Consejo Pontificio para la Familia, Conclusiones de un congreso teológico-pastoral con motivo del vigésimo aniversario de la "Familiaris consortio"
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Conclusiones de un congreso teológico pastoral con motivo del vigésimo aniversario de la «Familiaris consortio»

Organizado por el Consejo Pontificio para la Familia, se celebró en noviembre del 2001

Invitados por el Consejo pontificio para la familia, nos reunimos, del 21 al 24 de noviembre de 2001, en la sala antigua del Sínodo (Ciudad del Vaticano), para celebrar el vigésimo aniversario de la publicación de la exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio de Su Santidad Juan Pablo II y para poner de relieve el alcance de este documento para el futuro de la pastoral familiar.

Ante todo, situamos la Exhortación en el marco que explica su génesis. Este documento de Juan Pablo II constituye en cierto modo la charta magna de la doctrina y de la enseñanza pastoral de la Iglesia por lo que atañe a la familia y su servicio a la vida. Arroja mucha luz sobre las nuevas cuestiones que se plantean para el futuro de la familia.

La exhortación apostólica Familiaris consortio fue el fruto doctrinal y pastoral del Sínodo de los obispos que se reunió en octubre de 1980, el primer Sínodo del pontificado de Juan Pablo II, centrado en «la misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo». Ese Sínodo sobre la familia tuvo lugar después del Sínodo sobre la evangelización, del que surgió la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, y después del Sínodo sobre la catequesis, que inspiró la exhortación apostólica Catechesi tradendae. «Fue continuación natural de los anteriores. En efecto, la familia cristiana es la primera comunidad Ilamada a anunciar el Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la plena madurez humana y cristiana, mediante una progresiva educación y catequesis» (Familiaris cansortio, 2). Estos. tres documentos sinodales hunden sus raíces en la contitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, del 7 de diciembre de 1965.

El Santo Padre Juan Pablo II encomendó el texto de las Proposiciones del Sínodo sobre la familia «al Consejo pontificio para la familia, disponiendo que haga un estudio profundo de las mismas, a fin de valorar todos los aspectos de las riquezas allí contenidas» (ib.).

Después de la publicación de la Familiaris consortio se han producido muchos cambios. La pastoral familiar y también la reflexión teológica sobre el matrimonio y sobre la vida se han desarrollado mucho, siguiendo las orientaciones del Magisterio de la Iglesia. Los movimientos de espiritualidad conyugal se han multiplicado y diversificado.

Desde los tiempos del Sínodo de 1980 ya eran evidentes las amenazas que se cernían sobre la familia y las cuestiones planteadas con respecto a ella. Por desgracia, esas amenazas se han intensificado. La cuestión se ha desplazado del problema del divorcio al de las «parejas de hecho», del problema del modo de tratar la infecundidad femenina al del «embrión humano», creado «a la medida», del problema del aborto al de la manipulación de los embriones humanos, del problema de la píldora anticonceptiva al de la píldora que es también abortiva. La legislación del aborto se ha difundido prácticamente en casi todo el mundo. Se ha Ilegado a poner en duda el bien de la familia, contraponiendole otros «modelos», incluido el homosexual, otros «estilos de vida» que excluyen el compromiso, la permanencia, la fidelidad. Se ha insistido hasta el paroxismo en la exaltación del individuo, de sus intereses y de su placer.

También el rostro de la familia ha cambiado, evolucionando hacia una creciente «privatización», hacia una reducción a las dimensiones de familia nuclear. Más grave en la actualidad es la ceguera que afecta a gran parte de la opinión pública, por la que muy frecuentemente no se reconoce ya que la familia fundada en el matrimonio es la célula fundamental de la sociedad, un bien del que no se puede privar. La familia, como afirma el Santo Padre en el mensaje que dirigió a nuestra asamblea, está sometida a una agresión violenta por parte de ciertos sectores de la sociedad moderna. Se presentan «alternativas» posibles a la familia calificada como «tradicional». A las parejas efímeras, que no quieren comprometerse formalmente en el matrimonio, ni siquiera civil, se les otorgan los derechos y las ventajas de una auténtica familia, eximiéndoles de sus deberes propios. Oficializar las «uniones de hecho», incluidas las parejas homosexuales, que a veces pretenden hasta un derecho de adopción, plantea problemas muy graves, especialmente de orden psicológico, social y jurídico.

Estas dificultades son precisamente las que nos impulsan a profundizar en el mensaje que constituye el núcleo de la Familiaris consortio: la «buena nueva sobre la familia», tal como procede del plan de Dios, «ab initio», desde sus origenes. La familia cristiana, cuando es fiel a sí misma, testimonia su dinamismo y la esperanza que entraña.

iFamilia, sé lo que eres!

La exhortación apostólica Familiaris consortio subrayó la identidad de la familia, fundada en el matrimonio. Es una comunidad de vida y de amor conyugal. En una fidelidad sin reservas, el hombre y la mujer se entregan el uno al otro y se aman con un amor abierto a la vida. La familia no es producto de una cultura, resultado de una evolución; no es un modo de vida comunitario vinculado a cierta organización social. Es una institución natural, anterior a cualquier organización política o jurídica. Se funda en una verdad que ella no produce, porque fue querida directamente por Dios.

«iFamilia, sé lo que eres!». Con esta exclamación Juan Pablo II invitó a las familias del mundo entero a volver a encontrar en sí mismas su verdad y a realizarla en medio del mundo. Hoy, en un mundo minado por el escepticismo, el Santo Padre impulsa a las familias a redescubrir esta verdad sobre sí mismas, añadiendo: «iFamilia, cree en lo que eres!».

La familia, «arquitectura de Dios», plan inviolable de Dios, es también «arquitectura del hombre», compromiso del hombre en el designio divino. A la luz de nuestra experiencia, hemos examinado de nuevo las cuatro tareas que la Familiaris consortio asigna a la familia: la formación de una comunidad de personas, el servicio a la vida, la participación en el desarrollo de la sociedad y la misión evangelizadora.

La formación de una comunidad de personas

En la Familiaris consortio se aprecia con plena claridad la identidad que da a la familia el fundamento de su misión específica. Como comunidad de vida y de amor conyugal, el matrimonio, fundamento de la familia, es una comunión de personas. Esta se abre a una comunión más amplia, la comunión familiar entre todos los miembros de la familia. En cierto modo se puede decir, a la luz del misterio de Cristo, que la familia, fundada en el sacramento del matrimonio, al constituirse, se convierte en el símbolo humano del amor de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5, 32).

El servicio a la vida

El don de la persona a la persona brota y se realiza en el don de la vida al hijo. La Familiaris consortio profundiza la doctrina de la Iglesia, que no separa el amor y el compromiso recíproco de los cónyuges de la misión procreadora encomendada a ellos, la cual sólo encuentra su lugar adecuado en el matrimonio.

La Familiaris consortio presenta una visión renovada de la sexualidad en el marco de la comunión, alma y cuerpo, de los cónyuges. A la luz de una antropología que se niega a separar alma y cuerpo, el acto sexual se muestra ya como expresión del don total de la persona a la persona. Por este motivo se subraya que la anticoncepción, obstácuto voluntariamente opuesto al nacimiento de la vida, altera la relación de amor auténtico entre los cónyuges.

En cambio, ese obstáculo no existe en los métodos naturales, que respetan el cuerpo y están abiertos a la vida. Hemos constatado los progresos realizados en los últimos años en este campo. El valor altamente científico de los métodos naturales se reconoce cada vez más. Por otra parte, pueden resolver también los problemas de infecundidad. Además, estos métodos constituyen una pedagogía para un amor que respeta la peculiaridad femenina, e implican un diálogo auténtico en la pareja. Esos métodos son diversos y es preciso verlos cada vez más como complementarios. Los métodos naturales son valiosos, cuando justos y graves motivos exigen distanciar los nacimientos. Sin embargo, su utilización no puede justificarse moralmente cuando se recurre a ellos con una mentalidad hedonista, cerrada a la vida.

La educación continúa la obra de la procreación

Esta misión de paternidad y maternidad responsable, abierta a la vida, comprende la misión educativa, la formación integral de los hijos. Asumir la responsabilidad de la venida al mundo de un nuevo ser humano significa comprometerse a educarlo. La Familiaris consortio (cf. nn. 38, 39 y 40) presenta esta educación como «participación» de los padres «en la obra creadora de Dios» (n. 38), como un verdadero «ministerio» de la Iglesia.

En la familia es donde los hijos reciben de los padres los principios básicos en torno a los cuales se va organizando su personalidad. Según el ejemplo que reciben de sus padres, los niños modelan su propia actitud frente a la vida y sus exigencias. Con sus relaciones de hermanos y hermanas se inician del mejor modo posible en la vida social.

La familia, más que cualquier otra institución, puede asumir muy bien la educación sexual de los hijos . En el clima de confianza y de verdad que existe entre padres e hijos, esta formación puede garantizarse de la mejor manera posible, con delicadeza, y siempre en función de lo que el niño puede entender en su actual nivel de maduración.

La comunidad educativa debe tener, de modo general, la preocupación de actuar de acuerdo con los padres. Esto es particularmente verdadero e importante en este campo sensible y delicado de la educación sexual, en el que una educación sexual escolar inoportuna puede producir mucho daño.

La familia, célula fundamental de la sociedad

El documento Familiaris consortio subrayó la función que desempeña la familia en el desarrollo de la sociedad (cf. nn. 42-48). Eso resulta hoy mucho más evidente. Cuando sirve a la vida, cuando forma a los ciudadanos del futuro, cuando comunica sus valores humanos, que son fundamentales para la nación, cuando introduce a los hijos en la soviedad. La familia desmpeña una función esencial: es patrimonio común de la humanidad. Tanto la razón natural como la Revelación divina contienen esta verdad. Como decía el Vaticano II, la familia constituye «la célula primera y vital de la sociedad».

Así pues, la familia tiene una dimensión de bien común universal. Representa la primera comunidad humana y humaniza la sociedad. Tiene derechos y deberes. En este campo es donde, a petición de la misma exhortación apostólica Familiaris consortio, la Carta de los derechos de la familia, publicada por la Santa Sede en 1983, como complemento de la exhortación apostólica, ocupa un lugar eminente y constituye un valioso instrumento de diálogo.

Este tema de la participación de la familia en la vida y en el desarrollo de la sociedad ha sido abundantemente tratado en la enseñanza del Papa Juan Pablo II.

El Santo Padre ha subrayado en repetidas ocasiones el valor social e histórico de la familia, frente a los movimientos culturales que no son favorables a ella. Ningún tema relativo a la Iglesia ocupa hoy tanto a los parlamentos como el tema de la familia y de la vida. Se encuentran por doquier proyectos en debate al respecto, aunque no siempre con vistas a una mejora. La Iglesia no considera esta lucha por los derechos de la familia en la sociedad como un dominio privado, pero desde siempre se ha comprometido en este desafío. Ha asumido su responsabilidad frente a la humanidad.

En estas relaciones de la familia con la sociedad se insertan las problemáticas «políticas de población». Es verdad que la población del mundo ha aumentado. Sin embargo, no se debe a un alto grado de fecundidad, sino a la disminución de la mortalidad y al aumento extraordinario de la esperanza de vida. Las últimas estadísticas de la población mundial, publicadas por la División de la Población de la ONU, muestran que la «explosión demográfica» es un mito. Por tanto, en nombre de tal mito algunas instituciones internacionales, apoyadas por ciertas Organizaciones no gubernamentales, se sintieron autorizadas a imponer «políticas demográficas», moralmente inaceptables, a numerosos países pobres, con el pretexto de remediar su pobreza. Ahora, desde el punto de vista científico, no se puede establecer una correlación entre la situación demográfica de una población y la pobreza que la aflige.

La familia «iglesia doméstica»

La Exhortación nos ha reafirmado en la convicción de que la familia cristiana es «una iglesia en miniatura», una «iglesia doméstica» (cf. Familiaris consortio, 49).

La proclamación del evangelio de la familia se realiza en la Iglesia. Es aquí donde la familia lo ha recibido. Esta proclamación implica crecimiento en la fe, enriquecimiento en la catequesis, estímulo a una vida marcada por una entrega de sí y una solidaridad efectiva.

Pero también hay un anuncio del Evangelio a los no cristianos, a los no creyentes, y la familia cristiana esta Ilamada, también allí, a un fuerte compromiso misionero. Todo ello se Ileva a cabo principalmente con el testimonio de vida que los hogares cristianos, alegres, cordiales, acogedores y abiertos, dan en su entorno, irradiando el espirito del Evangelio.

Es el gran mensaje de la Familiaris consortio, su envio a la misión de algún modo, para la pastoral familiar.

La pastoral familiar

Esta pastoral se ha desarrollado mucho. Como dijo Juan Pablo II a nuestro congreso, «después de la publicación de la Familiaris consortio se acentuado en la Iglesia el interés por la familia y son innumerables las diócesis y parroquias en las que la pastoral familiar ha Ilegado a ser un objetivo prioritario». A través de los testimonios que se han presentado a lo largo de nuestro congreso, hemos visto cómo se está Ilevando a cabo esta pastoral de la familia. Esos testimonios, procedentes de todos los continentes, demuestran que muchísimos hogares cristianos están animados por el amor de la verdad sobre la familia. Atestiguan con entusiasmo la buena nueva que los impulsa. Manifiestan en su entorno el auténtico rostro de la familia. Como dice el Santo Padre: «En su humildad y sencillez, el testimonio de vida hogareña puede convertirse en un medio de evangelización de primer orden».

Una de las principales preocupaciones de la pastoral de la familia consiste en ayudar a los matrimonios jóvenes, a los que a veces asalta la duda de si serán capaces de vivir la fidelidad conyugal durante toda la vida. También se ha tornado una conciencia cada vez mayor de la necesidad de la ayuda pastoral a los divorciados que se han vuelto a casar. Los criterios que da al respecto la Familiaris consortio son claros y deben respetarse. La Iglesia no tiene el poder de modificar lo que hunde sus raíces en la enseñanza del Señor. Pero los divorciados que se han vuelto a casar por lo civil no deben sentirse fuera de la Iglesia, excluidos. Como dice el Santo Padre: «La Iglesia, instituida para conducir a la salvación de los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a quienes -unidos ya con el vínculo matrimonial sacramental- han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto, procurará infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación» (Familiaris consortio, 84). Todos «ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aún debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida» (ib.).

Esta buena nueva de la familia ha sido ilustrada, de modo esplendido, en los Encuentros mundiales del Santo Padre con las familias. Ya se han celebrado tres: en Roma, el año 1994, con ocasión del Año internacional de la familia; en Río de Janeiro, el año 1997; y de nuevo en Roma, en el año 2000, con motivo del Jubileo de las familias. Invitamos a las familias del mundo entero a la próxima cita mundial, que tendrá lugar en Manila (Filipinas), en enero del año 2003.

Resoluciones

Al concluir nuestra reflexión sobre la situación actual de la familia y de la pastoral familiar en el mundo, veinte años después de la publicación de la exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, deseamos formular algunas resoluciones.

1. La comunidad familiar debe considerarse en la unidad de sus miembros y no de modo separado, respetando su identidad, como bien precioso para la sociedad y para la Iglesia. Invitamos vivamente a las personas que se preparan para el matrimonio a reflexionar, con la ayuda de los pastores y de los laicos que las acompañan, sobre su proyecto de vida. Conviene estimular a los futuros esposos a descubrir las riquezas del amor que Ilevan en sí, para que capten claramente las dimensiones de totalidad, fidelidad y castidad conyugal. Esta reflexión profunda debe Ilevarlos a realizar bien el carácter definitivo de su compromiso mutuo.

2. Alentamos a los pastores a presentar claramente a los fieles que se preparan para el matrimonio la enseñanza de la Iglesia en materia de moral conyugal como se halla expuesta en la encíclica Humanae vitae y en la exhortación apostólica Familiaris consortio, y recogida en la Carta a las familias. Esta enseñanza debe ser objeto de un intercambio con los futuros cónyuges. Debe

Llevarnos a manifestar claramente la apertura del futuro matrimonio a la acogida de la vida.

3. Exhortamos a los padres cristianos a tomar en serio su misión de educadores de sus hijos, por medio de una catequesis integral. Es preciso que se den cuenta de que se trata de una educación a traves de la cual deben transmitir a sus hijos el patrimonio humano y espiritual que ellos mismos han recibido. Deben preocuparse de mantener en su hogar un clima cristiano de libertad, de respeto mutuo y de rigor moral. Los padres, con la oración diaria en familia y con las primeras explicaciones sencillas dadas a los hijos, los han de iniciar progresivamente en las verdades de la fe.

4. Los padres deben saberse y sentirse responsables de la educación sexual de sus hijos. Esta responsabilidad permanece, incluso cuando la educación sexual se imparte en otras comunidades educativas. Ante todo con el testimonio de su amor conyugal y de su respeto mutuo han de invitar a sus hijos a descubrir la belleza del amor responsable, en el marco de la verdad y de la formación en la libertad auténtica. Los padres deben preocuparse de educar a sus hijos desde pequeños en los valores humanos de generosidad, entrega, respeto a los demás, dominio de sí mismos y templanza. Han de saber responder sin subterfugios a las preguntas que les plantean sus hijos en materia de sexualidad. Las respuestas deben ser claras, sencillas, adaptadas a lo que el niño es capaz de comprender y asimilar. Los padres, siempre dispuestos a escuchar, han de ser los confidentes de sus hijos, y cada uno de los padres desempeña a este respecto un papel específico.

5. Nos dirigimos a los políticos y a los legisladores, exhortandolos a defender los valores de la familia en las instancias locales y regionales, así como en los Parlamentos". Que se escuche la voz de las familias del mundo entero, garantía del futuro de las naciones. Los derechos de las familias han de proclamarse y reconocerse claramente. Las familias mismas deben saber organizarse, en el ámbito político, para lograr que se reconozca su peso real frente las minorías que militan contra la famia y contra la vida. Es preciso que en todas las naciones se entable un auténtico diálogo sobre las cuestiones fundamentales del derecho de las familias, de la educación familiar y de la contribución que el Estado debe dar a esta ducación familiar.

6. Es necesario encuadrar la situaicón contemporánea de la familia y de la vida en una «visión integral del hombre y de su vocación» (Humanae vitae, 7; cf. Familiaris consortio, 32) en una auténtica antropología. Las complejas problemáticas actuales, que se refieren a la ética de la vida humana, atestiguan que se ha oscurecido el nexo estrechísimo, querido por Dios mismo, entre la familia y la procreación. Esto se debe a un prejuicio positivista y cientificista, por el cual se rompe la íntima unidad antropológica entre la familia y el servicio a la vida, como si la procreación fuera un problema que tocará sólo a los científicos en sus laboratorios. La procreación se fragmenta en una casuística compleja, con lo que se corre el peligro de perder una visión integral de la persona, de la familia y de la vida. Pedimos al Consejo pontificio para la familia que realice un estudio especial sobre esta cuestión, poniendo aún más de relieve que la familia fundada en el matrimonio, según el proyecto de Dios creador, es el sujeto de la procreación.

7. La apertura del amor conyugal a la vida es un aspecto urgente que es preciso volver a descubrir. La mentalidad anticonceptiva, denunciada hace veinte años por la Familiaris consortio, afecta también hoy, por desgracia, a muchas de nuestras comunidades. Es necesario redoblar los esfuerzos de presencia y de acción efectiva favorable a la familia y a la vida: en la sociedad (leyes y políticas familiares), en la cultura (pensamiento, literatura, medios de comunicación social) y sobre todo en las comunidades cristianas (renovación del espíritu de apertura a la vida).

8. Uno de los principales frutos de la Familiaris consortio ha sido la renovación de la pastoral de la familia en el ámbito de las Conferencias episcopales, las diócesis, las parroquias y los movimientos apostólicos en toda la Iglesia. En este sentido, durante los últimos veinte años el progreso ha sido notable.

9. A pesar de todo lo que se ha realizado, queda aún mucho por hacer. Son todavía muchas las diócesis en las que la pastoral familiar carece de estructuras adecuadas. Los pastores manifiestan con mucha frecuencia la urgencia de la formación de agentes pastorales. En este sentido, el trabajo de los Institutos de estudio sobre el matrimonio y la familia, y de los Centros de procreación responsable, resulta sumamente válido. Pedimos que se les preste mayor atención, para que, en profunda sintonía con el magisterio de la Iglesia y con una buena inserción en la realidad intelectual, científica, social, política y jurídica de nuestros países, se desarrolle adecuadamente su función formativa de agentes eficaces de pastoral familiar.

10. Hoy, más que nunca, se plantea el grave problema de las familias refugiadas, que reciben asilo en locales improvisados, o en campos de prófugos más equipados; a menudo les falta incluso lo más necesario y se ven indefensos frente a las autoridades que las acogen. Pueden verse sometidas a presiones en el ambito de la Ilamada «salud reproductiva», que incluye el recurso al aborto, a la esterilización o a la anticoncepción «de emergencia». La Santa Sede ha publicado recientemente un documento sobre este tema, en el que invita a las Iglesias locales a interesarse por estas familias, a hacer que se respeten sus derechos y a asegurarles ayuda y defensa si las necesitan.

11. Las parroquias deben ser el lugar privilegiado de la pastoral familiar en el conjunto de la pastoral de la Iglesia. Los cursos de preparación para el matrimonio y las catequesis familiares son medios educativos importantes que, con frecuencia, no se utilizan suficientemente. Urge fortalecer la colaboración de los matrimonios y de las personas bien preparadas procedentes de las parroquias y de los movimientos apostólicos. En este sentido, recomendamos especialmente a los obispos, a los párrocos y a los responsables de las organizaciones católicas, que se robustezca el espiritu de solidaridad y complementariedad, en beneficio de una pastoral familiar eficaz.

12. Los Centros de orientación familiar están resultando de gran utilidad como punto de referencia para la pastoral familiar. Entendidos como unidades locales fundamentales de ayuda a las familias en los diversos campos: social, jurídico, ético, pastoral, de la procreación responsable, etc., son un valioso apoyo para la pastoral familiar.

Conclusión

Miramos al futuro con determinación y con esperanza.

Miramos al futuro con determinación porque, como miembros de la Iglesia de Cristo, comprometidos, en diversos niveles, en la pastoral familiar de esta Iglesia, nos sentimos responsables, frente a Dios y frente a los hombres, de la salud de la familia, de su vitalidad, de su equilibrio y de su futuro. Esta responsabilidad no puede limitarse únicamente a los aspectos privados, domésticos o espirituales de la familiar se ha de extender también al campo social y político. Los que defienden la familia, sus valores, su función vital en la sociedad, deben lograr que se escuche su voz en las asambleas locales y regionales, en los Parlamentos de las naciones en las instancias internacionales y

dondequiera que se decida el futuro de la familia. Desde este punto de vista, la Carta de los derechos de la familia representa un valioso instrumento de referencia y de diálogo. La pastoral familiar no seria fiel a sí misma y a su misión si no promoviera el compromiso también en el campo político, para hacer que se respeten los derechos de la familia. Se trata de un servicio prestado a la humanidad entera.

Miramos al futuro con esperanza, porque el Señor de la familia y de la vida ya esta actuando. Anima a las familias del mundo entero y les da las energías necesarias para permanecer fieles a su vocación y a su misión. Las familias de todas las naciones, testigos del amor y de la fidelidad, constituyen la luz que ilumina un mundo Ileno de perplejidades, dudas y peligros. Rogamos al Señor que ayude a las familias a permanecer fieles a lo que son, para el bien común de todos los hombres y para el futuro de la humanidad.

Ciudad del Vaticano, 20 de diciembre de 2001

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