Junio de 1897 (?)
J.M.J.T.
Querida hermanita, sÃ, lo he comprendido todo... Pido a Jesús que haga lucir sobre tu alma el sol de su gracia. No, no temas decirle que le amas, aun cuando no le sientas. Ese es el modo de obligar a Jesús a socorrerte y a que te lleve como a un niñito que es demasiado débil para caminar. Es una prueba muy grande verlo todo negro. Pero eso no depende en absoluto de ti. Tú haz lo que puedas. Despega tu corazón de las preocupaciones de la tierra, y sobre todo de las criaturas; y luego ten la seguridad de que Jesús hará lo demás. El no permitirá que caigas en el temido lodazal... Consuélate, hermanita querida, que en el cielo ya no lo verás todo negro, sino todo blanco... SÃ, todo estará revestido de la blancura divina de nuestro Esposo, el Lirio de los valles. Juntas le seguiremos adondequiera que vaya... Aprovechémonos del breve instante de la vida..., agrademos juntas a Jesús, salvémosle almas con nuestros sacrificios... Y sobre todo, seamos pequeñas, tan pequeñas que todo el mundo pueda pisarnos con sus pies, sin siquiera aparentar que lo notamos y que sufrimos por ello...
Hasta pronto, hermanita querida, me alegro de verte...
Jesús + 6 de junio de 1897
Querida hermanita:
Tu hermosa cartita me alegró el alma. Ya veo que no me he equivocado al pensar que Dios te llama a ser una gran santa, aún siendo pequeña y siéndolo cada dÃa más. Comprendo muy bien que sientas no poder hablarme, pero puedes estar segura de que también yo sufro por no poder hacerlo, y que nunca como ahora he comprendido que tú ocupas un lugar inmenso en mi corazón... Algo que me alegra mucho es comprobar que la tristeza no te quita el buen humor: no he podido por menos de reÃrme al leer el final de tu carta: ¿de modo que asà te burlas de mÃ? ¿Quién te ha hablado de mis escritos? ¿A qué infolios te refieres? Ya veo que sueltas una mentira para sacar la verdad. Bueno, algún dÃa la sabrás, si no es en la tierra, será en el cielo; pero seguro que no te preocupará demasiado, pues entonces tendremos otras cosas en que pensar...
¿Quieres saber si estoy contenta de ir al paraÃso? Lo estarÃa enormemente si fuese a ir, pero... para ello no cuento con la enfermedad, es una conductora muy lenta. Sólo cuento ya con el amor. PÃdele a Jesús que todas las oraciones que se hacen por mà sirvan para aumentar el fuego que ha de consumirme... Me parece que no vas a poder leerme, lo siento, pero sólo disponÃa de unos minutos.
J.M.J.T.
7 de junio de 1897
QueridÃsima hermanita, no busquemos nunca lo que parece grande a los ojos de las criaturas. Salomón, el rey más sabio que hubo jamás en la tierra, después de observar todos los afanes que ocupan a los hombres bajo el sol, la pintura, la escultura y todas las demás artes, comprendió que todas esas cosas estaban carcomidas por la envidia recÃproca, y exclamó que no eran más que vanidad y aflicción de espÃritu... La sola cosa que nadie envidia es el último lugar. Este último lugar es, pues lo único que no es vanidad y aflicción de espÃritu... Sin embargo, «el hombre no es dueño de su camino», y a veces comprobamos con sorpresa que estamos deseando lo que brilla. Entonces, coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano; pero si seguimos tratando de hacer algo grande, aunque sea so pretexto de celo, Jesús nos deja solas. «Cuando parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene» (Salmo XCIII). SÃ, basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahà la verdadera santidad! Cojámonos de la mano, hermanita querida, y corramos al último lugar... Nadie vendrá a disputárnoslo...
J.M.J.T.
9 de junio de 1897
Querido hermanito:
Esta mañana recibà su carta, y aprovecho un momento en que la enfermera está ausente para escribirle unas últimas palabras de adiós; cuando las reciba, ya habré dejado el destierro... Su hermanita estará unida a su Jesús para siempre; entonces podrá alcanzarle gracias y volar con usted a las lejanas misiones. ¡Qué contenta estoy de morir, querido hermanito...! SÃ, estoy contenta, no porque vaya a verme libre de los sufrimientos de aquà abajo (al contrario, el sufrimiento es la única cosa que me parece deseable en este valle de lágrimas), sino porque veo muy claro que ésa es la voluntad de Dios. Nuestra Madre querrÃa retenerme en la tierra. En este momento se está diciendo por mà un novenario de misas a Nuestra Señora de las Victorias, que ya me curó una vez en mi niñez; pero creo que el milagro que ahora haga no va ser otro que el de consolar a nuestra Madre, que me ama tan tiernamente.
Querido hermanito, en el momento de comparecer delante de Dios, comprendo mejor que nunca que sólo una cosa es necesaria: trabajar únicamente por él y no hacer nada por uno mismo ni por las criaturas. Jesús quiere adueñarse por entero de su corazón, quiere que sea usted un gran santo. Para ello tendrá que sufrir mucho, pero también ¡qué alegrÃa inundará su alma cuando llegue al momento feliz de su entrada en la vida eterna...! Hermano mÃo, pronto iré a ofrecer su amor a todos sus amigos del cielo y a pedirles que le protejan. Quisiera decirle, querido hermanito, un montón de cosas que comprendo ahora que estoy a las puertas de la eternidad. Pero no muero: entro en la vida, y todo lo que no puedo decirle aquà abajo se lo haré entender desde lo alto de los cielos... Hasta Dios, hermanito, rece por su hermanita que le dice: Hasta pronto, ¡hasta vernos en el cielo...!
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind
Junio (?) de 1897
Al verso
arriba: No lloréis por mÃ, pues estoy en el cielo con el Cordero y las vÃrgenes santas.... abajo: Veo lo que creÃ. Poseo lo que esperé. Estoy unida a Aquel a quien amé con toda mi capacidad de amar. A ambos lados: Un poquito de este puro amor más provecho hace a la Iglesia que todas esas otras obras juntas. Por eso es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida los actos de amor, porque, consumándose en breve, no se detengan mucho acá o allá sin ver a Dios (San Juan de la Cruz).
Al dorso Nada encuentro en la tierra que me haga feliz; mi corazón es demasiado grande, nada de lo que en este mundo se llama felicidad puede llenarlo. Mi pensamiento vuela hacia la eternidad, ¡el tiempo va a terminarse...! Mi corazón está sosegado, como un lago tranquilo o un cielo sereno. No añoro la vida de este mundo, mi corazón tiene sed de las aguas de la vida eterna... Un poco más, y mi alma dejará la tierra, concluirá su destierro, terminará su lucha... ¡Subo al cielo... llego a la patria..., consigo la victoria...! Voy a entrar en la morada de los elegidos, voy a ver bellezas que el ojo del hombre nunca vio, a escuchar armonÃas que el oÃdo nunca escuchó, a gozar de alegrÃas que el corazón nunca gustó... ¡He llegado a esta hora que todas nosotras tanto hemos deseado...! Es gran verdad que el Señor escoge a los pequeños para confundir a los grandes de este mundo... No me apoyo en mis propias fuerzas, sino en las fuerzas de Aquel que en la cruz venció el poder del infierno. Soy una flor primaveral que el dueño del jardÃn corta para recrearse... Todas nosotras somos flores plantadas en esta tierra y que Dios corta a su tiempo, un poco antes o un poco después... ¡Yo, pequeño efémero, me voy la primera! Un dÃa, nos encontraremos en el paraÃso y gozaremos de la verdadera felicidad...!
(Teresa del Niño Jesús copió los pensamientos del angelical mártir Teófano Vénard).
13 de junio de 1897
Que el divino Niño Jesús encuentre en tu alma una morada totalmente perfumada por las rosas del amor; que encuentre también en ella la lámpara ardiente de la caridad fraterna, que hará entrar en calor a sus miembrecitos helados y que alegrará su corazoncito haciéndole olvidar la ingratitud de las almas que no le aman lo suficiente.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
r.c.i.
(13 de junio de 1897)
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux
21 de junio de 1897
Jesús +
Querido hermanito:
He dado gracias a Nuestro Señor con usted por la gracia tan señalada que se dignó concederle el dÃa de Pentecostés. En esa misma hermosa fiesta (hace 10 años) obtuve yo, no de mi director sino de mi padre, el permiso para hacerme apóstol en el Carmelo. Un motivo más de parecido entre nuestras almas. Por favor, querido hermanito, ni se le ocurra nunca pensar que «me aburre o me distrae" hablándome mucho de usted. ¿Cómo iba a ser posible que una hermana no tuviese interés por todo lo que se refiere a su hermano? Y en cuanto a distraerme, no tiene nada que temer: sus cartas, por el contrario, me unen más a Dios al hacerme contemplar de cerca las maravillas de su misericordia y de su amor. A veces Jesús quiere «revelar sus secretos a los más pequeños". Prueba de ello es que, después de haber leÃdo su primera carta del 15 de oct. del 95, yo pensé lo mismo que su director: usted no puede ser un santo a medias, tendrá que serlo del todo o no serlo en absoluto. Comprendà que usted debÃa de tener un alma valiente, y por eso me sentà feliz de ser su hermana. No crea que me asusta al hablarme de «sus años más hermosos desperdiciados". Agradezco a Jesús que lo haya mirado con una mirada de amor como en otro tiempo miró al joven del Evangelio. Usted, más afortunado que él, ha respondido fielmente a la llamada del Maestro y lo ha dejado todo para seguirlo, y en la edad más hermosa de la vida, a los 18 años... Usted, hermano, igual que yo, puede cantar las misericordias del Señor, que brillan en usted en todo su esplendor... Usted ama a san AgustÃn y santa MarÃa Magdalena, esas almas a las que «se les han perdonado muchos pecados porque amaron mucho". También yo les amo, amo su arrepentimiento, y sobre todo... ¡su amorosa audacia! Cuando veo a Magdalena adelantarse, en presencia de los numerosos invitados, y regar con sus lágrimas los pies de su Maestro adorado, a quien toca por primera vez, siento que su corazón ha comprendido los abismos de amor y de misericordia del corazón de Jesús y que, por más pecadora que sea, ese corazón de amor está dispuesto, no sólo a perdonarla, sino incluso a prodigarle los favores de su intimidad divina y a elevarla hasta las cumbres más altas de la contemplación. Querido hermanito, desde que se me ha concedido a mà también comprender el amor del corazón de Jesús, le confieso que él ha desterrado todo temor de mi corazón. El recuerdo de mis faltas me humilla y me lleva a no apoyarme nunca en mi propia fuerza, que no es más que debilidad; pero sobre todo, ese recuerdo me habla de misericordia y de amor. Cuando uno arroja sus faltas, con una confianza enteramente filial, en la hoguera devoradora del Amor, ¿cómo no van a ser consumidas para siempre? Sé que ha habido santos que pasaron su vida practicando asombrosas mortificaciones para expiar sus pecados. Pero, ¿qué quiere?, «en la casa del Padre celestial hay muchas estancias". Lo dijo Jesús, y por eso yo sigo el camino que él me traza. Procuro no preocuparme ya de mà misma en nada y dejar en sus manos lo que él quiera obrar en mi alma, pues no he elegido una vida de austeridad para expiar mis faltas sino las de los demás. Acabo de releer estas lÃneas, y me pregunto si usted me entenderá, porque me he explicado muy mal. No crea que censuro el arrepentimiento que usted tiene de sus faltas y sus deseos de expiarlas. En absoluto, ¡estoy muy lejos de hacerlo! Pero mire, ahora que somos dos, el trabajo se hará más rápidamente (y a mÃ, a mi estilo, me cundirá más el trabajo que a usted); por eso espero que algún dÃa Jesús lo hará caminar por el mismo camino que a mÃ. Perdón, querido hermanito, no sé lo que me pasa hoy, pues realmente digo lo que no quisiera decir. No me queda ya sitio para contestar a su carta. Lo haré en otra ocasión. Gracias por las fechas. Ya he festejado sus 23 años. Ruego por sus queridos padres, a los que Dios se llevó ya de este mundo, y no olvido a la madre a la que tanto ama8.
Su indigna hermanita,
T. del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
que él nos invita, sobre la sencillez en las relaciones del alma con nuestro
Finales de junio (?) de 1897
J.M.J.T.
Mi querida Leonia:
Me emocionó a más no poder tu rapidez en complacerme. Te lo agradezco de todo corazón y estoy encantada de la colcha que me has hecho. Es exactamente como yo la querÃa... Mañana ofreceré por ti la comunión... Te quiero y te abrazo. Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind.
(Fragmentos)
Mediados de julio (?) de 1897
J.M.J.T.
Querida hermanita:
No quiero que estés triste. Sabes bien qué perfección sueño yo para tu alma, (...) Compadezco tu debilidad (...), contigo hay que decir enseguida lo que se piensa. (...) enfermerÃa, deberÃa haberte hecho comprender que te serÃa más difÃcil conseguir permiso para venir después de Maitines (...) el demonio se aleja Ahora no me (...) comprendido tu lucha y te habrÃa consolado bondadosamente si no lo hubieses dicho en voz alta, sino que (...) Adiós, pobre m., a quien tendré que llevar muy pronto al cielo. Quiero tenerlo todo entero
Julio (?) de 1897
J.M.J.T. Espero que sor Genoveva te haya consolado. El pensamiento de que ya no estás triste hace desaparecer mi tristeza... ¡Y que felices seremos en el cielo! Allà participaremos de las perfecciones divinas y podremos dar a todo el mundo sin vernos obligados a dejar sin nada a nuestros amigos más queridos... Dios ha hecho bien en no darnos este poder en la tierra, pues quizás no hubiéramos querido abandonarla. Y además, ¡nos hace tanto bien reconocer que sólo él es perfecto, que sólo él debe bastarnos cuando quita la rama que sostiene al pajarillo! ¡El pájaro tiene alas, está hecho para volar!
Junio-julio (?) de 1897
J.M.J.T.
La pequeña esposa de Jesús no tiene que estar triste, pues Jesús lo estarÃa también. Debe cantar siempre en su corazón el cántico del amor. Tiene que olvidar sus pequeñas penas para consolar las grandes penas de su Esposo... Hermanita querida, no seas una chiquilla triste pensando ver que no te comprenden, que te juzgan mal, que te olvidan, sino rÃete de todo el mundo procurando actuar como las demás, o, mejor, tratándote a ti misma como dices que te tratan las demás, es decir, olvidándote de todo lo que no es Jesús y olvidándoTE a ti misma por su amor... Hermanita querida, no me digas que eso es difÃcil. Si te hablo asÃ, la culpa es tuya: me has dicho que amas mucho a Jesús, y al alma que ama nada le parece imposible... Puedes estar segura de que tu billetito me ha agradado mucho...
13 de julio de 1897
Te quiero mucho, mamaÃta, ¡pronto lo verás! ¡SÃ, sÃ...!
J.M.J.T.
Jesús + 13 de julio de 1897
Querido hermanito:
Cuando lea estas letras, quizás yo no esté ya en la tierra, sino en el seno de las delicias eternas. No conozco el futuro, pero puedo decirle con seguridad que el Esposo está a la puerta. Se necesitarÃa un milagro para retenerme en el destierro, y no creo que Jesús haga ese milagro inútil. Querido hermanito, ¡qué contenta estoy de morir! SÃ, estoy contenta, no por verme libre de los sufrimientos de aquà abajo (al contrario, el sufrimiento unido al amor es lo único que me parece deseable en este valle de lágrimas). Estoy contenta de morir porque veo que ésa es la voluntad de Dios y porque seré mucho más útil que aquà abajo a las almas que amo, y muy especialmente a la suya. En su última carta a nuestra Madre me pedÃa que le escribiese a menudo durante las vacaciones. Si el Señor quiere prolongar todavÃa algunas semanas más mi peregrinación y nuestra Madre lo permite, podrÃa garabatearle aún algunas palabras como éstas. Pero lo más probable es que haga algo más que escribirle a mi querido hermanito, incluso más que hablarle el lenguaje fastidioso de la tierra: estaré muy cerca de él, veré todo lo que necesita y no dejaré en paz a Dios hasta que me conceda todo lo que quiero... Cuando mi hermanito querido parta para Africa, yo le seguiré, y no ya con el pensamiento o con la oración: mi alma estará siempre con él, y su fe le hará descubrir la presencia de una hermanita que Jesús le dio, no para que le sirviera de apoyo durante apenas dos años, sino hasta el último dÃa de su vida.
Todas estas promesas, hermano, tal vez puedan parecerle un tanto quiméricas; sin embargo, debe empezar a saber que Dios siempre me ha tratado como a una niña mimada. Es verdad que su cruz me ha acompañado desde la cuna, pero Jesús me ha hecho amar apasionadamente esa cruz y me ha hecho siempre desear lo que él querÃa darme. ¿Va a empezar entonces en el cielo a no colmar ya mis deseos? La verdad, no puedo creerlo, y le digo: «Pronto, hermanito, estaré cerca de usted". Se lo suplico, pida mucho por mÃ, ¡necesito tanto las oraciones en este momento! Pero sobre todo, pida por nuestra Madre; ella quisiera retenerme todavÃa mucho tiempo aquà abajo, y para conseguirlo esta venerada Madre ha mandado decir un novenario de Misas a Nuestra Señora de las Victorias que ya me curó en la niñez; pero yo, sabiendo que el milagro no se realizará, he pedido y alcanzado de la SantÃsima Virgen que ella consuele un poco el corazón de mi Madre, o, mejor, que le haga consentir en que Jesús me lleve al cielo. Hasta Dios, hermanito, hasta pronto, hasta que volvamos a vernos en el hermoso cielo.
T. del Niño Jesús y de la Santa Faz
rel. carm.
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux
14 de julio de 1897
Jesús +
Hermano:
Me dice en su última carta (que me ha gustado mucho): «Soy como un bebé que está aprendiendo a hablar". Pues bien, desde hace cinco o seis semanas, también yo soy como un bebé, pues sólo vivo de leche, pero pronto iré a sentarme en el banquete celestial, pronto iré a apagar mi sed en las aguas de la vida eterna. Para cuando usted reciba esta carta, seguramente yo habré dejado ya la tierra. El Señor, en su infinita misericordia, me habrá abierto ya su reino y podré disponer de sus tesoros para prodigarlos a las almas que amo.
Puede estar seguro, hermano, de que su hermanita mantendrá sus promesas, y que su alma, libre ya del peso de su envoltura mortal, volará feliz hacia las lejanas regiones que usted está evangelizando. Lo sé, hermano mÃo: le voy a ser mucho más útil en el cielo que en la tierra; por eso vengo, feliz, a anunciarle mi ya próxima entrada en esa bienaventurada ciudad, segura de que usted compartirá mi alegrÃa y dará gracias al Señor por darme los medios de ayudarlo a usted más eficazmente en sus tareas apostólicas.
Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Asà se lo pido a Dios, y estoy segura de que me va a escuchar. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin dejar nunca de contemplar el rostro de Dios y de abismarse en el océano sin orillas del amor? ¿Por qué no me va a permitir Jesús a mà imitarlos? Ya ve, hermano, que si abandono el campo de batalla, no es con el deseo egoÃsta de irme a descansar. El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace estremecerse a mi corazón: desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquà en la tierra, y realmente me cuesta entender cómo voy a poder aclimatarme a un paÃs en el que reina la alegrÃa sin mezcla alguna de tristeza. Será necesario que Jesús transforme mi alma y le dé capacidad para gozar; de lo contrario, no podré soportar las delicias eternas. Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la esperanza de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el pensamiento de que podré hacerle amar por una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.
Hermano mÃo, ya no va a tener tiempo para hacerme sus encargos para el cielo, pero los adivino. Además, sólo tiene que decÃrmelos muy bajito, y yo le escucharé y llevaré fielmente sus mensajes al Señor, a nuestra Madre Inmaculada, a los ángeles y a los santos que usted ama. Yo pediré para usted la palma del martirio y estaré cerca de usted sosteniéndole la mano para que pueda recoger sin esfuerzo esa palma gloriosa, y luego volaremos juntos jubilosos a la patria celestial, rodeados de todas las almas que usted ha conquistado. Adiós, hermano, rece mucho por su hermanita, rece por nuestra Madre, a cuyo corazón sensible y maternal le cuesta tanto aceptar mi partida. Cuento con usted para consolarla. Soy, para toda la eternidad, su hermanita
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús 16 de julio de 1897
Mis queridos tÃos:
Me siento enormemente feliz de poder demostrarles que su Teresita no ha abandonado todavÃa el destierro, pues sé que esto les llenará de alegrÃa. Sin embargo, creo, queridos familiares, que su alegrÃa será todavÃa mucho mayor cuando, en vez de leer unas pocas lÃneas trazadas con mano temblorosa, sientan mi alma cerca de la suya. SÃ, estoy segura de que Dios me permitirá derramar a manos llenas sus gracias sobre ustedes y sobre mi hermanita Juana y su Francis. Escogeré para ellos el querubÃn más hermoso del cielo y pediré a Jesús que se lo regale a Juana para que llegue a ser «un gran pontÃfice y un gran santo". Si no soy escuchada, mi querida hermanita tendrá realmente que renunciar al deseo de ser madre aquà en la tierra, pero podrá alegrarse pensando que en el cielo «el Señor le dará el gozo de ver que es madre de muchos hijos", como lo prometió el EspÃritu Santo al cantar por boca del rey profeta esas palabras que acabo de escribir. Esos hijos serán las almas que su sacrificio, aceptado con entereza, hará nacer a la vida de la gracia; pero confÃo que le podré alcanzar mi querubÃn, es decir, un alma que sea su copia fiel, pues un querubÃn no va a querer desterrarse ni siquiera para recibir las dulces caricias de una madre... Me doy cuenta de que no voy a tener espacio en esta carta para decir todo lo que quisiera. QuerÃa, queridos tÃos, contarles detalladamente mi comunión de esta mañana, que ustedes hicieron que fuese tan emocionante, o, mejor dicho, tan triunfante, con sus ramos de flores. Dejo que mi querida hermanita sor M. de la EucaristÃa les cuente los detalles, y sólo quiero decirles que ella cantó antes de la comunión una coplilla que yo habÃa compuesto para esta mañana. Cuando Jesús estuvo en mi corazón, volvió a cantar esta estrofa de «Vivir de amor": ¡Morir de amor, dulcÃsimo martirio! No acierto a decirles lo digna y hermosa que era su voz.
Me habÃa prometido no llorar por complacerme, y mis esperanzas se vieron rebasadas. Jesús debió escuchar y comprender perfectamente lo que espero de él, y eso era justamente lo yo que querÃa... Ya sé que mis hermanas les han hablado de mi alegrÃa. Es verdad que soy como un pinzón, excepto cuando tengo fiebre; por suerte, la fiebre sólo viene a visitarme al anochecer, a la hora en que los pinzones duermen, con la cabeza escondida bajo el ala. No estarÃa tan alegre como estoy si Dios no me enseñase que la única alegrÃa posible en la tierra es cumplir su voluntad. Un dÃa creo estar a las puertas del cielo, al ver el aire consternado del Sr. de Cornière, y al dÃa siguiente se va muy contento, diciendo: Estás en vÃas de curación... Lo que pienso yo (pobre niñito de leche) es que no me curaré, pero que podrÃa ir tirando asà todavÃa mucho tiempo. Hasta Dios, queridos tÃos, sólo en el cielo podré expresarles todo mi cariño; mientras vaya tirando, mi lápiz será incapaz de hacerlo.
Su hijita,
T. del Niño Jesús
r.c.i.
16 (?) de julio de 1897
J.M.J.T.
Querida hermanita:
En este momento me acuerdo de que no te he felicitado el cumpleaños. Créeme que este olvido me parte el corazón, tenÃa mucha ilusión por hacerlo: querÃa regalarte la oración sobre la humildad. Aún no he terminado de copiarla, pero pronto la tendrás. Tu gemela, que no puede dormirse sin enviarte este billete,
Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + 17 de julio de 1897
Querida Leonia:
Me siento feliz de poder conversar contigo una vez más. Hace unos dÃas no pensaba volver a tener ya este consuelo en la tierra, pero parece que Dios quiere prolongar un poco más mi destierro. No me aflijo por ello, pues no quisiera entrar en el cielo ni un minuto antes por mi propia voluntad. La única felicidad que hay en la tierra es esforzarnos por encontrar siempre deliciosa la porción que Jesús nos ofrece, y la tuya es muy bella, querida hermanita: si quieres ser santa, a ti te resultará muy fácil, pues en lo hondo de tu corazón el mundo no es nada para ti. Tú puedes, por tanto, igual que nosotras, ocuparte de «la única cosa necesaria", es decir, que, aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tu único objetivo sea: agradar a Jesús y unirte más Ãntimamente a él. Quieres que en el cielo ruegue por ti al Sagrado Corazón. Puedes estar segura de que no me olvidaré de darle tus encargos y de pedirle encarecidamente todo lo que necesites para llegar a ser una gran santa. Hasta Dios, hermana querida. Yo quisiera que el pensamiento de mi entrada en el cielo te llenase de alegrÃa, ya que allà podré amarte todavÃa más.
Tu hermanita,
T. del Niño Jesús
Ya te escribiré más despacio otra vez, ahora no puedo, pues el bebé necesita irse a dormir.
18 de julio de 1897
Jesús +
Mi pobre y querido hermanito: Su dolor me llega al alma, pero mire qué bueno es Jesús, que permite que pueda volver a escribirle para tratar de consolarle, y seguro que no será la última vez. Nuestro buen Salvador escucha sus quejas y sus oraciones, y por eso me deja todavÃa en la tierra. No crea que me aflijo por ello. No, querido hermanito; al contrario, pues en esta forma de obrar de Jesús veo cuánto le quiere a usted... No cabe duda que me he explicado mal en mi última cartita, ya que me dice, queridÃsimo hermanito, que «no le pida esa alegrÃa que yo siento al acercarse la Felicidad". Si por unos instantes pudiera usted leer en mi alma, ¡qué sorprendido quedarÃa! El pensamiento de la felicidad del cielo no sólo no me produce ninguna alegrÃa, sino que a veces incluso me pregunto cómo voy a poder ser feliz sin sufrir. Jesús, sin duda, cambiará mi naturaleza; de lo contrario, echaré de menos el sufrimiento y este valle de lágrimas. Nunca he pedido a Dios morir joven, me habrÃa parecido cobardÃa; pero él ha querido darme, desde mi más tierna infancia, la Ãntima convicción de que mi carrera aquà abajo serÃa corta. Asà pues, lo único que constituye toda mi alegrÃa es el pensamiento de hacer la voluntad de Dios.
Querido hermanito, ¡cómo me gustarÃa verter en su alma el bálsamo del consuelo! Pero lo único que puedo es hacer mÃas las palabras de Jesús en la última cena. No creo que se ofenda, pues soy su esposa y, por consiguiente, sus bienes son mÃos. Le digo, pues, como él decÃa a sus Ãntimos: «Me voy a mi Padre. Pero por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya. Vosotros ahora sentÃs tristeza, pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegrÃa". SÃ, estoy segura: después de mi entrada en la vida, la tristeza de mi querido hermanito se cambiará en una alegrÃa serena que ninguna criatura podrá arrebatarle. Estoy segura: tenemos que ir al cielo por el mismo camino, por el del sufrimiento unido al amor. Cuando llegue a puerto, querido hermanito de mi alma, le enseñaré cómo navegar por el mar tempestuoso del mundo con el abandono y el amor de un niño que sabe que su Padre lo ama y no puede dejarlo solo en la hora del peligro. ¡Cómo me gustarÃa hacerle comprender la ternura del Corazón de Jesús y lo que él espera de usted! Su carta del dÃa 14 hizo que mi corazón se estremeciera de alegrÃa: comprendà mejor que nunca hasta qué punto nuestras almas son gemelas, pues también la suya está llamada a elevarse hacia Dios por el ASCENSOR del amor, en vez de tener que subir la dura escalera del temor... No me extraña en absoluto que el trato familiar con Jesús le parezca algo difÃcil de realizar, no se puede llegar a ello en un dÃa; pero estoy segura de que le ayudaré mucho más a caminar por este camino deleitoso cuando me vea liberada de mi envoltura mortal, y que pronto podrá decir con san AgustÃn: «El amor es el peso que me arrastra".
Quisiera tratar de hacerle comprender con una comparación muy sencilla cómo ama Jesús a las almas que confÃan en él, aun cuando sean imperfectas. Supongamos que un padre tiene dos hijos traviesos y desobedientes, y que, al ir a castigarlos, ve que uno de ellos se echa a temblar y se aleja de él aterrorizado, llevando en el corazón el sentimiento de que merece ser castigado; y que su hermano, por el contrario, se arroja en los brazos de su padre diciendo que lamenta haberlo disgustado, que lo quiere y que, para demostrárselo, será bueno en adelante; si, además, este hijo pide a su padre que lo castigue con un beso, yo no creo que el corazón de ese padre afortunado pueda resistirse a la confianza filial de su hijo, cuya sinceridad y amor conoce. Sin embargo, no ignora que su hijo volverá a caer más de una vez en las mismas faltas, pero está dispuesto a perdonarle siempre si su hijo le vuelve a ganar una y otra vez por el corazón... Sobre el primer hijo, querido hermanito, no le digo nada, usted mismo comprenderá si su padre podrá amarle tanto y tratarle con la misma indulgencia que al otro... ¿Pero por qué hablarle de la vida de confianza y de amor? Me explico tan mal, que tendré que esperar al cielo para hablarle de esta vida tan feliz. Lo que yo querÃa hoy hacer era consolarlo. ¡Qué feliz me sentirÃa si usted aceptase mi muerte como la acepta la madre Inés de Jesús! Usted seguramente no sabe que ella es dos veces mi hermana y que es quien me hizo de madre en mi niñez. Nuestra Madre temÃa mucho que su temperamento sensible y el gran cariño que me tiene le hiciesen muy amarga mi partida. Ha ocurrido lo contrario: habla de mi muerte como de una fiesta, y eso es un gran consuelo para mÃ. Por favor, querido hermanito, trate de convencerse, como ella, de que, en vez de perderme, me va a encontrar y de que ya nunca lo abandonaré. Y pida esta misma gracia para la Madre, a quien usted ama y a quien yo amo aún más que usted, pues es mi Jesús visible.
Le darÃa gustosa lo que me pide si no hubiese hecho voto de pobreza; pero, por haberlo hecho, no puedo disponer ni siquiera de una estampa. La única que puede complacerle es nuestra Madre, y sé que ella cumplirá sus deseos. Precisamente en vista de la proximidad de mi muerte, una hermana me ha hecho una fotografÃa el dÃa del santo de nuestra Madre. Las novicias, al verme, exclamaron que habÃa adoptado un aire solemne, por lo visto ordinariamente estoy más sonriente. Pero, créame, hermanito, que si mi foto no le sonrÃe, mi alma no cesará de sonreÃrle cuando esté cerca de usted. Hasta Dios, mi querido y muy amado hermano. Esté seguro de que por toda la eternidad seré su verdadera hermanita,
T. del Niño Jesús
r.c.i.
J.M.J.T.
22 de julio de 1897
Fiesta de Sta. MarÃa Magdalena
Jesús +
«Que el justo me golpee por compasión hacia los pecadores, pero que ungüento del impÃo no perfume mi cabeza». Yo sólo puedo ser golpeada y probada por los justos, pues todas mis hermanas son gratas a Dios. Es menos amargo ser golpeada por un pecador que por un justo; pero por compasión hacia los pecadores y para obtener su conversión, yo te pido, Dios mÃo, ser golpeada en su favor por las almas justas que me rodean. Te pido también que el ungüento de las alabanzas, tan dulce para la naturaleza, no perfume mi cabeza, es decir, mi espÃritu, haciéndome creer que tengo unas virtudes que apenas he practicado algunas veces. ¡Oh, Jesús!, tu nombre es como ungüento derramado, y en ese divino perfume quiero yo bañarme toda entera, lejos de la mirada de las criaturas...
24-25 (?) de julio de 1897
J.M.J.T.
Teresita agradece mucho a su tÃa querida la preciosa carta que le ha enviado; y le da gracias también a su tÃo querido por el deseo que tenÃa de escribirle; y a su hermanita Leonia, que la embelesa por su abandono y por su cariño a toda prueba. Teresita envÃa regalos a todos los suyos (¡por desgracia, unas flores tan efÃmeras como ella...!) (ImportantÃsimas explicaciones para la distribución de las flores): Va un pensamiento para mi tÃo y otro pensamiento para mi tÃa (sin contar todos los que brotan para ellos en el jardincito de mi corazón). Los dos capullos de rosa son para Juana y Francis, y el que va solo es para Leonia. Junto con las flores, Teresita quisiera enviar a sus queridos familiares todos los frutos del EspÃritu Santo, ¡y muy especialmente el de la AlegrÃa!
J.M.J.T.
Jesús + 26 de julio de 1897
Querido hermanito:
¡Cómo me ha gustado su carta! Si Jesús escuchó sus plegarias y por ellas prolongó mi destierro, también escuchó, en su amor, las mÃas, puesto que usted está resignado a perder «mi presencia y mi acción sensible», como dice. Déjeme, hermanito, que le diga una cosa: Dios le tiene reservadas a su alma sorpresas muy agradables. Su alma, asà me lo escribe, «está poco acostumbrada a las cosas sobrenaturales»; pues yo, que para algo soy su hermanita, le prometo hacerle saborear, después de mi partida para la vida eterna, la dicha que puede experimentarse al sentir cerca de sà a un alma amiga. Ya no será esta correspondencia, más o menos espaciada, siempre demasiado incompleta y que usted parece echar en falta, sino una conversación fraterna que maravillará a los ángeles, una conversación que las criaturas no podrán censurar porque estará escondida para ellas. ¡Y qué estupendo me parecerá verme libre de estos despojos mortales que me harÃan ver a mi hermanito como a un extraño y como a un indiferente, si por un imposible me encontrase delante de él entre muchas personas...! Por favor, hermano, no imite a los hebreos, que añoraban «las cebollas de Egipto». Demasiado le he servido, de un tiempo acá, esas hortalizas que hacen llorar si las acercamos sin cocer a los ojos. Ahora mi sueño es compartir con usted «el maná escondido» (Apocalipsis) que el Todopoderoso prometió dar «al vencedor». Este maná celestial le atrae a usted menos que las «cebollas de Egipto» sólo porque está escondido; pero estoy segura de que, en cuanto yo pueda ofrecerle un alimento totalmente espiritual, no echará ya más en falta el que le habrÃa dado si me hubiese quedado todavÃa mucho tiempo en la tierra. SÃ, su alma es demasiado grande para apegarse a ningún consuelo de aquà abajo. Tiene que vivir por anticipado en el cielo, pues Jesús nos dijo: «Donde está tu tesoro, allà está tu corazón». ¿Y no es Jesús su único tesoro? Pues si él está en el cielo, allà debe morar su corazón. Y se lo digo con toda sencillez, querido hermanito: me parece que le va a ser más fácil vivir con Jesús cuando yo esté ya junto a él para siempre. Muy mal tiene que conocerme para temer que una relación detallada de sus faltas pueda disminuir el cariño que siento por su alma. Créame, hermano, que no necesitaré «tapar con la mano la boca a Jesús». Hace ya mucho tiempo que tiene olvidadas sus infidelidades, y sólo tiene presentes sus deseos de perfección para alegrar su corazón. Se lo ruego, no se arrastre a sus pies, siga ese «primer impulso que lo lleva a sus brazos». Ese es su sitio, y en esta carta he comprobado más aún que en las demás que le está prohibido ir al cielo por otro camino que no sea el de su pobre hermanita. Estoy completamente de acuerdo con usted: «al Corazón de Dios le entristecen más las mil pequeñas indelicadezas de sus amigos que las faltas, incluso graves, que cometen las personas del mundo». Pero, querido hermanito, yo pienso que eso es sólo cuando los suyos, sin darse cuenta de sus continuas indelicadezas, hacen de ellas una costumbre y no le piden perdón; sólo entonces Jesús puede decir aquellas palabras conmovedoras que la Iglesia pone en nuestra boca durante la semana santa: «Esas llagas que veis en mis manos son las que me hicieron en casa de mis amigos». Pero cuando sus amigos, después de cada indelicadeza, vienen a pedirle perdón echándose en sus brazos, Jesús se estremece de alegrÃa y dice a los ángeles lo que el padre del hijo pródigo dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y hagamos una fiesta». SÃ, hermano mÃo, ¡qué poco conocida es la bondad y el amor misericordioso de Jesús...! Es cierto que, para gozar de estos tesoros, hay que humillarse, reconocer la propia nada, y eso es lo que muchas almas no quieren hacer. Pero, hermanito, ésa no es su manera de actuar. Por eso el camino de la confianza sencilla y amorosa está hecho a la medida para usted. Yo quisiera que usted fuese muy llano con Dios, pero también... conmigo. ¿Le sorprende la frase? Lo digo, querido hermanito, porque me pide perdón «por su indiscreción», consistente en desear saber si en el mundo esta su hermana se llamaba Genoveva. A mà esa pregunta me parece completamente natural, y para demostrárselo voy a darle algunos detalles acerca de mi familia, pues no ha sido bien informado. Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra. Pidieron al Señor que les diese muchos hijos y que los tomara para sÃ. Su deseo fue escuchado: cuatro angelitos volaron al cielo, y las 5 hijas que quedaron en la arena tomaron por esposo a Jesús. Mi padre, como un nuevo Abraham, subió por tres veces, con un valor heroico, la montaña del Carmelo para inmolar a Dios lo que tenÃa de más querido. Primero fueron las dos mayores; después la tercera de sus hijas, por consejo de su director y conducida por nuestro incomparable padre, hizo una prueba en un convento de la Visitación (Dios se contentó con la aceptación; más tarde volvió al mundo, donde vive como si estuviera en el claustro). Al Escogido de Dios no le quedaban ya más que dos hijas, una de 18 años y la otra de 14. Esta «Teresita», le pidió volar al Carmelo, lo que obtuvo sin dificultad de su buen padre, que llevó su condescendencia hasta acompañarla primero a Bayeux y después a Roma, con el fin de remover los obstáculos que retardaban la inmolación de la que él llamaba su reina.
Y una vez que la condujo al puerto, dijo a la única hija que le quedaba: «Si quieres seguir el ejemplo de tus hermanas, tienes mi consentimiento, no te preocupes por mû. El ángel que debÃa sostener la ancianidad de ese santo le contestó que, después de su partida para el cielo, ella volarÃa también hacia el claustro, lo que llenó de alegrÃa a quien no vivÃa ya más que para Dios. Pero una vida tan hermosa debÃa ser coronada con una prueba digna de ella. Poco tiempo después de mi partida, el padre a quien tan merecidamente amábamos sufrió un ataque de parálisis en las piernas, que se repitió varias veces; pero no podÃa quedarse todo ahÃ, pues entonces la prueba habrÃa sido demasiado suave, ya que aquel heroico patriarca se habÃa ofrecido a Dios como vÃctima. Por eso la parálisis cambió su curso y afectó a la cabeza venerable de la vÃctima que el Señor habÃa aceptado...
Ya no me queda espacio para contarle algunos detalles conmovedores. Sólo quiero decirle que tuvimos que beber el cáliz hasta las heces y separarnos de nuestro adorado padre durante tres años, confiándole a manos religiosas, pero extrañas. Él aceptó esta prueba, aun comprendiendo toda la humillación que entrañaba, y llevó su heroÃsmo hasta no querer que pidiésemos su curación. Hasta Dios, querido hermanito, espero volver a escribirle si el temblor de mi mano no va en aumento, pues me he visto obligada a escribir la carta en varias veces.
Su hermanita, no «Genoveva», sino «Teresa» del Niño Jesús de la Santa Faz.
3 de agosto de 1897
¡Dios mÃo, qué bueno eres con la pequeña vÃctima de tu Amor misericordioso! Ni siquiera ahora que añades el sufrimiento exterior a las pruebas de mi alma, puedo decir: «Me cercaban olas mortales», sino que exclamo agradecida: «Aunque camine por las cañadas oscuras de la muerte, nada temo, porque tú, Señor, vas conmigo». (A mi queridÃsima hermanita sor Genoveva de Santa Teresa)
3 de agosto de 1897 - Salmo 22, 4
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux
Jesús + 10 de agosto de 1897
Querido hermanito:
Ahora sà estoy a punto de partir. He recibido mi pasaporte para el cielo, y ha sido mi padre querido quien me ha alcanzado esta gracia: el 29, me dio la garantÃa de que pronto iré a reunirme con él. Al dÃa siguiente, el médico, extrañado de los progresos que en dos dÃas habÃa hecho la enfermedad, le dijo a nuestra Madre que habÃa llegado el momento de satisfacer mis deseos, administrándome la unción de los enfermos. Asà pues, el 30 tuve esa dicha, y también la de ver que Jesús Hostia, a quien recibà en viático para mi largo viaje, dejaba el sagrario para venir a mÃ... Ese Pan del cielo me ha fortalecido: ya ve, parece que mi peregrinación no quiere acabarse; pero lejos de quejarme, me alegro de que Dios me permita sufrir un poco más por su amor. ¡Y qué dulce es abandonarse entre sus brazos, sin temores ni deseos!
Le confieso, hermanito, que usted y yo no entendemos el cielo de la misma manera. Usted piensa que, al participar yo de justicia y de la santidad de Dios, no podré disculpar sus faltas, como lo hacÃa en la tierra. ¿No se está olvidando de que participaré también de la misericordia infinita del Señor? Yo creo que los bienaventurados tienen una enorme compasión de nuestras miserias: se acuerdan de que cuando eran frágiles y mortales como nosotros, cometieron las mismas faltas que nosotros y sostuvieron los mismos combates, y su cariño fraternal es todavÃa mayor que el que nos tuvieron en la tierra, y por eso no dejan de protegernos y de orar por nosotros. Ahora, hermanito querido, voy a hablarle de la herencia que recogerá después de mi muerte. Esta es la parte que nuestra Madre le dará:
1º. El relicario que recibà el dÃa de mi toma de hábito, y que desde entonces nunca se ha separado de mÃ.
2º. Un pequeño crucifijo, al que le tengo un cariño incomparablemente mayor que al grande, pues el que tengo ahora no es el primero que me dieron. En el Carmelo nos cambian de vez en cuando los objetos de piedad, lo cual es una buena medida para impedir que nos apeguemos a ellos. Vuelvo al pequeño crucifijo. No es bonito, la cara de Cristo ha desaparecido casi por completo; no se sorprenderá cuando sepa que, desde la edad de 13 años, este recuerdo de una de mis hermanas me ha seguido a todas partes. Sobre todo en mi viaje a Italia ese crucifijo fue precioso para mÃ. Lo hice tocar a todas las reliquias insignes que tuve la dicha de venerar y cuyo número me serÃa imposible decir; además, fue bendecido por el Santo Padre. Desde que estoy enferma, tengo casi siempre entre las manos este querido crucifijo, y cuando lo miro pienso con gran alegrÃa que, después de recibir mis besos, irá a buscar los de mi hermanito.
En eso, pues, consistirá su herencia. Además, nuestra Madre le dará la última estampa que he pintado. Voy a terminar, querido hermanito, por donde deberÃa haber empezado: dándole las gracias por el gran placer que me ha dado al enviarme su fotografÃa. Hasta Dios, querido hermanito. Que él nos conceda la gracia de amarlo y de salvarle almas. Este es el deseo que formula su indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
r.c.i.
(Me convertà en su hermana por elección.)
Le felicito por su nueva dignidad. El 25, dÃa en que celebro el santo de mi padre querido, tendré la dicha de festejar también a mi hermano Luis de Francia.
A mi querida hermanita,
en recuerdo de sus 23 años.
12 de agosto de 1897.
Que tu vida sea toda ella de humildad y de amor, para que puedas ir pronto adonde voy yo: ¡a los brazos de Jesús...!
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
22 de agosto de 1897
A mi querida hermanita sor MarÃa de la EucaristÃa, en recuerdo de sus 27 años.
T. del Niño Jesús
25 de agosto de 1897
Anverso: Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mÃ... ¡Yo lo amo...! ¡Pues él es sólo amor y misericordia!
Al dorso: Ultimo recuerdo de un alma hermana de la suya.
T. del N. J.
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