HomilÃa: Durante la misa en la solemnidad del Corpus Christi, celebrada por el cardenal Ruini, jueves 30 de mayo
La tarde del jueves 30 de mayo, solemnidad del «Corpus Christi» en el Vaticano, Juan Pablo II presidió en el atrio de la basÃlica de San Juan de Letrán, catedral de Roma, una misa que celebró el cardenal vicario, Camilo Ruini, con el que concelebraron el vicegerente, arzobispo Cesare Nosiglia; los cinco obispos auxiliares: Enzo Dieci, Armando Brambilla, Vincenzo Apicella, Salvatore Fisichella y Luigi Moretti; y los sacerdote diocesanos ordenados por el Papa el 21 de abril. Asistieron dieciséis cardenales, numerosos arzobispos y obispos, el cabildo de la catedral, sacerdotes, religiosos, religiosas y una gran asamblea de fieles de toda la diócesis. Animó la liturgia el coro de la capilla Lateranense, los jóvenes y los seminaristas de la diócesis. Su santidad, después de las lecturas, pronunció en italiano la homilÃa que ofrecemos. Al terminar la misa, tuvo lugar la procesión eucarÃstica hasta la basÃlica de Santa MarÃa la Mayor. El Santo Padre la presidió, recorriendo en la plataforma de un coche, adaptado para colocar la custodia en un trono, la vÃa Merulana, larga calle que une ambas basÃlicas romanas. Encabezaban la procesión los niños de primera comunión, que arrojaban flores al paso del SantÃsimo, al igual que los habitantes de las casas del trayecto; seguÃan los grupos de scout, las antiguas hermandades y cofradÃas de Roma y alrededores, con sus trajes adicionales, estandartes y banderas; los representantes de las asociaciones eucarÃsticas y de las parroquias romanas, los caballeros del Santo Sepulcro, párrocos, sacerdotes, religiosos, religiosas y una gran muchedumbre. A lo largo del recorrido, los balcones y las ventanas estaban adornados con flores, banderas, estandartes y tapices. Miles de fieles rezaban y cantaban al paso de custodia. Al llegar a la basÃlica de Santa MarÃa la Mayor, acogieron la procesión el cardenal Carlo Furno, acipreste de la basÃlica liberiana, el cabildo y el cardenal Opilio Rossi. Se entonó el «Tantum ergo» y Juan Pablo II impartió la bendición solemne con el SantÃsimo.
1. «Lauda, Sion, Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis»: «Alaba, Sión, al Salvador, tu guÃa y tu pastor, con himnos y cánticos».
Acabamos de cantar con fe y devoción estas palabras de la tradicionel Secuencia, que forma parte de la liturgia del Corpus Christi.
Hoy es fiesta solenme, fiesta en la que revivimos la primera Cena sagrada. Mediante un acto público y solemne, glorificamos y adoramos el Pan y el Vino que se han convertido en verdadero Cuerpo y en verdadera Sangre del Redentor. «Es un signo lo que aparece» —subraya la secuencia—, pero «encierra en el misterio realidades sublimes».
2. «Pan vivo que da la vida: este es el tema de tu canto, objeto de tu alabanza».
Celebramos hoy una fiesta solemne, que expresa el asombro del pueblo de Dios: un asombro lleno de gratitud por el don de la EucaristÃa. En el sacramento del altar Jesús quiso perpetuar su presencia viva en medio de nosotros, en la forma misma en que se entregó a los Apostóles en el cenáculo. Nos deja lo que hizo en la última Cena, y nosotros, fielmente, lo renovamos.
Según tradiciones locales consolidas, la solemnidad del Corpus Christi comprende dos momentos: la santa misa, en la que se realiza la ofrenda del Sacrificio, y la procesión, que manifiesta públicamente la adoración del santÃsimo Sacramento.
3. «Obedientes a us mandato, consagramos el pan y el vino, hostia de salvación». Se renueva, ante todo, el memorial de la Pascua de Cristo.
Pasan los dÃas, los años, los siglos, pero no pasa este gesto santÃsimo en el que Jesús condenó todo su evangelio de amor, Cordero inmolado y resucitado, por la salvación del mundo. Con este memorial la Iglesia responde al mandato de la palabra de Dios, que hemos escuchado también hoy en la primera lectura: «Recuerda… No te olvides» (Dt 8, 2. 14).
La EucaristÃa es nuestra Memoria viva. La EucaristÃa, como recuerda el Concilio, «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da lavida a los hombres por medio de su carne vivificada por el EspÃritu Santo. Asà los hombres invitados y conducidos a ofrecerse a sà mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo» (Presbyterorum ordinis, 5).
De la EucaristÃa, «fuente y cumbre de toda evangelización» (ib.), también nuestra Iglesia de Roma debe tomar diariamente fuerza e impulso para su acción misionera y para toda forma de testimonio cristiano en la ciudad de los hombres.
4 «Buen pastor, verdadero pan, oh Jesús, ten piedad de nosotros: aliméntanos y defiéndenos».
Tú, buen Pastor, recorrerás dentro de poco las calles de nuestra ciudad. En esta fiesta, toda ciudad, tanto la metrópoli como la más pequeña aldea del mundo, se transforman espiritualmente en la Sión, la Jerusalen que alaba al Salvador: el nuevo pueblo de Dios, congregado de todas las naciones y alimentado con el único Pan de vida.
Este pueblo necesita la EucaristÃa. En efecto, es la EucaristÃa la que lo convierte en Iglesia misionera. Pero, ¿es posible esto sin sacerdotes que remuevan el misterio eucarÃstico?
Por eso, en este dÃa solemne, os invito a rezar por el éxito de la Asamblea eclesial diocesana, que se celebrará en la basÃlica de San Juan de Letrán a parir del lunes próximo, y que prestará particular atención al tema de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Muchachos romanos, os repito las palabras que dirigÃ, durante la Jornada mundial de la Juventud de 2000, a los jóvenes reunidos en Tor Vergata: «Si alguno de vosotros (…) sietne en su interior la llamada del Señor a entregarse totalmente a él para amarlo "con corazón indiviso" (cf. 1 Co 7, 34), no se deje paralizar por la duda o el miedo. Pronuncie con valentÃa su sà sin reservas, fiándose de Aquel que es fiel en todas sus promesas»
5. «Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine».
«Te adoramos, oh verdadero Cuerpo nacido de la Virgen MarÃa».
Te adoramos, santo Redentor nuestro, que te encarnaste en el seno purÃsimo de la Virgen marÃa. Dentro de poco la solemne procesión nos conducirá a la más insigne templo mariano de Occidente, la basÃlica de Santa MarÃa la Mayor. Te damos gracias, Señor, por tu presencia eucaristÃa en el mundo.
Por nosotros aceptaste padecer, y en la cruz manifestaste hsata el extremo tu amor a toda la humanidad. ¡Te adoramos, viático diario de todos nosotros, peregrinos en la tierra!
«Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra, conduce a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos» Amén.
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