El mundo actual nos plantea a los cristianos un gran reto. Nos encontramos en una sociedad que vive de espaldas a Dios, encerrada en el dinamismo suicida del egoísmo y la mentira existencial como forma usual de vida. Un mundo esclavo de múltiples rupturas y contradicciones, donde la cultura de muerte, con su endiosamiento del poder, del tener y del placer desenfrenados, lo penetra todo. Un mundo en el que muchos de los seres humanos se precipitan —aun sin darse al principio bien cuenta de ello— por la dramática pendiente de la desesperanza, en que tantos y tantos corazones sufren la terrible angustia de sentirse viviendo en medio del desierto del sinsentido, de la soledad, del sufrimiento. En un mundo que agoniza por falta de luz y calor, no debemos permanecer indiferentes.
Frente al duro panorama que nos rodea, hoy más que nunca suena con dramática urgencia el llamado que el Señor Jesús nos hace a cada uno de nosotros: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» 1 . El Señor Jesús es la respuesta a la crisis del hombre, ya que sólo Él es Camino, Verdad y Vida 2 , sólo Él tiene palabras de vida eterna 3 , sólo Él es el agua viva que calma nuestra profunda sed de infinito 4 . Y quien se ha encontrado con el Hijo de Santa María no puede hacer menos que comunicarlo a los demás. Optar por el Señor Jesús es optar por el amor y su dinamismo, que desde la realidad personal se extiende hacia los demás. El apostolado es sobreabundancia de amor.
El horizonte evangelizador que se nos presenta es inmenso, pues «es todo un mundo el que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de salvaje en humano, de humano en divino, es decir según el corazón de Dios» 5 . Grande y a la vez apasionante tarea, que lleva a las personas que han ahondado en su interior a repetir con el Apóstol: «¡Ay de mí, si no predicara el Evangelio!» 6 .
La evangelización es una vocación propia de la Iglesia, la esencia de su identidad más profunda 7 . Por el Bautismo nacemos en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Por eso, la vocación de todo fiel cristiano es, por su propia naturaleza, vocación al apostolado 8 . Es el mismo Señor Jesús quien nos convoca a ser sus apóstoles 9 , llamándonos a cada uno por nuestro nombre 10 , encomendándonos el ministerio de la reconciliación 11 .
El apostolado es, pues, una tarea fundamental para todo cristiano. Somos convocados a secundar a María en su labor evangelizadora de conducir a todos los hombres hacia el encuentro con el Señor Jesús, su Hijo. En efecto, por el don de la maternidad espiritual, María debe dar a luz a Cristo en los hombres, según el Plan de Dios. Cuando hacemos apostolado, colaboramos con nuestra Madre en su tarea evangelizadora.
Ser apóstol no es el resultado de un estudio frío, racional, técnico, sino fruto del encuentro personal con el Señor Jesús, del compromiso profundo con el Hijo de María. Es ser testigo de la resurrección del Señor. Ser apóstol es proclamar al Señor en primera persona, trasmitiendo lo que se vive 12 , en el ambiente donde cada uno se encuentra. Este anuncio de la Buena Nueva comienza con el propio testimonio de vida. Pero también se hace necesario dar razón de nuestra esperanza 13 mediante un anuncio claro, audaz y explícito del Señor Jesús, en un compromiso apostólico concreto.
Un ciego no puede guiar a otro ciego 14 . De ahí que el primer campo de apostolado sea uno mismo. El apóstol debe trabajar incansablemente por su propia conversión, debe colaborar activamente con la gracia para vivir la reconciliación; formándose sólidamente en la fe, alimentándose en la Eucaristía, renovándose en el sacramento de la reconciliación, cimentándose en la oración asidua 15 . El apostolado que no nace de un corazón cada vez más reconciliado es estéril, se convierte en una mera proyección de la propia ruptura interior 16 .
En nuestra acción apostólica nos acompaña la presencia maternal de María como Estrella de la Nueva Evangelización que guía nuestros pasos y como modelo del servicio apostólico 17 . Aquella que fue la primera discípula del Señor, que con su presencia anunció la Buena Nueva a su prima Isabel y presidió con su oración el inicio de la evangelización de la naciente Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo, es testimonio vivo y actual de servicio evangelizador y de entrega amorosa a los seres humanos.
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