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Cardinal Sean O`Malley, La respuesta cristiana: La fe como acontecimiento en la historia
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La respuesta cristiana : La Fe como acontecimiento en la historia

Mons. Sean O’Malley
Obispo de Fall River

1. Introducción

He interpretado, en el contexto de este Congreso, que mi aporte puede concentrarse alrededor de la profundidad teológico-pastoral de cinco documentos del magisterio de Juan Pablo II: las encíclicas Centesimus annus, Veritatis splendor, Evangelium vitae y Ut unum sint, junto con la carta apostólica Tertio millennio adveniente. A estos cinco documentos sólo agrego otras dos referencias: las conclusiones de Santo Domingo de la Iglesia en América Latina y los Lineamenta para el Sínodo de América. Esto limita mi trabajo, pero, creo yo, lo orienta hacia la finalidad de este Congreso teológico.

2. Una mirada al mundo desde la perspectiva de fe de Juan Pablo II

Al querer hablar de la fe como acontecimiento en la historia, podría hacer un intento de discurso sobre cómo la vida y la misión de la Iglesia se realizan a su paso por nuestro mundo, partiendo del principio que sienta San Juan de que ella, “vive en el mundo, aunque no es del mundo”1.

Pues bien, ese discurso lo asumo y hago un intento por actualizarlo en este final del siglo XX partiendo de la enseñanza del Santo Padre en esa fase luminosa de su magisterio, al fin de la guerra fría y superadas muchas de las controversias del post-Concilio; de ahí que me pregunte: ¿Cómo es ese mundo en donde la fe cristiana se hace hoy acontecimiento? ¿Será posible tener de él una visión teológico-pastoral coherente? Y a ambos interrogantes debo responder que sí, gracias al esfuerzo del Santo Padre, que ha querido reactualizar el análisis que en 1965, hace ya casi 31 años, el Concilio Vaticano II hiciera en su constitución pastoral Gaudium et spes. Veamos el resultado de mi intento concretado en cinco proposiciones teológico-pastorales.

2.1. A la luz de la Centesimus annus: la derrota de las ideologías

A los 100 años de la Rerum novarum, Juan Pablo II hace un análisis sobre la caída del marxismo-leninismo en la Europa Oriental en 1989 y 1990; y de paso, señalaba el quid o clave de la derrota de las ideologías que no es otro que el reducir al hombre a una serie de relaciones sociales o económicas, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral, tanto en el socialismo2, como en la sociedad de consumo capitalista3. Así mismo, las ideologías inspiradas en conceptos como el de “seguridad nacional” destruyen la libertad y los valores de la persona humana4, y la llamada “cuestión ecológica” en su raíz también es consecuencia de un error antropológico5.

Las ideologías analizadas y criticadas lúcidamente por Pablo VI en la Evangelii nuntiandi y por la Iglesia latinoamericana en el documento de Puebla, después de haber sido consideradas como las estructuras indispensables para la comprensión del fenómeno social, se quiebran, se opacan, llegan a su ocaso en la revolución de 1989, aunque sobrevivan sus residuos, como suele suceder en todos los fenómenos de la historia.

Ciertamente la fe que hoy puede dar respuesta a los desafíos del Tercer Milenio es una fe que ya no es deudora ni confrontadora con las ideologías. La afirmación de Pablo VI y de Puebla de que la doctrina social de la Iglesia no es una ideología, se confirma; y la luz del Evangelio no necesitará a partir de la Centesimus annus referirse a las ideologías, ni proponer modelos6, sin que por eso deje esa misma fe de ser la instancia desde la cual se juzgue el papel del Estado, de la economía, de la política y la cultura. Es esa fe, que se centra en el hombre y que conoce al hombre y su sentido gracias a la revelación en Cristo7, la que convierte a la antropología en parte fundamental de la teología8.

2.2. La decepción de la razón en la crisis de la post-modernidad desde la perspectiva de la Veritatis splendor

El capítulo II de la encíclica Veritatis splendor —titulado «No os conforméis a la mentalidad de este mundo» (Rom 12,2)—, al hacer el discernimiento de algunas tendencias de la teología moral actual, de paso hace una descripción de la crisis de la post-modernidad, que es crisis del subjetivismo, del racionalismo, del positivismo. Se llega a una exaltación de la libertad que la desnaturaliza. Se alaba la razón de tal manera que se pierden los valores morales. Se desnaturaliza la autonomía moral del hombre, como si ésta significara el rechazo a la ley de Dios.

Frente a esta situación la fe cristiana es explicada como «una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida9. Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como Él vivió10, o sea, en el mayor amor a Dios y los hermanos»11.

Esa fe, que tiene contenido moral, llega a ser «confesión», se convierte en «testimonio», pudiendo llegar hasta el «martirio»12. Frente a la crisis de la post-modernidad, Juan Pablo II reafirma la existencia de normas morales universales e inmutables al servicio de la persona y de la sociedad13, capaces de renovar la vida social y política14.

2.3. La defensa de la vida, el gran reto de la fe en la Evangelium vitae

Juan Pablo II, en la introducción a la encíclica Evangelium vitae, hace una comparación. «Si la Iglesia al final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy»15, de tal manera que esta encíclica quiere ser «una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!»16.

La fe de hoy pasa forzosamente por el anuncio del Evangelio de la vida17, el cual debe celebrarse18 y al cual debe servirse19. Ese Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres20 e implica realizar un cambio cultural21.

2.4. La conciencia de la unidad perdida y el camino de su resurrección desde la Ut unum sint

Juan Pablo II plantea cómo la fe que debe vivirse en este final del segundo milenio implica siempre una dimensión ecuménica y dice: «Una Comunidad cristiana que cree en Cristo y desea, con el ardor del Evangelio, la salvación de la humanidad, de ningún modo puede cerrarse a la llamada del Espíritu que orienta a todos los cristianos hacia la unidad plena y visible. Se trata de uno de los imperativos de la caridad que debe acogerse sin compromisos. El ecumenismo no es sólo una cuestión interna de las Comunidades cristianas. Refleja el amor que Dios da en Jesucristo a toda la humanidad, y obstaculizar este amor es una ofensa a Él y a su designio de congregar a todos en Cristo»22.

Ciertamente esta dimensión de la fe que nos toca vivir ahora es una desafío que los creyentes debemos aceptar23, ya que es el camino de la Iglesia24, que implica renovación y conversión25, aun cuando el trecho que nos toque recorrer sea largo26 y difícil, pero sabemos que para Dios nada hay imposible27; por eso en el «alba del nuevo milenio, ¿cómo no pedir al Señor, con impulso renovado y conciencia más madura, la gracia de prepararnos, todos, a este sacrificio de la unidad?»28.

2.5. La síntesis de la carta Tertio millennio adveniente

Una mirada al mundo desde la perspectiva de la fe en este final del segundo milenio forzosamente desemboca en los propósitos de la carta Tertio millennio adveniente. En ella Juan Pablo II admirablemente sitúa nuestra fe en su centro que es el Señor Jesucristo, el mismo, según Hebreos, «ayer, hoy y siempre»29. El Jubileo del año 2000 es el jubileo de la venida del Señor Jesucristo a la tierra y de ahí la necesidad de prepararnos, no sólo con la fase primera, que está por concluir y que encuentra en este Congreso una expresión privilegiada, sino primordialmente en esos tres cortos años que nos restan, dedicados a cada una de las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, «de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia. A este misterio miran los tres años de preparación inmediata: desde Cristo y por Cristo, en el Espíritu Santo al Padre»30.

3. La única respuesta posible: Cristo, el Señor

La fe como acontecimiento en la historia tiene un único punto de referencia: la persona de Cristo, el Señor; de tal manera que la única respuesta que podemos dar a ese mundo en donde han fracasado las ideologías, en donde la crisis de la post-modernidad ha llevado a un ocaso del racionalismo y ha abierto nuevas posibilidades, en donde debemos defender el don de la vida y en donde debemos tomar el camino de la unidad, la única respuesta —repito— es Cristo, el Señor.

3.1. El cual es una persona histórica, no el fruto de una ideología

En la Tertio millennio adveniente31 el Santo Padre recuerda las referencias históricas sobre Cristo de carácter extrabíblico. Cita las Antigüedades judaicas de Flavio Josefo32, los Anales de Tácito33, la Vida de Claudio de Suetonio34 y la carta de Plinio el Joven a Trajano35, para insistir en el valor histórico de los escritos del Nuevo Testamento, a cuya luz queda plenificada la existencia histórica de la persona de Cristo.

Ciertamente Cristo, como tal, existió en un tiempo y en un espacio determinados, con una cultura y dentro de un entorno, cuyos múltiples datos convergen en su historicidad. Cristo no es una ficción y no es el fruto de una ideología, y esto, nos dice la citada carta, es «el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones»36.

Nunca insistiremos suficientemente en señalar este aspecto de la fe cristiana, fe en una persona, fe con fundamento histórico, fe que no depende de ninguna ideología. Cristo ha venido como cumplimiento de la promesa hecha a Abraham y recordada por todos los profetas, de tal manera que la constitución dogmática Dei Verbum puede hablar de la «pedagogía divina» en la que todo el Antiguo Testamento anuncia la venida de Cristo como «Redentor universal» y la venida de su «reino mesiánico»37.

Esa persona histórica es la que no habla en nombre de Dios, «sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo Eterno hecho carne»38. Este hecho de Cristo es irrepetible y único y es el fundamento de nuestra fe.

3.2. No es un mito, es la Encarnación de Dios, es la Verdad que no decepciona

Aunque la palabra “mito” no la utiliza la carta Tertio millennio adveniente, podemos usarla para señalar precisamente algo que la carta explica: si Cristo fuese mito, sería la pretensión del hombre que busca a Dios; al contrario, en Cristo es «Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo»39.

Por eso en Cristo la religión no es ese «buscar a Dios a tientas»40, «sino una respuesta de fe a Dios que se revela: respuesta en la que el hombre habla a Dios como a su Creador y Padre; respuesta hecha posible por aquel Hombre único que es al mismo tiempo el Verbo consustancial al Padre, en quien Dios habla a cada hombre y cada hombre es capacitado para responder a Dios. Más todavía, en este Hombre responde a Dios la creación entera»41.

Por eso podemos decir que Él es la única Verdad que no decepciona, «todo en Él converge, es acogido y restituido al Creador de quien procede. De este modo, Cristo es el cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo y, por ello mismo, es su única y definitiva culminación»42. Él es la Verdad en la que todo queda recapitulado43, como Pío XI quiso que lo celebráramos en la Solemnidad de Cristo Rey.

3.3. Él es la Vida, el Señor de la vida, el que nos da la vida eterna

El hombre, por Cristo es llamado «a vivir de la plenitud de la vida en Dios»44. Él es la «Palabra de vida»45, que a Marta le afirma: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás»46. Él es el que ha recibido del Padre la Vida47 y por eso dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia»48.

En Cristo se anuncia el Evangelio de la vida que abarca «todo lo que la misma experiencia y la razón humana dicen sobre el valor de la vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a término»49, incluyendo la vida eterna, que explica en la oración sacerdotal50.

3.4. Es el Camino que está a nuestro lado y posibilita la unidad

«En Jesucristo Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca... Es una búsqueda que nace de lo íntimo de Dios y tiene su punto culminante en la Encarnación del Verbo»51. Por eso los Lineamenta del Sínodo de América nos dicen que «todos los hombres y mujeres de América son invitados a buscar encontrarse con Cristo, como se encuentra un discípulo en busca de la verdad con su maestro, un amigo en busca de amistad con su compañero de camino»52.

Cristo es el Camino y acompaña en el camino de la vida como a aquellos discípulos que iban a Emaús. Él se encuentra con Nicodemo y con Zaqueo, con la Samaritana y con los discípulos de Juan el Bautista53.

Sólo en Cristo encontraremos el camino de la unidad perdida, camino difícil54, camino que exige un trabajo paciente y audaz55, camino “valiente” que exige claridad y prudencia56, «en conformidad a la voluntad de Cristo», ya que «también hoy Cristo pide que un impulso nuevo reavive el compromiso de cada uno por la comunión plena y visible»57.

3.5. A partir de Él es que celebramos el Gran Jubileo que nos abre al Tercer Milenio de la cristiandad

De ese Cristo, personaje histórico, irrupción de Dios en la historia, Camino, Verdad y Vida, es de quien vamos a celebrar el Jubileo extraordinario de los 2000 años de su nacimiento58, y ese Jubileo es alegría, «ya que la venida de Dios es también un suceso exterior, visible, audible y tangible, como recuerda San Juan59. Es justo, pues, que toda expresión de júbilo por esta venida tenga su manifestación exterior»60.

Nuestra fe, entonces, se convierte en fiesta, se vuelve alegría y gozo, se celebra por toda la extensión del mundo y todo esto es signo de que la única respuesta que es posible para la Iglesia es Cristo, el Señor.

4. La fe en Él se nos convierte hoy en una quíntuple realidad

La fe como acontecimiento en la historia se encarna con insistencias peculiares de acuerdo con cada momento o etapa. La fe en Cristo hoy de cara al Tercer Milenio tiene sus propios acentos, los cuales podemos concretar en una quíntuple realidad:

4.1. Es una proclamación del misterio de la Encarnación

El Concilio Vaticano II resumió en la constitución pastoral Gaudium et spes ese sentido de la fe como proclamación de la Encarnación en una forma de reafirmación antropológica. La carta Tertio millennio adveniente repite como un eco la afirmación conciliar y dice: «El Hijo de Dios con su Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»61.

De esta proclamación se derivan consecuencias teológicas, que hunden sus raíces en la tradición alejandrina de los Padres griegos y que tienen su fuente última en el pensamiento joánico. Proclamar la Encarnación del Verbo es también proclamar que hoy se encarna en cada cultura. Proclamar que Cristo se encarnó implica que la Iglesia también se encarna, como lo está haciendo con los Sínodos de Europa, África y el próximo de América. El Jubileo del año 2000, que quiere ser una plegaria de alabanza por el don de la Encarnación, es también un esfuerzo por encarnarse la Iglesia en el mundo de hoy; de ahí la importancia de la preparación; de ahí el significado profundo de este Congreso.

4.2. Es una vivencia personal que debe resplandecer como verdad

Creer hoy en Jesucristo, muerto y resucitado, es una experiencia personal e intransferible, es un dejarse seducir, como dijera Jeremías62, es un dejarse redimir. «El hombre se ha dejado extraviar»63, pero Dios a través de su Hijo «quiere inducirlo a abandonar los caminos del mal, en los que tiende a adentrarse cada vez más»64.

Por eso creer en Jesucristo es hacer que resplandezca la verdad, que comienza en ese guardar los mandamientos como un primer paso para ser discípulo, para seguirlo no como una imitación exterior, sino como un «hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz65. Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente66, el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con Él; lo cual es fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros»67.

4.3. Es un compromiso de vida

Creer en Jesucristo hoy implica promover la vida y ayudar a construir una nueva cultura. Creer en Jesucristo lleva a evangelizar, a anunciar el Evangelio de la vida, para ayudar a gestar una cultura de la vida. Creer hoy en Jesucristo es aceptar que somos, por Cristo, un pueblo de la vida: «Hemos sido redimidos por el “autor de la vida”68 a precio de su preciosa sangre69 y mediante el baño bautismal hemos sido injertados en Él70, como ramas que reciben savia y fecundidad del árbol único71. Renovados interiormente por la gracia del Espíritu, “que es Señor y da la vida”, hemos llegado a ser un pueblo para la vida y estamos llamados a comportarnos como tal»72, es decir, brota de nosotros un compromiso de vida. La fe se nos convierte en un compromiso existencial.

4.4. Es una búsqueda inacabada de unidad

La fe nos lleva a «permanecer en la intimidad de Dios»73, nos introduce en el misterio inagotable de la vida divina, nos sumerge en las profundidades insondables del amor de Dios y por eso nos pone en una búsqueda inacabada de la unidad.

La fe en Cristo nos da «la fuerza del Espíritu de Dios» que «hace crecer y edifica la Iglesia a través de los siglos. Dirigiendo la mirada al nuevo milenio, la Iglesia pide al Espíritu la gracia de reforzar su propia unidad y de hacerla crecer hacia la plena comunión con los demás cristianos»74. ¿Cómo alcanzar con nuestra fe el don de la unidad? ¿Cómo ponernos en búsqueda para alcanzarla con la gracia del Espíritu? La encíclica Ut unum sint nos propone tres caminos: la oración, que debe tener prioridad; la acción de gracias porque no nos presentamos con las manos vacías; y la esperanza en el Espíritu, «que sabe alejar de nosotros los espectros del pasado y los recuerdos dolorosos de la separación; Él nos concede lucidez, fuerza y valor para dar los pasos necesarios, de modo que nuestro empeño sea cada vez más auténtico»75.

4.5. Es una celebración alegre y comunitaria

Nuestra fe en Cristo que se ha encarnado, que ha muerto por nosotros y ha resucitado, forzosamente lleva a la celebración. Es una fe que se comparte. Es una fe que se hace Eucaristía y que por lo mismo es alegría y triunfo. Es una fe eclesial y por lo mismo comunitaria, solidaria con todo el devenir humano. Es una fe que construye la Iglesia y que el Espíritu enriquece con la proliferación de sus dones. Esa fe es la que debe manifestarse en la alegría del Jubileo extraordinario. Es la fe que nos debe llevar a celebrar estos tres años preparatorios.

5. Qué le dice esta fe a los hijos de América

«Toda la Iglesia en América debe tomar conciencia de la densidad salvífica del “hoy” de salvación y del “hoy” del compromiso evangelizador»76, nos dicen los Lineamenta del Sínodo de América. De ahí que para concluir este intento de respuesta desde la perspectiva de la fe a los desafíos del Tercer Milenio, trate de sintetizar en cuatro proposiciones lo que a mi entender una fe en Cristo, que parte de su Encarnación y que se caracteriza como lo hemos hecho, exige a los creyentes de América, el Continente de la Esperanza.

5.1. Debe descubrir el rostro de Cristo en el rostro del pobre y el extraño

La primera tarea que tenemos en las Américas como tarea de fe es la de descubrir el rostro de Cristo en nuestros hermanos pobres y extraños; en la América aparentemente rica y poderosa de Estados Unidos y Canadá ese rostro de Cristo se vuelve indígena, afroamericano e hispano; en la América Latina y el Caribe ese rostro, descrito hace ya 17 años por Puebla, sigue teniendo actualidad, es lacerante y abarca grandes multitudes. La fe en Cristo, cuando se convierte en una vivencia personal y en un compromiso de vida, forzosamente descubre al hermano. La opción preferencial por los pobres, despojada de cualquier connotación ideológica, está en el centro de nuestra vivencia de la fe.

5.2. Para comprometerse en lo que Santo Domingo llama «promoción humana»

No basta descubrir, la fe nos impulsa a algo más. Creer en Cristo es también comprometerse en lo que el documento de Santo Domingo llama «promoción humana». En ambas Américas hay una tarea inconmensurable de promoción, de rescate de valores, de construcción de un mundo más justo. La Conferencia Episcopal de mi país ha estudiado y publicado documentos sobre la justicia, sobre la presencia hispana, sobre el racismo, sobre la dignidad de la mujer, sobre el desarme... Ustedes en América Latina tienen una tradición de magisterio episcopal que pasa por cada una de las cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano: Río, Medellín, Puebla y Santo Domingo.

Hoy, ser creyente en Cristo y entender la fe como un acontecimiento en la historia pasa por el compromiso con la promoción humana y éste se basa, en primer lugar, en la defensa de la vida y a partir de allí en la promoción de la calidad de vida compatible con la dignidad intrínseca de la persona humana.

5.3. Y así sentar las bases de una cultura cristiana

La fe en Cristo de cara al Tercer Milenio en América, para que sea alegre y comunitaria, para que se encarne en nuestra multifacética realidad, debe llevar a sentar las bases de una cultura cristiana que permee toda la sociedad de ambas partes del continente. Ciertamente vivimos en medio de una cultura pagana del consumo y del bienestar, una cultura pagana marcada por la muerte, una cultura que no respeta la dignidad intrínseca de una inmensa mayoría de nuestros ciudadanos. Hay necesidad de que nuestra fe llegue a lo más hondo de las estructuras sociales para que pueda florecer una civilización del amor, como la diseñara Pablo VI, una sociedad con una cultura cristiana, respetuosa por lo mismo de las diversas riquezas pluricultural de nuestros pueblos, capaz de integrar; con una clara conciencia ecológica y con un compromiso muy serio de lograr un desarrollo sostenible, respetuoso de la naturaleza, con posibilidad real de progreso, pero al mismo tiempo claramente comprometido con la dimensión social.

5.4. Que pueda evangelizar el mundo del Tercer Milenio

La fe en Cristo, para que se haga acontecimiento en la historia, tiene forzosamente que proyectarse hacia el futuro y tiene, por tanto, que fijarse metas concretas, dentro de una concepción cristiana de la utopía, que no es mera imaginación, quimera o ensueño, sino la claridad de ideales no alcanzados, pero alcanzables; metas que tienen una fascinación tal que nos atraen y motivan nuestra acción.

Pues bien, la fe en Cristo, como un compromiso comunitario de toda nuestra América, debe ser capaz de asumir el reto de la Nueva Evangelización para el comienzo del Tercer Milenio, debe buscar y encontrar los nuevos ardores, los nuevos métodos, las nuevas expresiones que ya Juan Pablo II señalara al inicio de la preparación para la celebración del V Centenario.

A América le ha llegado la hora de ser evangelizadora. La fe en Cristo nos impulsa para dar respuesta, desde nuestra perspectiva, a los desafíos del Tercer Milenio.

6. Conclusión

Queridos amigos: debo concluir, pero antes debo agradecer a Su Eminencia el Cardenal Vargas Alzamora, a los organizadores de este Congreso y a ustedes, los que con paciencia me han escuchado. Además debo, con todo aprecio, animarlos para que estas felices iniciativas continúen, se repitan, se intensifiquen.

Los años siguientes son muy intensos para la Iglesia en América; ustedes celebran el centenario del Concilio Plenario de la América Latina, y nosotros y ustedes tendremos esa ocasión privilegiada que nos ha brindado el Santo Padre: el Sínodo de América. Todos juntos con la Iglesia universal nos ponemos en camino con los tres años preparatorios del Gran Jubileo del año 2000 y todos juntos iniciaremos ese Tercer Milenio de la cristiandad.

¿Qué podemos hacer? Ciertamente mucho si articulamos nuestros mutuos esfuerzos, si intensificamos en todos los niveles los intercambios que llevan a conocernos más y a amarnos más, según la tradición de una escuela, o a amar más y a conocernos más, de acuerdo con la otra vieja manera de ver las cosas. Tenemos que expresarnos nosotros y exponer a nuestros colaboradores, a nuestros amigos, a nuestros seminaristas, a nuestros líderes laicos, a la diversidad cultural, para aprender a comprender quién es realmente el hermano. El aprender a valorar nuestras diferencias culturales nos enriquece y nos dignifica, amplía nuestros horizontes de comprensión y nos permite vivir más y mejor la catolicidad de nuestra Iglesia, incluyendo dentro de ella también, y en sitio preferencial, la dimensión ecuménica.

Recordemos que el Santo Padre propone para la celebración del Gran Jubileo un encuentro pancristiano, que se debe preparar con cuidado, en una actitud de fraternal colaboración con los cristianos de otras confesiones y tradiciones, así como de afectuosa postura a las religiones cuyos representantes manifiestan interés por la alegría común de proclamar juntos al único Dios.

Por otra parte, la Iglesia en los Estados Unidos debe continuar siendo solidaria con la de América Latina. Aquí en el Perú y en todas partes hemos ayudado y queremos y debemos seguir ayudando. Las Iglesias en América Latina, por su parte, deben apoyar nuestros esfuerzos en lo que se ha denominado “pastoral hispana”, que tiene todo el respaldo de la Iglesia y de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos. En América Latina no se conocen suficientemente los esfuerzos que hemos hecho con los tres Encuentros Nacionales Hispanos de Pastoral (1972, 1977 y 1985), así como con el Plan Pastoral Nacional para el Ministerio Hispano, que en estos días cumple su décimo aniversario. Ambas Iglesias tienen mucho que aportar.

En el interior de nuestros países debemos colaborar para que América Latina se logre articular política, económica y culturalmente en el concierto internacional. Estados Unidos y Canadá tienen que hacer el esfuerzo por lograr una integración con América Latina en la que se logre derrotar el drama de la pobreza, se consolide una democracia respetuosa de la dignidad de la persona humana, se dé oportunidad a los jóvenes, como lo señalara el Santo Padre en la inolvidable experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud en Denver.

Y ahí toco el punto final de mi intervención. Detrás de todo este movimiento de Iglesia está la figura y la personalidad del Santo Padre. Quisiera reafirmar con ustedes nuestro agradecimiento al Señor, por habernos concedido la tenacidad del Santo Padre al plantearnos estos temas y en esa dirección que nos ha señalado; por la constancia de no desmayar ni un segundo en lo que él considera su misión; por el ejemplo que nos da haciendo vida lo que nos enseña; y sobre todo, porque ahora, con sus 76 años de edad, se conserva joven en espíritu y nos invita a rejuvenecer la Iglesia. Con Juan Pablo II nuestra fe se vuelve acontecimiento en la historia, de cara al Tercer Milenio de la cristiandad.


1

Ver Jn 15,19.

2

Ver Centesimus annus, 13.

3

Ver allí mismo, 19.

4

Ver lug cit.

5

Ver allí mismo, 37.

6

Ver allí mismo, 43.

7

Ver allí mismo, 55.

8

Ver lug. cit.

9

Ver Jn 14,6.

10

Ver Gál 2,20.

11

Veritatis splendor, 88.

12

Ver allí mismo, 89-90.

13

Ver allí mismo, 95-97.

14

Ver allí mismo, 98-101.

15

Evangelium vitae, 5.

16

Lug. cit.

17

Ver allí mismo, 80-82.

18

Ver allí mismo, 83-86.

19

Ver allí mismo, 87-91.

20

Ver allí mismo, 101.

21

Ver allí mismo, 95-100.

22

Ut unum sint, 99.

23

Ver allí mismo, 1.

24

Ver allí mismo, 7-14.

25

Ver allí mismo, 15-27.

26

Ver allí mismo, 77.

27

Ver allí mismo, 102.

28

Lug. cit.

29

Ver Heb 13,8.

30

Tertio millennio adveniente, 55.

31

Ver allí mismo, 5.

32

Ver Flavio Josefo, Antiquitates iudaicae, 20,200 y 18,63-64.

33

Ver Tácito, Annales, 15,44,3.

34

Ver Suetonio, Vita Claudii, 25,4.

35

Ver Plinio el Joven, Epistolae, 10,96.

36

Tertio millennio adveniente, 6.

37

Dei Verbum, 15.

38

Tertio millennio adveniente, 6.

39

Lug cit.

40

Hch 17,27.

41

Tertio millennio adveniente, 6.

42

Lug cit.

43

Ver Ef 1,10.

44

Tertio millennio adveniente, 6.

45

1Jn 1,1.

46

Jn 11,25.26.

47

Ver Jn 5,26.

48

Jn 10,10.

49

Evangelium vitae, 30.

50

Ver Jn 17,3.

51

Tertio millennio adveniente, 7.

52

Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para América, Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América (Lineamenta), Ciudad del Vaticano 1996, n. 4.

53

Ver allí mismo, 15.

54

Ver Ut unum sint, 2.

55

Ver allí mismo, 78.

56

Ver allí mismo, 79.

57

Allí mismo, 100.

58

Ver Tertio millennio adveniente, 15.

59

Ver 1Jn 1,1.

60

Tertio millennio adveniente, 16.

61

Gaudium et spes, 22; ver Tertio millennio adveniente, 4.

62

Ver Jer 20,7.

63

Tertio millennio adveniente, 7.

64

Lug. cit.

65

Ver Flp 2,5-8.

66

Ver Ef 3,17.

67

Veritatis splendor, 21.

68

Hch 3,15.

69

Ver 1Cor 6,20; 7,23; 1Pe 1,19.

70

Ver Rom 6,4-5; Col 2,12.

71

Ver Jn 15,5.

72

Evangelium vitae, 79.

73

Tertio millennio adveniente, 8.

74

Ut unum sint, 102.

75

Lug. cit.

76

Lineamenta, 9.
Consultas

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