ESCRITA POR LOS CUATRO EVANGELISTAS EXPLICADA Y ACLARADA POR LOS SS. PADRES Y LOS HOMBRES MAS CELEBRES QUE HAN EXISTIDO DESDE LOS TIEMPOS APOSTOLICOS HASTA NUESTROS DIAS OBRA INTERESANTISIMA TANTO PARA LOS HOMBRES DOCTOS COMO PARA LAS ALMAS PIADOSAS Y CONTEMPLATIVAS POR EL SEÑOR ABATE BRISPOT
TRADUCIDA AL CASTELLANO POR DON M. URRABIETA Y DON V. G. DE LA LLANA
APROBADA POR EL ILLMO. SEÑOR ARZOBISPO DE PARIS, POR S. E. EL CARDENAL ARZOBISPO DE BURDEOS Y OTROS VARIOS ILUSTRES PRELADOS, TANTO DE FRANCIA COMO DE OTROS PAISES.
Y AUMENTADA POR LOS TRADUCTORES CON NOTAS Y COMENTARIOS DE CÉLEBRES ESCRITORES ESPAÑOLES QUE NO EXISTÍAN EN EL FRANCÉS.
El texto de esta obra no es una traducción del original francés, ni mucho menos una nueva versión de los Evangelios, empresa que consideramos desde un principio como muy superior a nuestras fuerzas. La obra francesa nos ha servido únicamente para seguir punto por punto el arduo y delicado trabajo de coordinación de las cuatro narraciones evangélicas reducidas aquí a un relato único, habiéndonos valido para ello de la conocida y exacta traducción de la Vulgata del R. P. Scio de San Miguel, superior a nuestro juicio, a todas las demás versiones castellanas que se conocen del Viejo y Nuevo Testamento. Bien habríamos deseado cambiar ciertos giros de frases y palabras que pueden parecer viciosos o anticuados; pero hemos tenido muy presente, que tratándose de los Santos Evangelios, todo es respetable y vedado, lo que parece sencillo es sublime; y como las innovaciones de autoridad propia pueden dar lugar a interpretaciones que deben evitarse siempre, hemos preferido seguir en un todo nuestro buen modelo aun a riesgo de poner, como ha sucedido, dos ortografías diferentes, esto es, la del P. Scio en el texto sagrado, y la usual en lo restante de la obra.
La parte de traducción queda pues reducida a las notas que van al pie del texto, y a las explicaciones o comentarios al fin de los capítulos, que aclaran o desenvuelven las palabras sagradas. En cuanto a las notas, hemos tomado también algunas de ellas del P. Scio de San Miguel con preferencia a las que se hallaban en la obra francesa, y son todas aquellas que llevan por señal un asterisco; y acerca de los comentarios, nuestro trabajo ha sido más difícil, pues hemos cambiado y suprimido muchos, cuyos autores de una reputación poco ortodoxa, no nos ha parecido bien citar en una obra tan seria como esta. Y en efecto, si bien es cierto que el testimonio de un incrédulo en favor de nuestra santa Religión es una prueba más de su origen divino, no lo es menos, que muchos lectores verían con disgusto el nombre de J. J. Rousseau al lado de un San Juan Crisóstomo, un San Bernardo, un San Agustín y un Bossuet. Además, no habiendo hallado en el original un solo escritor español, teniendo nosotros tantos ilustres y santos varones de clarísimo entendimiento, luces y elocuencia, creímos que se faltaba a la justicia, y sintinedo herido nuestro amor propio nacional, nos propusimos llenar este vacío sacando varios trozos selectos de Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de Granada, el Maestro Juan de Avila, Fray Diego de Estella y otros varios escritores, la honra del clero español en el siglo XVI. Con estos tesoros de sabiduría cristiana, gusto y elegancia hijos de nuestro suelo patrio, hemos reemplazado los comentarios suprimidos, y aun hemos añadido otros muchos, dando a la obra un nuevo interés y un nuevo brillo con este aumento de luz y de doctrina, de una autoridad irrecusable.
Tal ha sido nuestro plan en la tarea que hemos llevado a cabo. Si a pesar del sumo cuidado que hemos puesto hasta en los detalles tipográficos de una obra tan importante, pudiera el lector encontrar en ella alguna falta, culpa será de nuestra ignorancia, pero jamás de nuestras intenciones, guiadas únicamente por el móvil de la rectitud y de la piedad cristiana.
Desengañados hace mucho tiempo los hombres ilustrados de los vanos sistemas de una falsa filosofía, y aterrados al ver las sociedades alucinadas y descarriadas fluctuando en el piélago de toda clase de doctrinas, cual navío sin brújula y sin dirección, reconocieron la imperiosa necesidad de fundar el edificio de sus creencias en bases sólidas e inmutables y por consiguiente superiores a la razón humana. Esta necesidad suprema no tan sólo la reconocen hoy los talentos superiores y elevados, sino todas las clases reunidas de la sociedad; la sensatez y discernimiento popular, y hasta el instinto de conservación individual. Si, hoy día todos los ojos se dirigen al cielo, todas las bocas pronuncian un nombre divino, el de Nuestro Señor Jesucristo, Salvador de las sociedades y de los hombres que las componen.
Difundir cada vez más en todas las clases el conocimiento de este Libertador, presentárselo en el espejo de las Divinas Escrituras; hacer que oigan sus palabras divinas, y a la vez interpretárselas en caso necesario por el órgano de los mayores talentos que se han visto en la Iglesia; hacerles asistir, por decirlo así, a las escenas más tiernas, más sublimes y solemnes del paso del Hijo de Dios sobre la tierra, presentándolas a su vista tal como nos las ha reproducido el talento iluminado por la fe; en una palabra, hacerles conocer, amar y adorar a Jesucristo, hablándoles a la vez al entendimiento, a la fe, a la vista y al corazón: tal es el objeto de esta obra.
Sin duda alguna los Evangelios presentan por sí solos los admirables rasgos de la vida y muerte del Hombre-Dios; pero hallándose diseminados estos rasgos divinos en cuatro relaciones diferentes, no se conciben tan bien en su conjunto, como si estuviesen reunidos en un mismo cuadro. Esta fusión de los cuatro Evangelios en una sola relación, reclamada en todos los tiempos por la piedad de los fieles, y que fue intentada ya en el segundo siglo de la Iglesia[#1], ha sido el objeto común de los deseos de los hombres más eminentes del cristianismo, que alternativamente han consagrado a ella sus luces y talento; por consiguiente sólo faltaba recoger en sus obras esos preciosos frutos de sus meditaciones, y tal es el trabajo que nos hemos impuesto.
Merced a tan poderoso auxilio, creemos haber marcado con una exactitud que no existía aun el lugar o el orden cronológico de cada hecho, presentando de este modo el conjunto general bajo un aspecto enteramente nuevo.
Hemos dilucidado los pasajes obscuros, y hemos entrado franca y lealmente en esas dificultades de detalle que a veces elude tímidamente la traducción con un lenguaje ambiguo; y no contentos con aclarar el texto de este modo, hemos añadido numerosas notas y explicaciones tomadas de los hombres eminentes de todos los siglos.
En cuanto a las objeciones que se han hecho sobre diferentes pasajes de los santos Evangelios, las hemos dividido en dos categorías, a saber: las que están sepultadas en el desprecio o que caen en él diariamente, y las que aun subsisten o que han sido resucitadas en épocas recientes. Con respecto a las primeras hemos creído que el lector nos agradecerá que no refutemos seriamente lo que merece desprecio, porque el simple sentido común basta para reducirlas a la nada; y en cuanto a las últimas, bien que no hayamos marcado ninguna, se podrá ver fácilmente por poco versado que estuviere el hombre en esta materia, que quedan resueltas directamente, o arruinadas y reducidas a la nada en su base, o por último que se destruyen por sí mismas dando al texto evangélico su verdadero sentido.
En fin, considerando como un complemento natural del Evangelio aquello que el mismo Evangelio ha inspirado al genio del hombre, hemos tratado de poner al pie del texto sagrado lo más notable que sobre él han escrito los mayores y más incontestables talentos que le han comentado desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días; por manera que, en todo el curso de esta obra no es tan sólo un autor más o menos hábil el que nos presenta sus propias reflexiones, sino que es la palabra del mismo Dios que se oye de la boca de sus enviados; es el eco, es la voz de aquellos ilustres muertos de quienes está escrito que sus mismos huesos profetizarán, y que parecen haberse incorporado en sus sepulcros para renovar y patentizar de nuevo el glorioso testimonio que dieron de Jesucristo en otro tiempo; y son con ellos también varios contemporáneos nuestros que recibieron de Dios el talento y la fe de los mejores días del cristianismo. En una palabra, presentamos en esta obra esa legión de apóstoles, de evangelistas, de pastores y de doctores; esa legión tan santa, tan brillante y tan digna de confianza que se reúne como en un augusto concilio para enseñarnos cómo debemos concebir a Jesucristo y oír sus divinas palabras.
Al acompañar a los capítulos del Evangelio estos comentarios de una magnificencia inusitada, hemos tenido el doble objeto de explicar el sagrado texto de una manera más noble y más viva, y de llamar la atención de la gente de mundo sobre el genio y elevadísimo talento de los Padres de la Iglesia y de sus grandes oradores cristianos casi desconocidos, pues aun cuando existen en las bibliotecas particulares, rara vez suelen abrirse sus páginas.
Cumplida esta inmensa tarea, faltaba además presentar a la vista las escenas más tiernas y solemnes de la vida y muerte del Hombre-Dios, a fin de que el arte, iluminado por la fe, pagase también a su turno su tributo de luz para la explicación del Evangelio. Imposible nos habría sido publicar una serie de láminas nuevas y superiores sobre un asunto tan grande y tan vasto, porque semejante empresa es superior a los esfuerzos que se pueden hacer en nuestros días. Formar esta serie eligiendo las obras maestras de los grandes pintores y artistas, como muchos trataron de hacerlo, era disminuir una mitad del número de láminas, era únicamente publicar cosas conocidas de todos, era renunciar a la unidad tan conveniente en semejante materia, y era en fin desfigurar quizá las mismas obras maestras, forzándolas por decirlo así, a que entrasen todas con sus diferentes dimensiones en un cuadro uniforme. Además de esto, ¡cuántos anacronismos y cuántos errores se ven sobre los hechos evangélicos hasta en las mejores obras de nuestros grandes maestros! Estas inexactitudes, o si se quiere, estas licencias que se toma el talento, cuando se ven lejos del sagrado texto y de las explicaciones que le sirven de comentario, tal vez no chocan, y hasta pueden producir un hermoso efecto; pero cuando la palabra santa está allí para desmentirlas, cuando se tienen a la vista razones perentorias que prueban precisamente todo lo contrario de lo que se halla en la lámina, como por ejemplo, cuando san Jerónimo escribe de Belén diciendo, que el lugar en donde nació Jesús era una gruta hecha en la roca, y que el artista prefirió pintar una choza de madera apoyada en las ruinas de un edificio griego, entonces, digo, el lector ofendido al ver este cambio, se sorprende, y pronto aparta la vista de semejante composición, sea cual fuere su mérito artístico, y a pesar del prestigio del nombre que la firma.
Ya no quedaban más que las láminas más o menos exactas que se hallan en todas las bibliotecas de Francia y que enriquecen las Biblias francesas. Empero, fuera de Francia y a mediados del siglo XVI, un distinguido teólogo de la Compañía de Jesús llamado Jerónimo Natalis, mandó componer a costa de grandes gastos por las celebridades de la escuela flamenca y por recomendación del mismo san Ignacio, una serie de dibujos representando toda la vida de Jesucristo, colección que puede considerarse como una de las obras maestras hija de la fe y del talento artístico de aquella época. Aprobados estos dibujos por el Soberano Pontífice Clemente VIII, y recomendados por él en una bula especial por representar toda la vida de Jesucristo conforme a la verdad, fueron confiados a los grabadores más hábiles de la época, y de este modo el mundo religioso pudo admirar esta producción monumental, en cuyo favor había consagrado la piedad inmensas sumas, y el talento, ayudado de la ciencia sagrada, mas de medio siglo de trabajo.
Nuestra elección no podía ser dudosa, y hasta podemos decir que una circunstancia en cierto modo providencial parecía haberla fijado de antemano. Uno de aquellos raros ejemplares fue a parar a una aldea en donde le desencuadernaron, y sus grabados puestos en marcos toscos y de mal gusto, adornaban la modesta habitación de un labriego, cuando dos habitantes del mismo distrito, sin más guía que su luz natural, y sin otro móvil que el de la admiración que les habían inspirado aquellos dibujos, se impusieron la misión de resucitar y devolver a la sociedad cristiana una obra tan propia para instruirla y edificarla. En efecto llegan a París, se dirigen a los artistas, hacen reproducir dos láminas, y las presentan al señor arzobispo, quien no pudo menos de aplaudir su sagacidad y noble resolución. Esos dos hombres son los editores de la presente obra. Su instinto no les había engañado, pues la colección de láminas que tanto llamó su atención al descubrirlas, es en efecto la mejor que nos han dejado los siglos en que el arte cristiano llegó a su apogeo, y así es que no hemos titubeado un momento en darles cabida en nuestra obra.
A fin de conformarnos con un uso que data de los primeros siglos de la Iglesia, hemos dividido esta coordinación del Evangelio en dos partes, es decir, Vida y Pasión, como lo indican dos frontispicios o portadas diferentes, dando principio al segundo tomo en la resurrección de Lázaro, porque desde entonces fue resuelta la muerte de Jesucristo en el consejo de los judíos.
Además de las notas que se hallan en la obra concernientes al tiempo y lugar en que se ha verificado cada hecho evangélico, hemos puesto al fin de cada tomo un cuadro que resume todas estas indicaciones, y que indica además los evangelistas de quienes se han sacado los hechos. Por medio de este cuadro, se puede seguir al Salvador en todos sus viajes, se puede uno dar cuenta de cómo ha pasado cada año de su vida pública, de las solemnidades que e hacían ir de tiempo en tiempo a Jerusalén etc., y se puede hallar en la Vida de Jesucristo cada uno de los versículos de los cuatro Evangelios. Igualmente damos al fin de cada tomo la explicación de todas las láminas que se hallan en él, indicando al mismo tiempo el lugar que debe ocupar cada una en la obra.
Primeramente tuvimos la idea de insertar al principio como introducción las principales profecías que anunciaron a Jesucristo; pero después de haber principiado este trabajo, y habiendo visto todo el Nuevo Testamento como cubierto con un velo en el Viejo, así como este se halla revelado en el Nuevo, hemos creído oportuno no entrar en estas grandes cuestiones, no pudiendo tratarlas sino de una manera incompleta. Todos los doctores aseguran que las profecías y las figuras del Viejo Testamento deben ser miradas principalmente en su conjunto, pues es precioso que todos los rayos de la luz divina estén reunidos, para hacernos vislumbrar con todos los santos, lo ancho, lo largo, la sublimidad y la profundidad de los fines y de la caridad de Jesucristo para con los hombres. Si Dios nos lo permite, daremos a luz muy en breve sobre esta materia una nueva obra, en vez de algunas citas insuficientes, la que servirá de primer volumen a los dos que publicamos hoy.
Con el título de Nociones Preliminares hemos indicado además de los cuatro Evangelistas, los principales autores cuyos nombres están citados en esta obra, para que pueda saber el lector lo que han sido, el tiempo en que vivieron y los títulos que tienen a su confianza.
Al hacer mención de los grandes escritores que nos han facilitado los frutos de sus meditaciones y de su elevado talento sobre las diferentes partes del Evangelio, no podemos echar en olvido a los ilustres prelados en quienes hemos hallado el apoyo moral que necesitábamos para el buen éxito de tan grande empresa. Permítasenos pues, que les manifestemos aquí el vivo agradecimiento y el respeto de que estamos penetrados por el generoso auxilio que nos han prestado con tanta espontaneidad y benevolencia.
También debemos un testimonio de reconocimiento a las numerosas familias que quisieron honrarnos con su suscripción, no obstante las dificultades de los tiempos. Merced a este nuevo apoyo, la obra ha echado ya raíces, no tan sólo en Francia, sino en otros países, para los que se está traduciendo y en donde ha sido acogida con marcado interés.
¡Quiera el cielo que esta obra pueda contribuir a propagar el conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo, a que vuelvan al redil algunas ovejas descarriadas, y a que se rinda a nuestro Redentor con más exactitud el tributo de adoración, de amor y de reconocimiento a que tiene derecho como Dios y Salvador nuestro! ¡Quiera el cielo que aquellos que hayan tratado de ver al Hijo de Dios durante su paso sobre la tierra como Zacheo, reciban de él los dones preciosos que vino a traer a los hombres! ¡Y quiera el cielo en fin que aquellos que lean las palabras divinas que contiene este libro, las recojan en un corazón bueno por excelencia, para que produzcan en él frutos de consuelo para la vida presente, y de salvación para la venidera!
Extracto de la bula del soberano Pontífice, Clemente VIII, en que aprueba y protege con su autoridad apostólica la obra de Jerónimo Natalis, y con particularidad las láminas que forman parte de ella.
CLEMENS PAPA VIII,
Ad futuram rei memoriam. Cum, sicut accepimus, dilectus filius M. N., typ. antverp., ad publicam omnium fidelium utilitatem opus quondam Hieronimi Natalis, dum in humanis ageret Societatis Jesu theologi, adnotationum... in Evangelia... typis dare intendat; et tam in eo opere, quam in alterius insignis ejus partis, imaginum scilicet centum quinquaginta trium sculptura, quibus praedictus Hieronimus, totius operis author, historiam vitae Christi Jesu Domini nostri, juxta quatuor Evangelistarum veritatem ac plenitudinem expressit, magna pecuniae summa exposita jam sit, et adhuc ulterior sit exponenda: Nos, tanti operis excellentiam plurimum in Domino commendantes, eorumque indemnitati, qui ad operis hujus editionem pecunias conquisitas impenderunt, prospicere cupientes..., praedicto M... auctoritate apostolica tenore praesentium concedimus et elargimur, ne quis... per decem annos a data praesentium computandos, imagenes supradictas... absque expressa... ipsius M. licentia imprimere seu in quovis loco vendere... quovis modo praesumat... in hac quidem urbe nostra, et in toto statu ecclesiastico, sub mille ducatorum auri...; extra vero Urbem ipsam, ac ditionem ecclesiasticam, ubique locorum, Excomunicationis latae sententiae, a qua nullus praeter Romanum Pontificem absolvere possit, poenis toties, quoties contraventum fuerit incurrendis, districtus inhibemus...
Datum Romae, apud sanctum Marcum, sub annulo Piscatoris, die XIV augusti, MDXCIII;
M. Vestrius Barbianus
Habiendo enviado en una edición pequeña, el texto entero de esta obra a un crecido número de Arzobispos y Obispos, y habiendo recibido respuestas favorables de estos ilustres prelados, con permiso para publicarlas, transcribimos aquí algunas de ellas por orden de fechas:
"Saint-Germain-en Laye 20 de agosto de 1851.
Señor Abate:
"Me felicito de haber acogido con un vivo interés, desde el primer momento en que usted me lo participó, su pensamiento de publicar una Vida de Nuestro Señor Jesucristo, escrita por los cuatro Evangelistas, coordinada, explicada y desenvuelta por los Santos Padres, los Doctores y los Oradores más célebres desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días.
Los capítulos que he visto confirman mi esperanza, de que esta hermosa obra debe producir los mejores resultados.
Como usted mismo lo dice, en un siglo como el nuestro en que tantos espíritus y corazones extraviados por los malos sistemas de una falsa filosofía, fluctúan de doctrina en doctrina buscando un punto de apoyo, nada es más propio en efecto, para curarles y para que puedan obtener un poco de paz y de ventura, que mostrarles, en el espejo de las divinas Escrituras, al Autor y al Consumador de nuestra fe, a Aquel que ilumina todo hombre cuando viene al mundo, a Aquel que es para todas las almas el Camino, la Verdad y la Vida.
Esto es lo que usted ha hecho en su libro con una perseverancia, inteligencia y celo superior a todas las alabanzas. Ha reunido usted todos los rasgos del Libertador celestial, esparcidos en sus cuatro inspirados historiadores, y con ella ha compuesto usted un cuadro completo, acompañándolo con notas indispensables para comprender su espíritu, y encerrándolo en cierto modo, en los más hermosos comentarios que sobre ello se han hecho.
Por esto no puedo dudar de su buen éxito y de su buena influencia, y de antemano bendigo a Dios de todo mi corazón por semejante idea, etc.
+ M. D. Augusto, Arzobispo de Paris.
Nevers 25 de octubre de 1851
He visto con un vivo interés la obra que usted se ha servido enviarme. La idea de haber acompañado al texto de la Vida de Nuestro Señor hermosos pasajes sacados de los Santos Padres y de los más eminentes escritores, me parece sumamente acertada. Este conjunto de comentarios presenta menos unidad que si perteneciese a un solo autor, pero en cambio es mucho más rico y precioso.
La división por versículos, no era a mi juicio necesaria, o en este caso, considero que no habrían debido omitirse las citas de los Evangelistas; pero esto no disminuye en nada el mérito notable de esta obra que, por mi parte, no titubeo en recomendar a los fieles.
+ Dom. A., Obispo de Nevers
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Sens 19 de noviembre 1851.
Acabo de recorrer la obra intitulada: La Vida de Nuestro Señor Jesucristo, y debo felicitar a usted tanto por el concienzudo trabajo que ha emprendido, como por la acertada elección que ha sabido hacer para los comentarios, quedando en la firme persuasión de que este libro puede ser utilísimo a muchas personas, en cuyo concepto le recomiendo a todas las familias de mi diócesis.
+ M. J., Arzobispo de Sens.
Troyes, 31 de marzo de 1852.
En cuanto vi esta obra, aplaudí muchísimo semejante pensamiento: es un trabajo tan hermoso como noble, donde todo es grande, santo y poderoso, y donde todo eleva el alma uniéndola íntimamente con N. S. Jesucristo. Usted ha sabido poner en relación con sumo acierto, los diversos rasgos de este Pontífice supremo, diseminados en el Evangelio, resultando de ello un cuadro grande y armonioso que facilita la contemplación de esa cabeza divina en toda su majestad.
Así presentaban también la Religión los Padres de la Iglesia; y el siglo de Luis XIV abrazó también este golpe de vista, cuando nuestra Francia, con sus inmortales genios, se prosternaba a los pies de los altares.
Jesucristo es el centro de todo: es el manantial donde se apaga la sed de justicia y de verdad, donde se encuentra una savia divina, firme y vigorosa que penetra al hombre en todo su ser, que sostiene su vida moral, y que le infunde la alta sabiduría y las grandes virtudes. Es muy importante conducir allí sin cesar la religión de los pueblos para el fomento de la piedad de los fieles, porque no en otra parte podrán aprender a sentir las verdaderas magnificencias del cristianismo, hallando al mismo tiempo un remedio soberano para el desaliento de la época.
La lectura de esta obra es recomendable por mil motivos, y deseo ardientemente que se propague y difunda en toda mi diócesis.
+ P. L., Obispo de Troyes.
Poitiers 30 de abril de 1852.
No quiero diferir más tiempo el decir a usted que su historia del Salvador de los hombres, resultado de la coordinación de los cuatro Evangelios, con las notas que usted ha añadido, me parece la obra más propia para satisfacer las necesidades de tantos hombres del siglo, que no conocen ya a N. S. Jesucristo, y que en ninguna otra parte pueden aprender a conocerle mejor que en el relato evangélico que usted les presenta.
+ L. E., Obispo de Poitiers.
Vistas las primeras entregas de la traducción española de esta obra, el Excmo. e Illmo. obispo de la diócesis de Puerto Rico, ha tenido a bien decir entre otras cosas lo siguiente:
"Nos han sido presentadas en solicitud de su aprobación, las entregas de la obra titulada: La Vida de Nuestro Señor Jesucristo, escrita por los cuatro Evangelistas, coordinada, explicada y desarrollada por los Santos Padres, los Doctores, etc.
Aunque el sagrado texto de los Evangelistas traducido en nuestro idioma y anotado por Doctores católicos se halla con frecuencia en manos de los fieles, esta nueva edición ofrece la conocida ventaja de presentar los hechos de Nuestro Divino Redentor, formando de los cuatro Evangelistas un solo cuerpo de historia con aquel orden cronológico que probablemente tendrían. Este loable trabajo interesa la atención del lector, fija los hechos en su memoria, porque están encadenados con toda naturalidad, y contribuye en gran manera a la mejor inteligencia de la historia Evangélica.
Hemos leído gran parte del texto sagrado con sus correspondientes notas, y son dignos de nuestra aprobación e igualmente los grabados que les acompañan.
Estas notas y explicaciones tomadas de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, derraman copiosas luces sobre los lugares oscuros que por necesidad ofrecen los Libros Santos, y explican su sentido con toda claridad, y según la mente de la Iglesia Católica.
Los fieles se penetrarán del mérito intrínseco de esta obra cuando recuerden que si Dios habló a los hebreos de muchos modos por medio de los Profetas, a nosotros nos habla en el Evangelio por medio de su mismo Hijo; y lo que para ellos eran anuncios, promesas y figuras, lo vemos nosotros cumplido y demostrado en este libro divino.
De aquí fácilmente podrán inferir que esta obra en su sustancia no necesita la recomendación de los hombres, y sólo declaramos que la parte que hemos examinado, tanto de la traducción del texto como de las notas, merece nuestra aprobación, y recomendamos a los fieles su lectura, esperando en el Señor que acompañada de humildad y devoción, ha de producir abundantes frutos de fe y de satisfacción".
Aprobación del Excmo. e Illmo. señor obispo de la Habana:
"Revisadas por un censor a quien el Excmo. e Illmo. señor obispo diocesano tuvo a bien cometer el examen de las entregas presentadas de la obra titulada Vida de Nuestro Señor Jesucristo por el abate Brispot, y traducida al castellano por D. M. Urrabieta y D. V. G. de la Llana; y habiendo hallado que nada contiene opuesto al dogma y a la moral cristiana, ni a la disciplina de la Iglesia, y que además es en un todo conforme al Sagrado texto, tiene la convicción de que su lectura puede ser de utilidad y provecho al común de los fieles, a los predicadores y a todas las clases del pueblo cristiano".
Los Apóstoles, y bajo sus órdenes algunos de los setenta y dos discípulos, inspirados por el Espíritu Santo, el día de la Pentecostés, se diseminaron por todas las comarcas para cumplir la misión que les había confiado Jesucristo. El conjunto de verdades que estaban encargados de anunciar a toda criatura, es lo que se llama Evangelio en toda la acepción de la palabra.
Dos de los Apóstoles, Mateo y Juan, y dos de los setenta y dos discípulos, Marcos y Lucas, en virtud de una orden particular del Espíritu de Dios, escribieron cada uno, en tiempos y lugares diferentes, un relato más o menos sucinto de los hechos divinos que todos tenían misión de publicar de viva voz. Estos cuatro relatos, de una autenticidad eternamente incontestable, forman lo que llamamos los Evangelios.
San Mateo escribió su Evangelio unos ocho años después de la muerte del Salvador, principiando por la genealogía legal de Jesucristo en cuanto hombre; y de ahí proviene que se le da por figura simbólica el ser misterioso que vio San Juan en el Apocalipsis, y que tenía un rostro parecido al de un hombre.
San Marcos escribió unos dos años después, principiando por lo que dice Isaías sobre la voz que clama en el desierto. Se le da por figura simbólica el ser misterioso que tenía la apariencia de un león, porque también el león hace resonar su voz en el desierto.
San Lucas escribió por el año 58 de Jesucristo. Después de un prólogo de dos versículos, comienza su Evangelio por la aparición del ángel Zacarías en el templo de Jerusalén. Se le da por figura simbólica el ser misterioso que se asemejaba a un buey, porque se inmolaban estos animales en el templo.
San Juan escribió su Evangelio unos 65 años después de la muerte de su divino Maestro. Se le da por figura simbólica el ser misterioso que tenía la apariencia de un águila, a causa de esta sublime palabra con que principia su Evangelio: En el principio era el Verbo...
(San Jerónimo)
Como sería demasiado largo hablar aquí de todos los autores que hemos consultado y cuyas luces y elocuencia nos han facilitado nuestro trabajo para componer la vida de N. S. Jesucristo, mencionaremos solamente aquellos que más han brillado en los fastos de la Iglesia.
San Clemente, papa, discípulo de los Apóstoles, y mártir (siglo Io.).
San Dionisio Areopagita, primer obispo de Atenas, convertido por San Pablo (s. Io.)
San Ignacio, obispo de Antioquía, discípulo de San Juan Evangelista, y mártir (s. I-II).
San Policarpo, obispo de Esmirna, discípulo de San Juan Evangelista, y mártir (s. I-II).
San Clemente Alejandrino, sacerdote, célebre doctor y predicador elocuente (s. II-III).
Tertuliano, sacerdote de Cartago, uno de los más ilustres escritores de la Iglesia, y cuyas obras leía diariamente San Cipriano (s. II-III).
Orígenes, sacerdote, discípulo de San Clemente Alejandrino, doctor y célebre predicador (s. III).
San Gregorio, obispo de Neocesarea, formado por Orígenes, y llamado el Taumaturgo (s. III).
San Cipriano, obispo de Cartago, tan célebre por sus vitudes como por su talento, mártir (s. III).
Lactancio, célebre escritor, formado por Arnobo, llamado el Cicerón cristiano (s. IV).
San Hilario, obispo de Poitiers, doctor distinguido y generoso defensor de la fe cristiana (s. IV).
San Atanasio, patriarca de Alejandría, llamado el Grande (s. IV).
San Basilio el Grande, obispo de Cesarea, hermano de San Gregorio de Nissa, y amigo íntimo de San Gregorio Nacianceno (s. IV).
San Gregorio, obispo de Nissa, y hermano de San Basilio el Grande (s. IV).
San Gregorio Nacianceno, obispo de Constantinopla, llamado el Teólogo (s. IV).
San Efren, diácono de Edesa, y predicador tan célebre, que el pueblo le consideraba como un intérprete del espíritu de Dios (s. IV).
San Ambrosio, arzobispo de Milan, famoso doctor, y predicador de los más elocuentes (s. IV).
San Astero, obispo de Amasea, de un talento elevado, y eminente predicador (s. IV-V).
San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla, uno de los más elocuentes predicadores que ha tenido la Iglesia (s. IV-V).
San Agustín, obispo de Hipona, uno de los genios más eminentes de la Iglesia (s. IV-V).
San Epifanio, obispo de Salamina, padre y doctor de la Iglesia (s. IV-V).
San Jerónimo, sacerdote, doctor, y una de las más brillantes luces de la Iglesia (s. IV-V).
San Máximo, obispo de Turín, célebre por su doctrina y su piedad cristiana (s. V).
San Proclo, arzobispo de Constantinopla, uno de los hombres más doctos de su tiempo (s. V).
Salviano, sacerdote de Marsella, llamado el Jeremías del siglo quinto (s. V).
San León el Grande, papa, uno de los hombres más grandes de la Iglesia (s. V).
San Gregorio el Grande, papa y doctor de la Iglesia (s. VI).
El Venerable Beda, sacerdote y fraile, llamado el doctor de los ingleses (s. VII).
San Juan Damasceno, religioso de superior talento y confesor de Jesucristo (s. VIII).
San Jorge, fraile y arzobispo de Nicomedia, predicador célebre (s. IX).
San Bruno, fundador de la orden de Cartujos, predicador muy docto y elocuente (s. XI).
San Yvas, obispo de Chartres, teólogo muy entendido y predicador muy elocuente (s. XI).
San Bernardo, primer abate de Clairvaux, el último padre de la Iglesia - San Bernardo, apóstol, profeta, ángel terrestre por su doctrina, por sus predicaciones, por sus milagros y por una vida más sorprendente aun que sus mismos milagros. (Bossuet) (s. XI).
Eutimio Zigabeno, fraile griego muy erudito y predicador muy elocuente (s. XII).
Santo Tomás de Aquino, de la orden de Dominicos, doctor de la Iglesia, llamado el ángel de la Escuela (s. XIII).
San Lorenzo Justiniano, primer patriarca de Venecia, y predicador elocuente (s. XV).
Santa Teresa de Jesús, modelo y admiración de los siglos como escritora y como mujer; célebre e inmortal doctora, dechado de humildad, de amor y de virtud cristiana, beatificada y canonizada por la Iglesia (s. XVI).
Fray Luis de Granada, predicador admirable y autor de muchas obras piadosas de doctrina y elegancia incomparables (s. XVI).
El Maestro Alejo Venegas, uno de los hombres más doctos de su tiempo (s. XVI).
El Venerable Maestro Juan de Avila, predicador famoso que mereció el renombre de Apóstol de Andalucía y de Maestro por excelencia (s. XVI).
Fray Diego de Estella, predicador, consultor y teólogo del rey Felipe II. Escribió varias obras en latín y en castellano (s. XVI).
Fray Pedro Malon de Chaide, uno de los más célebres teólogos y oradores de su siglo (s. XVI).
Fray Luis de León, una de las más altas glorias de la literatura española, ya se le considere como prosista, ya como poeta místico (s. XVI).
Bossuet, obispo de Meaux, el genio más superior de los tiempos modernos, llamado el Aguila de Meaux (s. XVII).
Bourdaloue, jesuita, talento de primer orden y de una fecundidad inagotable, profundo teólogo y predicador eminente (s. XVII).
Fenelón, ilustre arzobispo de Cambrai, genio admirado de toda la Europa (s. XVII).
Massillón, obispo de Clermont, una de las primeras glorias del púlpito francés (s. XVII-XVIII).
Duvoisin, obispo de Nantes, cuya elocuente pluma sirvió tanto a la Francia después de los desastres del último siglo (s. XVIII-XIX).
De la Luzerne, cardenal, obispo de Langres, elocuente defensor de la religión en estos últimos tiempos (s. XVIII-XIX).
De Boulogne, obispo de Troyes, genio elevado y de grande elocuencia (s. XVIII-XIX).
De Chateaubriand, cuyo Genio del Cristianismo produjo en Francia una impresión tan saludable después de las conmociones que acababan de agitarla (s. XIX).
Las Conferencias eclesiásticas de la diócesis de Digne del año 1841 (s. XIX).
Su Santidad Pío IX, hoy sucesor de San Pedro en la silla apostólica de Roma, respetado del universo católico como un gran papa (s. XIX).
Giraud, cardenal, arzobispo de Cambrai (s. XIX).
Sibour, arzobispo de París, una de las luces más puras del episcopado francés (s. XIX).
Como dejamos dicho, omitimos en esta lista muchos nombres célebres como San Anfiloquio, Lecoz, Frayssinous, el R. P. Lacordaire, etc., etc.
[1] En el principio era el Verbo1 y el Verbo era con Dios2, y el Verbo era Dios.
[2] Este era en el principio con Dios.
[3] Todas las cosas fueron hechas por él3: y nada de lo que fue hecho, se hizo sin él,
[4] En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres4.
[5] Y la luz en las tinieblas resplandece5; mas las tinieblas no la comprendieron.
[6] Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan.
[7] Este vino en testimonio, para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él.
[8] No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.
[9] Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, que viene a este mundo6.
[10] En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho, y no le conoció el mundo.
[11] A lo suyo vino7, y los suyos no le recibieron.
[12] Mas a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre:
[13] Los cuales son nacidos no de sangres, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, más de Dios.
[14] Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos la gloria de él, gloria como de Unigénito del Padre8 lleno de gracia y de verdad9.
[15] Y de su plenitud recibimos nosotros todos, y gracia por gracia10.
[16] Porque la ley fue dada por Moisés: mas la gracia y la verdad fue hecha por Jesucristo11.
[17] A Dios nadie le vio jamás12: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él mismo lo ha declarado.
[18] Hubo en los días de Herodes, rey de Judea13, un sacerdote nombrado Zacharías de la suerte de Abías14: y su mujer de las hijas de Aarón, y el nombre de ella Elisabeth.
[19] Y eran ambos justos delante de Dios, caminando irreprensiblemente en todos los mandamientos, y estatutos del Señor,
[20] Y no tenían hijo, porque Elisabeth era estéril, y ambos eran avanzados en sus días.
[21] Y aconteció, que ejerciendo Zacharías su ministerio de sacerdote delante de Dios en el orden de su vez,
[22] Según la costumbre del sacerdocio, salió por su suerte a poner el incienso, entrando en el templo del Señor:
[23] Y toda la muchedumbre del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso15.
[24] Y se le apareció el Angel del Señor, puesto en pie a la derecha del altar del incienso16.
[25] Y Zacharías al verle se turbó, y cayó temor sobre él.
[26] Mas el Angel le dijo: No temas Zacharías, porque tu oración ha sido oída17: y tu mujer Elisabeth te parirá un hijo, y llamarás su nombre Juan,
[27] Y tendrás gozo y alegría, y se gozarán muchos en su nacimiento:
[28] Porque será grande delante del Señor: y no beberá vino ni sidra18, y será lleno de Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre:
[29] Y a muchos de los hijos de Israel convertirá al Señor el Dios de ellos;
[30] Porque él irá delante de él19con el espíritu y virtud de Elías, para convertir los corazones de los padres a los hijos20, y los incrédulos a la prudencia de los justos, para aparejar al Señor un pueblo perfecto.
[31] Y dijo Zacharías al Angel: ¿En qué conoceré esto? porque yo soy viejo, y mi mujer está avanzada en días.
[32] Y respondiendo el Angel le dijo: Yo soy Gabriel, que asisto delante de Dios: y soy enviado a hablarte, y a traerte esta feliz nueva.
[33] Y tu quedarás mudo, y no podrás hablar hasta el día en que esto sea hecho, porque no creíste a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.
[34] Y el pueblo estaba esperando a Zacharías21: y se maravillaban de que se tardase él en el templo.
[35] Y cuando salió no les podía hablar, y entendieron que había visto visión en el templo. Y él se lo significaba por señas, y quedó mudo.
[36] Y cuando fueron cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa:
[37] Y después de estos días concibió Elisabeth su mujer, y se estuvo escondida cinco meses diciendo:
[38] Porque el Señor me hizo esto en los días, en que atendió a quitar mi oprobio de entre los hombres.
[39] Y al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth,
[40] A una Virgen desposada con un varón, que se llamaba Joseph, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María.
[41] Y habiendo entrado el Angel, adonde estaba, dijo: Dios te salve, llena de gracia: El Señor es contigo: Bendita tú entre las mujeres.
[42] Y cuando ella esto oyó, se turbó con las palabras de él, y pensaba, qué salutación fuese esta.
[43] Y el Angel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios:
[44] He aquí concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.
[45] Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre,
[46] Y no tendrá fin su reino.
[47] Y dijo María al Angel: ¿Cómo será esto, porque no conozco varón?
[48] Y respondiendo el Angel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te hará sombra la virtud del Altísimo. Y por eso lo Santo, que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios.
[49] Y he aquí Elisabeth tu parienta, también ella ha concebido un hijo en su vejez: y este es el sexto mes a ella, que es llamada la estéril:
[50] Porque no hay cosa alguna imposible para Dios.
[51] Y dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y se retiró el Angel de ella.
[1] Libro de la generación de Jesucristo hijo de David, hijo de Abrahám.
[2] Abrahám engendró a Isaac. Y Isaac engendró a Jacob. Y Jacob engendró a Judas y a sus hermanos.
[3] Y Judas engendró de Thamár a Pharés, y a Zara. Y Pharés engendró a Esrón. Y Esrón engendró a Aram.
[4] Y Arám engendró a Aminadáb. Y Aminadáb engendró a Naassón. Y Naassón engendró a Salmón.
[5] Y Salmón engendró de Raháb a Booz. Y Booz engendró de Ruth a Obéd. Y Obéd engendró a Jessé. Y Jessé engendró a David el rey.
[6] Y David el rey engendró a Salomón de aquella, que fue de Urías22.
[7] Y Salomón engendró a Roboám. Y Roboám engendró a Abías. Y Abías engendró a Asá.
[8] Y Asá engendró a Josaphát. Y Josaphát engendró a Jorám. Y Jorám engendró23 a Ozías.
[9] Y Ozías engendró a Joathám. Y Joathám engendró a Achaz. Y Achaz engendró a Ezechías.
[10] Y Ezechías engendró a Manassés. Y Manassés engendró a Amón. Y Amón engendró a Josías.
[11] Y Josías engendró a Jechonías, y a sus hermanos en la transmigración de Babilonia24.
[12] Y después de la transmigración de Babilonia: Jechonías25engendró a Salathiél. Y Salathiél engendró a Zorobabel.
[13] Y Zorobabel engendró a Abiúd. Y Abiúd engendró a Eliacím. Y Eliacím engendró a Azór.
[14] Y Azór engendró a Sadóc. Y Sadóc engendró a Achím. Y Achím engendró a Eliúd.
[15] Y Eliúd engendró a Eleazar. Y Eleazar engendró a Mathán. Y Mathán engendró a Jacob.
[16] Y Jacob engendró a Joseph esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo26.
[17] De manera que todas las generaciones desde Abrahám hasta David, catorce generaciones: y desde David hasta la transmigración de Babilonia, catorce generaciones: y desde la transmigración de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones27.
[18] Y la generación de Jesucristo fue de esta manera: que siendo María su madre desposada con Joseph, antes que viviesen juntos, se halló haber concebido en l vientre, de Espíritu Santo.
[19] Y en aquellos días levantándose María, fue con prisa a la montaña, a una ciudad de Judá28.
[20] Y entró en casa de Zacharías, y saludó a Elisabeth.
[21] Y cuando Elisabeth oyó la salutación de María, la criatura dio saltos en su vientre: y fue llena de Espíritu Santo:
[22] Y exclamó en alta voz y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
[23] ¿Y de dónde esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?
[24] Porque he aquí luego que llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura dio saltos de gozo en mi vientre.
[25] Y bienaventurada la que creíste29, porque cumplido será, lo que te fue dicho de parte del Señor.
[26] Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor:
[27] Y mi espíritu se regocijó en Dios mi Salvador.
[28] Porque miró la bajeza de su esclava: pues ya desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.
[29] Porque me ha hecho grandes cosas, el que es poderoso: y santo el nombre de él.
[30] Y su misericordia de generación en generación sobre los que le temen.
[31] Hizo valentía con su brazo: esparció a los soberbios del pensamiento de su corazón.
[32] Destronó a los poderosos, y ensalzó a los humildes.
[33] Hinchó de bienes a los hambrientos: y a los rico dejó vacíos.
[34] Recibió a Israel su siervo30, acordándose de su misericordia.
[35] Así como habló a nuestros padres, a Abrahám, y a su descendencia por los siglos.
[36] Y María se detuvo con ella tres meses: y se volvió a su casa.
[37] Y Joseph su esposo, como era justo, y no quisiese infamarla: quiso dejarla secretamente.
[38] Y estando él pensando en esto, he aquí que el Angel del Señor le apareció en sueños31, diciendo: Joseph hijo de David, no temas de recibir a María tu mujer: porque lo que en ella ha nacido, de Espíritu Santo es.
[39] Y parirá un hijo: y llamarás su nombre JESUS: porque él salvará a su pueblo de los pecados de ellos.
[40] Mas todo esto fue hecho para que se cumpliese lo que habló el Señor por el profeta, que dice:
[41] He aquí la Virgen concebirá, y parirá hijo: y llamarán su nombre Emmanuél32, que quiere decir: con nosotros Dios.
[42] Y despertando Joseph del sueño, hizo como el Angel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer.
[43] Y no la conoció hasta que parió a su hijo primogénito33.
[44] Mas a Elisabeth se le cumplió el tiempo de parir, y parió un hijo.
[45] Y oyeron sus vecinos, y parientes, que el Señor había señalado con ella su misericordia, y se congratulaban con ella.
[46] Y aconteció que al octavo día vinieron a circuncidar al niño, y le llamaban del nombre de su padre, Zacharías.
[47] Y respondiendo su madre, dijo: De ningún modo, sino Juan será llamado.
[48] Y le dijeron: Nadie hay en tu linaje, que se llame con este nombre.
[49] Y preguntaban por señas al padre del niño, como quería que se llamase.
[50] Y pidiendo una tableta, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y se maravillaron todos.
[51] Y luego fue abierta su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios.
[52] Y vino temor sobre todos los vecinos de ellos: y se extendieron todas estas cosas por todas las montañas de la Judea:
[53] Y todos los que las oían, las conservaban en su corazón, diciendo: ¿Quién pensáis, que será este niño? Porque la mano del Señor era con él.
[54] Y Zacharías su padre fue lleno de Espíritu Santo, y profetizó, diciendo:
[55] Bendito el Señor Dios de Israel, porque visitó, e hizo la redención de su pueblo:
[56] Y nos alzó el cuerno de salud34en la casa de David su siervo.
[57] Como habló por boca de sus santos profetas, que ha habido de otro tiempo:
[58] Salud35de nuestros enemigos, y de mano de todos los que nos aborrecen:
[59] Para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo testamento.
[60] El juramento, que juró a nuestro padre Abrahám, que él daría a nosotros:
[61] Para que librados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor,
[62] En santidad, y en justicia delante de él mismo, todos los días de nuestra vida.
[63] Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado: porque irás ante la faz del Señor, para aparejar sus caminos:
[64] Para dar conocimiento de salud a su pueblo, para la remisión de sus pecados.
[65] Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó de lo alto el Oriente:
[66] Para alumbrar, a los que están de asiento en tinieblas, y en sombra de muerte: para enderezar nuestros pies a camino de paz.
[67] Y el niño crecía, y era fortificado en espíritu: y estuvo en los desiertos hasta el día, que se manifestó a Israel36.
[1] Y aconteció en aquellos días, que salió un edicto de César Augusto, para que fuese empadronado todo el mundo37.
[2] Este primer empadronamiento fue hecho por Cyrino, gobernador de la Syria38:
[3] E iban todos a empadronarse cada uno a su ciudad39.
[4] Y subió también Joseph de Galilea de la ciudad de Nazaréth, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Bethlehém: porque era de la casa y familia de David,
[5] Para empadronarse con su esposa María, que estaba preñada.
[6] Y estando allí, aconteció que se cumplieron los días en que había de parir40.
[7] Y parió a su Hijo primogénito41, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre: porque no había lugar para ellos en el mesón42.
[8] Y había unos pastores en aquella comarca, que estaban velando, y guardando las velas de la noche sobre su ganado.
[9] Y he aquí se puso junto a ellos un Angel del Señor, y la claridad de Dios los cercó de resplandor, y tuvieron grande temor.
[10] Y les dijo el Angel: No temáis: porque he aquí os anuncio un grande gozo, que será a todo el pueblo:
[11] Que hoy os es nacido el Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David.
[12] Y esta os será la señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, y echado en un pesebre.
[13] Y súbitamente apareció con el Angel una tropa numerosa de la milicia celestial, que alababan a Dios, y decían:
[14] Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad43.
[15] Y aconteció, que luego que los Angeles se retiraron de ellos al cielo: los pastores se decían los unos a los otros: Pasemos hasta Bethlehém, y veamos esto, que ha acontecido, lo cual el Señor nos ha mostrado.
[16] Y fueron apresurados, y hallaron a María, y a Joseph, y al niño echado en el pesebre.
[17] Y cuando esto vieron, entendieron lo que se les había dicho acerca de aquel niño.
[18] Y todos los que lo oyeron, se maravillaron: y también de lo que les habían referido los pastores.
[19] Mas María guardaba todas estas cosas, confiriéndolas en su corazón.
[20] Y se volvieron los pastores glorificando, y loando a Dios por todas las cosas, que habían oído y visto, así como les había sido dicho.
[21] Y después que fueron pasados los ocho días para circuncidar al niño: llamaron su nombre JESUS, como le había llamado el Angel, antes que fuese concebido en el vientre.
[22] Pues cuando hubo nacido Jesús en Bethlehém de Judá en tiempo de Herodes el rey, he aquí unos Magos44vinieron del Oriente45a Jerusalém,
[23] Diciendo: ¿Dónde está el rey de los Judíos que ha nacido? porque vimos su estrella en el Oriente46, y venimos a adorarle.
[24] Y el rey Herodes, cuando lo oyó, se turbó, y toda Jerusalém con él.
[25] Y convocando todos los príncipes de los sacerdotes47y los escribas del pueblo48, les preguntaba, donde había de nacer el Cristo.
[26] Y ellos le dijeron: En Bethlehém de Judá: porque así está escrito por el profeta.
[27] Y tú, Bethlehém, tierra de Judá, no eres la menor entre las principales de Judá, porque de ti saldrá el caudillo, que gobernará a mi pueblo de Israel.
[28] Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó de ellos cuidadosamente del tiempo, en que les apareció la estrella.
[29] Y encaminándolas a Bethlehém, les dijo: Id, e informaos bien del niño: y cuando le hubiéreis hallado, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarle.
[30] Ellos, luego que esto oyeron del rey, se fueron. Y he aquí la estrella, que habían visto en el Oriente, iba delante de ellos, hasta que llegando se paró, sobre donde estaba el niño49.
[31] Y cuando vieron la estrella, se regocijaron en gran manera.
[32] Y entrando en la casa, hallaron al niño con María su madre, y postrándose le adoraron: y abiertos sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.
[33] Y habida respuesta en sueños50, que no volviesen a Herodes, se volvieron a su tierra por otro camino.
[1] Después que ellos51se fueron, y después que fueron cumplidos los días de la purificación de María, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalém, para presentarlo al Señor,
[2] Como está escrito en la ley del Señor: Que todo macho que abriere matriz, será consagrado al Señor52.
[3] Y para dar la ofrenda, conforme está mandado en la ley del Señor, un par de tórtolas, o dos palominos.
[4] Y había a la sazón en Jerusalém un hombre llamado Simeón, y este hombre justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel53, y el Espíritu Santo era en él.
[5] Y había recibido respuesta del Espíritu Santo, que él no vería la muerte, sin ver antes al Cristo del Señor.
[6] Y vino por espíritu al templo. Y trayendo los padres al niño Jesús, para hacer según la costumbre de la ley por él:
[7] Entonces él lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, y dijo:
[8] Ahora, Señor, despides a tu siervo, según tu palabra, en paz:
[9] Porque han visto mis ojos tu salud54,
[10] La cual has aparejado ante la faz de todos los pueblos.
[11] Lumbre para ser revelada a los gentiles, y para gloria de tu pueblo Israel.
[12] Y su padre y madre estaban maravillados de aquellas cosas que de él se decían.
[13] Y los bendijo Simeón, y dijo a María su madre: He aquí que este es puesto para caída, y para levantamiento de muchos en Israel55: y para señal a la que se hará contradicción56:
[14] Y una espada traspasará tu alma de ti misma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones57.
[15] Y había una profetisa llamada Ana, hija de Phanuel de la tribu de Aser: esta era ya de muchos días, y había vivido siete años con su marido desde su virginidad58.
[16] Y esta era viuda, como de ochenta y cuatro años: que no se apartaba del templo, sirviendo día y noche en ayunos y oraciones.
[17] Y como llegase ella a la misma hora, alababa al Señor: y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Israel.
[18] Y cuando lo hubieron todo cumplido conforme a la ley del Señor, he aquí un Angel del Señor apareció en sueños a Joseph, y le dijo: Levántate, y toma al niño, y a su madre, y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te lo diga. Porque ha de acontecer, que Herodes busque al niño para matarle.
[19] Levantándose Joseph, tomó al niño, y a su madre de noche, y se retiró a Egipto:
[20] Y permaneció allí hasta la muerte de Herodes: para que se cumpliese lo que había hablado el Señor por el profeta, que dice: De Egipto llamé a mi hijo.
[21] Entonces Herodes, cuando vio, que había sido burlado por los Magos, se irritó mucho, y enviando hizo matar todos los niños, que había en Bethlehem y en toda su comarca de dos años y abajo, conforme al tiempo, que había averiguado de los Magos59.
[22] Entonces fue cumplido lo que se había dicho por Jeremías el profeta, que dice:
[23] Voz fue oída en Ramá60, lloro, y mucho lamento: Rachél llorando sus hijos, y no quiso ser consolada, porque no son.
[24] Y habiendo muerto Herodes, he aquí el Angel del Señor apareció en sueños a Joseph en Egipto.
[25] Diciendo: Levántate, y toma al niño, y a su madre, y vete a tierra de Israel: porque muertos son, los que querían matar al niño.
[26] Levantándose Joseph, tomó al niño, y a su madre, y se vino para tierra de Israel.
[27] Mas oyendo que Archelao reinaba en la Judea en lugar de Herodes, su padre, temió de ir allá: y avisado en sueños, se retiró a las tierras de Galilea.
[28] Y vino a morar a su ciudad, que se llama Nazareth: para que se cumpliese lo que habían dicho los profetas: que será llamado Nazareno61.
[29] Y el niño crecía, y se fortificaba, estando lleno de sabiduría: y la gracia de Dios era en él.
[30] Y sus padres iban todos los años a Jerusalém, en el día solemne de la Pascua.
[31] Y cuando tuvo doce años, subieron ellos a Jerusalém, según la costumbre del día de la fiesta,
[32] Y acabados los días, cuando se volvían, se quedó el niño Jesús en Jerusalém, sin que sus padres lo advirtiesen62.
[33] Y creyendo, que él estaba con los de la comitiva, anduvieron camino de un día, y le buscaban entre los parientes, y entre los conocidos.
[34] Y como no le hallasen, se volvieron a Jerusalém, buscándole.
[35] Y aconteció, que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles.
[36] Y se pasmaban todos los que le oían, de su inteligencia, y de sus respuestas.
[37] Y cuando le vieron63 se maravillaron. Y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué los has hecho así con nosotros? mira, como tu padre, y yo angustiados te buscábamos.
[38] Y les respondió: ¿Para qué me buscábais? ¿No sabíais, que en las cosas que son de mi Padre me conviene estar?
[39] Mas ellos no entendieron la palabra, que les habló.
[40] Y descendió con ellos, y vino a Nazareth: y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
[41] Y Jesús crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia delante de Dios, y de los hombres.
[1] Y en el año décimo quinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de la Judea, y Herodes tetrarca64 de Galilea, y su hermano Philipo tetrarca de Ituréa, y de la provincia de Trachonite, y Lysanias tetrarca de Abilina,
[2] Siendo príncipes de los sacerdotes Annás y Caiphás, vino palabra del Señor sobre Juan, hijo de Zacharías en el desierto.
[3] Y vino por toda la región del Jordán, y por el desierto de la Judea, bautizando y predicando bautismo de penitencia para remisión de pecados.
[4] Y diciendo: Haced penitencia, porque se ha acercado el reino de los cielos.
[5] Así como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío a mi Angel delante de tu faz, que preparará tu camino delante de ti.
[6] Pues este es65, de quien habló el profeta Isaías, diciendo:
[7] Voz del que clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor: haced derechas sus sendas:
[8] Todo valle se henchirá: y todo monte y collado será abajado: y lo torcido será enderezado, y los caminos fragosos allanados:
[9] Y verá toda carne la salud de Dios.
[10] Y el mismo Juan tenía un vestido de pelos de camellos, y un ceñidor de cuero alrededor de sus lomos: y su comida eran langostas y miel silvestre.
[11] Entonces salía a él Jerusalém, y toda la Judea, y toda la tierra de la comarca del Jordán; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
[12] Y decía a las turbas, que venían a que las bautizase, viendo que muchos de los Phariseos y de los Sadducéos66 venían a su bautismo: Raza de víboras, ¿quién os mostró a huir de la ira, que ha de venir?
[13] Haced pues frutos dignos de penitencia, y no comencéis a decir: tenemos por padre a Abrahám. Porque os digo, que puede Dios de estas piedras levantar hijos a Abrahám.
[14] Porque ya está puesta la segur a la raíz de los árboles. Pues todo árbol, que no hace buen fruto, cortado será, y echado en el fuego.
[15] Y le preguntaban las gentes, y decían: ¿Pues qué haremos?
[16] Y respondiendo les decía: El que tiene dos vestidos, de al que no tiene: y el que tiene que comer, haga lo mismo.
[17] Y vinieron también a él publicanos67, para que los bautizase, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?
[18] Y les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado.
[19] Le preguntaban también los soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No maltratéis a nadie, ni le calumniéis: y contentaos con vuestro sueldo.
[20] Y como el pueblo creyese, y todos pensasen en sus corazones, si por ventura Juan era el Cristo:
[21] Respondió Juan y dijo a todos: Yo en verdad os bautizo en agua: mas vendrá otro más fuerte que yo, cuyo calzado no soy digno de llevar: y ante el cual no soy digno de postrarme para desatar la correa de sus zapatos: él os bautizará en Espíritu Santo, y fuego:
[22] Cuyo bieldo está en su mano, y limpiará su era, y allegará el trigo en su granero, y la paja quemará con fuego, que no se apaga.
[23] Y así anunciaba otras muchas cosas al pueblo en sus exhortaciones.
[24] Entonces vino Jesús de Nazareth de Galilea al Jordán a Juan, para ser bautizado por él68.
[25] Mas Juan se lo estorbaba, diciendo: ¿Yo debo ser bautizado por ti, y tú vienes a mí?
[26] Y respondiendo Jesús, le dijo: Deja ahora: porque así nos conviene69 cumplir toda justicia. Entonces le dejó: y fue bautizado por Juan en el Jordán.
[27] Y aconteció, que como recibiese el bautismo todo el pueblo, después que Jesús fue bautizado, subió luego del agua. Y estando él orando, se le abrieron los cielos:
[28] Y vio al Espíritu Santo en figura corporal, como paloma, que descendía y posaba en él mismo.
[29] Y he aquí una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido.
[30] Y el mismo Jesús comenzaba a ser como de treinta años, hijo, según se creía, de Joseph, que lo fue de Helí70, que lo fue de Mathat,
[31] Que lo fue de Leví, que lo fue de Melchi, que lo fue de Janne, que lo fue de Joseph,
[32] Que lo fue de Mathathías, que lo fue de Amós, que lo fue de Nahum, que lo fue de Heslí, que lo fue de Nagge,
[33] Que lo fue de Mahath, que lo fue de Mathathías, que lo fue de Semei, que lo fue de Joseph, que lo fue de Judá.
[34] Que lo fue de Joanna, que lo fue de Resa, que lo fue de Zorobabel, que lo fue de Salathiél, que lo fue de Neri,
[35] Que lo fue de Melchi, que lo fue de Addí, que lo fue de Cosán, que lo fue de Elmadán, que lo fue de Her,
[36] Que lo fue de Jesús, que lo fue de Eliezer, que lo fue de Jorim, que lo fue de Mathat, que lo fue de Leví,
[37] Que lo fue de Simeón, que lo fue de Judas, que lo fue de Joseph, que lo fue de Jonás, que lo fue de Eliakim,
[38] Que lo fue de Melea, que lo fue de Menna, que lo fue de Mathatha, que lo fue de Nathán, que lo fue de David.
[39] Que lo fue de Jessé, que lo fue de Obed, que lo fue de Booz, que lo fue de Salmón, que lo fue de Naassón,
[40] Que lo fue de Aminadab, que lo fue de Arám, que lo fue de Esron, que lo fue de Pharés, que lo fue de Judas,
[41] Que lo fue de Jacob, que lo fue de Isaac, que lo fue de Abrahám, que lo fue de Thare, que lo fue de Nachór,
[42] Que lo fue de Sarug, que lo fue de Ragau, que lo fue de Phaleg, que lo fue de Heber, que lo fue de Salé,
[43] Que lo fue de Cainán, que lo fue de Arphaxad, que lo fue de Sem, que lo fue de Noé, que lo fue de Lamech,
[44] Que lo fue de Mathusalé, que lo fue de Henoch, que lo fue de Jared, que lo fue de Malaleel, que lo fue de Cainán,
[45] Que lo fue de Henós, que lo fue de Seth, que lo fue de Adám, que lo fue de Dios.
[1] Más Jesús lleno de Espíritu Santo, se volvió al Jordán, y el Espíritu le impelió al desierto, para ser tentado del diablo 71.
[2] Y estuvo allí cuarenta días, y cuarenta noches: y moraba con las fieras. Y no comió nada en aquellos días:
[3] Y pasados estos tuvo hambre.
[4] Y llegándose a él el tentador, le dijo: Si eres Hijo de dios, dí que estas piedras se hagan panes.
[5] Y Jesús le respondió: Escrito está: No de solo pan vive el hombre, más de toda palabra, que sale de la boca de Dios72.
[6] Entonces le tomó el diablo, y le llevó a la santa ciudad73, y le puso sobre la almena74 del templo,
[7] Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo, porque escrito está: Que mandó a sus Ángeles acerca de ti, y te tomarán en palmas, porque no tropieces en piedra con tu pié.
[8] Jesús le dijo: también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios75
[9] De nuevo le subió el diablo a un monte muy alto: y le mostró en un momento de tiempo todos los reinos del mundo, y la gloria de ellos76
[10] Y le dijo: Te dará todo este poder, y la gloria de ellos: porque a mi se me han dado, y a quien quiero, los doy.
[11] Por tanto, si postrado me adorares, serán todos tuyos.
[12] Entonces le dijo Jesús: Vete, Satanás: porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.
[13] Y acabada toda tentación, se retiró de él el diablo hasta el tiempo77.
[14] Y he aquí los Ángeles llegaron y le servían.
[15] Juan da testimonio de él, y clama, diciendo: Este era el que yo dije: El que ha de venir en pos de mí, ha sido engendrado antes de mí78.
[16] Y este es el testimonio de Juan, cuando los Judíos enviaron a él de Jerusalén sacerdotes, y Levitas a preguntarle: Tú ¿quién eres?
[17] Y confesó, y no negó: y confesó: Que yo no soy el Cristo.
[18] Y le preguntaron: ¿Pues qué cosa? ¿Eres tú Elías? Y respondió: No.
[19] Y le dijeron: ¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿qué dices de ti mismo?
[20] Él dijo: Yo soy voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta.
[21] Y lo que habían sido enviados, eran de los Phariséos.
[22] Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Pues porqué bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?
[23] Juan le respondió, y dijo: Yo bautizo en agua: más en medio de vosotros estuvo, a quien vosotros no conocéis:
[24] Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí: del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato.
[25] Esto aconteció en Bethania de la otra parte del Jordán, en donde estaba Juan bautizando.
[26] El día siguiente vio Juan a Jesús venir a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios79, he aquí el que quita el pecado del mundo.
[27] Este es aquel, de quien yo dije: En pos de mí viene un varón, que fue engendrado antes de mí: porque primero era que yo.
[28] Y yo no le conocía, más para que sea manifestado en Israel, por eso vine yo a bautizar en agua.
[29] Y Juan dio testimonio, diciendo: Que vi el Espíritu que descendía del cielo como paloma, y reposó sobre él.
[30] Y yo no le conocía: más aquel que me envió a bautizar en agua, me dijo: Sobre aquel que tú vieres descender el Espíritu, y reposar sobre él, este es el que bautiza en Espíritu Santo.
[31] Y yo le vi: y dí testimonio, que este es el Hijo de Dios.
[32] El día siguiente otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.
[33] Y mirando a Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios.
[34] Y lo oyeron hablar dos de sus discípulos, y siguieron a Jesús.
[35] Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí (que quiere decir Maestro) ¿en dónde moras?
[36] Les dijo: Venid, y vedlo. Ellos fueron, y vieron en donde moraba, y que se quedaron con él aquel día: era entonces como la hora de las diez80.
[37] Y Andrés hermano de Simón Pedro era un o de los dos, que habían oído decir esto a Juan, y que habían seguido a Jesús.
[38] Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías. (Que quiere decir el Cristo).
[39] Y le llevó a Jesús. Y Jesús le miró, y dijo: tú eres Simón, hijo de Joná: Tú serás llamado Cephas, que se interpreta Pedro.
[40] El día siguiente quiso ir a Galilea, y hallo a Phelipe. Y Jesús le dijo: Sígueme.
[41] Era Phelipe de Bethsaida, ciudad de Andrés, y de Pedro.
[42] Phelipe halló a Nathanaél81, y le dijo: Hallado hemos a aquel, de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas, a Jesús el hijo de Joseph el de Nazareth82.
[43] y Nathanaél le dijo: ¿De Nazareth puede haber cosa buena83? Phelipe le dijo: Ven, y velo.
[44] Vio Jesús a Nathanaél, que venía a buscarle, y dijo de él: He aquí un verdadero isreaelita, en quien no hay engaño.
[45] Nathanaél le dijo: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús, y le dijo: Antes que Phelipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
[46] Nathanaél le respondió, y dijo: Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.
[47] Jesús respondió, y le dijo: Porque te dije: Que te vi debajo de la higuera, crees: mayores cosas que estas verás.
[48] Y le dijo: En verdad, en verdad os digo, que veréis el cielo abierto, y los Ángeles de Dios subir, y descender sobre el Hijo del hombre84.
[1] Y de allí a tres días se celebraron unas bodas en Caná de Galilea: y estaba allí la Madre de Jesús.
[2] Y fue también convidado Jesús, y sus discípulos a las bodas.
[3] Y llegando a faltar vino, la Madre de Jesús le dice: No tienen vino.
[4] Y Jesús le dijo: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? aún no es llegada mi hora85
[5] Dijo la Madre de él a los que servían: Haced cuanto él os dijere.
[6] Y había allí seis hidrias de piedra86 conforme a la purificación de los Judíos, y cabían en cada una dos o tres cántaros87.
[7] Y Jesús les dijo: Llenad las hidrias de agua. Y las llenaron hasta arriba.
[8] Y Jesús les dijo: Sacad ahora, y llevad al maestresala88. Y lo llevaron.
[9] Y luego que gustó el maestresala el agua hecha vino, y no sabía de donde era, aunque los que servían lo sabían, porque habían sacado el agua89: llamó al esposo el maestresala,
[10] Y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino: y después que han bebido bien, entonces da el que no es tan bueno: más tú guardaste el buen vino hasta ahora.
[11] Este fue el primer milagro, que hizo Jesús90 en Caná de Galilea: y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.
[12] Después de esto se fue a Capharnaum él y su Madre, y sus hermanos91, y sus discípulos: y estuvieron allí no muchos días.
[13] Y estaba cerca la Pascua de los Judíos92, y subió a Jerusalén:
[14] Y halló en el templo93 vendiendo bueyes, y ovejas, y palomas94, y a los cambistas sentados95.
[15] Y haciendo de cuerdas como un azote, los echó a todos del templo, y las ovejas, y los bueyes, y arrojó por tierra el dinero de los cambistas, y derribó las mesas.
[16] Y dijo a los que vendían las palomas: Quitad esto de aquí, y la casa de mi Padre no la hagáis casa de tráfico.
[17] Y se acordaron sus discípulos, que está escrito: El zelo de tu casa me comió.
[18] Y los Judíos le respondieron, y dijeron: ¿Qué señal nos muestras, de que haces estas cosas?
[19] Jesús les respondió, y dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
[20] Los Judíos le dijeron: ¿En cuarenta y seis años fue hecho este templo, y tú lo levantarás en tres días?
[21] Mas él hablaba del templo de su cuerpo96.
[22] Y cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos, que por esto lo decía, y creyeron a la Escritura, y a la palabra, que dijo Jesús.
[23] Y estando en Jerusalén en el día solemne de la Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los milagros que hacía.
[24] Más el mismo Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos,
[25] Y porque él no había menester, que alguno le diese testimonio del hombre: porque sabía por si mismo lo que había en el hombre.
[26] Y había un hombre de los Phariséos, llamado Nicodemo, príncipe de los Judíos,
[27] Este vino a Jesús de noche, y le dijo. Rabí, sabemos, que eres Maestro venido de dios: porque ninguno puede hacer estos milagros, que tú haces, si Dios no estuviere con él.
[28] Jesús respondió, y le dijo: En verdad, en verdad te digo, que no puede ver el reino de dios, sino aquel que renaciere de nuevo.
[29] Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer, siendo viejo? ¿por ventura puede volver al vientre de su madre, y nacer otra vez?
[30] Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo, que no puede entrar en el reino de Dios, sino aquel que fuere renacido de agua y de Espíritu Santo97.
[31] Lo que es nacido de carne, carne es: y lo que es nacido de espíritu, espíritu es.
[32] No te maravilles, porque te dije: os es necesario nacer otra vez.
[33] El espíritu donde quiere sopla98: y oyes su voz, más no sabes de donde viene, ni adonde va: así es todo aquel que es nacido de espíritu.
[34] Respondió Nicodemo, y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto?
[35] Respondió Jesús, y le dijo: ¿Tú eres el maestro en Israel, y esto ignoras?
[36] En verdad, en verdad te digo, que lo que sabemos, esto hablamos; y lo que hemos visto, atestiguamos, y no recibís nuestro testimonio.
[37] Si os he dicho cosas terrenas, y no las creeréis: ¿cómo creeréis, si os dijere las celestiales99?
[38] Y ninguno subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre100, que está en el cielo101.
[39] Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto: así también es necesario, que sea levantado el hijo del hombre102.
[40] Para que todo aquel, que cree en él, no parezca, sino que tenga vida eterna.
[41] Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo Unigénito: para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna.
[42] Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él103.
[43] Quien en él cree, no es juzgado104: más el que no cree, ya ha sido juzgado: porque no cree en el nombre del Unigénito Hijo de Dios.
[44] Más este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas, que la luz: porque sus obras eran malas.
[45] Porque todo el hombre, que obra mal, aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas:
[46] Más el que obra verdad, viene a la luz, para que parezcan sus obras, porque son hechas en Dios.
[47] Después de esto vino Jesús con sus discípulos á la tierra de judéa: y allí se estaba con ellos, y bautizaba.
[48] Y Juan bautizaba también en ennón junto á Salim: porque había allí muchas aguas, y venían, y eran bautizados allí.
[49] Porque Juan no había sido puesto en la cárcel.
[1] Y se movió una cuestión entre los discípulos de Juan y los Judíos acerca de la Purificación105.
[2] Y fueron a Juan, y le dijeron: Maestro, el que estaba contigo de la otra parte del Jordán, de quien tú diste testimonio, mira que él bautiza, y todos vienen a él.
[3] Respondió Juan, y dijo: No puede el hombre recibir algo, si no le fuere dado del cielo.
[4] Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él.
[5] El que tiene la esposa, es el esposo106: más el amigo del esposo, que está con él, y le oye107, se llena de gozo con al voz del esposo. Así pues este mi gozo es cumplido.
[6] Es necesario, que él crezca, y que yo mengüe.
[7] El que de arriba viene, sobre todos es. El que es de la tierra, terreno es, y de la tierra habla. El que viene del cielo, sobre todos es.
[8] Y lo que vio, y oyó, eso testifica: y nadie recibe su testimonio108.
[9] El que ha recibido su testimonio, confirmó que dios es verdadero.
[10] Porque el que dios envió, las palabras de dios habla: porque Dios no le da el espíritu por medida109.
[11] El Padre ama al Hijo: y todas las cosas puso en sus manos.
[12] El que cree en el Hijo, tiene vida eterna: más el que no da crédito al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de dios está sobre él.
[13] Más Herodes el tetrarca, siendo reprendido por él a causa de Herodias mujer de su hermano, de todos los males, que Herodes había hecho,
[14] Porque le decía Juan: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
[15] Añadió a todos110 también este: Había hecho prender a Juan, y atado, ponerlo en la cárcel.
[16] Y queriéndole matar, temió al pueblo: porque le miraban como a un profeta.
[17] Y cuando oyó Jesús que Juan estaba preso, y cuando entendió, que los Phariséos habían oído, que él hacía más discípulos, y bautizaba más que Juan,
[18] (Aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos:)
[19] Dejó la Judéa, y se fue otra vez a Galilea.
[20] Debía por tanto pasar pos Samaria.
[21] Vino pues a una ciudad de Samaria, que se llama Sichar111: cerca del campo, que dio Jacob a su hijo Joseph.
[22] Y estaba allí la fuente de Jacob. Jesús pues cansado de camino, estaba así sentado sobre la fuente. Era como la hora de sexta.
[23] Vino una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dijo: Dame de beber.
[24] (Porque sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.)
[25] Y aquella mujer Samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo Judío, me pides de beber a mí, que soy mujer Samaritana? porque los Judíos no tiene trato con los Samaritanos112.
[26] Respondió Jesús, y le dijo: Si supieses el don de Dios, y quién es el que te dice: Dama de beber: tú de cierto le pidieras a él, y te daría agua viva113.
[27] La mujer le dijo: Señor, no tienes con que sacarla, y el pozo es hondo: ¿de dónde pues tienes el agua viva?
[28] ¿Por ventura eres tú mayor que nuestro padre Jacob, el cual nos dio este pozo, y él bebió de él , y sus hijos, y sus ganados?
[29] Jesús respondió, y le dijo: Todo aquel que bebe de esta agua, volverá a tener sed114: más el que bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás tendrá sed:
[30] Pero el agua que yo le daré, se hará en él una fuente de agua, que saltará hasta la vida eterna.
[31] La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga sed, ni venga aquí a sacarla.
[32] Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
[33] La mujer respondió, y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: bien has dicho, no tengo marido:
[34] Porque cinco maridos has tenido: y el que ahora tienes, no es tu marido: esto has dicho con verdad.
[35] La mujer le dijo. Señor, veo que tú eres profeta.
[36] Nuestros padres en este monte adoraron115, y vosotros decís, que en Jerusalén está el lugar en donde es menester adorar.
[37] Jesús le dijo: Mujer, créeme, que viene la hora, en que ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre.
[38] Vosotros adoráis lo que no sabéis: nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salud viene de los Judíos116.
[39] Más viene la hora117, y ahora es cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque el Padre también busca tales, que le adoren118.
[40] Dios es espíritu: y es menester que aquellos que le adoran, le adoren en espíritu y en verdad119.
[41] La mujer le dijo: Yo sé que viene el Mesías, que se llama Cristo; y cuando viniere él nos declarará todas las cosas.
[42] Jesús le dijo: Yo soy, que hablo contigo.
[43] Y al mismo tiempo llegaron sus discípulos: y se maravillaban de que hablaba con una mujer. Pero ninguno le dijo: ¿Qué preguntas, ó qué hablas con ella?
[44] La mujer pues dejó su cántaro, y se fue a la ciudad, y dijo a aquellos hombres:
[45] Venid, y ved a un hombre que me ha dicho todas cuantas cosas he hecho: ¿si quizá es este el Cristo?
[46] Salieron entonces de la ciudad, y vinieron a él.
[47] Entre tanto le rogaban sus discípulos, diciendo: Maestro, come.
[48] Jesús les dijo: Yo tengo para comer un manjar, que vosotros no sabéis.
[49] Decían pues los discípulos unos a otros: ¿Si le habrá traído alguno de comer?
[50] Jesús les dijo: Mi comida es, que haga la voluntad del que me envió, y que cumpla su obra.
[51] ¿No decís vosotros, que aun hay cuatro meses hasta la siega? Pues yo os digo: Alzad vuestros ojos, y mirad los campos, que están ya blancos para segarse120.
[52] Y el que siega, recibe jornal, y allega fruto para la vida eterna: para que se gocen a una el que siembra, y el que siega.
[53] Porque en esto el refrán es verdadero: que uno es el que siembre, y otro es el que siega.
[54] Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrásteis: otros lo labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.
[55] Y creyeron en él muchos Samaritanos de aquella ciudad, por la palabra de la mujer, que atestiguaba, diciendo: que me ha dicho todo cuanto he hecho.
[56] Mas como viniesen á él los Samaritanos, le rogaron que se quedase allí. Y se detuvo allí dos días.
[57] Y creyeron en él muchos más por la predicación de él.
[58] Y decían á la mujer: Ya no creemos por tu dicho: porque nosotros mismos le hemos oido, y sabemos, que este es verdaderamente el Salvador del mundo.
[1] Y dos días después salió de allí, y se fue a la Galilea121.
[2] Porque el mismo Jesús dio testimonio, que un profeta no es honrado en su patria.
[3] Y cuando vino a la Galilea, le recibieron los Galileos, porque habían visto todas las cosas que había hecho el día de la fiesta en Jerusalén: pues ellos también habían asistido a la fiesta.
[4] Vino pues ora vez a Caná de Galilea, en donde había hecho el agua vino. Y había en Capharnaum un señor de la corte122, cuyo hijo estaba enfermo.
[5] Este habiendo oído, que Jesús venía de la Judea a la Galilea, fue a él, y le rogaba, que descendiese, y sanase a su hijo: porque se estaba muriendo.
[6] Y Jesús le dijo: Si no viereis milagros y prodigios, no creéis.
[7] El de la corte le dijo: Señor, ven antes, que muera mi hijo.
[8] Jesús le dijo: Ve, que tu hijo vive. Creyó el hombre a la palabra, que le dijo Jesús, y se fue.
[9] Y cuando se volvía, salieron a él sus criados, y le dieron nuevas, diciendo, que su hijo vivía.
[10] Y les preguntó la hora, en que había comenzado a mejorar. Y le dijeron: Ayer a las siete123 le dejó la fiebre.
[11] Y entendió entonces el padre, que era la misma hora, en que Jesús le dijo: tu hijo vive: y creyó él, y toda su casa.
[12] Este segundo milagro hizo Jesús otra vez, cuando vino de la Judea a la Galilea: y la fama de él se divulgó por toda la tierra.
[13] Y él enseñaba en las Sinagogas124 de ellos, y era aclamado de todos.
[14] Y fue a Nazareth, en donde se había criado, y entró según su costumbre el día de sábado en la Sinagoga, y se levantó a leer.
[15] Y le fue dado el libro de Isaías el profeta. Y cuando desarrolló el libro, halló el lugar en donde estaba escrito:
[16] El espíritu del Señor sobre mí: por lo que me ha ungido, para dar buenas nuevas a los pobres me ha enviado, para sanar a los quebrantados de corazón.
[17] Para anunciar a los cautivos redención, y a los ciegos vista, para poner en libertad a los quebrantados, para publicar el año favorable del Señor, y el día del galardón.
[18] Y habiendo arrollado el libro, se lo dio al ministro, y se sentó. Y cuántos había en la Sinagoga, tenían los ojos clavados en él.
[19] Y les empezó a decir: Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestras orejas125.
[20] Y todos le daban testimonio: y se maravillaban de las palabras de gracia, que salían de su boca, y decían: ¿No es este el hijo de Joseph?126
[21] Y dejando la ciudad de Nazareth, fue a morar a Capharnaum, ciudad marítima127, en los confines de Zabulón y de Nepthalím:
[22] Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta:
[23] tierra de Zabulón, y tierra de Nephthalím, camino del mar, de la otra parte del Jordán128, Galilea de los Gentiles,
[24] Pueblo, que estaba sentado en tinieblas, vio una grande luz: y a los que moraban
[25] Desde entonces comenzó Jesús a predicar el Evangelio del reino de Dios, diciendo: Pues que el tiempo se ha cumplido, y se ha acercado el reino de Dios129: haced penitencia, y creed al Evangelio.
[26] Y yendo Jesús por la ribera de la mar de Galilea, vio dos hermanos, Simón, que es llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban sus redes en la mar, (pues eran pescadores).
[27] Y les dijo: Venid en pos de mí, y haré que vosotros seáis pescadores de hombres.
[28] Y ellos al instante dejadas las redes, le siguieron.
[29] Y pasando un poco más adelante, vio otros dos hermanos, Santiago de Zebedéo, y Juan su hermano, en un barco con Zebedéo su padre, que remendaban sus redes: y los llamó.
[30] Y ellos, dejando en el barco a Zebedéo su padre con los jornaleros, le siguieron.
[31] Y entraron en Capharnaum: y luego en los sábados como entrase en la sinagoga, los enseñaba.
[32] Y se pasmaban de su doctrina: porque los instruía, como quien tenía potestad, y no como los Escribas130.
[33] Y había en la sinagoga de ellos un hombre poseído de un espíritu inmundo, y exclamó en voz alta,
[34] Diciendo: Déjanos, ¿qué tienes tú con nosotros Jesús de Nazareth? ¿has venido a destruirnos; Sé quien eres, el Santo de Dios.
[35] Y le amenazó Jesús, diciendo: Enmudece y sal del hombre. Y el demonio derribándolo en medio, y maltratándolo reciamente, salió de él, dando grades alaridos, y no le hizo daño alguno.
[36] Y se maravillaron todos, y quedaron llenos de espanto, de tal manera que se preguntaban los unos a los otros, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta? Que manda con impero aún a los mismos espíritus inmundos, y le obedecen.
[37] Y corrió luego su fama por toda la tierra de la Galilea.
[38] Y saliendo luego de la sinagoga, fueron a casa de Simón, y de Andrés, con Santiago y con Juan.
[39] Y la suegra de Simón estaba en cama con fiebre: y le rogaron por ella.
[40] Y acercándose, e inclinándose hacia ella, mandó a la fiebre: y al tomó por la mano, y la levantó: y al momento la dejó la fiebre, y les servía.
[41] Y por la tarde puesto ya el sol, le traían todos los que estaban enfermos, y los endemoniados:
[42] Y toda la ciudad se había juntado a la puerta.
[43] Y lanzaba con su palabra los espíritus: y sanó todos los enfermos, poniendo las manos sobre cada uno de ellos.
[44] Y sanó a muchos, que eran afligidos de diversas enfermedades, para que se cumpliera lo que fue dicho por el profeta Isaías, que dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades: y cargó con nuestras dolencias.
[45] Y salían de muchos los demonios, gritando, y diciendo: Que tú eres el Hijo de Dios: y los reñía, y no les permitía decir, que sabían que él era el Cristo.
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