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Mons. John J. Myers, Secularismo y cultura electrónica
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Secularismo y cultura electrónica

Mons. John J. Myers
Obispo de Peoria

1. Introducción

Durante la segunda mitad de este siglo hemos sido testigos de una revolución electrónica de proporciones sorprendentes. Mientras se acerca el Tercer Milenio, el ritmo del avance de la tecnología electrónica está creciendo de manera dramática. En los últimos cuarenta años la televisión se ha convertido en un fenómeno casi universal —exceptuando las regiones más pobres del planeta—. Más recientemente, los logros de todo tipo en comunicaciones se han combinado con la tecnología de computadoras y el desarrollo de las redes informáticas para producir una revolución de la información. Ciertamente, muchos piensan que estamos observando el paso de la era industrial y el despliegue de la era de la información.

La Iglesia de cada época está llamada a entrar en diálogo con la cultura en su labor de evangelización. Así como San Pablo llega a Atenas y «se dirige al areópago donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente», también la Iglesia debe ir y enseñar a las nuevas generaciones hablando a la sensibilidad humana y religiosa de cada época. En La misión de Cristo Redentor, Redemptoris missio, el Papa Juan Pablo II sostiene que «el primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola —como suele decirse— en una “aldea global”»1.

El decreto del Concilio Vaticano II sobre los medios de comunicación social, Inter mirifica, se manifiesta esperanzado pero realista en sus estimaciones sobre los medios de comunicación: «La madre Iglesia sabe que estos medios, rectamente utilizados, prestan ayudas valiosas al género humano, puesto que contribuyen mucho al descanso y cultivo de los espíritus y a la propagación y consolidación del reino de Dios; sabe también que los hombres pueden utilizar tales medios contra el propósito del Creador y convertirlos en su propio daño; más aún, siente materna angustia, dolorida por los daños que de su mal uso han surgido con demasiada frecuencia para la sociedad humana»2.

¿Cuáles son los efectos de esta nueva cultura electrónica? ¿Será una fuerza para aumentar el secularismo en el mundo? ¿Cómo impacta en la misión evangelizadora de la Iglesia?

2. Cultura electrónica

Marshall McLuhan, el padre de la teoría de los medios de comunicación, quien posteriormente se convirtiera al catolicismo y fuese consultor en el decreto sobre los medios de comunicación social del Concilio Vaticano II, popularizó la idea de que el medio es el mensaje. Con esto McLuhan se refería a que la particularidad de los medios de comunicación social modernos es que los medios electrónicos no sólo portan el mensaje, sino que se convierten en parte del mensaje, si no son ellos mismos todo el mensaje. Este aforismo de McLuhan, formulado en la alborada de la era de la televisión, es verdadero hoy más que nunca, ahora que las formas más recientes de medios electrónicos se propagan. Los pronosticadores ya predicen que estas herramientas tendrán como consecuencia un incremento en la creatividad del trabajo humano. La tecnología mecánica y electrónica anterior normalmente apuntaba a suplir lo que la labor humana hacía pobremente. Sin embargo, esta nueva tecnología acrecienta la creatividad humana, promueve lo que hacemos mejor. Inclusive ahora, en mi país, estamos viendo cambios en el ambiente del trabajo, en los métodos de intercambio financiero y los efectos desestabilizantes de las nuevas tecnologías que llevan al desempleo y a la necesidad de re-entrenamiento para los diferentes empleos. En la industria de la televisión las cadenas televisivas tradicionales ven sus existencias en peligro mientras buscan maneras de competir con el amplio rango de opciones ofrecido por canales digitales y por cable.

Simultáneamente, un nuevo sentido de libertad y de descentralización está surgiendo debido al poder de las computadoras personales y el alcance de las redes de comunicaciones, tales como Internet y el World Wide Web. Esto puede redundar en beneficio de las familias porque ofrece tanto a los hombres como a las mujeres la oportunidad de trabajar eficientemente desde sus hogares. Cuando los nuevos sistemas de satélites con comunicación digital empiecen su servicio, dentro de unos diez años, las naciones pobres podrían ser las más beneficiadas. Esta tecnología permitirá a las regiones montañosas o rurales más remotas el mismo acceso a la telecommuting, y a la educación o la medicina a distancia a través de sus computadoras personales que cualquier región desarrollada. Habrá el mismo acceso a la cultura para todas las personas sin importar la ubicación.

Quisiera referirme a la televisión en particular, porque es el medio de comunicación con mayor influencia en la historia mundial y su impacto es muy profundo.

Los norteamericanos pasan la mitad de su tiempo libre viendo televisión, y la mayoría se entera de las noticias, diariamente, mediante la televisión. La televisión proporciona a las personas un encuentro directo con los eventos del mundo. Trae a millones de hogares los eventos nacionales e internacionales más importantes que antes eran accesibles de primera mano sólo a unos pocos. Lo que da particularmente a las noticias televisadas su impacto extraordinario es su habilidad de proveer a los televidentes lo que parece ser una imagen de primera mano, sin filtros, una experiencia directa de los mayores acontecimientos de nuestro tiempo. Al mismo tiempo, no obstante, la televisión no es realmente lo directa e inmediata que parece. Es en realidad un negocio, y este negocio es el entretenimiento. Está controlado por profesionales que proyectan sus puntos de vista subjetivos, ideologías e interpretaciones en la espera de lograr mayores audiencias, influir en las masas y recibir mayores ganancias con las ventas de la publicidad.

La televisión ha llevado a un intercambio compartido de información y experiencias sin precedentes dentro de todos los segmentos de la población, segmentos ricos y pobres, de mayores y jóvenes, urbanos y rurales. Al margen del nivel social o educacional, grandes masas de personas han compartido por décadas la misma experiencia de observar los mismos programas —muy frecuentemente hechos en los Estados Unidos—. Esta experiencia común a veces ha servido grandemente a la promoción de la causa de la solidaridad entre los pueblos. Se puede recordar las manifestaciones de preocupación mundial, aunque tal vez demasiado tarde, ante las imágenes gráficas de las matanzas en Ruanda. Con quizás mayor causa de satisfacción uno podría mirar al principio de los ’80 y recordar la solidaridad para salvar a Etiopía de la muerte de hambre masiva una vez que las imágenes comenzaron a salir de ese pobre país y a entrar en los hogares de millones en el mundo entero.

Ver televisión es atractivo porque es fácil. «Los niveles principales de concentración, desafío y habilidad son significativamente inferiores por ver televisión que los niveles promedio producidos por la combinación de otras actividades»3. Generalmente no incentiva el pensamiento crítico ni al análisis. Más bien lo contrario: grupos de sonidos simples, imágenes vistosas y slogans que se recuerdan con facilidad dominan la imaginación popular para el detrimento del análisis razonado y la verdad objetiva. Tal como el entretenimiento y la diversión, la televisión ayuda a los televidentes a escaparse de la realidad y no a sumergirse en ella. La gente y las personalidades toman precedencia frente a las ideas y los hechos.

Es difícil medir el impacto de la televisión en la cultura pero sabemos que éste ha sido penetrante. Nadie podría discrepar con los educadores que la señalan como la culpable del mal rendimiento de muchos estudiantes. El discurso político, las campañas electorales, los patrones de comunicación familiar e inclusive los deportes profesionales han sido todos transformados por la televisión.

3. Secularismo

Claramente, desde la perspectiva de la Iglesia, el impacto de la televisión y de otros medios de comunicación que causa mayor conmoción es la promoción de una ideología secular a niveles masivos. El secularismo es la ideología que apunta a separar a Dios de la vida pública y pretende «la sistemática eliminación de cuanto hay de cristiano» que «domina desde hace tres siglos el pensamiento y la vida de Occidente»4. Juan Pablo II nos advierte de «una poderosa antievangelización» que «dispone de medios y de programas, y se opone con gran fuerza al Evangelio y a la evangelización»5.

«Sí, este deseo de sofocar la voz de Dios está bastante bien programado; muchos hacen cualquier cosa para que no se oiga Su voz, y se oiga solamente la voz del hombre, que no tiene nada que ofrecer que no sea terreno. Y a veces tal oferta lleva consigo la destrucción en proporciones cósmicas. ¿No es ésta la trágica historia de nuestro siglo?»6.

Afortunadamente, no todo lo que se presenta mediante los medios de comunicación es negativo o secular. Todos hemos disfrutado de documentales enérgicos y de historias conmovedoras que sondean la profundidad del espíritu humano. La televisión también ha llevado a sus pantallas películas religiosas extraordinarias y grandes experiencias religiosas como las Jornadas Mundiales de la Juventud. No obstante, por lo general, la religión es sistemáticamente excluida de la oferta diaria de la televisión. Mucho de esto es atribuible a la ideología secularista que prevalece, si es que no domina absolutamente, entre lo que ha sido llamado la "elite de los medios". En su libro con el mismo título, el sociólogo S. Robert Lichter concluyó que «la elite de los medios es un grupo homogéneo y cosmopolita, que fue educado con alguna distancia de las tradiciones culturales y sociales de... la América promedio. La mayoría se ha separado de cualquier tradición o herencia religiosa y muy pocos van a misa regularmente. El modo de pensar predominante de este grupo es igualmente aparente... Es políticamente liberal y alienado de las formas e instituciones tradicionales»7.

Un estudio más reciente distinguía una definida inclinación anti-católica de parte de cuatro gigantes de los medios norteamericanos: The New York Times, The Washington Post, la revista Time, y CBS News8. Cada vez más la cultura televisiva exalta estilos de vida que contradicen gravemente la naturaleza humana, por no mencionar los ideales del Evangelio. La familia creyente, trabajadora, intacta y nuclear es inclusive más rara en la televisión que en la sociedad de mentalidad pro-anticonceptivos, pro-divorcio de los Estados Unidos.

La elite de los medios y la industria del entretenimiento manipula sistemáticamente las emociones humanas para su propio provecho ideológico y económico. Mientras en un momento evocan nuestra simpatía por las víctimas sufrientes de un terremoto, en otro explotan el sexo y la violencia para la completa denigración de la persona humana. Finalmente, la propaganda, sangre financiera de la industria televisiva, promueve poderosa e implacablemente el consumismo más craso entre las personas de todas las edades y las clases sociales.

4. Evangelización de los medios electrónicos

La unión de la tecnología con la ideología que comenzó a finales del siglo XIX y se despliega por el siglo XX ha tenido consecuencias de largo alcance. Los logros tecnológicos de las naciones del hemisferio norte les ha permitido dominar política y económicamente a los países del sur. La unión de la tecnología con las ideologías marxista y nacional-socialista ha hecho de este siglo el siglo de las "megamuertes", en la medida en que las nuevas tecnologías de destrucción y control han permitido a los gobiernos totalitarios estrangular la vida y la libertad de millones de personas9. La unión del secularismo con las nuevas tecnologías de comunicación masiva también plantea una amenaza potencial a la humanidad. De hecho, el secularismo y el materialismo de hoy en día son las fuentes de la cultura de muerte que amenaza tan seriamente las estructuras de las sociedades occidentales.

Paradigmas familiares seculares, irrespeto a la inviolabilidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, un concepto de libertad separado de la verdad, consumismo descontrolado, hedonismo y avaricia pueden ser promovidos con una facilidad y extensión sin precedentes por medio de la cultura electrónica. La comunicación instantánea, poco costosa e interactiva, el alcance mundial de las redes, el acceso inmediato a casi toda forma concebible de información —incluyendo la pornografía, la literatura del odio y propaganda anti-católica— significan que el mundo moderno, con todo lo bueno y todo lo malo que contiene, será llevado directamente a los hogares de innumerables familias.

Así como el marxismo, la ideología del secularismo fracasará finalmente debido a su «propia debilidad interna» y «como consecuencia de sus propios errores y abusos»10. Pero no podemos esperar a que continúe corriendo por su curso destructivo. El Pueblo de Dios y todos los hombres y mujeres de buena voluntad tienen la obligación de oponerse a esta ideología. Debemos combatirla con un esfuerzo evangelizador constante, un compromiso activo de los laicos, las familias y los profesionales católicos y con incesante oración.

Los 17 años de pontificado del Papa Juan Pablo II, dedicados a la implementación de las enseñanzas del Vaticano II, nos proveen de un análisis crítico de la cultura moderna y un modelo para la acción. Él ha leído los signos de los tiempos y ha visto en la búsqueda de la liberación y de los derechos humanos las aspiraciones más profundas del hombre moderno. Sus encíclicas han explorado el verdadero significado de liberación y los terribles resultados de la libertad separada de la verdad: licencia que inevitablemente lleva a nuevas formas de dominación de los fuertes sobre los débiles. Su magisterio sobre la dignidad humana y la dignidad de cada persona única e irrepetible ha sumado una profundidad y articulación inusitadas a la cuestión de los derechos humanos. Él ha presentado repetidamente sus análisis a todo el mundo, desde las Jornadas Mundiales de la Juventud hasta sus libros best-sellers. Nuevamente, hace poco viajó a otro gran areópago del mundo moderno, las Naciones Unidas, para invitar a todas las personas de buena voluntad a «construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad»11. Cristo, a través del Papa está llamando a «los hombres de hoy, especialmente a los jóvenes, a ponerse en camino por las rutas del Evangelio en dirección a un mundo mejor»12.

«En el mundo contemporáneo se siente una especial necesidad del Evangelio, ante la perspectiva ya cercana del año 2000»13. Con todos los medios de transporte y de comunicación que nos son accesibles, «nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos»14. Es imperativo que hagamos presente nuestra misión evangelizadora en el mundo de la información. No podemos retrasar, no podemos dejarnos sobrepasar por el movimiento de la cultura porque corremos el riesgo de pecar por omisión. «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1Cor 9,16) dijo San Pablo. Tenemos que propagar la Buena Nueva de Cristo y de la Iglesia. Tenemos que hacer que se conozca la poderosa síntesis de la reciente enseñanza papal de tal modo que llegue a la imaginación popular e influencie la opinión pública. Esto significará diseñar y desarrollar materiales catequéticos para el espacio cibernético, materiales de alta calidad que sean atractivos, interesantes, conmovedores y que hablen a las esperanzas, aspiraciones y problemas de las personas de hoy. Dada la naturaleza transdiocesana de las redes de comunicación esto necesariamente será un trabajo colaborativo de las conferencias regionales de obispos.

A pesar de nuestros mejores esfuerzos tecnológicos, el Papa nos recuerda, sin embargo, que la evangelización será siempre una tarea difícil. «La salvación no consiste en hábiles palabras o esquemas humanos, sino en la cruz y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo»15. Hasta Pablo fue acallado en el areópago cuando mencionó la muerte y resurrección de Cristo. «Sin embargo, no se rindió. Derrotado en Atenas, reanudó con santa tozudez el anuncio del Evangelio a toda criatura»16.

En La misión del Redentor, el Santo Padre nos recuerda que «el trabajo en estos medios... no tiene solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta “nueva cultura” creada por la comunicación moderna»17.

Pablo VI en Evangelii nuntiandi observó que las culturas mismas necesitan ser regeneradas por medio del contacto con el Evangelio18. Convencido de los lazos inquebrantables entre la fe y la cultura, el Papa actual ha enfatizado repetidamente que la evangelización «se inserta también en la cultura de las Naciones, ayudando a ésta en su camino hacia la verdad y en la tarea de purificación y enriquecimiento»19.

No se trata de que la Iglesia domine la cultura electrónica, sino de que la sirva transformándola. Ésta es sobre todo la labor del laico creyente. Es una responsabilidad fundamental de los Pastores de la Iglesia lograr que el laicado descubra su rol absolutamente esencial en esta evangelización de la cultura. Deben actuar como una influencia transformadora en la cultura, con la fe y el celo de los primeros cristianos. «Pensemos, queridos hermanos y hermanas —escribió el Papa Juan Pablo II en La misión de Cristo Redentor—, en el empuje misionero de las primeras comunidades cristianas. A pesar de la escasez de medios de transporte y de comunicación de entonces, el anuncio evangélico llegó en breve tiempo a los confines del mundo»20. Tenemos hoy la tarea, como está tan claramente afirmado en el Concilio Vaticano II, de revigorizar el sentido de la vocación y la misión entre los laicos. «La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión»21. El documento conciliar sobre el apostolado de los laicos afirma: «El apostolado de los seglares, que brota de la esencia misma de su vocación cristiana, nunca puede faltar en la Iglesia... Nuestro tiempo no exige menos celo en los seglares. Por el contrario, las circunstancias actuales piden un apostolado seglar mucho más intenso y más amplio... (se) han ampliado inmensamente los campos del apostolado de los seglares, en su mayor parte abiertos solamente a éstos»22.

Cristianizar la cultura no es un mandato o una tarea dada por el clero, sino que «la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado»23. «Insertos por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado»24.

El pueblo creyente de Cristo debe iluminar con el Evangelio a toda la sociedad mediante su presencia y testimonio en todo lugar, pero especialmente en sus hogares y espacios de trabajo. Aquéllos involucrados con los medios de comunicación social o con el mundo del arte tienen que amar la profesión escogida y practicarla con gozo y excelencia. Al mismo tiempo, deben entender que su trabajo no tiene sentido si es que no está dirigido a la gloria de Dios y al servicio de la dignidad humana. Para que su arte sea verdaderamente creativo y no destructivo debe promover lo más alto del hombre. Nuestra tarea como hombres de Iglesia es preparar y fortalecer el laicado para combatir el secularismo que promueve la existencia separada en compartimientos estancos que relega a Dios a una pequeña parte de la vida de la persona. Mediante su trabajo, deben aspirar a promover la paz y la justicia en las familias y en la sociedad, promover la solidaridad humana, oponerse a las estructuras de pecado que explotan y oprimen la dignidad humana.

Recordemos las palabras de Gaudium et spes: «El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época... El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios»25.

Nuestra esperanza en el futuro de la cultura electrónica puede ser verdaderamente grande si podemos inculcar en los hombres y mujeres laicos la fe, la valentía, y la convicción para que siempre utilicen sus expresiones artísticas al servicio de la humanidad. Más aún, mediante la colaboración con sus semejantes, hombres y mujeres de buena voluntad, tendrán innumerables oportunidades para comunicarles que su trabajo, si se quiere que alcance su verdadero valor, debe siempre promover la verdadera libertad y dignidad humana.

En La misión de Cristo Redentor, Juan Pablo II nos dice: «Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos... responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo»26. La cultura electrónica y la era de la información venidera ofrecen grandes retos y oportunidades para la propagación del Evangelio y para el desarrollo humano. Cristo dice: «¡Mi Padre obra siempre y yo también obro!» (Jn 5,17). Debemos afrontar el futuro con confianza en el poder de Cristo y del Evangelio. El Papa afirma en Cruzando el umbral de la esperanza: «El Padre y el Hijo obran en el Espíritu Santo, que es el Espíritu de verdad, y la verdad no cesa de ser fascinante para el hombre, especialmente para los corazones jóvenes»27. El secularismo y otras ideologías falsas han engendrado amargas cosechas durante este siglo y el siglo pasado. Sin embargo, como el Papa Juan Pablo dijo a las Naciones Unidas a principios de este mes: «No debemos tener miedo del futuro. No debemos tener miedo del hombre... Tenemos en nosotros la capacidad de sabiduría y de virtud. Con estos dones, y con la ayuda de la gracia de Dios, podemos construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad. ¡Podemos y debemos hacerlo! Y haciéndolo, podremos darnos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del espíritu humano»28.


1

Redemptoris missio, 37.

2

Inter mirifica, 2.

3

Robert Kubey y Mihaly Csikszentmihalyi, Television and Quality of Life, Lawrence Earlbaum Associates, Hillsdale-NJ 1990, p. 81.

4

Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Norma, Colombia 1994, p. 149.

5

Allí mismo, p. 131.

6

Allí mismo, p. 147.

7

S. Robert Lichter, Stanley Rothman, y Linda S. Lichter, The Media Elite, Husting House, Nueva York 21990, p. 294.

8

Patrick Rilcy y Russell Shaw (eds.), Anti-Catholicism in the Media, Huntington-IN; Our Sunday Visitor.

9

Ver Zbigniew Brzezinski, Out of control, Charles Scribner's Sons, Nueva York 1993, pp. 3-18.

10

Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, ob. cit., p. 148.

11

Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea general de las Naciones Unidas, 5/10/1995, 18.

12

Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, ob. cit., p. 135.

13

Allí mismo, p. 132.

14

Redemptoris missio, 92.

15

Juan Pablo II, Homilía durante la celebración de Vísperas en el seminario de Yonkers, Nueva York, 6/10/1995, 3.

16

Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, ob. cit., p. 126.

17

Redemptoris missio, 37.

18

Evangelii nuntiandi, 20.

19

Centesimus annus, 50.

20

Redemptoris missio, 90.

21

Lug. cit.

22

Apostolicam actuositatem, 1.

23

Allí mismo, 2.

24

Allí mismo, 3.

25

Gaudium et spes, 43.

26

Redemptoris missio, 92.

27

Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, ob. cit., p. 132.

28

Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea general de las Naciones Unidas, 5/10/1995, 18.
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