Reflexiones osbre la carta apostólica "Novo Millennio ineunte"
«Este tiempo, en el que (…) Dios me ha confiado por misterioso designio el servicio universal vinculado a la cátedra de San Pedro en Roma, está ya muy cercano al año 2000. (…) Para la Iglesia, para el pueblo de Dios, que se ha extendido –aunque de manera desigual– hasta los más lejanos confines de la tierra, ese año será el año de un gran jubileo» (Redemptoris hominis, 1). Estas palabras las escribió el Santo Padre Juan Pablo II al inicio de su primera encÃclica, dedicada a Jesucristo «Redemptoris hominis (…), centrum universi et historiae».
Este sueño profético se hizo realidad, superando todas las previsiones humanas. El año 2000 fue en verdad el año del gran jubileo. Ciertamente, no se pueden relatar las maravillas que la gracia ha obrado en la mente y en el corazón de millones de fieles sencillos y anónimos, los cuales, en unión con el Papa, se hicieron peregrinos por los caminos del mundo, para vivir su testimonio de fe en Jesucristo y en su Iglesia.
Cuando aún no habÃa concluido la última jornada del Año santo, el Santo Padre invitaba a la Iglesia a llevar a cabo un doble discernimiento: descifrar el sentido de los extraordinarios eventos jubilares e interrogarse sobre la recepción eclesial del Vaticano II, treinta y cinco años después de su celebración (cf. Novo millennio ineunte. 2)
Una primera reflexión atañe el sentido de algunas citas jubilares particulares. Desde la apertura de la Puerta santa, el 24 de diciembre de 1999, hasta su clausura, el 6 de enero de 2001, en el Año jubilar se celebraron acontecimientos excepcional alcance eclesial: la apertura ecuménica de la Puerta santa en la basÃlica de San Pablo extramuros (18 de enero), la memoria del patriarca Abraham (23 de febrero), la visita del Papa al monte Sinaà (24-26 de febrero), la visita de Su Santidad a Tierra Santa (20-26 de marzo), la conmemoración de los mártires del siglo XX en el Coliseo (7 de mayo), la visita del Santo Padre a Fátima para la beatificación de los videntes (12-13 de mayo), la Jornada mundial de la juventud (15-20 de agosto), los ritos de beatificación y canonización esparcidos a lo largo de todo el Año jubilar, para testimoniar la santidad de los hijos de la Iglesia en la historia.
No fueron sólo manifestaciones exteriores superficiales, sino auténticas experiencias de gracia. El jubileo fue interpretado y vivido por el pueblo de Dios con extraordinaria compostura e intensidad espiritual, expresada en gestos y actitudes sencillos y esenciales como la oración, la peregrinación, el sacrificio, la comunión, el compartir, la solidaridad, los sacramentos, la vuelta a la misión. Será inolvidable no sólo la soledad y gozosa Jornada mundial de la juventud, sino también la diaria e interminable imagen de los peregrinos en oración de las iglesias jubilares o esperando en una densa fila para atravesar la Puerta santa.
Una de las razones de este «éxito religioso» del jubileo se ha de buscar en una feliz y original intuición pastoral del Papa: prepararse para el año 2000 con una adecuada instrucción catequÃstica sobre los aspectos fundamentales del cristianismo, mediante la profesión de fe en Jesucristo, en su EspÃritu de santidad y en el Padre rico en misericordia, y con el consiguiente redescubrimiento de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la reconciliación (cf. Tertio millennio adveniente).
Con esta preparación, los fieles pudieron celebrar el Año jubilar, renovando su profesión de fe en la sntÃsima Trinidad volviendo a encontrar en la experiencia eucarÃstica la comunión con Dios y con el prójimo. Asà pues, como se esperaba, el Año santo fue realmente «un canto de alabanza único e ininterrumpido a la Trinidad, Dios altÃsimo» (Incarnationis mysterium, 3). Con razón, el Santo Padre sintió la necesidad no tanto de hacer un balance, cuatno más bien de «compartir el canto de alabanza» (Novo millennio ineunte, 2) al final de una experiencia jubilar en la que habÃa pensado, ya desde el inicio de su pontificado como un acontecimiento importante.
Una segunda reflexión atañe a la recepción del concilio ecuménico Vaticano II, treinta y cinco años después de su conclusión. En efecto, al clausurar el jubileo, el Papa se preguntaba: «¿Lo ha logrado el jubileo?» (ib.).
En la Tertio millennio adveniente, el Santo Padre habÃa desarrollado ampliamente pregunta:
«El examen de conciencia debe versar también sobre la recepción del Concilio, este gran don el EspÃritu de la Iglesia al final del segundo milenio. ¿En qué medida la palabra de Dios ha llegado a ser plenamente el alma de la teologÃa y la inspiradora de toda la existencia cristiana, como pedÃa la Dei Verbum? ¿Se vive la liturgia como fuente y culmen de la vida eclesial, según las enseñanzas de la Sacrosanctum Concilium? ¿Se consolida, en la Iglesia universasl y en las iglesias particulares, la eclesiologÃa de comunión de la Lumen gentium, dando espacio a los carismas, los ministerios, las varias formas de participación del pueblo de Dios? (...) Un interrogante fundamental debe también plantearse sobre el estilo de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. Las directrices conciliares –presentes en la Gaudium et spes y en otros documetos– de un diálogo abierto, respetuoso y cordial, acompañado sin embargo por un atento discernimiento y por el valiente testimonio de la verdad, siguen siendo válidas y nos llaman a un compromiso ulterior» (n. 36).
Una respuesta motivada y confortante a los interrogantes del Papa la dieron tanto a la praxis de las celebraciones jubilares, vividas por el pueblo de Dios conuh protagonismo ejemplar, como la reflexión teológica que reañizaron, por ejemplo, estudiosos de todo el mundo durante el congreso internacional sobre la recepción y la actualidada del Vaticano II ala luz del jubileo (25-27 de febrero de 2000). Ese congreso, que se centró en las cuatro columnas del Concilio –las constituciones Dei Verbum, Sacrosanctum Concilium, Lumen gentium y Gaudium et spes– (Las actas del congreso, organizado por el Comité central para el gran jubileo del año 2000, han sido publicadas a cargo de mons. Rino Fichella: II Concilio Vaticano II. Receziones e attualitá alla luce del Giubileo, San Paolo, Cinisello B. 2000, pp. 766), presentó un balancemuy consolador sobre la vitalidad del mensaje conciliar en la iglesia y en elmundo contemporáneo. Ahora queremos reflexionar más detalladamente sobre este segundo punto del discernimiento sugerido por el Papa.
Al concluir su análisis sobre la recepción de la Dei Verbum, el padre Albert Vanhoye, s.j., afirmaba: «La constitución dogmática sobre la divina revelación ha producido frutos ricos y abundantes (…). La palabra de Dios, según el Concilio, no es la Escritura separada de laTradición, sino l aEscritura llevada por la corriente vivificante de la Tradición. La Revelación no es simplemente comunicación de un conjunto de verdades; es, ante todo, entra en relación con persoans; introduce en una vida de comunión con Dios Padre, Hijo y EspÃritu» (La parola di Dio nella vita della Chiesa. La recezione della «Dei Verbum» en II Concilio Vaticano II, p. 45).
También la sagrada liturgia en este perÃodo posconciliar se ha manifestado cada vez más como fuente y cumbre de la vida eclesial. En efecto, como afirmó Tena Garriga (cf. La sacra liturgia fontte e culmine della vita ecclesiale, en II Concilio Vaticano II, p. 65), se hainteriorizado el verdadero fin de la acción litúrgica, la cual, mediante la contemplación, la adoración, la escucha y la acción de gracias, lleva a «ver a Cristo».
Sobre la recepción posconciliar de la Lumen gentium se podrÃa hacer muy amplio y articulado. En efecto, «el concilio Vaticano II no sólo fue un concilio eclesiológico, sino que ante todo y sobre todo habló de Dios –y esto no sólo en el interior de la cristiandad, sino tamién dirigiéndose al mundo–, del Dios que es el Dios de todos es accesible» (Cardenal j. Ratzinger, L'ecclesiologÃa della costituzione «Lumen gentium», en II Concilio Vaticano II, p.67). Según el cardenal Ratzinger, de la Lumen gentium han quedado en la conciencia eclesial algunas palavbras clave, como pueblo de Dios, colegialidad de los obispos, Iglesia local, diálogo ecuménico e interreligioso, subsistencia de la única Iglesia de Cristo en la Iglesia catñolica.
Sin embargo, desde el SÃnodo extraordinario del año 1985 se impuso una nueva sÃntesis ecleciológica enunciad con la expresión «eclesiologÃa enunciada con la expresión». En su acepción bÃblbica (cf. 1 jn 1, 3), el concepto de comunión implica el encuentro con el Hijo del Padre en la caridad del EspÃritu: encuentro celebrado y vivido enla EucaristÃa. Por consiguiente, la eclesiologÃa de comunión es una eclesiologÃa esencialmente eucarÃstica y trinitaria, que une el tratado sobre la Iglesia conel tratado sobre Dios y sobre la vida con Dios y en Dios. A esa eclesiologÃa de comunión –dice también el cardenal Ratzinger– a menudi se le quita perso especÃfico. Del mismo modo que en el concepto de pueblo de Dios a veces se pierde la referencia de Dios, asà también la eclesiologÃa de comunión tiende a reducirse casi exclusivamente a la temática de la relación entre la Iglesia local e Iglesia universal. A este respecto, el cardenal invita a superar la visión empÃrica de la Iglesia como realización humana, recuperando por el contrario, la «precedencia ontológica de la Iglesia universal, de la única Esposa, con respecto a las diversas Iglesias particulares» (ib., p. 72).
En este contexto, el cardenal Ratzinger afirma que «el Vaticano II con la fórmula "subsistit" –de acuerdo con la tradición católica– querÃa decir exactamente lo contrario del "relativismo eclesiológico": la Iglesia de Jesucristo existe realmente. Él mismo la ha querido y el EspÃritu Santo la crea continuametne a partir de Pentecostés, a pesar de cualquier fracaso humano, la sostiene en su identidad esencial. La institución no es una exterioridad inevitable, pero teológicamente irrelevante o incluso perjudicial, sino que pertenece en su núcleo esencial a la realidad concreta de la Encarnación» (ib., p. 78). Con la fórmula «subsistit» el Concilio quiere decirnos que la Iglesia de Jesucristo, como sujeto concreto en este mundo, sólo se puede encontrar en la Iglesia católica.
Completando la reflexión sobre la recepción de las constituciones conciliares, Angelo Scola (cf. «Gaudium et spes»: dialogo e discernimiento nella testimonianza della veritá, en II Concilio Vaticano II, p. 113) ha puesto de relieve dos ejes de la Gaudium et spes: la antropologÃa cristocéntrica, como fundamento de la dignidad de la persona humana, y el diálogo pastoral, mediante el cual el Concilio propuso nuevamente la misión salvÃfica de Cristo y de la iglesia a toda la familia humana. A propósito del diálogo el mismo autor hace una precisión importante: «AsÃ, el diálogo se identifica, en sentido propio, con la comunicación real de la identidad del cristiano, que se propone, en primera persona, como signo (sacramental) de Jesucristo, corazón del mundo, a través de la Iglesia, forma mundi, Jesucristo, verdad vida y personal, exalta la libertad de toda persona, de todo pueblo, de toda cultura y de toda religión» (ib.).
La recepción del Concilio ha aportado otros dones extraordinarios a la Iglesia: un impulso misionero renovado y más motivado, una mayor atención a las culturas, una comunión eclesial más profunda, un diálogo ecuménico fructuoso y un diálogo interreligioso abierto, fundado en la caridad, en la verdad y en la libertad. A eso es preciso añadir el redescubrirmiento de una espiritualidad más viva y sentida, la providencial expansión de los movimientos eclesiales, la participación de los laicos en el apostolado, la renovación dela catequesis y de la pastoral, y el compromiso eclesial en favor de la justicia y la paz entre los pueblos
Ante esta maravillosa primavera eclesial, que la experiencia jubilar ha puesto de manifiesto de modo ejemplar, el Santo Padre (cf. Novo millennio ineunte, 2) no puede por menos de expresar su gratitud por las «maravillas» que Dios Trinidad ha obrado por nosotros: «Misericoridias Domini in aeternum cantabo» (Sal 89, 2). A sus labios parecen aflorar las palabras del himno júibilo que nuestro Señor Jesucristo dirige al Padre: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11, 25)
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