su amor a Jes√ļs, es para Judas motivo de tristeza, mezclada de fastidio e irritaci√≥n. El que ya no comparte la amistad con Jes√ļs, no puede compartir los mismos sentimientos de la amistad. Peor a√ļn, tiene sentimientos contrarios: de acedia.

En el relato de este episodio que nos hacen Marcos y Mateo, la reacción contra el gesto de María, es calificada de indignación: "se indignaron". Ese es uno de los síntomas o manifestaciones de la acedia: indignarse, irritarse por lo que es motivo de gozo para los amigos de Dios (Marcos 14,3-9; Mateo 26,6-13).

Al disc√≠pulo avinagrado, las muestras de amor a Jes√ļs le dan bronca. Si esa bronca quiere vestirse de ira santa, disfraz√°ndose con falsas razones, es para no evidenciarse y guardar a√ļn las apariencias; por puro c√°lculo hip√≥crita.

Hay en este detalle de la historia que nos cuenta el evangelio, la revelación de una importantísima ley del acontecer espiritual: el gozo de la caridad es atacado con razones. Ley que rige también el acontecer cultural: el espíritu del desamor es racionalista20.

2.2.) La Acedia de Mikal, Esposa de David

Vayamos ahora al Antiguo Testamento y recordemos el pecado de Mikal, hija de Sa√ļl, esposa de David. Mikal se irrit√≥ viendo a David bailar delante del Arca de la Alianza en la fiesta de la Traslaci√≥n. La danza de David era una manifestaci√≥n del gozo de la caridad. Y, por el contrario, la irritaci√≥n de Mikal por la devoci√≥n de David, era manifiesta acedia.

David trasladaba el Arca con grandes ceremonias y fiestas populares. El Arca era el signo visible de la Presencia del Se√Īor en medio de su Pueblo. Leemos que:

"David y toda la casa de Israel bailaba delante del Se√Īor con todas sus fuerzas, cantando con c√≠taras, arpas, adufes, casta√Īuelas, panderetas y c√≠mbalos...David danzaba con todas sus fuerzas delante del Se√Īor, ce√Īido con un efod de lino (=vestido sacerdotal). David y toda la casa de Israel sub√≠an el Arca del Se√Īor entre clamores y sonar de cuernos. Cuando el Arca entr√≥ en la ciudad de David, Mikal, hija de Sa√ļl, que estaba mirando por la ventana, vio al Rey David saltando y danzando ante el Se√Īor y lo despreci√≥ en su coraz√≥n" (2 Samuel 6,l4-l6).

Y cuando se volvía David para bendecir al pueblo, terminada la fiesta: "Mikal le salió al encuentro y le dijo: '¡Cómo se ha cubierto de gloria hoy el Rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas de sus servidores como se descubriría un cualquiera'!" (v.20)

Mikal, ciega para el sentido religioso y gozoso de la acción de David, percibía la danza con una mirada profana y exterior, despreciando lo que hubiera debido admirar y compartir. Mikal no estaba de fiesta ni en la fiesta; miraba desde arriba, por una ventana.

Tanto el hombre de Dios como el pueblo de Dios, cuando celebra p√ļblicamente sus fiestas religiosas, se expone ‚ÄĒes decir: se muestra y se arriesga‚ÄĒ al desprecio de los que miran desde su ventana, desde su √≥ptica exterior al fervor religioso. A veces, esa burla y ese desprecio consigue acobardar o avergonzar a algunos fieles.

El Via Crucis y la Vuelta Ciclista

Pienso en una experiencia recogida en Semana Santa en un pueblo del interior del Uruguay. Al d√≠a siguiente del Via Crucis que hab√≠amos hecho recorriendo las calles en la noche del Viernes Santo, una mujer me confiaba los sentimientos de verg√ľenza que la hab√≠an asaltado durante el Via Crucis, debido a la actitud fr√≠a e indiferente de los que nos ignoraban vi√©ndonos pasar. En un pueblo chico, sentirse ignorado por gente conocida, que muestra avergonzarse de uno, es doblemente hiriente.

Esta mujer había percibido perfectamente la afectada indiferencia de algunos frente al paso de los fieles en el Via Crucis. Tanto más chocante, cuanto que en un pueblo chico, cualquier acontecimiento es motivo para que la gente se amontone en la vereda a observar con simpatía lo que pasa. Y así, efectivamente, habíamos visto amontonarse junto al cordón de la vereda de la misma plaza, por esos mismos días de la Semana Santa, a los espectadores de la Vuelta Ciclista.

¬ŅC√≥mo no iba a sentir esta sensible mujer de pueblo, la diferencia de temperatura, viendo a los que se met√≠an en el bar, en el club, en la helader√≠a, como si no estuvieran pasando tres cuadras tupidas de fieles por la calle principal? Frente a nosotros eran incapaces de la simple simpat√≠a humana que saben brindar como puebleros a todo lo humano. En pueblo chico, donde no estar enterado queda mal, no darse por enterado es ofensivo o descalificador.

Ante esta actitud de acedia, la tentaci√≥n del creyente, como en este caso, es la verg√ľenza. Pero David, hombre de Dios, nos ense√Īa con su ejemplo, la actitud de firmeza que ha de tener el creyente, ignorando a los que lo ignoran.

La Respuesta de David a Mikal

Respondi√≥ David a Mikal: "Yo danzo en presencia del Se√Īor [y no, como t√ļ dices, delante de las mujeres de mis servidores], y danzo ante El porque El es el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo de Israel, el pueblo del Se√Īor. Vive el Se√Īor, que yo danzar√© ante El y me har√© m√°s despreciable todav√≠a; ser√© despreciable y vil a tus ojos, pero ser√© honrado ante las criadas de que hablas". Y Mikal, hija de Sa√ļl, no tuvo ya hijos hasta el d√≠a de su muerte (vv. 21-23). David la repudi√≥.

2.3.) La Acedia de los Hijos de Jeconías

Narra el Primer Libro de Samuel (6,13-21) cómo el Arca fue devuelta por los filisteos a los israelitas, para librarse del azote de la peste. Se alegraron con el retorno del Arca los habitantes de Bet-Shémesh. Excepto una familia, que fue por eso duramente castigada.

He aquí otro ejemplo de lo que es acedia: ausencia de la debida alegría a causa de la presencia de Dios; indiferencia.

Estaban los de Bet-Sh√©mesh segando el trigo en el valle, y alzando la vista vieron el Arca. El momento era inoportuno, pues la siega era la ocupaci√≥n m√°s importante del a√Īo, e interrumpirla para una fiesta era un grav√≠simo trastorno.

Sin embargo, los piadosos labriegos, al ver venir el Arca se llenaron de alegr√≠a: "y fueron gozosos a su encuentro. Al llegar la carreta al campo de Josu√© de Bet-Sh√©mesh, se detuvo. Hab√≠a all√≠ una gran piedra. Astillaron la madera de la carreta y ofrecieron las vacas que ven√≠an tirando de ellas en holocausto al Se√Īor. Los levitas bajaron el Arca del Se√Īor y el cofre que estaba a su lado y que conten√≠a los exvotos de oro ofrecidos en desagravio por los filisteos y lo depositaron todo sobre la gran piedra. Los de Bet-Sh√©mes ofrecieron aqu√©l d√≠a holocaustos e hicieron sacrificios al Se√Īor"

"Pero de entre los habitantes de Bet-Sh√©mesh,los hijos de Jecon√≠as no se alegraron cuando vieron el Arca del Se√Īor"

Es de presumir que los hijos de Jeconías lamentaron esa llegada porque interrumpía la siega. La siega era en sí misma una ocasión festiva21. El fastidio por la aparición del Arca, sugiere que la raíz de la acedia, suele estar, como en este caso, en el conflicto de los intereses materiales con los religiosos.

A causa de la mezquindad del coraz√≥n de los hijos de Jecon√≠as castig√≥ el Se√Īor a setenta de sus hombres y el pueblo hizo duelo porque el Se√Īor los hab√≠a castigado duramente.

2.4.) El Menosprecio de un Profeta

Relacionado con el desprecio hacia el fervor de David, y por lo tanto apropiado para ejemplificar la acedia en forma de burla o menosprecio, es el episodio que narra el Segundo Libro de los Reyes. Cuenta que el profeta Eliseo iba subiendo por el camino hacia Betel cuando unos ni√Īos peque√Īos salieron de la ciudad y se burlaban de √©l, diciendo: "¬°Sube, calvo! ¬°Sube, calvo!".

√Čl se volvi√≥, los vio y los maldijo en nombre del Se√Īor. Salieron entonces dos osos del bosque y destrozaron a cuarenta y dos de ellos (2 Reyes 2,23-24)

El relato tiene, al parecer, una intenci√≥n did√°ctica, admonitoria, destinada a inculcar el respeto hacia los hombres de Dios entre la gente menuda, la cual puede inclinarse, por ligereza infantil, a quedarse festivamente en las posibles extravagancias exteriores de los hombres de Dios y a incurrir en la burla irrespetuosa. Como veremos22, el menosprecio de los profetas ‚ÄĒ que no siempre se queda en burlas‚ÄĒ es algo que Dios reprocha con frecuencia a su pueblo, y uno de los temas de la diatriba de los profetas y de Jes√ļs.

La acedia tiene sus ra√≠ces infantiles, puesto que tambi√©n desde ni√Īos hay piedad e impiedad, religi√≥n e irreligi√≥n, gozo de la caridad o envidia. Hay por eso necesidad de educar, cultivar y corregir el coraz√≥n de los ni√Īos. A ellos y a nosotros les inculca este episodio que no hay que distraerse con los lunares de la santidad; que los hombres de Dios, son hombres de Dios, y que no hay que menospreciarlos ni re√≠rse de ellos, por m√°s c√≥mico o despreciable que nos resulte su aspecto. Porque reparar en sus lunares y no ver su santidad, es ceguera y necedad. Y esos dos osos han destrozado cruelmente a muchos irreverentes.

La Burla: Hija de la Acedia

La Sagrada Escritura conoce esa forma de impiedad militante, que no es s√≥lo cosa de ni√Īos sino tambi√©n de grandes: la burla.

Los burlones son los que en el Salmo primero se llaman, en hebreo, lets√≠m: "Dichoso el hombre que no camina seg√ļn el consejo de los imp√≠os, que en la senda de los pecadores no se detiene, que no se sienta en el corrillo de los burlones" (Salmo 1,1).

La burla implica desconsideración, ligereza, irreverencia. Es una expresión de menosprecio. Es injuriosa, sobre todo cuando se la infiere a quien se debería honrar y respetar.

En el reproche de Judas a María está ya implícita la lógica del menos-precio que se irá manifestando durante la Pasión: en la venta por treinta monedas, en las burlas de la soldadesca. La burla nace del menosprecio y siembra más menosprecio.

En el Antiguo Testamento, el Se√Īor amenaza a su pueblo con convertirlo en irrisi√≥n y en espect√°culo del mundo: "...los convertir√© en espantajo para todos los reinos de la tierra: maldici√≥n, pasmo, rechifla y oprobio entre todas las naciones a donde los arroje, porque no oyeron las palabras que les envi√© por mis siervos"23.

El pueblo elegido se lamenta de que a causa de sus pecados, el Se√Īor los ha entregado a la burla de sus enemigos: "Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisi√≥n y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refr√°n de los gentiles, nos hacen muecas las naciones"24. As√≠ es, por dar un ejemplo, el caso del imp√≠o Nicanor, quien se burla de los sacerdotes y de los ancianos y escupe el Templo (1 Macabeos 7,34).

En el Nuevo Testamento, la burla que padecen los buenos cristianos, ya no es un castigo. Es participación en la suerte de su Maestro, que fue burlado y escupido. La Carta a los Hebreos enumera la burla a la par de los azotes entre los sufrimientos de la persecución: "unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor; otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones, apedreados, torturados, aserrados, muertos a espada..." (Hebreos 11,35-37).

Detr√°s de las burlas a personas, a sus nombres, a palabras, signos y s√≠mbolos sagrados, h√°bitos religiosos, objetos de culto, espacios sagrados, est√° la acedia: tristeza e irritaci√≥n por los bienes que se escarnece. Esa burla, hija de la acedia, sigue acompa√Īando hoy a la Iglesia como forma de persecuci√≥n, y es tan habitual que a muchos ya no les causa extra√Īeza y pasa a menudo inadvertida hasta de las mismas v√≠ctimas25.

Esa√ļ menosprecia la Primogenitura

Cuenta la Escritura (G√©nesis 25,29-34) c√≥mo Esa√ļ le vendi√≥ a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de guiso.

Es otro ejemplo cl√°sico de acedia como menosprecio ‚ÄĒ y consiguiente postergaci√≥n y p√©rdida ‚ÄĒ de los bienes espirituales, debido a la compulsi√≥n y a la urgencia de un apetito.

Esa√ļ lleg√≥ hambriento del campo y Jacob aprovech√≥ la ocasi√≥n: "V√©ndeme ahora mismo tu primogenitura". Esa√ļ respondi√≥: "¬ŅQu√© me importa la primogenitura?". Jacob lo urgi√≥ para que se la vendiera con juramento: "Y √©l se lo jur√≥, vendiendo su primogenitura a Jacob. Jacob dio a Esa√ļ pan y el guiso de lentejas, y este comi√≥ y bebi√≥, se levant√≥ y se fue. As√≠ desde√Ī√≥ Esa√ļ la primogenitura", concluye melanc√≥licamente el relato.

Y ya que hablamos de acedia en el corazón de los herederos de las Promesas e hijos de los Patriarcas, también los hermanos de José menosprecian envidiosamente a su hermano, ignorantes de que sería él quien los salvaría (Génesis 37-45).

2.5.) Rehusar el Gozo y el Llanto

La acedia se opone al gozo de la caridad y por lógica induce a gozarse y a alegrarse por lo que entristece a la caridad. Los apetitos de la acedia y de la caridad son contrarios, como los de la carne y el Espíritu26.

Puesto que la Caridad es amistad entre la creatura y Dios, el amigo de Dios se alegra en el Bien que es Dios y quiere que Dios sea reconocido y amado. El amigo comparte los gozos y tristezas de su amigo.

La acedia impide precisamente esta participaci√≥n y comuni√≥n en los sentimientos de Dios. El texto que cito a continuaci√≥n, en el que Jes√ļs les reprocha su indiferencia a los que se han rehusado a compartir sus sentimientos, ilustra el rol que juega la acedia en el drama evang√©lico:

"¬ŅCon qui√©n comparar√© a los hombres de esta generaci√≥n? ¬ŅY a qui√©n se parecen? Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta y no hab√©is bailado, os hemos entonado endechas, y no hab√©is llorado. Porque ha venido Juan el Bautista, que no com√≠a pan ni beb√≠a vino, y dec√≠s: Demonio tiene. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dec√≠s: Ah√≠ ten√©is a un comil√≥n y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Pero, la Sabidur√≠a se ha acreditado por todos sus hijos" (Lucas 7,3l-35)

La actitud de acedia como un "no" a la fiesta, la ilustran las parábolas de los invitados al Banquete27. En estas parábolas queda claro cómo las preocupaciones de este mundo ocultan el bien verdadero a los que les entregan el corazón. Los invitados se excusan de la fiesta a causa de sus ocupaciones, como los hijos de Jeconías en Bet-Shémesh28. Los hombres que siguen su apetitos carnales y no creen (= esta generación"), descalifican a los que obran movidos por impulsos y apetitos espirituales. No puede haber entre ellos comunión de sentimientos: ni de gozos ni de tristezas. Por eso pueden parecer insensatos los unos a los otros.

En la ense√Īanza de Jes√ļs se puede espigar otros ejemplos de esta diston√≠a de sentimientos entre sus disc√≠pulos y los que no lo son: "Un d√≠a en que los disc√≠pulos de Juan y los fariseos ayunaban, vienen a decirle: ¬ŅPor qu√© mientras los disc√≠pulos de Juan y los disc√≠pulos de los fariseos ayunan, tus disc√≠pulos no ayunan? Jes√ļs les dijo: ¬ŅPueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio est√° con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. D√≠as vendr√°n en que les ser√° arrebatado el novio, entonces ayunar√°n en aqu√©l d√≠a" (Marcos 2,18-20)

Las dos par√°bolas que siguen a este pasaje, la del parche sobre el vestido viejo y la del vino nuevo en los odres viejos, aluden a la necesidad de convertirse totalmente, para poder entrar en comuni√≥n con los sentimientos de Jes√ļs y sus disc√≠pulos y poder comprender lo que hacen (Marcos 2,20-22).

Los gozos y los dolores de los disc√≠pulos son contrarios e incompatibles con los del mundo, como los apetitos del esp√≠ritu son contrarios a los de la carne (G√°latas 5,17). Por eso dice Jes√ļs a sus disc√≠pulos: "Yo os aseguro que llorar√©is y os lamentar√©is y el mundo se alegrar√°" (Juan 16,20). En esta oposici√≥n tiene su explicaci√≥n la acedia. De ah√≠ que Pablo nos invite a tener los mismos sentimientos que Cristo Jes√ļs29 Miro en este instante a mi Jes√ļs y me r√≠o del mundo entero con El. D√©jeme llorar entre sus brazos todo el d√≠a, mientras los dem√°s se r√≠en y se divierten, que poco me importa a m√≠ llorar mirando a la Alegr√≠a infinita, gustar la amargura junto a la dulzura divina de Jes√ļs. (p.160). Citas tomadas de: PURROY Marino, Teresa de los Andes cuenta su vida, Ed. Carmelo Teresiano, PP. Carmelitas, Santiago, Chile l992,l92 pags.

2.6.) El Clamor de las Piedras

Los que al tiempo de la entrada triunfal de Jes√ļs en Jerusal√©n se escandalizaban por el fervor popular que deber√≠an haber compartido en vez de reprobar, padec√≠an de esta insensibilidad caracter√≠stica de la acedia:

"Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de sus disc√≠pulos, llenos de alegr√≠a, se pusieron a alabar a Dios a voz en cuello, por todos los milagros que hab√≠an visto. Dec√≠an: Bendito el Rey que viene en nombre del Se√Īor. Paz en el cielo y gloria en las alturas.

Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jes√ļs: Maestro, reprende a tus disc√≠pulos. Pero Jes√ļs les contest√≥: Yo les aseguro que si √©stos callasen, las piedras gritar√≠an" (Lucas l9,37-40)

San Lucas oye en la boca de la multitud de disc√≠pulos que aclama a Jes√ļs en su entrada triunfal a Jerusal√©n, palabras que recuerdan a las que cantan los √°ngeles anunciando el nacimiento a los pastores: "Paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lucas 19,38, ver 2,14). Los √°ngeles y los humildes hablan, en un mismo idioma celestial, de los bienes que s√≥lo ellos pueden ver. Al ni√Īo lo anunciaron los √°ngeles, ahora al Rey lo anuncian los peque√Īos. All√° los pastores creyeron, aqu√≠ los doctores se indignan.

San Lucas ‚ÄĒ not√©moslo aqu√≠ de paso ‚ÄĒ es celebrado justamente como el evangelista de los pobres y sencillos, as√≠ como del gozo y de la alegr√≠a del Esp√≠ritu Santo. Pero es menos reconocido como el evangelista m√°s sensible para la acedia y que muestra una mayor aversi√≥n a este pecado. Es, por ejemplo, el evangelista de los Ayes sobre los acediosos (Lucas 6,24-26; 11,39-44). Y en el pasaje que hemos trascrito antes, contrapone a la fe y al gozo de los disc√≠pulos, la protesta indignada, malhumorada y sombr√≠a, caracter√≠stica de la acedia y de la incredulidad militantes. El hijo mayor, en la par√°bola del Hijo Pr√≥digo, es otro ejemplo t√≠pico de la misma actitud atrabiliaria (Lucas 15,25-32).

Como se ve, a los acediosos, el j√ļbilo de los buenos les parece reprensible. El motivo de esta diston√≠a emocional es que no comparten su fe. Verdaderamente son opuestos el gozo de los disc√≠pulos y la tristeza de los que no lo son, aunque le digan Maestro. Este mismo esquema de comportamiento volveremos a encontrarlo en la civilizaci√≥n de la acedia de la que trataremos en el cap√≠tulo cuarto.

2.7.) El Pecado de Caín

Habitualmente se considera el pecado de Caín como un pecado de envidia hacia su hermano Abel. Y lo es. Pero no de envidia simplemente. Sino de aquella especie de envidia que llamamos acedia.

Hay acedia en el Pecado de Caín (Génesis 4, 3-8). Acedia respecto del bien de su hermano, cuya ofrenda fue acepta a Dios. Pero también acedia, respecto de la complacencia de Dios sobre la ofrenda de Abel. Si Caín hubiese estado en actitud de amistad con Dios, se habría alegrado por el beneplácito de su Amigo divino, porque el verdadero amigo se alegra por las alegrías de su amigo.

Es veros√≠milmente por esa falta de amistad cordial, por lo que dice el texto que: "el Se√Īor no mir√≥ propicio a Ca√≠n y su oblaci√≥n". Si Ca√≠n hubiera buscado con su ofrenda exclusivamente agradar a Dios, se habr√≠a alegrado con el gozo divino, fuera por el motivo que fuese; y en el caso concreto, con motivo de la ofrenda de su hermano. Ca√≠n no envidiaba en Abel ning√ļn bien profano, sino precisamente su condici√≥n de amigo de Dios, de elegido y grato a Dios.

Lo que generalmente se llama envidia de Caín a su hermano es, por lo tanto, propiamente acedia. Y esta precisión hay que hacerla cada vez que encontramos envidia hacia un hombre de Dios: profeta, justo o elegido, ya sea en las Escrituras, ya sea en la historia o en la vida de la Iglesia.

Acedia en la Historia de Salvación

San Clemente romano en su Carta a los Corintios, para explicar el mal que está aquejando a dicha comunidad eclesial, se remonta a trazar un panorama de la acedia en la historia de la salvación, comenzando justamente por el pecado de Caín30. Parece oportuno y provechoso insertar aquí ese recuento:

"Ya veis, hermanos, c√≥mo los celos y la acedia produjeron un fratricidio. A causa de la acedia, nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esa√ļ. La acedia hizo que Jos√© fuera perseguido hasta punto de muerte y llegara hasta la esclavitud. La acedia oblig√≥ a Mois√©s a huir de la presencia de Fara√≥n, rey de Egipto, al o√≠r a uno de su misma tribu: '¬ŅQui√©n te ha constitu√≠do √°rbitro y juez entre nosotros? ¬ŅAcaso quieres t√ļ matarme a m√≠, como mataste ayer al egipcio?'. Por la acedia, Aar√≥n y Mar√≠a hubieron de acampar fuera del campamento. La acedia hizo bajar vivos al Hades a Dat√°n y Abir√≥n, por haberse rebelado contra el siervo de Dios, Mois√©s. Por acedia no s√≥lo tuvo David que sufrir envidia de parte de los extranjeros, sino que fue perseguido por Sa√ļl, rey de Israel"31.

2.8.) El Pecado Original

Después de haber dado ejemplos de la acedia como distonía con el sentir y el beneplácito divino, después de un análisis más afinado del mal de Caín, y después de los ejemplos bíblicos de desafecto a los elegidos de Dios que compendia Clemente romano, el lector podrá ahora advertir más fácilmente cuánto de acedia tuvo el Pecado Original.

Acedia tanto en el Tentador, como en Adán y Eva: "Por acedia del Diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24).

La Serpiente es la primera que "tiende lazos a los justos que la fastidian" (Sabidur√≠a 2,12). Lo hace con Ad√°n y Eva y lo har√° con Job (Job 1,1-22). Despu√©s de ella, la raza de sus descendientes se airar√° de igual modo contra el justo y querr√° tambi√©n ponerlo a prueba: "Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sigue caminos extra√Īos...somet√°mosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza" (Sabidur√≠a 2,14-15.19).

El Tentador los indujo a acedia. Tristeza de no ser como Dios, tristeza a causa del mandamiento, y de all√≠ se sigui√≥ la desobediencia. As√≠ comenzaron: 1¬ļ) el desacuerdo entre los apetitos y 2¬ļ) el trastorno de los sentidos, caracter√≠sticos de la naturaleza ca√≠da.

Apetito y Visión

En el relato b√≠blico de la ca√≠da se nos ense√Īa, en primer lugar, que el apetito gobierna la visi√≥n: "el d√≠a en que comiereis, se os abrir√°n los ojos". Y en segundo lugar, que la visi√≥n, a su vez, excita el apetito: "como viese la mujer que era bueno para comer y apetecible a la vista".

El pecado ha modificado la manera de percibir. Ha trastornado precisamente la capacidad de conocer el bien y el mal: "entonces se les abrieron a entrambos los ojos y conocieron que estaban desnudos" (Génesis 3,5-7).

Esta relación entre apetito y visión es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Ella nos orientará a la hora de ocuparnos de la pneumodinámica de la acedia (Ver 7.). La acedia, como tristeza por el bien, supone una ceguera para percibirlo. Sólo la insensibilidad para el bien puede explicar la aversión hacia él. Este mal implica pues, un trastorno de las facultades.

2.9.) Dos Ayes Proféticos sobre la Acedia

Nos ayudará a avanzar en la comprensión de la naturaleza de la acedia, recordar dos ayes proféticos referentes a ella.

El primer Ay que deseamos recordar es el de Jeremías:

"¬°Maldito el hombre que conf√≠a en el hombre, y hace de la carne su apoyo apartando del Se√Īor su coraz√≥n! Es como el tamarisco en el desierto de Arab√° y no ver√° el bien cuando venga" (Jerem√≠as l7,5-6).

No Ver el Bien: Acedia como Apercepción

"No verá el bien cuando venga". He ahí la a-percepción del bien que caracteriza la acedia. La tristeza por el bien del que se goza la caridad, sólo es posible cuando no se ve ese bien o se lo ve como un mal. El texto de Jeremías instruye sobre las causas de esa ceguera32.

Si el imp√≠o no ve el bien: "los rectos ‚ÄĒ por el contrario ‚ÄĒ lo ven y se alegran, a la maldad se le tapa la boca" (Salmo 106,42).

Es propio de Dios el mostrar o hacer ver los bienes salv√≠ficos: "En tu luz vemos la luz" (Salmo 35,10); "Abreme Se√Īor los ojos y contemplar√© las maravillas de tu voluntad" (Salmo 118, 18); "Al que sigue el buen camino le har√© ver la salvaci√≥n de Dios" (Salmo 49,23).

Sin la ayuda de la gracia de Dios, ni los mismos miembros del pueblo de Dios ser√≠an capaces de ver y reconocer las grandes gestas de la salvaci√≥n: "Hab√©is visto todo lo que hizo el Se√Īor a vuestros propios ojos en Egipto con Fara√≥n, sus siervos y todo su pa√≠s: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas se√Īales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el d√≠a de hoy no os hab√≠a dado el Se√Īor coraz√≥n para entender, ojos para ver, ni o√≠dos para oir" (Deuteronomio 29,1-3).

En cuanto a los bienes del Nuevo Testamento, Jes√ļs afirma que es necesario nacer de nuevo y de lo alto para "ver el Reino" (Juan 3,3.5).

Llamar Mal al Bien: Acedia como Dispercepción

El otro Ay profético contra la acedia, se encuentra en el libro de Isaías:

"¡Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos, y para sí mismos discretos!" (Isaías 5,20-21).

Entristecerse por el bien del que goza la caridad, como hace la acedia, es dar por mal ese bien; es dar lo dulce por agrio o por amargo, dar la luz por tinieblas. El texto de Isaías describe el mecanismo perverso de la acedia y lo explica por la soberbia que se guía por el propio juicio, sometido y esclavizado por la pasión caída33. Son los que, como dirá San Pablo, aprisionan la verdad con la injusticia (Rom 1,18).

Esta confusi√≥n de bien por mal, este trastorno de la percepci√≥n, puede llamarse dispercepci√≥n y es caracter√≠stica de la acedia. Podr√≠a hablarse, en otras palabras, de falta de discernimiento: "Vosotros que odi√°is el bien y am√°is el mal" (Miqueas 3,2). "Justificar al malo y condenar al justo, ambas cosas abomina el Se√Īor" (Proverbios 17,15).

El alimento del ni√Īo mesi√°nico, y el del pueblo de los tiempos mesi√°nicos ser√° "cuajada y miel para que aprenda a rehusar lo malo y elegir lo bueno" (Isa√≠as 7,15-16; 22). La cuajada agria y la miel dulce ense√Īan a distinguir los sabores del bien y del mal: de la dulzura y el gozo de la caridad, y del agriamiento de la acedia. Aqu√≠ tambi√©n, los sabores adiestran la visi√≥n.

La divina presencia que tiene lugar con la llegada del Emmanuel, ense√Īa al pueblo a discernir el bien y el mal.

2.10.) La Acedia como Ceguera

La relaci√≥n entre apetito y visi√≥n, que establece la Sagrada Escritura, es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Los dos ayes prof√©ticos sobre la acedia que acabamos de recordar, el de Jerem√≠as y el de Isa√≠as, se complementan para ense√Īarnos cu√°l es la naturaleza de este mal. Primero como apercepci√≥n del bien: "no ver√° el bien cuando venga". Y luego como dispercepci√≥n: "dar el bien por mal y el mal por bien".

Trataremos a continuaci√≥n de una serie de episodios y temas b√≠blicos que ilustran la apercepci√≥n-dispercepci√≥n caracter√≠sticas de la acedia: la idolatr√≠a de las naciones y del pueblo elegido; la ceguera de los disc√≠pulos de Jes√ļs; la ceguera de los gu√≠as espirituales de Israel; el menosprecio y rechazo de los profetas; el desprecio de la Tierra prometida, el menosprecio del testimonio de Jes√ļs, la acedia de Pedro frente a la Cruz.

La Idolatría como Ceguera

La ceguera para el bien, mal com√ļn de la humanidad, como que es consecuencia del pecado original, es la causa del pecado de idolatr√≠a, com√ļn a todas las culturas vecinas del pueblo de Dios. En ocasiones tambi√©n incurre en idolatr√≠a el pueblo de Dios, para cuyos miembros es una tentaci√≥n perenne, como lamentan Mois√©s y los Profetas.

La pol√©mica contra la idolatr√≠a, los id√≥latras, los √≠dolos y los fabricantes de √≠dolos, es un tema recurrente en la Sagrada Escritura, desde el Pentateuco hasta los Sapienciales. Y contin√ļa en el Nuevo Testamento, en la predicaci√≥n de Jes√ļs y de los Ap√≥stoles.

La idolatría aparece tipificada, en una serie de textos bíblicos, como apercepción: ceguera, insensibilidad, embotamiento de los sentidos. Y también como dispercepción: dureza del corazón, al cual, como órgano del discernimiento, le corresponde distinguir el bien y el mal.

Los id√≥latras son tan insensibles ‚ÄĒ o casi ‚ÄĒ para percibir el bien y el mal, o para discernir el uno del otro, como los √≠dolos que se fabrican.

Isa√≠as dice: "¬°Escultores de √≠dolos! Todos ellos son vacuidad; de nada sirven sus obras m√°s estimadas; sus servidores nada ven y nada saben, y por eso quedar√°n abochornados (...) no saben ni entienden, sus ojos est√°n pegados y no ven; su coraz√≥n no comprende. No reflexionan, no tienen ciencia ni entendimiento (...) A quien se apega a la ceniza, su coraz√≥n enga√Īoso lo extrav√≠a. No salvar√° su vida. Nunca dir√°: '¬ŅAcaso lo que tengo en la mano es enga√Īoso?'" (Isa√≠as 44,9.l8-l9a.20)

En esto, los sabios coinciden con los profetas. El autor del libro de la Sabidur√≠a pondera el enceguecimiento de los egipcios id√≥latras y por eso mismo, enemigos del pueblo de Dios: "¬°Insensatos todos en sumo grado y m√°s infelices que el alma de un ni√Īo (que no discierne el bien del mal), los enemigos de tu pueblo que un d√≠a lo oprimieron! Como que tuvieron por dioses a todos los √≠dolos de los gentiles que no pueden valerse de sus ojos para ver, ni de su nariz para respirar, ni de sus o√≠dos para o√≠r, ni de los dedos de sus manos para tocar, y sus pies son torpes para andar" (Sabidur√≠a 15,14-15).

Tambi√©n el Salmista considera que los id√≥latras son tan ciegos e insensibles como la obra de sus manos: "Los √≠dolos de ellos son plata y oro, obra de mano de hombre. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen o√≠dos y no oyen, nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como ellos ser√°n los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza" (Salmo 113b(115),4-8). Esta ceguera les impide ver la Gloria de Dios y por eso preguntan: "¬ŅD√≥nde est√° su Dios?" (v.2). Son ciegos para la Omnipresencia, que es, en cambio, evidente para los fieles: "nuestro Dios est√° en los cielos y en la tierra y hace todo lo que El quiere" (v.3).

Algo m√°s matizada y ben√©volamente juzga a los id√≥latras el Sabio. El id√≥latra ‚ÄĒ dice ‚ÄĒ "vale ciertamente m√°s que los √≠dolos que adora: √©l, por un tiempo al menos, goza de vida, ellos jam√°s" (Sabidur√≠a 15,17b).

Lo cual no impide que el sabio considere que es una misma clase de ceguera la que llevaba a los imp√≠os: 1¬ļ) a ignorar al verdadero Dios, 2¬ļ) a adorar a los √≠dolos, 3¬ļ) a perseguir al pueblo elegido y 4¬ļ) a deso√≠r la voz del Dios que quer√≠a sacar a su pueblo de Egipto. Eran tan ciegos para las obras de Dios como para sus designios. Y esa ceguera, no s√≥lo los priv√≥ de los grandes y verdaderos bienes sino que los precipit√≥ en la destrucci√≥n y la ruina causada por tremendos castigos. Terrible mal, la acedia.

Ceguera del Pueblo Elegido

Desgraciadamente, Israel no les va en zaga a las naciones cuando se enceguece detrás de los ídolos. En la Escritura se habla en los mismos términos de la idolatría de los gentiles que de la del pueblo elegido: ceguera, insensibilidad del corazón.

A√ļn previendo el endurecimiento del coraz√≥n y la incredulidad de su pueblo, y s√≥lo por fidelidad consigo, el Se√Īor les env√≠a, a pesar de todo, a Isa√≠as: "Ve y di a ese puebo; 'Escuchad bien, pero no entend√°is; ved bien pero no comprend√°is. Haz torpe el coraz√≥n de ese pueblo y duros sus o√≠dos, y p√©gale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus o√≠dos, y entienda con su coraz√≥n, y se convierta y se le cure'" (Isa√≠as 6,9-10).

Como se ve, el tema b√≠blico del coraz√≥n endurecido y el coraz√≥n de piedra que Dios quiere transformar y cambiar en un coraz√≥n nuevo, de carne, corre paralelo con el de la ceguera y la insensiblidad de los sentidos y tiene que ver con la salvaci√≥n del mal de acedia. Es el mal del coraz√≥n insensible para el bien verdadero e incapaz de conocer a Dios34. Jerem√≠as no except√ļa al pueblo elegido de esa ceguera, semejante a la idolatr√≠a de los paganos: "Pueblo necio y sin seso, tienen ojos y no ven, o√≠dos y no oyen" (Jerem√≠as 5,21). Y a Ezequiel lo compadece el Se√Īor en estos t√©rminos: "T√ļ vives en medio de una casa de rebeld√≠a: tienen ojos para ver y no ven, o√≠dos para o√≠r y no oyen" (Ezequiel 12,2).

El pueblo de la Alianza se había precipitado en la idolatría desde sus más tempranos comienzos, apenas Moisés tardó un poco en bajar del monte Sinaí con las tablas de la alianza:

"Anda ‚ÄĒ le dijeron a Aar√≥n ‚ÄĒ haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qu√© ha sido de Mois√©s, el hombre que nos sac√≥ de Egipto" (Exodo 32,1). Terrible ceguera y blasfemia, no ver en la salida de Egipto la obra de Dios, sino la de "el hombre" Mois√©s. Y mayor atrocidad a√ļn atribuir al √≠dolo la salvaci√≥n obrada por Dios: "Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante √©l; le han ofrecido sacrificios y han dicho: 'Este es tu dios, Israel, el que te ha sacado de Egipto'"(Exodo 32,8).

Por lo tanto, hasta el pueblo elegido puede enceguecerse para el bien y entristecerse por lo que debería ser su alegría en la Alianza. Puede comportarse como un pueblo de dura cerviz, que provoca la ira de Dios (Exodo 32,9).

No est√° libre de tentaci√≥n de acedia ni siquiera el buen Josu√©, cuando cela a Eldad y Medad porque profetizan, en vez de alegrarse como Mois√©s (N√ļmeros 11,26-29).

A√ļn en los casos en que el pueblo elegido ve mejor y m√°s que los paganos, la Escritura ense√Īa que eso no se debe a m√©ritos o capacidades propias, sino porque el Se√Īor le hace capaz de ver: "Hab√©is visto todo lo que hizo el Se√Īor a vuestros propios ojos en Egipto con Fara√≥n, sus siervos y todo su pa√≠s: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas se√Īales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el d√≠a de hoy no os hab√≠a dado el Se√Īor coraz√≥n para entender, ojos para ver, ni o√≠dos para o√≠r" (Deuteronomio 29,1-3).

Conviene notar por √ļltimo, antes de abandonar este recorrido por los textos, y en vistas a los an√°lisis sobre las causas de la acedia que haremos m√°s adelante, que lo que precipita al pueblo elegido en la acedia suele ser o la impaciencia o el miedo. Impaciencia en los sufrimientos de la traves√≠a por el desierto o miedo a sus enemigos. Las privaciones borran la memoria de las gestas divinas de liberaci√≥n, debilitan su esperanza en las promesas de Dios, le impiden ver las obras del Se√Īor que lo acompa√Īan, y esperar que lo auxiliar√° contra sus enemigos, como le asegura.

Ceguera en el Nuevo Testamento

Jes√ļs entiende la situaci√≥n espiritual de sus disc√≠pulos como prolongaci√≥n de la incredulidad de Israel. Los sabe sometidos a las mismas tentaciones y debilidades. Por eso los amonesta en el mismo estilo y parecidos t√©rminos. Veamos un ejemplo.

En un momento en que se preocupan m√°s de su pan que del Reino, Jes√ļs los ve en peligro de contagiarse de la "levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes", y los reprende as√≠: "¬ŅPor qu√© est√°is hablando de que no ten√©is panes? ¬ŅA√ļn no comprend√©is ni entend√©is? ¬ŅEs que ten√©is la mente embotada? ¬ŅTeniendo ojos no veis y teniendo o√≠dos no o√≠s? ¬ŅNo os acord√°is de cuando part√≠ cinco panes para cinco mil?"35.

El hambre, que fue una celada fatal para Esa√ļ y para la generaci√≥n del desierto, amenaza ahora con hacer caer a los disc√≠pulos en su lazo.

Es que ‚ÄĒ como ense√Īaba Jes√ļs ‚ÄĒ las preocupaciones de esta vida ahogan la semilla de la Palabra sembrada en los corazones (Marcos 4,19). Y, como explica ulteriormente San Pablo: la avaricia, la codicia, el af√°n de los bienes de este mundo, son como un pecado de idolatr√≠a (Colosenses 3,5): a fuerza de perseguir los bienes materiales con af√°n desmedido, hacen insensibles y ciegos para los bienes espirituales.

El Apóstol se hace eco de la diatriba bíblica contra los idólatras, cuando les reprocha a los gentiles su ceguera e insensibilidad para percibir al Creador a través del espectáculo de las creaturas:

"En efecto, la c√≥lera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, est√° en ellos manifiesto: Dios se lo manifest√≥. Porque lo invisible de Dios, desde la creaci√≥n del mundo se deja ver a la inteligencia a trav√©s de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato coraz√≥n se entenebreci√≥: jact√°ndose de sabios se volvieron est√ļpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representaci√≥n en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadr√ļpedos, de reptiles"36.

Aquí también, la perversión de la visión está vinculada con la perversión de los apetitos: "Aprisionar la verdad con la injusticia", como dice el Apóstol, es distorsionar la percepción del bien por la pasión y el apetito desordenados. Y una vez aprisionada la verdad, ya no es posible liberarse y se queda esclavizado y a merced de los apetitos.

He aquí la misma doctrina, a la que aludimos antes, acerca de la circularidad entre gusto y visión, entre conocimiento y pasión, entre percepción y apetito, inteligencia y voluntad. La ceguera de los ojos tiene que ver con las pasiones del corazón.

Por no haber reconocido a Dios a través de las creaturas, se desviaron sus apetitos y se pervirtieron: "Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón, hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a las creaturas en vez del Creador (...) Por eso los entregó Dios a pasiones infames (...) entrególos a su mente réproba" (Romanos 1,24-28).

Hemos citado largamente estos textos de Pablo, porque ellos ofrecen una descripción del fenómeno de la acedia como apercepción y dispercepción, así como de los pasos de su proceso.

"Ciegos guías de ciegos"

No solamente los gentiles id√≥latras reciben el ep√≠teto de ciegos, tambi√©n a los gu√≠as espirituales del pueblo elegido les reprocha Jes√ļs su ceguera: "Son ciegos que gu√≠an a ciegos. Y si un ciego gu√≠a a otro ciego, los dos caer√°n en el hoyo" (Mateo 15,14). Los disc√≠pulos ‚ÄĒ como hemos dicho ‚ÄĒ no est√°n exentos de incurrir en la misma insensibilidad y hacerse merecedores del mismo juicio. A continuaci√≥n del reproche a los escribas Jes√ļs, vuelto hacia Pedro lo amonesta: "¬ŅTambi√©n vosotros est√°is todav√≠a sin inteligencia?" (15,16). Los disc√≠pulos tienen que guardarse de la levadura de los escribas y fariseos, que es la incredulidad y la hipocres√≠a, porque les es igualmente f√°cil incurrir en ellas. Por eso los ayes de Jes√ļs, pueden tener tambi√©n algo de advertencia disuasoria para sus propios disc√≠pulos:

"¬°Ay de vosotros escribas y fariseos hip√≥critas! (...) ¬°Insensatos y ciegos! ¬ŅQu√© es m√°s importante, el oro o el Santuario que hace sagrado el oro? (...) ¬°Ciegos! ¬ŅQu√© es m√°s importante, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? (...) ¬°Gu√≠as ciegos que col√°is el mosquito y os trag√°is el camello!" (Mateo 23,13-32; citamos los vv. 13.17.19.24).

"Esta Generaci√≥n pide una Se√Īal"

La ceguera de escribas y fariseos se pone singularmente de manifiesto ante los signos y milagros que hace Jes√ļs.

D√°ndolos por inexistentes, le piden alguna se√Īal. Jes√ļs se niega a darles ninguna, excepto la que es El mismo: "Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con √©l, pidi√©ndole una se√Īal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo √≠ntimo de su ser, dice: '¬ŅPor qu√© esta generaci√≥n pide una se√Īal? Yo os aseguro: No se le dar√° a esta generaci√≥n ninguna se√Īal'...Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes" (Marcos 8,11-12.15).

A esta altura del relato evang√©lico de Marcos, Jes√ļs ha hecho innumerables curaciones y milagros. Acaba de dar el signo de la segunda multiplicaci√≥n de los panes ante una multitud, como va a record√°rselo a sus disc√≠pulos un poco m√°s adelante (8,19-20). Esa capacidad del pueblo elegido para tentar a Dios, se mezcla, como una levadura agria, con los prodigios del man√°.

El salmista refiere las quejas y gemidos de Dios por esta dureza de corazón de sus elegidos: "Volvían una y otra vez a tentar a Dios, a exasperar al Santo de Israel" (Salmo 77(78),41).

¬ŅCu√°l es pues la levadura37 de la que los disc√≠pulos deben guardarse?: es la actitud de los que piden signos en el cielo, como resultado de su apercepci√≥n y ceguera para ver los signos de Dios.

Los discípulos deben guardarse de esa misma actitud agria.

No hay que pedirle a Dios que haga signos "en el cielo", es decir visibles para nosotros y que podamos ver desde donde nosotros estamos, sin movernos ni cambiar de posici√≥n ni de lugar, o sea sin convertirnos. Somos nosotros, quienes siguiendo a Jes√ļs, tenemos que estar all√≠ donde El hace sus signos; como estaba la multitud que lo segu√≠a en descampado y asisti√≥ a la multiplicaci√≥n de los panes. Ese es el gran signo que han olvidado los disc√≠pulos hambrientos.

Tenemos que ser capaces de ver los signos que Dios dio, sin que se los pidiéramos. Los que El soberanamente quiere dar y allí donde a su divino arbitrio quiera darlos. Pero pedírselos, es tentarlo y menospreciar los que ha dado.

Mataron a los profetas

Los ayes sobre escribas y fariseos concluyen con unas palabras de Jes√ļs que ponen en relaci√≥n su incredulidad con la de sus antepasados: "Sois hijos de los que mataron a los profetas. ¬°Colmad tambi√©n vosotros la medida de vuestros padres!" (Mateo 23,31-32).

Es √©ste un tema de la predicaci√≥n de Jes√ļs que pone de manifiesto otra faceta del pecado de acedia: la ceguera hereditaria para reconocer a los mensajeros de Dios.

"Edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: 'Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas' con lo cual atestiguáis que sois hijos de los que mataron a los profetas! ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

¬°Serpientes, generaci√≥n de v√≠boras! ¬ŅC√≥mo vais a escapar a la condenaci√≥n de la Gehenna? Por eso, mirad: os voy a enviar a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los matar√©is y los crucificar√©is, a otros los azotar√©is en vuestras sinagogas y los perseguir√©is de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacar√≠as, hijo de Baraqu√≠as, a quien matasteis entre el Santuario y el altar. Yo os aseguro que todo esto recaer√° sobre esta generaci√≥n" (Mateo 23,30-36).

El m√°rtir Esteban se hace eco de esta diatriba de Jes√ļs. Ella proviene del mismo celo caritativo por la correcci√≥n del pueblo amado, de la misma fortaleza ante el martirio y de la misma capacidad de perdonar que tuvo Jes√ļs:

"¬°Duros de cerviz, incircuncisos de coraz√≥n y de o√≠dos! ¬°Vosotros siempre resist√≠s al Esp√≠ritu Santo! ¬°Como fueron vuestros padres as√≠ sois vosotros! ¬ŅA qu√© profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aqu√©l a quien vosotros ahora hab√©is traicionado y asesinado, vosotros que recibisteis la Ley por mediaci√≥n de √°ngeles y no la hab√©is guardado" (Hechos 7,51-53).

"Despreciaron una Tierra envidiable" (Salmo 105(106),24)

El Salmo se refiere, con esta frase, al episodio narrado en N√ļmeros caps. 13-14 y en Deuteronomio 1,19-46. Lo comenta, y da en una pincelada su significaci√≥n espiritual, que es una acusaci√≥n de acedia: despreciar el bien. Recordemos el episodio.

El pueblo no se alegr√≥ con el bien de la Tierra Prometida, que le pintaban Caleb y Josu√©, los buenos exploradores, testigos fidedignos de la bondad de la tierra, fieles a la verdad. El pueblo, en cambio, prefiri√≥ creer al testimonio de los malos exploradores, testigos falsos porque estaban enceguecidos por el miedo a los habitantes de la Tierra. El miedo les hac√≠a olvidar las promesas del Se√Īor, desconfiar de su asistencia, dudar de su amor y en consecuencia calumniar acrimoniosamente la tierra.

Pero menospreciar la tierra de la Promesa, equival√≠a a menospreciar al Se√Īor que hab√≠a prometido introducirlos en ella para d√°rsela en propiedad: "¬Ņhasta cu√°ndo me va a despreciar este pueblo? ¬Ņhasta cu√°ndo van a desconfiar de m√≠, con todas las se√Īales que he hecho entre ellos?" (N√ļmeros 13,11). "...Ninguno de los que han visto mi gloria y las se√Īales que he realizado en Egipto y en el desierto, que me han puesto a prueba ya diez veces y no han escuchado mi voz, ver√° la tierra que promet√≠ con juramento a sus padres. No la ver√° ninguno de los que me ha despreciado" (N√ļmeros 14,22-23)

Los exploradores hab√≠an subido a explorar la tierra en "el tiempo de las primeras uvas" (Num 13,20). Es decir el tiempo m√°s hermoso y en el que la fertilidad de la tierra que mana leche y miel luc√≠a en el esplendor de sus frutos: "una espl√©ndida tierra, tierra de torrentes y de fuentes, de aguas que brotan del abismo en los valles y en las monta√Īas, tierra de trigo y de cebada, de vi√Īas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te ser√° racionado y donde no carecer√°s de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas monta√Īas extraer√°s el bronce. Comer√°s hasta hartarte y bendecir√°s al Se√Īor tu Dios en esta espl√©ndida tierra que te ha dado" (Deuteronomio 8,7-10)

"Subieron pues, y exploraron el pa√≠s, desde el desierto de Sin hasta Rejob, a la entrada de Jamat. Subieron por el N√©gueb y llegaron hasta Hebr√≥n donde resid√≠an los descendientes de Anaq. Llegaron al valle de Eshkol (que significa racimo) y cortaron all√≠ un sarmiento con un racimo de uva que trasportaron con una p√©rtiga entre dos, y tambi√©n granadas e higos" (N√ļmeros 13,20-23). Los exploradores llevaban consigo la evidencia del Bien de la Promesa, capaz de regocijar con su vista. Pero ellos no los vieron.

"Tomaron en su mano los frutos del pa√≠s, nos los trajeron y nos comunicaron: 'Buena tierra es la que el Se√Īor nuestro Dios nos da'. Pero vosotros ‚ÄĒles reprocha Mois√©s‚ÄĒ os negasteis a subir y os rebelasteis contra la orden del Se√Īor vuestro Dios. Y os pusisteis a murmurar en vuestras tiendas: 'Por el odio que nos tiene nos ha sacado el Se√Īor de Egipto, para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos. ¬ŅA d√≥nde vamos a subir? Nuestros hermanos nos han descorazonado al decir: 'es un pueblo m√°s numeroso y m√°s alto que nosotros, las ciudades son grandes y sus murallas llegan hasta el cielo. Y hasta gigantes hemos visto all√≠" (Deut. 1,25-28).

El pueblo estaba ciego no sólo para las obras de Dios, sino para sus motivos: atribuía a odio las obras de amor; confundía el plan de salvación con un plan de destrucción. Por eso, debido a su incredulidad, raíz de acedia, se entristecía por lo que debería alegrarse.

Mois√©s trat√≥ de alentarlos movi√©ndolos a creer en el amor y en la asistencia de Dios: "Yo os dije: `No os asust√©is, no teng√°is miedo de ellos. El Se√Īor vuestro Dios, que marcha delante de vosotros, combatir√° por vosotros, como visteis que lo hizo en Egipto, y en el desierto donde has visto que el Se√Īor tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a todo lo largo de este camino que hab√©is recorrido hasta llegar a este lugar. Pero ni a√ļn as√≠ confiasteis en el Se√Īor vuestro Dios que era el que os preced√≠a en el camino y os buscaba lugar donde acampar, con el fuego durante la noche para alumbrar el camino, y con la nube durante el d√≠a" (Deut. 1,29-33).

A pesar de las muestras de amor y de asistencia divina que el pueblo hab√≠a visto ‚ÄĒ como le recordaba Mois√©s ‚ÄĒ se manten√≠a ciego. ¬ŅCu√°l iba a ser el castigo?: "esta generaci√≥n incr√©dula, no ver√° la tierra prometida ni entrar√° en ella".

Su ceguera, su increduliad, su acedia, se har√°n proverbiales. Los rabinos hablar√°n de ella como "la generaci√≥n del desierto" y la enumerar√°n en una misma lista con otras generaciones imp√≠as: la generaci√≥n del Diluvio y la generaci√≥n de Sodoma. Ninguna de esas generaciones, piensan los maestros de Israel, heredar√°n la tierra, ni entrar√°n en el siglo futuro: "El Se√Īor oy√≥ el rumor de vuestras palabras y en su c√≥lera jur√≥ as√≠: 'Ni un solo hombre de esta generaci√≥n perversa ver√° la espl√©ndida tierra que yo jur√© dar a vuestros padres, excepto Caleb hijo de Yefunn√©'" (Deut. 1,34-36).

Jes√ļs: Explorador y Testigo

El di√°logo de Jes√ļs con Nicodemo (Juan 3,1-21) presenta a Jes√ļs como Explorador, que viene a dar testimonio de la verdadera Tierra Prometida: el Reino de Dios, que viene. El pasaje del evangelio seg√ļn San Juan est√° lleno de alusiones al episodio que tratan N√ļmeros 13-14 y Deuteronomio 1,19-46.

Jes√ļs se presenta como testigo de lo invisible, sabiendo de antemano que lo hace ante un pueblo rebelde que no ha cre√≠do en otros testimonios acerca de lo visible: "En verdad, en verdad te digo, nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no acept√°is nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la Tierra no cre√©is ¬Ņc√≥mo vais a creer si os digo cosas del Cielo? Nadie ha subido al Cielo, sino el que baj√≥ del Cielo, el Hijo del Hombre que est√° en el Cielo" (Juan 3,11-13; ver Num 14,7-9).

En aquel entonces la generación incrédula no pudo ver ni entrar en la Tierra Prometida y tuvo que venir una nueva generación para verla y entrar en ella. Ahora, para ver el Reino y entrar en él, es necesario nacer de nuevo, pertenecer a la nueva generación bautismal, nacida del agua y del Espíritu (Juan 3,3.5).

Jes√ļs ve en la incredulidad contra la que √©l choca, la prolongaci√≥n de un mismo misterio. Jes√ļs hablar√° de "esta generaci√≥n", no en sentido temporal cronol√≥gico, sino con el mismo sentido acu√Īado por la escol√°stica rab√≠nica:

"Dando un profundo gemido desde lo √≠ntimo de su ser dice: ¬ŅPor qu√© esta generaci√≥n pide una se√Īal? Yo os aseguro: no se dar√° a esta generaci√≥n ninguna se√Īal" (Marcos 8,12).

"Quien se averg√ľence de m√≠ y de mis palabras en esta generaci√≥n ad√ļltera y pecadora, tambi√©n el Hijo del Hombre se avergonzar√° de √©l cuando venga en la gloria de su Padre con los santos √°ngeles" (Marcos 8,38).

"¬°Oh generaci√≥n incr√©dula! ¬ŅHasta cu√°ndo estar√© con vosotros? ¬ŅHasta cu√°ndo tendr√© que soportaros?" (Marcos 9,19).

"¬ŅCon qui√©n comparar√© a esta generaci√≥n? Se parece a los ni√Īos sentados en las plazas..." (Mateo 11,16).

"Esta generaci√≥n", en boca de Jes√ļs, se dice en el sentido de raza; de descendencia rebelde de la serpiente rebelde. Es la acedia hereditaria que hemos se√Īalado antes38. Son los descendientes de los que quisieron apedrear a Mois√©s y a los exploradores (N√ļmeros 14,10; Exodo 17,4), de los que se burlaban de Eliseo y de los que no recibieron a los enviados de Dios. A ellos refiere Jes√ļs la par√°bola de los vi√Īadores homicidas (Marcos 12,1-12).

La Acedia de Pedro ante la Cruz

Por eso, cuando Pedro se niega a recibir el testimonio de Jes√ļs acerca del misterio de la Cruz, se hace acreedor del nombre de Satan√°s, y en vez de piedra fundamental se convierte en piedra de esc√°ndalo (Mateo 16,18), no s√≥lo para los m√°s peque√Īos (Marcos 9,42), sino para Jes√ļs mismo (Mateo 16,23).

Tambi√©n Pedro estaba ciego. Una vez curado de su mal de acedia, el mismo Ap√≥stol, "confirmar√° a sus hermanos" (Lucas 22,31-32) y ense√Īar√° la bienaventuranza de la Cruz: "Si sufrierais a causa de la justicia, dichosos vosotros (...) Ya que Cristo padeci√≥ en la carne, armaos tambi√©n vosotros de este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha roto con el pecado (...) No os extra√Ī√©is del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extra√Īo, sino alegraos en la medida en que particip√°is en los sufrimientos de Cristo, para que tambi√©n os alegr√©is alborozados en la revelaci√≥n de su gloria. Dichosos vosotros si sois injuriados por el nombre de Cristo (...) si alguno tiene que sufrir por ser cristiano, que no se averg√ľence, que glorifique a Dios por llevar este nombre"39.

Esta es la fe de Pedro, la "piedra" fundamental de la doctrina y de la parenesis martirial sobre el bautismo.

Pablo hablar√°, llorando, de los enemigos de la Cruz de Cristo (Filipenses 3,17-19). La suya es una tristeza cristiana a causa de la tristeza carnal. Para Pablo la gloria estar√° en la Cruz de Cristo. En su perspectiva, cristiana, el horror a la Cruz, el horror al martirio, el horror al sufrimiento por ser cristiano, el horror a la bienaventuranza, es acedia.

Esta recorrida algo prolija por episodios y textos b√≠blicos relativos a la acedia, pero muchos de ellos no referidos por lo com√ļn expl√≠citamente a ella, habr√° servido ‚ÄĒ esperamos ‚ÄĒ para familiarizar al lector con el √°mbito de actitudes de esp√≠ritu ejemplares y arquet√≠picas de la acedia. Servir√° de orientaci√≥n y fundamento de lo que sigue.

3.) ACEDIA Y MARTIRIO

A partir de esta fe, se elabora la espiritualidad martirial de los primeros siglos de la Iglesia, en la cual la acedia aparece en un triple aspecto: 1) la causa del martirio es acedia en el perseguidor; 2) el miedo al martirio es acedia en el cristiano que lo teme; 3) el Demonio, por acedia, inspira y mueve a los perseguidores; procura de todos modos corromper el juicio y sentir de los m√°rtires, hacerlos apostatar mediante los tormentos y el temor a la muerte. Y, cuando no lo logra, trata de impedir o postergar su martirio, para evitar su victoria.

3.1.) Acedia de los Perseguidores

Veamos en primer lugar algunos ejemplos de la acedia de los perseguidores, quienes por dispercepción persiguen a los buenos como si fueran malos.

A esa acedia o envidia, cuando es de parte del pueblo elegido, las fuentes cristianas le dan el nombre de "celo". En el Nuevo Testamento y en la literatura cristiana primitiva ‚ÄĒ como por ejemplo la carta de San Clemente ‚ÄĒ tanto Jes√ļs como sus disc√≠pulos han sido perseguidos por los jud√≠os "dia zelon": por acedia40.

Pilatos sab√≠a que le hab√≠an entregado a Jes√ļs "por acedia"41. San Justino se hace eco de esa convicci√≥n de la Escritura y de la Tradici√≥n cristianas en el siguiente pasaje: "En los libros de los profetas, hallamos anunciado de antemano, que Jes√ļs, nuestro Mes√≠as, hab√≠a de venir (...) hab√≠a de ser envidiado (= fthonoum√©non), no reconocido y crucificado"42.

Los judíos "se llenan de acedia" viendo la multitud que escucha a Pablo (Hechos 13,45). También "llenos de acedia" se le oponen en Tesalónica y promueven una persecución violenta (Hechos 17,5). Pablo dirá en otro lugar que hay quienes predican a Cristo "por acedia" y por afán de afligirlo y de oponérsele43.

San Clemente romano, en su Carta a los Corintios, al hacer su diagnóstico pastoral acerca de las causas de la división de la iglesia en Corinto, afirma que se trata del mismo mal de acedia a causa del cual fueron perseguidos Pedro, Pablo y, tras sus huellas, innumerables cristianos:

"Por emulaci√≥n y envidia44 fueron perseguidos los que eran m√°ximas y just√≠simas columnas de la Iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos Ap√≥stoles. A Pedro, quien por inicua emulaci√≥n, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos m√°s trabajos. Y despu√©s de dar as√≠ su testimonio, march√≥ al lugar de la gloria que le era debido. Por la envidia y rivalidad mostr√≥ Pablo el galard√≥n de la paciencia. Por seis veces fue cargado de cadenas; fue desterrado y apedreado; hecho heraldo de Cristo en Oriente y Occidente, alcanz√≥ la noble fama de su fe; y despu√©s de haber ense√Īado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el l√≠mite del Occidente y dado su testimonio ante los pr√≠ncipes, sali√≥ as√≠ de este mundo y march√≥ al lugar santo, dej√°ndonos el m√°s alto dechado de paciencia.

"A estos hombres que llevaron una conducta de santidad vino a agregarse una gran muchedumbre de escogidos, los cuales, después de sufrir por envidia muchos ultrajes y tormentos, se convirtieron entre nosotros en el más hermoso ejemplo. Por envidia fueron perseguidas mujeres, nuevas Danaidas y Circes, las cuales, después de sufrir tormentos crueles y sacrílegos, se lanzaron a la firme carrera de la fe, y ellas, débiles de cuerpo recibieron generoso galardón"45.

El judaísmo se opuso a los cristianos por intereses religiosos y alegando motivos religiosos. Las primeras resistencias que levantó en ambiente pagano tuvieron, en cambio, motivos económicos.

Un arquetipo de esta acedia pagana por motivos econ√≥micos es el episodio de los porquerizos de Gerasa (Marcos 5,14-17). En Filipos los amos de la muchacha esclava que les produc√≠a mucho dinero, alborotan la ciudad para expulsar a Pablo, porque √©ste la hab√≠a exorcizado y les hab√≠a arruinado su negocio (Hechos 16,16-24). La revuelta de los orfebres en √Čfeso se debe a que el cristianismo amenazaba la venta de idolillos y los negocios dependientes del templo de Artemisa. (Hechos 19,23-40).

S√≥lo m√°s tarde, a partir de Ner√≥n, la persecuci√≥n a los cristianos tuvo motivaciones pol√≠tico-culturales bajo pretextos jur√≠dicos. Pero siempre subsiste el componente econ√≥mico. Plinio el Joven, hacia el a√Īo 112, escribe a Trajano:

"El contagio de esta superstici√≥n ha invadido no s√≥lo las ciudades sino tambi√©n los campos; mas al parecer a√ļn puede detenerse y remediarse. Lo cierto es que como puede f√°cilmente comprobarse, los templos, antes ya casi desolados, han empezado a frecuentarse, y las solemnidades sagradas, por largo tiempo interrumpidas, nuevamente se celebran, y que, en fin, las carnes de las v√≠ctimas, para las que no se hallaba antes sino un rar√≠simo comprador, tienen ahora excelente mercado"46.

De parte de los paganos y de las autoridades imperiales, la acedia se manifiesta ante la constancia de los mártires en la profesión de su fe, la cual ellos confunden con rebeldía y contumacia.

Así por ejemplo Plinio el Joven, no ve en la constancia de aquellos cristianos ante su tribunal sino una pertinacia inflexible, una rigidez, que debe ser castigada47.

Cuando prenden al anciano obispo Policarpo, unos paganos lo suben primero lisonjeramente a un carruaje, pero ante su negativa a apostatar lo arrojan del carruaje en marcha y lo arrastran al juez48.

El emperador Marco Aurelio también juzga duramente la firmeza de los mártires. Para él es pura obstinación, afán de contradecir y de oponerse, alarde de teatralidad. Bajo su gobierno, fueron torturados los mártires de Lyon, las actas de cuyo martirio recoge Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica. La pasión de estos mártires es un ejemplo de cómo su constancia exasperaba a sus torturadores porque no podían comprenderla y en vez de conmoverlos los impulsaba a extremar las crueldades:

"Maturo y Santo, como si nada hubieran sufrido antes, tuvieron que pasar otra vez en el anfiteatro por toda la escala de torturas; o por mejor decir, como hab√≠an ya vencido a su adversario en una serie de combates parciales, libraban ahora el √ļltimo sobre la corona misma. Restallaron pues, otra vez los l√°tigos sobre sus espaldas, tal como all√≠ se acostumbra , fueron arrastrados por las fieras, y sufrieron, en fin, cuanto una plebe enfurecida ordenaba con su griter√≠a, resonante de unas y otras grader√≠as. El √ļltimo tormento fue el de la silla de hierro al rojo, sobre la que dejaron carbonizarse sus cuerpos hasta llegar a los espectadores el olor a carne quemada. Mas ni as√≠ se calmaban, antes bien se pon√≠an m√°s fren√©ticos, empe√Īados en vencer la paciencia de aqu√©llos. Mas ni con toda su rabia y empe√Īo lograron o√≠r de labios de Santo otra palabra que la que estuvo repitiendo desde que empez√≥ a confesar su fe. As√≠, pues, estos dos, como a√ļn segu√≠an con vida para mucho rato no obstante el magno combate sostenido, fueron finalmente degollados, hechos aquel d√≠a espect√°culo para el mundo, supliendo ellos solos todo el variado y extenso programa de espect√°culos que sol√≠an dar los gladiadores."

El tormento ‚ÄĒ como se ve ‚ÄĒ no ten√≠a lugar privadamente, en el cadalso de una c√°rcel, de una guarnici√≥n o de un tribunal, sino en el estadio o anfiteatro, delante de la multitud. Prueba de hasta qu√© punto se sent√≠a la contumacia de los cristianos como un desaf√≠o, y la lucha por doblegarla como un grandioso y excitante espect√°culo circense. El circo dio notoriedad p√ļblica a la conducta cristiana. Fue un cruel g√©nero de propaganda, pero propaganda al fin ‚ÄĒ como lo demostr√≥ la historia ‚ÄĒ para la fe cristiana.

La acedia de los torturadores est√° clara: ceguera para el bien y furia como si fuera un mal:

"Unos bramaban y rechinaban los dientes contra los cad√°veres, buscando tomar de ellos no sabemos qu√© otra venganza peor; otros se re√≠an y hac√≠an chacota, al mismo tiempo que exaltaban el poder de sus √≠dolos, atribuy√©ndoles el castigo infligido a los cristianos. Otros, por fin, m√°s moderados y mostrando al parecer cierta compasi√≥n, nos dirig√≠an el mayor sarcasmo diciendo: '¬ŅD√≥nde est√° el Dios de esta gente y de qu√© les ha valido una religi√≥n por la que no han vacilado en sufrir la muerte?'"49.

El martirio se convert√≠a as√≠ en una especie de sangrienta competici√≥n deportiva entre la mansedumbre de los cristianos y la violencia y crueldad de los que se empe√Īaban en doblegar su fidelidad y hacerlos apostatar: el juez, los verdugos, la multitud imp√≠a. Todos los tormentos imaginables se empleaban para doblegarlos.

En Lyon la acedia, convertida en odio se extendió a las santas costumbres cristianas y a los contenidos de la fe. Tanto para evitar que los cristianos pudieran recoger amorosamente los cuerpos de sus mártires, como para oponerse a la resurrección en la que los mártires creían y por la cual eran capaces de sufrir la muerte, los perseguidores quemaron a sus víctimas y arrojaron sus cenizas al río, pensando en su ingenuo materialismo que con eso aniquilaban la esperanza cristiana:

"As√≠ pues, los cuerpos de los m√°rtires, sometidos a todo g√©nero de ultrajes (dejados insepultos, arrojados a los perros) permanecieron seis d√≠as a cielo raso, y luego, quemados y reducidos a cenizas fueron arrojadas √©stas en un mont√≥n al r√≠o R√≥dano, que corre all√≠ cerca, con la deliberada intenci√≥n de que no quedara rastro de ellos sobre la tierra: 'que no les quede, dec√≠an los paganos, ni esperanza de resucitar, pues fundados en esa esperanza tratan de introducir entre nosotros una religi√≥n extranjera y nueva y desprecian los tormentos, dispuestos a morir y a√ļn a morir alegremente. Vamos a ver ahora si resucitan y si su Dios puede socorrerlos y sacarlos de nuestras manos'."

Este tr√°gico malentendido de los incr√©dulos ante los creyentes recuerda el concili√°bulo de los imp√≠os en el libro de la Sabidur√≠a: "Somet√°mosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Conden√©mosle a una muerte afrentosa, pues seg√ļn √©l, Dios le visitar√°" (Sab. 2,20).

Burla a los m√°rtires

La acedia de los perseguidores no se manifestaba solamente como crueldad y odio. A la violencia se sumaba, y se mezclaba con ella, la burla y el menosprecio. Es famoso el graffitto romano del Palatino, del siglo III, que representa a un hombre adorando a un crucificado con cabeza de burro y la leyenda explicativa: "Alexamenos adora a su Dios". Teófilo de Antioquía escribe: "En cuanto a reírte de mí, llamándome cristiano, no sabes lo que dices (...) nosotros nos llamamos cristianos [es decir: "ungidos"] porque nos ungimos con el perfume de Dios" 50.

Los compa√Īeros del jud√≠o Trif√≥n se r√≠en una y otra vez de los argumentos de Justino: "Soltaron entonces nuevamente la carcajada los compa√Īeros de Trif√≥n, y se pusieron a gritar descortesmente." Justino, dignamente, amenaza con irse, interrumpiendo el di√°logo, pero cede a las instancias de Trif√≥n: "Con tal de que no se alboroten tus compa√Īeros, y no se conduzcan tan descortesmente. Si quieren, que escuchen en silencio" 51.

Uno de los motivos del menosprecio hacia los cristianos, como es sabido, eran las calumnias que corr√≠an acerca de ellos entre los paganos. Esas calumnias ten√≠an su origen en malinterpretaciones de los sacramentos y costumbres cristianas. El misterio de la Eucarist√≠a ‚ÄĒ por ejemplo ‚ÄĒ dio lugar a la acusaci√≥n de antropofagia. La costumbre de llamarse hermanos, a la acusaci√≥n de incesto.

Justino interpela al jud√≠o Trif√≥n y a sus compa√Īeros, pregunt√°ndoles si tambi√©n ellos creen de los cristianos lo mismo que los paganos: "¬ŅHay alguna cosa m√°s que nos reproch√©is, amigos, o s√≥lo se trata de que no vivimos conforme a vuestra ley, ni circuncidamos nuestra carne, como vuestros antepasados, ni guardamos los s√°bados como vosotros? ¬ŅO es que tambi√©n nuestra vida y nuestra moral es objeto de calumnias entre vosotros? Quiero decir, si es que tambi√©n vosotros cre√©is que nos comemos a los hombres, y que, despu√©s del banquete, apagadas las luces, nos revolcamos en il√≠citas uniones" 52.

El texto de Justino reviste especial inter√©s porque resume los motivos de la acedia anticristiana entre jud√≠os y paganos. Calumnias de este tipo motivaban y justificaban el odio p√ļblico y las crueldades populares contra los cristianos, a quienes, desde el rescripto neroniano, se los acusaba del crimen de "odium generis humani". Algo as√≠ como de "enemigos del hombre".

Justino, como vimos, argumenta afirmando que los cristianos son ungidos y por eso perfumados con un perfume divino. Por esta unción con el óleo de Cristo, San Pablo les llama a los cristianos "buen olor de Cristo". San Agustín alega esta expresión paulina cuando comenta el combate de los mártires. Pero nos interesa destacar aquí en qué sentido lo hace: mostrando cómo ese aroma de la virtud cristiana pone en evidencia la acedia de los perseguidores: "Somos buen olor de Cristo en todo lugar (...) siempre somos buen aroma; para unos olor de vida para la vida, y para otros, olor de muerte para la muerte. Este perfume da vigor a los que aman y mata a los que no ven53. En efecto, si los santos no resplandeciesen, no aparecería la envidia de los impíos. El olor de los santos comenzó a sufrir persecución; pero, al igual que los frascos de perfume, cuanto más los rompían, tanto más se difundía su aroma" 54.

La Acedia de Herodes

Bien puede considerarse la acedia de Herodes como un ejemplo arquet√≠pico de acedia persecutoria (Mateo 2,1-18). En el relato de Mateo no se nos dice expl√≠citamente que Herodes quer√≠a matar al ni√Īo Mes√≠as por considerarlo su rival. Era innecesario decirlo por obvio.

Herodes es, pues, un arquetipo evang√©lico de las motivaciones de la envidia anticristiana en el coraz√≥n de los poderosos de este mundo,los cuales tiesnen su gloria en el poder, el honor y el dinero. Ven la gloria del Mes√≠as como una amenaza para su propia gloria. Herodes en vez de alegrarse con la llegada del Deseado de los justos de Israel: "se turb√≥" (2,3) y luego, al verse burlado por los Magos "se enfureci√≥ terriblemente y mand√≥ matar a todos los ni√Īos de Bel√©n y de toda su comarca, de dos a√Īos para abajo" (2,16).

A lo largo de su historia, la Iglesia volverá una y otra vez a tener que enfrentar el recelo y la emulación de los poderosos de este mundo: de los emperadores romanos, de los reyes absolutistas, de los estados ilustrados, racionalistas, liberales, totalitarios55.

3.2.) Acedia de los Perseguidos

Padecen tambi√©n acedia los cristianos que no aceptan el martirio ‚ÄĒ ya sea para s√≠, ya sea para otros ‚ÄĒ y "se averg√ľenzan" de la Cruz de Cristo, del combate de los m√°rtires, o de los sufrimientos que ellos mismos han de abrazar para ser verdaderos disc√≠pulos y alcanzar la vida eterna.

La literatura cristiana confortatoria comienza ya con las ense√Īanzas de Jes√ļs mismo56. Los Santos Padres, Ignacio de Antioqu√≠a, Justino, Or√≠genes, Tertuliano, San Cipriano, y otros escritores eclesi√°sticos como Prudencio, han dejado escritos con ense√Īanzas sobre el martirio.

Aunque la perspectiva del martirio siempre es temible, y la pastoral del martirio puedan hacerla competentemente sólo los que tienen pasta para padecerlo, la doctrina es clara y aceptada en la Iglesia. Y no necesitamos demostrar que el temor al martirio sólo pueda provenir de nuestra ceguera y acedia57.

A este propósito pueden traerse aquí las palabras del mártir Ignacio de Antioquía cuando ruega a los romanos que no traten de intervenir para impedir su martirio. Ignacio califica esa mal entendida piedad como un acto de acedia:

"Perdonadme: yo s√© lo que me conviene. Ahora empiezo a ser disc√≠pulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga por acedia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre m√≠, a condici√≥n s√≥lo de que yo alcance a Jesucristo. De nada me aprovechar√°n los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo. Para m√≠ es mejor morir en Jesucristo que ser rey hasta los t√©rminos de la tierra (...) Perdonadme hermanos: no me impid√°is vivir; no os empe√Ī√©is en que yo muera; no entregu√©is al mundo a quien no anhela sino ser de Dios; no me trat√©is de enga√Īar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado all√≠, ser√© de verdad hombre. Permitidme ser imitador de la pasi√≥n de mi Dios. Si alguno lo tiene dentro de s√≠, que comprenda lo que yo quiero y, si sabe lo que a m√≠ me apremia, que tenga l√°stima de m√≠"58.

El m√°rtir considera el martirio contra toda apariencia humana:

"Estar cerca de la espada es estar cerca de Dios, y encontrarse en medio de las fieras es encontrarse en medio de Dios. Lo √ļnico que hace falta es que ello sea en nombre de Jesucristo"59.

Y eso no es f√°cil. Ignacio confiesa que debe luchar ‚ÄĒ valga la redundancia ‚ÄĒ contra la acedia que lo asedia:

"En realidad, altos son mis pensamientos en Dios; pero he tenido que moderarme a mí mismo, para no perecer por vanagloria. Porque ahora tengo mayores motivos de temer y necesito no prestar atención a los que me engrandecen. A la verdad los que me alaban es como si me azotasen. Cierto que deseo sufrir el martirio; pero no sé si soy digno de ello. Porque mi acedia (=zélos) no la ven los demás, pero tanto más me combate a mí. Necesito pues de la mansedumbre en la cual se desbarata al príncipe de este mundo" 60.

La √ļnica explicaci√≥n de que alguien pueda buscar el martirio como Ignacio, a pesar de la tentaci√≥n de acedia, es que una fe muy grande y un amor apasionado por Jesucristo determinan su manera de ver y de pensar, imponi√©ndose sobre la √≥ptica contraria: "Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo (...) Si lograre sufrir el martirio, quedar√© liberto de Jesucristo y resucitar√© libre en El. Y ahora es cuando aprendo, encadenado como estoy, a no tener deseo alguno"61.

La doctrina tradicional sobre el martirio, no es invención de teólogos teorizantes, ni pastores edificantes o rigoristas. Fue formulada por los mismos mártires y abonada por el testimonio de su vida y muerte.

Y bien, esa doctrina es terminante. San Ignacio de Antioqu√≠a la ense√Īa: cuando el m√°rtir desea sufrir su martirio, empe√Īarse en imped√≠rselo es acedia, y equivale a hacerle el juego al diablo. Las Actas de los M√°rtires abundan en ejemplos que abonan lo dicho.

3.3.) Acedia del Demonio

El Pr√≠ncipe de este mundo es el tercer personaje que interviene en el martirio. En realidad es √©l el principal antagonista de los m√°rtires. Es √©l el que inspira y azuza a los perseguidores. √Čl, el que pretende "corromper el pensamiento y el sentir" del cristiano; y el que, cuando no ha logrado hacer apostatar al cristiano, previendo el triunfo del m√°rtir, trata de impedir o de postergar la hora del martirio62.

El poeta cristiano Aurelio Prudencio se hace eco en sus obras de la doctrina com√ļn en la Iglesia de los primeros siglos acerca de la envidia del demonio y de su rol en las persecuciones. Para Prudencio, la historia de la salvaci√≥n, no s√≥lo en las situaciones de martirio sino tambi√©n en las luchas de la vida ordinaria del cristiano, es una serie de confrontaciones entre la envidia destructiva del demonio y la gracia salvadora de Dios.

En su obra Peristéfanon63 el combate de los mártires reactualiza la victoria que alcanzó Cristo, mediante su pasión y resurrección, sobre la envidia del demonio.

Los diversos martirios que Prudencio celebra en los himnos del Perist√©fanon, son modelos que el poeta destaca para inspirar y animar a los cristianos del com√ļn, que est√°n empe√Īados en el combate de la vida cristiana: modelos que han de inspirarlos para vivir una vida virtuosa, ennoblecida, digna de redimidos que rechazan las tentaciones.

En Peristéfanon 13, Cipriano aparece deseando el martirio, que le abriría las puertas del Paraíso, y manifiesta su temor de que la envidia de Satanás disuada al juez y le arrebate la gloria. Prudencio usa una expresión tradicional en la Iglesia de su época, para referirse a la envidia de Satanás: la envidia del tirano, o la envidia tiránica. Para Prudencio y para la Iglesia de su época, el demonio era el más cruel y osado de los tiranos. En su obra Hamartigenia, en la que trata del origen del pecado, Prudencio presenta la caída original como una revolución de Satanás contra la legítima autoridad divina. Induciendo a Adán a pecar, el Enemigo usurpó el poder de Dios sobre el hombre y el poder del hombre sobre la creación, e instaló su tiranía. En cuanto las autoridades romanas oprimían y perseguían injustamente al pueblo de Dios, actuaban como tiranos, inspirados por la envidia del Tirano.

Comentando el martirio de San Cipriano, San Agustín afirma que el demonio hablaba por la boca del juez sin que éste comprendiera lo que estaba diciendo. En efecto, el juez trataba de impedir la muerte de Cipriano, con lo que impedía su coronación64.

En atenci√≥n a los fieles a los que quiere confortar y edificar, Prudencio presenta a Cipriano como ejemplo de fidelidad a las promesas del bautismo y de firmeza en no volverse atr√°s hacia la vida supersticiosa y pecadora de su pasado pagano. La envidia tir√°nica, cobrando forma de clemencia acediosa, pretende precisamente eso, hacerlo volver atr√°s. Pero Cipriano quiere dar ejemplo de fortaleza a toda su grey y Jes√ļs le concede la gracia de convertirse en un conductor de m√°rtires (dux cruoris); en un maestro de la espiritualidad martirial, cre√≠ble y autorizado porque practic√≥ lo que predicaba.

Era ésta una segunda motivación que tenía la envidia de Satanás para postergar y eludir su martirio. El martirio de Cipriano no sólo le abría al mismo obispo las puertas del cielo, sino que dejaba un ejemplo influyente y un modelo de conducta virtuosa para las generaciones venideras de creyentes. Siguiendo el ejemplo de Cipriano, muchos cristianos comunes vencerían las tentaciones de la carne con las que el tirano envidioso trata de encadenarlos a este mundo efímero.

En Peristéfanon 7, Prudencio, a raíz del martirio del obispo Quirinio, subraya que el martirio es una gracia que hay que implorar a Dios, pues el demonio trata de impedirla cuando ve al mártir decidido a morir.

Prudencio expone esta doctrina no sólo en atención a las situaciones de martirio, sino en atención a la lucha de los fieles en su vida ordinaria, mostrándoles que tanto el martirio como los heroísmos que exige la vida cristiana, han de comprenderse enmarcándolos en el vasto contexto de la historia bíblica de la salvación, en cuyo origen está la envidia satánica, la cual sigue operando en sus tentaciones.

Otro autor en el que encontramos testimoniada la acedia del demonio como protagonista de la persecución y el martirio es San Justino. Este les reprocha a los paganos el injusto trato que infieren a los cristianos y lo atribuye a instigación de los demonios, en estos términos: "nosotros hacemos profesión de no cometer injusticia alguna y de no admitir opiniones impías, pero vosotros no lo tenéis en cuenta, y movidos de irracional pasión y azuzados por perversos demonios, nos castigáis sin proceso alguno y sin sentir por ello remordimiento"65.

En el Acta del martirio de Policarpo leemos que es el diablo quien instigaba a los que "sentados a su lado, con taimado e insistente discurso, trataban de arrancarle alguna palabra sacr√≠lega, y as√≠ le dec√≠an: '¬ŅQu√© mal hay en decir: ¬°Se√Īor C√©sar! y sacrificar?' Y todo lo dem√°s que por instigaci√≥n del diablo se suele en estos casos sugerir"66.

En el martirio de Perpetua y Felicidad leemos: "contra estas mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre".

En las visiones que tiene Perpetua en la prisión, se ve a sí misma en lucha contra el demonio, que se le muestra en forma de dragón67 o en forma de un gladiador egipcio, al que ella vence, transformada en gladiador varón y asistida por un misterioso "lanista" o entrenador de gladiadores que parece ser Cristo: "Le tomé la cabeza y cayó de bruces, entonces le pisé la cabeza. El pueblo prorrumpió en vítores y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo de premio. El me besó y me dijo: Hija, la paz sea contigo. Y me dirigí radiante hacia la puerta Sanavivaria o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Entendí entonces que mi combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la victoria estaba de mi parte"68.

Perpetua super√≥ tambi√©n otras pruebas del Maligno: las de los afectos del coraz√≥n humano. Pruebas estas mucho m√°s crueles y dolorosas, y por las que pod√≠a agigantarse, para un coraz√≥n femenino, la tentaci√≥n de entristecerse por su martirio: desprenderse de su hijo de pecho, deso√≠r las s√ļplicas desgarradoras de su padre, permaneciendo inflexible ante sus clamores desesperados. Perpetua era la hija predilecta de su padre. Este era un cristiano d√©bil que no comprend√≠a ni quer√≠a saber nada de martirio y a quien la persecuci√≥n, arrebat√°ndole con el mismo zarpazo a la esposa y los hijos, iba a dejar solo y desesperado. Como dice Perpetua dolorida y pensativamente: "era el √ļnico que no iba a alegrarse". Pero ella cargaba sobre s√≠ tambi√©n ese dolor de su progenitor, y el que le produc√≠a la imposibilidad de ceder para consolarlo; pasando as√≠ por insensible, desamorada o despiadada, ante el autor de sus d√≠as. No poder doblegarse a esos ruegos fue quiz√°s mucho m√°s duro para Perpetua que deso√≠r las amenazas y superar los tormentos de los enemigos69.

La muerte por la espada le llegó a Perpetua cuando ya había mortificado y ofrecido a Cristo el sacrificio de sus mayores afectos, a Quien, puesta a prueba por el Demonio, había demostrado amar más que a los suyos; más que a su esposo, que a su padre y a su hijo.

Es clarísimo, pues, para los mártires, que la lucha, su lucha, no es "contra hombres" (Efesios 6,12); sino contra las potestades demoníacas. O como prefiere llamarlas Ignacio de Antioquía: el príncipe de este mundo.

El martirio se prorroga a menudo, por obra del demonio, porque éste teme su derrota. Por eso, es el mártir mismo el que, lejos de huirla, sale al encuentro de la muerte como a una victoria.

La m√°rtir Felicitas, ruega para que se adelante el parto de su hijo y poder as√≠ obviar el impedimento legal que no le permite participar en el martirio con su amiga Perpetua y sus dem√°s compa√Īeros70. El Se√Īor atiende sus oraciones y se sirve adelantar su parto al octavo mes.

De Perpetua, leemos que: "ella misma llevó a la propia garganta la diestra vacilante del gladiador novato. Tal vez mujer tan grandiosa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella misma no lo hubiera querido"71. A esa altura del martirio, la muerte de la santa era una derrota para el enemigo. Y lo fue la decisión de Perpetua de aceptarla tan animosa y decididamente.

Ya vimos cómo Ignacio de Antioquía previene a los fieles de Roma para que no impidan su martirio convirtiéndose en aliados del demonio que se lo quiere impedir, ya sea haciendo que lo rechace por acedia, ya sea que acepte ser sustraído por los buenos oficios de otros, ya sea evitando que las fieras lo despedacen o postergándolo de cualquier otro modo:

"El príncipe de este mundo está decidido a arrebatarme y corromper mi pensamiento y mi sentir, dirigido todo a Dios. ¡Que nadie pues, de los aquí presentes le vaya a ayudar; poneos más bien de mi parte, es decir de parte de Dios. No tengáis a Jesucristo en la boca y luego codiciéis el mundo. Que no more entre vosotros ninguna clase de envidia [=baskanía]"72.

Tambi√©n es el mismo demonio quien impide que se recojan las reliquias del m√°rtir para honrarlas con amor: "El diablo, que siempre es enemigo de los justos, como viera la fuerza del martirio y la grandeza de la pasi√≥n, su vida entera irreprensible y el m√©rito a√ļn mayor de su muerte, excogit√≥ el modo para que no pudieran retirar los nuestros el cuerpo del m√°rtir, por m√°s que hab√≠a muchos que deseaban tener parte en sus santos despojos"73.


1

Los pecados capitales son hábitos viciosos. Es decir, malas maneras de ver, de sentir y de pensar; malas maneras de actuar y de vivir. Los hábitos, buenos o malos, se adquieren por repetición de actos. La repetición de actos malos se hace, por fin, hábito de actuar mal, y se le llama vicio. El vicio da la facilidad y hasta el gusto de obrar mal. Por el contrario, la repetición de actos buenos produce el hábito de obrar el bien que se llama virtud.
Los pecados capitales son vicios. Se llaman capitales porque son como cabeza de otros vicios y pecados. Son h√°bitos malos que generan otros vicios y actos malos. Generalmente se enumeran siete pecados capitales: soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula y pereza. Algunos enumeran la tristeza, como pecado capital. La envidia es una tristeza por el bien ajeno como si fuera mal propio. Y la acedia es la tristeza por el bien de Dios, como si fuera un mal y es pecado capital.
As√≠ que la lista de los pecados capitales es variable en n√ļmero y en nombres, seg√ļn los autores de la tradici√≥n cat√≥lica. Pero por encima de las diferencias de detalle hay un acuerdo sustancial de fondo.

2

Ni siquiera en todos. Por ejemplo: no hay artículo dedicado a la Acedia en el Diccionario Enciclopédico de Teología Moral, de L. ROSSI - A. VALSECCHI (Ed. Paulinas, Madrid, 19804) ni en el Nuevo Diccionario de Espiritualidad, de S. DE FIORES - R. GOFFI (Ed. Paulinas, Madrid, 1983). Por otra parte estos diccionarios no dedican artículos a los pecados o vicios capitales, ni en particular ni en general. Tampoco tratan de los pecados contra la Caridad.

3

Santo Tom√°s, Summa Theol., 2-2, q.35, art.4.

4

Summa Theol. 2-2, q.34, art. 3

5

Summa Theol. 2-2, q. 34, art. 5.

6

Como resulta obvio por el contexto, el Catecismo se refiere a la pereza para creer: para los actos de piedad y de las virtudes teologales. En realidad, la pereza es un efecto, entre otros, de la acedia o ceguera para el bien.

7

La tristeza se convierte en pecado por dos razones: cuando siendo tristeza por un mal, es exagerada o excesiva; o cuando es tristeza por un bien, como es el caso de la envidia y la acedia. La tristeza no es pecado cuando el motivo es justo y la tristeza es moderada, o sea proporcionada con el mal que la ocasiona. En este caso la tristeza es justa e incluso virtuosa. Y hasta se podría pecar por defecto, no entristeciéndose cuando hay motivo para ello.

8

Summa Theol. 2-2, q. 35, art. 2, c. Explicando, tras las huellas de S. Gregorio Magno, que la acedia es tristeza por un bien, S. Tom√°s la define como envidia. Y se√Īalando a qu√© gozo se opone esta tristeza, o sea al gozo de la Caridad, muestra de qu√© manera se le opone la acedia a la Caridad.

9

Summa Theol. 1, q. 63, art. 3, ad. 3m.

10

El Catecismo de la Iglesia Católica sigue en esto una línea de la tradición de algunos Padres del monacato, que considera la acedia por sus efectos prácticos en la vida del creyente, y en particular tal como se presenta, por ejemplo, muy llamativamente, en la vida religiosa y monástica, donde el debilitamiento de la fe del monje conlleva el abandono de los actos propios de su vida religiosa. Se presenta así como una pereza para los actos espirituales interiores y exteriores.
Siguiendo a los Padres del monacato, otros clásicos de la espiritualidad, la relacionan y explican también como pereza. Por ejemplo: el P. LA PUENTE S.J., en sus Meditaciones, I,24. Así lo hacen también autores espirituales recientes como Francisco Fernández Carvajal, La Tibieza, (Cuadernos Palabra 60) Ed. Palabra, Madrid 19788.
Otra línea de la tradición, representada por San Gregorio Magno y que Santo Tomás prefiere, la relaciona principalmente con la tristeza y la envidia; y secundariamente con la pereza o tibieza, la cual, en este caso, no es causa sino consecuencia, y por lo tanto no puede considerarse como pecado "capital".

11

V√©anse nuestros estudios sobre el Go'el, el Dios-Pariente: Goel: Dios libera a los suyos, en: RB 33(1971/1) N¬ļ 139, pp. 8-12. Aspectos B√≠blicos de la Teolog√≠a del Laicado. El Fiel Laico en el Horizonte de su Pertenencia. en: Laicado: Comuni√≥n y Misi√≥n, H. Bojorge, J.A. Rovai, N.T. Auza, (Col. Teolog√≠a) Ed. Paulinas, Bs. As. [24 Nov.] 1989; (14x21cms; 228 p√°gs); pp. 7-111. [Trabajo presentado en la VIII Semana Nacional de Teolog√≠a, de la Sociedad Argentina de Teolog√≠a, La Falda, C√≥rdoba 1-4 Ag. 1988. Se public√≥ en Stromata en dos partes: 1988-1989] ver especialmente las pp. 50ss. Un trabajo m√°s extenso sobre Goel: el Dios Pariente en la Cultura b√≠blica est√° en prensa en la revista Stromata de 1998.

12

Cf. Santo Tom√°s, Summa Theol., 1-2, q.23, art.1

13

Dr. Alberto Sanguinetti Pbro. en su comentario a nuestro libro en Soleriana (Montevideo), 22 (1997/1) N¬ļ 7, p. 197-198.

14

Summa Theol. 2-2, q. 35, art. 1, c.

15

Francisco Fernéndez Carvajal, La Tibieza, Ed. Palabra, Madrid 19788

16

B. HONINGS. Art.: Acedia, en: Dicc. de Espiritualidad (Dir. Ermanno ANCILLI) T.I, Col. 26.

17

A la semiología o descripción de los signos o síntomas de la acedia, dedicaremos el capítulo cuarto; y a su etiología o investigación de sus causas, el capítulo séptimo.

18

"La caridad es una amistad del hombre con Dios", Summa Theol. 2a. 2ae. Q.23 Art.1, c

19

Aprecio, viene de precio, como caridad viene de caro. El amigo vale mucho para uno. Y eso se expresa a veces con un don costoso.

20

Volveremos sobre esa ley, que formuló acertadamente San Ignacio de Loyola, cuando tratemos del discernimiento ignaciano y la acedia (Ver 6.).

21

A la que aluden textos bíblicos como el Salmo l25(126),5-6.

22

En 2.10., Mataron a los Profetas.

23

Jeremías 29,18-19; ver 15,4-5; 18,16; 19,8

24

Salmo 43(44),14-15; 78(79),4; 79(80),7

25

Véase 3. y 4.10.

26

G√°latas 5,l7; Ver 7.2.

27

Mateo 22,1-14; ver 8,11-12; Lucas 14,16-24

28

Ver 2.3.

29

Filipenses 2,2.5. A esta transformaci√≥n del coraz√≥n apunta, como es sabido, la devoci√≥n al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, surgida como una respuesta a los siglos de la acedia.
Un ejemplo cercano a nosotros de esa disimilitud y oposici√≥n de sentimientos con el mundo, es Teresa de los Andes. De los muchos ejemplos que pueden espigarse en sus escritos, aducimos aqu√≠ algunos. En ocasiones expresa su dolor por la acedia del mundo: "Me duele en el alma ver que el Amor no es conocido" (p.150); "Es martirio el que padezco al ver que corazones nobles y bien nacidos, corazones capaces de amar el bien, no amen el Bien Infinito e inmutable; que corazones agradecidos para las criaturas, no lo sean con Aqu√©l que los sustenta" (p. 134); "Cuando pienso que hay tan pocas almas que lo aman, me da una pena horrible" (p.137). Pero ese dolor no la priva del gozo de la Caridad: "Vivir siempre muy alegres. Dios es alegr√≠a infinita" (p. 137). De ah√≠ que pueda enfrentar l√ļcidamente la envidia del mundo: "Todav√≠a me estoy riendo de lo que se corre en el mundo de esta pobre carmelita. ¬ŅPor qu√© quieren enturbiar, mamacita, su felicidad, dici√©ndole que estoy triste, que lloro, etc.? ¬ŅPor qu√© el mundo pretende despertar a los muertos para √©l, y encontrar en aquellos que viven en los brazos de Jes√ļs, tristezas? ¬ŅNo ve que es envidia del reposo, de la paz, de la felicidad que inunda mi alma? ¬°Cu√°n bien veo que los que inventan semejante mentira no conocen lo que es vivir en el cielo del Carmelo y lo que es la gracia de la vocaci√≥n! Adem√°s, si en mis cartas, mamacita, nota usted alegr√≠a, felicidad. ¬ŅC√≥mo puede creerme tan doble para expresarle lo que no siento?

30

Véase Daniel RUIZ BUENO, Padres Apostólicos, BAC Madrid 1950, pp. 179ss. Ruiz Bueno traduce los términos griegos "zélos" y "fthonon", y a veces "baskanía", indistintamente por "emulación", "celo" o "envidia", pero es claro que se trata de casos de acedia. El texto citado a continuación está en O.c. p. 181.

31

Ad Corintios IV,7-13

32

El Bien que no ve el tamarisco en el desierto, es la lluvia. En el plano espiritual, la lluvia significa las obras, los dones y la gracia de Dios, y particularmente los bienes mesi√°nicos. El Padre de Jes√ļs hace salir el sol, y hace llover sobre buenos y malos (Mateo 5,45). Se trata del Roc√≠o de lo Alto y del Sol de Justicia, nombres del Mes√≠as y de la Salvaci√≥n mesi√°nica que √©l trae y ofrece indistintamente a todos los hombres. Zacar√≠as canta en el Benedictus: "Nos visitar√° el sol que nace de lo alto" (Lucas 2,78).

33

Véase también Mateo 23,13; Lucas 7,31-35

34

Jeremías 24,7; 31,31-34; 32,39; Ezequiel 36,26-27; Salmo 50(51),12; ver Jeremías 4,4; Oseas 2,22

35

Marcos 8,14-21; ver Mateo 15,16

36

Romanos 1,18-23; ver Salmo 105(106),20; Exodo 32

37

Por agria, la levadura vieja, no renovada en la Pascua como estaba prescrito, nos habla de la acedia.

38

Véase: Mataron a los Profetas

39

1ª Pedro 3,13; 4,1.12-14.16

40

Los nombres que se le dan en griego a la acedia son: zelos, fthonon, y algunas veces baskanía

41

Mateo 27,18; Marcos 15,10; ver Juan 11,47-48

42

San Justino, Apología 1ª, 31,7, en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos (S.II), BAC, Madrid l954, cita en pág. 215.

43

"Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad; mas hay tambi√©n otros que lo hacen con buena intenci√≥n; √©stos por amor, conscientes de que yo estoy puesto para defender el Evangelio; aqu√©llos, por rivalidad, no con puras intenciones, creyendo aumentar la tribulaci√≥n de mis cadenas. Pero ¬Ņy qu√©? Al fin y al cabo, hip√≥crita o sinceramente Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguir√° alegr√°ndome" (Filipenses 1,15-19).

44

En griego = dia zelon kai fthonon.

45

San Clemente, a los Corintios V,2-VI,2.

46

Plinio, Epistulae L. X,96

47

"Si confesaban ser cristianos los volvía a interrogar segunda y tercera vez con amenaza de suplicios. A los que persistían, los mandé ejecutar. Pues fuera lo que fuere lo que confesaban, lo que no ofrecía duda es que su pertinacia y obstinación inflexible tenía que ser castigada" (O. y L. cit.)

48

Martirio de San Policarpo VIII, en: Actas de los M√°rtires, (ed. Daniel RUIZ BUENO, BAC Madrid 1950) p. 270-271

49

Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica V,1,60. Véase Daniel RUIZ BUENO, Actas de los Mártires p.152.

50

El contexto de la cita merece reproducirse √≠ntegro como ejemplo de c√≥mo se respond√≠a a la burla como persecuci√≥n: "En cuanto a re√≠rte de m√≠, llam√°ndome cristiano, no sabes lo que dices. En primer lugar, porque, siendo cristiano lo mismo que ungido, lo ungido es agradable y provechoso, y en modo alguno digno de risa. Porque ¬Ņqu√© nave puede ser provechosa y salvarse si no se la unge primero? ¬ŅQu√© casa o qu√© torre es de bella forma o provechosa, si no se la unge? ¬ŅQu√© hombre al entrar en el mundo o al ir al combate no se unge con aceite? ¬ŅQu√© obra o qu√© ornato puede tener bella apariencia, si no se la unge y abrillanta? En fin, el aire y toda la tierra bajo el cielo est√° en cierto modo ungida por la luz y el viento. ¬ŅY t√ļ no quieres ser ungido por el √≥leo de Dios? Pues nosotros nos llamamos cristianos porque nos ungimos con el √≥leo de Dios" Los tres Libros a Aut√≥lico, L.1¬ļ, 12; en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos (S.II), p. 779.

51

Diálogo con Trifón, 9,2; Padres Apologistas griegos, Ed. cit. p.316

52

Diálogo con Trifón, 10,1; Edic. cit. p. 317.

53

Como ya hemos notado, pero conviene insistir, de la palabra latina "invidentes" usada aquí por San Agustín, derivan el latino "invidia" y el castellano "envidia".

54

"Odor iste vegetat diligentes, necat invidentes. Si enim non esset claritudo sanctorum, invidia non surgeret impiorum (...) quanto amplius frangebantur, tanto amplius odor diffundebatur" S. Agustín, Sermón 273, El Culto a los Mártires, Martirio de Fructuoso, Augurio y Eulogio (O.C. Ed. BAC T. XXV p.7-8). S. Agustín aplica 2 Corintios 2,14-16.

55

Ver 4.4. y 4.11

56

Ya nos hemos referido antes a la expresi√≥n avergonzarse como t√©rmino t√©cnico de la parenesis martirial: Marcos 8,38; ver Mateo 10,33; 2 Timoteo 1,7-8.12-13; Hebreos 10,32-39. En el Discurso de despedida en la Ultima Cena, Jes√ļs conforta a sus disc√≠pulos y los prepara para padecer: "en el mundo tendr√©is tribulaci√≥n, pero: ¬°√°nimo! yo he vencido al mundo" (Juan l6,33).

57

Tomás Moro, para confortarse a sí mismo mientras aguardaba y se preparaba al martirio en la Torre de Londres, escribió su: Diálogo de la Fortaleza con la Tribulación, por el que merecería ser más famoso que por su Utopía. La tesis central de este clásico de la literatura del sufrimiento, a todas luces disonante para los oídos de nuestra acedia, es que las tribulaciones son tan necesarias para la salvación que sin ellas es imposible salvarse.

58

Ad Romanos 5,3-6,3.

59

Ad Trallanos IV,2.

60

Ad Trallanos IV, 1-2.

61

Ad Romanos 4,1.3

62

Véase John PETRUCCIONE The Persecutor's Envy and the Martyr's Death in Peristephanon 13 and 7. en: Sacris Erudiri 32,2 (1991) pp. 69-93. Este artículo nos inspiró para este numeral y lo utilizamos ampliamente.

63

Peristéfanon, quiere decir en griego, literalmente: "Acerca de la Corona", es decir, la corona del martirio considerada como corona del triunfador.

64

S. Agustín, Sermón 309,5 (PL 38,1412).

65

San Justino, Apología 1ª, 5,1; en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos(S.II), BAC, Madrid 1954, cita en p. 186.

66

O.c. VIII.

67

Comenta San Agustín: "Pisado fue, pues, el dragón con pie casto y planta vencedora, cuando apareció aquella empinada escalera, por la que la bienaventurada Perpetua había de llegar a Dios" (Sermón CCLXXX, PL 38, 1.280-85).

68

Martirio de Santa Perpetua, Felicidad y Compa√Īeros, X; D. RUIZ BUENO p. 430.

69

"Mi padre, consumido de pena, se cerc√≥ a m√≠ con la intenci√≥n de derribarme, y me dijo: Compad√©cete, hija m√≠a, de mis canas; compad√©cete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos, mira a tu madre y a tu t√≠a materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Dep√≥n tus √°nimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podr√° hablar libremente si a ti te pasa algo. As√≠ hablaba como padre, llevado de su piedad, mientras me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre l√°grimas, no ya su hija, sino su se√Īora. Y yo estaba transida de dolor por √©l, pues era el √ļnico de toda mi familia que no hab√≠a de alegrarse de mi martirio (...) Otro d√≠a (...) apareci√≥ mi padre con mi hijito en brazos, y me arrranc√≥ del estrado suplic√°ndome: Compad√©cete del ni√Īo chiquito. Y el procurador Hilariano (...) dijo: Ten compasi√≥n de las canas de tu padre, ten consideraci√≥n de la tierna edad del ni√Īo. Sacrifica por la salud de los emperadores. Y yo respond√≠: No sacrifico. (...) Y como mi padre se manten√≠a firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de all√≠, y a√ļn le dieron de palos. Yo sent√≠ los golpes a mi padre como si a m√≠ misma me hubieran apaleado. As√≠ me dol√≠ tambi√©n por su infortunada vejez (...) Como el ni√Īo estaba acostumbrado a tomarme el pecho y estar conmmigo en la c√°rcel, envi√© al di√°cono Pomponio a reclam√°rselo a mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo as√≠ Dios, ni el ni√Īo ech√≥ ya de menos los pechos ni yo sent√≠ m√°s hervor en ellos" (Acta del Martirio de Perpetua, Felicidad y Compa√Īeros, V, (O.c. p. 424-426).

70

Por ley, no podía ser ejecutada en ese estado.

71

Martirio de Perpetua, Felicidad y Compa√Īeros XXI; D. RUIZ BUENO, p.439.

72

Ad Romanos 7,1-2.

73

Martirio de Perpetua, Felicidad y Compa√Īeros XIV.
Consultas

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