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Mons. Mario L.B. Maulión, Homilía en el Campito durante la Misa por el 20º Aniversario de la Gesta de las Islas Malvinas
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Homilía en el «Campito» durante la Misa por el 20º Aniversario de la gesta de las Islas Malvinas

Autoridades presentes, Delegaciones de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, Ex Combatientes de Malvinas, Familiares de ellos y de quienes en esta lucha ofrendaron sus vidas, Queridos Hermanos todos en el Señor Jesús:

1. Acompañado de un grupo de Sacerdotes, con Monseñor Eduardo Mirás, Arzobispo de Rosario, estamos celebrando esta Misa: recordamos a quienes murieron en Malvinas y a quienes quedaron, en sus cuerpos y en sus espíritus, marcados por una guerra realizada hoy 20 años. Ellos, sus familiares, sus compañeros, los que los acompañaron y sus instituciones son tenidos muy presentes hoy por muchos sectores del país y muchos compatriotas.

Nosotros lo estamos haciendo aquí, a los pies de la Imagen de Nuestra Señora del Rosario de san Nicolás, teniendo como punto central y dominante de su recordación, la celebración de esta Santa Misa.

Este acto que corresponde al día de mañana y que es adelantado a hoy por razones que no viene al caso considerar ocurre en la Semana de Pascua: en ella celebramos al Señor Jesús, Muerto y Resucitado, Triunfador de la Muerte. En Él, su muerte fue causada por las pasiones más bajas y crueles de la mente humana: la injusticia, la venalidad, el abuso de poder, la corrupción, la envidia y la traición. Así murió Jesús. De esa Muerte nos hablan los textos de la Misa de hoy.

2. Jesús en toda su vida pasó haciendo el bien. “Todo lo hace bien”, decían sus contemporáneos. Él fue claro al denunciar todo pecado, el de las autoridades y el del pueblo. No fue un frío e implacable fiscal. Por el contrario, siempre fue comprensivamente bueno: buscó curar, sanar, rescatar, restañar, es decir, salvar a cada hombre de la situación de postración en que se encontraba. Muchos de su pueblo Lo siguieron. No así la mayoría de los dirigentes y las autoridades. Fue perseguido y con refinada injusticia y crueldad fue ajusticiado: aquellos dirigentes buscaron eliminar a quien consideraban ellos un rival peligroso. Y el pueblo, tan atendido y servido por Él, también terminó abandonándolo. Jesús murió en medio de una dirigencia injusta y de un pueblo olvidadizo. Lo mataron los extranjeros con la instigación, la obcecación y la traición de sus mismos hermanos de nacionalidad y de raza.

Con el Poder de Dios, Él resucitó: el Padre lo libró de las ataduras de la muerte y hoy es Causa de vida y de Salvación para los que creen en Él.

Desde su Resurrección, Él dice a los que sufren la Muerte y la viven muy cerca en sus seres queridos: “No teman: soy Yo”: porque Él vive Resucitado. Afirma mas bien: “Alégrense porque estaba Muerto y ahora Vivo”. Y además sigue anunciando: “El que vive y cree en Mí, aunque muera vivirá”. Estas palabras de vida, hoy, resuenan aquí, para nosotros

3. El Evangelio, luego del anuncio gozoso que hace el mismo Jesús Resucitado a las mujeres, señala otro hecho de corrupción. Por dinero, los guardias que deberían ser justos, mienten. Ellos, en lugar de testimoniar lo ocurrido se corrompen porque sus autoridades los corrompen con dinero y tal vez con amenazas. Así como fue vendido por su amigo en un precio muy bajo, así también se pretende ocultar su Resurrección con dinero. El dinero corrompe y busca ocultar o matar la verdad.

Todas las bajezas y crueldades humanas que se entremezclaron en la muerte de Jesús, se van repitiendo a través de la historia. Muchas de ellas, en distintos grados se dieron en los hechos que sacudieron a nuestra Patria hace 20 años, hechos que marcaron nuestra historia de una manera muy profunda.

Nos duelen, mucho más que una derrota militar.

Pero sobre todo recordamos la generosidad, la inocencia y la audacia que aquellos jóvenes Soldados (muchos de ellos improvisados soldados para una guerra de este estilo) y de sus Superiores que dejaron sus vidas en Malvinas porque la afrontaron motivados por el amor a la Patria.

Por ellos hoy queremos rezar para que tengan la Paz en su eternidad. Y también para que la tengan sus familiares y sus compañeros.

4. Esta celebración tiene que ser una reflexión sobre nuestro presente y nuestro futuro.

Malvinas como parte de una historia que nos duele y nos estimula, nos deja lecciones que es preciso aprender.

Ser honestos y humildes. Tenemos que reconocer lo que somos: ni despreciarnos ni sobrevaluarnos. No somos ni los mejores ni los insuperables pero tampoco somos los peores. Tenemos que ser mejores, humildes, honestos.

Ante tantas vidas tronchadas en aquellas acciones bélicas, hay que valorar a los que son más humildes (¡y por eso, más valientes!) y hay que aprender de ellos. Nuestros hombres en Malvinas nos dejan ejemplos de audaz valentía: en ellos afloraron los mejores recursos de sus corazones: dieron lo mejor, la vida, por los demás.

El poderío de un Pueblo, su soberanía, no consiste ni en su riqueza, ni en su geografía, ni en su poder económico, político o militar, ni siquiera en su sistema político. Un pueblo es fuerte sólo cuando su estilo de vida es moral. Es esta moral que se ha venido deteriorando progresivamente, la que pone en riesgo a la Nación, a la misma soberanía.

5. Recordando la voluntad de recuperar las Malvinas, hoy nos vemos en la urgente necesidad de reconstruir la Patria, herida y dividida por una corrupción moral que viene invadiendo nuestros estilos de vida y que genera desconfianza en todos y hasta en las mismas instituciones. Recuperar cada uno la moral en el interior de la conciencia para que las instituciones y la sociedad consoliden la moral que ha de distinguir al pueblo.

Las fuerzas morales que muchas personas tienen (y las tienen porque son humildes: por eso son valiosos) son la esperanza de nuestro futuro. Las fuerzas morales de muchos desconocidos y anónimos que continúan con esperanza, con trabajo en medio de las dificultades, agobiantes muchas veces, son la esperanza de la Patria, son su reserva de energías. Son también la esperanza de la Iglesia. Son la esperanza para encontrar los caminos de solidaridad y de justicia auténticas.

Necesitamos volver a aprender que la fuerza y el poderío de un pueblo le vienen de su nivel moral, de sus valores: el nivel moral de una familia sólida, de una educación centrada en la persona humana, de una solidaridad hecha de renunciamientos que superen los intereses sectoriales para privilegiar las necesidades de quienes más necesitan. Sólo con los valores morales (los mencionados y otros no mencionados por razón de tiempo) se puede esperar la recuperación de los otros valores: los económicos, los políticos, los del bienestar, los sociales.

Sin valor moral no hay Nación que dure. Con valor moral hay esperanza de una Nación y de una Sociedad que sea consistente y sólida.

6. Malvinas: sus víctimas que son sus héroes, a quienes los acompañamos, nos requieren la recuperación de los valores que hacen grande a una Sociedad. Son los valores que brotan de reconocer a Dios como Fuente y Razón de toda Justicia (impedir su conocimiento a nuestros niños es impedir el crecimiento del país), de ver al hombre como un hermano al que siempre hay que tratar como persona por el camino de la solidaridad y la justicia.

Para llegar a todo esto, nuestra Patria, nosotros, nuestras comunidades cristianas y nuestras instituciones de todo nivel, tenemos que comprometernos a recorrer el laborioso camino de la reconciliación.

7. Nos acompaña, en esta celebración, la Virgen María, cuya imagen nos preside.

Fue muy invocada en Malvinas.

Aquí lo hacemos también, pidiéndole que interceda ante su Hijo para que Él dé:

La Paz de un Vida sin fin a quienes dejaron su vida terrena en Malvinas.

La Paz en su corazón a quienes sufren las heridas y consecuencias de aquellos hechos.

La Paz y la Esperanza a los Familiares, Compañeros y Amigos de unos y otros.

La voluntad y la decisión a todos, en especial a los Responsables en nuestra Sociedad, para trabajar, laboriosamente e incansablemente, en la recuperación de los valores morales para nuestras comunidades, para nuestra Patria Argentina.

¡NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO DE SAN NICOLÁS!

¡RUEGA POR NOSOTROS!

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