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S.S. Juan Pablo II, Somos ministros de la reconciliación
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Somos ministros de la reconciliación

Homil√≠a Durante la Misa Crismal presidida en la patriarcal bas√≠lica de San Pedro, 28 de marzo, por la ma√Īana

El Jueves santo, 28 de marzo, por la ma√Īana, Juan Pablo II presidi√≥ en la bas√≠lica de San Pedro la misa Crismal. Concelebraron 26 cardenales, 40 arzobispos y obispos, junto con 2.000 presb√≠teros diocesanos y religiosos. Antes de la misa, los sacerdotes rezaron la hora Tercia. El Papa entr√≥ en la bas√≠lica por el pasillo central, acompa√Īado de los cardenales concelebrantes. Despu√©s de las lecturas, que se proclamaron en lat√≠n, pronunci√≥ la homil√≠a que publicamos. A continuaci√≥n, todos los presb√≠teros renovaron sus promesas sacerdotales. Juan Pablo II invit√≥ a los fieles a rezar por los sacerdotes, para que el Se√Īor derrame abundantemente sobre ellos sus dones, a fin de que sean fieles ministros de Cristo, sumo sacerdote, y gu√≠en a los cat√≥licos hacia √©l, √ļnica fuente de salvaci√≥n; les pidi√≥ que rezaran tambi√©n por √©l, para que sea fiel al servicio apost√≥lico que le ha sido confiado y se transforme cada d√≠a m√°s en imagen viva y aut√©ntica de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos. Sigui√≥ la bendici√≥n de los santos √≥leos por parte del Papa: primero el de los enfermos, despu√©s el de los catec√ļmenos y, por √ļltimo, el santo crisma. Se hallaban en grandes √°nforas de plata. Luego se acerc√≥ al altar el cardenal Dar√≠o Castrill√≥n Hoyos, prefecto de la Congregaci√≥n para el clero, al que se le unieron en la plegaria eucar√≠stica los cardenales Angelo Sodano, secretario de Estado, y Roger Etchegaray, presidente em√©rito de los Consejos pontificios Justicia y paz, y "Cor unum". En el momento de la Comuni√≥n, dos di√°conos se acercaron a Juan Pablo II para ofrecerle el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Al final de la misa, Su Santidad record√≥ a los obispos y sacerdotes que la bendici√≥n de los √≥leos subraya el misterio de la Iglesia como sacramento de Cristo, que santifica toda realidad y situaci√≥n de vida, y que ahora se les conf√≠a para que, a trav√©s de su ministerio, la gracia divina se derrame en las almas, infundi√©ndoles fuerza y vida. Concluy√≥ exhort√°ndoles a respetarlos, venerarlos y conservarlos con cuidado especial, como signos de la gracia de Dios. Asistieron a esta celebraci√≥n miles de peregrinos, laicos, religiosos y religiosas. Los cantos corrieron a cargo del coro de la Capilla Sixtina, dirigido por mons. Giuseppe Liberto. Terminada la concelebraci√≥n, se distribuyeron los √≥leos a los p√°rrocos de la di√≥cesis de Roma para que administren los sacramentos a los fieles de sus comunidades.

1. "El Esp√≠ritu del Se√Īor est√° sobre m√≠, porque el Se√Īor me ha ungido" (Is 61, 1).

Estas palabras del profeta Isa√≠as representan el motivo dominante de la misa Crismal, missa Chrismatis, para la cual, esta ma√Īana del Jueves santo, se re√ļne en cada di√≥cesis todo el presbiterio en torno a su Pastor. Durante este solemne rito, que tiene lugar antes del inicio del Triduo pascual, se bendicen los √≥leos, que llevar√°n el b√°lsamo de la gracia divina al pueblo cristiano.

"El Se√Īor me ha ungido". Estas palabras se refieren, ante todo, a la misi√≥n mesi√°nica de Jes√ļs, consagrado por virtud del Esp√≠ritu Santo y convertido en sumo y eterno Sacerdote de la nueva Alianza, sellada con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realizaci√≥n en √©l, √ļnico y definitivo mediador entre Dios y los hombres.

2. "Hoy se cumple esta Escritura que acab√°is de o√≠r" (Lc 4, 21). As√≠ comenta Jes√ļs, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio prof√©tico de Isa√≠as. Afirma que √©l es el ungido del Se√Īor, a quien el Padre ha enviado para traer a los hombres la liberaci√≥n de sus pecados y anunciar la buena nueva a los pobres y a los afligidos. √Čl es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia. El Ap√≥stol, en la carta a los Colosenses, afirma que Cristo, "primog√©nito de toda la creaci√≥n" (Col 1, 15) es "el primog√©nito de entre los muertos" (Col 1, 18). Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condici√≥n humana, trae consigo el soplo de la vida nueva y da la salvaci√≥n a todos los que creen en √©l.

3. "Todos los ojos estaban fijos en él" (Lc 4, 20).

Tambi√©n nosotros, como las personas presentes en la sinagoga de Nazaret, tenemos la mirada fija en el Redentor, que "ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre" (Ap 1, 6). Si cada bautizado participa de su sacerdocio real y prof√©tico "para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios" (1 P 2, 5), los presb√≠teros est√°n llamados a compartir su oblaci√≥n de modo especial. Est√°n llamados a vivirla en el servicio al sacerdocio com√ļn de los fieles. As√≠ pues, gracias al sacramento del Orden, la misi√≥n encomendada por el Maestro a sus Ap√≥stoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Por consiguiente, es el sacramento del ministerio apost√≥lico, que conlleva los grados del episcopado, del presbiterado y del diaconado.

Amadísimos hermanos, hoy tomamos conciencia particular de este ministerio peculiar que se nos ha conferido. El Maestro divino nos ha encomendado, en la Eucaristía, la celebración de su sacrificio, llamándonos así a su especial seguimiento. Por eso, a lo largo de esta celebración, le reafirmamos todos juntos nuestra fidelidad y nuestro amor, y, confiando en el poder de su gracia, renovamos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación.

4. ¬°Qu√© grande es para nosotros este d√≠a! El Jueves santo, Jes√ļs nos convirti√≥ en ministros de su presencia sacramental entre los hombres. Puso en nuestras manos su perd√≥n y su misericordia, y nos hizo el regalo de su sacerdocio para siempre.

Tu es sacerdos in aeternum! Resuena en nuestra alma esta llamada, que nos hace percibir que nuestra vida est√° vinculada indisolublemente a la suya. ¬°Para siempre!

Adem√°s de dar gracias por este don misterioso, no podemos por menos de confesar nuestras infidelidades. En la carta que, como todos los a√Īos, quise enviar a los sacerdotes para esta ocasi√≥n especial, record√© que "todos nosotros -conscientes de la debilidad humana, pero confiando en el poder salvador de la gracia divina- estamos llamados a abrazar el "mysterium crucis" y a comprometernos a√ļn m√°s en la b√ļsqueda de la santidad" (n. 11). Amad√≠simos hermanos, no olvidemos el valor y la importancia del sacramento de la Penitencia en nuestra existencia. Est√° √≠ntimamente unido a la Eucarist√≠a y nos transforma en dispensadores de la misericordia divina. Si recurrimos a esta fuente de perd√≥n y reconciliaci√≥n, podremos ser aut√©nticos ministros de Cristo e irradiar en nuestro entorno su paz y su amor.

5. "Cantar√© eternamente las misericordias del Se√Īor" (Estribillo del Salmo responsorial).

Congregados en torno al altar, ante la tumba del apóstol san Pedro, a la vez que damos gracias por el don de nuestro sacerdocio ministerial, oremos por los que han sido instrumentos valiosos de la llamada divina con respecto a nosotros.

Pienso, ante todo, en nuestros padres, los cuales, al darnos la vida y al pedir para nosotros la gracia del bautismo, nos insertaron en el pueblo de la salvaci√≥n y, con su fe, nos ense√Īaron a estar atentos y disponibles a la voz del Se√Īor. Adem√°s, recordemos a los que, con su testimonio y su sabios consejos, nos han guiado en el discernimiento de nuestra vocaci√≥n. Y ¬Ņqu√© decir de los numerosos fieles laicos que nos han acompa√Īado en nuestro camino hacia el sacerdocio y siguen estando cerca de nosotros en el ministerio pastoral? A todos les recompense el Se√Īor.

Oremos por todos los presbíteros; de modo singular, por los que trabajan en medio de grandes dificultades o sufren persecuciones, y tengamos un recuerdo especial por los que han pagado con la sangre su fidelidad a Cristo.

Oremos por aquellos hermanos nuestros que no han cumplido los compromisos asumidos con su ordenación sacerdotal o que atraviesan un período de dificultad y de crisis. Cristo, que nos ha elegido para una misión tan sublime, no permitirá que nos falte su gracia y la alegría de seguirlo, tanto en el Tabor como en el camino de la cruz.

Nos acompa√Īe y sostenga Mar√≠a, la Madre del sumo y eterno Sacerdote, que no llam√≥ a sus Ap√≥stoles "siervos", sino "amigos". A Jes√ļs, nuestro Maestro y hermano, gloria y poder por los siglos de los siglos (cf. Ap 1, 6). Am√©n.

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