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S.S. Pío XII, Encíclica "Sempiternus Rex Christus"
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Carta Encíclica Sempiternus Rex Christus

De S.S.
El
Papa Pío XII
A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos
y otros ordinarios del lugar
en paz y comunión con la Sede Apostólica
sobre el concilio ecuménico de Calcedonia
celebrado hace quince siglos
venerables hermanos:
salud y bendición apostólica

Cristo, Rey Eterno, antes de prometer a Pedro, hijo de Juan, el gobierno de la Iglesia, habiendo preguntado a los disc√≠pulos que pensaban de El los hombres y los mismos Ap√≥stoles, alab√≥ con singular encomio aquella fe, que hab√≠a de vencer los asaltos y las tempestades infernales, y que Pedro, iluminado de la luz del Padre Celestial, hab√≠a expresado con estas palabras: ¬ęT√ļ eres el Cristo, Hijo del Dios vivo¬Ľ 1 . Esta fe, que produce las coronas de los Ap√≥stoles, las palmas de los m√°rtires y los lirios de las V√≠rgenes, y que es virtud de Dios para la salvaci√≥n de todo creyente 2 , ha sido eficazmente defendida y espl√©ndidamente ilustrada de un modo particular por tres Concilios Ecum√©nicos, el de Nicea, el de √Čfeso y el de Calcedonia, cuyo 15¬ļ Centenario se celebra al final de este a√Īo.

Es, pues, conveniente y justo que tan fausto acontecimiento sea celebrado, tanto en Roma cuanto en todo el mundo católico, con la solemnidad, que, después de haber dado gracias a Dios, inspirador de todo consejo saludable, ordenemos, movidos de un suave sentimiento del alma.

As√≠ como P√≠o XI, Nuestro Predecesor de feliz memoria, quiso recordar en esta alma Ciudad el a√Īo 1925 el Sagrado Concilio de Nicea, y en el a√Īo 1931 record√≥ en la Enc√≠clica Lux veritatis 3 el Sagrado Concilio de √Čfeso, as√≠ Nos en esta Carta, con igual aprecio e inter√©s recordamos el Concilio de Calcedonia; puesto que los S√≠nodos de √Čfeso y Calcedonia est√°n indisolublemente unidos entre s√≠ por lo que respecta a la uni√≥n hipost√°tica del Verbo Encarnado; el uno y el otro, desde la antig√ľedad, fueron tenidos en grande honor, tanto entre los Orientales, que incluso lo recuerdan en su Liturgia, como entre los Occidentales, como atestigua San Gregorio Magno, el cual exalt√°ndolos en el mismo grado que a los precedentes Concilios Ecum√©nicos, es decir, el Niceno y el Constantinopolitano, escribi√≥ estas memorables palabras: ¬ęSobre √©stos, como sobre una cuadrada piedra, se eleva el edificio de la fe, y quien no se apoya en su solidez, sea cual sea su vida y su acci√≥n, aunque parezca una piedra, yace a√ļn fuera del edificio¬Ľ 4 .

Mas al considerar atentamente este acontecimiento y sus circunstancias, resaltan dos puntos sobre todo, que Nos queremos, cuanto es posible, esclarecer: esto es, el primado del Romano Pontífice, que brilló manifiestamente en la gravísima controversia cristológica, y la grandísima importancia de la definición dogmática del Concilio Calcedonense. Rindan sin vacilar el d o y respetuoso homenaje al Primado de Pedro siguiendo el ejemplo y las huellas de sus mayores aquellos que, por la malicia de los tiempos, especialmente en los países orientales, están separados del seno y de la unidad de la Iglesia, y acepten íntegra esta doctrina del Concilio de Calcedonia, penetrando dentro del misterio de Cristo con la más pura mirada aquellos que están enredados en los errores de Nestorio y de Eutiques; consideren esta misma doctrina con más profunda adhesión a la verdad los que animados de un exagerado deseo de novedades, osan de cualquier modo apartarse de los términos legítimos e inviolables cuando estudian el misterio que nos ha redimido. Finalmente todos aquellos que se glorían del nombre de católicos saquen de aquí un fuete estímulo para cultivar con el pensamiento y la palabra la preciosísima perla evangélica, profesando y conservado pura la fe, pero sin que falte lo que vale más, es decir, el testimonio de la propia vida, en la que, alejando, con la ayuda de la divina misericordia, todo lo que sea disonante, indigno y reprensible, resplandezca la pureza de la virtud, y así venga a participar de la divinidad de Aquel, que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad.

I. Las primeras vicisitudes de la herejía de eutiques

Pero, para proceder con orden, conviene empezar desde el origen de los hechos que vamos a recordar. El autor de toda la controversia, que se agitó en el Concilio de Calcedonia, fue Eutiques, sacerdote y abad de un célebre monasterio de Constantinopla. Habiéndose dedicado a combatir a fondo la herejía de Nestorio, que afirmaba dos personas en Cristo, cayó en el error opuesto.

¬ęMuy imprudente y no poco ignorante¬Ľ 5 con incre√≠ble dureza de juicio, hac√≠a estas afirmaciones: conviene distinguir dos momentos: antes de la uni√≥n, las naturalezas de Cristo eran dos; es decir, la humana y la divina. Pero despu√©s de la uni√≥n no hab√≠a m√°s que una naturaleza habiendo absorbido el Verbo al hombre; de Mar√≠a Virgen tuvo origen el cuerpo del Se√Īor, el cual, sin embargo, no es de la misma sustancia y materia nuestra; es s√≠, humano como el nuestro, pero no consubstancial a nosotros ni a Aquella que fue Madre de Cristo seg√ļn al carne 6 . Por eso no naci√≥ ni padeci√≥, ni fue crucificado, ni resucit√≥ seg√ļn la verdadera naturaleza humana.

Al decir esto Eutiques no se daba cuenta de que antes de la unión, la naturaleza humana de Cristo no existía, porque comenzó a existir en el momento de su concepción, y que después de la unión es absurdo pensar que de dos naturalezas se haga una sola, porque en manera alguna dos naturalezas verdaderas y concretas pueden reducirse a una, tanto más cuanto que la naturaleza divina es infinita e inmutable.

El que considera con sano juicio tales opiniones, fácilmente ve que todo el misterio de la divina economía se esfuma en sombras vanas y vagas.

A las personas de juicio la opinión de Eutiques aparecía evidentemente nueva del todo, absurda, en absoluta contradicción con los oráculos de los Profetas y los testimonios del Evangelio, como también con el Símbolo apostólico y con el dogma de fe sancionado icea; una opinión sacada de las fuentes impuras de Valentín y de Apolinar.

En un S√≠nodo particular, reunido en Constantinopla y presidido por San Flaviano, obispo de la misma ciudad, Eutiques, que andaba diseminado obstinadamente por muchos lugares sus errores en los monasterios, despu√©s de ser acusado por el Obispo Eusebio de Dorilea, fue condenado. Pero √©l, como si la condenaci√≥n hubiera sido una injusticia contra quien estaba combatiendo la naciente impiedad de Nestorio, apel√≥ al juicio de algunos obispos de grande autoridad. Recibi√≥ tambi√©n una carta de protesta San Le√≥n Magno, Pont√≠fice de la Sede Apost√≥lica, cuyas espl√©ndidas y s√≥lidas virtudes, vigilante solicitud por la Religi√≥n y por la paz, esforzada defensa de la verdad y de la dignidad de la C√°tedra Romana, y no menor habilidad en el tratar los negocios que gran elocuencia, ha conseguido la admiraci√≥n sin l√≠mites de todos los siglos. Ninguno menor que √©l parec√≠a capaz e id√≥neo par deshacer los errores de Eutiques, porque en sus alocuciones y en sus cartas con igual magnificencia y piedad sol√≠a exaltar y celebrar el misterio, nunca suficientemente predicado, de la √ļnica persona y de las dos naturalezas en Cristo: ¬ęLa Iglesia Cat√≥lica vive y prospera de esta fe, por la que no se cree en Cristo ni en su humanidad sin la Divinidad, ni en la Divinidad sin la Humanidad¬Ľ 7 .

El "Latrocinio" de √Čfeso

Mas el archimandrita Eutiques, por la poca confianza que ten√≠a en el patrocinio del Romano Pont√≠fice, apelando a las astucias y enga√Īos, por medio de Crisafio, a quien estaba ligado con estrecha amistad y era muy acepto al Emperador Teodoro II, obtuvo del mismo Emperador que fuese vista de nuevo su causa y se reuniese en √Čfeso otro Concilio, presidido por Di√≥scoro, obispo de Alejandr√≠a. Este, √≠ntimo amigo de Eutiques, pero adverso a Flaviano, obispo de Constantinopla, enga√Īado por la falsa analog√≠a de los dogmas, andaba diciendo que como Cirilo, su predecesor, hab√≠a defendido una sola naturaleza en Cristo despu√©s de la uni√≥n.

San León Magno, por conservar la paz, no se negó a enviar sus Legados, portadores juntamente con otras, de dos cartas, una al Sínodo, y otra a Flaviano, donde los errores eutiquianos se refutaban con la claridad de una doctrina perfecta y copiosa.

Pero en este S√≠nodo Efesino, que Le√≥n denomin√≥ justamente Latrocinio, siendo √°rbitros del mismo Di√≥scoro y Eutiques, se hizo todo con violencia, se neg√≥ a los Legados Apost√≥licos el primer puesto en la reuni√≥n, fue prohibido leer las cartas del Sumo Pont√≠fice, los votos de los Obispos fueron arrancados por medio de enga√Īos y amenazas; juntamente con otros fue Flaviano acusado de herej√≠a; m√°s a√ļn, la audacia del furibundo Di√≥scoro lleg√≥ a tal punto que ¬°nefando delito! Os√≥ lanzar la excomuni√≥n contra la Suprema Autoridad Apost√≥lica.

Cuando León supo por medio del diácono Hílaro las fechorías de este Conciliábulo de bandoleros, reprobó, anuló y rechazó todo lo hecho y decretado y sintió un acerbo dolor, exacerbado por las frecuentes apelaciones de los obispos depuestos por el capricho de aquéllos.

Recurso de Flaviano y de otros obispos a la Sede Apostólica

Dignas de menci√≥n son las cosas que escribieron en aquella circunstancia Flaviano y Teodoro de Ciro al Supremo Pastor de la Iglesia. He aqu√≠ las palabras de Flaviano: ¬ęProcediendo, como en virtud de un prejuicio, inicuamente todas las cosas para mi da√Īo, despu√©s de aquella injusta sentencia pronunciada contra m√≠ (por Di√≥scoro), mientras yo apelaba al trono de la Sede Apost√≥lica de Pedro, Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, como tambi√©n al S√≠nodo sujeto a Vuestra Santidad, de repente me vi rodeado de muchos soldados, que no me permitieron refugiarme en el santo altar, sino que trataron de sacarme fuera de la Iglesia¬Ľ 8 . Y Teodoro escribe: ¬ęSi Pablo, heraldo de la verdad...acudi√≥ a Pedro...mucho m√°s nosotros, humildes y peque√Īos, acudimos a Vuestra Apost√≥lica Sede, para obtener de Vos remedio a las heridas de la Iglesia. Porque a Vos toca ejercitar el primado sobre todas...Yo espero el juicio de Vuestra Apost√≥lica Sede...Ante todo ruego ser instruido por Vos sobre si debo resignarme a sufrir esta injusta deposici√≥n o no; espero vuestra sentencia¬Ľ 9

Intervención del Papa S. León Magno

Para borrar tanta iniquidad Le√≥n urgi√≥ con insistentes cartas a Teodosio y a Pulqueria para que pusiesen remedio a tan triste estado de cosas y por eso a reunir dentro de Italia un nuevo Concilio, que reparase los males del Efesino. Un d√≠a recibiendo en la Bas√≠lica Vaticana a Valentiniano III, a su madre Gala Pl√°cida y a su esposa Eudoxia, rodeado de una numerosa corona de obispos, con gemidos y llantos les pidi√≥ que pusiesen remedio en seguida seg√ļn sus fuerzas al creciente da√Īo de la Iglesia. Entonces el Emperador Valentiniano escribi√≥ a Teodosio y lo mismo hicieron tambi√©n las reinas. Pero en vano; Teodosio, envuelto en las astucias y en los enga√Īos, no hizo nada por reparar las injusticias cometidas. M√°s cuando el dicho Emperador muri√≥ inesperadamente, su hermana Pulqueria ocup√≥ el poder y tom√≥ como marido a Marciano, asoci√°ndolo al mando, siendo los dos muy estimados por su piedad y sabidur√≠a.

Entonces Anatolio, que Dióscoro había puesto arbitrariamente en la cátedra de Flaviano, suscribió la carta que León había escrito a Flaviano sobre la encarnación del Verbo; los restos de Flaviano fueron llevados con grande pompa a Constantinopla; los Obispos depuestos fueron restituidos a sus sedes; y comenzó a ser unánime la reprobación de la herejía eutiquiana, de modo que no se veía ya la necesidad de un nuevo Concilio, tanto más cuanto que las condiciones del Imperio Romano eran poco seguras por las invasiones de los Bárbaros.

A pesar de todo, el Concilio se celebró, por deseo del Emperador y con el consentimiento de Sumo Pontífice.

El Concilio de Calcedonia El primado de la Sede Apostólica.

Calcedonia era una ciudad de Bitinia, junto al Bósforo de Tracia, frente a Constantinopla, situada en la opuesta orilla. Allí en la amplia basílica suburbana de Santa Eufemia Virgen y Mártir, el día 8 de octubre, saliendo de Nicea, donde se había dado comienzo a la reunión, se juntaron los Padres, todos de países orientales, excepto dos africanos prófugos de su patria.

Puesto en medio el Libro de los Evangelios, delante tomaban asiento, a los pies del altar, 19 representantes del Emperador y del Senado. Hicieron las veces de Legados Pontificios los piados√≠simos personajes Pascasio, obispo de Lilibeo de Cicilia, Lucencio, obispo de Ascoli, Bonifacio y Basilio, sacerdotes, a los cuales se junt√≥ Juliano, obispo de Cos, para ayudarles en su importante tarea. Los Legados del Sumo Pont√≠fice ocupaban el primer puesto entre los obispos; est√°n los primeros en la lista, son los primeros en hablar, los primeros en firmar las actas y, en fuerza de su autoridad delegada, confirman o rechazan los votos de los dem√°s, como ocurri√≥ abiertamente en la condena de Di√≥scoro, que los Legados del Sumo Pont√≠fice ratificaron con esas palabras: ¬ęEl Sant√≠simo y beat√≠simo Arzobispo de la grande y antigua Roma, Le√≥n, por medio de nosotros y este Santo S√≠nodo, juntamente con el beat√≠simo y dign√≠simo de alabanza Pedro Ap√≥stol, que es la piedra y la base de la Iglesia Cat√≥lica y el fundamento de la fe ortodoxa, le ha despojado (a Di√≥scoro) de la dignidad episcopal, como tambi√©n de todo ministerio sacerdotal¬Ľ 10 .

Consta por otra parte claramente que no s√≥lo los Legados Pontificios han ejercitado la autoridad de presidir, sino que tambi√©n les fue reconocido por todos los Padres del Concilio sin alguna oposici√≥n el derecho y el honor de la presidencia, como se deduce de la carta sinodal enviada a Le√≥n: ¬ęT√ļ en verdad, as√≠ escriben, presid√≠as como la cabeza a los miembros, demostrando benevolencia en los que ten√≠an tu puesto¬Ľ 11 .

No es nuestro intento detallar aqu√≠ todos y cada uno de los actos del Concilio, sino solamente los principales, en cuanto son √ļtiles para poner en claro la verdad y para ayudar a la Religi√≥n. Por tanto no podemos pasar en silencio ya que se toca la cuesti√≥n de la dignidad de la Sede Apost√≥lica, el Canon 28 de aquel Concilio, en el cual se atribuye el segundo puesto de honor despu√©s de la Sede Romana a la sede episcopal de Constantinopla como ciudad imperial. Si bien nada se hubiera hecho contra el divino primado de jurisdicci√≥n, a por todos reconocido, con todo aquel canon, redactado en ausencia y contra la voluntad de los Legados Pontificios, y por consiguiente clandestino y subrepticio, est√° destituido de todo valor jur√≠dico y fue reprobado y condenado por San Le√≥n en muchas cartas. Por lo dem√°s, a semejante determinaci√≥n se adhirieron Marciano y Pulqueria, y tambi√©n el mismo Anatolio, el cual, excusando la censurable audacia de aquel acto, escribi√≥ as√≠ a Le√≥n: ¬ęDe aquellas cosas que d√≠as pasados se decretaron en el Concilio Universal de Calcedonia a favor de la Sede Constantinopolitana quien tuvo ese deseo...; quedando reservada a la autoridad de Vuestra Beatitud toda la validez y la aprobaci√≥n de tal acto¬Ľ 12 .

II. ¬ęPedro ha hablado por boca de Le√≥n¬Ľ

Pero vengamos ya al punto principal de toda la cuestión, es decir, a la solemne definición de la fe católica, con la cual fue rechazado y condenado el pernicioso error de Eutiques.

En la cuarta sesi√≥n del sacro S√≠nodo, pidieron los representantes imperiales que se compusiese una nueva f√≥rmula de fe; pero el Legado Pontificio Pas , interpretando el sentir de todos, respondi√≥ que no era necesario, bastando los s√≠mbolos de la fe y los c√°nones ya en uso en la Iglesia, entre los que hay que contar primeramente la Carta de Le√≥n a Flaviano: ¬ęLuego en tercer lugar (esto, es, despu√©s de los S√≠mbolos Niceno y Constantinopolitano y de su exposici√≥n hecha por Cirilo en el Concilio Efesino) los escritos enviados por el Beat√≠simo y Apost√≥lico Le√≥n, Papa de la Iglesia Universal, contra tu herej√≠a de Nestorio y de Eutiques, ya han indicado cu√°l es la verdadera fe. De igual manera el Santo Concilio tiene y sigue la misma fe¬Ľ 13 .

Conviene recordar aquí que esta importantísima Carta de San León a Flaviano, acerca de la Encarnación del Verbo, fue leída en la tercera sesión del Concilio, y apenas calló la voz del lector, todos los Padres gritaron unánimemente: Esta es la fe de los Padres, ésta la fe de los Apóstoles. Todos creemos así, los ortodoxos creen así. Sea excomulgado quien no cree así. Pedro ha hablado por boca de León 14 .

Después de esto, con pleno consentimiento, todos dijeron que el documento del Romano Pontífice concordaba perfectamente con los Símbolos Niceno y Constantinopolitano. Con todo en la quinta sesión sinodal por la insistencia de los representantes de Marciano y del Senado, fue preparada una nueva fórmula de la fe por un Consejo escogido de Obispos de varias regiones, que se reunieron en el oratorio de la basílica de Santa Eufemia. Está compuesta de un prólogo, del Símbolo Niceno y del Constantinopolitano, promulgado entonces por primera vez, y de la solemne condenación del error eutiquiano. Tal fórmula fue aprobada por los Padres del Concilio con unánime consentimiento.

Creemos ahora que haremos una cosa digna, Venerables Hermanos, si nos detenemos un poco en explicar el documento del Romano Pont√≠fice que reivindica la fe cat√≥lica. Ante todo contra Eutiques que andaba diciendo: ¬ęConfieso que el Se√Īor ten√≠a dos naturalezas antes de la uni√≥n; y en cambio despu√©s de la uni√≥n, una sola naturaleza¬Ľ 15 , y no sin indignaci√≥n contrapone as√≠ el Sant√≠simo Pont√≠fice la luz de la refulgente verdad: ¬ęMe maravillo que f√≥rmula tan absurda y tan perversa no haya sido reprobada por alguna protesta de los jueces...; mientras es igualmente imp√≠o decir que en el Hijo Unig√©nito de Dios Haya dos naturalezas antes de la Encarnaci√≥n, como admitir en El una sola naturaleza despu√©s de la Encarnaci√≥n¬Ľ 16 . Ni con menor energ√≠a hiere a Nestorio que va al exceso contrario: ¬ęEn fuerza de esta unidad de persona que debe admitirse en las dos naturalezas, se lee que el Hijo de Dios tom√≥ carne de la Virgen, de la que naci√≥. Y todav√≠a se dice que el Hijo de Dios ha sido crucificado y sepultado, mientras El ha sufrido todas estas cosas, no en la divinidad misma, sino en la d√©bil naturaleza humana. De ah√≠ que todos profesamos tambi√©n en el S√≠mbolo que el Unig√©nito Hijo de Dios fue crucificado y sepultado¬Ľ 17 .

Adem√°s de la distinci√≥n de las dos naturalezas en Cristo, San Le√≥n reivindica tambi√©n con mucha claridad la distinci√≥n de las propiedades y operaciones de una y otra naturaleza: ¬ęSalva pues, dice √©l, la propiedad de una y otra naturaleza, que confluyen en una √ļnica persona, fue asumida la humildad por la majestad, la debilidad por la fuerza, la mortalidad por la eternidad¬Ľ 18 . Y de nuevo: ¬ęPorque una y otra naturaleza conserva sin perder nada de su propiedad¬Ľ 19 .

Sin embargo, la doble serie de las propiedades y de las operaciones se atribuyen a la √ļnica Persona, porque ¬ęUno y el mismo es verdaderamente el Hijo de Dios y verdaderamente el Hijo del hombre¬Ľ 20 . De donde: ¬ęObra en efecto una y otra naturaleza con mutua comunicaci√≥n lo que le es propio, esto es, el Verbo obra lo que es propio del Verbo y la carne sigue lo que es propio de la carne¬Ľ 21 . Aqu√≠ aparece la tan conocida comunicaci√≥n de idiomas, como suele decirse, que Cirilo justamente defendi√≥ contra Nestorio apoy√°ndose en el s√≥lido principio de que las dos naturalezas de Cristo subsisten en la √ļnica Persona del Verbo; del Verbo, se entiende, engendrado del Padre antes de todos los siglos, seg√ļn la Divinidad y nacido de Mar√≠a en el tiempo seg√ļn la humanidad.

La definición de Calcedonia.

Esta profunda doctrina sacada del Evangelio, sin negar lo que fue definido en el Concilio Efesino, conden√≥ a Eutiques, sin perdonar a Nestorio, y con ella concuerda perfectamente la definici√≥n dogm√°tica del Concilio Calcedonense, que en el mismo sentido afirma con claridad y energ√≠a dos distintas naturalezas y una persona en Cristo con estas palabras: ¬ę(El Santo S√≠nodo) condena tambi√©n a aquellos que fantasean de dos naturalezas en el Se√Īor antes de la uni√≥n. Nos, pues, siguiendo las huellas de los Santos Padres, ense√Īamos, con pleno acuerdo, a confesar un solo y mismo Hijo y Se√Īor nuestro Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, Dios verdadero y hombre verdadero, compuesto de alma y cuerpo; consubstancial con el Padre seg√ļn la divinidad, consubstancial con nosotros seg√ļn la humanidad; semejante a nosotros en todo fuera del pecado; engendrado del Padre antes de los siglos seg√ļn la divinidad, de Mar√≠a, Madre de Dios, seg√ļn la humanidad, en los √ļltimos tiempos osotros y uestra salvaci√≥n, un solo y mismo Hijo, Se√Īor, Unig√©nito que debe reconocerse en dos naturalezas sin confusi√≥n, sin mutaci√≥n, sin divisi√≥n, sin separaci√≥n, sin quitar de ninguna manera la diferencia de las naturalezas por raz√≥n de la uni√≥n, y m√°s a√ļn salvando la propiedad de una y otra naturaleza que concurre en una sola persona y subsistencia: no en dos personas partido y dividido, sino en un solo y mismo Hijo y Unig√©nito Dios Verbo, Se√Īor, Jesucristo¬Ľ 22 .

Claridad y precisión de términos

Y si se pregunta por qu√© motivo el lenguaje del Concilio de Calcedonia se tan claro y tan eficaz en impugnar el error, creemos que eso depende de que, quitada toda ambig√ľedad, se usan en √©l t√©rminos muy apropiados. En efecto, en la definici√≥n Calcedonense a las palabras persona e hip√≥stasis (pr√≥sopon - hip√≥stasis) se atribuye el mismo significado; al contrario al t√©rmino naturaleza (fysis) se da un sentido diverso y nunca su significado se da a los dos primeros.

Por tanto, sin raz√≥n pensaban los Nestorianos y Eutiquianos, como tambi√©n dicen ahora algunos historiadores, que el Concilio de Calcedonia corrigi√≥ lo que estaba definido en el Concilio de √Čfeso. Todo lo contrario, puesto que el uno completa al otro; pero de tal forma que la s√≠ntesis arm√≥nica de la doctrina cristol√≥gica fundamental aparece m√°s vigorosamente en el segundo y en el tercer Concilio de Constantinopla.

Es doloroso que algunos antiguos adversarios del Concilio Calcedonense, que se dicen tambi√©n Monofisitas, hayan rechazado una doctrina tan pura, tan sincera e √≠ntegra por haber entendido mal algunas expresiones de los antiguos. En efecto, aun siendo contrarios a Etiques, que hablaba absurdamente de mezclas de naturalezas de Cristo, sin embargo defend√≠an tenazmente la conocida f√≥rmula: ¬ęUna es la naturaleza del Verbo encarnado¬Ľ, de la que se hab√≠a servido San Cirilo Alejandrino, como dicho de San Atanasio, pero en sentido ortodoxo, porque √©l entend√≠a la naturaleza en el significado de persona. Sin embargo los Padres de Calcedonia, hab√≠an eliminado todo equ√≠voco y toda incertidumbre de aquellos t√©rminos, porque equiparando la terminolog√≠a trinitaria con la cristol√≥gica, identificaron la naturaleza y la esencia (őŅŌćŌÉőĮőĪ) por una parte, y la persona y la hip√≥stasis por la otra, distinguiendo bien entre s√≠ las dos parejas de t√©rminos; mientras que los dichos disidentes identificaban la naturaleza con la persona, pero no con la esencia. Por eso debe decirse, seg√ļn el lenguaje com√ļn y claro, que en Dios hay una naturaleza y tres personas, y en Cristo en cambio hay una Persona y dos naturalezas.

Por dicho motivo sucede que a√ļn hoy algunos grupos disidentes esparcidos por Egipto, Etiop√≠a, Siria, Armenia y en otras partes, al formular la doctrina de la Encarnaci√≥n del Se√Īor parecen desviarse del recto sentido m√°s bien con las palabras, como se puede arg√ľir de sus documentos lit√ļrgicos y teol√≥gicos.

Por lo dem√°s ya en el siglo XII, un hombre, que entre Armenios gozaba de gran autoridad, confesaba c√°ndidamente su pensamiento respecto a esta materia: ¬ęNosotros decimos que Cristo es una naturaleza no por confusi√≥n a la manera de Eutiques, ni por mutilaci√≥n como quer√≠a Apolinar, sino seg√ļn la mente de Cirilo de Alejandr√≠a, el cual en el Libro Scholiorum adversus Nestorium dice: "Una es la naturaleza del Verbo encarnado, como lo han ense√Īado los Padres... Y tambi√©n nosotros hemos aprendido de la tradici√≥n de los Santos, no introduciendo en la uni√≥n de Cristo confusi√≥n o mutaci√≥n o alteraci√≥n seg√ļn el pensamiento de los heterodoxos, afirmando una naturaleza, pero en el sentido de hip√≥stasis, que vosotros mismos pon√©is en Cristo"; lo cual es justo y nosotros lo reconocemos, y equivale perfectamente a nuestra f√≥rmula: "Una naturaleza...". Ni rehusamos decir "dos naturalezas", pero con tal de que no se entienda por v√≠a de divisi√≥n, como quiere Nestorio, sino se mantenga clara la no confusi√≥n contra Eutiques y Apolinar¬Ľ 23 .

Si el gozo y la alegr√≠a llegan al extremo cuando se realiza la palabra del Salmo: ¬ęOh cu√°n buena y cu√°n dulce cosa es el vivir los hermanos en mutua uni√≥n¬Ľ 24 ; si la gloria de Dios resplandece especialmente junta con la utilidad de todos, cuando la plena verdad y la plena caridad liga entre s√≠ las ovejuelas de Cristo, vean aquellos que con amor y dolor hemos recordado m√°s arriba, si es l√≠cito y √ļtil estar lejos, especialmente por un equ√≠voco inicial de palabras, de la Iglesia una y santa, fundada sobre zafiros 25 , es decir, sobre los Profetas y los Ap√≥stoles, sobre la misma suma piedra angular, Cristo Jes√ļs 26 .

Algunas modernas desviaciones

Repugna tambi√©n abiertamente con la definici√≥n de fe del Concilio de Calcedonia la opini√≥n, bastante difundida fuera del Catolicismo, apoyada en un texto de la Ep√≠stola de San Pablo Ap√≥stol a los Filipenses 27 , mala y arbitrariamente interpretado, esto es, la doctrina llamada Ken√≥tica, seg√ļn la cual en Cristo se admite una limitaci√≥n de la divinidad del Verbo; invenci√≥n verdaderamente sacr√≠lega, que, siendo digna de reprobaci√≥n como el opuesto error de los Docetas, reduce todo el misterio de la Encarnaci√≥n y de la Redenci√≥n a una sombra vana y sin cuerpo. ¬ęEn la entera y perfecta naturaleza del verdadero hombre, as√≠ nos ense√Īa elocuentemente Le√≥n Magno, naci√≥ el verdadero Dios, entero en sus propiedades, entero en las nuestras¬Ľ 28 .

Si bien nada hay que prohíba escrutar más profundamente la humanidad de Cristo, aun en el aspecto psicológico, con todo en el arduo campo de tales estudios no faltan quienes abandonan más de lo justo las posiciones antiguas para construir las nuevas, y se sirven de mala manera de la autoridad y de la definición del Concilio Calcedonense para apoyar sus propias elucubraciones.

Estos ensalzan tanto el estado y la condici√≥n de la naturaleza humana de Cristo que parece que ella es considerada como sujeto suis iuris, como si no subsistiese en la persona del mismo Verbo. Pero el Concilio Calcedonense, en todo conforme con el Efesino, afirma claramente que las dos naturalezas de nuestro Redentor convienen ¬ęen una sola persona y subsistencia¬Ľ y proh√≠be admitir en Cristo dos individuos de manera que al lado del Verbo haya que poner un como ¬ęhombre asumido¬Ľ dotado de plena autonom√≠a.

San Le√≥n adem√°s no solo abraza la misma doctrina, sino que indica y demuestra tambi√©n las fuentes, de las que saca estos principios: ¬ęTodo esto, dice √©l, que hemos escrito, se prueba que ha sido tomado de la doctrina apost√≥lica y evang√©lica¬Ľ 29 .

Doctrina evangélica y apostólica

En efecto, la Iglesia desde los primeros tiempos, sea en los documentos escritos, sea en la predicaci√≥n, sea en las preces lit√ļrgicas, profesa de un modo claro y preciso que el Unig√©nito Hijo de Dios, naci√≥ en la tierra, y ha padecido, y estuvo clavado en la Cruz, y, despu√©s de salir resucitado del sepulcro, subi√≥ a los cielos. Adem√°s la Sagrada Escritura atribuye al √ļnico Cristo, el Hijo de Dios, propiedades humanas y siendo al mismo tiempo Hijo del hombre, propiedades divinas.

En efecto, el Evangelista Juan declara: ¬ęEl Verbo se hizo carne¬Ľ 30 . Luego Pablo escribe de El: ¬ęEl cual teniendo la naturaleza de Dios...se humill√≥ a s√≠ mismo haci√©ndose obediente hasta la muerte¬Ľ 31 .Y tambi√©n: ¬ęMas cumpliendo que fue el tiempo, envi√≥ Dios a su Hijo, formado de una mujer¬Ľ 32 y el mismo divino Redentor afirma de un modo perentorio: ¬ęMi Padre y yo somos una misma cosa¬Ľ 33 y tambi√©n: ¬ęSal√≠ del Padre y vine al mundo¬Ľ 34 . El origen celestial de nuestro Redentor resplandece tambi√©n en este texto del Evangelio: ¬ęHe descendido del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado¬Ľ 35 . Y tambi√©n de este otro: ¬ęEl que descendi√≥, ese mismo es el que ascendi√≥ sobre todos los cielos¬Ľ 36 .

Afirmaci√≥n que Santo Tom√°s de Aquino comenta e ilustra as√≠: ¬ęEl que desciende es el mismo que asciende. En esto se indica la unidad de la Persona del Dios hombre. Desciende en efecto...el Hijo de Dios asumiendo la naturaleza humana, pero sube el Hijo del hombre seg√ļn la naturaleza humana a la sublimidad de la vida inmortal. Y as√≠ el mismo es el Hijo de Dios que baja y el Hijo del hombre que sube¬Ľ 37 .

Este mismo concepto hab√≠a ya expresado Nuestro Predecesor Le√≥n Magno con estas palabras: ¬ęPorque...a la justificaci√≥n de los hombres lo que principalmente contribuye es que el Unig√©nito de Dios se ha dignado ser tambi√©n el Hijo del hombre, de tal manera que el mismo que es ŌĆőľőŅőŅŌćŌÉőĻőŅŌā al Padre, esto es, de la misma substancia del Padre, fuese tambi√©n verdaderamente hombre y consubstancial a la Madre seg√ļn la carne, nosotros gozamos de lo uno y de lo otro, ya que no nos salvamos sino en virtud de ambos, no dividiendo sin embargo lo visible de lo invisible, lo corp√≥reo de lo incorp√≥reo, lo pasible de lo impasible, lo palpable de lo impalpable, la forma del siervo de la forma de Dios, porque, si bien uno subsiste desde la eternidad y el otro ha comenzado en el tiempo, con todo, una vez unidos no pueden ya tener separaci√≥n ni fin¬Ľ 38 .

Solo, pues, si con santa y pura fe se cree que en Cristo no hay otra Persona que la del Verbo, en quien las dos naturalezas del todo distintas entre sí, la humana y la divina, diversas por sus propiedades y operaciones, confluyen, aparece la magnificencia y la piedad de nuestra Redención, nunca bastante exaltada.

¡Oh sublimidad de la misericordia y justicia divina, que socorrió a los culpables y se forjó hijos! ¡Oh cielos abajados hasta nosotros para que, alejando a las brumas infernales, aparecieran las flores sobre nuestra tierra 39 y nosotros fuéramos hechos hombres nuevos, nueva creatura, gente santa y prole celestial! Es decir, que el Verbo ha padecido verdaderamente en su carne, ha derramado su sangre en la cruz y ha pagado al Eterno Padre un precio sobreabundante uestras culpas; de donde resulta que resplandece segura la esperanza de salvación para aquellos que, con fe sincera y caridad operosa, se adhieren a Cristo, y, con la ayuda de la gracia por El procurada, producen frutos de justicia.

III. Llamamiento al retorno

La evocaci√≥n de fastos tan gloriosos y tan insignes de la Iglesia hace que Nos volvamos el pensamiento a los Orientales con m√°s vivo y paternal amor que nunca. En efecto, el Concilio ecum√©nico de Calcedonia es sobre todo un monumento glorioso propio de ellos, que ciertamente durar√° por todos los siglos: ya all√≠, bajo la gu√≠a de la Sede Apost√≥lica, por una numerosa asamblea de Obispos orientales la doctrina de la unidad de Cristo, cuyas dos naturalezas, divina y humana, concurren en una sola persona, habiendo sido adulterada con imp√≠a audacia, fue a un tiempo defendida y admirablemente declarada. Pero, por desgracia, muchos en los pa√≠ses orientales se han alejado, durante largos siglos, de la unidad del Cuerpo M√≠stico de Cristo, de la cual la uni√≥n hipost√°tica es f√ļlgido ejemplar. ¬ŅNo es acaso cosa santa, saludable y conforme a la voluntad de Dios que todos por fin retornen al √ļnico reba√Īo de Cristo?.

Por cuanto respecta a Nos, queremos que ellos sepan bien que nuestros pensamientos son de paz y no e aflicci√≥n 40 . Por otra parte es bien sabido que esta disposici√≥n de √°nimo Nos la hemos demostrado tambi√©n con hechos; y si, obligados por la necesidad. Nos gloriamos de ello, Nos gloriamos en el Se√Īor, que es el dador de toda buena voluntad. Siguiendo, pues, las huellas de Nuestros Predecesores hemos puesto un empe√Īo asiduo para que los orientales vuelvan a la Iglesia Cat√≥lica, hemos defendido sus leg√≠timos ritos, promovido los estudios que a ellos toca, promulgado para ellos pr√≥vidas leyes, rodeado de un cuidado particular a la Congregaci√≥n para la Iglesia Oriental instituida en la Curia Romana; hemos distinguido al Patri los Armenios con el esplendor de la p√ļrpura Romana.

Mientras ard√≠a la reciente guerra con su secuela de miseria, hambre y enfermedades, Nos, sin distinguir entre los pueblos, que Nos suelen llamar Padre, hemos trabajado por aliviar dondequiera el peso de las desgracias; Nos hemos esforzado por ayudar a las viudas, a los ni√Īos, a los ancianos, a los enfermos y Nos hubi√©ramos considerado m√°s felices si hubi√©ramos podido equiparar los medios a los deseos. No vacilen, pues, en rendir el d o homenaje a esta Sede Apost√≥lica, para la que el presidir es ayudar, a esta inquebrantable roca de verdad plantada por Dios, aquellos que por calamidad de los tiempos se han separado de ella, mirando e imitando a Flaviano, nuevo Juan Cris√≥stomo en el soportar las pruebas m√°s duras por la justicia, a los Padres Calcedonenses, elegidos miembros del Cuerpo M√≠stico de Cristo, al fuerte Marciano, bondadoso y sabio pr√≠ncipe, a Pulqueria, f√ļlgido lirio de regia e inmaculada pureza. Nos prevemos cu√°n rica fuente de bienes para provecho com√ļn del orbe cristiano brotar√° de este retorno a la unidad de la Iglesia.

Ciertamente Nos no desconocemos qu√© c√ļmulo inveterado de prejuicios impida tenazmente que se realice la oraci√≥n dirigida por Cristo en la √ļltima Cena al Eterno Padre por los que siguieran el Evangelio: ¬ęQue todos sean una misma cosa¬Ľ 41 . Pero sabemos tambi√©n que la fuerza de la oraci√≥n es grande, si los que oran, formando un solo ej√©rcito, arden en una sincera fe y pura conciencia capaz de arrancar una monta√Īa y precipitarla en le mar 42 . Deseando, pues, ardientemente que todos aquellos, que sienten en el coraz√≥n la calurosa llamada para abrazar la unidad cristiana ( y ninguno que pertenezca a Cristo puede prestar poca atenci√≥n a cosa tan grave) eleven oraciones y s√ļplicas a Dios, autor y fuente del orden, unidad y belleza, a fin que los laudables deseos de los hombres mejores se realicen cuanto antes. Para allanar el camino, que lleva a esta meta, conviene hacer la investigaci√≥n sin ira ni apasionamiento del modo como hoy, m√°s que en el pasado suelen ser construidos y depurados los hechos antiguos.

Unidad contra los enemigos de Dios y de Cristo

Hay, adem√°s, otro motivo, que con grande urgencia exige que las falanges cristianas cuanto antes se unan y combatan bajo una sola bandera central los tempestuosos asaltos del enemigo infernal. ¬ŅA qui√©n no horroriza el odio y la ferocidad con que los enemigos de Dios, en muchos pa√≠ses del mundo, amenazan y tienden a destruir todo lo que es divino y cristiano? Contra sus confederadas milicias no podemos seguir divididos y dispersos, perdiendo el tiempo, todos los que se√Īalados con el car√°cter bautismal, estamos destinados a combatir con valor los combates de Cristo.

Comunidad de martirio y sangre

Las c√°rceles, los sufrimientos, los tormentos, los gemidos, la sangre de aquellos que, conocidos o ignorados, pero ciertamente muchos en estos √ļltimos tiempos y aun hoy d√≠a, han sufrido y est√°n sufriendo por la constancia de la virtud y la profesi√≥n de fe, llaman a todos con voz cada vez m√°s alta, para que abracen esta santa unidad de la Iglesia.

La esperanza de la vuelta de los hermanos y de los hijos, separados hace ya mucho tiempo de esta Sede Apost√≥lica, se hace m√°s fuerte con la amarga y sangrienta cruz de los sufrimientos de tantos otros hermanos e hijos: ¬°que ninguno impida y descuide la obra salvadora de Dios! A estos beneficios y al gozo de esta unidad invitamos con paterna s√ļplica y llamamos de nuevo tambi√©n a aquellos que siguen los errores nestorianos y monofisistas. Persu√°danse ellos que Nos considerar√≠amos como la m√°s f√ļlgida joya de la corona de Nuestro apostolado, el que Nos fuera concedido poder abrazar con amor y honor aquellos que nos son tanto m√°s queridos cuanto su larga separaci√≥n ha avivado m√°s Nuestros deseos.

Finalmente es nuestro anhelo que cuando por Vuestro sol√≠cito trabajo, Venerables Hermanos, se celebre la conmemoraci√≥n del Sacrosanto Concilio Calcedonense, todos saquen impulso para adherirse con solid√≠sima fe a Cristo Nuestro Redentor y Rey. Ninguno, halagado por las aberraciones de la humana filosof√≠a y enga√Īado de los caprichos del lenguaje humano, ose destruir con duda o adulterar con innovaciones en Calcedonia, es decir: que en Cristo hay dos verdaderas y perfectas naturalezas, una divina y otra humana, unidas a la vez, pero sin confusi√≥n, y subsistentes en la √ļnica Persona del Verbo. Antes bien unidos con el autor de nuestra salvaci√≥n, que es ¬ęCamino de santas costumbres, Verdad de divina doctrina, y Vida de eterna bienaventuranza¬Ľ 43 todos amen en El la naturaleza restaurada, honren la libertad redimida, y, rechazando la necesidad del mundo viejo, pasen con plena alegr√≠a a la sabidur√≠a de la infancia espiritual, que nunca envejece.

Reciba estos ardent√≠simos deseos Dios, Uno y Trino, cuya naturaleza es bondad, y cuya voluntad es poder, por intercesi√≥n de la Virgen Mar√≠a, Madre de Dios, de los Santos Ap√≥stoles Pedro y Pablo, de Eufemia Virgen Calcedonense y M√°rtir triunfante. Y vosotros, Venerables Hermanos, unid por esta intenci√≥n vuestras oraciones a las Nuestras, y haced que todo esto que acabamos de escribiros llegue a conocimiento del mayor n√ļmero posible de personas.

Agradecidos a esta vuestra ayuda, a vosotros y a todos los sacerdotes y fieles confiados a Nuestra cura pastoral, impartimos de todo corazón la Apostólica Bendición, en virtud de la cual podáis someteros más generosamente al yugo no pesado ni molesto de Cristo Rey y ser siempre semejantes en humildad a Aquel, de cuya gloria queréis participar.

Dada en Roma, junto a San Pedro, el d√≠a 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Mar√≠a Virgen, a√Īo 1951, 13¬ļ de Nuestro Pontificado.

Papa Pío XII


1

Mt 16, 16.

2

Cfr.. Rm 1, 16.

3

Pío XI Encíclica Lux veritatis, 25-XII-1931; A.A.S. 23 (1931) 493-517.

4

S. Gregorio Magno, Registrum Epistolarum, I, 25 (al. 24) (Migne PL 77, col. 478; edic. Ewald I, 36).

5

S. León M. A Flaviano, Epist. 28 1; (Migne PL 54, col. 755 s.)

6

Cfr. Flaviano, a León M. Ep. 26, (Migne PL 54, 745).

7

S. León Magno, Ep. 28, 5 (Migne PL 54, 777)

8

Schwartz, Acta Conciliorum Oecumenicorum, II, vol. II, pars, prior, p. 78.

9

Theodoretus ad Leonem M.; Ep. 52, 1. 5. 6: (Migne PL 54, 847 y 851; cfr. Migne PG 83, 1311 s. y 1315 s.)

10

Mansi, Conciliorum amplissima collectio. VI, 1047 (Act. III); Schwartz, II, vol. I. Pars altera, p. 29 (225) (Act. II).

11

Sínodo de Calcedonia a León M. Ep. 98, 1 (Migne PL 54, 951; Mansi, VI, 147).

12

Anatolio a León M. Ep. 132, 4 (Migne PL 54, 1084; Mansi, VI, 278 s.).

13

Mansi, VII, 10.

14

Schwartz, II, vol. I, pars altera, p. 81 (277) (Act. III); Mansi, VI, 971 (Act. II).

15

S. León M. Ep. 28, 6 (Migne PL 54, 777).

16

S. León M. Ep. 28, 6 (Migne PL 54, 777).

17

S. León M. Ep. 28, 5 (Migne PL 54, 771; cfr. Augustinus, Contra sermonem Arianorum, c. 8 (Migne PL 42, 688).

18

S. León M. Ep. 28,3 (Migne PL 54, 763). Cfr. S. Leonis M. Serm. 21,2 (PL 54, 192).

19

S. León M.; Ep. 28, 3 (Migne PL 54, 765, Cfr. Serm. 23, 2 (PL 54, 201).

20

S. León M. Ep. 28,4 (Migne PL 54, 767).

21

Ibid..

22

Mansi, Conc. Ampl.. Coll. VII, 114 y 115.

23

Así Nerses IV (+ 1173) en Libello confessionis fidei, ad Alexium supremum exercitus byzantini Ducem (I. Cappelletti. S. Narsetis Claiensis, Armenorum Catholici, opera, I, Venetiis, 1833, pp. 182-183).

24

Ps. 132, 1.

25

Cfr. Is. 54, 11.

26

Cfr. Ef 2, 20.

27

Flp 2,7.

28

San León M. Ep. 28, 3 (Migne P. L. 54, 763); Cfr. Serm. 23, 2 (PL 54, 201).

29

S. León M. Ep. 152 (Migne PL 54, 1123).

30

Jn 1, 14.

31

Filip. 2, 6-8.

32

Gal. 4, 4.

33

Jn 10, 30.

34

Jn 16, 28.

35

Jn 6, 38.

36

Ef 4, 10.

37

S. Tomas, Comm. In Ep. Ad Ephesios, c. IV, lect. III, circa finem.

38

S. Leonis M., Serm. 30, 6 (Migne PL 54, 233 2.).

39

Cfr. Cant 2, 11 s.

40

Cfr. Jr 29, 11.

41

Jn 17, 21.

42

Cfr. Mc 11, 23.

43

San León M., Serm. 72, 1 (Migne PL 54, 390)
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