Santo Tom谩s de Aquino, La contribuci贸n hist贸rica y metaf铆sica de 脡tienne Gilson
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Compendio de Teolog铆a

PRIMERA PARTE

CAP脥TULO PRIMERO

El Verbo del Padre Eterno, comprendiendo en su inmensidad toda las cosas, quiso reducirse a nuestra humilde peque帽ez sin despojarse de su majestad, para levantar al hombre ca铆do por el pecado, y remontarle a la excesitud de su divina gloria . Con el fin de que nadie pudiera excusarse de no comprender la doctrina de la palabra divina, encerr贸 en su compendio sucinto, para utilidad y provecho de aquellos que est谩n consignados, ya en los escritos voluminosos de los hombres de la ciencia, ya en los diferentes libros de la Sagrada Escritura. En efecto, la salud del hombre consiste y se funda en el conocimiento de la verdad, conocimiento que le impide caer en los errores que oscurecen la inteligencia humana, y conduci茅ndole por caminos tortuosos, le arrebatan con este extrav铆o la felicidad verdadera, por falta de observancia de la justicia, mancill谩ndole con una infinidad de vicios. En pocos y sucintos art铆culos de fe ha compendiado, pues, la ense帽anza de la verdadera verdad para la salvaci贸n del hombre. Esto es precisamente lo que el Ap贸stol dice a los romanos, cap. IX: 鈥淧alabra abreviada har谩 el Se帽or sobre la tierra鈥, y esta es la palabra de fe que nosotros predicamos. 脡l ha rectificado la intenci贸n del hombre por medio de una oraci贸n corta en que nos ense帽贸 a orar al mismo tiempo que el punto y fin al que debemos dirigir nuestra intenci贸n, y en que debemos fundar nuestras esperanzas; 脡l ha refundido en un s贸lo precepto de caridad toda la justicia humana, que consiste en la observancia de la ley; porque el amor es la plenitud de la ley. Por esta raz贸n, dirigi茅ndose el Ap贸stol a los Corintios (I Cor., XIII), les ense帽a que toda la perfecci贸n de la vida presente consiste en la fe, la esperanza y la caridad, tres art铆culos en que se compendia toda nuestra salud; tres cosas en que, como dice San Agust铆n, est谩 basado el culto de Dios. Con el fin de ofreceros, mi querido hijo Reinaldo, un compendio de la doctrina cristiana que pod谩is tener siempre a la vista, me propongo tratar en la presente obra de estas tres cosas: primera, de la fe; segunda, de la esperanza; tercera, de la caridad. Este es el orden que nos ense帽贸 el Ap贸stol, y 茅ste es tambi茅n el m谩s conforme a la recta raz贸n. En efecto, no puede haber amor puro y recto si no se fija el fin leg铆timo de la esperanza, ni puede haber esperanza si falta el conocimiento de la verdad. Necesario es, por consiguiente: primero, la fe, que hace conocer la verdad; segundo, la esperanza, que dirige nuestros deseos a su leg铆timo fin, y tercero, la caridad, que arregla totalmente los afectos.

CAP脥TULO II

Orden de las Cuestiones sobre la Fe.

La fe es cierto goce anticipado de aquel conocimiento que nos hace bienaventurados en la felicidad futura. Por esto dice Ap贸stol que; la fe es la sustancia del objeto de nuestras esperanzas, como operando ya en nosotros el principio de la realizaci贸n d estas, es decir, la bienaventuranza futura. Nuestro Se帽or Jesucristo nos ha ense帽ado que este conocimiento generador de la felicidad consist铆a en el conocimiento de dos verdades: la divinidad de la Trinidad y la humanidad de Cristo; as铆 es que, dirigi茅ndose a su Padre, dice: 鈥淓sta es la v铆a eterna; que te conozcan, Dios, etc.鈥.

La divinidad de la Trinidad y al humanidad de Cristo son las dos verdades sobre que estriba toda la fe; sin que haya en esto nada que deba causarnos admiraci贸n, porque la humanidad de Cristo es la v铆a por la que se va a Dios.

El hombre, por consiguiente, tiene necesidad de conocer, durante su peregrinaci贸n, aquel camino recto que ha de conducirlo al fin de su viaje, el reconocimiento y acci贸n de gracias de los elegidos hacia Dios no serian suficientes, Si no conocieran el camino que es principio de su salvaci贸n.

No fue otra la raz贸n porque el salvador dijo a sus disc铆pulos: "Sab茅is a d贸nde voy, y el camino que all铆 conduce".

Necesario pues, por consiguiente, conocer todas aquellas cosas que se refieren a la Divinidad: primero, al unidad de esencia; segundo, la trinidad de personas; tercero, los efectos de la divinidad.

CAP脥TULO III

Hay un Dios.

Lo primero que debemos creer sobre la unidad divina es que hay un Dios, verdad que la misma raz贸n humana percibe con la mayor evidencia.

En efecto: vemos que todas las cosas que se mueven son movidas por otras; las inferiores por las superiores, como los elementos por los cuerpos celestes. Entre los mismos elementos, el que es m谩s fuerte mueve al que es m谩s d茅bil;. y en los cuerpos celestes, los inferiores son movidos por los superiores. Esta comunicaci贸n de movimientos no puede prolongarse hasta el infinito, porque como todo lo que es movido por otro viene a ser como una especie de instrumento del primer motor, no habiendo primer motor, ser铆a instrumento todo lo que comunicara el movimiento. Si la comunicaci贸n del movimiento fuera infinita, necesariamente faltar铆a el primer motor, y si as铆 fuera, no habr铆a m谩s que instrumentos en esa serie infinita de seres que mueven y son movidos.

No hay hombre, por ignorante y sencillo que sea, que no conozca cu谩n absurdo y rid铆culo ser铆a suponer que un instrumento tiene actividad propia para moverse, sin haberla recibido de un agente principal; porque esto equivaldr铆a al intento de aquel que se propusiera construir un arca o un lecho dejando que obraran solas la sierra y dem谩s instrumentos sin la acci贸n del carpintero.

Es, por consiguiente, absolutamente necesario que haya un primer motor, principio de todo movimiento, y a ese primer motor es al que llamamos Dios.

CAP脥TULO IV

Dios es Inmutable.

De lo que acabamos de decir se deduce claramente que as铆 como es necesario que haya un Dios que d茅 movimiento a todas las cosas, necesario es tambi茅n que Dios sea inmutable (inm贸vil). S铆 Dios, que es el primer motor, recibiera movimiento, o lo recibir铆a de s铆 mismo, o de un agente entra帽o. Si Dios recibiera el movimiento de otro agente, habr铆a un motor superior a 脡l; y esto repugna a la naturaleza de primer motor: y si le recibiera de s铆 mismo, lo recibir铆a en virtud de una de estas dos hip贸tesis: o porque ser铆a motor y movido bajo un mismo concepto o relaci贸n, o porque ser铆a motor bajo un concepto y movido bajo otro.

La primera de estas hip贸tesis es imposible; porque todo lo que es movido est谩 por lo mismo in potentia, y todo lo que mueve in actu, y claro es que si Dios fuera motor y movido bajo un mismo concepto o relaci贸n, deber铆a estar tambi茅n bajo la misma relaci贸n in potentia et in actu, lo cu谩l es imposible. Tampoco es admisible la segunda hip贸tesis: porque si fuese en parte motor y en parte movido, no ser铆a motor suyo de una manera absoluta, sino en virtud de aquella parte suya que tiene la fuerza motriz; es as铆 que lo que es absoluto, o, lo que es lo mismo, lo que es y obra por s铆, es anterior y preferente a lo que no lo es; luego no puede ser primer motor suyo, si s贸lo lo es en virtud de aquella parte que tiene fuerza motriz. De aqu铆 resulta que el primer motor ha de ser entera y absolutamente inm贸vil.

Lo mismo podemos afirmar considerando las cosas que mueven y son movidas. Todo movimiento precede de un agente inmutable o causa que no tiene en s铆 un movimiento de la misma naturaleza que el que comunica. Ah铆 vemos que las alteraciones, generaciones y corrupciones, 1 de los cuerpos inferiores, se refieren a un cuerpo celeste, como a su primer motor, sin embargo de que este no est茅 no est茅 bajo la influencia de un movimiento de la misma naturaleza, supuesto que no es susceptible ni de generaci贸n, ni de corrupci贸n, ni de alteraci贸n. Necesario es, por consiguiente, que lo que es primer principio de todo movimiento, sea entera y absolutamente inmutable.

CAP脥TULO V 2

Dios es Eterno.

Resulta de lo que precede que Dios es eterno; porque todo lo que empieza a existir o deja de existir, nace y muere por movimiento y mutaci贸n; y como antes hemos demostrado que Dios es inmutable, necesariamente hay que deducir que Dios es eterno.

CAP脥TULO VI

Es necesario que Dios exista por s铆 mismo.

En esto mismo tenemos la prueba de la necesidad de la existencia de Dios. En efecto; todo lo que puede ser o no ser, es mutable, es as铆 que Dios es enteramente inmutable, seg煤n hemos demostrado antes; luego no hay en Dios posibilidad de ser de y no ser.

Todo ser que es, y que es imposible que no sea, existe necesariamente, porque la necesidad de la existencia y la imposibilidad de la no existencia significan una misma cosa. Dios, por consiguiente, existe necesariamente. Adem谩s, todo ser que tiene posibilidad de ser y no ser, tiene necesidad de otro ser diferente a 茅l, que le comunique el ser, porque por su naturaleza es apto para lo uno y para lo otro: es as铆 que el ser que da el ser es anterior al ser que recibe el ser, luego hay alg煤n ser anterior al ser en quien hay posibilidad de ser o no ser; y como nada hay que sea anterior a Dios, no hay en 脡l posibilidad de ser o de no ser, sino mas bien una existencia necesaria. Adem谩s, hay cosas necesaria que tienen, por una necesidad forzosa, una causa anterior a ellas; es as铆 que Dios, que es principio de todo, no tiene causa de su necesidad; luego Dios existe necesariamente por s铆 mismo.

CAP脥TULO VII

Dios existe Siempre.

De lo que procede se deduce que Dios existe siempre. En efecto: todo ser que existe necesariamente, jam谩s se deja de ser; porque cuando no hay posibilidad de no ser; hay imposibilidad de no ser, y, por consiguiente, existe siempre: es as铆 que Dios existe necesariamente, seg煤n ya hemos probado; luego Dios existe siempre. Adem谩s, nada empieza a ser ni deja de ser sino por movimiento o mutaci贸n: es as铆 que Dios es absolutamente inmutable, seg煤n ya hemos probado; luego es imposible que empezara a ser y que deje de ser.

Lo que no ha existido siempre, para empezar a ser tiene necesidad de un ser que sea causa suya eficiente, porque nada pasa por su propia virtud de la potencia al acto, o del no ser la ser; y como Dios no puede tener causa eficiente, puesto que es el primer ser, y la causa es anterior al efecto, necesario es que Dios haya existido y exista siempre.

Por 煤ltimo, la cualidad que conviene a alguno, y no proviene de ninguna causa extr铆nseca, pertenece a la esencia del ser que la posee: es as铆 que Dios no ha recibido el ser de ninguna causa extr铆nseca, porque se as铆 fuere, esta causa ser铆a anterior a 脡l; luego Dios tiene el ser por s铆 mismo; y como las cosa que existen por s铆 mismas siempre existen, y necesariamente existen, Dios tambi茅n existe siempre.

CAP脥TULO VIII

En Dios no hay sucesi贸n alguna.

Es tambi茅n evidente que en Dios no hay sucesi贸n alguna, sino una existencia completa y simult谩nea. La sucesi贸n no existe m谩s que en los seres que, de cualquier modo que sea, est谩n sujetos la movimiento, supuesto que la sucesi贸n del tiempo es el producto de la anterioridad o de la posterioridad en el movimiento: y como ya hemos probado que Dios no est谩 de modo alguno sujeto al movimiento, claro es que en Dios no hay sucesi贸n alguna, sino una existencia competa, indivisible, simult谩nea.

Adem谩s, el ser en quien no hay un simultaneidad completa de existencia, debe tener posibilidad de tener o de adquirir. As铆 es que todo lo que pasa es perdido para ese ser, en tanto que puede adquirir todo lo que en el tiempo venidero pueda ser objeto de su esperanza. Es as铆 que en Dios ni disminuci贸n ni aumento, porque es inmutable; luego Dios tiene una existencia completa y simult谩nea. Esto prueba que dios es eterno y que esta es una propiedad de su naturaleza, supuesto que el ser que tiene una existencia permanente, completa y simult谩nea, es eterno por esencia, seg煤n estas palabras de Boecio: 鈥淟a eternidad es la posesi贸n simult谩nea y perfecta de una vida sin fin鈥.

CAP脥TULO IX

Dios es Simple.

Ded煤cese de lo dicho que el primer motor debe ser necesariamente simple, porque en toda composici贸n ha de haber dos cosas que son entre s铆 lo que la potencia es el acto: es as铆 que en el primer motor, si es completamente inmutable, es imposible admitir la potencia unida al acto, porque todo lo que es in potentia es por lo mismo m贸vil; luego es imposible que el primer motor sea un compuesto. Adem谩s, todo ser compuesto debe tener algo que sea anterior a 茅l, porque las mol茅culas que entran en la composici贸n de un cuerpo preceden naturalmente en existencia al cuerpo que forman.

Es, pues, imposible que lo que es primero que todos los seres sea compuesto. En el orden mismo de las cosas compuestas vemos que las m谩s simples son las primeras, porque los elementos preceden naturalmente a los cuerpos mixtos 3. Esto sucede a煤n entre los elementos; el primero es el fuego, porque es el m谩s simple, y esto sucede tambi茅n en los cuerpos celestes que son anteriores a todos los elementos, porque son de una naturaleza m谩s simple, supuesto que est谩n libres de toda contrariedad. No podemos, pues, dejar de deducir que el primero de los seres debe ser completa y absolutamente simple.

CAP脥TULO X

Dios es su propia esencia.

S铆guese esta otra consecuencia, a saber: Dios es su propia esencia. En efecto, la esencia de una cosa es lo que significa su definici贸n, y esta cosa significada es id茅nticamente la misma que aquella de que es definici贸n, a no ser que contenga accidentalmente algo que no corresponda a su definici贸n, como la blancura que puede encontrarse en el hombre sin afectar a su definici贸n de animal mortal y racional; de donde se sigue que un animal racional y mortal es lo mismo que un hombre. No sucede lo mismo en el hombre blanco, en cuanto es blanco. En un ser no pueden hallarse dos cosas, una de las cuales sea esencial y otra accidental, porque es necesario que su esencia sea id茅ntica a 茅l de la manera m谩s absoluta. En Dios, que es simple, seg煤n hemos visto, no pude haber dos cosas que sean un esencial y otra accidental; luego necesario es que su esencia sea absoluta e id茅nticamente la misma que 脡l. Adem谩s, en toda esencia no hay identidad perfecta con la cosa de que es esencia, supuesto que puede encontrar algo que la afecte por modum potentiae, y algo per modum actus, porque la esencia se refiere formalmente a la cosa de que es la esencia, como la humanidad la hombre. En Dios, por el contrario, no se puede encontrar la potencia y el acto, porque es acto puro. Luego Dios es su propia esencia.

CAP脥TULO XI

La esencia de Dios no es otra cosa que su Ser.

Es adem谩s necesario que la esencia de Dios no sea una cosa diferente de su ser. En todo ser hay una diferencia entre la esencia y el ser, y esto es as铆, porque necesariamente ha de haber una cosa que constituya su naturaleza 铆ntima, y otra su manera de ser. En efecto, hablando de una cosa, se entiende por su ser el principio de su existencia, y por su esencia su manera de ser. De aqu铆 se entiende que una definici贸n se exprese la esencia, demuestra la manera de existir de una cosa; y como en Dios no es uno el ser, porque no es compuesto, seg煤n se ha demostrado; resulta que su esencia no es distinta de su ser. Antes hemos probado que Dios es un acto puro, sin mezcla alguna de potencialidad, y necesario es, por lo mismo, que su esencia sea un acto 煤ltimo, porque todo acto que precede al 煤ltimo est谩 in potentia con relaci贸n a este acto 煤ltimo; y como un acto 煤ltimo no es otra cosa que el ser mismo, en atenci贸n a que todo movimiento es el paso de la potencia al acto, necesario es que sea el acto 煤ltimo aquel a que se dirige y tiende todo movimiento. Es as铆 que todo movimiento natural tiende a lo que naturalmente es deseado; luego necesario es que este acto 煤ltimo sea al que aspiran todas las cosas. Este es el ser; luego la esencia divina, que es un acto puro y 煤ltimo, es necesariamente el ser mismo.

CAP脥TULO XII

Dios no est谩 comprendido en g茅nero alguno como si fuera una especie.

De lo hecho aparece que Dios no est谩 en g茅nero alguno como una especie; la adici贸n de la diferencia al g茅nero es lo que constituye la especie; luego la esencia de toda especie comprende algo m谩s que el g茅nero. El ser, que es la esencia de Dios, no contiene en s铆 adici贸n alguna; luego Dios no es especie de g茅nero alguno. Adem谩s: como todo g茅nero contiene diferencias en potencia, en todo ser cuya constituci贸n est谩 basada en el g茅nero y las diferencias hay acto mismo de potencia: es as铆 que Dios es una acto puro sin mezcla de potencia, seg煤n se ha demostrado antes; luego su esencia no consta de g茅nero y diferencias, y por lo mismo no est谩 en g茅nero alguno.

CAP脥TULO XIII

Es imposible que Dios sea g茅nero de ser alguno.

Necesario es demostrar que es imposible que Dios sea g茅nero; en efecto, el g茅nero indica el modo de ser, no el hecho de ser, porque las diferencias espec铆ficas son las que hacen que un acosa est茅 constituida en su propio ser: es as铆 que Dios es su propio ser; luego es imposible que sea un g茅nero. Adem谩s, todo g茅nero se divide en diferencias, pero su ser no consiste es la agregaci贸n de estas diferencias, porque las diferencias no participan del g茅nero m谩s que por accidente, y en tanto en cuanto que las especies constituidas por las diferencias participan de este g茅nero: es as铆 que no puede haber ningunas diferencia que no participe del ser, porque en el no ser no hay ni puede haber diferencia, luego es imposible que Dios sea un g茅nero que se divida en especies.

CAP脥TULO XIV

Dios no es una especie que se divida en individuos.

Tampoco es posible que dios sea una especie que se divida en individuos. La diversidad de individuos que convienen en la esencia de una especie, se distinguen por algunas modificaciones que no pertenecen a la esencia de la especie. Los hombres, por ejemplo, est谩n todos comprendidos en la humanidad, Pero se distinguen uno de otros por alguna cosa que no es inherente a la esencia 铆ntima de la humanidad. Es as铆 que esto no puede verificarse en Dios, porque Dios es su propia esencia, seg煤n queda ya probado; luego es imposible que Dios sea una especie que conste de n煤mero alguno de individuos. Adem谩s, muchos individuos contenidos en una misma especie se diferencian entre s铆 en cuanto al modo de ser, y sin embargo convienen en la esencia. Donde quiera que haya muchos individuos pertenecientes a la misma especie, necesariamente ha de haber diferencia entre el ser y la esencia de la especie: es as铆 que en Dios el ser y la esencia son una misma y 煤nica cosa; luego es imposible que Dios sea una especie que conste de individuos.

CAP脥TULO XV

Es necesario confesar que Dios es Uno.

De lo expuesto aparece que es necesario haya un solo y 煤nico Dios. Si hubiera muchos dioses, seria preciso tomar esta locuci贸n, o en sentido equivoco, o un铆voco (es decir, o en sentido impropio o en sentido literal). En el primer caso, se falta al prop贸sito, porque no hay obst谩culo en que nosotros demos el nombre de piedra a lo que otros llaman Dios, y en el segundo caso, necesario es que estos diversos dioses pertenezcan a un g茅nero o a una especie. Es as铆 que Dios, como hemos probado, no pertenece ni a g茅nero ni a especie alguna en que se contengan muchos o pocos individuos; luego es imposible que haya muchos dioses. Adem谩s, lo que produce en una esencia com煤n una modificaci贸n de individualidad, es imposible que convenga a muchos individuos; as铆 es que aunque haya muchos hombres, tal hombre determinado es imposible que no sea uno. Luego si una esencia produce por s铆 misma la modificaci贸n individual sin ning煤n auxilio extra帽o, claro es que no puede convenir a muchos individuos. La esencia divina se individualiza por s铆 misma, porque en Dios la esencia y el ser no son diferentes, supuesto que, como ya hemos probado, Dios es su propia esencia; luego es imposible que haya m谩s de un solo y 煤nico Dios. Aun podemos aducir otra prueba. Una forma cualquiera puede multiplicarse de dos maneras: o por las diferencias que contiene, como forma general, a la manera que el color se multiplica por sus diversas especies, o por el sujeto, que contiene las diferencias, como la blancura. Por consiguiente, toda forma que no puede multiplicarse por sus diferencias (a menos que no sea una forma inherente a un sujeto), es imposible que sea capaz de multiplicidad, como, por ejemplo, la blancura, que no podr铆a ser m谩s que una si existiera sin sujeto. La esencia de Dios es su mismo ser, que no puede admitir diferencias, seg煤n ya se ha probado; y como el ser divino es una especie de forma subsistente por s铆 misma, en raz贸n a que Dios es su mismo ser, es imposible que la esencia divina no sea una sola; luego es tambi茅n imposible que haya muchos dioses.

CAP脥TULO XVI

Es imposible que Dios sea un Cuerpo.

Es adem谩s evidente que Dios no puede ser un cuerpo; en todo cuerpo se encuentra alguna composici贸n, supuesto que consta de partes; luego lo que es enteramente simple no puede ser cuerpo. Adem谩s, no hay cuerpo alguno que imprima movimiento, sin que 茅l mismo est茅 sujeto al movimiento, seg煤n lo acredita la experiencia; luego siendo inmutable como lo es el primer motor, no puede ser cuerpo.

CAP脥TULO XVII

Es imposible que Dios sea forma de un cuerpo, o a una potencia unida a cuerpo alguno.

Tampoco es posible que Dios sea forma de cuerpo alguno, o una potencia unida a un cuerpo. En efecto, como todo cuerpo es movible, preciso es que, estando el cuerpo en movimiento, todo lo que est谩 unido al cuerpo sufra el mismo movimiento, al menos de un modo accidental: es as铆 que el primer motor no puede recibir movimiento ni per sei, ni per accidens, porque debe ser completamente inm贸vil; luego es imposible que sea una forma o una potencia unida a un cuerpo. Adem谩s, todo motor, por lo mismo que mueve, debe tener cierto poder o dominio sobre las cosas que mueve; as铆 vemos que cuanto m谩s superior es la fuerza motriz a la resistencia del objeto puesto en movimiento, tanto mayor es el movimiento que le comunica. Necesario es, por consiguiente, que el primer motor de todas las cosas tenga un poder y dominio supremo sobre las cosas todas sometidas al movimiento. Como esto no podr铆a verificarse si el primer motor estuviera unido de cualquier modo que fuera a alguna cosa movible, como suceder铆a si fuera la forma o la potencia de una cosa, necesario es que el primer motor no sea ni un cuerpo, ni una forma, o una potencia unida a un cuerpo. Por esto dijo Anax谩goras, hablando de la inteligencia, que era simple, en cuanto que todo lo imperaba y mov铆a.

CAP脥TULO XVIII

Dios es infinito en su esencia.

De lo dicho se deduce tambi茅n que Dios es infinito, no de un modo privativo, en cuanto que el infinito es un absorbente de la cantidad, y en el sentido de que el infinito es todo lo que puede ser naturalmente limitado en raz贸n de su g茅nero, sin serlo realmente, sino negativamente y en el sentido de que el infinito es todo lo que no tiene limites, porque ning煤n acto es finito m谩s que por la potencia que es fuerza receptiva. De este modo es c贸mo las formas est谩n limitadas por relaci贸n a la potencia de la materia; luego si el primer motor es un acto sin mezcla de potencia, porque no es ni la forma de un cuerpo, ni una potencia unida al cuerpo, necesariamente ha de ser infinito. El orden mismo de las cosas demuestra esta verdad, porque cuanto m谩s elevados est谩n los seres en su escala, tanto m谩s grandes se les considera en el sentido de su ser. En efecto, entre los elementos, los que son superiores son considerados como m谩s aventajados que los otros en cantidad y simplicidad. As铆 lo demuestra su modo de generaci贸n, mediante la que en una proporci贸n progresiva el fuego procede del aire, el aire del agua, y el agua de la tierra. Adem谩s de esto, un cuerpo celeste aventaja en cantidad a todos los elementos. Necesario es por consiguiente, que entre todos los seres, aqu茅l que es el primero y no puede tener otro que sea superior a 茅l, sea infinito en cantidad, seg煤n su naturaleza. No debe causar admiraci贸n que un ser simple, y que carece de cantidad corporal, sea considerado como infinito y aventaje por su inmensidad a toda cantidad corporal, supuesto que nuestra inteligencia, que es simple e incorporal, aventaja a la cantidad de todos los cuerpos, y lo abarca todo por el poder de su comprensi贸n. Luego con mucha m谩s raz贸n el primero de los seres los aventaja y los comprende a todos en su inmensidad.

CAP脥TULO XIX

Dios tiene un poder infinito.

De lo anterior se deduce claramente que Dios tiene un poder infinito. El poder de una cosa est谩 en raz贸n de su esencia, porque las cosas deben obrar seg煤n la naturaleza de su ser; luego si Dios es infinito en esencia, es tambi茅n infinito en poder. Lo mismo se demuestra observando atentamente el orden de las cosas. En efecto; todo ser que est谩 en potentia tiene por lo mismo la fuerza receptiva y pasiva, y la forma activa si existe in actu. Lo que est谩 solamente in potentia, como la materia prima, tiene una fuerza infinita de recepci贸n, sin participar en nada de la fuerza activa, y cuanto m谩s formalmente est谩 una cosa sobre ella, tanto m谩s grande es su fuerza de acci贸n. Esta es la raz贸n por qu茅 el fuego es el m谩s activo de los elementos; luego Dios, que es un acto puro sin mezcla de potencialidad, tiene un poder activo, infinito sobre todos los seres.

CAP脥TULO XX

Lo infinito no implica imperfecci贸n en Dios.

Aunque lo infinito en las cantidades corporales sea una imperfecci贸n, lo infinito en Dios demuestra una perfecci贸n suprema. Lo infinito en las cantidades corporales pertenece a la materia, en cuanto que est谩 privada de fin: es as铆 que la imperfecci贸n acontece en una cosa, seg煤n que la materia se encuentra en este estado de privaci贸n de fin, porque toda perfecci贸n procede de la forma; luego siendo Dios infinito porque no es m谩s que forma o acto sin mezcla alguna de materia o potencialidad, lo infinito en 脡l implica su perfecci贸n suprema. Lo mismo podemos afirmar considerando el orden de las cosas. En efecto: aun cuando en un mismo y 煤nico objeto que pasa de la imperfecci贸n a la perfecci贸n haya algo imperfecto anterior a lo perfecto, a la manera que uno es ni帽o antes de ser hombre, necesario es, sin embargo, que lo que es imperfecto proceda de lo que es perfecto, porque el ni帽o no puede proceder sino del hombre, y la materia prol铆fica del animal o de la planta, necesario es tambi茅n, por consiguiente, que el ser que por su naturaleza es anterior y da movimiento a todo, est茅 dotado de una perfecci贸n superior a todo.

CAP脥TULO XXI

Dios posee de una manera eminent铆sima todas las perfecciones que se encuentran en las criaturas.

Consecuencia es de lo que antes hemos dicho, que todas las perfecciones que se encuentran en las cosas han de existir necesaria, original y superabundantemente en Dios. Todo ser que comunica la perfecci贸n a otro, posee ya en s铆 esta misma perfecci贸n, a la manera que el maestro posee la ciencia antes de ense帽arla a los dem谩s; y como Dios es el primer motor que comunica a todas las cosas las perfecciones que les son propias, debe poseer y tener en s铆 superabundantemente las perfecciones de todas las criaturas. Adem谩s de esto, todo ser que posee una perfecci贸n y carece de otra, es limitado, o en el g茅nero, o en la especie, porque cada cosa est谩 constituida en el g茅nero o en la especie que la forma, que es la perfecci贸n del ser: es as铆 que lo que est谩 constituido bajo una especie o bajo un g茅nero no puede tener una esencia infinita, que es necesario que la diferencia 煤ltima que constituye su especie limite su esencia, y 茅sta es la raz贸n por qu茅 llamamos definici贸n o fin a la raz贸n que expresa una especie; luego si la esencia divina es infinita, es imposible que posea solamente las perfecciones de un g茅nero o de una especie, y est茅 privada de las dem谩s, y es, por el contrario, esencial que re煤na las perfecciones de todos los g茅neros y de todas las especies.

CAP脥TULO XXII

Todas las perfecciones est谩n unidas necesariamente en Dios.

Reasumiendo lo que antes hemos dicho, resulta con la mayor evidencia que todas las perfecciones est谩n esencialmente unificadas en Dios. En efecto; hemos demostrado que Dios es simple: es as铆 que donde hay simplicidad no puede haber diversidad en la intimidad del ser; luego si se encuentran en Dios las perfecciones de todas las criaturas, es imposible que est茅n en 脡l con su diversidad, y, por consiguiente, dichas perfecciones est谩n unificadas en 脡l. Se demuestra esta verdad considerando lo que sucede en las facultades cognoscitivas; porque una potencia superior abarca en un solo acto de comprensi贸n todas las cosas conocidas por las potencias inferiores, bajo puntos de vista diferentes. En efecto: la inteligencia, por una virtud 煤nica y simple, juzga de todas las percepciones de la vista, del o铆do y de los dem谩s sentidos. Esto mismo sucede en las ciencias; y aunque las ciencias inferiores sean m煤ltiples, en raz贸n a sus diversos objetos, hay, sin embargo, una ciencia superior que lo abarca todo, y es conocida con el nombre de filosof铆a prima o trascendental. Lo mismo se verifica tambi茅n en el poder; porque en la autoridad real, que es una, se encuentran refundidas todas las dem谩s autoridades encargadas de ejercer las diversas funciones p煤blicas. De este modo es como las perfecciones m煤ltiples, que de diferentes modos se encuentran en las criaturas inferiores, est谩n unidas al principio de todos los seres, que es Dios.

CAP脥TULO XXIII

En Dios no hay accidente alguno.

Estando en Dios y siendo una cosa con 脡l las perfecciones todas, evidente es que en Dios no puede haber accidente alguno. El ser, la potencia, la acci贸n y dem谩s cosas semejantes, son perfecciones que necesariamente deben ser id茅nticas a su esencia; luego ninguna de ellas es accidental en 脡l. Adem谩s, es imposible que sea infinito en perfecci贸n aquello cuya perfecci贸n puede recibir alg煤n incremento: es as铆 que un ser que tiene alguna perfecci贸n accidental es susceptible de recibir el incremento de alguna otra perfecci贸n, porque todo accidente es una adici贸n a la esencia; luego no se encuentra perfecci贸n infinita en la esencia de ese ser. Antes hemos demostrado que Dios, seg煤n su esencia, es infinitamente perfecto; luego no puede haber en 脡l ninguna perfecci贸n que sea accidental, sino que todo lo que es en 脡l, pertenece esencialmente a su substancia. Esta misma conclusi贸n se deduce naturalmente de su suprema simplicidad, de su naturaleza de acto puro y de ser como es el primero de los seres. Todo sujeto est谩 afectado de alg煤n modo de composici贸n, y adem谩s de esto, lo que es sujeto no puede ser acto puro, supuesto que un accidente es una forma cualquiera o un acto del sujeto. Lo que existe por s铆, es tambi茅n anterior a lo que no existe m谩s que por accidente; de estos principios se deduce, como consecuencia leg铆tima, que en Dios no hay nada que pueda decirse que es accidental.

CAP脥TULO XXIV

La multitud de denominaciones aplicadas a Dios no repugnan a su simplicidad.

Ocup茅monos de la raz贸n, de esa multitud de denominaciones que se aplican a Dios, aun cuando sea en s铆 mismo completa y absolutamente simple. Como nuestra inteligencia no puede abarcar la esencia de Dios, se eleva a su conocimiento por medio de las cosas que est谩n a nuestro alcance, y en las que encontramos ciertas perfecciones, cuya ra铆z y origen com煤n est谩 en Dios: y como no podemos denominar una cosa sino en raz贸n de la inteligencia o conocimiento que de ella tenemos, porque los nombres son los signos de la inteligencia, se sigue que no podemos aplicar a Dios denominaci贸n alguna sino por medio de las perfecciones que percibimos en los dem谩s seres, y cuyo origen est谩 en Dios; y como las perfecciones son m煤ltiples en los seres, indispensable es aplicar a Dios muchas denominaciones. Por el contrario; si nosotros pudi茅ramos ver la esencia de Dios en s铆 mismo, no tendr铆amos necesidad de valernos de esta multitud de denominaciones, porque el conocimiento que tendr铆amos de Dios ser铆a simple, y tan simple como lo es su esencia. Este conocimiento, objeto de nuestras esperanzas, nos est谩 reservado para el d铆a de nuestra glorificaci贸n, seg煤n las palabras de Zacar铆as: 鈥En aquel d铆a el Se帽or 煤nico no tendr谩 m谩s que un solo nombre鈥.

CAP脥TULO XXV

No hay sinonimia en las diferentes denominaciones aplicadas a Dios.

De lo dicho podemos deducir las siguientes conclusiones: primera, que los diferentes nombres aplicados a Dios, aunque signifiquen una misma cosa en s铆, no son, sin embargo, sin贸nimos. Para que ciertos nombres sean sin贸nimos, es necesario que signifiquen la misma cosa y representen la misma concepci贸n del entendimiento: es as铆 que cuando una cosa est谩 designada seg煤n las diversas relaciones o concepciones que de ella tiene la inteligencia, no hay sinonimia, porque no hay identidad perfecta de significaci贸n, supuesto que las palabras significan inmediatamente las concepciones de la inteligencia, que son las semejanzas de las cosas; luego como las diversas denominaciones aplicadas a Dios significan las diferentes concepciones de nuestra inteligencia con relaci贸n a Dios, es evidente que no son sin贸nimas, aun cuando significan absolutamente una misma cosa.

CAP脥TULO XXVI

Lo que est谩 en Dios no puede ser definido por las definiciones de estos nombres o denominaciones.

La segunda consecuencia es que no pudiendo nuestra inteligencia abarcar perfectamente la esencia divina por medio de ninguna de las concepciones significadas por las denominaciones aplicadas a Dios, es imposible que lo que est谩 en Dios sea definido por las definiciones de estos nombres, como si, por ejemplo, crey茅ramos que la definici贸n de la sabidur铆a era la definici贸n del poder divino, y as铆 en todo lo dem谩s. Aun podemos presentar otra prueba. Toda definici贸n est谩 basada en el g茅nero y las diferencias; la especie es propiamente el objeto de la definici贸n; es as铆 que la esencia divina no puede ser contenida, ni en g茅nero ni en especie alguna, seg煤n hemos demostrado antes, luego no puede formularse ninguna definici贸n de la esencia divina.

CAP脥TULO XXVII

Las denominaciones aplicadas a Dios y a otras cosas no est谩n tomadas en sentido un铆voco o equ铆voco.

La tercera consecuencia es que las denominaciones aplicadas a Dios y a otras cosas, no est谩n tomadas ni en un sentido completamente un铆voco ni totalmente equ铆voco. No pueden pues tomarse en sentido equ铆voco, porque la definici贸n de lo que es predicado de la criatura no puede ser la misma que la definici贸n de lo que es predicado de Dios, siendo como es necesario que las cosas tomadas en un sentido un铆voco, tengan una definici贸n id茅ntica. Tampoco pueden ser tomadas en un sentido completamente equ铆voco. En efecto: en las cosas que son casualmente equivocas se impone el mismo nombre a una, sin consideraci贸n alguna a la otra, y esto hace que no pueda juzgarse de una cosa por otra; pero las denominaciones aplicadas a Dios y a otras cosas son atribuidas a Dios, en virtud de ciertas relaciones que Dios tiene con estas cosas, y en las cuales la inteligencia observa su significaci贸n, resultando de aqu铆 que podemos juzgar y raciocinar de Dios por medio de otras cosas. No es, por consiguiente, en sentido completamente equivoco la aplicaci贸n que de estas denominaciones hacemos a Dios y a otras cosas, como sucede en las que son equ铆vocas, por efecto de la casualidad. Estas denominaciones se aplican a Dios por analog铆a, es decir, en virtud de ciertas relaciones. En efecto; por la misma raz贸n que comparamos las dem谩s cosas a Dios, como a su primer origen, le atribuimos las denominaciones que significan las perfecciones de estas mismas cosas. Queda, pues, probado que estas denominaciones, en cuanto a la cosa significada por el nombre, son aplicadas anteriormente a Dios, del cual emanan las perfecciones de las dem谩s criaturas, aunque en cuanto a la imposici贸n del nombre se apliquen anteriormente a las cosas, en atenci贸n a que la inteligencia que impone la denominaci贸n se eleva de las criaturas a Dios.

CAP脥TULO XXVIII

Dios debe ser inteligente.

Probemos ahora que Dios es inteligente. Todas las perfecciones de los seres preexisten en Dios de una manera superabundante, seg煤n se demostr贸 antes: es as铆 que entre las perfecciones todas es la primera la inteligencia activa, supuesto que las cosas intelectuales aventajan a las dem谩s; luego necesario es que Dios sea inteligente. Adem谩s, y lo hemos demostrado tambi茅n, Dios es un acto puro sin mezcla alguna de potencialidad, al paso que la materia es el ser en potencia; luego es necesario que en Dios no haya de modo alguno materia: es as铆 que la inmunidad y exenci贸n de la materia es la causa de la facultad intelectual, cuyo signo es hacer actualmente inteligibles las formas materiales, por lo mismo que est谩n abstra铆das de la materia y de las condiciones de la materia; luego Dios es inteligente. Por otra parte, Dios es el primer motor: es as铆 que el movimiento parece ser propio de la inteligencia, porque la inteligencia usa de todas las dem谩s cosas como de instrumento para el movimiento, y as铆 sucede que el hombre, por medio de su inteligencia, se sirve como de instrumentos, de los animales, de las plantas y de todas las cosas inanimadas; luego necesario es que Dios, que es el primer motor, sea inteligente.

CAP脥TULO XXIX

La facultad intelectual no existe en Dios ni en potencia ni en h谩bito. Sino en acto.

Como nada se encuentra en Dios que est茅 en potencia, sino 煤nicamente en acto, necesario es que Dios sea inteligente; pero no en potencia ni en h谩bito, sino solamente en acto; de donde resulta con la mayor claridad que Dios, en el ejercicio de esta facultad, no sufre sucesi贸n alguna. En efecto; siempre que la inteligencia obra sucesivamente sobre muchos objetos, es necesario que en tanto que obra actualmente sobre una cosa, obre en potencia sobre otra; porque no hay sucesi贸n en las cosas que existen simult谩neamente; luego si el entendimiento divino no est谩 nunca in potentia, necesariamente est谩 exento de sucesi贸n. De aqu铆 se sigue que Dios lo comprende todo, y que lo comprende por un acto de comprensi贸n simult谩neo, que no est谩 sujeto a novedad alguna, porque la inteligencia, que obra de nuevo sobre lo que ya ha sido objeto de su concepci贸n; fue antes inteligencia en potencia. No es menos evidente que la inteligencia de Dios no obra de un modo discursivo para proceder de lo conocido a lo desconocido, a la manera que lo verifica nuestra inteligencia, que siempre procede por medio de laboriosos raciocinios. En efecto; hay acci贸n discursiva en la inteligencia, siempre que procedemos de lo conocido a lo desconocido, o a lo que antes no hab铆a sido objeto de nuestra consideraci贸n, lo cual no puede verificarse en la inteligencia divina.

CAP脥TULO XXX

La inteligencia no obra en Dios por una especie distinta de su esencia.

De los principios anteriores se deduce claramente, que Dios no ejerce su inteligencia por una especie distinta de su esencia. En efecto; todo entendimiento en quien la acci贸n de entender se verifica por medio de una especie diferente de 茅l mismo, es con respecto a esta especie intelectiva como la potencia es al acto, supuesto que la especie intelectiva es aquella de sus perfecciones que produce el acto de entender; luego si en Dios no hay nada que est茅 en potencia; luego si en Dios todo es acto puro, necesario es que el acto de entender no se verifique en 脡l por una especie distinta de su esencia. De aqu铆 resulta que 茅l mismo es el objeto directo y principal de su acci贸n intelectiva. La esencia de una cosa no conduce directa y propiamente al conocimiento de alguna cosa, sino s贸lo de aquella cosa cuya es la esencia. En efecto; el hombre es conocido por la definici贸n del hombre, y el caballo por la del caballo; luego si Dios es inteligente por su esencia, necesario es que el objeto directo y principal de su inteligencia sea el mismo Dios. Y como Dios es su propia esencia, se sigue que en Dios el ser inteligente, el modo y el objeto de la inteligencia, son absolutamente. una misma cosa.

CAP脥TULO XXXI

Dios es su inteligencia.

Necesario es igualmente que Dios sea su inteligencia. Siendo la inteligencia un acto segundo, todo entendimiento que no es su propia inteligencia, es a su inteligencia como la potencia al acto; porque en el orden de las potencias y de los actos, lo que es anterior est谩 en potencia con respecto a lo posterior, y lo que es 煤ltimo, es complementario, hablando de una misma y 煤nica cosa, sin embargo de que suceda lo contrario en cosas diferentes. En efecto: el motor y el agente son, con respecto al movimiento y al acto, lo que el agente es a la potencia. En Dios, que es acto puro, no puede haber comparaci贸n de una cosa a otra, como de la potencia al acto. Por consiguiente, Dios es su misma inteligencia. Adem谩s: el entendimiento es en cierto modo al acto de entender, lo que la esencia es al ser. Dios ejerce su inteligencia por su esencia: es as铆 que su esencia es su ser; luego su entendimiento es su propia inteligencia. De aqu铆 resulta que, por lo mismo que es inteligente, no hay composici贸n en 脡l, y que en 脡l el entendimiento, la acci贸n de entender y la especie intelectiva, son una misma cosa, y todas juntas su misma esencia.

CAP脥TULO XXXII

Es necesario en Dios el ejercicio de la voluntad.

Es tambi茅n evidente que el ejercicio de la voluntad debe darse en Dios; pues 脡l se comprende a s铆 mismo, que es el bien perfecto, seg煤n hemos demostrado: es as铆 que el bien comprendido es necesariamente amado, y esto se verifica por medio de la voluntad; luego el ejercicio de la voluntad es necesario en Dios. Adem谩s, Dios es primer motor, y el entendimiento no se mueve sino mediante el apetito: es as铆 que el apetito que se fija en un objeto concebido por el entendimiento no es otra cosa que la voluntad; luego el ejercicio de la voluntad es necesario en Dios.

CAP脥TULO XXXIII

La voluntad de Dios no es otra cosa que su inteligencia.

Es evidente que la voluntad de Dios no debe ser diferente de su inteligencia. En efecto: siendo el bien comprendido objeto de la voluntad, determina esta voluntad y es acto y perfecci贸n de ella. En Dios, seg煤n ya se ha demostrado, el principio y el objeto del movimiento, la potencia y el acto, la perfecci贸n y la cosa perfectible, son una misma cosa, y es por consiguiente necesario que en Dios la voluntad no sea una cosa diferente del objeto mismo de la concepci贸n intelectual. Es as铆 que la inteligencia divina es lo mismo que su esencia; luego la voluntad divina no es otra cosa que su inteligencia y su esencia. Adem谩s, las principales perfecciones en las cosas creadas son la inteligencia y la voluntad, y su indicio o car谩cter es el encontrarse en los seres m谩s nobles. Es as铆 que las perfecciones de las cosas son en Dios una cosa con su esencia; luego en Dios la inteligencia y la voluntad est谩n identificadas a su esencia.

CAP脥TULO XXXIV

La voluntad de Dios es su propia volici贸n.

Lo dicho prueba tambi茅n que la voluntad divina no es otra cosa que la misma volici贸n de Dios. En efecto: la voluntad divina es lo mismo que el bien querido por Dios: es as铆 que no podr铆a suceder esto si la voluntad fuera en Dios un acto diferente de la volici贸n, puesto que la volici贸n procede de la voluntad, por medio del objeto querido; luego la voluntad en Dios es lo mismo que su propia volici贸n. Adem谩s, la voluntad de Dios, su entendimiento y su esencia, son una misma cosa: es as铆 que el entendimiento de Dios es su propia inteligencia, y que su esencia es su ser; luego necesariamente su voluntad es su volici贸n. De este modo resulta claramente que la voluntad de Dios no repugna a su simplicidad.

CAP脥TULO XXXV

Todo lo dicho hasta aqu铆 est谩 comprendido en un s贸lo art铆culo de fe.

De todo lo dicho podemos deducir que Dios es uno, simple, perfecto, infinito, inteligente y volente; verdades todas que est谩n contenidas en el S铆mbolo en un corto art铆culo de fe, en el que confesamos que creemos en un solo Dios todopoderoso. Como esta palabra Dios viene de la palabra griega Theos, derivada de otra de este mismo idioma, que significa ver o considerar, es evidente que el mismo nombre de Dios expresa en 脡l su inteligencia, y por consiguiente su volici贸n. Adem谩s, cuando confesamos su unidad exclu铆mos la pluralidad de dioses, porque no es simplemente uno sino aquello que es simple; y cuando confesamos que Dios es todopoderoso, damos a entender que hay en 脡l un poder infinito, al que nada puede sustraerse, comprendiendo en esta denominaci贸n su cualidad de infinito y perfecto, porque el poder de una cosa es proporcional a su esencia.

CAP脥TULO XXXVI

Todas estas verdades han sido objeto de la consideraci贸n de los fil贸sofos.

Todo lo que acabamos de decir con respecto a Dios, ha sido objeto de consideraciones profundas, y de las sutilezas de algunos fil贸sofos paganos, sin embargo de que muchos hayan incurrido en errores sobre esta materia. Aquellos que expusieron la verdad no han podido conocerla sino despu茅s de laboriosas y largas investigaciones. Hay adem谩s otras nociones acerca de Dios, nociones que nos ense帽a la doctrina cristiana, y que los fil贸sofos paganos no han podido conocer: tales son las relativas a la fe cat贸lica, que est谩n fuera del alcance de la raz贸n humana. Por ejemplo, aun cuando Dios sea uno y simple, como queda demostrado, hay Dios Padre, Dios Hijo, Dios Esp铆ritu Santo, tres personas que no son tres Dioses, sino un solo Dios. Vamos a consagrarnos a la consideraci贸n de estos misterios en cuanto podamos hacerlo.

CAP脥TULO XXXVII.

De que modo existe el Verbo en la Naturaleza Divina.

Hemos dicho antes que Dios se comprende y se ama, y que en 脡l la inteligencia y la volici贸n son una misma cosa que su ser. Por lo mismo que Dios se comprende, y que toda concepci贸n de la inteligencia se encuentra en su ser, necesario es que Dios sea en s铆 mismo, como el objeto comprendido en el ser que le comprende: es as铆 que el objeto de una concepci贸n intelectual, en cuanto que est谩 en el ser inteligente, es una especie de verbo del entendimiento, porque, en efecto, expresamos por un verbo exterior las operaciones intr铆nsecas de la inteligencia, y, seg煤n los fil贸sofos, las palabras son los signos de las cosas entendidas; luego es necesario colocar en Dios la existencia del Verbo.

CAP脥TULO XXXVIII

El Verbo en la Naturaleza Divina es llamado Concepci贸n.

Lo que est谩 contenido en el entendimiento como un verbo interior, es llamado com煤nmente concepci贸n de la inteligencia. Se dice que hay concepci贸n material cuando un ser ha sido formado por una virtud viv铆fica en el seno de un animal Viviente, en virtud del concurso activo del macho y del concurso pasivo de la hembra, en quien se hace la concepci贸n; de suerte que el ser concebido pertenece a la naturaleza del uno y de la otra, conform谩ndose a ellos seg煤n la especie. Es as铆 que lo que el entendimiento comprende est谩 formado en 茅l, con el concurso en cierta manera activo y pasivo del principio inteligente y del entendimiento: es as铆 que lo que es comprendido por el entendimiento es conforme al principio inteligente motor, como siendo una especie de imagen suya, y a la inteligencia como pasiva, en cuanto que es producto intelectual; luego no sin raz贸n se llama concepci贸n del entendimiento a lo que es comprendido por 茅l.

CAP脥TULO XXXIX

De qu茅 modo el Verbo es comparado al Padre.

En esto debemos hacer notar una diferencia. Como las concepciones del entendimiento son la imagen de la cosa concebida, representando su especie, estas concepciones son como los hijos de la inteligencia. Cuando el entendimiento comprende una cosa diferente de 茅l mismo, la cosa comprendida es como el padre del verbo concebido en el entendimiento, al paso que el entendimiento es m谩s bien asimilado a una madre, cuyo cargo es ser depositaria del producto de la concepci贸n; pero cuando el entendimiento se comprende a s铆 mismo, el verbo concebido es comparado al principio inteligente, como el hijo es comparado al padre. Por consiguiente, cuando hablamos del Verbo, seg煤n el cual o por cuyo medio Dios se comprende a si mismo, necesario es compararle a Dios, de quien es Verbo, como se compara el Hijo al Padre.

CAP脥TULO XL

De qu茅 modo se entiende la generaci贸n en las cosas divinas.

En lo dicho antes est谩 la raz贸n de por qu茅 el S铆mbolo de la fe cat贸lica nos ense帽a a confesar al Padre y al Hijo en la naturaleza divina, diciendo: Creo en Dios Padre y en su Hijo. Por temor de que al o铆r las palabras Padre e Hijo haya alguno que pueda sospechar una generaci贸n carnal, seg煤n el sentido que en orden natural damos a las palabras Padre e Hijo, San Juan Evangelista, a quien fueron revelados los secretos divinos. se vale de la palabra Verbo en lugar de la de Hijo, para darnos a entender que se trata de una generaci贸n intelectual.

CAP脥TULO XLI

El Verbo, que es el Hijo tiene el mismo Ser y la misma Esencia que Dios Padre.

Es necesario considerar que, siendo en nosotros diferente el ser natural y el acto de entender, el verbo concebido en nuestro entendimiento, y que s贸lo tiene un ser intelectual, es de una naturaleza diferente de la de nuestro entendimiento, que tiene un Ser natural. Es as铆 que en Dios el ser y el acto de entender son una misma cosa; luego el Verbo de Dios, que est谩 en Dios, y de quien es Verbo, seg煤n el ser inteligible, tiene el mismo ser que Dios, de quien es Verbo; y esta es la raz贸n por que debe tener la misma esencia y la misma naturaleza, y convenir al Verbo de Dios los atributos de Dios.

CAP脥TULO XLII

As铆 lo ense帽a la Fe cat贸lica.

En consecuencia de lo dicho antes, confesamos en el S铆mbolo de la fe cat贸lica que el Hijo es consubstancial al Padre; y por medio de esta f贸rmula dogm谩tica evitamos el incurrir en dos errores: primero, que no podamos entender al Padre y al Hijo en el sentido de una generaci贸n carnal que se efect煤e por una especie de distracci贸n de la sustancia del Hijo de la del Padre; y segundo, que tampoco se pueda entender al Padre y al Hijo en el sentido de una generaci贸n intelectual, como la que tiene lugar en nuestra mente, cuando el Verbo es concebido en ella, como por una introducci贸n accidental operada en el entendimiento, y sin que la existencia proceda de su esencia.

CAP脥TULO XLIII

En Dios, entre el Padre y el Verbo. No hay diferencia alguna e duraci贸n de especie ni de naturaleza.

Las cosas que no se diferencian en la esencia, no pueden. admitir diferencia alguna de especie, de duraci贸n o de naturaleza. Por la misma raz贸n que el Verbo es consubstancial al Padre, es claro que no puede diferenciarse del Padre por ninguna de estas tres relaciones. En primer lugar, no hay entre ellos diferencia de duraci贸n, en efecto, puesto que el Verbo existe en Dios por la raz贸n de que Dios se comprende a s铆 mismo concibiendo a su Verbo, que es un acto intelectual de 茅l mismo, necesario es que si el Verbo de Dios no ha existido siempre, Dios no haya tenido siempre inteligencia de s铆 mismo: es as铆 que Dios se ha comprendido siempre, porque en Dios la inteligencia y el ser son una misma cosa; luego su Verbo ha existido igualmente siempre, y por esto decimos en el S铆mbolo que ha nacido del Padre antes de todos los siglos.

Es tambi茅n imposible que el Verbo de Dios difiera de Dios en cuanto a la especie y sea como inferior a Dios, puesto que la inteligencia en Dios es adecuada a su ser: es as铆 que el Verbo tiene una especie perfecta, porque el ser, de quien es Verbo, es comprendido de una manera perfecta; luego es necesario que el Verbo de Dios sea enteramente perfecto, seg煤n la especie de la divinidad. Sin embargo, hay cosas que proceden de otras sin llegar a poseer la perfecci贸n de su especie, como sucede, por ejemplo, en las generaciones impropiamente dichas. El sol no engendra otro sol, pero engendra ciertos animales 4. Para excluir semejante imperfecci贸n de la generaci贸n divina decimos que el Verbo ha nacido Dios de Dios. Adem谩s, una cosa que procede de otra se diferencia de ella; por un defecto de pureza, por ejemplo, cuando se aplica a una materia extra帽a una cosa en s铆 pura y simple, el producto, llega a ser por lo mismo defectuoso, con relaci贸n a la primera especie; a la manera que se hace una casa material con el plano que existe en la mente del arquitecto; a la manera que se produce el color con la luz recibida en un cuerpo limitado, un cuerpo mixto con el fuego a帽adido a otros elementos, y la sombra con un rayo solar interceptado por un cuerpo opaco. Para excluir todo esto de la generaci贸n divina se a帽ade que el Verbo es luz de luz. Tercera raz贸n: una cosa que procede de otra no toma la especie de 茅sta, a causa de una falta de verdad, que no recibe en realidad su naturaleza, sino s贸lo cierta semejanza, como sucede con la imagen reflejada en un espejo, con una pintura o escultura, y a煤n con la semejanza de una cosa en el entendimiento o en el sentido. En efecto: no se dice que la imagen de un hombre es un hombre verdadero, sino la semejanza de un hombre; ni la piedra est谩 en el alma, sino la especie do la piedra, como dicen los fil贸sofos. Con el fin de excluir de esta generaci贸n divina semejante interpretaci贸n, se a帽ade que el Verbo es Dios verdadero, de Dios verdadero. Es tambi茅n imposible, seg煤n la naturaleza divina, que el Verbo sea diferente de Dios, puesto que es inherente a la naturaleza de Dios el conocerse a s铆 mismo. Si toda inteligencia conoce por su naturaleza ciertas cosas, como nuestro entendimiento los primeros principios con mucha m谩s raz贸n Dios, que es id茅ntico a su ser, debe conocerse a si mismo por su naturaleza. Luego su Verbo procede naturalmente de 脡l, no a la manera que unas cosas proceden de otras, sin un origen natural, como proceden de nosotros las cosas artificiales que nosotros hacemos, sino como las que naturalmente proceden de nosotros, a las cuales llamamos engendradas; Como el hijo. Para que no se entienda que el Verbo de Dios no procede de 脡l por su naturaleza, sino por el poder de su voluntad, a帽adimos: engendrado, no hecho.

CAP脥TULO XLIV

Conclusi贸n de estas premisas.

Como de las anteriores premisas se deduce que todas las condiciones de la generaci贸n divina se resumen en que el Hijo es consubstancial al Padre, se a帽ade, por 煤ltimo, que el Hijo es consubstancial al Padre.

CAP脥TULO XLV

Dios est谩 en S铆 mismo como el objeto amado en le Ser que ama.

De la misma manera que el objeto de una concepci贸n est谩 en el ser inteligente, en cuanto que es objeto de la concepci贸n, as铆 tambi茅n el objeto amado debe estar en el ser que ama, en cuanto que es objeto del amor. El Ser que ama es, en efecto, movido en cierto modo por el objeto amado, en virtud de cierto impulso intr铆nseco, de donde resulta, que estando el motor en contacto con el ser que recibe el movimiento, necesariamente el objeto amado ha de estar en el ser que ama. Como Dios se comprende a s铆 mismo, es igualmente necesario que se ame, porque el bien comprendido es amable en s铆; luego Dios est谩 en 茅l mismo como el objeto amado en el ser que ama.

CAP脥TULO XLVI

El Amor en Dios se llama Esp铆ritu Santo.

Estando el objeto de una concepci贸n intelectual en el ser inteligente, y el objeto amado en el ser que ama, debernos meditar en que esto sucede as铆 por razones y con condiciones diferentes. En efecto; como el acto de entender se ejerce por medio de una especie de asimilaci贸n del ser inteligente al objeto de la inteligencia, es necesario que este objeto de la acci贸n intelectual est茅 en el ser inteligente, por lo mismo que su imagen est谩 en 茅l. La facultad de amar se pone en acci贸n por cierto impulso que recibe el ser que ama del objeto amado; porque el objeto amado atrae a 茅l, al ser que ama; luego la acci贸n de amar no se efect煤a por la semejanza del objeto amado, coma se ejerce la acci贸n de entender por la semejanza del objeto de la concepci贸n intelectual, sino en virtud de cierta atracci贸n que arrastra al ser que ama hacia el objeto amado. La traslaci贸n de la semejanza principal se verifica por generaci贸n propiamente dicha, y en virtud de ella acontece en los seres vivientes que el que engendra recibe el nombre de padre, y el que es engendrado el de hijo. En estas mismas cosas la primera moci贸n se hace seg煤n la especie; por consiguiente, as铆 como trat谩ndose de las cosas divinas, el modo con que Dios est谩 en Dios, como el objeto de la concepci贸n intelectual est谩 en el ser inteligente, se expresa por estas palabras, el Hijo, que es el Verbo de Dios, as铆 tambi茅n el modo con que Dios est谩 en Dios, como el objeto amado en el ser que ama, no es otra cosa que el Esp铆ritu, que es el amor de Dios; luego seg煤n el s铆mbolo de la fe cat贸lica estamos obligados a creer en el Esp铆ritu.

CAP脥TULO XLVII

El Esp铆ritu que est谩 en Dios es santo.

Teniendo el bien amado raz贸n de su fin, y haciendo el fin bueno o malo el movimiento de la voluntad, el amor que tiene por objeto al Sumo Bien, o lo que es lo mismo, a Dios, necesariamente ha de estar caracterizado por una bondad eminente, bondad que expresamos con el nombre de Santidad, ya se d茅 a la palabra santo la acepci贸n de puro, como lo hacen los griegos, porque en Dios la bondad es perfectamente pura, sin defecto alguno, ya se la d茅 la acepci贸n de estable o fecunda, como lo hacen los latinos, porque en Dios la bondad es inmutable; por esta raz贸n se llama santo a todo la que se refiere a Dios, como el templo, los vasos del templo y todo lo que est谩 consagrado al culto divino. Conveniente es, pues, sea llamado Esp铆ritu Santo el Esp铆ritu que nos da a conocer el amor que Dios se tiene a s铆 mismo. Por esto el s铆mbolo de la fe cat贸lica llama santo a este esp铆ritu cuando nos ense帽a a decir: creo en el Esp铆ritu Santo.

CAP脥TULO XLVIII

El Amor de Dios no tiene nada de accidental.

As铆 como en Dios la inteligencia es su ser, as铆 tambi茅n su amor es su ser. Dios no se ama seg煤n que se agrega a su esencia alguna cosa, sino seg煤n su misma esencia; y como se ama porque est谩 en 脡l mismo, como el objeto amado est谩 en el ser que ama, Dios amado no est谩 en Dios amante de un modo accidental, como lo est谩n en nosotros nuestras afecciones, sino que Dios est谩 en s铆 mismo substancialmente, como el objeto amado en el ser que ama. Por consiguiente, el Esp铆ritu Santo, por cuyo medio se infunde en nosotros el amor divino, no es en Dios una cosa accidental; es una cosa subsistente en la esencia divina, como lo es el Padre y lo es el Hijo. Por esta raz贸n el s铆mbolo de la fe cat贸lica nos ense帽a que ha de ser adorado u glorificado juntamente con el Padre y con el Hijo.

CAP脥TULO XLIX

El Esp铆ritu Santo procede del Padre y del Hijo.

Debemos considerar tambi茅n que la acci贸n misma de entender procede de la facultad intelectiva del entendimiento. Desde el momento que el entendimiento entiende actualmente, el objeto de la concepci贸n est谩 en el mismo entendimiento. Por consiguiente, aquello que hace que el objeto comprendido est茅 en el ser que comprende, procede de la virtud intelectiva del entendimiento, virtud que es su verbo, como dijimos antes. Adem谩s, lo que es amado est谩 en el amante por raz贸n del acto afectivo presente. Es as铆 que lo que hace que una cosa sea amada actualmente, procede de la virtud amativa del amante, y del bien amable actualmente concebido; luego lo que hace que el objeto amado est茅 en el ser que ama, procede del principio amativo y de la comprensi贸n actual, que es el verbo concebido del objeto amable. Luego as铆 como en Dios, que se comprende y se ama, el Verbo es el Hijo, y aqu茅l de quien 脡l es el Verbo es e! Padre del Verbo; as铆 tambi茅n es evidente que el Esp铆ritu Santo, que pertenece al amor, en virtud del cual Dios est谩 en s铆 mismo como el objeto amado en el ser que se ama, procede del Padre y del Hijo, y por eso decimos en el S铆mbolo que procede del Padre y del Hijo.

CAP脥TULO L

La Trinidad de personas no repugna en Dios a la Unidad de Esencia.

De lo que acabamos de decir se deduce que en la divinidad admitimos un n煤mero ternario; n煤mero que, sin embargo, no repugna a la simplicidad de la esencia. No puede negarse que Dios, como existente en su propia naturaleza, es objeto de su inteligencia y de su amor, y que esto sucede en Dios de un modo distinto de lo que acontece en nosotros. La raz贸n es que el hombre, en su naturaleza, es una substancia; pero su entendimiento y su amor no son su substancia. En efecto, el hombre, considerado en su naturaleza, es alguna cosa subsistente; pero considerado en su entendimiento , no es una cosa subsistente, sino el punto de vista de una cosa subsistente. Lo mismo sucede con respecto a la relaci贸n, en virtud de la cual est谩 en s铆 mismo, como el objeto amado en el que ama. El hombre, por consiguiente, puede ser considerado bajo tres aspectos o relaciones de su existencia; esto es, en su naturaleza, en su entendimiento, en su amor; tres cosas que no constituyen unidad en le hombre; porque su inteligencia no es su ser, ni tampoco su amor; tres cosas, de las cuales, una sola es subsistente, a saber, la existencia del hombre en su naturaleza. En Dios, por el contrario, el ser la inteligencia y el amor son una sola cosa; luego Dios en su ser natural, Dios en su inteligencia, Dios en su amor, es una sola cosa; luego Dios en su ser natural, Dios en su inteligencia, Dios en su amor, es una sola cosa, y sin embargo cada una de las relaciones de esta triplicidad es una coas subsistente y substancial. Y como los latinos llaman personas y los griegos hyp贸stasis a las cosas substanciales o subsistentes en la naturaleza intelectual, los latinos dicen que en Dios hay tres personas y los griegos tres hyp贸stasis, el Padre, el Hijo y el Esp铆ritu Santo.

CAP脥TULO LI

Repugnancia aparente en la trinidad personas en Dios.

Parece que hay cierta repugnancia en lo dicho anteriormente; porque si se admite en Dios un n煤mero ternario cualquiera, como todo n煤mero implica divisi贸n, necesario ser谩 reconocer en Dios cierta diferencia, en virtud de la cual cada una de las personas se distinga de las otras, quedando as铆 destru铆da la suma simplicidad en Dios. En efecto: si las tres personas convienen en una cosa y se diferencian en otra, ha de haber necesariamente composici贸n en ellas, y esto pugna con lo dicho antes. Adem谩s, si no puede haber m谩s que un solo Dios, como una cosa que es 煤nica no puede provenir ni proceder de s铆 misma, imposible es admitir un Dios engendrado o un Dios procedente; luego es un error proclamar en Dios los nombres del Padre, del Hijo y del Esp铆ritu Santo procedente de los otros dos.

CAP脥TULO LII

Soluci贸n de la dificultad anterior

Para resolver esta dificultad, debe empezarse por reconocer que en las cosas diferentes, seg煤n la diversidad de su naturaleza, hay modos diversos de procedencia o procesi贸n. En efecto; en las cosas inanimadas que no se mueven as铆 mismas, sino que reciben el movimiento de una cosa extra帽a, en esas cosas una proviene de otra, en virtud de una cambio o alteraci贸n exterior, como, por ejemplo, el fuego es producido por el fuego, y el aire lo es por el aire. Por el contrario, en las cosas que tienen vida y por su naturaleza son susceptibles de moverse por s铆 mismas, la generaci贸n se hace en el ser que engendra, v. gr., el feto de los animales y el fruto de las plantas. Es, pues, necesario considerar los modos diferentes de procesi贸n o procedencia, en raz贸n a las diversas fuerzas y procesiones de los seres.

En efecto: hay en los seres ciertas fuerzas, cuyas operaciones no son extensivas m谩s que a los cuerpos, en cuanto que son materiales, tales como las fuerzas del alma vegetativa que producen la nutrici贸n, el crecimiento y la multiplicaci贸n. De la acci贸n de esta clase o g茅nero de fuerzas no procede nada que no sea corporal, y corporalmente distinto, pero unido, sin embargo, de cierta manera en los seres vivientes a aqu茅l de que proceden. Hay adem谩s, ciertas fuerzas, cuyas operaciones, sin salir del orden corporal, se extienden a las especies corporales, poni茅ndose en relaci贸n con estas sin el auxilio de la materia, como sucede con las fuerzas del alma sensitiva; porque, como dicen los fil贸sofos, hay sentido susceptible de recibir especies sin materia. Aun cuando esta clase de fuerzas reciban de cierto modo las formas de las cosas inmaterialmente, no lo hacen, sin embargo, sin el auxilio de los 贸rganos corporales. Si se encuentra alguna procesi贸n en esta clase de fuerzas del alma, el sujeto de la procesi贸n o aquello que de dichas fuerzas procede, no ser谩 una cosa corporal, o corporalmente distinta, o una cosa unida al principio de la procesi贸n; ser谩 alguna cosa incorporal, inmaterial en cierto modo, pero producida con cierto auxilio de los 贸rganos corporales. As铆 es como en los animales se producen las formas de las cosas imaginadas que existen en la imaginaci贸n, no como un cuerpo en otro cuerpo, sino en una manera en cierto modo espiritual. Esta es la raz贸n porque San Agust铆n llama espirituales a las visiones de la imaginaci贸n; luego si de las operaciones de la imaginaci贸n procede alguna cosa extra帽a de toda corporalidad, con mayor raz贸n debe suceder as铆 en las operaciones del entendimiento, para cuyo ejercicio no tiene necesidad del auxilio de los 贸rganos, porque sus operaciones son enteramente inmateriales. A la verdad, el verbo precede de las operaciones de la inteligencia, como existente en el entendimiento mismo del que habla; pero no como localizado en 茅l, ni como corporalmente separado de 茅l, sino como existente en 茅, seg煤n el orden de su origen. Esto mismo sucede con la procesi贸n producida por las operaciones de la voluntad, en tanto que la cosa amada existe en el amante, seg煤n dijimos m谩s arriba. Pero aunque las fuerzas intelectivas y sensitivas sean en s铆 mismas m谩s nobles que las del alma vegetativa, sin embargo, ni en el hombre ni en los dem谩s animales resulta nada subsistente en al naturaleza de la misma especie respecto a la procesi贸n de la facultad imaginativa o de la facultad sensitiva. Este hecho s贸lo tiene lugar en la procesi贸n que se efect煤a por las operaciones del alma vegetativa, y la raz贸n es que en todo ser compuesto de materia y de forma, la multiplicaci贸n de individuos en la misma especie se efect煤a por la divisi贸n de la materia. As铆 es como en los hombres y dem谩s animales, como compuestos de materia y de forma, los individuos se multiplican en la misma especie, seg煤n la divisi贸n corporal resultante de la procesi贸n que se efect煤a por las operaciones del alma vegetativa, lo cual no sucede as铆 con las dem谩s operaciones del alma. Por el contrario, en las cosas que no tiene ni materia ni forma, no puede encontrarse m谩s que una distinci贸n formal. Pero si es sustancia de la cosa la forma por cuyo medio se efect煤a la distinci贸n, necesario es que esta distinci贸n recaiga sobre ciertas relaciones subsistentes, lo cual no es as铆, si la forma no est谩 substancialmente identificada con la misma cosa.

Es, pues, una cosa clara para toda inteligencia, la necesidad de que lo que es concebido en el entendimiento, proceda en cierto modo del ser inteligente, en cuanto que es inteligente, y que su procesi贸n o procedencia se distinga de 茅l en cierto modo, a la manera que la concepci贸n del entendimiento, que es una consideraci贸n de la inteligencia en ejercicio, se distinga del poder intelectual que la concibe. Del mismo modo es necesario que la acci贸n afectiva del amante, en virtud de la cual el objeto amado est谩 en el amante, proceda de la voluntad del amante, en cuanto que es amante. Es, empero, una propiedad de la inteligencia divina el que la inteligencia y el ser sean substancialmente id茅nticos, y, por lo mismo, la concepci贸n del entendimiento, que es la consideraci贸n formulada intelectualmente, sea su substancia. Esto mismo sucede con la acci贸n afectiva en Dios ejerciendo esta facultad. De lo dicho resulta que la concepci贸n de la inteligencia divina, que es su Verbo, no es distinta de la persona divina que le produce, en cuanto al ser substancial, sino s贸lo en cuanto al modo de la procesi贸n. Lo mismo podemos decir del amor de Dios en el ejercicio de esta facultad, que es relativa al Esp铆ritu Santo. As铆 queda demostrado con claridad no haber nada que impida que el Verbo de Dios, que es el Hijo, sea uno con el Padre en cuanto a la substancia, y que sin embargo se distinga de 脡l en cuanto a la procesi贸n. Es, finalmente, evidente que la misma cosa no proviene ni procede de si misma, porque el Hijo se distingue del Padre, en cuanto procede de 脡l, y lo mismo ha de decirse del Esp铆ritu Santo respecto al Padre y al Hijo.

CAP脥TULO LIII

Las relaciones en virtud de las cuales se distinguen uno de otro, el Padre , el Hijo y el Esp铆ritu Santo, son relaciones reales y no s贸lo relaciones de raz贸n.

Las relaciones en virtud de las cuales se distinguen uno de otro el Padre, el Hijo y el Esp铆ritu Santo, son relaciones reales y no relaciones de raz贸n. Las relaciones de raz贸n solamente son aquellas que tienen por objeto, no alguna cosa existente en la naturaleza de las cosas, sino alguna cosa que s贸lo existe en la concepci贸n: por ejemplo, la derecha o la izquierda, hablando de una piedra, no son relaciones reales, porque ni la derecha ni la izquierda se refieren a cualidad alguna realmente existente en la piedra; se refieren al hecho de considerar una piedra como si tuviera derecha o izquierda, porque est茅 a la derecha o a la izquierda de un animal. Es as铆 que la derecha o la izquierda en un animal son relaciones reales, porque se refieren a ciertas propiedades existentes en partes determinadas del animal; luego existiendo como existen realmente en Dios las relaciones en virtud de las cuales el Padre, el Hijo y el Esp铆ritu Santo se distinguen uno de otro, necesario es que estas relaciones sean reales, y no s贸lo de raz贸n.

CAP脥TULO LIV

Estas relaciones no son accidentalmente inherentes.

No es posible que estas relaciones sean accidentalmente inherentes, ya porque las operaciones a que se siguen directamente las relaciones son la misma substancia de Dios, ya porque, como antes se ha demostrado, no puede haber en Dios nada que sea accidental. De aqu铆 se sigue que si las relaciones de que hablamos existen en Dios, no pueden ser accidentalmente inherentes, sino subsistentes. Por las premisas precedentes puede comprenderse c贸mo lo que es accidental en los dem谩s seres, puede existir substancialmente en Dios.

CAP脥TULO LV

Las relaciones referidas constituyen en Dios una diferencia de personas.

Como en la naturaleza divina la distinci贸n se efect煤a por relaciones que no son accidentales, sino subsistentes; y como la distinci贸n de las cosas subsistentes en toda naturaleza intelectual es una distinci贸n personal, necesario es que las relaciones de que hablamos constituyan en Dios una diferencia de Personas. Luego el Padre, el Hijo y el Esp铆ritu Santo son tres Personas, y tambi茅n tres hip贸stasis, porque la palabra hip贸stasis significa alguna cosa subsistente y completa.

CAP脥TULO LVI

Es imposible que haya en Dios m谩s de tres personas.

Es imposible que haya en Dios m谩s de tres personas, porque es imposible que las Personas divinas se multipliquen por una divisi贸n de substancia, sino solamente por una relaci贸n de procesi贸n, y, no por una procesi贸n cualquiera, sino por una procesi贸n que no d茅 por resultado alguna cosa externa. En efecto: si esa procesi贸n diera por resultado alguna cosa externa, no tendr铆a naturaleza divina, y por consiguiente no ser铆a una persona o una hip贸stasis divina. Es as铆 que en Dios la procesi贸n que no tiene un t茅rmino exterior no puede ser tomada m谩s que en el orden de las operaciones de la inteligencia de donde procede el Verbo, o de las operaciones de la voluntad de donde procede el amor, como dijimos antes; luego no puede haber en Dios alguna persona divina que de 脡l proceda de otro modo que como procede el Verbo a quien llamamos Hijo, o el amor al que llamamos Esp铆ritu Santo. Adem谩s, como Dios lo abarca todo con sola la intuici贸n de su inteligencia, y su amor se extiende a todo por un solo acto de su voluntad, es imposible que en Dios haya muchos verbos o muchos amores; luego si el Hijo procede como Verbo, y el Esp铆ritu Santo como amor, claro es que no puede haber en Dios muchos Hijos o muchos Esp铆ritus Santos. Adem谩s, lo que admite fuera de si alguna cosa del mismo g茅nero no es simplemente perfecto, y por esta raz贸n las cosas que son simplemente perfectas en su naturaleza no se multiplican en n煤mero, como Dios, el sol 5, la luna y otras cosas semejantes. Necesario es tambi茅n que tanto el Hijo como el Esp铆ritu Santo sean simplemente perfectos, siendo como es Dios cada uno de ellos. Es, pues, imposible que haya muchos Hijos y muchos Esp铆ritus Santos. Adem谩s, lo que hace que algo subsistente sea tal cosa determinada y distinta de las dem谩s, no puede multiplicarse en n煤mero, porque lo que es individual no puede ser predicado de muchos, En virtud de la filiaci贸n, el Hijo es esta persona divina subsistente en si misma y distinta de las dem谩s; como por los principios de individualizaci贸n Sortes es tal persona humana determinada. As铆 como los principios de individualizaci贸n en virtud de los cuales Sortes es tal hombre determinado, no pueden convenir m谩s que a uno solo; as铆 tambi茅n la filiaci贸n en Dios no puede convenir m谩s que a una sola persona. Lo mismo sucede en cuanto a las relaciones del Padre y del Esp铆ritu Santo, y, por consiguiente, es imposible que haya en Dios muchos Padres, muchos Hijos o muchos Esp铆ritus Santos. A煤n podemos insistir considerando que las cosas que poseen la unidad de forma no se multiplican en n煤mero, sino por la materia, como se multiplica la blancura, porque son muchos los objetos que la reciben: es as铆 que en Dios no hay materia; luego en 脡l todo lo que posee la unidad de forma y la unidad de especie, no puede multiplicarse num茅ricamente, y as铆 sucede, en efecto, con la paternidad, la filiaci贸n y la procesi贸n del Esp铆ritu Santo; luego es imposible que en Dios haya muchos Padres, muchos Hijos o muchos Esp铆ritus Santos.

CAP脥TULO LVII

De las propiedades o nociones de Dios, y cual es su n煤mero con respecto al Padre.

Reconocido en Dios este n煤mero de personas, debe haber en 茅l cierto n煤mero de propiedades de las personas que sirvan para diferenciarlas entre s铆. En el Padre hay tres: una que le distingue del Hijo s贸lo, la paternidad; otra que le distingue del Hijo y del Esp铆ritu Santo, propiedad que llamamos inascibilidad, porque Dios Padre no procede de ninguno otro; otra, en fin, que es aquella por la cu谩l el Padre es con el Hijo distinto del Esp铆ritu Santo, y se llama espiraci贸n com煤n. No se asigna propiedad que distinga al Padre del Esp铆ritu Santo, porque el Padre y el Hijo son el principio com煤n del Esp铆ritu Santo, como hemos manifestado antes.

CAP脥TULO LVIII

De las propiedades del Hijo y del Esp铆ritu Santo. Su N煤mero y Naturaleza.

Dos propiedades convienen necesariamente al Hijo: una que le distingue del Padre, la filiaci贸n; otra que juntamente con el Padre le distingue del Esp铆ritu Santo, la espiraci贸n com煤n. No hay necesidad de asignar al Hijo una propiedad que le distinga del Esp铆ritu Santo s贸lo; porque, como acabamos de decir, el Hijo y el Padre son el principio com煤n del Esp铆ritu Santo. Tampoco hay necesidad de asignar una propiedad, en virtud de la cual el Hijo y el Esp铆ritu Santo se distingan del Padre, porque el Padre se distingue de ambos por una sola propiedad, la inascibilidad, en cuanto que el Padre no procede de nada. Como el Hijo y el Esp铆ritu Santo tienen modos diferentes de procesi贸n, claro es que se distinguen del Padre por dos propiedades. El Esp铆ritu Santo no tiene m谩s que una sola propiedad, por la cual se distingue del Padre y del Hijo, propiedad a que damos el nombre de procesi贸n. De lo dicho aparece que no puede existir propiedad que distinga al Esp铆ritu Santo del Hijo s贸lo o del Padre s贸lo. Cinco son, por consiguiente, las propiedades que se atribuyen a las Personas divinas, a saber: la inascibilidad, la paternidad, la filiaci贸n, la aspiraci贸n com煤n, y la procesi贸n.

CAP脥TULO LIX

Por qu茅 estas propiedades son llamadas nociones.

Estas cinco relaciones pueden ser llamadas nociones de las personas, porque nos dan a conocer la distinci贸n de las Personas divinas; pero no pueden recibir el nombre de propiedades, entendiendo propio solamente lo que conviene a una sola persona; porque la espiraci贸n com煤n conviene al Padre y al Hijo. Sin embargo, no hay inconveniente en que se llame propiedad a la espiraci贸n com煤n, siguiendo la costumbre recibida de decir que una cosa es propia a muchos con relaci贸n a otra cosa distinta, como, por ejemplo, cuando se dice que la cualidad de b铆pedo conviene al hombre y al ave respecto del cuadr煤pedo. Pero como las Personas divinas se distinguen por las relaciones solas, y como las nociones nos dan a conocer la distinci贸n de estas mismas Personas, necesario es que estas nociones pertenezcan de alg煤n modo a la relaci贸n. De estas relaciones, cuatro son relaciones verdaderas, que establecen entre las Personas divinas una reciprocidad de relaciones, porque, con respecto a la quinta noci贸n, esto es, la inascibilidad, pertenece a la relaci贸n como negaci贸n de relaci贸n, supuesto que las negaciones se refieren al g茅nero de las afirmaciones, y las privaciones al g茅nero de las posesiones, como lo que no es hombre al g茅nero del hombre, lo que no es blanco al g茅nero de la blancura. Entre las relaciones que establecen entre las personas relaciones mutuas, unas tienen nombre, como la paternidad y la filiaci贸n, porque significan propiamente una relaci贸n; otras son innominadas, como las que designan las relaciones rec铆procas entre el Padre, el Hijo y el Esp铆ritu Santo; y en este caso, en lugar de darlas el nombre de relaciones, emplearemos la palabra or铆genes. Es evidente que la espiraci贸n com煤n y la procesi贸n significan el origen y no las relaciones procedentes del origen. As铆 podemos decirlo, considerando las relaciones del Padre y el Hijo; porque la generaci贸n significa un origen activo, de donde procede la relaci贸n de la paternidad; y el nacimiento, por el contrar铆o, significa el origen pasivo del Hijo, de donde procede la relaci贸n de la filiaci贸n. La espiraci贸n com煤n, y a煤n la procesi贸n, producen alguna relaci贸n; pero como las relaciones son innominadas, nos valemos de los nombres de los actos en lugar de los nombres de las relaciones.


1

Generaci贸n es la adquisici贸n por un sujeto de una forma, y corrupci贸n la p茅rdida por un sujeto de una forma. La generaci贸n y corrupci贸n ser谩n substanciales si la forma que se gana o se pierde es substancial, accidentales o alteraciones si la forma es accidental.

2

Este cap铆tulo, seg煤n demuestra A. R. Motte O. P. en la Revue Tomiste, Octubre- Diciembre 1939, pag. 749 sg., no es aut茅ntico.

3

Arist贸teles y Sto. Tom谩s hicieron suya la teor铆a de Emp茅docles (+ c. 435), que admiti贸 cuatro cuerpos elementales: la tierra, el agua, el aire y el fuego, de cuya combinaci贸n resultaban todos los dem谩s cuerpos compuestos que ellos llamaban mixtos.
Adem谩s cre铆an: a) que a cada elemento correspond铆a su propio lugar, al fuego y al aire el lugar m谩s alto, al agua y a la tierra el lugar m谩s bajo; b) que eran cuatro las cualidades primarias, lo h煤medo, lo seco, lo c谩lido y lo fr铆o, y que de su mezcla se originaban todas las otras cualidades.

4

Los antiguos sabios admit铆an la 鈥済eneraci贸n equ铆voca鈥 conforme a la cual algunos organismos nac铆an de la materia inorg谩nica, principalmente en otro tiempo viva, no por virtud de las solas fuerzas de la materia, como quieren los defensores de la generaci贸n espont谩nea, sino ayudados de la influencia de los cuerpos celestes que cre铆an ser de una naturaleza superior.

5

Sto. Tom谩s y los escol谩sticos de su tiempo cre铆an que los astros eran incorruptibles y de una materia esencialmente distinta de la de nuestros cuerpos terrestres. Por esto eran tenidos por mucho m谩s perfectos.

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