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Cardenal Angelo Sodano, La oración de la Iglesia por los pontífices Pablo VI y Juan Pablo I
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La oración de la Iglesia por los pontífices Pablo VI y Juan Pablo I

Homilía Del Cardenal Angelo Sodano, En Nombre Del Papa Jaun Pablo Ii, En La Basílica Vaticana, 28 De Septiembre

En toda celebración eucarística, la liturgia de la Iglesia nos invita a recordar a nuestros queridos difuntos. Es el conocido memento por «los que nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz» (cf. Canon romano). Se trata de una antigua tradición, que se remonta a los primeros formularios de las plegarias eucarísticas, más aún, según san Juan Crisóstomo al

mismo período apostólico (In Phil., hom. 3, 4: PG 62, 204).

En esa pausa de conmovedor recogimiento volvemos con el pensamiento a quien «nos ha precedido» en la peregrinación hacia la patria celestial, recordamos sus ejemplos de virtud e imploramos para él la paz en la casa del Padre. Precisamente a esto aluden las expresiones que podemos leer en muchas inscripciones conservadas también aquí, en el Vaticano, en la galería Lapidaria, en la primera logia del Palacio apostólico: «Praecessit fidelis in pace...», «Praecessit nos in pace...», «Praecessit in somno pacis». A lo largo de los siglos, la Iglesia ha querido siempre que, durante la celebración eucarística. los fieles se sintieran unidos por el vínculo consolador de la comunión de los santos. Y por eso al memento de los vivos sigue el de los difuntos, en el que encomendamos a Dios a quienes han dejado este mundo, ya sea que aún tengan necesidad de purificación, o bien gocen ya de la felicidad sin sombras del Paraíso.

1. El «memento» de dos grandes Pontífices

Con estos sentimientos, hoy hacemos memoria de los dos últimos recordados Sumos Pontifices, Pablo VI y Juan Pablo I, que hace 24 años se durmieron con la esperanza de la resurrección.

Era el 6 de agosto de 1978, solemnidad de la Transfiguración, cuando el ángel del Señor vino a llamar al venerado e inolvidable Papa Pablo VI, el siervo de Dios Giovanni Battista Montini, que se encontraba en Castelgandolfo. Habiendo recibido el viático y la unción de los enfermos, oró con los presentes hasta el final, hasta la muerte que llegó rápidamente y de modo sereno. En los días que siguieron, innumerables personas, autoridades y simples ciudadanos, se vieron embargados por un común sentimiento de turbación por el fallecimiento de este insigne Pastor, que había guiado la Iglesia durante el concilio Vaticano II y en el difícil período posconciliar. Todos sintieron dolor por su muerte. Ha quedado grabada en la memoria de muchos la imagen de su féretro colocado con gran sencillez durante las exequias en el centro del atrio de la basílica, mientras algunas ráfagas de viento giraban las paginas del Evangeliario puesto sobre él.

El pensamiento va, también, a aquel 28 de septiembre del mismo año, cuando el Señor quiso llamar a sí a su fiel y celoso servidor Juan Pablo I, el Papa Albino Luciani, después de apenas treinta y tres días de pontificado. La noticia de su muerte llegó repentinamente al alba del 29 de septiembre, sorprendiendo a todos y consternando a innumerables personas. El corazón del Papa había cedido. Muchos volvieron a Roma de todas las naciones para rendir homenaje a un Pontífice que, en un mes, habia conquistado el mundo con su sonrisa sencilla y paterna.

2. La hora de la oración

Hoy estamos reunidos en esta basílica, que tanto querían, para recordarlos y elevar a Dios nuestra oración en sufragio por ellos. Guiados por la liturgia, repetimos con fe: «Memento, Domine, famulorum tuorum Pauli Papae VI et Joannis Pauli Papae I..».

«Memento», es decir, «acuérdate». Ciertamente, el Señor no los ha olvidado jamás, pero es justo que toda la Iglesia, por la que estos Pontífices tanto trabajaron y sufrieron, haga especial memoria de ellos, pidiendo al Padre celestial que les conceda el premio reservado a los servidores fieles del Evangelio.

Y así, en el dogma consolador de la comunión de los santos, la participación en esta oración común, al mismo tiempo que nos permite sentir siempre unidos a nosotros a los Pontífices fallecidos, nos abre el corazón a la esperanza de contar, por nuestra parte, con su intercesión.

3. La coherencia evangélica

Hermanos y hermanas en el Señor, la liturgia de la palabra del XXVI domingo del tiempo ordinario nos ha propuesto esta tarde una página del evangelio, que subraya la coherencia cristiana. El evangelista san Mateo afirma claramente que, entre los dos hijos que Jesús pone como ejemplo, el que cumple la voluntad del padre no es el primero que dice «sí» y después no hace nada, sino el que, superado un primer impulsivo rechazo, actúa según la orden recibida (cf. Mt 21, 28-31).

Sobre el deber de coherencia moral, más urgente que nunca, también para las conciencias de los hombres de nuestro tiempo, insistieron muchas veces tanto uno como el otro Pontífice. El Papa Pablo VI, por ejemplo, exhortaba a los fieles así: «Nosotros, que tenemos la fortuna y la responsabilidad de ser bautizados, sabremos deducir de este hecho decisivo y maravilloso el estilo y la energía de una vida fuerte y nueva. La austeridad de la cruz no deberá hacernos

retroceder ante un compromiso cristiano valiente, sino atraernos al mismo. Eduquemos de nuevo nuestra conducta de acuerdo con el carácter genuino y viril del seguidor de Cristo; de esta forma daremos autenticidad y vitalidad a nuestra profesión cristiana y, con la ayuda de Dios, nos capacitaremos para llevar a nuestro mundo el mensaje renovador y beatificante del reino de Cristo» (Catequesis del 19 de septiembre de 1973: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de septiembre de 1973, p. 4).

Y Juan Pablo I, en una de las cuatro audiencias generales que presidió, a propósito de la fe pronunció, entre otras, estas palabras que se hacen eco precisamente del evangelio que acabamos de escuchar: «Ahí está, no hay que decir: Sí, pero; sí, luego. Hay que decir: Sí, enseguida, Señor. Esta es la fe, responder con generosidad al Señor. Pero ¿quién dice este sí? El que es humilde y se fía enteramente de Dios» (Catequesis del 13 de septiembre de 1978: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de septiembre de 1978, p. 3).

4. Testigos de Cristo

Sólo quien es coherente a fondo puede ser testigo auténtico de Cristo. Por otra parte, ¿de qué sirve llamarse cristiano, si uno no se esfuerza por serlo verdaderamente? Esta ha sido la enseñanza y el ejemplo constante de los santos. Esto lo repitieron también en diversas ocasiones los dos Papas que hoy conmemoramos. ¿Cómo no citar, por ejemplo, el célebre pasaje de la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, donde Pablo VI observa que «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos» (n. 41)?

Las palabras pueden resultar ineficaces si falta el testimonio. Demos gracias a Dios que, en los Pontífices Pablo VI y Juan Pablo I, no sólo dio a su Iglesia luminosos maestros de la doctrina católica, sino también y sobre todo fieles y valientes testigos del Evangelio. Precisamente por eso su recuerdo sigue suscitando la estima, el afecto y la veneración del pueblo de Dios.

Por nuestra parte, nos comprometemos a honrar su recuerdo, caminando en comunión filial y sincera con el Santo Padre Juan Pablo II, presente espiritualmente en esta celebración.

Nos ayude y acompañe María, a cuya protección materna encomendamos las almas elegidas de estos dos devotos hijos suyos. Ella, que en el cielo es «resplandor meridiano de caridad», sea siempre para nosotros, peregrinos en el mundo, «fuente viva de esperanza» (Dante, Paraiso XXXIII, 10-12).

Así sea.

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