Luigi Peroni, Las virtudes heroicas del padre Pío, fundamento de su santidad
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Las virtudes heroicas del Padre Pío, fundamento de su santidad

Vivió de modo eminente las virtudes teologales: fe inquebrantable, esperanza firme y caridad sin límites

Las virtudes heroicas del padre Pío se manifiestan de forma impresionante a lo largo de su vida, desde la niñez hasta la muerte, pues, sin buscarse a sí mismo, cumplió escrupulosamente, sin límites y sin ahorrar sacrificios, los intereses de Dios.

El largo itinerario de su vida se puede resumir en pocas palabras: prolongadas oraciones, adoración eucarística, rezo del rosario, presencia puntual en el servicio del altar y del confesonario, poco descanso, poquísimo alimento, ninguna interrupción periódica del trabajo para recuperar fuerzas.

En la terrible oscuridad de la noche del espíritu, su fe inquebrantable obligó a su razón humana a someterse totalmente a la Verdad eterna; esa fe se mostró firmísima cuando su inteligencia, de manera dolorosa, se hallaba en las tinieblas, su voluntad en la aridez, su memoria en el vacío y su corazón en la extrema desolación.

Su esperanza tampoco atravesó momentos de abatimiento, y su voluntad, aun sometida a mil pruebas, permaneció siempre firme, confiando. contra toda esperanza, en el poder y en la bondad de Dios. Escribió a su confesor: «En medio del sufrimiento y la profunda oscuridad en que me encuentro inmerso continuamente, nunca pierdo la esperanza». Fue esta sólida virtud de su alma la que lo capacitó para abandonarse totalmente en manos de Dios.

La virtud de la caridad impulsó su voluntad a amar sin fronteras a Dios por sí mismo; vivió de caridad sobrenatural. Y, aunque practicó de forma eminente la fe y la esperanza («Dios aún no visto» y «Dios aún no alcanzado»), demostró con la vivencia de la caridad que tendía a unirse a Dios «como ya poseída». Y dado que «el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4. 16). pudo distribuir a manos llenas los frutos del amor de Dios.

Esta es la fuerza que lo impulsaba a dedicar tanto tiempo al confesonario, a la dirección espiritual, a la correspondencia epistolar con las personas que le pedían consejo, y al cuidado de quienes tenían necesidad de ayuda material. Pero no parecía resentirse de este inmenso sacrificio. Escribió a su confesor: «Me consumo de amor al prójimo...», «me veo arrastrado vertiginosamente a vivir para los hermanos...», «por ellos me atormenta un fuego devorador...».

La virtud de la prudencia se hallaba profundamente arraigada en él: era cauto, paciente: estaba atento para no dejarse engañar; sabía distinguir muy bien entre la prudencia que procede del Espíritu de Dios y la que proviene del espíritu del mundo. Eso quedaba de manifiesto sobre todo cuando debía juzgar la conducta moral y religiosa del prójimo: cuando debía encontrarse con personas que afirmaban tener visiones, revelaciones. sueños o locuciones: no siempre las aceptaba como auténticas.

En el ejercicio de la justicia, que tiene preeminencia sobre las otras tres virtudes morales, era escrupuloso en las valoraciones, tenaz y resuelto en las apreciaciones, sereno e imparcial al juzgar.

La fortaleza fue una virtud connatural en él; dominó tanto el apetito irascible, que daba la impresión de que las contrariedades, las pruebas más amargas y las persecuciones con que fue martirizado no le afectaban para nada. Conservó siempre el dominio de si mismo y nunca se mostró como una caña agitada por el viento.

La pasión por el placer sensible, es decir, el apetito concupiscible no le perturbó nunca; conservó siempre la inocencia bautismal. Escribió a su confesor: «El espíritu maligno, con toda clase de fantasías, trata de introducir en el corazón pensamientos impuros.., contra la santa castidad... Preferiría la muerte antes que ofender deliberadamente a mi querido Jesús con un solo pecado, aunque fuera venial...». A sus hijos espirituales les transmitió su rechazo de los pensamientos contra la castidad.

Consideró la pobreza como el tesoro escondido, por el que vale la pena desprenderse de todo.

Sufría a causa de los gastos que se hacían para embellecer el convento, que consideraba superfluos y «contrarios a la sencillez y pobreza seráfica».

Fue humilde, con una humildad admirable. Era mortificado en todo: inteligencia, voluntad y sentidos. Sentía dolor por «su infidelidad al autor de la vida»; se consideraba «una criatura mezquina», llena de miserias, inútil para todo.

Su dócil sumisión a la voz de la Iglesia era incondicional y su obrar era un «sentire cum Ecclesia». La obediencia a quien tuviera cualquier grado de autoridad no era considerada por el padre Pío como la sumisión a una orden humana, sino como la ejecución inmediata de la voluntad de Dios. Siempre obedeció, incluso a personas enemigas suyas, sin crítica, sin rencor, sin desprecio y sin protestas.

Ahora, por sus heroicas virtudes, el padre Pío es inscrito en el catálogo de los santos. Su mensaje al mundo se ha cumplido: un mensaje de reafirmación de los valores sobrenaturales, exigencia de autenticidad, de verdad, de humildad de vida y de caridad.

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