El Señor Jesús, Hijo de Dios hecho Hijo de Mujer para obtenernos el don de la reconciliación, revela al ser humano la grandeza de su vocación, la sublimidad de su propio destino: vivir el horizonte plenificador del amor. De ahà que optar por el Señor Jesús es optar por el amor, porque Él mismo es amor1.
Todo cristiano está llamado a vivir el amor como Cristo lo vivió: «Éste es el mandamiento mÃo...»2. El Señor quiso que la comunidad de los creyentes que es la Iglesia fuese una auténtica «comunión de vida»3, «signo e instrumento de la unión Ãntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»4. La Iglesia es, pues, misterio de comunión. Nacidos del agua y del EspÃritu, los creyentes estamos llamados a participar del amor y de la vida misma de Dios Padre, Dios Hijo y Dios EspÃritu Santo, comunidad divina de amor, asà como a vivir la comunión con nuestros hermanos humanos5.
Este misterio de comunión que es la Iglesia, no es de ninguna manera una realidad estática, pasiva o indiferente. Quien busca participar del amor del Señor, también busca proyectarse en un dinamismo amorizante a los demás. El compromiso interior con Jesús que brota del encuentro personal con Él nos mueve a salir también al encuentro de los hermanos humanos. Por eso la comunión, por su propia naturaleza, genera comunión. Asà nos lo enseña el Papa Juan Pablo II: «Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios: Padre, Hijo y EspÃritu Santo. En efecto, el que ama, desea darse a sà mismo»6.
Dar fruto es, por tanto, una exigencia apremiante de quien aspira a vivir la dinámica de comunión y participación en el amor inaugurada por el Señor Jesús. De ahà que todos los cristianos estamos llamados a anunciar a todos los hombres y mujeres la Buena Nueva asà como a conducirlos, bajo la acción del EspÃritu, hacia la nueva comunión que el Hijo de Dios e Hijo de Santa MarÃa ha iniciado en la historia humana: «Lo que hemos visto y oÃdo, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo»7.
La urgencia de la misión apostólica nace, pues, de la Ãntima convicción que posee el creyente de que sólo el Señor Jesús es capaz de ofrecer una respuesta plenificadora para los anhelos más hondos del ser humano; ella «brota de la radical novedad de vida, traÃda por Cristo y vivida por sus discÃpulos»8. Lo mismo que los primeros discÃpulos del Señor, «no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oÃdo»9, pues «estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad»10.
El cristiano no puede dejar de anunciar que Cristo es real, que el amor es real, que salvan. No puede dejar de proclamar que Jesús «ha vencido el pecado y la muerte, y ha reconciliado a los hombres con Dios»11, pues «¿cómo invocarán a aquel en quien no han creÃdo? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oÃdo? ¿Cómo oirán sin que se les predique?»12. Por eso repetimos con el Apóstol: «El amor de Cristo nos apremia»13.
El apostolado es fruto del dinamismo amorizante que nace del encuentro con el Señor Jesús y de la gracia infundida en nuestros corazones por el EspÃritu Santo. Se trata también de una vocación, de un llamado, de una misión que Dios mismo nos ha encomendado. A nosotros se nos ha concedido la gracia de anunciar «la inescrutable riqueza de Cristo»14; se nos ha confiado «el ministerio de la reconciliación»15.
La misión apostólica es «la misión esencial de la Iglesia... la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda»16. No se trata, pues, de algo opcional o facultativo, de un aspecto más de nuestra vida cristiana. El apostolado es tarea y misión, deber ineludible de todo cristiano, como claramente nos enseña San Pablo: «Predicar el Evangelio no es para mà ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mà si no predicara el Evangelio!», pues «es una misión que se me ha confiado»17.
El llamado del Señor —«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»18— no ha perdido actualidad, pues el Evangelio sigue siendo la única respuesta plenificadora para los anhelos más hondos del ser humano. Es más, la misión apostólica hoy en dÃa se presenta cada vez más urgente y en nuestras manos, según la capacidad y las posibilidades de cada uno, está la suerte de tantos hombres y mujeres de hoy que viven —a pesar de las apariencias— en una grave incertidumbre acerca de ellos mismos, vÃctimas de las rupturas y contradicciones de la sociedad hodierna, atrapados en la vana ilusión que ofrecen las ofertas de la cultura de muerte.
Llamados a dar fruto: Jn 15,1-2; Jn 15,4-5; Jn 15,16-17.
Sólo el Señor Jesús responde a los anhelos del hombre: Jn 4,10-15; Jn 6,67-69.
Convocados a ser apóstoles: Jer 1,4-8; Mt 24,14; Hch 5,42; Hch 17,3; Hch 20,24; 1Cor 4,1; 2Cor 4,5-6; 2Tim 1,11.
El Señor nos envÃa como Él fue enviado por el Padre: Mt 10,7-8; Mt 28,19; Mc 16,15; Jn 17,14-18.
Al mirar a la Virgen aprendemos de Ella a vivir conformándonos a su Hijo. Como en Ella, nuestra espiritualidad se hace vida en el servicio. El Señor Jesús quiso asociar de una manera estrecha a su Madre en el servicio apostólico. El llamado al apostolado que Dios nos hace se realiza en colaboración con la acción maternal de Santa MarÃa por llevarnos hacia su Hijo, acción en la que es plenamente libre y disponible.
Asà pues, la respuesta a la convocatoria que el Señor Jesús nos hace nos introduce en el camino de MarÃa, camino de una cada vez mayor libertad y disponibilidad que crece al crecer nosotros en santidad y que se proyecta en el servicio apostólico.
Estamos llamados a vivir el amor. Y este camino de realización en el amor es un llamado a compartir con los hermanos el don recibido. Este don no es otro que el amor del Hijo de Dios que se hace Hijo de MarÃa para traernos la reconciliación. El amor es difusivo, nos impulsa a entregarnos a los hermanos en un servicio apostólico eficaz, radical y constante. Y en esta entrega descubrimos nuestra verdadera libertad. Paradójicamente, quien más se entrega, más tiene, quien se hace servidor de sus hermanos, es más libre. La dinámica propuesta por el Señor Jesús aclara esta paradoja: «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mÃ, la encontrará»19. Se trata de una cuestión de libertad de opción: será verdaderamente libre quien poseyéndose en el silencio y en el dominio de sà se entregue a vivir el Plan de Dios con todas sus consecuencias en la vida cotidiana.
Esta vocación a vivir el amor se hace concreta en el servicio apostólico. Por el apostolado vamos cumpliendo la misión que se nos ha encomendado: instaurarlo todo en el Señor Jesús bajo la guÃa de MarÃa. El llamado del Señor a ir por todo el mundo y proclamar la Buena Nueva a la creación entera sigue, hoy como ayer, vigente. En un mundo que padece todo género de divisiones, estamos llamados a anunciar la Buena Nueva de la reconciliación que nos ha traÃdo el Señor Jesús, a anunciar a tiempo y a destiempo el Evangelio20.
Este llamado al apostolado exige una respuesta radical de nuestra parte, un esfuerzo constante por conformarnos con el Señor Jesús, por encontrarnos personalmente con Él para poder anunciarlo, ya que nadie da lo que no tiene. El primer campo de apostolado soy yo mismo. Vanamente predicarÃamos la reconciliación si no hacemos esfuerzos serios por vivirla. Nuestro combate espiritual es una preparación para el apostolado. Siguiendo el ejemplo de MarÃa, paradigma de unidad, debemos esforzarnos por estar disponibles, por quitar con nuestra fidelidad los obstáculos al amor, todo aquello que esté en contraste con el Plan de salvación. La disponibilidad, es decir la disposición de ponernos a tiempo y a destiempo al servicio de los hermanos en el apostolado, es un camino de plenitud, de libertad, de santidad. Este camino, sin embargo, debe ser vivido por cada uno en su situación concreta según el máximo de las propias capacidades y posibilidades.
La disponibilidad apostólica es una consecuencia lógica del amor. Quien verdaderamente ama dona todo su tiempo a la persona que ama. DifÃcilmente pondrá obstáculos o inventará excusas para no encontrarse con aquel a quien ama. La disponibilidad en el apostolado es fruto del dinamismo amorizante del encuentro con el Señor Jesús. Cuanto más nos acercamos a Él, más nos señala a MarÃa; y cuanto más nos acercamos a la Madre, Ella nos enseña con su corazón doloroso y puro el camino de encuentro con su Hijo. Y en este camino de amorización descubrimos en ambos una disponibilidad absoluta para el cumplimiento del Plan de Dios, un amor sin medida a todos los hermanos humanos, y una recta relación con toda la creación.
Para estar disponibles al apostolado debemos enamorarnos de la misión apostólica, descubrirla en nuestras vidas como el anhelo que ciertamente late en lo profundo de nuestros corazones. Y para ello recurrimos a MarÃa.
MarÃa es por excelencia ejemplo de disponibilidad apostólica. Ella, desde su libertad poseÃda, se ofrece libremente al Plan de Dios. Lo hace con la conciencia de que está iniciando un camino con unas exigencias que Ella no controla21. Nos muestra el camino del amor que responde de manera inmediata y total a las exigencias de Aquel que es Amor, porque sabe, con el conocimiento que le da la fe, que en vivir estas exigencias está la plena realización de su libertad.
MarÃa nos enseña también el desapego a los frutos de nuestro apostolado, a estar disponibles siempre22. MarÃa vive enamorada de la misión apostólica, por eso no duda en hacerse disponible. «El amor de Cristo nos apremia»23, de allà que la disponibilidad, la generosa donación de nuestro tiempo y afán al apostolado no sea sino una consecuencia lógica de nuestro amor al Señor Jesús.
Es necesario, pues, acudir constantemente a MarÃa, pedirle que nos alcance de su Hijo la gracia de ser disponibles al apostolado como Ella lo fue. Debemos desarrollar en nosotros un sólido amor filial, una sintonÃa con Aquella que es paradigma de unidad y libertad en el cumplimiento del designio divino.
Precisamente por esta piedad filial descubrimos la necesidad de recurrir frecuentemente a los sacramentos, de esforzarnos por vivir con mayor intensidad la liturgia, por irnos formando en el silencio, en la escucha permanente a Dios y a nuestros hermanos.
La disponibilidad apostólica es un asunto central en nuestra vida. Se trata de la respuesta amorosa a la vocación al apostolado, al don de la reconciliación traÃdo por el Hijo de MarÃa; una respuesta total y verdaderamente libre como la de Santa MarÃa, a la nostalgia profunda, al hambre de Dios que late en todos los corazones humanos.
Llamados a un amor que se hace concreto en la entrega generosa: 2Cor 12,15; 2Tim 4,2; 2Tim 4,5; 1Pe 4,8-10.
Viviendo la disponibilidad apostólica: Mt 4,17; Mt 8,18; Mt 9,35; Mc 2,1; Lc 4,43; Lc 9,57-60; Hch 21,13; 2Cor 11,23b-30; 1Pe 2,9.
El amor por la misión nos lleva a un mayor celo apostólico: Hch 18,25; 1Cor 15,58; 1Tes 2,1-4.
El mundo actual nos plantea a los cristianos un gran reto. Nos encontramos en una sociedad que vive de espaldas a Dios, encerrada en el dinamismo suicida del egoÃsmo y la mentira existencial como forma usual de vida. Un mundo esclavo de múltiples rupturas y contradicciones, donde la cultura de muerte, con su endiosamiento del poder, del tener y del placer desenfrenados, lo penetra todo. Un mundo en el que muchos de los seres humanos se precipitan —aun sin darse al principio bien cuenta de ello— por la dramática pendiente de la desesperanza, en que tantos y tantos corazones sufren la terrible angustia de sentirse viviendo en medio del desierto del sinsentido, de la soledad, del sufrimiento. En un mundo que agoniza por falta de luz y calor, no debemos permanecer indiferentes.
Frente al duro panorama que nos rodea, hoy más que nunca suena con dramática urgencia el llamado que el Señor Jesús nos hace a cada uno de nosotros: «Id, pues, y haced discÃpulos a todas las gentes»24. El Señor Jesús es la respuesta a la crisis del hombre, ya que sólo Él es Camino, Verdad y Vida25, sólo Él tiene palabras de vida eterna26, sólo Él es el agua viva que calma nuestra profunda sed de infinito27. Y quien se ha encontrado con el Hijo de Santa MarÃa no puede hacer menos que comunicarlo a los demás. Optar por el Señor Jesús es optar por el amor y su dinamismo, que desde la realidad personal se extiende hacia los demás. El apostolado es sobreabundancia de amor.
El horizonte evangelizador que se nos presenta es inmenso, pues «es todo un mundo el que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de salvaje en humano, de humano en divino, es decir según el corazón de Dios»28. Grande y a la vez apasionante tarea, que lleva a las personas que han ahondado en su interior a repetir con el Apóstol: «¡Ay de mÃ, si no predicara el Evangelio!»29.
La evangelización es una vocación propia de la Iglesia, la esencia de su identidad más profunda30. Por el Bautismo nacemos en el Cuerpo MÃstico de Cristo, que es la Iglesia. Por eso, la vocación de todo fiel cristiano es, por su propia naturaleza, vocación al apostolado31. Es el mismo Señor Jesús quien nos convoca a ser sus apóstoles32, llamándonos a cada uno por nuestro nombre33, encomendándonos el ministerio de la reconciliación34.
El apostolado es, pues, una tarea fundamental para todo cristiano. Somos convocados a secundar a MarÃa en su labor evangelizadora de conducir a todos los hombres hacia el encuentro con el Señor Jesús, su Hijo. En efecto, por el don de la maternidad espiritual, MarÃa debe dar a luz a Cristo en los hombres, según el Plan de Dios. Cuando hacemos apostolado, colaboramos con nuestra Madre en su tarea evangelizadora.
Ser apóstol no es el resultado de un estudio frÃo, racional, técnico, sino fruto del encuentro personal con el Señor Jesús, del compromiso profundo con el Hijo de MarÃa. Es ser testigo de la resurrección del Señor. Ser apóstol es proclamar al Señor en primera persona, trasmitiendo lo que se vive35, en el ambiente donde cada uno se encuentra. Este anuncio de la Buena Nueva comienza con el propio testimonio de vida. Pero también se hace necesario dar razón de nuestra esperanza36 mediante un anuncio claro, audaz y explÃcito del Señor Jesús, en un compromiso apostólico concreto.
Un ciego no puede guiar a otro ciego37. De ahà que el primer campo de apostolado sea uno mismo. El apóstol debe trabajar incansablemente por su propia conversión, debe colaborar activamente con la gracia para vivir la reconciliación; formándose sólidamente en la fe, alimentándose en la EucaristÃa, renovándose en el sacramento de la reconciliación, cimentándose en la oración asidua38. El apostolado que no nace de un corazón cada vez más reconciliado es estéril, se convierte en una mera proyección de la propia ruptura interior39.
En nuestra acción apostólica nos acompaña la presencia maternal de MarÃa como Estrella de la Nueva Evangelización que guÃa nuestros pasos y como modelo del servicio apostólico40. Aquella que fue la primera discÃpula del Señor, que con su presencia anunció la Buena Nueva a su prima Isabel y presidió con su oración el inicio de la evangelización de la naciente Iglesia, bajo la acción del EspÃritu Santo, es testimonio vivo y actual de servicio evangelizador y de entrega amorosa a los seres humanos.
Llamados por el Señor a ser apóstoles: Hch 9,3-9.13-16; Rom 1,1-5; Gál 1,1; Col 2,1-3; 1Tes 2,8-12.
Proclamar al Señor en primera persona: 1Cor 15,3-8; 2Cor 4,5; Gál 1,11-12; Gál 1,15-16.
El apostolado es un servicio que manifiesta el amor: Hch 3,6; 2Cor 12,15; Gál 4,19; Col 3,23-24.
El amor impulsa a darlo todo por el apostolado: 1Cor 4,9-13; 2Cor 4,7-10; 2Cor 11,23-29; 2Tim 4,2.
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