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Mons. Alberto Brazzini Diaz-Ufano, Matrimonio, familia, violencia y reconciliaci贸n
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Matrimonio, familia, violencia y reconciliaci贸n*

Mons. Alberto Brazzini
Obispo auxiliar de Lima

1. Introducci贸n

Deseo, al iniciar esta intervenci贸n, expresar mi agradecimiento a los directivos del Instituto Nuestra Se帽ora de la Reconciliaci贸n y de la Universidad San Pablo por su invitaci贸n, y a todos ustedes por su presencia.

El problema de la violencia en el matrimonio y la familia, as铆 como la perspectiva de su superaci贸n, son aspectos de gran importancia para quienes estamos comprometidos con el ser humano y su pleno desarrollo. Es bien sabido que la familia, el primer espacio en el que la persona humana se va forjando, es un 谩mbito fundamental. Al calor del amor de los esposos, del afecto de padres a hijos y de hijos a padres, y en el cari帽o fraternal, se va consolidando y desplegando la estructura humana b谩sica de cada uno de sus integrantes. De otro lado, es tambi茅n evidente que la familia es la c茅lula primera y vital de la sociedad: 芦En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y 茅stos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma禄1.

As铆 pues, cuanto atenta contra este 鈥渟antuario de vida鈥� va contra el ser humano y la sociedad toda. De all铆 la relevancia de protegerlo y velar por su recto crecimiento.

Como Pastor de la Iglesia, desde la perspectiva de la fe cristiana, y con el peso de una rica experiencia de a帽os como presidente de la Comisi贸n de Familia de la Conferencia Episcopal Peruana, quiero abordar este tema sin dejar de lado los datos de las ciencias y la filosof铆a. Me mueve a hacerlo la certeza de que 芦la fe y la raz贸n son como las dos alas con las cuales el esp铆ritu humano se eleva hacia la contemplaci贸n de la verdad禄2.

Me congratulo de esta iniciativa en la que la realidad del matrimonio y la familia 鈥攖an necesitada de cuidado, profundizaci贸n y promoci贸n de su aut茅ntica naturaleza y misi贸n鈥� pueda ser abordada desde diversas disciplinas. Me parece que dicha realidad no est谩 siendo a煤n suficientemente estudiada en nuestro pa铆s, y que experiencias como 茅stas son necesarias y deben multiplicarse. Espero que cuanto se reflexione en estos d铆as en torno a la familia y el contexto en el que se ubica, y sobre el fen贸meno de violencia que la aqueja, ayude a promover familias m谩s reconciliadas en cuyo seno crezcan esas mujeres y esos hombres m谩s plenos que nuestra naci贸n y la Iglesia necesitan.

Por mi parte quiero ahora presentar algunos aspectos de fondo sobre la realidad del matrimonio y la familia para que quede de manifiesto cu谩nto atenta la violencia familiar contra estas instituciones esenciales, cu谩les me parecen aspectos claves para orientar una respuesta integral a tal problema, y c贸mo la reconciliaci贸n en la familia es posible. Pienso que con este marco podr铆an ubicarse mejor los an谩lisis y propuestas m谩s concretas que se pudieran realizar.

2. Panorama de la violencia familiar

El panorama de la violencia en la familia es ciertamente preocupante. No es que sea una novedad, aunque lo que s铆 parece ser cierto es que el fen贸meno se ha acentuado en los 煤ltimos decenios. Am茅rica Latina presenta a este respecto una triste historia de desencuentros y rupturas en el seno de las familias, en las que el impacto cultural de ancestrales tradiciones de desvalorizaci贸n de mujeres y ni帽os, as铆 como tambi茅n del 鈥渕achismo鈥� latino, han tenido no poco que ver.

Hay que reconocer que la gama de variantes de violencia en la familia es amplia. La m谩s publicitada, ciertamente, es la que aqueja a las esposas o mujeres convivientes, seguida de la de las hijas e hijos. Se va mostrando tambi茅n, en especial en los pa铆ses del llamado primer mundo, una insospechada incidencia de violencia en contra de los maridos o parejas varones. Todas estas formas de violencia, sin embargo, son muchas veces propiciadas por otros factores externos a la familia: el influjo de los antivalores propalados por los medios de comunicaci贸n y algunas tecnolog铆as nuevas como Internet, ciertos proyectos educativos en las escuelas, las pol铆ticas de control compulsivo de la natalidad, los reg铆menes legales que propenden a la desintegraci贸n del v铆nculo conyugal, entre otros. Aunque quiz谩 con menos prensa en nuestro tiempo, pienso que estos elementos estructurales ejercen tambi茅n un tipo de violencia en la familia3.

Hay, adem谩s, diferencias en la naturaleza de las agresiones, present谩ndose no s贸lo testimonios de violencia f铆sica, sino de violencia moral.

De otro lado, en el 煤ltimo siglo se ha venido profundizando en una m谩s aguda conciencia sobre los desequilibrios presentes en las familias, en especial en relaci贸n con las mujeres y los ni帽os. Esta toma de conciencia ha debido tambi茅n su crecimiento al aporte de no pocos hijos e hijas de la Iglesia, entre los cuales destacan los 煤ltimos Romanos Pont铆fices y las ense帽anzas del Concilio Vaticano II. Todos ellos se han hecho eco del impulso de recuperaci贸n de la dignidad de la mujer que se percibe ya en los or铆genes de la fe, bajo el influjo de la persona de Santa Mar铆a, Madre de Jesucristo y nuestra, y en la vida de la primera Iglesia, seg煤n se testimonia en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, debe decirse tambi茅n que el de la violencia familiar es un tema complejo, en el que con ocasi贸n de responder a situaciones que objetivamente lesionan la dignidad de alguno o algunos de los miembros de la familia, no dejan de manifestarse las agendas ideologizadas de algunos grupos e instituciones que 鈥攁 mi juicio鈥� tienden a perder de vista la naturaleza del ser humano, la del matrimonio o la de la procreaci贸n humana. Basta una exploraci贸n inicial en las p谩ginas que muchos de estos organismos mantienen en Internet, o un acercamiento a su presencia en diferentes medios de comunicaci贸n, para constatarlo.

Como ejemplos gr谩ficos de esto se pueden mencionar las situaciones que se han generado en relaci贸n a tales temas en los 谩mbitos de discusi贸n propiciados por la Organizaci贸n de las Naciones Unidas. Sea en la Conferencia de El Cairo (1994), sobre poblaci贸n y desarrollo, sea en la de Pek铆n, sobre la mujer (1995), la delegaci贸n de la Santa Sede tuvo que expresar consensos parciales y con reservas en relaci贸n a los respectivos documentos finales. Temas como el permisivismo ante el aborto, los anticonceptivos, la esterilizaci贸n, las relaciones sexuales fuera del matrimonio; la minusvaloraci贸n de la maternidad, la ambig眉edad del concepto de 鈥済茅nero鈥� y la valoraci贸n neutra de la homosexualidad, han sido puntos de discrepancia.

Sin ir muy lejos, el Papa Juan Pablo II, durante un encuentro con el Secretario General de ese organismo, el Sr. Kofi Annan, en el Vaticano, expresaba al respecto su profunda preocupaci贸n, 芦al observar 鈥攄ijo el Santo Padre鈥� que algunos grupos tratan de imponer a la comunidad internacional concepciones ideol贸gicas o modelos de vida compartidos s贸lo por segmentos peque帽os y particulares de la sociedad禄, se帽alando que esta presi贸n quiz谩 sea 芦m谩s evidente en los campos de la defensa de la vida y en la salvaguardia de la familia禄4.

Es por todo esto que me parece muy necesario abordar el tema de la violencia familiar desde la visi贸n cristiana de la persona, del matrimonio y la familia, de manera que se pueda ayudar a realizar lo que creo es un oportuno discernimiento.

3. Matrimonio y familia

Desde la visi贸n cristiana de la persona

El concepto de persona brinda una poderosa luz para comprender la dignidad, derechos y deberes del ser humano. Desde esta perspectiva la naturaleza humana incluye en s铆 misma, de modo irrenunciable, la capacidad de autodeterminarse: de buscar la verdad y de realizar el bien, ejerciendo la propia libertad, que lo es de veras cuando opta por el bien aut茅ntico y rechaza el mal. Y tambi茅n desde este 谩ngulo el ser humano se comprende a s铆 mismo como un 鈥渟er en relaci贸n鈥� con otras personas.

Desde el punto de vista de la fe sabemos que 芦el hombre es la 煤nica creatura que Dios ha amado por s铆 misma禄5, desde el momento en que ha sido llamado a la existencia a su imagen y semejanza. De aqu铆 nace una conciencia de la hondura de la propia val铆a, la que se convierte en conciencia de la profunda dignidad de las dem谩s personas humanas con las que nos relacionamos. M谩s a煤n, debemos decir que 芦cre谩ndola a su imagen y conserv谩ndola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocaci贸n y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comuni贸n. El amor es por tanto la vocaci贸n fundamental e innata de todo ser humano禄6.

Por ello, si recorre adecuadamente el camino de su plena realizaci贸n seg煤n su naturaleza, la persona humana va a descubrir bien pronto que su vivir en sociedad, en relaci贸n con otros, no es algo secundario, sino que 鈥攑or el contrario鈥� ella 芦no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega de s铆 a los dem谩s禄7. Y que el motor y la norma de esa relaci贸n es el amor, que da lugar a la uni贸n de las personas que se relacionan: la comuni贸n.

Tal amor no es simplemente y en primer lugar una experiencia de atracci贸n biol贸gica ni sentimental, sino que se puede decir que nace de lo m谩s 铆ntimo del ser humano y se manifiesta en su modo m谩s b谩sico como la b煤squeda de hacer el bien al otro, de entregarse a 茅l para a su vez dejarse hacer el bien por el otro. Es sobre esta experiencia que se construye aut茅nticamente toda la hermosa y compleja vivencia f铆sica, psicol贸gica y espiritual del amor humano. Experiencia que, seg煤n nos ense帽a la fe cristiana, est谩 llamada a una alt铆sima intensidad, con ayuda de la gracia: a ser an谩loga a la experiencia de amor que las tres Personas divinas 鈥攅l Padre, el Hijo y el Esp铆ritu鈥� se tienen entre s铆8.

Tres temas antropol贸gicos m谩s son importantes para nuestro desarrollo.

El primero es que esta invitaci贸n al amor puede realizarse 铆ntegramente, seg煤n la vocaci贸n de cada cual, en la vida de consagraci贸n virginal o en la vida matrimonial. En este 煤ltimo caso los esposos se entregan mutuamente en un amor exclusivo y peculiar.

El segundo es que la naturaleza de la persona humana, en la que venimos profundizando, se hace concreta en hombres y mujeres. La masculinidad y femineidad de cada individuo, en cada caso, son complementarias y realizan la comuni贸n9. Esa complementariedad lleva, a quienes est谩n llamados a ello, a entregarse uno al otro en el amor conyugal dentro del matrimonio.

El tercer elemento 鈥攜 muy importante鈥� es que en cuanto que la persona es una unidad, el amor que est谩 llamada a vivir abarca tambi茅n el cuerpo humano, el que se hace part铆cipe del amor espiritual. Por esto es que el amor interpersonal entre el hombre y la mujer tiende tambi茅n a expresarse sexualmente en la entrega mutua que se hacen; y por ello tambi茅n tal experiencia de uni贸n biol贸gica no puede realizarse de modo verdaderamente humano si no es parte integral y expresi贸n del amor entre ambos.

El matrimonio y la familia

De la perspectiva de humanismo cristiano que venimos desarrollando se desprende el hecho de que el matrimonio es la base de la familia.

Un hombre y una mujer, ambos personas humanas llamadas a realizarse en la vivencia del amor, en la entrega de s铆 mismos, el uno al otro, por su naturaleza tienden a establecer un v铆nculo estable y exclusivo, en el que la unidad que el amor genera se va profundizando, en el que la mutua donaci贸n va consolid谩ndose, donde la comunicaci贸n se hace m谩s intensa, en el que el perd贸n y el aliento mutuo est谩n presentes, en el que el despliegue de los talentos y capacidades de cada cual se ve promovido por el c贸nyuge, en el que las dificultades se sobrellevan mejor, y 鈥攅n fin鈥� en el que se tiene ocasi贸n de vivir esa dimensi贸n m谩s honda del amor que es el sacrificio. Este 谩mbito de mutua entrega se manifiesta tambi茅n en la dimensi贸n sexual de la pareja, que es propiamente expresi贸n del amor y encuentra su sentido como tal.

La familia surge, pues, del matrimonio as铆 entendido, 芦que abre a los esposos a una perenne comuni贸n de amor y de vida, y se completa plenamente y de manera espec铆fica al engendrar los hijos禄10.. El ejercicio responsable de la fecundidad exige, para el bien de la criatura por nacer y para el adecuado desarrollo de su estructura humana b谩sica, de un espacio en el que es necesaria la contribuci贸n perdurable y concorde de los padres. Esa criatura requiere encontrar, en ese primer 谩mbito familiar, una 鈥渆scuela de personalizaci贸n鈥�, en la que ella misma despliegue su capacidad de autodeterminarse, aprendiendo a buscar la verdad y a realizar el bien, ejercitando la propia libertad. Escuela en la que aprenda a entrar en relaci贸n con 鈥渆l otro鈥�. M谩s a煤n, necesita hallar en ese 谩mbito vivos testimonios 鈥攕us padres鈥� de ese ser persona al que est谩 llamada a responder.

Es as铆 como 芦la 鈥渃omuni贸n鈥� de los c贸nyuges da origen a la 鈥渃omunidad鈥� familiar禄11. Comunidad familiar que, aunque b谩sicamente constituida por los esposos y sus hijos, se ampl铆a tambi茅n hacia los parientes.

Este horizonte hermoso del matrimonio y la familia pecar铆a de ilusorio sin el reconocimiento de que el camino no deja de tener obst谩culos, y de que el crecimiento en el amor requiere de un compromiso cotidiano y muchas veces arduo. Desde la fe cristiana reconocemos, adem谩s de las dificultades de la vida, que la presencia del pecado en el coraz贸n del ser humano lo afecta de modo que tiende a buscar el bien propio prescindiendo de los dem谩s. Esta tendencia a realizar el mal objetivo, presente en el coraz贸n humano, es la llamada concupiscencia, que inclina a la b煤squeda del poder, del tener o del placer sin otras consideraciones que las del ego铆smo.

As铆, el llamado a la vida matrimonial y familiar no deja de presentarse como un reto que supone por lo menos una estructura moral madura en los esposos: la b煤squeda constante de la verdad y el bien en las relaciones conyugales y con los hijos, un ejercicio de se帽or铆o sobre s铆 mismos y el crecimiento de la virtud, el recto uso de la libertad. Adem谩s, el aprendizaje de los c贸digos de comunicaci贸n de las diversas relaciones que se establecen, la consideraci贸n de la situaci贸n 鈥渄el otro鈥�, el respeto ante su dignidad, etc. Todo ello supone una preparaci贸n, que lamentablemente en estos tiempos encuentro insuficiente.

La Iglesia nos ense帽a que el amor conyugal es signo del amor de Dios por la humanidad. Que en el amor de Jesucristo por el Pueblo de Dios, que lo lleva a la entrega en la cruz, los esposos encuentran la medida de su amor (ver Ef 5,32s). Y no s贸lo eso, sino que al profundizar en la vida cristiana, 芦el Esp铆ritu que infunde el Se帽or renueva el coraz贸n y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos am贸禄12. Y m谩s a煤n, sabemos por la fe que el matrimonio, al ser sacramento, abre indefectiblemente a los contrayentes a la gracia que les permite ser fieles a su vocaci贸n peculiar como esposos y padres.

Algunas consecuencias actuales

As铆 pues, a la luz del personalismo cristiano, la realidad del matrimonio y sus caracter铆sticas de unidad, indisolubilidad y apertura a la vida, lejos de constituirse en una 鈥渃谩rcel鈥� o 鈥減iedra de esc谩ndalo鈥� para quienes en 茅l participan, se alzan como un camino de realizaci贸n y plenitud.

Es ilustrativo, en contraste, iluminar desde esa misma luz algunos fen贸menos actuales.

鈥擜l tratar del uso de los medios artificiales para evitar los embarazos, no se ve c贸mo se pueda aceptar que se desligue la dimensi贸n procreativa de la experiencia unitiva en la relaci贸n de los esposos sin que 鈥攅n el fondo y m谩s all谩 de las experiencias m谩s inmediatas que quiz谩 parezcan inocuas o gratas鈥� se da帽e la dignidad de quienes participan en aqu茅lla. Sin desmedro de una paternidad ejercida responsablemente hay que afirmar que se corre as铆 el riesgo de relativizar el compromiso definitivo y entregado del amor conyugal, en cuyo marco se despliegan los hijos.

鈥擡n la misma l铆nea tampoco se ve c贸mo, sin grave da帽o personal para quienes las realizan, sea posible admitir como l铆citas la infidelidad, las uniones libres, los 鈥渕atrimonios de prueba鈥�, menos a煤n la poligamia, realidades que lamentablemente no son infrecuentes en nuestro pa铆s. Al respecto hay que decir que 芦la donaci贸n f铆sica total ser铆a un enga帽o si no fuere signo y fruto de una donaci贸n en la que est谩 presente toda la persona, incluso en su dimensi贸n temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donar铆a totalmente禄13.

鈥擜unque sean situaciones especialmente dolorosas y dif铆ciles, tampoco es posible aprobar el que las desavenencias entre los c贸nyuges lleven a una separaci贸n al extremo de la ruptura por la disoluci贸n civil del v铆nculo matrimonial mediante el divorcio, entre otras razones porque no se provee as铆 el marco adecuado para el crecimiento de los hijos con sus padres.

鈥擠esde esta misma perspectiva no se ve claro, como se hace hoy en d铆a con cada vez mayor insistencia, que sea posible distinguir entre la base biol贸gica de la persona y su opci贸n sexual, de modo que la primera sea una dimensi贸n f铆sica determinada por la naturaleza mientras que la segunda ser铆a un elemento condicionado por la cultura cuya orientaci贸n simplemente depender铆a de la decisi贸n de la persona. Este tipo de ruptura radical entre el cuerpo sexuado y la sexualidad de la persona, con el que se quiere legitimar la homosexualidad, y los pretendidos 鈥渕atrimonios entre homosexuales鈥� o las 鈥渇amilias鈥� a las que dar铆an lugar, no resiste un an谩lisis cient铆fico serio. Por el contrario, este tipo de 鈥渦niones鈥� tienden a ser conflictivas e inestables y en general no perduran con el paso del tiempo.

鈥擳ampoco se ve bien c贸mo sea posible en general propender al reconocimiento como derechos de la persona humana a lo que se ha llamado 鈥渄erechos reproductivos鈥�, vocablo que esconde la pretensi贸n de legitimar una supuesta facultad de la mujer a abortar 鈥渄isponiendo del propio cuerpo鈥�. Ello van contra la naturaleza misma de la persona 鈥攕eg煤n hemos visto鈥� y entra en conflicto con el derecho m谩s fundamental que es el derecho a la vida.

鈥擣inalmente, encuentro que ante la situaci贸n de postergaci贸n de la que la mujer es a煤n objeto en diversos lugares del planeta, el exacerbamiento de los conflictos y el esfuerzo por borrar del todo las leg铆timas diferencias entre el hombre y la mujer y cuestionar su complementariedad no constituyen un aporte. No pocos grupos feministas radicales, en cuyas agendas subyace una perspectiva conflictiva, hacen significativos esfuerzos y mueven importantes recursos en esa l铆nea.

En el fondo de todas estas consideraciones est谩 el af谩n de promover a la persona y la familia, aunque ello implique quiz谩 para algunos un nivel de cuestionamiento. Lo que las anima es constituirse en invitaci贸n para una vivencia m谩s aut茅ntica de la libertad y del amor, del se帽or铆o de s铆 y de la propia identidad.

De otro lado, las situaciones descritas 鈥攁 mi juicio鈥� tambi茅n deben ser consideradas 鈥攁unque en sentido an谩logo鈥� como episodios de violencia contra la familia, debiendo ser abordadas en un enfoque que quiera responder de modo integral a ese problema.

4. La violencia en la familia

Al tocar el tema de la violencia familiar es necesario precisar qu茅 se entiende por violencia.

鈥擠esde el punto de vista moral ella es llamada tambi茅n 鈥渃oacci贸n鈥�. Es la fuerza f铆sica o moral ejercida sobre una persona para obligarla a alguna cosa contra su voluntad. Algo de esto se mencion贸 al iniciar esta intervenci贸n. La violencia f铆sica supone, entonces, las agresiones, golpes y dem谩s acciones de esa naturaleza. La violencia moral es la que hace uso tanto del miedo y las amenazas cuanto de los halagos, promesas y otras artes parecidas. En ambos casos se trata, pues, de doblegar la voluntad de quien padece la violencia.

鈥擡n nuestro pa铆s la ley vigente entiende por violencia familiar 芦cualquier acci贸n u omisi贸n que cause da帽o f铆sico o psicol贸gico, maltrato sin lesi贸n, inclusive amenaza o coacci贸n graves禄14, producidos entre c贸nyuges, convivientes, ascendientes, descendientes, parientes colaterales, extendiendo su alcance incluso a las personas que habitan en un mismo hogar sin que medien relaciones contractuales o laborales.

Resulta claro que la violencia familiar afecta en su n煤cleo a la comunidad familiar al trastocar las relaciones interpersonales que en ella se dan: la conyugalidad, la paternidad, la maternidad, la filiaci贸n y la fraternidad se convierten 鈥攑or lo menos moment谩neamente鈥� en relaciones de agresor-agredido, opresor-oprimido. Cuanto en ellas era invitaci贸n al encuentro en el despliegue de las personas, que se entregan mutua y libremente en el amor, se ve obstaculizado casi en su misma ra铆z. Y es que la violencia en la familia, al proceder de uno de sus miembros en contra de otro u otros, la da帽a 鈥渄esde dentro鈥� en su ser m谩s 铆ntimo. Es por ello que junto con esas experiencias se generan desconfianzas y cuentas pendientes, el temor y la culpa, y no poco dolor y sufrimiento, experiencias que ponen a dura prueba la realidad familiar.

Puede decirse, pues, que la violencia aparece como un factor de ruptura que afecta las relaciones de la persona humana, que atenta contra ese espacio de comuni贸n que es la familia; familia que constituye la atm贸sfera donde los esposos debieran dar el mejor fruto en el transcurso de su vida terrena, y donde los hijos debieran construir la base de su personalidad, de su estructura moral, su base f铆sica, y todo lo que los prepara para la madurez humana.

As铆, debilitando a la familia como 鈥渆spacio de personalizaci贸n鈥�, la violencia la debilita tambi茅n como comunidad de personas, como primera 鈥渟ociedad鈥� humana, y con ello afecta negativamente a la sociedad toda.

Del factor moral a la dimensi贸n religiosa

Una respuesta a esta situaci贸n debe asumir un conjunto de acciones que ayuden a transformar ciertas estructuras jur铆dicas, sociales, medi谩ticas, educativas, as铆 como determinadas corrientes de pensamiento, entre otros elementos del contexto cultural que propician la violencia en la familia. Pero debe procurarse alentar, con a煤n mayor intensidad, un trabajo en la formaci贸n de cada persona humana en su dimensi贸n moral, clave para su recta involucraci贸n en la familia. Esto porque la violencia, en sentido estricto, supone una persona que la realiza y a la que se le imputa una responsabilidad; por lo mismo, est谩 ante todo en la persona, dependiendo de su decisi贸n libre, de su apertura a la verdad y al bien aut茅ntico, la posibilidad de erradicar la violencia en su ra铆z, tanto cuanto le sea humanamente posible.

No deja de llamar la atenci贸n el poco cuidado que se presta hoy a este 鈥渙rganismo moral鈥� que es parte constitutiva de cada persona. De modo an谩logo al cuidado que se presta a la presencia evidente de nuestro organismo f铆sico y se busca su saludable crecimiento y la prevenci贸n o curaci贸n de las enfermedades, as铆 ocurre en verdad con la vida 茅tica de cada persona humana: es una presencia que requiere atenci贸n, ejercitarse en un conjunto de destrezas, de una maestr铆a. M谩s all谩 de que la crisis de la verdad y el consecuente relativismo moral 鈥攄e la p茅rdida del sentido del bien y el mal objetivos鈥� lleve a la ignorancia o banalizaci贸n del punto, no es menos cierto que cada cual lleva consigo, ineludiblemente, ese tal 鈥渙rganismo moral鈥� del que debe hacerse cargo y del que debe dar cuenta.

La experiencia del dejarse llevar por las espont谩neas inclinaciones de la estructura emocional y pasional de la propia persona, el abandonar con facilidad la palabra empe帽ada y los compromisos adquiridos, no s贸lo ponen en juego momentos puntuales de la vida humana, sino que van deteriorando 鈥攓ui茅rase o no, v茅ase o no con claridad鈥� la vida de la persona, haci茅ndola cada vez menos capaz de un se帽or铆o sobre s铆, de empe帽arse por los valores que ennoblecen la existencia, de asumir un horizonte de cada vez mayor plenitud.

Ser谩 desde esta perspectiva de renovaci贸n 茅tica y humana que se tomar谩 m谩s en cuenta todo lo que se pone en juego en las relaciones interpersonales, en especial en la familia: los diversos c贸digos de comunicaci贸n, los diferentes estadios de madurez, el promover los talentos del otro y sobrellevar sus deficiencias, la conciencia de su hondura y dignidad desde la experiencia de la propia. Desde tal perspectiva se habr谩 de discernir los factores externos a la persona que afectan su afianzamiento en la verdad y la b煤squeda del bien; tambi茅n se acrecentar谩 el sentido cr铆tico y la energ铆a y perseverancia en los prop贸sitos rectos.

Sin embargo, es claro que la formaci贸n moral y humana no se sustenta con toda firmeza desprovista de un fundamento religioso. No se trata aqu铆 de acercarse a la religiosidad humana como medio para crecer en un comportamiento 茅tico. Tal perspectiva utilitarista ser铆a inaceptable. Se trata, m谩s bien, de reconocer que en lo 铆ntimo de la naturaleza humana est谩 la pregunta religiosa, est谩 lo que se ha llamado hambre de plenitud que en el encuentro con el Absoluto se expresa como hambre de Dios. Y de reconocer que desde esa peculiar relaci贸n se reconfigura toda la existencia humana.

5. Con la luz y la fuerza de la reconciliaci贸n

Desde la fe de la Iglesia sabemos que la vida plena de la persona humana, creada por Dios por amor y para el amor, se consigue con la apertura a la gracia, que es vida divina derramada por el Esp铆ritu Santo en la existencia de quien, por la fe y el bautismo, ha sido incorporado en el Pueblo de Dios. Jesucristo nos rescata de la esclavitud del pecado, y la gracia que su obra nos abre nos conduce 鈥攃ontando siempre con nuestra libre cooperaci贸n鈥� a la plena configuraci贸n con 脡l, quien es el modelo de vida humana plena, y a la participaci贸n de la misma vida de Dios, Comuni贸n de Amor.

Todo este ciclo de creaci贸n, pecado y regeneraci贸n en Cristo puede ser enfocado desde el tema de la reconciliaci贸n15.. Tras la amistad primera con Dios y la ruptura del pecado original, el ser humano padece otras tantas rupturas en su relaci贸n consigo mismo, con los dem谩s seres humanos y con la creaci贸n16. Ante esta situaci贸n de necesidad y postraci贸n, Dios determin贸 reconciliarnos con 脡l, libremente y por puro amor, y envi贸 a su Hijo (ver Jn 3,16; Col 1,20) para que asumiera nuestra naturaleza y se encarnara en el seno de la Virgen Mar铆a (ver G谩l 4,4). As铆 se da inicio a una nueva humanidad (ver 1Cor 15,45). Con su Muerte, Resurrecci贸n y Ascensi贸n, Jesucristo ha culminado esa obra reconciliadora con el Padre (ver Ef 2,16). Desde esa reconciliaci贸n fundamental que es la renovada amistad con el Se帽or, se desprenden tambi茅n la de las restantes tres relaciones de la persona humana. La reconciliaci贸n ya realizada debe ser apropiada por cada miembro de la Iglesia en su vida cotidiana (ver 2Cor 5,19), y ser anunciada y aplicada en el mundo.

Desde esta perspectiva, la violencia familiar se ubica como una categor铆a particular de ruptura a la que tambi茅n se aplica el don de la reconciliaci贸n. Al hablar de reconciliaci贸n en la familia 鈥攂ajo esta luz鈥� no se est谩 hablando de un acto solamente humano, ni simplemente de una conciliaci贸n entre dos personas que se encuentran en disputa, ni s贸lo de un acuerdo de buena voluntad entre las partes. Se est谩 hablando de una realidad que permite una comprensi贸n m谩s honda de lo que se pone en juego y que indica que Dios mismo nos vuelve a su amistad para indicarnos c贸mo desplegar nuestro ser persona, c贸mo vivir nuestras relaciones con las otras personas humanas tras las huellas de Jesucristo.

Se est谩 hablando tambi茅n de una realidad vital, de una fuerza y una energ铆a divinas que, derramadas por el Esp铆ritu Santo en los corazones (ver Rom 5,5), auxilian a los seres humanos en la tarea de ser cada vez m谩s personas. La respuesta a los fen贸menos de violencia familiar aparece, pues, en este marco, como un esfuerzo en el que se aclara m谩s y mejor el camino; en tal marco se refuerza tambi茅n 鈥攃on una iluminaci贸n y energ铆a superiores, divinas鈥� el trabajo por evitar la violencia, o por reconstituir lo que la agresi贸n pudiera haber mellado.

Hay una dimensi贸n de realismo en todo esto que nos aleja de soluciones f谩ciles y autom谩ticas. Se trata m谩s bien de un proceso sustentado en 煤ltimo t茅rmino en una conversi贸n cada vez m谩s sincera. En palabras del Santo Padre, 芦a la injusticia originada por el pecado 鈥攓ue ha penetrado profundamente tambi茅n en las estructuras del mundo de hoy鈥� y que con frecuencia pone obst谩culos a la familia en la plena realizaci贸n de s铆 misma y de sus derechos fundamentales, debemos oponernos todos con una conversi贸n de la mente y del coraz贸n, siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia al propio ego铆smo: semejante conversi贸n no podr谩 dejar de ejercer una influencia beneficiosa y renovadora incluso en las estructuras de las sociedad... Se pide una conversi贸n continua, permanente, que, aunque exija el alejamiento interior de todo mal y la adhesi贸n al bien en su plenitud, se act煤a sin embargo concretamente con pasos que conducen cada vez m谩s lejos. Se desarrolla as铆 un proceso din谩mico, que avanza gradualmente con la progresiva integraci贸n de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social del hombre禄17.

Pienso que estas reflexiones, ligadas a las propuestas concretas que en estos d铆as se van a compartir, puedan ayudar a dar un panorama m谩s claro, unas pistas de soluci贸n, una esperanza m谩s s贸lida, ante las lamentables situaciones de violencia familiar de las que hoy somos testigos.

Quiera Dios que logremos tal cometido.

Mons. Alberto Brazzini D铆az-Ufano, Obispo auxiliar de Lima, ha sido durante muchos a帽os presidente de la Comisi贸n de Familia, y actualmente es presidente de la Comisi贸n de Liturgia de la Conferencia Episcopal Peruana.


1

Juan Pablo II, Familiaris consortio, 42.

2

Juan Pablo II, Fides et ratio, introd.

3

Entendida esta violencia en sentido an谩logo. Ver Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 16.

4

Juan Pablo II, Discurso al Comit茅 administrativo de coordinaci贸n de la ONU, 7/4/2000.

5

Gaudium et spes, 24.

6

Juan Pablo II, Familiaris consortio, 11.

7

Gaudium et spes, 24.

8

Ver Juan Pablo II, Carta a las familias, 6.

9

Ver lug. cit.

10

All铆 mismo, 7.

11

Lug. cit.

12

Juan Pablo II, Familiaris consortio, 13.

13

All铆 mismo, 11.

14

Ley de protecci贸n frente a la violencia familiar (DS No. 006 97 JUS / 27-6-97), art. 2.

15

Ver Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 17.

16

Ver all铆 mismo, 15.

17

Juan Pablo II, Familiaris consortio, 9.
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