(febrero de 1893-marzo de 1896)
J.M.J.T.
Jesús + 20 de febrero de 1893
Madre querida:
¡Qué dulce es para mà poder darte ese nombre...! Hace ya mucho tiempo que tú eres mi madre. Pero ese dulce nombre sólo en el secreto de mi corazón se lo daba yo a quien era a la vez mi ángel de la guarda y mi hermana. Hoy, Dios te ha consagrado... Hoy tú eres verdaderamente mi Madre y lo serás ya por toda la eternidad... ¡SÃ, qué hermoso es este dÃa para tu hija...! El velo que Jesús ha echado sobre este dÃa lo hace más luminoso aún a mis ojos: el sello de su Faz adorable ha quedado impreso en ti, el perfume del ramillete misterioso se ha derramado sobre ti. Y, sin duda, siempre será asÃ: «Aquel cuyo rostro estaba escondido», Aquel que aún sigue escondido en una pequeña hostia blanca y que no se comunica a las almas sino velado, echará sobre la vida entera del apóstol amado de su Faz divina un velo misterioso que sólo Él podrá atravesar... SÃ, el espÃritu de la madre Genoveva reside plenamente en ti, y su palabra profética se ha hecho realidad. A los treinta años, comenzaste tu vida pública, ¿no fuiste tú quien proporcionó a todos los Carmelos y a tantas otras almas piadosas el consuelo de conocer los detalles emocionantes y poéticos de la vida de nuestra santa...? Pero ya entonces Jesús habÃa posado sobre mi Madre querida su mirada velada, y no permitió que fuese conocida, «¡porque su rostro estaba escondido...!» Si este dÃa es ya tan bello en la tierra, ¿qué no será en el cielo? Me parece estar viendo a nuestra santa mamaÃta mirando feliz a su Paulina (la que ella más amaba, su preferida); ahora la ve convertida también ella en Madre, Madre de muchas vÃrgenes, entre las cuales se encuentran sus hermanas. ¡Qué gran misterio...! Ahora vas a poder penetrar en el santuario de las almas, vas a poder derramar sobre ellas los tesoros de gracias de que te ha colmado Jesús. Ciertamente sufrirás... Los vasos serán demasiado pequeños para contener el perfume precioso que querrás verter en ellos; pero el propio Jesús no tiene sino muy pobres instrumentos musicales para interpretar su melodÃa de amor, y, sin embargo, él sabe servirse de todos los que se le presentan. ¡Tú has de ser como Jesús...! Hermanita, Madre querida, mi corazón, el corazón de tu hija, es una lira muy pequeñita: cuando estés cansada de hacer vibrar las arpas, podrás venir a tomar tu pequeña lira y, apenas la pulses, ella producirá los sonidos que tú deseas... Al simple contacto de tus dedos consagrados, ella COMPRENDERÃ, y su débil melodÃa se mezclará con el canto de tu corazón... ¡Madre querida, qué de cosas quisiera decirte...! Pero no, tú ya lo sabes todo... Un dÃa, cuando las sombras hayan pasado, descansaré sobre tu corazón y repetiré este dulce nombre: Madre.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 25 de abril de 1893
Querida Celina:
Voy a decirte un pensamiento que tuve esta mañana; o, mejor, te voy a transmitir los deseos de Jesús sobre tu alma... Cuando pienso en ti junto al amigo único de nuestras almas, es siempre la sencillez la que se me presenta como la nota caracterÃstica de tu corazón... ¡Celina...!, sencilla florecita-Celina, no envidies a las flores de los jardines. Jesús no nos ha dicho: «Yo soy la flor de los jardines, la rosa cultivada», sino: «Yo soy la flor de los campos y el lirio de los valles». Pues bien, esta mañana, junto al sagrario, yo pensé que mi Celina, la florecita de Jesús, debÃa ser -y serlo siempre- una gota de rocÃo escondida en la corola divina del Lirio de los valles. Una gota de rocÃo, ¿qué hay de más sencillo y de más puro? No son las nubes las que la han formado, pues el rocÃo desciende sobre las flores cuando el azul del cielo está estrellado. Ni puede tampoco compararse con la lluvia, a la que supera en belleza y en frescor. El rocÃo sólo existe por la noche; en cuanto el sol empieza a lanzar sus cálidos rayos, hace destilar las preciosas perlas que brillan en las puntas de las briznas de hierba de la pradera, y el rocÃo se torna en un ligero vapor. Celina es una gotita de rocÃo que no ha sido formada por las nubes, sino que ha caÃdo de ese hermoso cielo que es su patria. Durante la noche de la vida, su misión es esconderse en el corazón de la Flor de los campos. Ninguna mirada humana debe descubrirla, sólo el cáliz que contiene la pequeña gotita conocerá su frescor. ¡Dichosa gotita de rocÃo, tan sólo conocida de Jesús...!, no te pares a contemplar el curso sonoro de los rÃos que causan la admiración de las criaturas; no envidies ni siquiera al claro arroyo que serpentea por la pradera. Cierto que es muy dulce su murmullo... Pero pueden oÃrlo las criaturas..., y además el cáliz de la flor de los campos no puede contenerlo. No puede ser sólo de Jesús. Para ser suyos, es preciso ser pequeños, ¡pequeños como gotas de rocÃo...! ¡Y qué pocas son las almas que aspiran a ser asà de pequeñas...! Pero tal vez digan: ¿acaso no son mucho más útiles el rÃo y el arroyo que la gota de rocÃo? ¿Para qué sirve ésta? No sirve más que para refrescar durante unos instantes a una flor de los campos que hoy es y mañana ha desaparecido... Sin duda, estas personas tienen razón: la gota de rocÃo sólo sirve para eso. Pero esas personas no conocen a la Flor de los campos que ha querido habitar en nuestra tierra de destierro y vivir en ella la breve noche de la vida. Si la conociesen, entenderÃan el reproche que Jesús hizo una vez a Marta... Nuestro amado no tiene necesidad de nuestros grandes pensamientos ni de nuestras obras deslumbrantes; si quisiera pensamientos sublimes, ¿no tiene a sus ángeles, a sus legiones de espÃritus celestiales cuyos conocimientos están infinitamente por encima de los más grandes genios de nuestra triste tierra...? No es, pues, el ingenio ni los talentos lo que Jesús vino a buscar a la tierra. Si se convirtió en la Flor de los campos, sólo fue para mostrarnos cómo le gusta la sencillez. El Lirio del valle no aspira más que a una gotita de rocÃo... Y justo por eso se ha creado una ¡que se llama Celina...! Durante la noche de la vida, ella deberá vivir oculta a toda mirada humana; pero cuando las sombras comiencen a declinar y la Flor de los campos se convierta en el Sol de la justicia cuando venga a consumar su carrera de gigante, ¿podrá entonces olvidar a su gotita de rocÃo...? ¡De ninguna manera! Cuando él aparezca en su gloria, su compañera de destierro aparecerá también gloriosa. El Sol divino posará sobre ella uno de sus rayos de amor, y de pronto la humilde gotita de rocÃo aparecerá ante los ojos maravillados de los ángeles y los santos, y brillará como un diamante precioso que, reflejando al Sol de la justicia, se tornará semejante a él. Pero esto no es todo. El Astro divino, al mirar a su gota de rocÃo, la atraerá hacia sÃ, y ella ascenderá como un ligero vapor e irá a clavarse por toda la eternidad en el seno del foco ardiente del amor increado, y vivirá para siempre unida a él. Asà como en la tierra fue la fiel compañera de su destierro y de sus desprecios, asà también en el cielo reinará eternamente con él... ¡Y qué asombrados quedarán entonces los que en este mundo tuvieron por inútil a la gotita de rocÃo...! Sin duda, tendrán una disculpa: no se les habÃa revelado el don de Dios, no habÃan acercado su corazón al de la Flor de los campos y no habÃan escuchado estas palabras irresistibles: «Dame de beber». Jesús no llama a todas las almas a ser gotas de rocÃo. Quiere que haya licores preciosos que las criaturas puedan apreciar y que las alivien en sus necesidades; pero para él se reserva una gota de rocÃo, ésa es su mayor ilusión... ¡Qué privilegio ser llamada a tan alta misión...! Mas para responder a ella, es absolutamente necesario ser sencillas... Jesús sabe bien que es difÃcil mantenerse puros en la tierra; por eso quiere que sus gotas de rocÃo se ignoren a sà mismas. Le gusta contemplarlas, pero sólo él las mira. En cuanto ellas, al no conocer su propio valor, se consideran por debajo de las demás criaturas... Y esto es lo que desea el Lirio de los valles. La gotita de rocÃo, Celina, ha comprendido... Este es el fin para el que Jesús la ha creado. Pero no debe olvidarse de su pobre hermanita; tiene que alcanzarle la gracia de hacer realidad lo que Jesús le hace comprender, para que, un dÃa, el mismo rayo de amor evapore a las dos gotitas de rocÃo y juntas puedan, después de no haber sido más que una sola cosa en la tierra, estar unidas por toda la eternidad en el seno del Sol divino.
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 6 de julio de 1893
Querida Celina:
Tus dos cartas han sonado como una dulce melodÃa en mi corazón... Me siento feliz al ver la predilección de Jesús hacia mi Celina. ¡Cómo la quiere, y con qué ternura la mira...! Ahora ya estamos las cinco en nuestro camino. ¡Qué suerte poder decir: «Estoy segura de hacer la voluntad de Dios»! Y su santa voluntad se ha manifestado claramente respecto a mi Celina. Es a ella a quien Jesús ha escogido entre todas para ser la corona y la recompensa del santo patriarca que ha cautivado al cielo por su fidelidad. ¿Cómo te atreves a decir que has sido olvidada o menos amada que las otras? Yo te digo que has sido ESCOGIDA de manera privilegiada, que tu misión es tanto más bella cuanto que, siendo el ángel visible de nuestro padre querido, eres a la vez la esposa de Jesús. «Es verdad -piensa tal vez mi Celina-, pero en definitiva yo hago por Dios menos que las otras, tengo muchos menos consuelos, y por lo tanto menos méritos». «Mis planes no son vuestros planes», dice el Señor. El mérito no consiste en hacer mucho ni en dar mucho, sino más bien en recibir, en amar mucho... Se ha dicho que hay más felicidad en dar que en recibir, y es verdad; pero cuando Jesús quiere reservarse para sà la felicidad de dar, no serÃa educado negarse. Dejémosle tomar y dar todo lo que quiera. La perfección consiste en hacer su voluntad y al alma que se entrega enteramente a él el mismo Jesús la llama «su madre y su hermana» y toda su familia. Y en otra parte: «Si alguien me ama, guardará mi palabra (es decir, cumplirá mi voluntad), y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada» ¡Ay, Celina, qué fácil es agradar a Jesús, cautivar su corazón! Lo único que hay que hacer es amarle sin mirarse uno a sà mismo y sin examinar demasiado los propios defectos... Tu Teresa no se encuentra en este momento en las alturas, pero Jesús le enseña a «sacar provecho de todo, del bien y del mal que halla en sû. Le enseña a jugar a la banca del amor, o, mejor, no, él juega por ella sin decirle cómo se las arregla, pues eso es asunto suyo y no de Teresa. Lo que ella tiene que hacer es abandonarse, entregarse sin reservarse nada para sÃ, ni siquiera la alegrÃa de saber cuánto rinde su banca. Pero, después de todo, ella no es el hijo pródigo, y por tanto no vale la pena que Jesús le ofrezca un festÃn, porque «ella está siempre con él». Nuestro Señor quiere dejar «las ovejas fieles en el desierto». ¡Cuánto me dice esto...! Él está seguro de ellas: no pueden descarriarse, porque están cautivas del amor. Por eso Jesús las priva de su presencia sensible para ofrecer sus consuelos a los pecadores; y si las lleva al Tabor, es por breves instantes: los valles son, por lo regular, el lugar de su descanso. «Allà es donde él sestea a mediodÃa». La mañana de nuestra vida ya ha pasado, hemos gozado de las brisas perfumadas de la aurora, todo entonces nos sonreÃa, Jesús nos hacÃa sentir su dulce presencia. Pero cuando el sol cobró fuerza, el Amado «nos condujo a su jardÃn y nos hizo recoger la mirra» de la tribulación separándonos de todo y hasta de sà mismo. La colina de la mirra nos fortaleció con sus perfumes amargos, por eso Jesús nos hizo bajar de nuevo y ahora estamos en el valle y él nos conduce suavemente a lo largo de las aguas. Celina querida, no sé muy bien lo que te digo, pero creo que comprenderás, que adivinarás lo que quisiera decirte. ¡Seamos siempre la gota de rocÃo de Jesús! Ahà está la dicha, la perfección... Afortunadamente es a ti a quien estoy hablando, pues otras personas no sabrÃan comprender mi lenguaje, y confieso que a muy pocas almas les suena a verdadero. En efecto, los directores hacen progresar en la perfección a base de un gran número de actos de virtud, y tienen razón; pero mi director, que es Jesús, no me enseña a llevar la cuenta de mis actos, él me enseña a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta cuando él me ofrece una ocasión de demostrarle que le amo; pero esto se hace en la paz, en el abandono, es Jesús quien lo hace todo y yo no hago nada. Me siento muy unida a mi Celina. Creo que no es frecuente que Dios haya hecho dos almas que se comprendan tan bien, sin que haya nunca entre ellas una nota discordante. La mano de Jesús, al tocar una de las liras, hace vibrar al mismo tiempo la otra... ¡Vivamos escondidas en nuestra Flor divina de los campos hasta que declinen las sombras; dejemos que las gotas de licor sean apreciadas por las criaturas! Puesto que nosotras le gustamos a nuestro Lirio, sigamos siendo gustosas ¡su gota exclusiva de rocÃo...! Y a cambio de esta gota, que habrá sido su consuelo durante el destierro, ¿qué no nos dará él en la patria...? El mismo nos lo dice: «Quien tenga sed, que venga a mà y beba» Asà pues, Jesús es y será siempre nuestro océano... Como el ciervo sediento, nosotras suspiramos por ese agua que se nos promete; pero nuestro mayor consuelo es ser también nosotras el océano de Jesús, el océano del Lirio de los valles. Sólo tu corazón podrá leer esta carta, pues a mà misma me cuesta descifrarla. Se me acabó la tinta, he tenido que echar saliva en el tintero para arreglármelas, ¿no es para reÃrse...? Abrazos a toda la familia, pero sobre todo a mi Rey querido, que recibirá un beso de su Celina de parte de su reina,
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 23 de julio de 1893
Mi querida Celinita:
No contaba con responder yo esta vez a tu carta, pero nuestra Madre quiere que añada unas palabras a la suya. ¡Cuántas cosas tendrÃa que decirte! Pero como no tengo más que unos momentos, quiero, ante todo, asegurar a la gotita de rocÃo que su Teresa la comprende... Después de leer tu carta, me fui a la oración. Tomando el evangelio, pedà a Jesús encontrar un pasaje para ti, y mira el que me salió: «Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando veis que comienzan a echar brotes, os dais cuenta de que está próximo el verano. Pues cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios» Cerré el libro. Ya habÃa leÃdo bastante. En efecto, «estas cosas» que suceden en el alma de mi Celina demuestran que el reino de Jesús se ha establecido ya en su alma... Ahora quiero decirte lo que sucede en la mÃa, que sin duda es lo mismo que sucede en la tuya. Es cierto lo que dices, Celina: las frescas mañanas han pasado ya para nosotras, ya no quedan flores que cortar, Jesús las ha cogido para sÃ. Tal vez algún dÃa haga brotar otras nuevas; pero mientras tanto, ¿qué debemos hacer? Celina, Dios no me pide ya nada... Al principio me pedÃa una infinidad de cosas. Durante algún tiempo pensé que ahora, como Jesús no me pedÃa nada, tendrÃa que caminar dulcemente en la paz y en el amor, haciendo solamente lo que él me pedÃa... Pero tuve una inspiración. Dice santa Teresa que es necesario alimentar el amor. Cuando estamos en tinieblas, en sequedades, la leña no se encuentra a nuestro alcance; pero ¿no tendremos que echar en él al menos unas pajitas? Jesús es lo bastante poderoso para alimentar él solo el fuego; sin embargo, le gusta vernos echar en él algo que lo alimente. Es éste un detalle que le agrada, y entonces arroja él al fuego mucha leña. A él nosotras no le vemos, pero sentimos la fuerza del calor del amor. Yo lo he visto por experiencia: cuando no siento nada, cuando soy INCAPAZ de orar y de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, naderÃas que agradan a Jesús más que el dominio del mundo e incluso que el martirio soportado con generosidad. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendrÃa ganas de callarme o de mostrar un semblante enojado, etc., etc. ¿Comprendes, Celina querida? No es para labrar mi corona, para ganar méritos, es por agradar a Jesús... Cuando no tengo ocasiones, quiero al menos decirle muchas veces que le amo. Esto no resulta difÃcil, y alimenta el fuego; aun cuando me pareciese que está apagado ese fuego del amor, me gustarÃa echar en él alguna cosa, y Jesús podrÃa entonces reavivarlo. Celina, temo no haber dicho lo que debiera. Tal vez pienses que yo hago siempre esto que digo. Pues no, no siempre soy fiel. Pero no me desanimo nunca, me abandono en los brazos de Jesús. La gotita de rocÃo se hunde más adentro en el cáliz de la Flor de los campos y allà encuentra todo lo que ha perdido, y mucho más.
Tu hermanita
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz.
rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 23 de julio de 1893
Querida Celinita:
No me sorprende que no entiendas nada de lo que ocurre en tu alma. Un niño PEQUEÑO completamente solo en el mar, en una barca perdida en medio de las olas borrascosas ¿podrá saber si está cerca o lejos del puerto? Mientras sus ojos divisan todavÃa la orilla de donde zarpó, sabe cuánto camino lleva recorrido y, al ver alejarse la tierra, no puede contener su alegrÃa infantil. ¡Pronto -se dice a sà mismo- llegaré al final del viaje! Pero cuanto más se aleja de la playa, más vasto parece también el océano. Entonces la CIENCIA del niñito se ve reducida a nada, y ya no sabe hacia dónde va su navecilla. Como no sabe manejar el timón, lo único que puede hacer es abandonarse, dejar flotar la vela a merced del viento... Celina mÃa, la niñita de Jesús se encuentra completamente sola en una barquichuela, la tierra ha desaparecido a sus ojos y no sabe a dónde va, ni si avanza o retrocede... Teresita sà lo sabe: está segura de que su Celina está en alta mar, de que la navecilla que la lleva boga a velas desplegadas hacia el puerto, de que el timón, que Celina ni siquiera puede ver, no está sin piloto. Jesús está allÃ, dormido, como antaño en la barca de los pescadores de Galilea. Él duerme... y Celina no lo ve porque la noche ha caÃdo sobre la navecilla... Celina no oye la voz de Jesús. El viento sopla y ella lo oye soplar, ve las tinieblas... y Jesús sigue durmiendo. Sin embargo, si se despertara solamente un instante, sólo tendrÃa que «ordenar al viento y al mar, y vendrÃa una gran calma», y la noche serÃa más clara que el dÃa. Celina verÃa la mirada divina de Jesús, y su alma quedarÃa consolada... Pero entonces Jesús ya no dormirÃa, ¡y está tan CANSADO...! Sus pies divinos están cansados de buscar a los pecadores, y en la navecilla de Celina Jesús descansa tan a gusto... Los Apóstoles le habÃan dado una almohada, el Evangelio nos cuenta este detalle. Pero en la barquilla de su esposa querida Nuestro Señor encuentra otra almohada mucho más suave: el corazón de Celina. Allà lo olvida todo, allà está como en su casa... No es una piedra lo que sostiene su cabeza divina (aquella piedra por la que suspiraba durante su vida mortal): es un corazón de hija, un corazón de esposa. ¡Y qué contento está Jesús! ¿Pero cómo puede estar contento cuando su esposa sufre, cuando vela mientras él duerme dulcemente? ¿No se da cuenta de que Celina no ve más que la noche, de que su rostro divino está escondido para ella, y de que a veces hasta la carga que siente sobre su corazón le parece pesada...? ¡Qué gran misterio! Jesús, el niñito de Belén, a quien MarÃa llevaba como una «carga ligera», se vuelve pesado, tan pesado que san Cristóbal se queda sorprendido... También la esposa de los Cantares dice que su «Amado es un ramillete de mirra que descansa sobre sus senos». La mirra es el sufrimiento, y asà es como Jesús reposa sobre el corazón de Celina... Y sin embargo, Jesús está contento de verla entre sufrimientos, se siente feliz de recibirlo todo de ella durante la noche... Espera la aurora, y entonces... sÃ, entonces ¡¡¡qué despertar el de Jesús...!!! Celina querida, ten la seguridad de que tu barca está en alta mar, tal vez muy cerca ya del puerto. El viento del dolor que la empuja es un viento de amor, y ese viento es más rápido que el relámpago... ¡Cómo me emocionó saber que Jesús te habÃa inspirado la idea de los pequeños sacrificios! Yo se lo habÃa pedido, no contando con escribirte tan pronto. Hasta ahora, nunca Nuestro Señor se me ha negado a inspirarte lo que le he pedido que te diga. Siempre nos concede las mismas gracias a las dos. Hasta me veo obligada a llevar un rosario de prácticas. Lo hago por caridad hacia una de mis compañeras. Ya te lo contaré detalladamente, es muy divertido... Estoy presa entre unos hilos que no me gustan, pero que me son muy útiles en la situación en que se encuentra mi alma.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 2 de agosto de 1893
Querida Celinita:
Tu carta me ha llenado de alegrÃa. El camino que sigues es un camino real. No es un camino trillado, sino un sendero que ha sido trazado por el mismo Jesús. La esposa de los Cantares dice que, al no encontrar a su Amado en el lecho, se levantó para buscarle por la ciudad, pero en vano; y que en cuanto salió de la ciudad, encontró al que amaba su alma... Jesús no quiere que encontremos en el reposo su presencia adorable; él se esconde, se rodea de tinieblas. No se comportaba asà con la muchedumbre de los judÃos, pues vemos en el Evangelio que «el pueblo estaba PENDIENTE de sus labios». Jesús cautivaba a las almas débiles con sus divinas palabras y trataba de hacerlas fuertes para el dÃa de la prueba... ¡Pero qué pequeño fue el número de los amigos de Nuestro Señor cuando SE CALLABA delante de sus jueces...! ¡Y qué melodÃa es para mi corazón ese silencio de Jesús...! El se hace pobre para que nosotras podamos darle limosna, nos tiende la mano como un mendigo, para que cuando aparezca en su gloria el dÃa del juicio, pueda hacernos oÃr aquellas dulces palabras: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve enfermo y en la cárcel y me socorristeis». El mismo Jesús que pronunció estas palabras es quien busca nuestro amor, quien lo mendiga... Se pone, por asà decirlo, a nuestra merced. No quiere tomar nada sin que se lo demos, y hasta la cosa más insignificante es preciosa a sus ojos divinos... Celina querida, alegrémonos de la porción que nos ha tocado, ¡es tan hermosa! ¡Demos, demos a Jesús, seamos avaras con los otros, pero pródigas con él! Jesús es un tesoro escondido, un bien inestimable que pocas almas saben encontrar porque está escondido y el mundo ama lo que brilla. ¡Ah!, si Jesús hubiera querido mostrarse a todas las almas con sus dones inefables, ciertamente ni una sola lo hubiera desdeñado. Pero él no quiere que le amemos por sus dones: él mismo quiere ser nuestra recompensa. Para encontrar una cosa escondida, hay que esconderse también uno mismo. Nuestra vida ha de ser, pues, un misterio. Tenemos que parecernos a Jesús, al Jesús cuyo rostro estaba escondido... «¿Queréis aprender algo que os sea útil? -dice la Imitación-. Gustad de ser ignorados y tenidos en nada». Y en otra parte: «Después de haberlo dejado todo, es necesario dejarse, sobre todo, a sà mismo». «Que éste se glorÃe de una cosa, aquél de otra. En cuanto a vosotros, no pongáis vuestro gozo sino en el desprecio de vosotros mismos». ¡Qué paz dan al alma estas palabras, Celina! Tú las conoces, ¿pero no sabes ya todo lo que quisiera decirte...? Jesús te ama con un amor tan grande, que, si lo vieras, caerÃas en un éxtasis de felicidad que te causarÃa la muerte. Pero no lo ves y sufres... ¡Pronto Jesús «se levantará para salvar a todos los mansos y humildes de la tierra»...!
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 10 de agosto de 1893
Querida tÃa:
He visto gustosa cómo usted supo leer en el corazón de su hijita. No quiero, sin embargo, que mi hermosa letra pierda el honor de ser admirada en el castillo de La Musse... Por eso me he sentido muy feliz cuando nuestra Madrecita me confió la dulce misión de contestar a su carta. Querida tÃa, todas y cada una de las lÃneas que nos ha escrito me revelan su corazón, que es el de la más tierna de las madres. Pero también el de su Teresita es un corazón de hija, lleno de amor y de gratitud... Pido a Dios que cure a mi querido tÃo. Y la verdad es que me parece que esta súplica no puede dejar de ser escuchada, puesto que Nuestro Señor mismo está interesado en esa curación. ¿No trabaja, acaso, el brazo de mi tÃo, escribiendo incansablemente páginas admirables, destinadas a salvar almas y a hacer temblar a los demonios? Creo que Dios nos está escuchando ya, y espero que disfruten en paz de los últimos dÃas que les quedan por pasar en su hermoso castillo. ¡Qué feliz debe de sentirse Juana al poder gozar a sus anchas de la presencia de Francis, al que tiene tan poco a su lado en Caen! He rezado mucho para que desaparezca por completo ese dichoso esguince, pues tiene que ser un negro nubarrón en el azul del cielo de mi Juana. Me acuerdo también de mi hermanita MarÃa. Me parece que desde que plantó su morada en las copas de los árboles, yo le debo de parecer muy pequeña y despreciable. Cuando uno se acerca al cielo, descubre maravillas que no existen en los humildes valles. Me llamará mala, pero eso no me impedirá ofrecer la sagrada comunión por Su Alteza el dÃa de su santo... No acierto a expresarle, querida tÃa, lo feliz que me siento cuando pienso que mi querido papaÃto está con ustedes, rodeado de cariño y de cuidados. Dios ha hecho con él lo mismo que con su servidor Job: después de haberlo humillado lo colma de favores, y todos esos bienes y ese cariño le llegan por medio de ustedes. Querida tiÃta, tengo todavÃa muchas cosas que decirle, pero no me queda espacio, y no es respetuoso terminar asà una carta escribiendo de través. Perdóneme, querida tÃa, y ojalá sepa intuir todo lo que quisiera escribirle, lo mismo que al resto de la familia. La madre MarÃa de Gonzaga y nuestra Madre les mandan muchos y muy cariñosos saludos. Se sienten encantadas de saber que os va a ser presentada la señora de Virville. Un abrazo con todo el corazón, querida tÃa, y siempre seré Su respetuosa hijita,
Sor Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 13 de agosto de 1893
Querida Celinita:
Sentimos mucho todos esos problemas que tienes con la sirvienta. Nuestra Madre no pensaba escribirte antes de que volvieras, pero es tan buena y quiere tanto a su Celinito, que, al saber que estaba triste, ha querido darle un pequeño consuelo permitiendo a tu Teresa escribirte unas letras. No sabemos lo que debes hacer con la casa. DeberÃas preguntarle a nuestro tÃo, nosotras daremos por bueno lo que él decida; de todas formas, ya hablaremos de ello de viva voz. Tu pobre sirvienta es bien desgraciada con tener ese vicio tan feo, y sobre todo de ser mentirosa; ¿no podrÃas convertirla, como a su marido? No hay pecado sin perdón, y Dios es poderoso para dar conciencia aun a las personas que no la tienen. Voy a rezar mucho por ella. Tal vez, en su lugar, yo fuese todavÃa peor que ella, y tal vez también ella serÃa ya una gran santa si hubiese recibido la mitad de las gracias de que Dios me ha colmado a mÃ. Creo que Jesús es muy bueno al permitir que mis pobres cartitas te sirvan de ayuda. Pero te aseguro que no caigo en el error de pensar que tengo en ello el menor mérito. «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles». Los más bellos discursos de los más grandes santos no lograrÃan hacer brotar un solo acto de amor de un corazón si Jesús no estuviese adueñado de él. Sólo él sabe servirse de su lira, nadie más puede hacer vibrar sus notas armoniosas. Pero Jesús se sirve de todos los medios, todas las criaturas están a su servicio y a él le gusta utilizarlas durante la noche de la vida para ocultar su presencia adorable. Mas no se oculta tanto que no se deje adivinar. En efecto, veo que muchas veces me da luces, no para mÃ, sino para su Palomita desterrada, para su esposa querida. Esto es muy cierto, y en la misma naturaleza encuentro un ejemplo de ello. ImagÃnate un hermoso melocotón rosado y tan dulce, que todos los confiteros juntos no lograrÃan imaginar un sabor tan dulce como el suyo. Dime, Celina, ¿acaso creó Dios para el melocotón ese precioso color rosa tan aterciopelado y tan agradable a la vista y al tacto? ¿Gastó por él tanto azúcar...? La verdad que no. Fue para nosotras y no para él. Pero lo más propio suyo, lo que forma la esencia de su vida es el hueso; podemos quitarle toda su belleza, sin quitarle su ser. De la misma manera, Jesús se complace en prodigar sus dones a algunas de sus criaturas, pero muchas veces es para atraer hacia sà a otros corazones; y luego, cuando ha logrado su objetivo, hace desaparecer esos dones exteriores y despoja completamente a las almas que le son más queridas. Al verse en tan gran pobreza, esas pobres almas tienen miedo, les parece que no sirven para nada, puesto que lo reciben todo de los demás y ellas no pueden dar nada. Pero no es asÃ: la esencia de su ser trabaja en secreto. Jesús va formando en ellas ese germen que ha de desarrollarse allá arriba en los jardines del cielo. Se complace en hacerles ver su nada y su propio poder. Para llegar a ellas, se sirve de los instrumentos más viles, demostrándoles asà que es él solo quien trabaja. Se da prisa en perfeccionar su obra para el dÃa en que, desvanecidas las sombras, no se comunicará ya a través de intermediarios, sino en un cara a cara eterno... (Nuestra Madre agradece a MarÃa su cartita, lo mismo que la madre MarÃa de Gonzaga; les ha encantado.)
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 13 de agosto de 1893
Querida Leonia:
¿Piensas, tal vez, que tu Teresa te tiene olvidada? ¡En absoluto! Tú conoces demasiado bien su corazón para pensar eso. Me habrÃa gustado escribirte al mismo tiempo que nuestra Madre y que sor MarÃa del Sagrado Corazón, pero hubo un malentendido y su carta salió antes de lo que yo pensaba. Hoy voy a desquitarme pasando un rato contigo. ¡Si supieras, querida hermanita, las acciones de gracias que elevo al cielo por el don que Dios te ha concedido! Por fin tus deseos se han realizado. Como la paloma que salió del arca, tampoco tú podÃas hallar sobre la tierra del mundo un lugar donde posar el pie, y volaste durante mucho tiempo tratando de entrar en la mansión bendita donde tu corazón habÃa fijado para siempre su morada. Jesús se hizo esperar, pero al fin los gemidos de su paloma lo conmovieron, extendió su mano divina y, tomando a su prometida, la colocó sobre su corazón, en el tabernáculo de su amor. Se ha realizado asà ya la predicción de nuestra santa tÃa. La hija de la beata Margarita MarÃa está en la Visitación y será ya para siempre la esposa de Nuestro Señor. Claro, que mi alegrÃa es completamente espiritual, pues ya no volveré a ver aquà en la tierra a mi querida Leonia, ya no volveré a escuchar su voz ni a desahogar mi corazón en el suyo... Pero sé que la tierra es el lugar de nuestro destierro, somos viajeras que caminamos hacia la patria. ¿Qué importa la ruta que seguimos no sea la misma, si nuestra meta común es el cielo? Allà nos reuniremos para no separarnos jamás. Allà saborearemos eternamente las alegrÃas de la familia, volveremos a encontrar a nuestro padre querido, aureolado de gloria y honor por su fidelidad a toda prueba y sobre todo por las humillaciones en las que fue abrevado; veremos a nuestra madre, que se alegrará de las tribulaciones que fueron nuestra heredad durante del destierro de la vida, gozaremos de su dicha al contemplar a sus cinco hijas religiosas, y con los cuatro angelitos que nos esperan allá arriba formaremos una corona que ceñirá para siempre la frente de nuestros padres queridos. Querida hermanita, ya ves que también yo participo de tu alegrÃa, que sé que es muy grande, pero que sé también que los sacrificios no dejan de acompañarla. ¿SerÃa meritoria, sin ellos, la vida religiosa? No, ¿verdad que no? Por el contrario, las pequeñas cruces son las que constituyen toda nuestra alegrÃa. Esas pequeñas cruces no son más corrientes que las grandes, y preparan nuestro corazón para recibir éstas cuando asà lo quiera nuestro Maestro. Te ruego, querida Leonia, que des mis respetuosos saludos a tu Reverenda Madre, hacia la que conservo un afecto muy filial desde el dÃa que tuve el honor de conocerla. ¿No pertenezco yo ya también un poco a su familia, al ser tú su hija y yo tu indigna hermanita...? Nuestra Madre, la madre MarÃa de Gonzaga y sor MarÃa del Sagrado Corazón presentan también sus respetuosos saludos a la Madre superiora, y envÃan a su querida Leonia sus mejores deseos de felicidad. No olvides en tus oraciones, querida hermana, a la más pequeña de las carmelitas, que tan unida está contigo en el corazón de la SantÃsima Virgen.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind.
20 (?) de octubre de 1893
J.M.J.T.
Jesús +
Celina querida:
He encargado a Jesús que felicite en mi nombre a mi hermanita sor MarÃa de la Santa Faz... Sólo Jesús debe ser el vÃnculo divino que nos una. Sólo él tiene derecho a penetrar en el santuario de su esposa... SÃ, él, y sólo él, escucha cuando nada nos responde... Sólo él dispone los acontecimientos de nuestra vida de dertierro. Él es quien a veces nos ofrece el cáliz amargo. Pero nosotras no le vemos, él se esconde, oculta su mano divina, y no logramos ver más que a las criaturas. Entonces sufrimos, porque la voz de nuestro Amado no se deja oÃr y la de las criaturas parece despreciarnos... SÃ, el sufrimiento más amargo es el de no ser comprendidas... Pero nunca será ése el sufrimiento de Celina y de Teresa. Nunca, pues sus miradas están puestas más allá de la tierra y se elevan por encima de lo creado. Cuanto más se esconde Jesús, tanto más sienten ellas que Jesús está cerca. En su delicadeza exquisita, él marcha por delante, apartando las piedras del camino y alejando a los reptiles. Pero no es nada todavÃa: él hace resonar en nuestros oÃdos voces amigas, y esas voces nos advierten que no caminemos demasiado seguras... ¿Y por qué? ¿No es acaso el mismo Jesús quien ha trazado nuestra ruta? ¿No es él quien nos alumbra y se revela a nuestras almas...? Todo nos lleva a él, las flores que crecen al borde del camino no cautivan nuestros corazones. Las miramos, las amamos, porque nos hablan de Jesús, de su poder, de su amor, pero nuestras almas permanecen libres. ¿Por qué turbar, pues, nuestra dulce paz? ¿Por qué temer la tormenta cuando el cielo está sereno...? ¡Celina, querida Celina...! No son los precipicios lo que hay que evitar. Estamos en brazos de Jesús; y si voces amigas nos aconsejan temer, es nuestro Amado en persona quien asà lo quiere. ¿Y por qué...? Porque, en su amor, ha escogido para sus esposas el mismo camino que escogió para sÃ. Quiere que las alegrÃas más puras se cambien en sufrimientos, a fin de que nuestro corazón, no teniendo, por asà decirlo, ni siquiera tiempo para respirar a gusto, se vuelva hacia él, que es nuestro único sol y nuestra única alegrÃa... Las flores del camino son los placeres puros de la vida. No hay mal alguno en disfrutar de ellos. Pero Jesús está celoso de nuestras almas, y desea que para nosotras todos los placeres estén mezclados con amargura... Y aunque las flores del camino conducen al Amado, son, sin embargo, un camino indirecto; son la placa o el espejo que reflejan al sol, pero no son el sol... No estoy diciendo a mi Celina querida lo que quisiera decirle, me explico tan mal... Tal vez ella me entienda con medias palabras, ¡se las arregla tan bien Jesús para cumplir los encargos de su pobre Teresa...! Hay en el Cantar de los Cantares un pasaje que le cuadra a la perfección a la pobre Celinita desterrada. Es éste: «¿Qué veis en la esposa sino coros musicales en un campo de batalla?» ¡SÃ, la vida de mi Celina es realmente un campo de batalla...! Como pobre palomita, gime junto a los canales de Babilonia, ¿y cómo podrá cantar los cánticos del Señor en tierra extranjera...? Y sin embargo, tiene que cantar, su vida tiene que ser una melodÃa (un coro musical). Es Jesús quien la retiene cautiva, pero él está a su lado... Celina es la humilde lira de Jesús... ¿Es completo un concierto cuando nadie canta...? Si Jesús toca, ¿no tiene Celina que cantar...? Cuando el aire sea triste, ella cantará el cántico del destierro, y cuando el aire sea jubiloso, su voz dejará oÃr los acentos de la patria... Todo lo que pueda suceder, todos los acontecimientos de la vida no serán más que ruidos lejanos que no harán vibrar a la pequeña lira, sólo Jesús tiene derecho a posar en ellas sus dedos divinos. Las criaturas son peldaños, instrumentos, pero es la mano de Jesús la que lo dirige todo. En todo hay que verlo sólo a él... No puedo pensar sin extasiarme en mi querida santa Cecilia. ¡Qué modelo para la humilde lira de Jesús...! En medio del mundo, metida entre toda clase de peligros, en el momento de unirse a un joven pagano que no respira más que amor profano, me parece que Cecilia hubiese debido temblar y llorar... Pero no: al oÃr el sonido de los instrumentos que festejaban sus bodas, Cecilia cantaba en su corazón... ¡Qué abandono...! Escuchaba, sin duda, unas melodÃas que no eran de la tierra; su esposo divino cantaba también; los ángeles hacÃan resonar en el corazón de Cecilia el sonido de sus conciertos celestiales... Cantaban como en otro tiempo junto al pesebre de Jesús: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama». ¡La gloria de Dios! Cecilia adivinaba que su esposo divino tenÃa sed de almas y anhelaba ya la del joven romano que sólo soñaba en la gloria de la tierra; pronto hará de él un mártir, y las multitudes marcharán en pos de sus huellas... Cecilia no teme, porque los ángeles cantaron: «Paz a las almas que el Señor ama»; ella sabe que Jesús está obligado a guardarla, a proteger su virginidad. Por eso, ¡qué recompensa...! SÃ, es preciosa la casta generación de las almas vÃrgenes, canta frecuentemente la Iglesia, y esta palabra sigue siendo hoy tan verdadera como en los tiempos de la virgen Cecilia... Celina querida, ¡qué contento está Jesús con su pequeña lira! ¡Tiene tan pocas en el mundo! Déjale descansar a tu lado, no te canses de cantar, pues Jesús no se cansa nunca de tocar... Un dÃa, allá arriba en la patria, verás los frutos de tus trabajos... Después de haber sonreÃdo a Jesús en medio de las lágrimas, gozarás de los rayos de su Faz divina y él seguirá tocando en su pequeña lira. ¡Tocará durante toda la eternidad aires nuevos que nadie, excepto Celina, podrá cantar...!
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 22 de octubre de 1893
Querida Juana:
Ahora me toca a mà pedirte disculpas, pues he tardado mucho en agradecerte todas esas golosinas. Pero tenÃa una cierta esperanza de expresarte mi gratitud de palabra, y por esta razón he tardado en escribirte. No, no he tenido el mal pensamiento de que mi hermanita me tuviese olvidada, sino que me parecÃa de lo más natural que se contentase con rezar una oración por su Teresita. Por eso, me emocioné mucho más de lo que sé decirte al recibir tu amorosa carta. También la felicitación de mi querido primo me emocionó mucho. Y por último, los tarros de mermelada vinieron a colmar todas tus delicadezas para conmigo... Nuestra Madre santa Teresa era tan agradecida, que decÃa graciosamente «que le ganaban el corazón con una sardina». ¿Qué habrÃa dicho si hubiese conocido a Francis y a Juana...? Pero el cielo no está tan lejos de la tierra que ella no pueda verlos y bendecirlos. Tengo incluso la seguridad de que le tiene un cariño especial a mi querida Juana. Nuestra santa Madre tenÃa también una hermana que se llamaba Juana, y, al leer su vida, me conmovió mucho ver con qué ternura velaba por sus sobrinitos. Por eso, sin dejar a un lado a santa Ana, me dirijo a santa Teresa para alcanzar por su intercesión la gracia de ser tÃa también yo. No dudo de que me escuchará enviando a mi querida Juana una familia bendita, que dará a la Iglesia grandes santos y grandes santas. El retraso no me desanima, pues sé que en la curia de Roma se necesita mucho tiempo para hacer santos, y no puedo enfadarme con Dios porque ponga todo su cuidado y todo su amor en la preparación de esas almas infantiles que un dÃa confiará a mi Juana. Te pido, hermanita, que invoques a santa Teresa; estoy segura de que santa Ana estará contenta de que lo hagas. La unión hace la fuerza, y las dos, juntas, nos alcanzarán la gracia que pedimos. Querida Juana, te ruego que seas mi intérprete ante Francis, dándole las gracias por su felicitación. Un abrazo cordial, con todo el cariño de esta hermanita,
Teresa del Niño Jesús rel. carm. ind. Nuestra Madre y sor MarÃa del Sagrado Corazón te envÃan todo su cariño y no cesan de rezar para que los deseos de su querida Juanita se vean plenamente escuchados.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 5 de noviembre de 1893
Querida Leonia:
Me siento enormemente feliz con tu felicidad. Tus cartas son para mà una verdadera alegrÃa. Veo, sin ningún género de duda, que estás verdaderamente donde te quiere el Señor. ¡Qué bueno ha sido el Señor con nuestra familia! No ha permitido que ningún mortal se convirtiera en esposo de ninguna de nosotras. Acabamos de hacer unos hermosos ejercicios espirituales como preparación para la fiesta de nuestra Santa Madre. El Padre nos ha hablado, sobre todo, de la unión con Jesús y de la belleza de nuestra vocación. Nos ha hecho ver todas las ventajas de la vida religiosa, y en especial de la vida contemplativa. Nos ha puesto una comparación que me ha encantado. «Mirad -nos decÃa- los robles de nuestros campos, cómo crecen a lo ancho: echan ramas a derecha e izquierda, nada los contiene, por eso no alcanzan nunca gran altura. Por el contrario, mirad los robles de los bosques que están presionados por todos los lados: no reciben luz más que desde arriba, por eso su tronco está desprovisto de todas esas ramas disformes que les roban la savia que necesitan para elevarse hasta lo alto. No ven más que el cielo, y, asÃ, toda su fuerza se dirige hacia allá y pronto alcanzan una altura asombrosa. En la vida religiosa, el alma, al igual que el joven roble, se encuentra presionada por todos los lados por la regla, y todos sus movimientos se ven cohibidos, obstaculizados por los árboles del bosque...; pero ve luz cuando mira al CIELO, sólo allà puede descansar su mirada, nunca debe tener miedo de elevarse demasiado hacia allá».
Querida hermanita, creo que te gustará que te hable de estas cosas. Nuestra felicidad está en hablar de los asuntos del alma, en sumergir nuestros corazones en el infinito... Te pido perdón por enviarte unas cartas tan mal escritas; pero, hermanita querida, prefiero dejar correr la pluma a impulsos del corazón a redondear las frases y escribirte una página literaria. Te ruego que saludes respetuosamente de mi parte a la Madre superiora. No me olvides en tus oraciones, acuérdate de mà junto a Jesús tanto como yo me acuerdo de ti. Te dejo, querida Leonia, quedando muy unida a ti en el corazón de nuestro divino Esposo. Tu indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 17 de noviembre de 1893
Querida tÃa:
¡Qué delicia para su Teresita, poder felicitarla cada año en el dÃa de su santo! Sin embargo, no tengo nada nuevo que decirle, pues hace ya mucho tiempo que sabe cuánto la quiero. Querida tiÃta, no tengo miedo de aburrirla repitiéndoselo una vez más, y ésta es la razón que me hace pensar asÃ: cuando estoy junto al sagrario, yo no sé decirle a Nuestro Señor más que una cosa: «Dios mÃo, tú sabes que te quiero». Y siento que mi oración no le cansa a Jesús. Como conoce la impotencia de su pobre esposa, se conforma con su buena voluntad. Yo sé también que Dios ha derramado en el corazón de las madres algo del amor del que desborda su propio corazón... Y la madre a quien me dirijo ha recibido el amor maternal en tan larga medida, que no puedo tener miedo a verme incomprendida... Por lo demás, mi impotencia no durará eternamente: en la patria celestial podré decirle a mi querida tiÃta muchas cosas que no pueden expresarse con palabras humanas. Mientras tanto, pido a Nuestro Señor que deje mucho mucho tiempo en la tierra a quien sabe trabajar tan bien por su gloria, y le deseo que pueda ver «a los hijos de sus nietos». Tal vez mi hermanita Juana sonreirÃa si leyese estas lÃneas, pero yo tengo mucha más confianza que ella y sigo esperando «al gran santo y al gran pontÃfice», seguido de un gran número de otros angelitos. Querida tÃa, mañana ofreceré la sagrada comunión por usted y por la señora Fournet; me acuerdo mucho de ella y pido a Nuestro Señor que se la conserve todavÃa mucho tiempo. Le ruego, querida tÃa, que dé un abrazo de mi parte a mi tÃo, y a él y a mis hermanitas les encargo que la colmen a usted de mi parte de las más tiernas caricias. Su benjamÃn, que está orgullosa de su tÃtulo,
Sor Teresa del Niño Jesús rel. carm. ind.
Diciembre (?) de 1893
J.M.J.T.
Querido tÃo:
Nuestra Madre está mucho mejor, pero se encuentra muy débil, aunque ella diga lo contrario. Gracias, gracias por todos los cuidados que usted le dispensa. Espero que sea muy obediente, pues estarÃa muy mal no obedecer a un tÃo tan paternal... A la madre MarÃa de Gonzaga le han conmovido mucho sus atenciones; le da las gracias prodigando toda serie de atenciones a su querida priora. Perdóneme, querido tÃo, voy tan de prisa que no sé lo que le digo, pero espero que usted sabrá adivinar nuestro agradecimiento. Rezamos mucho por la señora Fournet. Un abrazo a usted y a mi tÃa en nombre de sus tres carmelitas,
Sor Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind.
NOTAS Cta 153
1 La madre Inés de Jesús.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 27 de diciembre de 1893
Querida Leonia:
Me alegro mucho de poder enviarte mi felicitación para el año 94. La súplica que hago junto a la cuna de Jesús es la de verte pronto revestida con la santa librea de la Visitación. Digo verte, pero sé que sólo tendré esta dicha en el cielo. ¡Qué alegrÃa entonces de volvernos a encontrar tras el exilio de la vida...! ¡Cuántas cosas tendremos para decirnos! Aquà abajo la palabra es impotente, pero allá arriba bastará una sola mirada para entendernos, y creo que nuestra felicidad será todavÃa mayor que si no nos hubiéramos separado.
Tu cartita me ha gustado mucho, veo que eres realmente feliz y no dudo de que Dios te concederá la gracia de quedarte para siempre en el arca santa. Estamos leyendo en el refectorio la vida de santa Chantal; para mà es un verdadero placer escucharla, pues eso me acerca todavÃa más a la Visitación, a la que quiero tanto. Además, veo la Ãntima unión que siempre existió entre ella y el Carmelo, y eso me hace bendecir a Dios por haber escogido a estas dos Ordenes para nuestra familia. La SantÃsima Virgen es verdaderamente nuestra Madre, ya que nuestros monasterios están especialmente dedicados a ella. Querida hermanita, no dejes de rezar por mà durante el mes del Niño Jesús. PÃdele que yo sea siempre pequeña, ¡muy pequeña...! Yo le haré para ti la misma súplica, pues conozco tus deseos y sé que tu virtud preferida es la humildad. Querida Leonia, no olvides presentar mis respetuosos saludos a la venerada Madre, y recibe el sincero cariño de la última y más pequeña de tus hermanas, Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz. rel. carm. ind.
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 29 de diciembre de 1893
Queridos tÃos:
Sólo tengo unos minutos para enviarles mi felicitación de Año Nuevo. Nuestra Madre acaba de decirme que su carta la van a llevar mañana por la mañana. Pero no necesito mucho tiempo para expresar a mis queridos parientes los votos que formula mi corazón por su felicidad. Quisiera, si fuese posible, que el nuevo año no les reservase más que alegrÃas. Pero a Dios, que sabe la recompensa que tiene reservada para sus amigos, suele gustarle hacerles ganar sus tesoros a través de sacrificios. Nuestra santa Madre Teresa decÃa, bromeando, estas palabras tan verdaderas a Nuestro Señor: «Dios mÃo, no me extraña que tengas tan pocos amigos, ¡los tratas tan mal...!». Sin embargo, aun en medio de las pruebas que envÃa, Dios está lleno de delicadezas. La enfermedad de mi querido papaÃto es para mà una prueba evidente de ello. Esta cruz es la más grande que yo hubiera podido imaginar; pero después de habernos hecho probar su amargura, Nuestro Señor quiso endulzar, por la mano de nuestros queridos parientes, el cáliz de dolor que nos habÃa presentado y que yo esperaba beber hasta las heces... ¡Si supiesen, queridos tÃos, qué amoroso y agradecido es el corazón de su Teresita...! No acierto a decirles todo lo que querrÃa, y es ya hora de Maitines. Perdonen lo deslavazado de mi carta y mi letra de gato..., miren sólo el corazón de su hija, Teresa del Niño Jesús rel. carm. ind. Les ruego que den a la señora Fournet la más sincera felicitación de parte de su hijita.
21 de enero de 1894
J.M.J.T.
El sueño del Niño Jesús. Mientras juega con las flores que su esposa querida le ha llevado a la cuna, Jesús piensa qué podrá hacer para agradecérselo... Allá arriba, en los jardines del cielo, los ángeles, servidores del divino Niño, trenzan ya las coronas que su corazón tiene reservadas para su amada. Mientras tanto, ha llegado la noche. La luna envÃa su resplandor de plata, y el Niño Jesús se duerme... Su manita no suelta las flores con que se ha divertido a lo largo del dÃa su corazón continúa soñando con la felicidad de su esposa querida. Muy pronto, allá en la lejanÃa, divisa unos objetos extraños que no tienen ningún parecido con las flores primaverales. ¡Una cruz...! ¡Una lanza...! ¡Una corona de espinas! Y sin embargo, el divino Niño no tiembla. ¡Eso es lo que él escoge para demostrar a su esposa cuánto la ama...! Pero esto no basta todavÃa. Su rostro infantil y tan hermoso, lo ve desfigurado, ¡sangrante...!, ¡irreconocible...! Jesús sabe muy bien que su esposa siempre lo reconocerá, y que cuando todos lo abandonen ella seguirá a su lado. Por el eso el divino Niño sonrÃe ante esa imagen sangrante, y sonrÃe también ante el cáliz lleno del vino que hace germinar a las vÃrgenes. Sabe que en la eucaristÃa los ingratos lo van a abandonar, pero Jesús piensa en el amor de su esposa y en sus delicadezas. Ve cómo las flores de sus virtudes perfuman el santuario, y Jesús niño sigue durmiendo dulcemente... Espera a que las sombras declinen..., a que la noche de la vida sea reemplazada por el dÃa radiante de la eternidad... En ese dÃa Jesús devolverá a su amada esposa las flores que ella le dio, para consolarlo, en la tierra... En ese dÃa inclinará hacia ella su Faz divina, toda radiante de gloria, ¡¡¡y hará gustar eternamente a su esposa la dulzura inefable de su beso divino...! Madre mÃa querida, acabas de leer el sueño que tu hija querÃa reproducir para el dÃa de tu santo. ¡Pero sólo tu pincel de artista podrÃa pintar tan dulce misterio...! Espero que sólo mires a la buena voluntad de quien se sentirÃa dichosa de haberte agradado. Eres tú, Madre mÃa, son tus virtudes lo que he querido representar en las florecitas que Jesús aprieta contra su corazón. Las flores son todas sólo para Jesús. SÃ, las virtudes de mi Madre querida permanecerán siempre escondidas con el Niñito del pesebre. Sin embargo, y a pesar de la humildad que quisiera ocultarlas, el perfume misterioso que se desprende de esas flores me hace ya presentir las maravillas que un dÃa veré en la patria eterna, cuando me sea dado contemplar los tesoros de ternura que ahora prodigas a Jesús. Tú lo sabes, Madre mÃa. Nunca podré expresarte toda mi gratitud por haberme guiado como un ángel del cielo por entre los senderos de la vida. Tú fuiste quien me enseñó a conocer a Jesús y a amarlo. Ahora que eres doblemente mi Madre, sigue conduciéndome hacia el Amado, enséñame a practicar la virtud, para que en el cielo no me vea colocada demasiado lejos de ti y puedas reconocerme por hija y por hermanita tuya. Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind.
Marzo o mayo de 1894
J.M.J.T.
Los «codfiches» le han gustado mucho a nuestra Madre, y querrÃa escribir unas letras para darle las gracias a su Celino querido, pero no puede hacerlo. Está también muy contenta por la carta de MarÃa. Que la pequeña desterrada esté triste sin estar triste, pues si no se centran en ella las caricias de las criaturas, la ternura de Jesús sà que está CENTRADA toda en ella. Ahora que Celina está sin albergue, él, Jesús, está bien alojado, y está contento de ver errante a su esposa querida, ¡eso le gusta! ¿Y por qué...? Yo no lo sé... Es un secreto de Jesús. Pero creo que está preparando muchas cosas hermosas en su casita... Tiene que trabajar tanto, que parece olvidar a su pobre Celina... Pero no, sin que ella lo vea, él la mira por la ventana... Le gusta verla en el desierto, sin otro oficio que el de amar, sufriendo ¡sin siquiera sentir que ama...! Jesús sabe muy bien que la vida es sólo un sueño, y por eso se alegra de ver a su esposa llorando junto a los canales de Babilonia. Pronto llegará el dÃa en que Jesús tomará a su Celina de la mano y la hará entrar en su casita, que se habrá convertido en un palacio eterno... Y entonces dirá: «¡Ahora me toca a mÃ...!» Tú me diste en la tierra el único albergue al que ningún corazón humano quiere renunciar -es decir te me diste a ti misma-, y ahora yo te doy por morada mi sustancia eterna, es decir, «a mà mismo». Esta será tu mansión por toda la eternidad. Durante la noche de la vida tú anduviste errante y solitaria, ahora tendrás un compañero: yo, Jesús, tu esposo, tu amigo, a quien se lo sacrificaste todo, ¡un compañero que te colmará de alegrÃa por los siglos de los siglos...!
Marzo (?) de 1894
J.M.J.T.
Querida Leonia: ¡No puedo expresar la alegrÃa que sentà al saber que has sido aprobada para la toma de hábito...! Comprendo lo feliz que debes de sentirte y comparto enormemente tu alegrÃa. Querida hermanita, ¡qué bien ha sabido Dios recompensar tus esfuerzos! Me acuerdo de lo que me decÃas en el locutorio antes de tu entrada en el arca santa. No te importaba ser siempre la última, tomar el hábito sin solemnidad... No buscabas más que a Jesús, y por él renunciabas a todo consuelo. Pero, como nos repetÃa a menudo nuestro padre querido: «Dios nunca se deja ganar en generosidad». Por eso no ha querido que te vieras privada de la dicha de convertirte públicamente en su prometida, en espera de que seas su esposa. Creo que los años de destierro que has pasado en el mundo han servido para adornar tu alma con una vestidura preciosa para el dÃa de tus esponsales. A los tristes dÃas del invierno han seguido para ti los dÃas radiantes de la primavera, y Jesús te dice, como a la esposa del Cantar de los Cantares: «Ya ha pasado el invierno, han cesado las lluvias y se han ido. Levántate, amada mÃa, paloma mÃa, y ven... Estoy a la puerta, ábreme, hermana mÃa, amada mÃa, que tengo la cabeza cubierta de rocÃo, mis rizos del relente de la noche». HacÃa mucho tiempo que suspirabas por la visita de Jesús y le decÃas, como la esposa: «¿Quién me dará, amado mÃo, poderte encontrar a solas allá afuera?. Te podrÃa besar sin que ya nunca me criticara la gente...» Al fin llegó ese dÃa tan deseado... Tú, hermanita querida, aún no habÃas encontrado a Jesús ante los ojos del mundo; pero después de haberlo buscado con mil desvelos, he aquà que él mismo viene hacia ti... Tú te conformabas con encontrarle fuera a solas, pero él desea besarte delante de todo el mundo, para que ya nadie ignore «que él ha puesto su sello sobre tu frente y que nunca tendrás otro amador que él»... Querida Leonia, me olvidaba de darte las gracias por tu carta. DeberÃa haber empezado por ahÃ, pero ¿verdad que entiendes que la alegrÃa que siento por tu inmensa felicidad es lo que me ha hecho cometer este olvido? Espero que tus deseos se vean pronto cumplidos y que vuestro capellán se cure rápidamente. Te ruego, querida hermanita, que des mis respetuosos saludos a tu buena y venerada Madre. Me alegro, como tú, de que sea ella quien te dé el santo hábito. Te dejo, pero siguiendo unida a ti en el divino Corazón de Jesús. Tu indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind.
J.M.J.T.
El Carmelo, 29 de marzo de 1894
Querida Celina:
Hubiera querido contestar antes a tu carta, que me causó mucha alegrÃa. La cuaresma me lo impidió; pero ya estamos en el tiempo de Pascua y puedo decirle a mi querida primita que comparto su felicidad. La gran paz que experimentas es para mà una señal manifiesta de la voluntad de Dios, pues sólo él puede derramarla en tu alma, y la dicha que gustas bajo su mirada divina no puede venir más que de él. Querida Celina, no puede manifestarte mi cariño como lo harÃa si estuviese aún en el mundo. Sin embargo, no por eso es menos intenso; al contrario, pienso que te seré más útil en la soledad que si tuviera el consuelo de estar cerca de ti. Las rejas del Carmelo no están hechas para separar corazones que sólo se aman en Jesús; antes bien, sirven para hacer más fuertes los lazos que los unen. Mientras tú sigues el sendero que Dios te ha trazado, yo rezaré por mi Celina, mi compañera de la niñez. Pediré para ella que todas sus alegrÃas sean tan puras, que pueda saborearlas bajo la mirada de Dios. Pediré, sobre todo, que pueda saborear la alegrÃa incomparable de encaminar a un alma hacia Nuestro Señor, y que esta alma sea la que pronto formará una sola con la suya. No dudo de que Dios te concederá pronto esta gracia, y me sentirÃa muy dichosa si mis pobres oraciones contribuyesen algo a ello. Espero que mi querida Elenita esté ya restablecida, pues habrÃa elegido un mal momento para estar enferma... Por favor, dale un fuerte abrazo de mi parte, y a ella le encargo que le dé a mi querida Celina mis besos más tiernos, estoy segura de que no puedo escoger a nadie mejor para llevar a cabo esta grata misión... La madre MarÃa de Gonzaga se une a tus tres primas del Carmelo en la alegrÃa por tu felicidad, y te rogamos, querida Celina, que des nuestros respetuosos saludos al señor y la señora Maudelonde. Te dejo, querida Celina, quedando siempre muy unida a ti con el corazón. Tu primita, que te querrá durante toda su vida y que no dejará de rezar por tu felicidad,
Sor Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind.
P.D. - La madre priora del Carmelo de Saigón nos ha enviado un gran número de objetos chinos, entre otros un mueblecito de salón que es una monada. Nuestra Madre ha pensado hacer con ellos una rifa a beneficio de nuestra comunidad. Las papeletas son a 0'50 francos, y estamos ofreciéndolas a todas las personas amigas de nuestro Carmelo. Si deseas algunas, te las enviaremos con mucho gusto.
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