Santa Teresa de Jesús, Cartas
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Cta 175 A sor Teresa Dositea (Leonia)

J.M.J.T.

Jesús + 24 de febrero de 1895

Querida Leonia:

Me he sentido muy feliz al recibir tus noticias. Espero que sigas bien de salud y que tus hermanas estén en vías de recuperación. Es muy poco el tiempo que puedo dedicarte, pero quiero encomendarme a tus oraciones antes de la cuaresma, y prometerte que yo, por mi parte, me acordaré todavía más de ti, si es posible, y que luego iré a cantar contigo sin prisas el aleluya, para resarcirme de no haber podido hacerlo hoy... Quiero decir después de Pascua, pero me explico tan mal, que podrías creer que voy a cantar el aleluya en cuaresma... No, me contentaré con seguir a Jesús en su vía dolorosa, y suspenderé mi arpa en los sauces junto a los canales de Babilonia... Pero después de la Resurrección, volveré a tomar mi arpa, olvidando por un momento que estoy desterrada, y cantaré contigo la dicha de servir a Jesús y de habitar en su casa, la dicha de ser su esposa en el tiempo y para toda la eternidad... Querida hermanita, presenta, por favor, mis saludos respetuosos a esas santas Madres, y tú recibe mi enorme cariño.

Tu hermanita más pequeña,

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

P.D. Cuando escribas, dime el año de tu primera comunión, ¿quieres?

Cta 176 A sor Teresa Dositea (Leonia)

Jesús + Domingo, 28 de abril de 1895

Querida hermanita:

Hubiera querido agradecerte antes tu carta, que me gustó mucho; pero como nuestra Madre te contestó enseguida, no pude escribirte al mismo tiempo que ella. Querida hermanita, estoy íntimamente convencida de que has encontrado tu vocación, y no sólo como salesa, sino también como salesa de Caen. Dios nos ha dado tantas pruebas de ello, que no podemos dudarlo... Esa idea (de ir a Le Mans) me parece una tentación, y pido a Jesús que te libre de ella. Sí, comprendo muy bien que el retraso de la profesión debe ser una prueba para ti; pero es una gracia tan grande, que cuanto más tiempo se tenga para prepararse a ella, más hay que alegrarse. Yo recuerdo con alegría lo que pasó en mi alma algunos meses antes de mi propia profesión. Veía acabarse mi año de noviciado, y nadie se ocupaba de mí (debido a nuestro Padre superior, que me consideraba demasiado joven). Te aseguro que me sentía muy apenada, pero un día Dios me hizo comprender que en ese mi deseo de pronunciar los sagrados votos había una búsqueda muy grande de mí misma, y entonces me dije: Para la toma de hábito me vistieron un hermoso vestido blanco guarnecido de encajes y de flores, ¿y quién ha pensado en proporcionarme uno para mis bodas...? Ese vestido debo preparármelo yo solita. Jesús quiere que nadie me ayude, fuera de él; por lo tanto, con su ayuda, voy a poner manos a la obra y a trabajar con ardor... Las criaturas no verán mis esfuerzos, que quedarán ocultos en mi corazón. Procuraré que me olviden y no buscaré otra mirada que la de Jesús... ¿Qué importa si parezco pobre y carente de espíritu y de talentos...? Quiero poner en práctica este consejo de la Imitación de Cristo: «Que éste se gloríe de una cosa, aquél de otra, tú no pongas tu gozo más que en el desprecio de ti mismo, en mi voluntad y en mi gloria». O bien: «¿Quieres aprender algo que te sea útil? ¡Gusta de ser ignorado y tenido en nada...!». Al pensar en todo esto, sentí una gran paz en mi alma, ¡sentí que allí estaba la verdad y la paz! Y ya no volví a preocuparme por la fecha de mi profesión, pensando que el día en que mi traje de novia estuviese terminado Jesús vendría a buscar a su pobre esposa... Querida hermanita, no me equivocaba; es más, Jesús se conformó con mis deseos, con mi abandono total, y se dignó unirme a él mucho antes de lo que yo me hubiera atrevido a esperar... Ahora Dios me sigue conduciendo por el mismo camino, no tengo más que un deseo: el de hacer su voluntad. Tal vez te acuerdes de que antes me gustaba llamarme a mí misma «el juguetito de Jesús». Todavía ahora soy feliz de serlo, sólo que he pensado que el divino Niño tiene muchas otras almas llenas de virtudes sublimes que se dicen también «sus juguetes»; y entonces pensé que ellas eran sus juguetes lujosos y que mi pobre alma no era más que un juguetito sin valor... Y para consolarme, me dije a mí misma que muchas veces los niños se divierten más con los juguetitos que pueden tirar o coger, romper o besar a su antojo, que con otros de mayor valor que casi ni se atreven a tocar... Entonces me alegré de ser pobre y deseé serlo cada día más, para que a Jesús le gustase cada vez más jugar conmigo. Querida hermanita, ahora que he hecho de director espiritual, reza mucho por mí para que ponga en práctica las luces que Jesús me da. (Saluda, por favor, respetuosamente de mi parte a esas tus santas Madres.)

Tu pequeñísima hermana que te quiere

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

Cta 177 A María Guérin

7 de julio (?) de 1895

A mi querida hermanita, de parte de su Teresita ¡que se acuerda mucho de ella...! Y que, sobre todo, espera (temblando) que su querida María mantenga sus promesas viviendo tan tranquila como un niñito en los brazos de su madre... Pido mucho por ti, hermanita querida, y por todos los inolvidables parientes de La Musse, que en estos momentos deben de estar haciendo grandes progresos en la perfección pues aceptan con tanta generosidad el sacrificio de la separación... Quiero y rezo cada vez más por mis queridos tíos. Y no sé hasta dónde llegará este amor, ¡pues mi cariño aumenta cada día...!

Cta 178 A la señora de Guérin

20-21 de julio de 1895

J.M.J.T.

Jesús + 20 de julio de 1895

Querida tiíta:

Me ha emocionado mucho el ver que se acuerda de su Teresita; también ella se acuerda mucho de usted, y si todavía no ha escrito a su tía querida, no ha sido por indiferencia, sino porque su corazón está tan repleto de cariño y de veneración, que no acierta a traducir sus pensamientos... Sin embargo, tengo que intentarlo, aun a riesgo de decir a mi tiíta cosa que van a disgustarla, ¿no sale la verdad de la boca de los niños? Pues bien, tendrá que perdonarme si digo la verdad, pues soy y quiero ser siempre una niña... Voy a darle una leccioncita espiritual y a mostrarle cuán bueno es Dios conmigo. A mí me gusta mucho leer las vidas de los santos; el relato de sus acciones heroicas me inflama el ánimo y me impulsa a imitarlos. Pero confieso que a veces me ha ocurrido envidiar la suerte feliz de sus parientes, que han tenido la dicha de vivir en su compañía y de gozar de sus santas conversaciones. Ahora ya no tengo nada que envidiar, pues estoy en situación de contemplar de cerca las acciones de los santos y de observar sus luchas y la generosidad con que se someten a la voluntad de Dios. Querida tiíta, sé muy bien que le disgustaría que le dijese que es una santa. Sin embargo, tengo muchas ganas de hacerlo... Pero si no se lo digo, puedo decirle una cosa que no hay que decirle a mi tío, pues entonces ya no me seguiría queriendo. Y esa cosa usted la sabe mejor que yo, y es que mi tío es un santo como hay pocos en la tierra y que su fe puede compararse con la de Abraham... ¡Si supiese qué dulce emoción llenó ayer mi alma al ver a mi tío con su angelical Mariíta...! Nosotras estábamos sumergidas en un gran dolor a causa de nuestra pobre Leonia; era una verdadera agonía. Dios, que quería probar nuestra fe, no nos enviaba ningún consuelo, y yo no podía rezar otra oración que la de Nuestro Señor en la cruz: «¡Dios mío, Dios mío, por qué nos has abandonado!», o como en el Huerto de la agonía: «Dios mío, que se haga tu voluntad y no la nuestra». Por fin, para consolarnos, nuestro divino Salvador no nos envió al ángel que lo sostuvo a él en Getsemaní, sino a uno de sus santos, peregrino aún en esta tierra y lleno de su fuerza divina. Al ver su serenidad y su resignación, nuestras angustias se disiparon y experimentamos el apoyo de una mano paternal... Tiíta querida, ¡qué grandes son las misericordias de Dios para con sus pobres hijas...! Si usted supiese las dulces lágrimas que derramé al escuchar la conversación celestial de mi santo tío... Me parecía ya transfigurado, su lenguaje no era ya el de la fe que espera, sino el del amor que posee. Precisamente cuando la prueba y la humillación venían a visitarlo, él parecía olvidarlo todo para no pensar más que en bendecir la mano divina que le arrebataba su tesoro y que, en recompensa, lo probaba como a un santo... Santa Teresa tenía mucha razón cuando decía a Nuestro Señor, que la colmaba de cruces cuando emprendía por él grandes trabajos: «Señor, no me extraña que tengas tan pocos amigos, ¡los tratas tan mal...». Y en otra ocasión decía que a las almas a las que Dios ama con un amor ordinario les manda algunas pruebas, pero a las que ama con amor de predilección les prodiga las cruces como la señal más cierta de su ternura. 21 de julio Había dejado ayer la carta sin terminar porque llegaron María y Leonia. Nuestra emoción, al verla, fue muy grande; no logramos hacerle decir una sola palabra, de tanto como lloraba. Finalmente acabó por mirarnos, y ya todo fue bien. No le doy más detalles, tiíta, porque ya los sabrá todos por María, que se portó como una verdadera mujer fuerte en las dolorosas circunstancias que acaban de producirse. Así se lo dijimos, pero me di cuenta muy bien de que ese cumplido no le gustaba; entonces la llamé «angelito» y ella me dijo, riendo, que esto le gustaba más que lo de «mujer fuerte». Es de un humor, que hace reír hasta a las piedras, y eso distrae a su pobre compañera. Les servimos en platos de barro, como a las carmelitas, lo cual les divirtió mucho. ¡Cuánta virtud tiene su Mariíta...! Es asombroso el dominio que tiene de sí misma. No es precisamente energía lo que le falta para hacerse santa, y ésa es la virtud más necesaria: con la energía se puede llegar fácilmente a la cumbre de la perfección. Si pudiese darle un poco a Leonia, todavía le quedaría bastante a nuestro angelito y no le vendría mal a la otra... Querida tiíta, me estoy dando cuenta de que mis frases no son claras, me doy prisa por entregar la carta a María, que no quería que le escribiese, diciendo que ella cumpliría todos mis encargos o que me daría quince céntimos para un sello; pero no he querido esperar más tiempo para enviar a mi tía querida tan sólo «una mirada», que, por expresiva que sea, no podría verla de tan lejos. Quería hablarle de Juana y de Francis, pero no tengo tiempo. Todo lo que puedo decir es que los cuento entre el número de santos que se me ha concedido contemplar de cerca en la tierra, y que me alegrará verlos pronto en el cielo en compañía de sus hijos, cuyas resplandecientes coronas aumentarán su propia gloria... Querida tiíta, si no logra leerme, la culpa es de María. Déle como castigo un abrazo de mi parte, y dígale que le dé a usted un abrazo muy fuerte en lugar mío.

Su hija más pequeña

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

Cta 179 A sor Genoveva

Después del 8 de septiembre de 1895

¿La Señorita está contenta...?

El pobre Señor se ha dado mucha prisa en complacerla.

Cta 180 A la señora de La Néele

J.M.J.T.

Jesús + 14-15 y 17 de octubre de 1895

Querida Juana:

Al leer tu carta, me parecía estar viéndote y oyéndote. Me ha producido una enorme alegría comprobar la agradable enfermedad que mis tíos fueron a llevarte de Lisieux; espero que aún no te hayas curado de tu crisis de alegría...; lo cual es muy probable, ya que el célebre miembro de la Facultad, a pesar de toda su ciencia universal, no puede encontrar ningún remedio para su querida Juanita. Si por casualidad descubriese alguno, por favor, que no se olvide de nuestro Carmelo: desde que entró «el duendecillo que abrió las arrugas y encaneció el cabello» de su querida Fifine, todo el noviciado sufre ese contagio. Es un gran consuelo para mí, la vieja decana del noviciado, ver mis últimos días rodeados de tanta alegría; eso me rejuvenece, y, a pesar de mis siete años y medio de vida religiosa, muchas veces me falta la gravedad en presencia de ese gracioso diablillo que alegra a toda la comunidad. ¡Si la hubieras visto el otro día con tu fotografía y la de Francis, te habrías divertido mucho...! Nuestra Madre las había traído a la recreación y las hacía pasar de mano en mano; cuando le llegó el turno a sor María de la Eucaristía, tomó las fotografías una después de otra, dirigiéndoles sus más graciosas sonrisas y diciéndoles por turno: «Buenos días, Fifine... Buenos días, Serafín». Estas expresiones de cariño hicieron reír a todas las carmelitas, que están muy contentas de tener una postulante tan simpática. Su hermosa voz constituye nuestra dicha y el encanto de nuestras recreaciones. Pero, sobre todo, lo que alegra mi corazón mucho más que todos los talentos y las cualidades exteriores de nuestro ángel querido, son sus buenas disposiciones para la virtud. Es muy grande, querida Juana, el sacrificio que Dios acaba de pedirte. ¿Pero no ha prometido «a quien deje por él padre o madre o hermana cien veces más en esta vida»? Pues bien, ¡por él, tú no has vacilado en separarte de una hermana a la que quieres mucho más de lo que se puede decir! ¡Y Jesús se va a sentir muy obligado a mantener su promesa...! Yo sé bien que, normalmente, esas palabras se aplican a las almas religiosas; sin embargo, en lo hondo de mi corazón, yo siento que han sido pronunciadas para los padres generosos que hacen el sacrificio de sus hijos, a quienes quieren más que a sí mismos... ¿Y no has recibido tú ya ese céntuplo que Jesús prometió...? Sí, la paz y la felicidad de tu Mariíta han traspasado las rejas de la clausura para ir a derramarse en tu alma... Y tengo la íntima convicción de que pronto recibirás un céntuplo más abundante: de que un angelito vendrá a alegrar tu hogar y a recibir tus besos de madre... Querida hermanita, tendría que haber comenzado agradeciéndote el regalo que quieres hacerme para mi santo. Me he emocionado mucho, te lo aseguro; pero perdóname si te digo sinceramente lo que me gustaría. Ya que deseas darme gusto, preferiría, en vez de pescado, un modelo de flores. Pensarás que soy una egoísta, pero, ¿sabes?, mi tío mima a sus queridas carmelitas, que están muy seguras de que no se van a morir de hambre... A Teresita, a quien nunca le gustaron las cosas de comer, sí que le gustan mucho las cosas útiles para su comunidad, y sabe que, con los modelos, podemos ganar dinero para comprar pescado. Esto parece un poco la historia de la lechera, ¿no? En fin, si me regalas un ramo de agavanzos, estaré muy contenta. Si no los hay, mándame vincapervincas o capullos de oro, incluso cualquier otra flor corriente me gustaría igual. Temo pecar de indelicadeza. Si es así, no hagas caso a mi petición y recibiré muy agradecida el pescado que me regales, sobre todo si quieres añadirle las perlas de que me hablaste el otro día... Ya ves, querida Juana, cómo he cambiado y que, lejos de guardar silencio, hablo como una cotorra y soy demasiado atrevida al pedir... ¡Es tan difícil guardar el justo medio...! Por suerte, una hermana lo perdona todo, incluso las inoportunidades del pequeño benjamín... He interrumpido tantas veces la carta, que no tiene ilación. Había pensado muchas cosas hermosas acerca del ciento por uno de que te hablaba al principio, pero me veo obligada a guardar esas cosas hermosas en lo hondo de mi corazón y a pedir a Dios que las haga realidad en ti, pues no tengo tiempo de enumerártelas. Tengo que ir «al lavado», a escuchar, mientras froto la ropa, a mi querido diablillo que seguramente cantará que «Este lavado nos llevará a la ribera sin tempestad...». Nuestras dos Madres y todas tus hermanitas te mandan un millón de recuerdos cariñosos, lo mismo que a Francis. No me olvido que mañana se celebra la fiesta de san Lucas, uno de sus patronos, así que ofreceré por él la sagrada comunión y pediré a Jesús que lo recompense por las molestias que se tomó en encontrarme las medicinas... Un abrazo de corazón, querida Juanita, y cuenta con el afecto y la gratitud de tu más pequeña hermanita

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

Cta 181 A la señora de Guérin

J.M.J.T.

Jesús + 16 de noviembre de 1895

Querida tiíta:

La más pequeñita de sus hijas quiere unir su débil voz al maravilloso

concierto que sus hermanas mayores le harán oír con ocasión de su santo. ¿Qué me queda por desearle, querida tía...? Pienso que, después de todas las felicitaciones que le habrán sido dirigidas, a mí no que queda más que decir con todo el corazón: «¡Así sea...!» Todos los años le repito lo mismo: en la tierra no encuentro palabras que puedan expresar los sentimientos de mi alma. Por eso, me siento dichosa de unirme a mis tres hermanas mayores, y sobre todo a nuestro querido benjamín, para ofrecerle mi felicitación en el día de su santo. No tengo tiempo de escribirle más largamente, querida tiíta, pero estoy muy segura de que usted sabrá adivinar todos los sentimientos de cariño de que rebosa mi corazón. El día de su santo ofreceré la comunión por usted y por nuestra querida abuela. Le ruego, querida tía, que colme de besos a todos los que amo, en especial a mi tío querido, y a él le encomiendo que le dé a usted un millón de besos de parte de su hijita,

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

Cta 182 A sor Genoveva

J.M.J.T.

Jesús + 23 de febrero de 1896

Querida hermanita:

Me pediste que te dijera lo que va a pasar en el cielo el día de tus bodas. Voy a intentar de hacerlo, pero siento, de entrada, que no voy ni siquiera a poder esbozar unas fiestas que no pueden describirse, pues ni el ojo del hombre vio, ni su oído oyó, ni su corazón puede imaginar lo que Dios tiene reservado para los que ama... El 24 de febrero, a medianoche, san Pedro abrirá las puertas del cielo. Inmediatamente después, saldrán los ángeles y los santos, con una alegría sin igual, para formar la corte del Rey y de su prometida. La Virgen Santísima, inmediatamente delante de la adorable Trinidad, avanzará, llevando el aderezo real de la esposa, su hija querida. Con delicadeza enteramente maternal, antes de bajar a la tierra, abrirá los abismos del purgatorio. Inmediatamente, multitudes innumerables de almas se abalanzarán sobre su liberadora para darle las gracias y para conocer de sus labios el motivo de su inesperada liberación. La dulce Reina les responderá: «Hoy es el día de las bodas de mi Hijo. Allá abajo, en la tierra del exilio, él se ha escogido desde toda la eternidad a un alma que le fascina y le cautiva entre millones y millones de otras almas que él ha creado también a su imagen. Esta alma privilegiada me ha dirigido esta oración: "En el día de mis bodas, yo quisiera que se aleje todo sufrimiento del reino de mi Esposo". Y en respuesta a su llamada, yo he venido a liberaros... Ocupad un lugar en nuestro cortejo y cantad con los bienaventurados las glorias de Jesús y de Celina». Entonces todo el cielo bajará a la tierra y encontrará a la feliz prometida postrada ante el sagrario; al acercarse el cortejo, ésta, levantándose, saludará atentamente a las falanges angélicas y a la multitud de los santos, y luego, acercándose a María, le presentará su frente para que su beso maternal la prepare a recibir la señal y el beso del Esposo... Jesús tomará de la mano a su amada Celina y la conducirá a la pobre celdita del claustro de San Elías para que descanse allí unas horas. Toda la corte celestial vendrá a alinearse en ese estrecho recinto, los ángeles querrán comenzar su concierto, pero Jesús les dirá: «No despertéis a mi amada, dejadme solo con ella, pues no puedo separarme de ella ni un instante». La dulce Reina del cielo comprenderá los deseos de su divino Hijo y hará salir al luminoso cortejo y los llevará hacia la sala de bodas. Inmediatamente comenzarán los preparativos para la fiesta. Miríadas de ángeles trenzarán coronas como nunca se han visto en la tierra, los querubines prepararán blasones más resplandecientes que los diamantes y sus primorosos pinceles pintarán con trazos imborrables el escudo de armas de Jesús y de Celina. Lo pondrán por todas partes, en las paredes, en los arcos de los claustros, en le refectorio, en el coro, etc., y los pintores serán tan numerosos que muchas obras maestras no habrá dónde colocarlas; entonces un numeroso ejército de niñitos vendrá a ofrecerse a sostenerlas durante todo el día ante el Esposo y la esposa. Los ángeles, sonriendo, se negarán a entregar sus blasones, pues los necesitarán para adornar a todos los santos y para adornarse a sí mismos y así demostrar que ellos son los humildes servidores de Jesús y de Celina. Para consolar a los niñitos, darán a cada uno de ellos un precioso blasoncito para que también ellos participen de la fiesta; luego los enviarán a deshojar rosas y lirios y continuarán con los espléndidos preparativos para la fiesta... Los pontífices y los doctores tendrán una gran misión que cumplir. A petición suya, el Cordero abrirá el Libro de la Vida. De este libro, ellos extraerán preciosos documentos sobre la Vida de Celina, y, para honrar a su Esposo, escribirán todas las gracias de elección y todos los sacrificios escondidos que encontrarán escritos en letras de oro por la mano de los ángeles. Quedará así compuesto, por obra de los doctores, un gran número de estandartes, que ellos mismos se reservarán el honor de llevar delante del cortejo real... Los apóstoles reunirán a todas las almas que Celina ya engendró para la vida eterna, y reunirán también a todos los hijos espirituales que aún debe engendrar en el futuro para su divino Esposo. Los santos mártires se guardarán muy bien de estar ociosos. Palmas sin igual y flechas inflamadas se dispondrán con conmovedora delicadeza a lo largo de todo el recorrido del cortejo real. Rendirán así homenaje al martirio de amor que deberá consumar en poco tiempo la vida de la feliz esposa... Necesitaría mucho tiempo para describir las múltiples ocupaciones de los santos confesores, ermitaños, etc., y de todas las santas mujeres. Baste con decir que cada uno de ellos desplegará todo su talento y toda su exquisitez para festejar dignamente tan hermoso día... Sin embargo, no puedo dejar en el olvido los cánticos de las vírgenes, las palmas y los lirios que con alegría indecible presentarán a Celina, su hermana querida. Ya veo a Cecilia, a Genoveva, a Inés, con su compañera Juana, la pastora, vestida con su traje de guerra. Veo a Celina, la patrona de nuestra prometida, ofreciéndole un ramo de las flores que llevan su nombre... Veo sobre todo a toda la Orden del Carmen, resplandeciente con una nueva gloria. A la cabeza aparecerán santa Teresa, san Juan de la Cruz y la madre Genoveva. Estas bodas son verdaderamente su fiesta, ya que Celina es su hija querida... ¿Y podrá ser ajena a la gloria de un día tan hermoso la alegre multitud de los niños inocentes...? No, los veo jugando con sus coronas, que no se han ganado, y que se disponen a colocar sobre la cabeza de la que quiere parecérseles y no ganar corona alguna. Están orgullosos como reyes y mueven graciosamente a un lado y a otro sus rubias cabezas, pues se sienten triunfadores al ver que su hermana mayor los toma por modelo... De pronto, se acerca una madre de una belleza indecible y se coloca en medio de ellos, se detiene y, tomando de la mano a cuatro de los preciosos querubines, los viste con vestidos más blancos que los lirios y con diamantes que brillan como el rocío al darle el sol... También se encuentra allí un venerable anciano de cabellos plateados, que los colma de caricias. Todos los demás niños, al ver esto, se quedan maravillados de semejante preferencia, y uno de ellos se acerca tímidamente a Teresita y le pregunta por qué esa hermosa señora los viste con tanta riqueza. «Es - responde Teresita con su voz argentina-, es que nosotros somos las hermanas y los hermanos de la feliz prometida del Rey Jesús. Elena y yo vamos a ser las damas de honor junto a los dos pequeños Josés, que nos llevarán de la mano. Papá y mamá, a quienes veis aquí junto a nosotros, nos llevarán con nuestras hermanitas que aún están desterradas en la tierra, y cuando toda la familia se encuentre reunida gozaremos de una felicidad inigualable». En el colmo de su alegría, la pequeña Teresita se pondrá a aplaudir con sus lindas manitas más blancas que las alas de los cisnes, y luego exclamará, saltando al cuello de su papá y de su mamá: «¡Qué hermosura! ¡Sí, qué hermosura, las bodas de nuestra hermana querida...! Ya hemos venido aquí otras tres veces para fiestas como ésta, la de María, la de Paulina y la de Teresa (esa ladronzuela que me quitó el nombre), pero nunca he visto tan grandes preparativos, ¡bien se ve que Celina es la última...!» La pequeña Elena y los dos Josés harán también preciosos comentarios sobre su dicha de pertenecer a la familia de la reina de una fiesta tan hermosa. Y entonces, otros niñitos que los estaban escuchando, con la cabeza gravemente apoyada en su manita, se levantarán con mucha gracia y declararán que también ellos son hermanos de Celina. Y para demostrarlo, explicarán cómo y por parte de quién les viene este ilustre parentesco. Y sólo se escucharán gritos de alegría, y la Virgen Santísima se verá obligada a venir para restablecer la calma entre la tropa infantil. Acudirán también todos los santos. Y al conocer el motivo de ese extraordinario alborozo, les parecerá tan fascinante la idea, que se apresurarán todos ellos a hacer una genealogía con la que demostrar que son todos parientes cercanos de Celina. Y así, todos los pontífices, los gloriosos mártires, los guerreros (con san Sebastián a la cabeza), en una palabra toda la nobleza del cielo se sentirá orgullosa de dar el nombre de hermana a la esposa de Jesús, y la boda estará formada por una sola y gran familia. Pero volvamos al noble anciano, a la hermosa señora y a los cuatro querubines. Una vez hayan acabado de vestirse, entrarán en la sala capitular, los ángeles se inclinarán al verlos pasar, y les indicarán los magníficos tronos preparados para ellos, a ambos lados de la humilde silla destinada a la querida Madrecita. Entre sus manos, dentro de unas horas, se formarán los lazos indisolubles que deben unir a Jesús y a Celina. Y así, esta Madre, pequeña a los ojos de las criaturas pero grande a los ojos de Dios, cuyo lugar ocupa, recibirá las más abundantes bendiciones de sus padres queridos para derramarlas sobre la cabeza de su hermana e hija querida... Los santos y todos los ángeles vendrán, uno a uno, a felicitar al venerable patriarca y a su feliz esposa, que resplandecerán con una gloria totalmente nueva; y sus queridos hijitos exclamarán llenos de asombro: «¡Papá! ¡Mamá!. ¡Qué guapos que estáis! ¡Qué pena que Celina no os vea...! Aunque sólo sea por hoy, mostradle vuestra gloria». «Dejadme actuar a mí, hijos míos -responderá papá-, vosotros no sabéis que si hoy me escondo es porque sé cuán gran premio sacará mi valiente de vivir sin consuelo en el destierro. Hace tiempo yo he sufrido mucho, y entonces Celina era mi único apoyo; ahora quiero ser yo el suyo. Pero no penséis que quiero quitarle el mérito del sufrimiento. No. Conozco muy bien el premio... Dios no se deja vencer en generosidad. Él es ya mi gran recompensa y pronto será la de mi fiel Celina». «Es cierto -dirá a su vez mamá-, es mejor no mostrarnos a ella en tierra extranjera, pues Celina tan sólo está desterrada por un instante, para luchar y morir. Pronto llegará el día en que Jesús será realmente su Señor y mi hijita la Señora. Así me lo decía ella cuando pequeñita, y veo que tenía toda la razón». Esta conversación familiar será interrumpida por los ángeles, que vendrán a anunciar con gran solemnidad que la novia está ya lista para dirigirse a la Misa de Bodas. Entonces se formará el cortejo en un orden perfecto, e irán delante Jesús y Celina, rodeada de su familia del cielo y de la de la tierra. No puedo describir los transportes de amor de Jesús por Celina y la belleza radiante de ésta (pues estará vestida con las ropas que la misma Virgen María preparó para ella). Yo no sé si los habitantes del cielo habrán visto jamás una fiesta tan hermosa, pero no lo creo. Por lo que a mí respecta, sí le digo a mi hermana querida que ¡nunca he visto nada tan dulce para mi corazón...!

No hablaré del momento mismo de la unión, pues las palabras no pueden expresar este misterio incomprensible que sólo en el cielo nos será revelado... Yo sólo sé que en ese momento la Trinidad bajará al alma de mi Celina querida y la poseerá totalmente, confiriéndole un resplandor y una inocencia superiores a las del bautismo... Yo sé que la Santísima Virgen se convertirá en la mamá de su hija predilecta de una forma más íntima y más maternal aún que en el pasado... Yo sé que la pobre Teresita siente ya en su corazón una alegría tan grande al pensar en el hermoso día que pronto va a empezar, que se pregunta qué sentirá cuando llegue de verdad... Hermanita querida, mi alma ha traducido muy mal sus sentimientos... Pensaba tantas cosas sobre las fiestas en el cielo, que apenas he podido esbozar el tema... Yo no tengo un regalo de bodas que ofrecer a mi Celina; pero mañana tomaré en mis brazos a los preciosos querubines de los que le hablado, y ellos serán mi regalo. Puesto que queremos ser siempre niñas, tenemos que unirnos a ellos, y así yo seré la dama de honor de la señorita y llevaré un hermoso ramo de lirios. Todo es nuestro, todo es para nosotras, ¡pues en Jesús lo tenemos todo...! La hermanita de Celina Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz Me olvidé de decir que, al despertar, Celina encontrará a su lado a Jesús, a María y a san José, a quien tanto ama, con papá, mamá y los angelitos. Ellos serán quienes la arreglen. Y me olvidé también de hablar de la alegría de Jesús cuando oiga a Celina pronunciar por vez primera las palabras del Oficio divino, que ese día serán su oficio, el de ella, el de la esposa de su alma, la encargada de hechizarle en medio de los campos...

Cta 183 A sor Genoveva

24 de febrero de 1896

CONTRATO DE ALIANZA DE JESÚS CON CELINA YO, JESÚS, el VERBO ETERNO, el HIJO ÚNICO DE DIOS y de la VIRGEN MARÃA, me desposo hoy con CELINA, princesa desterrada, pobre y sin títulos. Me entrego a ella bajo el nombre de: EL CABALLERO del AMOR, del SUFRIMIENTO y del DESPRECIO. No es mi intención todavía devolver a mi amada su Patria, ni devolverle sus títulos y su riqueza. Quiero que comparta conmigo la suerte que quise elegir para mí en la tierra... Aquí abajo mi rostro está escondido, pero ella sabe reconocerme cuando que los demás me desprecien. Yo, a cambio, coloco hoy en su cabeza el yelmo de la salvación y de la gracia, para que su rostro esté escondido como el mío... Yo quiero que esconda los dones que ha recibido de mí, dejándome dárselos o quitárselos a mi antojo, sin apegarse de ninguno de ellos, e incluso olvidando todo lo que puede engrandecerla a sus ojos o a los de las criaturas. En adelante, mi amada se llamará GENOVEVA DE SANTA TERESA (su título más glorioso, el de MARÃA DE LA SANTA FAZ, permanecerá escondido en la tierra, para brillar en el cielo con incomparable resplandor). Será pastora del único Cordero que hoy se convierte en su Esposo. Nuestra unión engendrará almas más numerosas que las estrellas del firmamento, y la familia de la Seráfica Teresa se alegrará con el nuevo esplendor que le será dado. Genoveva soportará pacientemente la ausencia de su Caballero, dejándole combatir solo para que sólo él tenga el honor de la victoria; ella se conformará con manejar la espada del amor. Su voz me hechizará, cual dulce melodía, en medio de los campos de batalla. El más leve de sus suspiros de amor abrasará con ardor renovado a mis tropas más escogidas. El alimento que yo, la Flor de los campos y el Lirio de los valles, quiero dar a mi amada será el Trigo de los elegidos y el vino que hace germinar a las vírgenes... Recibirá este alimento de las manos de la Humilde y Gloriosa Virgen María, Madre de los dos... Yo quiero vivir en mi amada, y, en prenda de esta vida, le doy mi Nombre, y ese sello real será la señal de su omnipotencia sobre mí corazón. MAÑANA, DÃA DE LA ETERNIDAD, me alzaré el casco... Mi amada verá el resplandor de mi Faz adorable... Oirá el NOMBRE NUEVO que le tengo reservado... ¡Y recibirá, como Gran Recompensa a la BIENAVENTURADA TRINIDAD! Después de haber compartido la misma Vida escondida, gozaremos en nuestro Reino de las mismas GLORIAS, del mismo TRONO, de la misma PALMA y de la misma CORONA... Y nuestros dos corazones, unidos para toda la eternidad, ¡¡¡se amarán con un mismo AMOR ETERNO...!!! Dado en la Montaña del Carmelo, bajo nuestra firma y con el sello de nuestras armas, en la fiesta de mi Agonía, el día veinticuatro de febrero del año de gracia de mil ochocientos noventa y seis. T. DEL NIÑO JESÚS, EDITORA DEL CABALLERO DIVINO

Cta 184 A sor Genoveva

24 febrero de 1896

J.M.J.T.

A ti, hija mía querida, te ofrezco como regalo de bodas la última lágrima que derramé en esta tierra de destierro. Llévala sobre tu corazón y recuerda que para una sor Genoveva de Santa Teresa el camino para llegar a la santidad es el sufrimiento. No te costará amar la cruz y las lágrimas de Jesús si piensas frecuentemente en estas palabras: «¡Él me amó y se entregó por mí!»

Madre Genoveva

Cta 185 A sor Genoveva

24 de febrero-27 de marzo de 1896

(Al recto, en góticas:)

POSUIT SIGNUM IN FACIEM MEAM...!

Santa Inés, v. m. (Al dorso:)

Recuerdo del más hermoso de los días... Del día que encierra y confirma todas las gracias de que Jesús y María colmaron a su amada Celina... Por amor, Celina apretará en adelante contra su corazón las espinas del sufrimiento y del desprecio. Pero no tiene miedo, pues sabe por experiencia que María puede cambiar en leche la sangre que se escapa de las heridas producidas por el amor... Con la mano izquierda, Celina aprieta las espinas, pero con la derecha no cesa de abrazar a Jesús, el divino ramillete de mirra que descansa sobre su corazón. Sólo para él engendrará Celina almas, regará con sus lágrimas las semillas y Jesús estará siempre feliz de llevar manojos de lirios en sus manos... Los cuatro querubines, cuyas alas apenas rozaron la tierra, acuden y contemplan embelesados a su hermana querida; acercándose a ella, esperan participar de los méritos de sus sufrimientos, y, a cambio, proyectan sobre ella el resplandor inmaculado de la inocencia y de todos los dones que el Señor les prodigó gratuitamente. 24 de febrero-17 de marzo de 1896.

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel.carm.ind.

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