1. En el libro del profeta IsaÃas convergen voces diversas, distribuidas en un amplio arco de tiempo y todas puestas bajo el nombre y la inspiracion de este grandioso testigo de la palabra de Dios, que vivió en el siglo VIII antes de Cristo.
En este vasto libro de profecÃas que también Jesús desenrolló y leyó en la sinagoga de su pueblo, Nazaret (cf. Lc 4, 17-19), se halla una serie de capÃtulos, que va del 24 al 27, denominada habitualmente por los estudiosos «el gran Apocalipsis de IsaÃas». En efecto, se encontrará en él una segunda y menor en los capÃtulos 34-35. En páginas a menudo ardientes y densas de sÃmbolos, se delinea una fuerte descripción poética del juicio divino sobre la historia y se exalta la espera de salvación por parte de los justos.
2. Con frecuencia, como sucederá con el Apocalipsis de san Juan, se oponen dos ciudades contrapuestas entre sÃ: la ciudad rebelde, encarnada en algunos centros históricos de entonces, y la ciudad santa, donde se reunen los fieles.
Pues bien, el cántico que acaba de proclamarse, y que está tornado del capitulo 26 de IsaÃas, es precisamente la celebración gozosa de la ciudad de la salvación. Se eleva fuerte y gloriosa, porque el Señor mismo ha puesto sus fundamentos y sus murallas de protección, transformandola en una morada segura y tranquila (cf. v. 1). Él abre ahora sus puertas de par en par, para acoger al pueblo de los justos (cf. v. 2), que parece repetir las palabras del salmista cuando, delante del templo de SÃon, exclama: «Abridme las puertas del triunfo y entraré para gracias al Señor. Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella» (Sal 177, 19-20).
3. Quien entra en la ciudad de la salvación debe cumplir un requisito fundamental: «ánimo firme, ... fiarse de ti, ... confiar» (cf. Is 26, 3-4). Es la fe en Dios, una fe sólida, basada en él, que es la «Roca eterna» (v. 4).
Es la confianza, ya expresada en la raÃz originaria hebrea de la palabra «amén», profesión sintética de fe en el Señor, que, como cantaba el rey David, es «mi fortaleza, mi roca, mi alcazar, mi libertador; mi Dios, pena mÃa, refugio mÃo, mi escudo y baluarte, mi fuerza salvadora» (Sal 17, 2-3; cf. 2 S 22, 2-3).
El don que Dios ofrece a los fieles es la paz (cf. Is 26, 3), el don mesiánico por excelencia, sÃntesis de vida en la justicia, en la libertad y en la alegrÃa de la comunión.
4. Es un don reafirmado con fuerza también en el versÃculo final del cántico de IsaÃas: «Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú» (v. 12). Este versÃculo atrajo la atención de los Padres de la Iglesia: en aquella promesa de paz vislumbraron las palabras de Cristo que resonarÃan siglos más tarde: «Os dejo la paz, mi paz os doy» (Jn 14, 27).
En su Comentario al evangelio de Juan, san Cirilo de AlejandrÃa recuerda que, al dar la paz, Jesús da su mismo EspÃritu. Por tanto, no nos deja huérfanos, sino que, mediante el Espiritu, permanece con nosotros. Y san Cirilo comenta: el profeta «pide que venga el EspÃritu divino, por el cual hemos sido admitidos de nuevo en la amistad con Dios Padre, del que antes estábamos alejados por el pecado que reinaba en nosotros». El comentario se transforma luego en oración: «Oh Señor, concédenos la paz. Entonces admitiremos que tenemos todo, y nos parecerá que no le falta nada a quien ha recibido la plenitud de Cristo. En efecto, la plenitud de todo bien es que Dios more en nosotros por el EspÃritu (cf. Col 1, 19)» (vol. III, Roma 1994, p. 165).
5. Demos una última mirada al texto de IsaÃas. Presenta una reflexión sobre la «senda recta del justo» (cf. v. 7) y una declaración de adhesión a las decisiones justas de Dios (cf. vv. 8-9). La imagen dominante es la de la senda, clásica en la Biblia, como ya habÃa declarado Oseas, profeta poco anterior a IsaÃas: «¿Quién es sabio para entender estas cosas, inteligente para conocerlas?: Que rectos son los caminos del Señor, por ellos caminan los justos, mas los rebeldes en ellos tropiezan» (Os 14, 10).
En el cántico de IsaÃas hay otro componente, que es muy sugestivo también por el uso litúrgico que hace de él la liturgia de Laudes. En efecto, se menciona el alba, esperada después de una noche dedicada a la búsqueda de Dios: «Mi alma lo ansÃa de noche, mi espÃritu en mi interior madruga por ti» (Is 26, 9).
Precisamente a las puertas del dÃa, cuando inicia el trabajo y bulle ya la vida diaria en las calles de la ciudad, el fiel debe comprometerse nuevamente a caminar «en la senda de tus juicios, Señor» (v. 8), esperando en él y en su palabra, única fuente de paz.
Afloran entonces en .sus labios las palabras del salmista, que desde la aurora profesa su fe: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma esta sedienta de ti. (...) Tu gracia vale más que la vida» (Sal 62, 2. 4). AsÃ, con el ánimo fortalecido, puede afrontar la nueva jornada.
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