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Conferencia Episcopal de Guatemala, He visto el sufrimiento de mi pueblo
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He visto el sufrimiento de mi pueblo

Comunicado de la Confrerencia episcopal de Guatemala al final de su asamblea plenaria

Los obispos de Guatemala, al finalizar nuestra asamblea plenaria anual, con las palabras de Jesús a Pedro: «Rema mar adentro y lanza las redes» (Lc 5, 4), invitamos al pueblo cristiano a no perder la esperanza y a tener seguridad de que, después de una lucha ardua y fatigosa, Ilegara para Guatemala un período abundante de justicia y de paz verdadera. Así lo hemos pedido a Dios, unidos al Papa Juan Pablo II, que convocó en Asís a numerosos lideres de las diversas denominaciones cristianas y de otras religiones para implorar el reinado de la paz y la justicia en el mundo entero.

iQue bien nos hace alentar la esperanza en momentos como el actual en el que compartimos los sufrimientos de la mayoría de guatemaltecos que, sin trabajo y sin comida, ven negados en la práctica sus derechos a una vida digna, saludable y tranquila!

Nos ayuda el recuerdo del beato hermano Pedro de San Jose de Bethancourt, cuya canonización es posible que se realice muy pronto. Efectivamente, evocar su memoria y su presencia en nuestra historia, su ejemplo de amor y entrega a los pobres y necesitados, no puede menos de inspirarnos y animarnos para ejercer fielmente nuestro servicio pastoral en esta Guatemala, en la que por desgracia muchos guatemaltecos, y aun extranjeros, cediendo a la ambición y al egoísmo, se han olvidado de Dios, olvidandose de su prójimo, y contribuyen a que la pobreza crezca, la impunidad se mantenga y la corrupción aumente.

«He visto el sufrimiento de mi pueblo» (Ex 3, 1 ss)

Millones de guatemaltecos sufren, desde hace mucho tiempo, las consecuencias de vivir en una sociedad tremendamente injusta y excluyente. Nuestra conciencia de pastores nos impulsa a condenar esta situación, denunciando algunas de sus manifestaciones más doforosas en el momento actual:

- «Más de la mitad de la población sobrevive bajo niveles de pobreza, particularmente en el área rural y sobre todo en las áreas de población indígena, mientras que solamente unas dos mil familias tienen un ingreso de casi dos millones de quetzales al año» (PNUD. Informe sobre desarrollo humano 2001, p. 76).

- Los servicios de educación, salud, vivienda, agua y saneamiento no sólo están distribuidos en forma desigual e injusta, sino que algunos de ellos han sufrido merma en su financiamiento en el presupuesto nacional, mientras se ha aumentado el presupuesto para el ejército.

- El país sigue sufriendo el cáncer de la corrupción pública y privada que debilita cualquier esfuerzo por corregir el curso de nuestra historia.

- La baja recaudación de impuestos evidencia, por un lado, la debilidad de un Gobierno que no ejercita adecuadamente su soberanía fiscal y, por el otro, pone de manifiesto la falta de principios morales y conciencia social en aquellos que, aunque se autoconsideran cristianos, evaden el pago de los impuestos.

- En muchas municipalidades del país no se busca el bien común del municipio, sino el interés del partido, y no se implementan programas que resuelvan los problemas de la contaminación ambiental.

- Las empresas privadas de telefonía y energía eléctrica abusan inmoralmente en el cobro del servicio a los usuarios.

- En el último año ha habido un patrón sistemático de ataque, hostigamiento y amenazas contra algunos operadores de justicia.

Es preocupante que se haya perdido la confianza y la credibilidad en los poderes del Estado, porque la lucha interna que es notoria entre los organismos del Gobierno y también la persistencia de poderes fácticos totalmente negativos para el bien del país, han impedido el establecimiento de políticas públicas definidas que presenten a nuestros gobernantes como rectores de acciones encaminadas a superar los problemas nacionales. Es indiscutible - la población lo percibe claramente- que, cuando prevalecen los intereses de poder personal y político partidista, se deja de lado las demandas y necesidades de las grandes mayorías de pobres y excluidos. El innegable enfrentamiento entre sectores del Gobierno y de la oligarquía prepotente y voraz no es sino una manifestación más de la lucha de poder y de la defensa de intereses inconfesados.

Sin embargo, es en este país, que parece haber perdido el rumbo y cuyos problemas se acumulan sin que se vea una verdadera solución, donde escuchamos las palabras de Jesús que renuevan nuestra esperanza: «Rema mar adentro y lanza las redes» (Lc 4, 5)

¿Qué significan la fe auténtica, la vida y la esperanza cristianas?

La identidad del pueblo guatemalteco es profundamente religiosa (cf. Conferencia episcopal de Guatemala, Plan global 2001-2006, n. 76). Diariamente en muchísimas comunidades cristianas se repite con esperanza en la oración del Padre nuestro: «Venga a nosotros tu reino» (Mt 6,10), pero al mismo tiempo, ¿se recuerda el compromiso cristiano de hacer presente ese reino de Dios en el mundo? (cf. Catecismo de la Iglesia catolica, n. 1102). En esa tarea, junto a la gracia divina que nos asiste (cf. Rm 12, 3), se ve también implicada la persona total en su esfuerzo por mejorar sus relaciones con Dios y con los demás (cf. Mc 12, 29-31) (cf. Catecismo de la Iglesia catolica, n. 2196 ss). Se trata de la conversión constante, y de un compromiso activo por vivir lo que se cree, como manera concreta de glorificar a Dios: «Brille así la luz de ustedes ante todos, para que, viendo sus buenas obras, glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). En otras palabras, la esperanza es posible cuando se responde a Dios, uniendo fe y vida en Jesucristo (cf. Catecismo de la Iglesia catolica, n. 671 ss). Creemos que en la Guatemala actual esta verdad fundamental debe mantenerse clara, pues muchos de nuestros hermanos sienten la tentación de refugiarse en una religiosidad subjetiva, sectaria y mal Ilamada «evangélica», que está proyectada a satisfacer la necesidad personal de consuelo inmediato, de tranquilidad de conciencia, y satisfacción íntima (cf. Redemptoris missio, 32).

Contemplando, en cambio, el ejemplo del hermano Pedro, encontramos una indicación clara de aquella religión verdadera, agradable a Dios, que consiste en el ejercicio de la caridad, es decir, de un amor sincero y constructivo (cf. St 1, 27). Sin el amor, cuyo fruto es la solidaridad, el cristiano corre el riesgo de ser solamente «bronce que suena, campana que repica» (1 Co 13, 2 ss). ¿Es posible vivir la esperanza en la Guatemala de nuestros días? Ante el grave riesgo de perder esta virtud teologal por las crisis sociales, por la pérdida de valores humanos y por el desaliento ciudadano, y ante el peligro de disminuir el esfuerzo por el bien, la solidaridad y la justicia, el mensaje de los obispos de Guatemala quiere ser un eco del Ilamado de Dios a «vencer el mal del mundo» (cf. Jn 16, 33) y a seguir «remando mar adentro» (cf. Lc 5, 4) uniendo fe y vida con la convicción de que sólo es posible confesar a Jesucristo después de haberle aliviado de su sufrimiento en los hermanos (cf. Redemptoris missio, 12 ss). «Acuerdense de quienes les anunciaron la Palabra y, contemplando su vida, imiten su ejemplo» (cf. Hb 13, 7:).

¿Que hemos de imitar de nuestros santos guatemaltecos?

El testimonio de vida del beato hermano Pedro, por ejemplo, debe Ilevarnos a los creyentes en Jesucristo a cumplir la voluntad de Dios en la realidad concreta de nuestra patria, Guatemala. Estamos Ilamados a ser aquí mismo luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 9 ss). Para el cristiano verdadero no hay lugar para la violencia ni para la desesperación, pero tampoco para la falta de compromiso con el bien (cf. Catecismo de la Iglesia catolica, n. 2091 ss). Hemos de vivir una esperanza activa y constructora del bien de los demás, mientras estamos en el mundo (cf. ib., nn. 1042-1050). Por eso, exhortamos a todos los guatemaltecos no sólo a denunciar lo que atenta contra la persona y sus derechos, sino a rescatar diariamente los valores morales que deben regir nuestra convivencia y favorecer relaciones de justicia y respeto. En esta tarea y en la hora actual, todos tenemos una serie de responsabilidades muy especiales:

- Exigir y promover el cumplimiento de los Acuerdos de paz, como un deber de conciencia para quienes buscamos el reino de Dios en este mundo.

- Demandar al Gobierno actual que sus promesas de lucha contra la pobreza, la impunidad y la corrupción, y los esfuerzos de satisfacer las necesidades básicas de salud, educación, vivienda, se hagan verdaderas y eficaces.

- Asimismo, ante la próxima elección de los magistrados al Tribunal supremo electoral, del fiscal general de la República, del procurador general de la nación, del procurador de los derechos humanos, del contralor general de la República, debemos velar para que dichas elecciones se realicen con la debida transparencia, apoyando los esfuerzos de aquellas organizaciones de la

sociedad civil en favor de una elección que responda a los criterios de idoneidad, honorabilidad, capacidad, experiencia profesional y excelencia académica.

- Recordar continuamente al sector empresarial, y a quienes se dedican a la producción económica en general; el deber que tienen de ser justos y honrados en la administración de los bienes, de tal manera que favorezcan también a los más pobres y excluidos.

- Pedir a los sectores profesionales dedicados a la asistencia sanitaria que presten sus servicios con responsabilidad y sensibilidad ante el dolor de los enfermos; y a todos los gremios profesionales en general la vivencia de una ética de solidaridad en una nación empobrecida como la nuestra.

- Recordar a los trabajadores del campo y la ciudad la importancia de no perder en ningún momento los principios de la responsabilidad, honradez y búsqueda del bien de los hermanos.

Conclusión

«Acordaos, hermanos, que un alma tenemos, y si la perdemos, no la recobramos».

Por medio de esta frase grabada profundamente en la memoria religiosa de todos los guatemaltecos, aquel hombre pobre y sencillo de la Guatemala del sigo XVII parece visitar de nuevo las caIles de nuestras conciencias en los inicios del siglo XXI, para inquietarnos, para advertirnos del peligro de perder lo más importante: nuestra alma y, con ello, echar a perder el futuro de la nación. El mismo Señor Jesús se acerca a cada uno de nosotros, con el ejemplo del beato hermano Pedro, para urgirnos a no decaer en la esperanza sino que, manteniendo unida la fe y la vida, mediante el compromiso de todos los guatemaltecos, logremos Ilegar a constituir una verdadera familia de hermanos Iibres y unidos, capaces de superar cualquier diferencia de raza, cultura, clase social y religión.

No queremos terminar este comunicado con nuestro pueblo y con los hombres y mujeres de buena voluntad, sin hacer memoria del execrable crimen cometido en la persona de nuestro hermano obispo monseñor Juan Gerardi Conedera, hace ya cuatro años. Aunque se ha avanzado en el proceso judicial, todavía no se ha clarificado plenamente este hecho que Ilena de dolor al pueblo fiel. La Conferencia episcopal de Guatemala siempre ha mantenido una posición firme para que se sepa toda la verdad, sea esta cual fuere, como un acto de justicia a la memoria de quien fuera un buen pastor, un luchador incansable por la verdad y la justicia y en contra de la impunidad y la mentira.

Invocando la protección amorosa de nuestra Madre la Virgen santísima y del beato hermano Pedro, imploramos la bendición de Dios sobre nuestra patria, Guatemala.

Guatemala de la Asunción, 25 de enero de 2002.

Los obispos de Guatemala

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