(21 de marzo de 1896-30 de septiembre de 1897)
11 de abril de 1896
J.M.J.T.
Querida Leonia:
Tu hermanita más pequeña no puede tampoco dejar de decirte cuánto te quiere y cómo se acuerda de ti, sobre todo en este dÃa de tu santo. No tengo nada para regalarte, ni siquiera una estampa. Pero no, digo mal, te ofreceré mañana la divina Realidad, a Jesús-Hostia, TU ESPOSO y el mÃo... Querida hermanita, ¡qué hermoso es poder las cinco llamar a Jesús «nuestro Amado»! Pero ¿qué será cuando le veamos en el cielo y le sigamos a todas partes, cantando el mismo cántico, el que sólo a las vÃrgenes les está permitido repetir...? Entonces comprenderemos el valor del sufrimiento y de las pruebas, y repetiremos como Jesús: «Verdaderamente, era necesario que nos probase el sufrimiento para hacernos entrar en la gloria». Hermanita querida, no puedo decirte todos los profundos pensamientos referentes a ti que encierra mi corazón. Lo único que quiero repetirte es esto: «que te quiero mil veces más tiernamente de los que se quieren las hermanas normales y corrientes, ya que yo puedo amarte con el Corazón de nuestro Esposo celestial». En él vivimos de la misma vida, y en él seguiré siendo por toda la eternidad
Tu hermana más pequeña, Teresa del Niño Jesús rel. carm. ind.
30 de abril de 1896
Querida hermanita:
Quisiera tener flores inmortales para ofrecerte en recuerdo de este hermoso dÃa, pero sólo en el cielo nunca se marchitarán las flores... Estas miosotis, al menos, te dirán que en el corazón de tu hermanita quedará siempre grabado el recuerdo del dÃa en que Jesús te dio el beso de una unión que debe terminarse, o, mejor, consumarse en el cielo...
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm.
7 de mayo de 1896
(En el anverso:)
Padecer y ser despreciada por amor
(En el reverso:)
Pensamientos de nuestro Padre san Juan de la Cruz: Cuando la afición a las criaturas es puramente espiritual, creciendo ella, crece la de Dios, y cuanto más se acuerda de ella, tanto más se acuerda de Dios y le da gana de Dios, y creciendo en lo uno crece en lo otro. Tal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende ganancia ni premio, sino sólo perderlo todo y a sà mismo en su voluntad por Dios. A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición. Recuerdo del 7 de mayo, del año de gracia de 1896. Obsequiado a mi querida hermanita MarÃa de la Trinidad y de la Santa Faz.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind.
J.M.J.T.
23 de junio de 1896
Jesús + Carmelo de Lisieux
Reverendo Padre: He pensado que le darÃa una alegrÃa a nuestra Madre regalándole para el 21 de junio, que es su santo, un corporal y un purificador con una palia, para que ella tuviese el gusto de enviárselo a usted para el dÃa 29. A esta venerada Madre le debo la dicha Ãntima de estar unida a usted por los lazos apostólicos de la oración y la mortificación; por eso le pido, Reverendo Padre, que me ayude en el altar a pagar mi deuda de gratitud. Me siento muy indigna de estar especialmente asociada a uno de los misioneros de nuestro adorable Jesús; pero como la obediencia me confÃa esta dulce tarea, estoy segura de que mi celestial Esposo suplirá mis pobres méritos (sobre los que no me apoyo lo más mÃnimo) y de que escuchará los deseos de mi corazón, fecundando su apostolado. Me sentiré verdaderamente feliz de trabajar con usted por la salvación de las almas. Para eso me hice carmelita: al no poder ser misionera por la acción, quise serlo por el amor y la penitencia como santa Teresa, mi seráfica Madre... Le ruego, Reverendo Padre, que pida para mà a Jesús, el dÃa en que se digne bajar del cielo por vez primera al conjuro de su voz, que le pida que me abrase con el fuego de su amor para que luego pueda yo ayudarle a usted a encenderlo en los corazones. Hace tiempo que deseaba conocer a un apóstol que quisiese pronunciar mi nombre en el altar el dÃa de su primera Misa... Deseaba prepararle yo misma los lienzos sagrados y la blanca hostia destinada a ocultar al Rey del Cielo... Ese Dios de bondad ha querido hacer realidad mi sueño y mostrarme una vez más cómo le gusta colmar los deseos de las almas que le aman sólo a él. Si no temiese ser indiscreta, le pedirÃa también, Reverendo Padre, que tuviese cada dÃa en el altar un recuerdo para mÃ... Cuando el océano le separe de Francia, al mirar la palia que tan gustosamente he pintado, recuerde que en la montaña del Carmelo un alma ruega sin cesar al divino Prisionero del amor por el éxito de su gloriosa conquista. DesearÃa, Reverendo Padre, que nuestra unión apostólica sólo fuese conocida por Jesús, y pido una de sus primeras bendiciones para quien se sentirá feliz de llamarse eternamente Su indigna hermanita en Jesús-Hostia
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
J.M.J.T.
29 de junio de 1896
Leyenda de un pequeño corderito. En una risueña y fértil pradera vivÃa feliz una pastora. Amaba a su rebaño con toda la ternura de su corazón, y las ovejas y los corderos querÃan también a su pastora... Pero la felicidad perfecta no se encuentra en este valle de lágrimas. Un dÃa, el hermoso cielo azul de la pradera se cubrió de nubes, y la pastora se puso triste; ya no encontraba alegrÃa en cuidar a su rebaño y, ¿habrá que decirlo?, a su espÃritu se asomó el pensamiento de alejarse de él para siempre... Felizmente, amaba todavÃa a un corderito, muchas veces le tomaba entre sus brazos, le acariciaba y, como si el cordero fuese su igual, la pastora le confiaba sus penas y a veces lloraba con él... El pobrecito, al ver llorar a su pastora, se afligÃa y buscaba en vano en su corazoncito la forma de consolar a su pastora, a la que amaba más que a sà mismo. Una tarde, el corderito se durmió a los pies de su pastora, y entonces la pradera... las nubes... todo desapareció de su vista. Se encontró en una campiña infinitamente más amplia y más hermosa. En medio de un rebaño más blanco que la nieve divisó a un Pastor resplandeciente de gloria y de serena majestad... El pobre cordero no se atrevÃa a acercarse, pero el buen Pastor, el divino Pastor, vino hacia él, lo sentó en su regazo, lo beso como antes hacÃa su dulce pastora..., y le dijo: «Corderito, ¿por qué brillan las lágrimas en tus ojos? ¿Por qué tu pastora, a quien yo amo, vierte tantas lágrimas...? Habla, que yo quiero consolaros a los dos». «Si lloro -respondió el cordero-, es sólo porque veo llorar a mi pastora querida. Escucha, Pastor divino, el motivo de sus lágrimas. En otro tiempo ella se creÃa amada por su querido rebaño y habrÃa dado su vida por hacerlo feliz; pero un dÃa, por orden tuya, se vio obligada a ausentarse durante algunos años. A su vuelta, le pareció que ya no reconocÃa el mismo espÃritu que ella tanto habÃa amado en sus ovejas. Tú sabes,
Señor, que tú mismo has dado al rebaño el poder y la libertad de elegir a su pastora. Pues bien, en vez de verse elegida por unanimidad como otras veces, sólo después de siete votaciones fue colocado en sus manos el cayado... Tú, que antaño lloraste en nuestra tierra, ¿no comprendes cómo debe de sufrir el corazón de mi pastora querida...? (El buen Pastor sonrió, e inclinándose sobre el cordero:) «SÃ, dijo, lo comprendo..., pero que se consuele tu pastora. Soy yo quien, no sólo ha permitido, sino quien ha querido la gran prueba que tanto la ha hecho sufrir». «¿Es posible, Jesús?, replicó el corderito. Yo pensaba que tú eras tan bueno, tan dulce... ¿No podÃas haber dado a otra el cayado, como lo deseaba mi Madre querida? O si querÃas volverlo a poner a toda costa en sus manos, ¿por qué no haberlo hecho a la primera votación...?» «¿Que por qué, corderito? ¡Porque amo a tu pastora! Durante toda su vida la he guardado con celoso cuidado, y ella habÃa sufrido ya mucho por mà en su alma y en su corazón; pero aún le faltaba esta prueba exquisita que acabo de enviarle después de habérsela preparado desde toda la eternidad». «Ya veo, Señor, que tú no sabes cuál es la pena mayor de mi pastora..., o que no quieres confiármela... También tú piensas que el espÃritu primitivo de nuestro rebaño está desapareciendo..., ¿cómo no lo va a pensar mi pastora...? ¡Son tantas las pastoras que deploran esos mismos desastres en sus apriscos...!» «Es cierto, respondió Jesús, el espÃritu del mundo se infiltra aun en medio de las más apartadas praderas, pero es fácil equivocarse en el discernimiento de las intenciones. Yo, que lo veo todo y que conozco hasta los pensamientos más secretos, te digo: el rebaño de tu pastora me es muy querido entre todos los demás, y no ha hecho más que servirme de instrumento para llevar a cabo mi obra de santificación en el alma de tu Madre querida». «Señor, yo te aseguro que mi pastora no comprende todo eso que me estás diciendo... ¿Y cómo lo va a comprender, si nadie juzga las cosas de esa forma en que tú me las acabas de mostrar...? Conozco ovejas que hacen sufrir mucho a mi pastora con sus razonamientos a ras de tierra... Jesús, ¿por qué no comunicas a esas ovejas los secretos que me confÃas a mÃ? ¿Por qué no hablas tú al corazón de mi pastora...?» «Si le hablase, su prueba desaparecerÃa, y su corazón se llenarÃa de una alegrÃa tan grande, que nunca le habrÃa parecido tan ligero el cayado...
Pero no quiero quitarle su prueba, sólo quiero que comprenda la verdad y que reconozca que su cruz le viene del cielo y no de la tierra». «Señor, entonces háblale tú a mi pastora. ¿Cómo quieres que comprenda la verdad, si a su alrededor sólo escucha la mentira...?» «Corderito, ¿no eres tú el preferido de tu pastora...? Pues entonces repÃtele las palabras que he hablado a tu corazón». «Lo haré, Jesús. Pero preferirÃa que dieses ese encargo a una de las ovejas cuyos razonamientos están a ras de tierra... Yo soy tan pequeño..., es tan débil mi voz..., ¿cómo me va a creer mi pastora...?» «Tu pastora sabe bien que a mà me gusta esconder mis secretos a los sabios y a los entendidos y que se los revelo a los más pequeños, a los simples corderos, cuya lana blanca no se ha manchado con el polvo del camino... Ella te creerá, y si todavÃa corren lágrimas de sus ojos, esas lágrimas no tendrán ya la misma amargura y embellecerán su alma con el austero resplandor del sufrimiento amado y recibido con gratitud». «Te entiendo, Jesús. Pero hay todavÃa un misterio que quisiera penetrar. Dime, por favor, por qué has escogido precisamente a las ovejas queridas de mi pastora para probarla... Si hubieses escogido ovejas extrañas, la prueba hubiese sido más suave...» Entonces el buen Pastor, mostrando al cordero sus pies, sus manos y su corazón hermoseados con luminosas llagas, respondió: «Mira estas llagas, ¡son las que recibà en casa de los que me amaban...! Por eso son tan bellas y gloriosas, y su resplandor arrobará de alegrÃa a los ángeles y a los santos por toda la eternidad... «Tu pastora se pregunta que ha hecho para alejar de sà a sus ovejas. ¿Y yo?, ¿qué le habÃa hecho yo a mi pueblo? , ¿en qué lo habÃa ofendido...? «Tu pastora tiene, pues, que alegrarse de tomar parte en mis dolores... Si le quito los apoyos humanos, ¡es para llenar yo solo su amante corazón...! «Dichoso el que pone en mà su apoyo; es como si pusiera peldaños en su corazón para elevarse hasta el cielo. FÃjate bien, corderito..., no digo separarse por completo de las criaturas, despreciar su amor y sus atenciones, sino, al contrario, aceptarlas para darme gusto a mÃ, servirse de ellas como de otros tantos peldaños, porque alejarse de las criaturas no servirÃa más que para una cosa: para caminar y extraviarse por los senderos de la tierra... Para elevarse, es necesario posar el pie sobre los peldaños de las criaturas y no apegarse más que a mÃ... ¿Entiendes, corderito...?» «Asà lo creo, Señor, pero sobre todo siento que tus palabras son la verdad, pues ponen paz y alegrÃa en mi pobre corazón. ¡Y ojalá puedan penetrar suavemente en el gran corazón de mi pastora...! «Jesús, antes de volver a su lado, tengo que hacerte una súplica... No nos dejes languidecer mucho tiempo en la tierra del destierro, llámanos a los gozos de la pradera celestial donde conducirás eternamente a nuestro querido rebañito a través de senderos floreados.» «Querido corderito (respondió el buen Pastor), escucharé tu petición. Pronto, sÃ, pronto tomaré a la pastora y a su cordero, y entonces bendeciréis por toda la eternidad el venturoso sufrimiento que os habrá merecido tan gran felicidad, ¡y yo mismo enjugaré todas las lágrimas de vuestros ojos...!»
J.M.J.T. Jesús + 12 de julio de 1896
Querida Leonia:
HabrÃa respondido a tu preciosa carta el domingo pasado, si me la hubiesen dado; pero somos cinco, y ya sabes que yo soy la más pequeña..., por lo que estoy expuesta a no ver las cartas sino mucho después que las demás, o incluso a no verlas en absoluto... Hasta el viernes no pude ver tu carta; por eso, querida hermanita, no me he retrasado por mi culpa... ¡Si supieras lo feliz que me siento de verte con tan buenas disposiciones... No me sorprende que el pensamiento de la muerte te resulte tan dulce, ya tú no estás apegada a nada en la tierra. Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas. El se conforma con una mirada, con un suspiro de amor... Y creo que la perfección es algo muy fácil de practicar, pues he comprendido que lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por el corazón... FÃjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: «Dame un beso, no lo volveré a hacer», ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles...? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado... Ya en tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor, decÃa ya el profeta IsaÃas, hablando en nombre del Rey del cielo: «¿Podrá una madre olvidarse de su hijo...? Pues aunque ella se olvide de su hijo, yo no os olvidaré jamás». ¡Qué encantadora promesa! Y nosotros, que vivimos en la ley del amor, ¿no vamos a aprovecharnos de los amorosos anticipos que nos da nuestro Esposo...? ¡Cómo vamos a temer a quien se deja prender en uno de los cabellos que vuelan sobre nuestro cuello...! Sepamos, pues, hacer prisionero a este Dios que se hace mendigo de nuestro amor. Al decirnos que un solo cabello puede obrar este prodigio, nos está mostrando que los más pequeños actos, hechos por amor, cautivan su corazón... Si hubiera que hacer grandes cosas, ¡cuán dignos de lástima serÃamos...! ¡Pero qué dichosas somos, ya que Jesús se deja prendar por las más pequeñas...!
No son pequeños sacrificios lo que te falta, querida Leonia, ¿no está tu vida tejida de ellos...? Me alegro de verte ante semejante tesoro, y sobre todo de pensar que sabes aprovecharte de él, no sólo para ti, sino también para las almas... ¡Es tan hermoso ayudar a Jesús con nuestros pequeños sacrificios, ayudarle a salvar las almas que él rescató al precio de su sangre y que sólo esperan nuestra ayuda para no caer en el abismo...!
Me parece que si nuestros sacrificios son cabellos que hechizan a Jesús, nuestras alegrÃas lo son también. Para ello, basta con no encerrarse en una felicidad egoÃsta, sino ofrecer a nuestro esposo las pequeñas alegrÃas que él siembra en el camino de la vida para cautivar nuestras almas y elevarlas hasta sÃ... Pensaba escribir hoy a nuestra tÃa, pero no tengo tiempo, lo haré el domingo que viene. Dile, por favor, cuánto la quiero, y a nuestro tÃo también. Me acuerdo también mucho de Juana y de Francis. Me pides noticias acerca de mi salud. Pues bien, querida hermanita, ya no toso absolutamente nada. ¿Estás contenta...? Pero eso no le impedirá a Dios tomarme cuando quiera. Como hago todo lo que puedo por ser un niño pequeñito, no tengo que hacer ningún preparativo. Jesús mismo deberá pagar todos los gastos del viaje y el precio de la entrada en el cielo... Adiós, hermanita querida. Creo que te quiero cada dÃa más... Tu hermanita Teresa del Niño Jesús rel. carm.
Sor Genoveva está muy contenta con tu carta; te contestará la próxima vez. Las cinco te mandamos un abrazo...
J.M.J.T.
Jesús + 16 de julio de 1896
Querida tÃa:
Hubiera querido ser la primera en dirigirme a usted; pero ya sólo me queda el dulce y grato deber de agradecerle la hermosa carta que he recibido. ¡Qué buena es usted, querida tÃa, al acordarse de su Teresita! Pero le aseguro que no está tratando con una ingrata... Quisiera contarle algo nuevo, pero, por más que me devano los sesos, no me sale absolutamente nada más que el cariño que siento por mis familiares queridos..., y eso dista mucho de ser nuevo, pues es tan viejo como yo...
Me pide, querida tÃa, que le dé noticias de mi salud como a una mamá, y lo voy a hacer asÃ. Pero si le digo que estoy de maravilla, no me va a creer; por eso, cederé la palabra al célebre doctor de Cornière, al cual tuve el insigne honor de ser presentada ayer en el locutorio. Este ilustre personaje, después de haberme honrado con una mirada, declaró que: «¡TenÃa buena cara...!» Esta declaración no me impidió pensar que pronto se me permitirÃa «ir al cielo con los angelitos», no por causa de mi salud, sino por causa de otra declaración que hoy hizo en la capilla del Carmelo el señor abate Lechêne... Tras habernos presentado los ilustres orÃgenes de nuestra sagrada Orden, y habernos comparado con el profeta ElÃas luchando con los profetas de Baal, declaró «que iban a empezar de nuevo unos tiempos parecidos a los de la persecución de Baal». Nos parecÃa estar volando ya hacia el martirio... ¡Qué dicha, tiÃta querida, si toda nuestra familia fuese al cielo el mismo dÃa! Me parece verla sonreÃr..., tal vez piense que no nos está reservado este honor... Lo que sà es cierto es que, todos juntos o uno después de otro, un dÃa dejaremos el desierto por la patria, y entonces nos alegraremos de todas esas cosas, cuyo premio será el cielo... Tanto de haber tomado la poción el dÃa de visita, como de haber ido a Maitines a pesar de nuestra cara triste, o de haber cazado conejos o recogido la avena... Con gran pesar de mi parte, me estoy dando cuenta de que esta noche no logro decir nada que tenga sentido. Seguro que se debe a que deseaba escribir muchas cosas a mi tiÃta, a quien tanto quiero... Gracias a Dios, sor MarÃa de la EucaristÃa va a suplir mi pobreza, y esto es lo único que me consuela en mi extrema indigencia... Seguimos juntas en el mismo oficio y nos entendemos muy bien. Le aseguro que a ninguna de las dos nos ataca la melancolÃa. Tenemos que poner mucho cuidado en no decir palabras inútiles, porque, después de cada frase útil, se presenta siempre alguna frasecilla divertida que hay que dejar para la recreación. Querida tÃa, salude, por favor, a todos los queridos habitantes de La Musse, en especial a mi querido tÃo, a quien le encargo que le dé un abrazo muy fuerte de mi parte.
Su hijita que la quiere,
Teresa del Niño Jesús rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux 30 de julio de 1896
Jesús +
Hermano:
¿Verdad que me va a permitir no darle en adelante otro nombre, ya que Jesús se ha dignado unirnos con los lazos del apostolado? Me encanta pensar que, desde toda la eternidad, Nuestro Señor ha concebido esta unión, llamada a salvarle almas, y que me ha creado para ser su hermana... Ayer recibimos sus cartas; y nuestra Madre le introdujo a usted con gran alegrÃa en la clausura. Me ha dado permiso para conservar la fotografÃa de mi hermano; lo cual es un privilegio del todo especial, pues una carmelita no tiene ni siquiera los retratos de sus familiares más cercanos. Pero nuestra Madre sabe bien que el de usted, lejos de recordarme el mundo y los afectos terrenos, elevará mi alma a regiones más altas y la hará olvidarse de sà misma para gloria de Dios y salvación de las almas. De esta manera, hermano mÃo, mientras yo atravieso el mar en su compañÃa, usted se quedará junto a mÃ, muy escondido en nuestra pobre celda... Todo lo que me rodea me evoca su recuerdo. He colocado el mapa de Su- Tchuen en la pared del lugar donde trabajo, y la estampa que me regaló descansa siempre sobre mi corazón en el libro de los evangelios que nunca me abandona. La metà al azar, y cayó en este pasaje: «El que deje todo por seguirme, recibirá cien veces más en este mundo y en la edad futura la vida eterna». Estas palabras de Jesús se han realizado ya en usted, puesto que me dice: «Parto feliz». Entiendo que esa alegrÃa será totalmente espiritual: es imposible dejar a su padre, a su madre, a su patria sin sentir los desgarros de la separación... Yo, hermano mÃo, sufro con usted, ofrezco con usted su gran sacrificio, y pido a Jesús que derrame sus abundantes consuelos sobre sus queridos padres, en espera de la unión celestial donde los veremos alegrarse de su gloria, la cual, secando para siempre sus lágrimas, los colmará de alegrÃa por toda una eternidad feliz... Esta noche, en la oración, he meditado unos pasajes de IsaÃas que me han parecido tan apropiados para usted, que no puedo dejar de copiárselos: «Ensancha el espacio de tus tiendas..., porque te extenderás a derecha e izquierda, tu descendencia heredará naciones y poblará ciudades desiertas... Alza la vista y mira a tu alrededor: todos ésos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos de todas partes. Entonces lo verás, radiante de alegrÃa, palpitará y se ensanchará tu corazón porque volcarán sobre ti las riquezas del mar y te traerán los tesoros de las naciones».
¿No es ése el céntuplo que Jesús prometió? Usted también puede exclamar: «El EspÃritu del Señor está sobre mÃ, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para anunciar su palabra, para curar los corazones desgarrados, para anunciar la liberación a los cautivos y consolar a los afligidos... Desbordo de gozo con el Señor, porque me ha vestido un traje de salvación y me ha cubierto con un manto de liberación. Como la tierra hace germinar la semilla, asà el Señor hará germinar para mà su justicia y su gloria ante las naciones... Mi pueblo será un pueblo de justos, serán el renuevo que yo planté... Iré a las islas más remotas, a los que nunca oyeron hablar del Señor. Y anunciaré su gloria a las naciones y se las ofreceré como ofrenda a mi Dios». Si quisiera copiar todos los pasajes que más hondo me han llegado, necesitarÃa mucho tiempo. Termino, pero antes quisiera pedirle algo. Cuando tenga usted un momento libre, me gustarÃa que me escribiese las fechas más importantes de su vida; asÃ, podrÃa unirme a usted de manera más especial para agradecer a Dios las gracias que le ha concedido. Adiós, hermano mÃo..., la distancia nunca podrá separar nuestras almas, y la muerte misma hará más Ãntima nuestra unión. Si voy pronto al cielo, pediré permiso a Jesús para ir a visitarlo a Su-tchuen y proseguiremos juntos nuestro apostolado. Mientras tanto, estaré unida siempre a usted por la oración, y pido a Nuestro Señor que no me deje nunca gozar mientras usted esté sufriendo. Incluso quisiera que mi hermano tuviese siempre los consuelos y yo las pruebas. Tal vez esto sea egoÃsmo..., pero creo que no, porque mi única arma es el amor y el sufrimiento, y la espada de usted es la de la palabra y los trabajos apostólicos. Adiós una vez más, hermano. DÃgnese bendecir a la que Jesús le ha dado por hermana,
Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz
rel. carm. ind.
(Fragmento)
8-17 de septiembre (?) de 1896
(...) Estoy encantada con el niñito, y el que lo lleva en brazos está más encantado todavÃa que yo... ¡Qué hermosa es la vocación del niñito! No es sólo una misión la que tiene que evangelizar, sino todas las misiones. ¿Y cómo lo hará...? Amando, durmiendo, ARROJANDO FLORES a Jesús mientras él duerme. Entonces, Jesús tomará esas flores, y, comunicándoles un valor inapreciable, las arrojará a su vez, y las hará volar sobre todas las riberas del mundo y salvará a las almas con las flores, con el amor del niñito, que no verá nada, ¡pero que seguirá sonriendo incluso a través de sus lágrimas...! (Un niño misionero y guerrero, ¡qué maravilla!)
(Fragmentos)
8-17 de septiembre (?) de 1896
J.M.J.T.
El hermanito piensa igual que el niñito...
El martirio más doloroso y el más AMOROSO es el nuestro, pues sólo Jesús lo ve. Nunca será revelado a las criaturas en la tierra; pero cuando el Cordero abra el libro de la vida, ¡cuál no será el asombro en la corte celestial al oÃr proclamar, junto al nombre de los misioneros y de los mártires, el de unos pobres niñitos que nunca hicieron hazañas deslumbrantes...! (...) Sigo cuidando las tocas, que están muy enfermas.
13 (?) de septiembre de 1896
J.M.J.T.
Jesús +
¡Querida hermana!, me pides que te deje un recuerdo de mis ejercicios espirituales, unos ejercicios que quizás sean los últimos... Puesto que nuestra Madre lo permite, me alegro de ponerme a conversar contigo que eres dos veces mi hermana; contigo, que me prestaste tu voz cuando yo no podÃa hablar, prometiendo en mi nombre que no querÃa servir más que a Jesús... Querida madrinita, aquella niña que tú ofreciste al Señor es la que te habla esta noche, la que te ama como sólo una hija sabe amar a su madre... Sólo en el cielo conocerás toda la gratitud de que rebosa mi corazón... Hermana querida, tú querrÃas escuchar los secretos que Jesús confÃa a tu hijita. Yo sé que esos secretos te los confÃa también a ti, pues fuiste tú quien me enseñó a acoger las enseñanzas divinas. Sin embargo, trataré de balbucir algunas palabras, aunque siento que a la palabra humana le resulta imposible expresar ciertas cosas que el corazón del hombre apenas si puede vislumbrar... No creas que estoy nadando entre consuelos. No, mi consuelo es no tenerlo en la tierra. Sin mostrarse, sin hacerme oÃr su voz, Jesús me instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase como la que he encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde está contenida la ciencia del Amor». ¡La ciencia del Amor! ¡SÃ, estas palabras resuenan dulcemente en los oÃdos de mi alma! No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada todavÃa... Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono. Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Este camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre... «El que sea pequeñito, que venga a mû, dijo el EspÃritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo EspÃritu de amor dijo también que «a los pequeños se les compadece y perdona». Y, en su nombre, el profeta IsaÃas nos revela que en el último dÃa «el Señor apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los estrechará contra su pecho». Y como si todas esas promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundÃa ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: «Como una madre acaricia a su hijo, asà os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre mis rodillas os acariciaré». SÃ, madrina querida, ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y de amor... Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perderÃa la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo XLIX: «No aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las fieras de la selva son mÃas y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los pájaros del cielo... Si tuviera hambre, no te lo dirÃa, pues el orbe y cuanto lo llena es mÃo. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?... Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y de acción de gracias». He aquÃ, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. TenÃa sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. TenÃa sed de amor... SÃ, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discÃpulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discÃpulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito! Hermana querida, ¡dichosas nosotras que comprendemos los Ãntimos secretos de nuestro Esposo! Si tú quisieras escribir todo lo que sabes acerca de ellos, ¡qué bellas páginas podrÃamos leer! Pero ya lo sé, tú prefieres guardar «los secretos del Rey» en el fondo de tu corazón, mientras que a mà me dices «que es bueno publicar las obras del AltÃsimo». Creo que tienes razón en guardar silencio, y sólo por complacerte escribo yo estas lÃneas, pues siento mi impotencia para expresar con palabras de la tierra los secretos del cielo; y además, aunque escribiera páginas y más páginas, seguirÃa teniendo la impresión de no haber empezado todavÃa... Hay tal diversidad de horizontes, matices tan infinitamente variados, que sólo la paleta del Pintor celestial podrá proporcionarme, después de la noche de esta vida, los colores apropiados para pintar las maravillas que él descubre a los ojos de mi alma.
Hermana querida, me pedÃas que te escribiera mi sueño y mi «doctrinita», como tú las llamas... Lo he hecho en las páginas que siguen; pero tan mal, que me parece imposible que consigas entender nada. Tal vez mis expresiones te parezcan exageradas... Perdóname, ello se debe a mi estilo demasiado confuso. Te aseguro que en mi pobre alma no hay exageración alguna: en ella todo es sereno y reposado... (Al escribir, me dirijo a Jesús; asà me resulta más fácil expresar mis pensamientos... Lo cual, ¡ay!, no impide que vayan horriblemente expresados.)
J.M.J.T.
Jesús + 17 de septiembre de 1896
Querida hermana:
No encuentro la menor dificultad en responderte... ¿Cómo puedes preguntarme si puedes tú amar a Dios como le amo yo...? Si hubieses entendido la historia de mi pajarillo, no me harÃas esa pregunta. Mis deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi corazón. A decir verdad, son las riquezas espirituales las que hacen injusto al hombre cuando se apoya en ellas con complacencia, creyendo que son algo grande... Esos deseos son un consuelo que Jesús concede a veces a las almas débiles como la mÃa (y de estas almas hay muchas); pero cuando no da este consuelo, es una gracia privilegiada. Recuerda aquellas palabras del Padre: «Los mártires sufrieron con alegrÃa, y el Rey de los mártires sufrió con tristeza». SÃ, Jesús dijo: «Padre, aparta de mà este cáliz». Hermana querida, ¿cómo puedes decir, después de esto, que mis deseos son la señal de mi amor...? No, yo sé muy bien que no es esto, en modo alguno, lo que le agrada a Dios en mi pobre alma. Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia... Este es mi único tesoro. Madrina querida, ¿por qué este tesoro no va a ser también el tuyo...? ¿No estás dispuesta a sufrir todo lo que Dios quiera? Yo sé muy bien que sÃ. Pues entonces, si deseas sentir alegrÃa o atractivo por el sufrimiento, es tu propio consuelo lo que buscas, pues cuando se ama una cosa desaparece el dolor. Te aseguro que si fuésemos las dos juntas al martirio con las disposiciones que hoy tenemos, tú tendrÃas un gran mérito y yo no tendrÃa ninguno, a menos que Jesús tuviese a bien cambiar mis disposiciones. Hermana querida, comprende a tu hijita, por favor. Comprende que para amar a Jesús, para ser su vÃctima de amor, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de este Amor consumidor y transformante... Con el solo deseo de ser vÃctima ya basta; pero es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas, y eso es precisamente lo difÃcil, pues «al verdadero pobre de espÃritu ¿quién lo encontrará? Hay que buscarle muy lejos», dijo el salmista... No dijo que hay que buscarlo entre las almas grandes, sino «muy lejos», es decir, en la bajeza, en la nada... Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces seremos pobres de espÃritu y Jesús irá a, buscarnos, por lejos que nos encontremos, y nos transformará en llamas de amor... ¡Ay, cómo quisiera hacerte comprender lo que yo siento...! La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor... El temor ¿no conduce a la justicia...? Ya que sabemos el camino, corramos juntas. SÃ, siento que Jesús quiere concedernos las mismas gracias a las dos, que quiere darnos gratuitamente su cielo. Hermanita querida, si no me comprendes, es que eres un alma demasiado grande..., o, mejor, es que yo me explico mal, pues estoy segura de que Dios no te darÃa el deseo de ser POSEIDA por él, por su Amor misericordioso, si no te tuviera reservada esa gracia... O mejor dicho, ya te la ha concedido, puesto que te has entregado a El, puesto que deseas ser consumida por El, y Dios nunca da deseos que no pueda convertir en realidad... Dan las 9 y tengo que dejarte. ¡Cuántas cosas quisiera decirte! Pero Jesús mismo te hará comprender todo lo que yo no acierto a escribir... Te quiero con toda la ternura de mi corazoncito de hija AGRADECIDA.
Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind. A la justicia severa, tal como se la presentan a los pecadores; pero no es ésta la justicia que Jesús usará con los que le aman.
J.M.J.T.
Jesús + Carmelo de Lisieux,
21 de octubre de 1896
Señor abate: Como nuestra Reverenda Madre está enferma, me ha confiado a mà la misión de contestar a su carta. Lamento que usted se vea privado de las santas palabras que nuestra Madre le habrÃa dirigido, pero me siento feliz de ser su intérprete y de comunicarle su alegrÃa de saber la obra que Nuestro Señor acaba de operar en su alma. Ella continuará rezando para que él lleve en usted a su término su obra divina. Pienso que es inútil decirle, señor abate, hasta qué punto comparto yo también la dicha de nuestra Madre. Su carta del mes de julio me habÃa apenado mucho. Atribuyendo a mi poco fervor los combates que usted estaba librando, no cesaba de implorar para usted el auxilio maternal de la dulce Reina de los apóstoles. Por eso, mi consuelo fue muy grande al recibir, como ramo de flores para mi santo, la certeza de que mis pobres oraciones habÃan sido escuchadas... Ahora que ha pasado la tormenta, doy gracias a Dios por haberle hecho pasar por ella, pues en los libros sagrados leemos estas hermosas palabras: «Dichoso el hombre que ha soportado la prueba», y también: «Quien no ha sido probado, poco sabe...». En efecto, cuando Jesús llama a un alma a dirigir y a salvar a multitud de otras almas, es muy necesario que le haga experimentar las tentaciones y las pruebas de la vida. Y ya que a usted le ha concedido la gracia de salir victorioso de la lucha, espero, señor abate, que el buen Jesús hará realidad sus grandes deseos. Yo le pido que usted sea, no solamente un buen misionero, sino un santo totalmente abrasado de amor a Dios y a las almas. Y le suplico que me alcance también a mà ese amor, a fin de poder ayudarlo en su labor apostólica. Usted sabe que una carmelita que no fuese apóstol se apartarÃa de la meta de su vocación y dejarÃa de ser hija de la seráfica santa Teresa, la cual habrÃa dado con gusto mil vidas por salvar una sola alma. No dudo, señor abate, que querrá unir también sus oraciones a las mÃas para que Nuestro Señor cure a nuestra venerada Madre. En los corazones sagrados de Jesús y de MarÃa, me sentiré siempre dichosa de llamarme Su indigna hermanita
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind.
20-30 de octubre de 1896
J.M.J.T.
¿Robar tiempo al sueño, hermanito bribón? ¡No, y mil veces no...! No me extraño de los combates del hermanito, sino sólo de que desperdicie sus escasas fuerzas entregando las armas al primer cabo furriel que encuentre en el camino, y de que hasta lo persiga por las escaleras del cuartel para obligarle a coger hasta la última pieza de su armadura.
¿Qué hay, entonces, de extraño en que un fuerte rayo de sol (normalmente soportado con valentÃa), al caer sobre el hermanito desarmado, le abrase y le produzca fiebre...? Como castigo, su hermanito lo condena a encerrarse en la cárcel del amor y a dormir como un bendito; pero antes, tendrá que usar, esta noche, el instrumento de penitencia musical... Si no lo hace, el hermanito sufrirá. (Y sobre todo, ¡nada de robar tiempo al sueño! ¡Mañana trabajaremos de firme las dos juntas...!
Finales de octubre (?) de 1896
J.M.J.T.
Todo va bien, el niñito es un valiente que merece unas charreteras doradas. Pero que nunca más se rebaje a combatir con piedrezuelas, eso es indigno de él... Su arma debe ser «la caridad». Lo demás también va bien, pues el niñito se burla de Don Satanás y sigue durmiendo sobre el corazón del Gran General... Junto a ese corazón se aprende a ser valientes, y sobre todo a confiar. La metralla, el ruido del cañón, ¿qué puede significar todo eso cuando nos conduce el General...?
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