Ilustres señores; amables señoras:
1. Me alegra encontrarme con vosotros, exponentes de las diversas expresiones de la cultura y del arte. Con vuestras competencias respectivas, hacéis presente aquÃ, de alguna manera, a todo el amado pueblo búlgaro. Me dirijo a vosotros con respeto y admiración, consciente de cuán delicada e importante es la contribución que dais a la noble empresa de la construcción de una sociedad en la que pueda realizarse «la mutua comprensión y la prontitud en la cooperación mediante un generoso intercambio de los bienes culturales y espirituales» (Slavorum apostoli, 27).
Doy sinceramente las gracias a los que han interpretado con nobles palabras los sentimientos de los presentes, asà como a todos los que, de diversos modos, han contribuido a la preparación de mi visita a vuestro hermoso paÃs. También saludo cordialmente a los promotores de la iniciativa «campanas por la paz» y les entrego gustoso esta «campana del Papa», esperando que sus tañidos recuerden a los niños y a los jóvenes de Bulgaria el deber y el compromiso de desarrollar la amistad y la comprensión entre las diferentes naciones de la tierra.
2. Este encuentro tiene lugar en un dÃa muy significativo: en efecto, Bulgaria celebra hoy la fiesta de los santos hermanos Cirilo y Metodio, heraldos intrépidos del Evangelio de Cristo y fundadores de la lengua y de la cultura de los pueblos eslavos. Su memoria litúrgica reviste un carácter particular, pues es al mismo tiempo la «fiesta de las letras búlgaras». Esta fiesta, que no sólo celebran los creyentes ortodoxos y católicos, lleva a todos a reflexionar en ese patrimonio cultural, cuyo inicio se debió a la acción de los dos santos hermanos de Tesalónica.
El kan protobúlgaro Omurtag escribió sobre la columna que se conserva en Veliko Tarnovo, en la iglesia de los Santos Cuarenta Mártires: «El hombre, aunque viva bien, muere, y otro nace. El que nazca más tarde, cuando vea esta inscripción, recuerde al que la compuso» (AA.VV., Las fuentes de la historia búlgara, ed. Otechestwo, SofÃa 1994, p. 24). Asà pues, quisiera que este encuentro asumiera la caracterÃstica de un solemne acto común de veneración y gratitud hacia los santos Cirilo y Metodio, a los que en 1980 proclamé patronos de Europa juntamente con San Benito de Nursia, y que aún hoy tienen tanto que enseñarnos a todos nosotros, en Oriente y en Occidente.
3. Esos santos hermanos, al introducir el Evangelio en la peculiar cultura de los pueblos que evangelizaban, con la creación genial y original de un alfabeto, adquirieron méritos especiales. Para responder a las necesidades de su servicio apostólico, tradujeron a la lengua local los libros sagrados con fines litúrgicos y catequéticos, poniendo asà las bases de la literatura en las lenguas de aquellos pueblos. Por eso, con razón se les considera no sólo los apóstoles de los eslavos, sino también los padres de su cultura. La cultura es la expresión, encarnada en la historia, de la identidad de un pueblo; forja el alma de una nación, que se reconoce en determinados valores, se manifiesta en sÃmbolos precisos, y se comunica a través de sus propios signos.
Por medio de sus discÃpulos, la misión de San Cirilo y San Metodio se consolidó admirablemente en Bulgaria. AquÃ, gracias a San Clemente de Ocrida, surgieron centros dinámicos de vida monástica, y aquà se desarrolló de manera especial el alfabeto cirÃlico. Desde aquà también el cristianismo pasó a otros territorios, hasta llegar, a través de la vecina Rumania, a la antigua Rus' de Kiev; luego se extendió hacia Moscú y otras regiones orientales.
La obra de San Cirilo y San Metodio constituye una contribución eminente a la formación de las raÃces cristianas comunes de Europa, las raÃces que por su profundidad y vitalidad configuran uno de los puntos de referenda cultural más sólidos. Cualquier intento serio de restablecer de modo nuevo y actual la unidad del continente no puede prescindir de esas raÃces.
4. El criterio inspirador de la ingente obra Nevada a cabo por San Cirilo y San Metodio fue la fe cristiana. En efecto, la cultura y la fe no sólo no se oponen, sino que mantienen entre sà relaciones semejantes a las que existen entre el fruto y el árbol. Es un hecho histórico innegable que las Iglesias cristianas, tanto de Oriente como de Occidente, favorecieron y propagaron entre los pueblos, a lo largo de los siglos, el amor a la propia cultura y el respeto a la de los demás. Asà fue como se edificaron magniÃficas iglesias y lugares de culto llenos de riquezas arquitectónicas y de imagenes sagradas, como los Ãconos, fruto de oración y penitencia, asà como de gusto y refinada técnica artÃstica. Precisamente por este motivo se redactaron tantos documentos y escritos de Ãndole religiosa y cultural, en los que se expresó y se afino el genio de pueblos en crecimiento hacia una identidad nacional cada vez más madura.
El patrimonio cultural que los santos hermanos de Tesalónica dejaron a los pueblos eslavos era el fruto del árbol de su fe, profundamente arraigada en sus almas. Sucesivamente, se desarrollaron en aquel árbol nuevas ramas, las cuales produjeron nuevos frutos, enriqueciendo aún más el extraordinario patrimonio de pensamiento y arte que el mundo reconoce a las naciones eslavas.
5. La experiencia histórica demuestra que el anuncio de la fe cristiana no sólo no mortificó, sino que, al contrario, integró y exaltó los auténticos valores humanos y culturales tÃpicos del genio de los paÃses evangelizados, y también contribuyó a su apertura recÃproca, ayudándoles a superar los antagonismos y a crear un patrimonio espiritual y cultural común, presupuesto de relaciones de paz estables y constructivas.
Quien quiera trabajar eficazmente en la edificación de una auténtica unidad europea no puede prescindir de estos datos históricos, que tienen una elocuencia indiscutible. Como ya afirme en otra ocasión, «la marginación de las religiones, que han contribuido y siguen contribuyendo a la cultura y al humanismo de los que Europa se siente legitimamente orgullosa, me parece que es al
mismo tiempo una injusticia y un error de perspectiva» (Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 10 de enero de 2002, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de enero de 2002, p. 3). En efecto, el Evangelio no lleva al empobrecimiento o desaparición de todo lo auténtico que cada hombre, pueblo y nación reconocen y realizan como bien, verdad y belleza (cf. Slavorum apostoli, 18).
6. Volviendo la mirada atrás, debemos reconocer que, al lado de una Europa de la cultura con los grandes movimientos filosóficos, artÃsticos y religiosos que la distinguen, y al lado de una Europa del trabajo con las conquistas tecnológicas e informáticas del siglo que acaba de concluir, existe por desgracia una Europa de los regÃmenes dictatoriales y de las guerras, una Europa de la sangre, de las lágrimas y de las crueldades más espantosas. Tal vez también por estas amargas experiencias del pasado, en la Europa de hoy parece aún más fuerte la tentación del escepticismo y de la indiferencia ante el derrumbe de valores morales fundamentales de la vida personal y social.
Es preciso reaccionar. En el preocupante contexto contemporaneo urge afirmar que Europa, para recobrar su identidad profunda, no puede por menos de volver a sus raÃces cristianas, y en particular a la obra de hombres como San Benito, San Cirilo y San Metodio, cuyo testimonio constituye una contribución de importancia fundamental para la renovación espiritual y moral del continente.
Asà pues, el mensaje de los patronos de Europa y de todos los mÃsticos y santos cristianos que han testimoniado el Evangelio entre las poblaciones europeas es este: el sentido último de la vida y de la historia humana nos lo ofreció el Verbo de Dios, que se encarnó para redimir al hombre del mal del pecado y del abismo de la angustia.
7. Desde esta perspectiva, me complace mucho la iniciativa de los obispos católicos de promover la traducción a la lengua búlgara del Catecismo de la Iglesia católica, el cual «tiene por fin presenter una exposición orgánica y sintética de los contenidos esenciales y fundamentales de la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, a la luz del concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de la Iglesia. Sus fuentes principales son la sagrada Escritura, los santos Padres, la Liturgia y el Magisterio de la Iglesia» (Prólogo, 11).
Quisiera entregarlo simbólicamente también a aquellos de entre vosotros que, aun sin ser católicos, comparten con nosotros el único bautismo, para que puedan conocer de cerca lo que la Iglesia católica cree y anuncia.
8. El monje Paisij, del monasterio de Chilandar, afirmaba con razón que una nación con un pasado glorioso tiene derecho a un futuro espléndido (cf. Istoria slavianobolgarskaia, 1722-1773).
Ilustres señores y amables señoras, el Papa de Roma os mira con confianza y repite ante vosotros su convicción sobre la gran tarea encomendada a los hombres y mujeres de cultura de conservar y transmitir la ciencia y la sabiduria que han inspirado en los diversos tiempos la vida de sus respectivos pueblos.
Deseo a Bulgaria, el hermoso paÃs de las rosas, un «futuro espléndido» pare que, siendo como hasta ahora tierra de encuentro entre Oriente y Occidente, con la bendición del Dios AltÃsimo prospere en la libertad, en el progreso y en la paz.
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