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S.S. Juan Pablo II, La misi贸n es anuncio de perd贸n
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La misi贸n es anuncio de perd贸n

Amad铆simos hermanos y hermanas:

1. La misi贸n evangelizadora de la Iglesia es esencialmente el anuncio del amor, de la misericordia y del perd贸n de Dios, revelados a los hombres mediante la vida, la muerte y la resurrecci贸n de Jesucristo, nuestro Se帽or. Es la proclamaci贸n de la gozosa noticia de que Dios nos ama y quiere que estemos todos unidos en su amor misericordioso, perdonandonos y pidiendonos que perdonemos a los dem谩s, incluso las ofensas mas graves. Esta es la palabra de la reconchiaci贸n que nos ha sido confiada porque, como afirma san Pablo, 芦en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliaci贸n禄 (2 Co 5, 19). Estos son el eco y la respuesta al supremo anhelo del coraz贸n de Cristo en la cruz: 芦Padre, perd贸nales, porque no saben lo que hacen禄 (Lc 23, 34).

He aqu铆, pues, una s铆ntesis de los contenidos fundamentales de la Jornada mundial de las misiones, que celebraremos el domingo el 20 del pro麓ximo mes de octubre, dedicada al estimulante tema: 芦La misi贸n es anuncio del perd贸n禄. Se trata de unacontecimiento que se repite cada a帽o, pero que no pierde, con el paso del tiempo, su sognificado y su importancia, porque la misi贸n constituye nuestra respuesta el supremo mandato de Jes煤s: 芦Id, pues, y haced disc铆pulos a todas las gentes (鈥�), ense帽谩ndoles a guardar todo lo que yo os he mandado禄 (Mt 28, 19).

2. Al inicio del tercer milenio cristiano se impone con mayor urgencia el deber de la misi贸n, porque, como record茅 ya en la enc铆clica Redemptoris missio, 芦el n煤mero de los que a煤n no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; m谩s a煤n, desde el final del Concilio, casi se,ha, duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envi贸 a su propio Hijo, es parte de la urgencia de la misi贸n禄 (n. 3).

Con el gran ap贸stol y evangelizador san Pablo, queremos repetir: 芦Predicar el Evangelio no es para m铆 ning煤n motivo de gloria; es, m谩s bien, un deber que me incumbe. Y iay de m铆 si no predicara el Evangelio! (...) Es una misi贸n que se me ha confiado禄 (1 Co 9, 16-17). S贸lo el amor de Dios, capaz de hermanar a los hombres de toda raza y cultura; podr谩 hacer que desaparezcan las dolorosas divisiones, los contrastes ideol贸gicos, las desigualdades econ贸micas y los violentos atropellos que oprimen todav铆a a la humanidad.

Son bien conocidas las horribles guerras y revoluciones que han ensangrentado el siglo que acaba de concluir, y los conflictos que, por desgracia, siguen afligiendo al mundo de modo casi end茅mico. Pero, al mismo tiempo, es patente el anhelo de tantos hombres y mujeres que, a煤n viviendo en gran pobreza espiritual y material, experimentan una gran sed de Dios y de su amor misericordioso. La invitaci贸n del Se帽or a anunciar la buena nueva sigue siendo v谩lida hoy; m谩s a煤n, se hace cada vez m谩s urgente.

3. En la carta apost贸lica Novo millennio ineunte subray茅 la importancia de la contemplaci贸n del rostro doliente y glorioso de Cristo. El centro del mensaje cristiano es el anuncio del misterio pascual de Cristo crucificado y resucitado. El rostro doliente del Crucificado 芦nos lleva a acercarnos al aspecto mas parad贸jico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la cruz禄 (n. 25). En la cruz Dios nos ha revelado todo su amor. La cruz es; la clave que da libre acceso a 芦una sabidur铆a que no es de este mundo, ni de los dominadores de este mundo禄, sino a la 芦sabidur铆a divina, misteriosa, que ha permanecido escondida禄 (1 Co 2, 6. 7).

La cruz, en la que resplandece ya el rostro glorioso del Resucitado, nos introduce en la plenitud de la vida cristiana y en la perfecci贸n del amor, porque revela la voluntad de Dios de compartir con los hombres su vida, su amor, y su santidad. A partir de ester minsterio, la Iglesia, recordando las palabras del Se帽or: 芦Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial禄 (Mt 5, 48), comprende cada vez mejor que su misi贸n no tendr铆a sentido si no condujera a la plenitud de la existencia cristiana, es decir, a la perfecci贸n del amor y de la santidad. Contemplando la cruz aprendemos a vivir en la humildad y en el perd贸n, en la paz y en la comuni贸n. Esta fue la experiencia de san Pablo, que escrib铆a a los Efesios: 芦Os ruego, pues, yo, preso por el Se帽or, que viv谩is de una manera digna de la vocaci贸n con la que habes sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportandoos unos a otros por amor, poniendo empe帽o en conservar la unidad del Esp铆ritu con el v铆nculo de la paz禄 (Ef 4, 1-3). Y a los Colosenses a帽ad铆a: 芦Revest铆os, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entra帽as de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportandoos unos a otros y perdonandoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Se帽or os perdon贸 perdonaos tambi茅n vosotros. Y, por encima de todo esto, revest铆os del, amor, que es el v铆nculo de perfecci贸n. Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella hab茅is sido llamados formando un solo Cuerpo禄 (Col 3, 12-15).

4. Amad铆simos hermanos y hermanas, el grito de Jes煤s en la cruz (cf. Mt 27, 46) no revela la angustia de un desesperado, sino que es la oraci贸n del Hijo que ofrece su vida al Padre para la salvaci贸n de todos. Desde la cruz Jes煤s indica con que condiciones es posible practicar el perd贸n. Al odio con que sus perseguidores lo hab铆an clavado en la cruz responde rogando por ellos: No s贸lo los ha perdonado, sino que sigue am谩ndolos, queriendo su bien y, por eso, intercede por ellos. Su muerte se convierte en verdadera realizaci贸n del Amor.

Ante el gran misterio de la cruz no podemos por menos de postrarnos en adoraci贸n. 芦Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jes煤s no s贸lo debi贸 asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del "rostro" del pecado. "Quien no conoci贸 pecado, se hizo pecado por nosotros, para que vini茅semos a ser justicia de Dios en 茅l" (2 Co 5, 21)禄 (Novo millennio ineunte, 25). Con el perd贸n absoluto de Cristo, otorgado tambi茅n a sus perseguidores, comienza para todos la nueva justicia del reino de Dios.

Durante la 煤ltima Cena el Redentor dijo a los Ap贸stoles: 芦Os doy un mandamiento nuevo: que os am茅is los unos a los otros. Que, como yo os he amado, as铆 os am茅is tambi茅n vosotros los unos a los otros. En esto conocer谩n todos que sois disc铆pulos m铆os: si os ten茅is amor los unos a los otros禄 (Jn 13, 34-35).

5. Cristo resucitado da a sus disc铆pulos la paz. La Iglesia, fiel al mandato de su Se帽or, sigue proclamando y difundiendo la paz. Mediante la evangelizaci贸n, los creyentes ayudan a los hombres a reconocerse hermanos y, como peregrinos en la tierra, aunque por sendas diversas, todos encaminados hacia la patria com煤n que Dios no cesa de se帽alarnos a trav茅s de caminos que s贸lo 茅l conoce. El camino real de la misi贸n es el di谩logo sincero (cf. Ad gentes, 7; Nostra aetate, 2); el di谩logo que 芦no nace de una t谩ctica o de un inter茅s禄 (Redemptoris missio, 56), ni tampoco es fin en s铆 mismo. M谩s bien, el di谩logo lleva a hablar al otro con estima y comprensi贸n, afirmando los principios en que se cree y anunciando con amor las verdades m谩s profundas de la fe, que son alegr铆a, esperanza y sentido de la existencia. En el fondo, el di谩logo es la realizaci贸n de un impulso espiritual, que 芦tiende a la purificaci贸n y conversi贸n interior, que, si se alcanza con docilidad al Esp铆ritu, ser谩 espiritualmente fruct铆fero禄 (ib.). El compromiso por un di谩logo atento y respetuoso es; una conditio sine qua non para un aut茅ntico testimonio del amor salv铆fico de Dios.

Este di谩logo est谩 profundamente vinculado a la voluntad de perd贸n, porque quien perdona abre el coraz贸n a los dem谩s y se hace capaz de amar, de comprender al hermano y de entrar en sinton铆a con 茅l. Por otra parte, la pr谩ctica del perd贸n, sigue el ejemplo de Jes煤s, desaf铆a y abre los corazones, cura las heridas del pecado y de la divisi贸n, y crea una verdadera comuni贸n.

6. Con la celebraci贸n de la Jornada mundial de las misiones se ofrece a todos la oportunidad de confrontarse con las exigencies del amor infinito de Dios. Amor que exige fe; amor que invita a poner toda la confianza en 茅l. 芦Sin fe es imposible agradarle, pues el que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que buscan禄 (Hb 11, 6).

En esta celebraci贸n anual se nos invita a orar asiduamente por las misiones y a colaborar con todos los medios en las actividades que la Iglesia realiza en todo el mundo para construir el reino de Dios, 芦reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia de amor y de paz禄 (Prefacio de la fiesta de Cristo, Rey del universo). Se nos llama ante todo a testimoniar con la vida nuestra adhesi贸n total a Cristo y a su Evangelio.

S铆, nunca hay que avergonzarse del Evangelio y nunca hay que tener miedo de proclamarse cristianos, silenciando la propia fe. Al contrario, es necesario seguir hablando, ensanchando los espacios del anuncio de la salvaci贸n, porque Jes煤s ha prometido permanecer siempre y en toda circunstancia presente en medio de sus disc铆pulos.

De este modo, la Jornada mundial de las misiones, verdadera fiesta de la misi贸n, nos ayuda a descubrir mejor el valor de nuestra vocaci贸n personal y comunitaria. Asimismo, nos estimula a ir en ayuda de los 芦hermanos m谩s peque帽os禄 (cf. Mt 25, 40) a trav茅s de los, misioneros esparcidos por todo el mundo. Esta es la tarea de las Obras misionales pontificias, que desde siempre sirven a la misi贸n de la Iglesia, haciendo que no falte a los m谩s peque帽os quien les comparta el pan de la Palabra y siga llev谩ndoles el don deI amor inagotable que brota del coraz贸n mismo del Salvador.

Amad铆simos hermanos y hermanas, encomendemos nuestro compromiso de anunciar el Evangelio, asi como toda la actividad evangelizadora de la Iglesia, a Mar铆a sant铆sima, Reina de las misiones. Que ella nos acompa帽e en nuestro camino de descubrimiento, anuncio y testimonio del amor de Dios, que perdona y da la paz al hombre.

Con estos sentimientos, envi贸 de coraz贸n la bendici贸n apost贸lica, como prenda de la constante protecci贸n del Se帽or, a todos los misioneros y misioneras esparcidos por el mundo, a todos los que les acompa帽an con la oraci贸n y la ayuda fraterna, as铆 como a las comunidades cristianas de antigua y nueva fundaci贸n.

Vaticano, 19 de mayo de 2002, solernnidad de Pentecost茅s.

Joannes Paulus II

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