Homilía de monseñor Leonardo Sandri en la Misa de inaguración del Colegio Sacerdotal Argentino en Roma
Me siento muy honrado de representar hoy a Su Santidad el Papa Juan Pablo II en la inaguración del colegio sacerdotal argentino de Roma. Honor unido a un inmenso gozo por los vínculos de afecto y de íntima comunión que me unen tanto al Santo Padre cuanto al Episcopado y a la Iglesia que peregrina en nuestra querida Argentina.
Desde hoy será posible contar con una realidad nueva y vivamente soñada por tantos obispos –y me permito recordar a los cardenales Aramburu y Primatesta, que seguirán desde Argentina este auspicioso acontecimiento eclesial, como también a los cardenales Quarracino y Pironio, quienes presencian desde el cielo esta Eucaristía-, por sacerdotes y laicos: que Argentina cuente en Roma con un Colegio sacerdotal que asegure a muchos de nuestros sacerdotes el poder contemplar su formación académica en las diversas Universidades pontificias e Institutos de enseñansa superior eclesiástica de Roma: ya existía y existe aún esa posibilidad a través del Colegio Pío Latinoamericano y de otros Colegios Convictorios sacerdotales de la ciudad eterna: Pero ahora puede la Iglesia en Argentina ampliar esa posibilidad con una estructura sacerdotal propia, injertada en la estructura de nuestra querida Iglesia nacional. Se abre, por tanto, un futuro de esperanza para las perspectivas sacerdotales de nuestro clero y de los pastores argentinos del 2000.
Los decretos del cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la educación católica, son signo del vínculo y de la perfecta sintonía con la Santa Sede que este Colegio quiere manisfestar desde su comienzo. La cordial relación con el Vicariato de Roma que siempre tuvo nuestra Iglesia nacional, seguirá también con esta nueva comunidad sacerdotal, lo mismo que con la Pontificia Comición para América Latina, cuyo vicepresidente, mons. Calderón Polo, hoy tan gentilmente nos acompaña.
Es motivo de singular alegría concelebrar esta Eucaristía inaugural con el segundo numeroso grupo de arzobispos y obispos argentinos que, encabezados por el presidente de la Conferencia episcopal argentina, mons. Estanislao, han llegado a Roma para venerar a los apóstoles Pedro y Pablo y renovar, a los pies del Sucesor de Pedro, la profeción de fe en Jesucristo, la comunión con su Vicario en la Tierra, percibiendo esa paz, que es fruto de la obediencia al Sucesor del príncipe de los Apóstoles, percibiendo esa fuerza del amor evangélico, que a todos nos urge y nos empuja a salir al encuentro de nuestros hermanos para anunciar a Jesucristo. No podía haber más oportuna coincidencia para sellar el orígen de este colegio, expresión del amor de los pastores hacia los sacerdotes, que esta presencia en Roma de tantos obispos argentinos.
Estoy seguro que el primer rector, padre Antonio Cavalieri, y los sacerdotes que conforman el primer grupo de recidentes de esta comunidad sacerdotal así lo perciben: saben que aquí hay solamente amor y ansia de los obispos para poder ofrecer a los sacerdotes las mejores posibilidades para tener una formación excelente en Roma, que despues repercutirá en las diósecis, en los seminarios, en la formación de los laicos, en la vida toda de la Iglesia en Argentina.
Nuestro gozo y alegría por esta iniciativa desbordanlos límites de la comunidad argentina, hoy aquí representada por los embajadores argentinos ante la Santa Sede y ante Italia, por numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos residentes en Roma por uno u otro motivo, y quisiéramos compartirlos con nuestros hermanos latinoamericanos y de otros continentes. La providencia dirá si en el futuro será posible que también sacerdotes de otros países puedan integrarse a esta nueva comunidad sacerdotal.
Lo cierto es que nuestro Colegio nace y crece físicamente en la sombra del Sucesor de Pedro, haciendo patente la tradición católica de nuestra patria: hoy los obispos argentinos, en visita «ad limina Apostolorum», el clero, los religiosos, religiosas y fieles católicos somos y queremos ser fieles al Papa, Vicario de Cristo, presencia visible del Redentor de la tierra. Tenemos grabado en lo hondo del alma que nuestra pertenencia a la Iglesia católica pasa por la fidelidad, la atención, el respeto y la obediencia al Santo Padre: nuestros esfuerzos, nuestros planes y programas no se originarían ni terminaría en Jesús si no tuvieran la garantía y la bendición del Papa. Porque queremos ver, escuchar y seguir a Jesús, por ello sentimos como característica esencial de nuestro nuevo colegio sacerdotal argentino la fidelidad al Sucesor de Pedro y a su magisterio.
Providencialmente hoy la palabra de Dios evoca temas y realidades que tiene que ver con nuestra vida cristiana en general, y también, muy en particular, con la vida sacerdotal de los sacerdotes que lleguen a Roma enviados por sus obispos. Aquí en el Colegio encontrarán el Tabor al que Jesús los invita a subir para escuchar su palabra, para contemplar su gloria, para seguirlo después a Jerusalén y al Calvario con las armas de la fe y del amor. La intensidad y la profundidad de la propia preparación durante el periodo que les toque pasar en Roma será prenda de lo que después constituirá su actuación pastoral en Argentina: de ellos la Iglesia espera muchísimo, en doctrina y liderazgo eclesial, para hacer presente a Jesucristo en nuestro país. De ahí la importancia del momento pasado en la montaña del Tabor.
A todos nos llama el Señor. Cada uno tiene su propia y personal llamada. Abraham, al que Dios invita a dejar su tierra, a dejar atrás las seguridades humanas y a confiar totalmente, como un hijo, en el Señor y en su promesa. Timoteo, que está llamado a sufrir con Pablo por el evangelio, ayudado solamente por la fierza de Dios, manifestada en la muerte y resurrección de Jesucristo. Pedro, Santiago y Juan son llamados por Jesús a ser apóstoles, pescadores de hombres, a ser discípulos, a subir a la montaña, a participar a lo que será un anticipo de su gloria, que ilumine un camino hacia la cruz. Temas que encuentren ilustración continua en este santo tiempo de cuaresma, a través de la Palabra de Dios y de la oración cuaresmal.
Abraham es invitado a dejar todo lo que significaba para él seguridad: patria, familia, tierra, raíces en las que nació. A la vocación se acompañan las promesas, el compromiso divino que será típico de toda la historia de Israel: le dará un país, una descedencia, hará de Israel una gran nación, lo bendecirá para siempre. Esta palabra divina se irá haciendo realidad poco a poco, aunque al futuro al que alude no se vea para nada. Pero abraham confía, cree a Dios y por eso parte, aún sin saber hacia dónde. La vocación de Abraham es la de cada uno de nosotros: arriesgar nuestras vidas solamente en base a la Palabra y a la promesa. ¡Cuántos estímulos para la meditación tiene la historia de Abraham para los momentos oscuros que estamos pasando en nuestra patria!
Este riesgo que corremos en la fe es la riqueza de la Iglesia: «Querido hermano, le escribe Pablo a Timoteo, toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos (…), sino porque Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo». Somos y seremos testigos del Evangelio no confiando en nuestras fuerzas, sino en la gracia de Dios.
En el rostro de Cristo brilla la gloria del Padre. En ese rostro el hombre reconoce la profundidad del misterio de Cristo. Los apóstoles descubren con nueva claridad que en Cristo habita la plenitud de la divinidad, que Él es verdadero Dios y verdadero hombre. En su rostro descubrimos el amor humano-divino del Redentor. Jesús en la montaña se revela como Hijo de Dios, revelación refrendadad por la presencia de Moisés y de Elías, y el Padre, ahuyentando nuestro miedo y nuestro desconcierto, como el de los discípulos, nos invita, nos llama a escuchar al Hijo predilecto, en quien tine puesta su complacencia.
Escuchar al Hijo, escuchar a Dios como Abraham, eserimentar con Pablo y Timoteo el evangelio de la salvación y de la gracia, todo esto equivale, a la luz de la Transfiguración, Jesús retoma el camino con los discípulos hacia Jerusalen, hacia su muerte y su resurrección.
Queridos hermanos del nuevo Colegio sacerdotal argentino en Roma: este es nuestro deseo y esta es nuestra plegaria por ustedes y por quienes pasarán por esta comunidad sacerdotal: que respondiendo al llamado de la Iglesia encuentren en Roma el Rostro d Cristo, lo amen, lo sigan y lleven después la esperanza y el gozo del Señor a nuestra patria.
¡En nombre de Su Santidad el Papa Juan Pablo II, los pongo en manos de nuestra Madre, la Virgen de Luján!
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