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Mons. Mario L.B. Maulión, Homilía a los catequistas
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Homilía de Monseñor Maulión a los catequistas durante el Encuentro Diocesano de Catequesis

Pergamino.

Queridos Catequistas:

En esta Eucaristía, culminamos y proyectamos este Encuentro Anual.

Este Encuentro es el culmen de todo un trayecto, formado por hechos que se continuaron y se continúan. Estos hechos, los más cercanos, son los que sirvieron para la preparación de esta jornada. Lo hicieron Ustedes en sus parroquias y en sus zonas. Y, más hondamente, son los hechos que culminan en esta Eucaristía: son los meses, los años, las décadas de servicio catequizador que venimos desarrollando en nuestra historia personal, en la historia de nuestras comunidades, y la de nuestra Iglesia Diocesana. Son los hechos por los que nos hemos encontrado con Cristo y aquellos otros por los que fuimos y somos gestores del Encuentro de Cristo con otros hermanos.

Al culminar en esta Eucaristía todos estos hechos, personales y eclesiales, individuales y comunitarios, los estamos recordando a todos: hacemos memoria de toda esa nube de testigos que, de modo cercano y de modo lejano, nos acercan y nos unen con el Jesús que murió en Jerusalén y vive Resucitado. Y celebramos su Presencia Real, en medio nuestro, presencia inclusive palpitante y eficaz.

Y, también, nos proyectamos, no solo hacia delante en el tiempo, sino hacia adentro, en nuestra situación actual. Porque el Señor Jesús, recordado y celebrado, ES ENVIANTE: vayan a todos y a todos sin límites ni fronteras. El desconcertante mundo que nos supimos fabricar, con sus estupendas realizaciones y sus crueles y desgarradoras destrucciones, es el mundo en el que vivimos, al que estamos llamados a evangelizar, a impregnarlo de sentido evangélico, a llegar hasta los criterios de conducta y a los modelos de vida, que hoy están dolorosamente desarticulados: La cultura. En este mundo en el que vivimos y en el que viven nuestros catequizandos: en él, tanto nosotros como ellos, estamos llamados a ser, por mandato del Señor, luz y sal.

Nuestra acción catequizadora no puede reducirse a una sólida, pero corta preparación a la recepción de los sacramentos, ni a un breve espacio de tiempo. La Catequesis que no se celebra en Eucaristía y no se proyecta en Caridad (amistad social, solidaridad, búsqueda y promoción de la justicia, defensa de la vida y de la persona) queda a mitad de camino. Si la catequesis, la liturgia y la caridad no nos conducen a un profundo encuentro renovador con Cristo, estaríamos frente a una de las afirmaciones de Pablo VI: ¡nuestra evangelización sería una evangelización de barniz!

Una vez más les pido a los Sacerdotes, Consagrados, a los que se preparan para la Ordenación Sacerdotal, a todos los Laicos Catequistas, a que trabajen con quienes en sus comunidades animan la Liturgia y la Caritas. Les pido a ustedes que también en sus actividades catequistas trabajen por una EXPLÍCITA DIMENSIÓN MISIONERA: comenzando desde los niños. Infancia y Juventud Misionera, Caritas infantil y juvenil, Liturgia y Ministerios litúrgicos, infantiles y juveniles. Que los niños y los jóvenes no sean sólo los destinatarios de la evangelización: que sean también los protagonistas de esta evangelización.

Y a todos les pido que nuestras comunidades nunca se conformen con ciclos de catequesis cerrados de 2, 3 0 4.

Les pido que trabajemos todos para que nuestros fieles tengan un acompañamiento, posterior a la Primera Comunión y a la Confirmación, un acompañamiento posterior, que sea tan intenso, o mejor, más intenso aún, que el que tuvieron antes de estos sacramentos. Que sea el acompañamiento de toda la comunidad, desde una catequesis que se vaya consolidando en un Itinerario Catequístico Permanente. Que alcance a una Liturgia, cada ves más vivenciada y animada por el sentido misionero y con un sentido de Caridad.

Cuando la Caridad sea lucida y servicial. con un claro compromiso misional, LA COMUNIDAD SERÁ la Madre Iglesia que lleva a sus hijos a la madurez de la fe, que los lleva desde la edad en que se alimentaba con leche, según la distinción de San Pablo, leche que, por otra parte, los vigorizó y los consolidó, para llegar a la edad madura, hasta llegar al alimento sólido que necesita en la madurez. Así nuestra Madre Iglesia nos hará maduros en la fe. Nos hará “testigos” que impregnen de sentido cristiano la vida, la cultura, para que la cultura en nuestra Patria, de nuestra comunidad, sea humana y sobre todo sea humanizadora.

A nosotros, que estamos inmersos en una profunda crisis moral, y al mismo tiempo, vivenciamos la misteriosa e innegable presencia de Cristo, la Palabra de Dios que acabamos de proclamar y escuchar, nos habla de nuestro presente con su pasado y, luego, de nuestro presente hacia delante.

La Primera Lectura nos hablaba de nuestro presente con su pasado. Ezequiel, con la repentina e imprevista muerte de su querida esposa se convierte en un duro y apremiante reproche de Dios a su pueblo. Ante su muerte, no ha de llorar, ni se quejará por la desgracia que le destroza el corazón. No hará duelo ni buscará consuelos compasivos. Su conducta, en estas circunstancias, sin ninguna muestra de dolor ha de ser una señal para su pueblo, rebelde, olvidadizo, de cabeza dura y de corazón más duro aún.

Ezequiel cuando pierde a su mujer no es responsable de ese hecho. La muerte de su esposa es un hecho ordinario, como tantos otros. Pero las pérdidas que sufrirá el pueblo, imprevistamente, y que lo consumirá, será a causa de las culpas de su pueblo: despreciaron a su Señor, olvidaron a su Dios, se pervirtieron y abandonando la lealtad entre ellos, confiaron en ídolos vacíos. De ahí viene la desgracia que viven: fundamentalmente de ellos mismos, de su debilitamiento social, que los hara presa fácil de los poderes extranjeros.

El Señor, para su conversión, les pide que no se lamenten de los que les pasa sino que se conviertan al Señor.

¡Nada de lamentos, sino cambios verdaderos!: cada uno puede ver cuanta similitud hay con nuestra crítica situación actual.

Nuestro presente es el resultado, en gran parte, de nuestro pasado. Es cierto que hay fuerzas poderosas que escapan a nuestro alcance. Pero también es cierto que lo que nos pasa no es totalmente culpa de otros. Cada uno de nosotros tiene que saber qué cuota de responsabilidad, individualmente, como sociedad, y, como Iglesia, tenemos en todo esto. Nada de lamento por los que nos pasa, sino cambio verdadero hacia el Señor.

Nuestro presente, proyectado hacia el futuro, es iluminado por la escena evangélica.

Un hombre se acerca a Jesús y le pregunta qué cosa buena hay que hacer para alcanzar la Vida Eterna, la que no se desgasta ni se deteriora, la vida que no se pueda perder y ni otro la puede arrebatar. Hoy, de mil modos, muchos hacen esta pregunta, implícita o explícitamente. ¿Qué tengo que hacer para vivir realmente?

Estas preguntas: ¿encuentran quien las responda en nombre de Jesús? ¿Damos esas respuestas? ¿Llegamos a tiempo a responder a esas preguntas o, demasiado tarde, cuando otros ya las han respondido de otra manera?

Jesús responde en el momento oportuno y, como siempre, enseña a vivir. Lo hace en dos niveles.

El primero es el de los Mandamientos, que no son, a pesar de su forma gramatical, simplemente prohibiciones ni tampoco son la anulación de la libertad. Son, más bien, el camino de la dignificación de la persona y el camino de la consistencia de la sociedad. Los Mandamientos, simples y permanentes, como “honra a Dios” , “honra a tu padre y a tu madre”, “no mates”, “no robes”, “no mientas”, “no codicies”. La realización de estos mandamientos la conducta responsable y es la única que ha sanado a la persona y a la sociedad. Por el contrario: dejar los mandamientos y descuidarlos contamina y envenena todo, y oscurece la vida personal y social. Y estamos teniendo, experiencias cada vez más dolorosa de ello. Porque solo cumpliendo los mandamientos hay vida.

El segundo nivel para vivir, según Jesús, es el que Él mismo recorrió: despojado de todo, dar la vida por los demás. El vender todo y seguirlo no es sólo para algunos pocos. Unos lo harán de una manera, otros de otra. Pero la perfección, que es para todos, (“sean perfectos como el Padre es perfecto”) consiste en desprenderse de todo lo que no es Dios, ni atarse a bienes o cosas, ni depender de ello.

Este desprendimiento brota del haber encontrado al Señor y de haberse sacado los lastres. La acción del Espíritu permite ir viendo cómo usar los bienes que uno tiene y necesita, “cómo si no los tuviera”, como vivir el casado “como si no lo estuviera”, etc. (Ver a San Pablo)

María vivió los dos niveles, los Mandamientos y el despojo y Seguimiento del Señor. Los vivió con su alegre confianza en el Señor, su abnegada servicialidad, con su continua escucha de la Palabra y su gozosa celebración del Señor: sin usar nuestros términos teológicos, su vida fue una estupenda síntesis de Liturgia, de Catequesis, de Caridad y de Envío.

Y fue la estupenda Catequista de su Hijo Jesús.

Invoquémosla.

Imitémosla.

San Pío X, ruega por nosotros.

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