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Mons. José Carlos de Lima Vaz, Consideraciones sobre la moral en el documento de Santo Domingo
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Consideraciones sobre la moral en el documento de Santo Domingo

1. Introducción

Lo primero que se debe notar es que el documento de Santo Domingo representa una grata novedad en relación a los documentos de las conferencias anteriores. Como dijo el Cardenal Sodano, Secretario de Estado de la Santa Sede que presidió la Conferencia de Santo Domingo, el lenguaje y el enfoque del documento es fundamentalmente religioso. «Se ha abandonado el planteamiento tradicional de los textos eclesiales latinoamericanos, el método usado por el episcopado latinoamericano durante estos años: es decir, “ver, juzgar y actuar”... En esta Conferencia, diría yo, hemos pasado del dominio del análisis sociológico de la realidad y sus problemas a la atención hacia la primacía del anuncio de Cristo»1.

En esa visión religiosa el Santo Padre, en su discurso inaugural de la Conferencia, resume el gran desafío que la misión evangelizadora pone en la actualidad a la Iglesia en América Latina. «Mediante el testimonio de una Iglesia cada vez más fiel a su identidad y más viva en todas sus manifestaciones, los hombres y los pueblos... podrán seguir encontrando a Jesucristo»2. «En plena fidelidad y pureza»3 a la fe, y viva en sus manifestaciones por un nuevo ardor —«la “parresía” que inflama el corazón del apóstol (cf. Hch 5,28-29)»4—, por nuevos métodos y expresiones, la Iglesia debe dar una respuesta eficaz a esta angustiante cuestión: «¿Cómo hacer accesible, penetrante, válida y profunda la respuesta al hombre de hoy, sin alterar o modificar en nada el contenido del mensaje evangélico? ¿cómo llegar al corazón de la cultura que queremos evangelizar? ¿cómo hablar de Dios en un mundo en el que está presente un proceso creciente de secularización?»5.

Es interesante ver que el Santo Padre señala dos niveles de desafíos.

El primero es interno, dentro de la propia vida de la Iglesia. Él lo define como el testimonio de una Iglesia «fiel a su identidad y más viva en todas sus manifestaciones»6. Este desafío toca el propio ser de la Iglesia en el continente. La fidelidad a lo que ella es y el vigor de la vida eclesial es lo que la torna capaz de dar testimonio de Cristo. No solamente debe encontrar la energía interior para cumplir su misión, sino que solamente así puede tener credibilidad delante de los hombres. La misión es ardua. Para nuestra Iglesia vale la exhortación con la que en el siglo III el gran obispo de Cartago, San Cipriano, preparaba a los cristianos para enfrentar el martirio: «¡Armémonos con todas las fuerzas, preparémonos para la lucha con un corazón puro, una fe íntegra y un vigor generoso!».

El segundo nivel de desafío se sitúa en el objeto mismo de la misión, que incluye la promoción humana y la cultura cristiana a ser alcanzadas por una evangelización nueva en sus métodos, en su expresión y en su ardor.

Estos dos desafíos están íntimamente interrelacionados. El segundo —evangelizar— es fundamento del primero y en él tiene su condición esencial. Evangelizar es pues consecuencia de ser verdaderamente Iglesia, en su autenticidad y en la vitalidad de sus expresiones.

En verdad, es por la pureza de la fe, por la fidelidad a la tradición eclesial, por la cohesión en torno al centro visible y permanente de la unidad que es el Sucesor de Pedro y, sobre todo, por la profundidad y autenticidad de su vida espiritual, que la Iglesia en el continente puede convertirse, realmente, en el sacramento de Jesucristo. Solamente en esas condiciones nosotros, hijos de la Iglesia, podremos, por el testimonio de vida y por el trabajo apostólico, anunciar a Jesucristo. Fuera de eso, no seremos más que «campanas que suenan o címbalos que retiñen» (1Cor 13,1). Podremos deslumbrar los ojos o encantar los oídos de las personas, pero nunca seremos instrumentos de la gracia divina para tocarles el corazón.

2. La evangelización de la cultura

El Papa y los obispos en Santo Domingo señalan tres grandes áreas prioritarias en el esfuerzo evangelizador en América Latina: la nueva evangelización en su ardor, sus métodos y expresiones, la promoción humana, y la cultura.

El Santo Padre sitúa el problema de la evangelización de la cultura de modo muy claro y objetivo. En su discurso a los obispos en Santo Domingo parte de una constatación básica sobre la posición de la Iglesia frente a las culturas tradicionales y a las que emergen en la sociedad actual del continente. Delante de estas culturas es necesario un «discernimiento evangélico» —«el discernimiento de las culturas como realidad humana a evangelizar»7—, es decir recibir el anuncio de Jesucristo.

Esto vale para las culturas tradicionales, que ya recibieron en parte este anuncio en el pasado. «La Iglesia en Latinoamérica ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción»8. Pero «la Iglesia mira con preocupación la fractura existente entre los valores evangélicos y las culturas modernas, pues éstas corren el riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución agnóstica y sin referencia a la dimensión moral»9.

Delante de este cuadro, el Papa insiste en la centralidad del hombre, «camino de la Iglesia», frente a los valores de las culturas emergentes de la llamada «modernidad» y concluye: «Si la verdadera cultura es la que expresa los valores universales de la persona, ¿qué puede proyectar más luz sobre la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre su libertad y destino que el Evangelio de Cristo?»10. Para los obispos el desafío de la evangelización de la cultura se centra en lo que ellos llaman la «inculturación del Evangelio», es decir el proceso de acogida de los valores auténticos de las diversas culturas y su fecundación con el Evangelio, mediante un proceso de discernimiento y de incorporación a éstos de la semilla evangélica que renueve por dentro esas culturas. Ese proceso solamente es válido cuando está en sintonía con las exigencias objetivas de la fe y en apertura a una comunión viva con toda la Iglesia11.

En el caso concreto del continente, los obispos destacan los principales desafíos en este campo de la evangelización de la cultura.

En primer lugar citan la situación de los indígenas y afroamericanos, sobre todo de los grupos que conservan sus tradiciones culturales y cuya pastoral no puede prescindir de un proceso lúcido y valiente de inculturación12.

Tratan después el problema de la cultura emergente, tanto la llamada modernidad con su dimensión personalista, racionalista y egocéntrica13, como el aspecto particular de la cultura urbana, cuya importancia en el continente crece rápidamente con la nueva distribución demográfica que viene ocasionando una gran concentración en la población urbana14.

Finalmente, los obispos abordan dos problemas de gran importancia como instrumentos de la evangelización de la cultura: la acción educativa de la Iglesia, sea ésta formal en la escuela, sea en los procesos informales en la familia y la sociedad15, y los medios de comunicación social, con una enorme influencia en el refuerzo o en la creación de nuevos hábitos de vida, aspiraciones y actitudes, en todos los niveles de la población16.

Incluso en forma resumida podemos vislumbrar cómo es amplia, compleja y difícil la realidad humana y social a la que debemos llevar el anuncio evangélico y que debe recibir de nosotros la proclamación de Cristo como nuestro Señor y Redentor. Se imponen, al parecer, dos conclusiones.

La primera es la necesidad de una preparación consciente y seria para el trabajo evangelizador. No es cuestión solamente de que se hable de Cristo. Lo importante es que las personas oigan y acojan lo que decimos. De ahí la importancia de que nuestro lenguaje sea comprensible y de que nuestro mensaje corresponda a los anhelos, preocupaciones, angustias y carencias de aquéllos a los que nos dirigimos.

La segunda es nuestra actitud humilde. Solamente con nuestro entusiasmo, con nuestra capacidad —ciertamente más limitada de lo que pensamos— poco o nada conseguiremos. Es necesaria la humildad interior y la oración, que atraerán para nuestro trabajo la acción fecundante del Espíritu que «os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26).

3. Los problemas morales, distinciones preliminares

En el marco de la evangelización de la cultura uno de los aspectos más importantes es la crisis moral, tratada en el apartado 3.1 del capítulo III de la segunda parte del documento de Santo Domingo: «Valores culturales: Cristo, medida de nuestra conducta moral».

El tema de la ética y de la moral no siempre ha sido abordado de modo claro en su metodología y en su concepción. Cuando se habla de la llamada crisis actual de la sociedad en el campo ético y moral se debe tener claramente en cuenta que algunos problemas son fundamentalmente distintos, aunque están íntimamente relacionados entre sí, en una interdependencia que les es esencial.

El primer problema es la crisis ético-moral, es decir una situación crítica que se observa en la práctica de la vida, en las costumbres y en los valores. Pero existe también una crisis de la ética y de la moral, es decir una distorsión en la elaboración doctrinal y teórica de la ética y de la moral en sus fundamentos y en su estructura normativa. Obviamente un documento pastoral como el de Santo Domingo aborda directamente el primer problema, sin embargo no puede dejar de aludir a los aspectos conceptuales de la ética y de la moral.

Otro problema es la distinción que se puede aceptar entre ética y moral. Ambos son saberes prácticos que tienen por objeto el comportamiento y la acción humana. Sin embargo, cuando se enfoca primeramente el comportamiento individual, ya sea en su singularidad o en su vida social, se habla propiamente de la moral. La ética acostumbra ser entendida, sobre todo, como el saber que tiene por objeto el comportamiento colectivo en la comunidad y en la acción política. Estos aspectos pueden interrelacionarse, pues tanto se habla de la ética del individuo y de la ética social, cuanto de moral personal y de la moral social. En el documento de los obispos se usa principalmente el término moral en sus dos significados: individual y social.

Un tercer problema se sitúa en la misma concepción de la ética y de la moral. Tradicionalmente ellas fueron elaboradas sobre todo a partir de su lado objetivo. La enseñanza se centraba en las normas objetivas cuyo fundamento eran la naturaleza humana, los preceptos religiosos o una interpretación de la realidad social. Así, la condición subjetiva de la persona quedaba en segundo plano y el ideal de la ética y de la moral se reducía a una adecuación formal del quehacer de la persona a las exigencias de esas normas objetivas. Hoy se da un énfasis mayor al lado personalista del quehacer ético o moral. En ese sentido, se ve primordialmente la decisión de la persona en su libertad y responsabilidad, no en el sentido de un subjetivismo radical sino en el de una confrontación del quehacer humano, en plena libertad y responsabilidad, con un modelo que le es propuesto como bueno, cierto e ideal para su plena realización. Una moral personalista no puede ser, por lo tanto, autonormativa. Eso llevaría a la imposibilidad de un orden moral y haría en última instancia imposible la vida social, y terminaría por tanto en una autodestrucción de la persona humana en su subjetividad.

Finalmente, sea bajo el aspecto objetivo —que observa sobre todo las normas—, o bajo el aspecto personalista —que tiene como énfasis la persona en su libertad y responsabilidad— pueden ser considerados dos tipos de concepción de la ética o de la moral. El primero es una ética o moral natural, enfocada en su lado puramente filosófico basado en la autonomía de la razón que procura en la naturaleza humana, de una forma o de otra, los fundamentos de la ética. El segundo es la ética o moral cristiana, que encuentra su fundamento mayor en la Revelación divina y que se convierte en un capítulo de la teología.

En el caso de una ética o moral personalista cristiana, el fundamento del quehacer moral es la confrontación de la persona humana, en su libertad y responsabilidad, con el modelo perfecto que es Jesucristo. Esta ética o moral personalista cristiana es también llamada moral evangélica. No hay oposición entre las dos concepciones basadas en diferentes fuentes de la moralidad o de la eticidad. En verdad la moral cristiana, que tiene como paradigma al propio Jesucristo, no se opone ni destruye una ética o moral natural, sino que la enriquece y le da una consistencia y una dimensión imposibles de ser conseguidas por el solo esfuerzo de la razón humana no iluminada por la fe.

Así, un discurso ético o moral, en una visión personalista cristiana, no interesa solamente a los fieles, sino que puede iluminar y ser plenamente aceptado por todos los hombres. Ella se convierte en un capítulo importante de la evangelización en su sentido primero: «anunciar a una persona, que es Cristo»17, como dijo el Santo Padre en su discurso a los obispos en Santo Domingo.

4. La crisis ético-moral en el mundo de hoy

Estas consideraciones iniciales, importantes para una mayor claridad de los conceptos, abren el camino a un análisis de la crisis de la ética o de la moral que se observa en el mundo de hoy. Ella es compleja y difícilmente reducible a un esquema. Se puede, no obstante, señalar dos aspectos de esa crisis que interesan de modo especial a la misión evangelizadora de la Iglesia: la subjetividad ética y la ética de resultados o también llamada ética proporcionalista.

La subjetividad ética pone la conciencia individual como la norma última de la moralidad. Según ella, una acción objetivamente condenable se convierte en lícita, si su maldad objetiva no es captada por la conciencia, es decir por la subjetividad ética de la persona. La crisis derivada de la subjetividad ética es la oposición entre las dos dimensiones de la moralidad: autonomía o heteronomía, libertad o norma, autodeterminación o determinación que viene de la ley.

Está claro que la conciencia individual es el supremo reducto de la libertad humana —«el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios», como dice la Gaudium et spes18. Pero eso no significa que la conciencia se determine por sí misma, sin un referencial que le es anterior y que es independiente de ella. Ese referencial es la verdad objetiva, una distinción entre el bien y el mal, que encuentra en la ordenación divina su criterio último. La subjetividad ética implica la negación de la creaturalidad del hombre, en el rechazo de su sujeción al Creador y Señor, y evoca la primera tentación: «Seréis como dioses, conociendo (es decir, definiendo, en el sentido bíblico de la palabra) el bien y el mal» (Gén 3,5).

Esa subjetividad, negando que haya una ley superior y por consiguiente referenciales que obliguen y normen el quehacer humano, lleva a la consecuencia absurda de que no hay una verdad objetiva en las relaciones personales del hombre, creatura, con su Creador y Señor. En consecuencia, las decisiones de la conciencia individual estarán inevitablemente en conflicto con las decisiones de las conciencias individuales de las otras personas. Así pues, no teniendo una base común, se convierte en algo imposible al ser humano, en su quehacer, el convivir con otros hombres, crear una sociedad justa y llegar a una comunión profunda y verdadera con sus semejantes.

Cerrado en su subjetividad ética, el hombre se convierte en impermeable a Dios y al verdadero amor al prójimo. Su conciencia individual pasa a ser determinada por las condiciones sociales en las que vive, por la cultura que lo rodea y por la opinión pública que lo asedia. Su libertad se vuelve totalmente comprometida y el hombre acaba cayendo en la esclavitud del egoísmo, de la ambición por la posesión de los bienes materiales o por el poder sobre las personas y las cosas, y de la fruición sin límites del placer sensible. El hombre se convierte en esclavo del pecado, utilizando el lenguaje de la fe cristiana.

Por encima de la conciencia individual existe, pues, una verdad y solamente la verdad libera al hombre (Jn 8,32). Esa verdad está insertada en la naturaleza humana creada por Dios y a ella puede llegar el hombre por la vía del conocimiento natural (Rom 2,1-16). Pero la verdad del Padre se reveló en Jesucristo, Camino y Verdad, que así se convirtió en «la raíz y norma de la libertad» humana, como dice la Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, de la Congregación para la Doctrina de la Fe19.

La crisis que nace de la exacerbación de la subjetividad ética tiene sus raíces en el intento del racionalismo moderno de buscar una moral puramente racional por encima de las diferencias entre las diversas religiones. Kant intentó formular una ética absolutamente autónoma como imperativo de la razón práctica. Freud propuso una superación de cualquier censura interna a la conciencia individual.

Hoy se llega al relativismo moral que significa, en el fondo, la supresión de la moralidad. Es bueno lo que me interesa, lo que me causa placer, lo que me parece que me conduce al bienestar material o psicológico, lo que no entra en conflicto con mis proyectos personales. ¿Quién puede negar que existe, de modo difuso, este tipo de visión del quehacer humano en nuestra sociedad hedonista, permisiva, cuyos ídolos son el dinero, el poder o el disfrute sin límites de todo lo que me causa placer?

La ética de resultados o proporcionalista es una deformación de la conciencia moral, consecuencia del así llamado pensamiento ideológico.

La ideología es un concepto introducido a comienzos del siglo XIX que se transformó, sobre todo en el pensamiento marxista, de una acepción inicialmente peyorativa (una deformación de lo real) en una visión de la realidad política y social proyectada para la realización de una sociedad ideal. Se asocia a una función social del conocimiento, procurando legitimar y reproducir socialmente la acción humana tendiente a transformar la vida personal o de la sociedad, de acuerdo con un determinado proyecto, conforme a los intereses de una persona o grupo. Así, pues, pierden sentido las normas éticas que configuran la conciencia individual. Ésta última pasa a ser determinada por la vida, por las exigencias tácticas, buscando un objetivo mayor que es la transformación de las condiciones de la vida personal o de la sociedad. Un bien absoluto pasa a ser un proyecto personal o social. Todo lo que lleve a él justifica el uso de la violencia, del robo, de la mentira y otros crímenes.

Esta ética de resultados o moral proporcionalista presentó y presenta momentos significativos para la crisis del mundo de hoy. Nietzsche intentó superar cualquier censura en el quehacer humano en la búsqueda de un nuevo hombre, un superhombre, que estuviese más allá del bien y del mal. Su filosofía está en la raíz de los totalitarismos que tuvieron momentos trágicos en nuestro siglo con el nazismo y el fascismo y aún se manifiesta en grupos radicales que se caracterizan por el comportamiento violento sobre todo en el campo político.

La llamada «teología de la liberación», al absolutizar la transformación sociopolítica de la sociedad según los intereses de un grupo social —los pobres o empobrecidos— cayó en una deformación moral de tipo proporcionalista denunciada por la Instrucción Libertatis nuntius de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en 198420.

Finalmente, no deja de estar difundida en la sociedad actual y también en los medios cristianos, una sumisión de la conciencia moral al referencial mayor del interés personal. El Santo Padre, hablando a los obispos norteamericanos en su visita pastoral a los Estados Unidos en setiembre de 1987, denunciaba que existe «cierta tendencia por parte de algunos católicos, a ser selectivos en su adhesión a las enseñanzas morales de la Iglesia»21, refiriéndose de modo especial a algunos temas de la moral sexual y al respeto a la vida naciente en el caso del aborto.

Ése es un caso típico de esta mentalidad difusa que se encuentra no solamente en los medios descristianizados de la sociedad sino, incluso, en muchos ambientes cristianos, en los cuales la práctica religiosa y sus exigencias morales quedan en un segundo plano en relación al proyecto personal de bienestar de cada persona.

Todo esto muestra la extensión y profundidad de la crisis moral que constituye uno de los mayores desafíos para la evangelización de nuestro continente.

5. La aproximación de la conferencia de Santo Domingo

El Santo Padre, en su discurso a los obispos, trata en varios momentos de la crisis moral de la sociedad. «En los ambientes urbanos crece una modalidad cultural que, confiando sólo en la ciencia y en los avances de la técnica, se presenta como hostil a la fe. Se transmiten unos “modelos” de vida en contraste con los valores del Evangelio. Bajo la presión del secularismo, se llega a presentar la fe como si fuera una amenaza a la libertad y autonomía del hombre»22.

Hablando de la cultura cristiana, el Santo Padre aborda la crisis moral sobre todo en los medios más ilustrados de la sociedad. «La ausencia de esos valores cristianos fundamentales en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo trascendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso —también en América Latina—, sino que, a la vez, es causa determinante del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona. Frente a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico sobre los valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos, que frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por el bien como por el mal»23.

La respuesta del Santo Padre, coherente tanto con su pensamiento filosófico anterior al Pontificado —un personalismo cristiano—, como con toda su enseñanza magisterial —desde la Redemptor hominis—es una sola: encontrar «a Jesucristo, y en Él la verdad de su vocación y su esperanza, el camino hacia una humanidad mejor»24.

En su documento, los obispos en Santo Domingo toman una posición clara e inequívoca por una visión moral personalista a la luz de la fe —es decir, una moral personalista cristiana—. Esto aparece claro en el mismo título del capítulo III sobre la Cultura Cristiana, en el apartado 3.1: «Valores culturales: Cristo, medida de nuestra conducta moral». Sin embargo, como ya se ha señalado anteriormente, este enfoque teológico que da un carácter religioso al discurso de los obispos no les impide abordar los problemas de orden moral, político o económico que son manifestaciones de la crisis moral en el continente. En ese sentido, el documento adopta un discurso fundamentalmente religioso, como conviene a un documento pastoral, pero con un alcance más amplio que el de la propia comunidad de los fieles y que interesa e ilumina a todos los hombres de buena voluntad.

El texto del documento es bastante denso y merece un análisis cuidadoso. «Creados a imagen de Dios, tenemos la medida de nuestra conducta moral en Cristo, Verbo encarnado, plenitud del hombre. Ya el quehacer ético natural, esencialmente ligado a la dignidad humana y sus derechos, constituye la base para un diálogo con los no creyentes»25.

Esta afirmación preliminar de una posición personalista cristiana para el comportamiento moral del fiel se completa con la aceptación explícita de una posición personalista natural que abre, en el discurso de los obispos, el camino para abordar los problemas sociales y culturales dentro de la óptica de una moral natural. Así, ellos dejan claro que su documento, no obstante estar dirigido directamente a los fieles, interesa a todos y favorece el diálogo con los que no profesan la fe cristiana.

La posición moral personalista cristiana tiene su origen en la realidad sobrenatural de la gracia recibida en el bautismo: «Por el bautismo nacemos a una nueva vida y recibimos la capacidad de acercarnos al modelo que es Cristo. Caminar hacia Él es la moral cristiana; es la forma de vida propia del creyente, que con la ayuda de la gracia sacramental sigue a Jesucristo, vive la alegría de la salvación y abunda en frutos de caridad para la vida del mundo»26. Queda pues claramente señalado que el modelo del quehacer cristiano es el propio Jesucristo, y de esta realidad se irradia todo el proceso de la vida cristiana en su interioridad de gracia y en su expresión por el ejercicio de las virtudes. Conocer, amar y seguir a Jesucristo es el núcleo de la vida cristiana.

En seguida los obispos subrayan dos dimensiones de esta vida cristiana en su quehacer moral. La primera es la formación de la conciencia. «Consciente de la necesidad de seguir este camino, el cristiano se empeña en la formación de la propia conciencia. De esta formación, tanto individual como colectiva, de la madurez de mentalidad, de su sentido de responsabilidad y de la pureza de las costumbres depende el desarrollo y la riqueza de los pueblos»27. El texto muestra claramente que la formación de la conciencia se desdobla en tres campos de gran alcance para la recuperación de la vida social: una nueva mentalidad, un sentido de responsabilidad y un comportamiento virtuoso de los individuos. Todo esto conducirá a una reforma profunda de la vida social.

La otra dimensión es la participación eclesial del fiel, alimentada por la vida sacramental: «La moral cristiana sólo se entiende dentro de la Iglesia y se plenifica en la Eucaristía. Todo lo que en ella podemos ofrecer es vida; lo que no puede ofrecerse es el pecado»28.

Este aspecto eucarístico de la vida moral, dentro de la visión del personalismo cristiano, es sumamente rico. Cristo no es solamente el modelo a través del conocimiento que de Él nos legaron los Evangelios y la Tradición viva de la Iglesia como un personaje del pasado. Él es el modelo del cristiano en su realidad viva y misteriosa en la Iglesia. La aproximación del modelo vivo se realiza, principalmente, en el misterio eucarístico. En la Eucaristía el cristiano le ofrece al Padre su vida en unión con el sacrificio de Cristo y, por eso, esta vida se vuelve «una hostia viva, santa y agradable a Dios» (Rom 12,1) y el cristiano es un «edificio espiritual dedicado a un sacerdocio santo, ofreciendo sacrificios espirituales, aceptables a Dios por mediación de Jesucristo» (1Pe 2,5).

6. Los desafíos pastorales en el campo moral

El cuadro del ambiente moral del continente es bastante desafiante y los obispos lo analizan en cinco aspectos principales.

El primero es la constatación consoladora de que, en medio del pueblo fiel, existe todavía una significativa fidelidad a Cristo que se manifiesta a pesar de encontrarse en circunstancias adversas. Sin embargo, el pueblo se encuentra sometido al asedio de una mentalidad que le puede deformar la conciencia, hacerle perder el sentido del pecado y caer en el permisivismo moral. Este peligro es tanto mayor cuanto más se diluye el espíritu de fe, disminuye la práctica del sacramento de la penitencia y no hay una enseñanza clara y verdadera del magisterio moral de la Iglesia29.

El segundo aspecto es la corrupción generalizada en el mundo político, el trato inescrupuloso de los recursos públicos, la demagogia, el populismo, la mentira. A ello se suma la deficiencia en la aplicación de la justicia y la consecuente impunidad. Así pues, el pueblo sintiéndose inseguro, engañado y explotado, cae en el escepticismo. La desconfianza en los dirigentes políticos lleva al pueblo a una atonía social en donde crecen el egoísmo, la falta de interés por el bien común y una insensibilidad preocupante. A ese cuadro agregan los obispos la injusta distribución de la tierra y las agresiones al medio ambiente, señales claras de esa insensibilidad social30.

El tercer aspecto se refiere al respeto a la vida. Denuncian los obispos una mentalidad y acciones concretas contra la vida: campañas antinatalistas, la manipulación genética, el crimen abominable del aborto y la eutanasia. La vida pasa a ser no ya un bien en sí mismo, sino una conquista donde prevalece el fuerte sobre el débil y el indefenso. Todo esto representa un atentado a la libertad y dignidad del ser humano, reducido a una pieza descartable en el vasto engranaje de una sociedad en competencia, regida solamente por la razón técnica y por la búsqueda de la eficacia en los resultados31.

El cuarto aspecto es el de la violencia, reflejo trágico de esta cultura de muerte, que se manifiesta en la criminalidad creciente, en el terrorismo, en el consumo y el tráfico de drogas, en el abuso y la deformación de la sexualidad, en los atentados contra los niños, los hombres y las mujeres a través de la industria de la prostitución y de la pornografía, de la promiscuidad y del permisivismo sexual que van haciendo crecer el fantasma del sida y de otras enfermedades32.

Finalmente, el quinto aspecto es la difusión del relativismo moral. Los medios de comunicación social y la propia cultura dominante abogan por lo que se llama una «ética civil o ciudadana» que se basa en el consenso de las personas con los valores dominantes sin ninguna referencia a las exigencias de la moral natural o de la ley cristiana. Así pues, el referencial ético que se va difundiendo pasa a ser este consenso de las personas, las circunstancias y los intereses en juego. Es claro que tal relativismo moral va a ocasionar una completa destrucción del tejido social con todo lo que eso significa de injusticias, de confrontaciones, de opresión y de degradación de los derechos y de la dignidad de las personas33.

Ante este panorama, los obispos contraponen seis propuestas pastorales que la Iglesia en el continente debería asumir en el marco de la nueva evangelización34. Aquí están simplemente relacionadas. Su implementación debe ser la respuesta del trabajo evangelizador al que la Iglesia en América Latina está convocada.

1. La formación cristiana de las conciencias, una insistencia en lo que es el pecado personal, en la vida de la gracia y en la experiencia personal del Espíritu Santo.

2. El trabajo con los medios de comunicación social y la pastoral de la familia.

3. El cuidado en la enseñanza de la moral cristiana, integral, auténtica, plenamente de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, sin las concesiones y reticencias frecuentemente observadas en algunos ambientes de la Iglesia.

4. La formación permanente de obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos y una recuperación de la predicación moral en las celebraciones litúrgicas, en las celebraciones populares y el incentivo a la práctica de la confesión sacramental.

5. El combate sin tregua y la denuncia de la droga, su consumo y sobre todo su comercio, favoreciendo e incentivando la solidaridad y la cooperación internacional en la erradicación de este flagelo de nuestros tiempos.

6. Procurar orientar, con los principios de la moral cristiana y natural, a los que detentan el poder político y económico y favorecer un diálogo con ellos en la búsqueda de la justicia y la paz social.

7. Conclusión

Aquí interesa, sobre todo, la respuesta que cada cristiano debe dar frente a esta situación. Entre muchas propuestas prácticas, son presentadas solamente tres, muy concretas y fundamentales. Otras también podrían ser consideradas.

La primera es el cuidado en la renovación personal de la vida cristiana, un incentivo al recurso frecuente a la vida sacramental, en especial al sacramento de la penitencia como medio importante para la formación de la conciencia y la valorización de la vida en la gracia divina.

En segundo lugar, debe fomentarse una formación doctrinal más profunda y segura. En este campo la Iglesia ofrece hoy un instrumento precioso que es el Catecismo de la Iglesia Católica. Debería difundirse entre los fieles y tornarse el instrumento principal de un proceso sistemático y permanente de formación doctrinal.

Finalmente, dentro de la perspectiva de una moral personalista cristiana, debería cada uno comprender y vivir la consecuencia primera de su consagración bautismal: el seguimiento personal de Cristo, el Señor, y la experiencia de la vida en el Espíritu Santo cuyos frutos son las virtudes cristianas.

Está claro que en este campo, como en muchos otros, surge como modelo e ideal la figura de la Virgen María. Inmaculada, inmune de todo pecado y llena de la gracia divina, María es para nosotros aquella que nos guía, aquella que con su solicitud maternal nos convoca para la oración y la penitencia, y aquella que en su gloria nos muestra lo que será nuestra realización definitiva en el seguimiento de su Hijo Divino.

Mons. José Carlos de Lima Vaz es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de San Sebastián de Río de Janeiro. Fue Rector de la Universidad Católica de Goiás. Entre sus varios trabajos publicados pueden ser mencionados: La Universidad Católica en el Brasil y Tensiones y reconciliación en la vida familiar.


1

Cardenal Angelo Sodano, en revista «30 días en la Iglesia y en el mundo», edición española, 1992, año VI, n. 62, p. 25.

2

Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 1.

3

Allí mismo, 7.

4

Allí mismo, 10.

5

Lug. cit.

6

Allí mismo, 1.

7

Allí mismo, 20.

8

Allí mismo, 24.

9

Allí mismo, 22.

10

Lug. cit.

11

Ver Redemptoris missio, 52-54.

12

Ver Santo Domingo, 243-251.

13

Ver Santo Domingo, 252-254.

14

Ver Santo Domingo, 255-262.

15

Ver Santo Domingo, 263-278.

16

Ver Santo Domingo, 279-286.

17

Ver Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 7.

18

Ver Gaudium et spes, 16.

19

Ver Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, 3.

20

Ver Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis nuntius, VI, 9.

21

Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Estados Unidos en el refectorio del seminario menor de Nuestra Señora de los Ángeles, 16/9/1987, 5.

22

Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 11.

23

Allí mismo, 21.

24

Allí mismo, 1.

25

Santo Domingo, 231.

26

Lug. cit.

27

Lug. cit.

28

Lug. cit.

29

Ver Santo Domingo, 232.

30

Ver Santo Domingo, 233.

31

Ver Santo Domingo, 234.

32

Ver Santo Domingo, 235.

33

Ver Santo Domingo, 236.

34

Ver Santo Domingo, 237-242.
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