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S.S. Juan Pablo II, Jesucristo Evangelizador
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Jesucristo, evangelizador

Discurso de S.S. Juan Pablo II a los participantes en la IV asamblea plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina

Señores cardenales, amados hermanos en el episcopado; queridos sacerdotes, religiosos y laicos:

1. Con sumo gusto recibo esta mañana a los participantes en la IV reunión plenaria y en la sesión general de la Pontificia Comisión para América Latina, organismo de la Curia romana que tiene como objetivo primordial «promover y animar la nueva evangelización de dicho continente» (Discurso a la primera reunión plenaria, 7 de diciembre de 1989, 5). Esta Pontificia Comisión sirve también a la comunión entre las Iglesias de aquellas naciones del continente de la esperanza y la Sede de Pedro. Agradezco vivamente al señor cardenal Bernardin Gantin las amables palabras, que en nombre de todos, ha tenido a bien dirigirme.

Anunciad con entusiasmo el nombre de Jesús

2. Me ha complacido mucho saber que habéis iniciado vuestras tareas con una reflexión teológico-bíblica sobre Jesucristo evangelizador. Él es «el primero y más grande evangelizador» (Evangelii nuntiandi, 7), «evangelio del Padre» y «evangelizador viviente en su Iglesia» (Documento de Santo Domingo, I y II). Él guía el camino de la Iglesia universal, y por consiguiente el de las comunidades eclesiales de América Latina, hacia el tercer milenio del cristianismo.

Cuando el nombre de Jesús fue anunciado por primera vez en el nuevo mundo hace quinientos años, «el misterio de Cristo, salvador del hombre» comenzó a difundirse entre aquellos «pueblos del continente americano»: hombres y mujeres «conocidos por Dios desde toda la eternidad, y abrazados siempre con la paternidad que el Hijo ha revelado "en la plenitud de los tiempos" (Ga 4,4)» (Homilía, 1 de enero de 1992, 4).

Seguid preparando el Sínodo de América

3. Cinco siglos de evangelización, con todas sus vicisitudes, luces y sombras —«más luces que sombras»— (cf. carta apostólica Los caminos del Evangelio, 8: cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de julio de 1990, p. 6), han ido plasmando un catolicismo que en el último siglo, sin excluir dolorosas y agudas pruebas, ha hecho que éste sea también el «siglo de la Iglesia» en ese continente.

El Concilio plenario latinoamericano, convocado por mi predecesor el Papa León XIII y celebrado aquí en Roma el año 1899, y las cuatro Conferencias generales del Episcopado latinoamericano —Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo— han ido profundizando en la trayectoria de la nueva evangelización de aquellos pueblos. A ello ha contribuido también de manera notable el CELAM, que próximamente cumple sus 40 años de existencia (cf. Mensaje al CELAM, Pascua de 1995). A ello contribuirá también de manera eficaz e incisiva el Sínodo de América que ya se está preparando.

Agentes y promotores de la evangelización

4. Como puse de relieve en el discurso inaugural de la Conferencia de Santo Domingo, «condición indispensable para la nueva evangelización es poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados», (n. 26; cf. Pastores dabo vobis, 82). Por eso es muy oportuno el tema escogido para vuestra reunión. De cara al tercer milenio habéis examinado el problema de los evangelizadores: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos teniendo presente la importancia de la solidaridad y la cooperación, en orden a un intercambio de dones entre las Iglesias.

A los obispos, con los presbíteros, sus colaboradores inmediatos, les corresponde, por mandato divino y por la naturaleza jerárquica de la Iglesia, un cometido primordial en la evangelización. En efecto, entre sus principales funciones destaca el anuncio del Evangelio (cf. Lumen gentium, 25). De ahí la necesidad de la presencia asidua, activa, vigilante y estimulante de los pastores entre sus colaboradores y entre sus propios fieles.

Los religiosos y religiosas, por su vocación y entrega, tienen también una especial función en la tarea evangelizadora. Bien conocida es la gran labor misionera tan generosa y eficaz que realizaron y siguen realizando (cf. carta apostólica Los caminos del Evangelio, 2-3).

La Iglesia, además, es consciente de que para llevar a cabo esta obra necesita de la cooperación activa de los laicos y, entre ellos, la de los jóvenes, llamados a ser evangelizadores de los mismos jóvenes. En esta tarea la familia, santuario doméstico donde comienza y se afianza la vida cristiana y la vocación al apostolado, tiene también un papel básico.

Los jóvenes, protagonistas de la nueva evangelización

5. Por eso quiero pedir a las familias católicas de América Latina que sean generosas en facilitar que sus hijos e hijas sigan la llamada al sacerdocio o a la vida consagrada (cf. Pastores dabo vobis, 82), de modo que un florecimiento de vocaciones asegure la difusión y afianzamiento del cristianismo, así como la acción apostólica y misionera en ese querido continente.

A los jóvenes les dirijo un llamado a hacerse más disponibles en su entrega a Cristo al servicio de la Iglesia (cf. ib.). Ellos saben bien que al Señor, si no se le da todo, no se le ha dado nada. Por eso quiero recordar que «tengo una gran confianza en la capacidad que los jóvenes tienen de ser auténticos intérpretes del Evangelio» (Mensaje, 8 de mayo de 1995, 15). Ellos serán los artífices de la evangelización en el tercer milenio y de ellos depende que América Latina, continente evangelizado durante estos quinientos años, pase a ser en el tercer milenio un continente evangelizador que mire a Europa, a África y a los pueblos de Asia, como es el caso de las islas Filipinas, que fueron evangelizadas por España a través de México.

6. Jesucristo, sólo Jesucristo, «centro del cosmos y de la historia», ha de ser el centro de América Latina. «La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, redentor del hombre; hacia Cristo, redentor del mundo. A él queremos mirar nosotros, porque sólo en él, Hijo de Dios, hay salvación» (Redemptor hominis, 7).

7. Contemplando a Jesucristo evangelizador, aprenderemos a ser auténticos evangelizadores. Como él, debemos vivir de modo permanente y total la misión de evangelizar. Sin embargo, tengamos presente que «evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial» (Evangelii nuntiandi, 60). En efecto, «si cada cual evangeliza en nombre de la Iglesia, que a su vez lo hace en virtud de un mandato del Señor, ningún evangelizador es el dueño absoluto de su acción evangelizadora, con un poder discrecional para cumplirla según los criterios y perspectivas individualistas, sino en comunión con la Iglesia y sus pastores» (ib.). «Existe, por tanto, un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar» (ib., 16). «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (ib., 14) y «no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (ib., 22).

Opción preferencial por los pobres

8. «Unxit me evangelizare pauperibus», proclama Jesús (Lc 4,18). Los evangelizadores deben dedicar una atención preferencial a los pobres. Pobres son también de algún modo quienes ca-recen del bien fundamental de la salud: una pastoral sanitaria bien organizada forma parte igualmente de la tarea evangelizadora. En América Latina, además, «los más pobres entre los pobres» son los indígenas y los afroamericanos (cf. Puebla, 2.605). A ellos la comuni-dad cristiana debe dedicar su más gene-rosa ayuda.

Para evangelizar a los pobres, es necesario que la misma Iglesia en sus estructuras y en sus planes organizativos, refleje un rostro pobre y sencillo, poniendo su confianza no tanto en la eficacia de los medios materiales, con los que nunca se podrá contar suficientemente, cuanto en la fuerza del mensaje que es el de Jesús.

Con estas orientaciones y augurando copiosos frutos en vuestras tareas evangelizadoras, invoco sobre todos vosotros la constante protección de la Virgen María, estrella de la nueva evangelización, a la vez que os imparto con afecto mi bendición apostólica.

Vaticano, 23 de junio de 1995

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