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S.S. Pío XII, La Familia cristiana
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Familia Cristiana

Colección de documentos y discursos del Santo Padre Pío XII sobre el tema de la familia cristiana.

FUNDADORES DE NUEVAS FAMILIAS

24 de Mayo de 1939. (DR. I, 1317.)

Nos sentimos verdaderamente contentos y profundamente conmovidos al ver que habéis venido a Nos, queridos esposos, después que en la bendición nupcial habéis santificado y consagrado, vuestro afecto, y habéis depositado a los píes del altar la promesa de una vida cada vez más intensamente cristiana. Porque de ahora en adelante debéis sentires doblemente obligados a vivir como verdaderos cristianos: Dios quiere que los esposos sean cónyuges cristianos y padres cristianos.

Hasta ayer habéis sido hijos de familia sujetos a los deberes propios de los hijos: pero desde el instante de vuestro matrimonio habéis venido a ser fundadores de nuevas familias: de tantas familias cuantas son las parejas de esposos que Nos rodean.

Nuevas familias destinadas a alimentar un porvenir que se pierde en los misterios de la Divina Providencia: destinadas a alimentar la sociedad civil con buenos ciudadanos, que procuren solícitamente a la sociedad misma aquella salvación y aquella seguridad de las que quizás nunca se ha sentido tan necesitada como ahora: destinadas igualmente a alimentar la Iglesia de Jesucristo, porque es de las nuevas familias de donde la Iglesia espera nuevos hijos de Dios, obedientes a sus santísimas leyes: destinadas, en fin, a preparar nuevos ciudadanos para la patria celeste, cuando termine esta vida temporal.

Pero todos estos grandes bienes, que en el nuevo estado de vida estáis llamados a producir, solamente podréis prometéroslos si vivís como esposos y padres cristianos.

Vivir cristianamente en el matrimonio significa cumplir con fidelidad, además de todos los deberes comunes a todo cristiano y a todo hijo de la Iglesia Católica, las obligaciones propias s del estado conyugal. El Apóstol San Pablo, escribiendo a los primeros esposos cristianos de Éfeso, ponía de relieve sus mutuos deberes, y les exhortaba enérgicamente de este modo: "Esposas, estad sujetas a vuestros maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia". "Esposos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y dio su vida por ella". "Y vosotros, oh padres", continuaba el Apóstol, "no provoquéis a ira a vuestros hijos: antes educadlos en la disciplina y en las enseñanzas del Señor".

Al recordaros, amados esposos, la observancia de estos deberes, os auguramos toda clase de bienes: y os impartimos aquella bendición que habéis venido a pedir al Vicario de Cristo, y que deseamos descienda copiosa tanto sobre las familias de que procedéis cuanto sobre las nuevas a las que dais principio.

VIRTUDES DOMÉSTICAS

31 de Mayo de 1939. (DR., I 143.)

Al dirigir, como de costumbre, nuestro paterno saludo en primer lugar a los recién casados, no podemos hoy menos de reclamar su atención sobre una especial circunstancia de esta audiencia pública, de la cual son ellos una parte tan importante.

Está a punto de terminar el mes de María, que vosotros, amados hijos, siguiendo la piadosa tradición de He aquí, amados hijos, hasta todo el pueblo cristiano, habéis pasado rindiendo obsequios particulares y más devotos a la Santísima Virgen: mes en el que respondiendo con fervoroso anhelo a nuestro llamamiento, os habéis unido a Nos en la oración por la paz del mundo.

Es cierto que está para acabar el mes de María: pero no debe terminar en vuestros corazones, ni disminuir en vosotros la devoción, tan saludable y suave, hacia la Madre de Dios; puesto que de la constante fidelidad en practicarla es de donde sobre todo os podréis prometer los frutos más preciosos de bendiciones y de gracias.

Que quede ella por lo tanto en las manifestaciones públicas y en la vida privada, en el templo y entre las paredes domésticas. A María el tributo diario cíe vuestra veneración y de vuestras plegarias, el homenaje de vuestra filial confianza y ternura cono a Madre de piedad y de misericordia.

Pero no olvidéis, esposos cristianos, que la devoción a María, para que se pueda decir verdadera y eficaz, debe estar vivificada por la imitación de las virtudes de aquella que queréis honrar.

La Madre de Jesús es, en efecto, un perfectísimo modelo de las virtudes domésticas, de aquellas virtudes que deben embellecer el estado de los cónyuges cristianos. En María encontramos el afecto más puro, santo y fiel, hecho de sacrificio y de atenciones delicadas, a su santísimo esposo: en Ella la entrega completa y continua a los cuidados de la familia y de la casa: en Ella la perfecta fe y el amor hacia su hijo divino: en Ella la humildad que se manifestaba en la sumisión a José, en la inalterable paciencia y serenidad frente a las incomodidades de la pobreza y del trabajo, en la plena conformidad a las disposiciones, con frecuencia arduas y penosas, de la Divina Providencia, en la dulzura del trato interior, y en la caridad hacia todos aquellos que vivían junto a los santos muros de la casita de Nazareth.

He aquí, amados hijos, hasta qué punto debéis llevar vuestra devoción a María si queréis que ella constituya una fuente siempre viva de favores espirituales, y temporales y de verdadera felicidad: favores y felicidad que Nos pedimos para vosotros a la misma Santísima Virgen y de los cuales os damos una prenda en Nuestra paternal bendición.

EL ALIMENTO CELESTIAL

7 de Junio de 1939. (DR. I, 167.)

Al proponernos invocas la abundancia de las bendiciones del cielo sobre los recién casados, nos sonríe el pensamiento de que, al menos para muchos de ellos -diríamos que para todos-, el rito nupcial habrá tenido su plenitud en la Comunión eucarística, según la piadosa costumbre de las bodas cristianas: pero en todo caso, aprovechando la fausta coincidencia de la fiesta del Corpus Christi que mañana celebra la Iglesia, queremos indicaros amados hijos, en la Santa Comunión un medio eficacísimo para conservar los benéficos frutos de la gracia recibida en el sacramento del matrimonio.

Toda alma cristiana necesita la Eucaristía, según la palabra de Nuestro Señor Jesucristo: "Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis la vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna".

La Comunión eucarística tiene, por tanto, como efecto suyo, alimentar la unión santificante y vivificante del alma con Dios, mantener y fortificar la vida espiritual e interior, impedir que en el viaje y en el combate terreno venga a faltar a los fieles aquella vida que les ha sido comunicada en el Bautismo.

Con estos bienes tan preciosos quiere Jesucristo enriquecer a las almas en la sagrada comunión; y felices aquellos que, secundando sus amorosas intenciones, saben valerse de este medio tan eficaz de santificación y de salud.

Pero de todos estos auxilios tienen particular necesidad los esposos y padres cristianos que, dándose cuenta, de la grave responsabilidad que han echado sobre sí, se han propuesto corresponder a ella con seriedad.

La familia necesita, como base suya, la íntima unión no sólo de los cuerpos sino sobre todo de las almas, unión hecha de amor y de paz mutua. Ahora bien, la Eucaristía es, según la bella expresión de San Agustín, signo de unión, vínculo de amor, "signum unitatis, vinculum caritatis", y une por eso y como que suelda entre sí los corazones.

Para sostener las cargas, las pruebas, los dolores comunes, a los que no puede sustraerse familia alguna, por bien ordenada que esté, os es necesaria una energía diaria: la Comunión Eucarística es generadora de fuerza, de valor, de paciencia, y con la suave alegría que difunde en las almas bien dispuestas, hace sentir aquella serenidad que es el tesoro más precioso del hogar doméstico.

Pensamos con gozo, amados hijos, que cuando volváis a vuestras ciudades, a vuestras campiñas, a. vuestras parroquias, daréis este bello y edificante espectáculo de acercaros con frecuencia a la Sagrada Mesa y volveréis de la Iglesia a vuestras casas llevando al hogar doméstico a Jesús y con Jesús toda clase de bienes.

Vendrán luego los hijos, los pequeños que vosotros educaréis y formaréis en vuestra misma fe, en la fe y en el amor de la Eucaristía; y les acercaréis en edad temprana a la Comunión, persuadidos de que no existe medio mejor de salvaguardar la inocencia de vuestros niños: y les conduciréis con vosotros al altar para recibir a Jesús, y vuestro ejemplo será para ellos la lección más elocuente y persuasiva. Pensamos con gozó todo esto, y os lo auguramos, esposos cristianos: y para que este augurio sea una consoladora realidad; os damos como prenda de ella la bendición paterna que de corazón os impartimos.

LA MISION EDUCADORA

21 de Junio de 1939. (DR. I, 201.)

Con verdadera alegría notamos este número siempre considerable de recién casados, que vienen a los pies del Vicario de Cristo para pedir de él una bendición que les acompañe en el camino radiante que se abre ante sus esperanzas. Deseamos sinceramente y auguramos que estas bellas, alegres y santas esperanzas se hagan realidad en un porvenir de felicidad verdadera y perfecta, no sólo para ellos, tino pira los hijos que la Providencia les mande, ya que ellos no viven sólo para sí mismos, sino para los que de ellos han de nacer. Los esposos verdaderamente cristianos, viven, quieren vivir y sienten deber vivir especialmente para el bien de sus hijos, sabiendo siempre que su bienestar personal dependerá finalmente del de sus hijos.

Ahora bien, queridos recién casados, la felicidad de vuestros hijos está, al menos en parte, en vuestras manos, pues está en relación estrecha con la educación que deis a vuestros hijos desde los albores de su vida, dentro de las paredes domésticas.

Precisamente hoy celebramos la fiesta de San Luis Gonzaga, gloria brillantísima de la juventud cristiana.

No hay duda que la gracia de Dios previno y acompañó a esta alma privilegiada, con dones extraordinarios, desde los primeros años; pero no es menos cierto que, Dios encontró una atenta- delicada e industriosa cooperadora en Doña Marta: la madre afortunadísima de nuestro amable Santo. ¡Tanto puede una madre que siente toda la sublimidad de su misión educadora!.

Y para ayudares en el cumplimiento de esta misión, nos place poner de relieve a este angélico joven como modelo que debéis proponer a los hijos que el Señor os dé, y como Patrono a cuya tutela confiéis estas queridas prendas de vuestro amor. Cierto que han cambiado los tiempos, han mudado las costumbres, han variado aspectos y métodos de educación; pero la verdadera y genuina figura de Luis Gonzaga queda y quedará siempre como sublime modelo cuyos ejemplos y rasgos se adaptan a los jóvenes de todos los tiempos. Por eso Nuestro predecesor Pío XI, de venerable memoria, confirmando cuanto ya habían decretado Benedicto XIII y León XIII, quiso nueva y solemnemente proclamar a Luis Gonzaga como Patrono celestial de toda la juventud cristiana. Y al convocar a esta electísima parte de la familia cristiana bajo la tutela y protección de aquél, le exhortaba vivamente y le rogaba paternalmente que tuviese fijos sus ojos en este joven maravilloso, ejemplar de naturaleza y de gracia, que consagraba a la rápida conquista de una consumada santidad, vivacidad de ingenio, vigor de carácter, fuerza de voluntad, fervor de obras, generosidad de renuncia, hecho un verdadero ángel de pureza y un verdadero mártir de caridad.

Id hoy, si os es posible, a la Iglesia de San Ignacio, aquí en Roma, y arrodillados junto a la urna que encierra los sagrados huesos de San Luis, rogadle que quiera recibir desde ahora bajo su protección a los hijos que esperáis de Dios.

Nos os acompañaremos con el pensamiento y el corazón a aquella tumba venerada, ante la cual hemos orado personalmente tantas veces, especialmente cuando siendo joven, frecuentábamos las aulas escolares del vecino Colegio Romano, testigo de la santa vida y de la preciosa muerte de Luis Gonzaga.

Que Nuestra bendición sea auspicio de aquellas gracias que de corazón pedimos para vosotros, por la intercesión de este angélico santo a quien se ha reservado en la Iglesia una perenne misión en favor de la juventud.

TODA CASA ES UN TEMPLO

15 de Noviembre de 1939. (DR. I, 399.)

Habéis venido a Roma, queridos recién casados, precisamente en la semana en que la Iglesia conmemora la dedicación de las basílicas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que sin duda habéis visitado ya o que no dejaréis de visitar. El término "basílica" significa originariamente "la casa del rey", y la dedicación es el rito solemne con el que un templo se consagra a Dios, Rey y Señor supremo, para hacer de él su morada, adscribiéndolo a especiales misterios o santos, en cuya memoria u honor ha sido edificado.

Cierto es, que las maravillosas basílicas no son con todo ello dignas de acoger al Rey de reyes. Sin embargo, bien lo sabéis, Él no se desdeña de vivir acaso en pobres capillas, en miserables chozas de las misiones. Pensad en tan grande dignación y en tanto amor, vosotros que habéis venido a recibir del Vicario de Cristo una bendición especial para vosotros mismos y para el nuevo hogar doméstico.

Recordad lo que desde la infancia decía a vuestro corazón esta palabra: ¡la casa! Allí estaba todo vuestro amor, concentrado en un padre, en una madre, en, los hermanos, en las hermanas. Uno de los más grandes sacrificios que Dios pide a un alma, cuando la llama a un estado superior de perfección, es el de dejar la casa: "Escucha, oh hijo... olvida la casa de tu padre"1. "El que hubiere abandonado su casa… por amor de mi nombre… tendrá la vida eterna"2.

Ahora bien, también a vosotros, que camináis por la vía ordinaria de los mandamientos, un amor nuevo e imperioso os hizo un día sentir su llamada: deja —os dijo a cada uno de vosotros— la casa de tu padre, porque tú debes fundar otra que será la "tuya". Y desde entonces, vuestro ardiente deseo ha sido encontrar, establecer lo que para vosotros será "la casa".

Porque, como dice la Sagrada Escritura, "la suma de la vida humana es... el pan, el vestido y la casa". No tener casa, estar sin techo y sin hogar, como sin embargo están no peces infelices, ¿no es acaso el símbolo de la máxima angustia y miseria? Sin embargo, vosotros recordáis ciertamente que Jesús, nuestro Salvador conoció las dulzuras de la casa familiar bajo el humilde techo de Nazareth, quiso después, durante su vida apostólica, ser como un hombre sin casa: "Las raposas, decía Él, tienen sus madrigueras, y los pájaros del aire sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde posar la cabeza"3.

Considerando este ejemplo del Divino Redentor, vosotros aceptaréis más fácilmente las condiciones de vuestra vida, aunque ellas no correspondieran por ahora o en todos los detalles a lo que vosotros habéis soñado.

En todo caso, poned cuidado exquisito, especialmente vosotras, jóvenes esposas, en hacer amable, íntima, la morada propia; en hacer reinar en ella la paz, con la armonía de dos corazones lealmente fieles a sus promesas, y después, si Dios quiere, con una alegre y gloriosa corona de hijos. Ya hace mucho tiempo que Salomón, desengañado y convencido de la vanidad de las riquezas terrenas, habla dicho: "Más vale un mendrugo de pan seco con paz, que una casa llena de carne, con discordia".

Pero no olvidéis que todos los esfuerzos serán vanos y que no encontraréis la felicidad de vuestro hogar, si Dios no edifica la casa con vosotros, para vivir allí con su gracia. También vosotros debéis hacer, por decirlo así, la dedicación de esta "basílica", esto es, debéis consagrar a Dios, bajo la invocación de la Virgen Santísima y de vuestros santos patronos, vuestro pequeño templo familiar, donde el mutuo amor debe ser el rey pacifico, en la observancia fiel de los preceptos divinos.

Con tal augurio de verdadera y cristiana felicidad, y como prenda de los favores celestes, Os impartimos de todo corazón queridos recién casados, nuestra paterna Bendición Apostólica.

LA CASTIDAD CONYUGAL

6 de Diciembre de 1939. (DR. I, 411.)

Unidos recientemente por sagradas promesas, a las que corresponden nuevos y graves deberes, habéis venido, queridos recién casados, junto al Padre común de los fieles, para recibir sus exhortaciones y su bendición. Y queremos hoy dirigir vuestras miradas hacia la dulcísima Virgen María, cuya fiesta de la Inmaculada Concepción celebrará pasado mañana la Iglesia; título suavísimo, preludio de todas sus otras glorias, y privilegio único, hasta el punto de que parece como identificado con su misma persona: "Yo soy, dijo Ella a Santa Bernardita en la Gruta de Massabielle, yo soy la Inmaculada Concepción".

¡Un alma inmaculada! ¿Quién de vosotros, al menos en sus mejores momentos, no ha deseado serlo? ¿Quién no ama lo que es puro y sin mancha? ¿Quién no admira la blancura de los lirios que se miran en el cristal de un límpido lago, y las cimas nevadas que reflejan el azul del firmamento? ¿Quién no envidia el alma cándida de una Inés, de un Luis Gonzaga, de una Teresa del Niño Jesús?

El hombre y la mujer eran inmaculados cuando salieron de las manos creadoras de Dios. Manchados después por el pecado, debieron comenzar, con el sacrificio expiatorio de víctimas sin mancha, la obra de la purificación, que sólo hizo eficazmente redentora la "sangre preciosa de Cristo, como de cordero inmaculado e incontaminado"4. Y Jesucristo, para continuar su obra, quiso que la Iglesia, su esposa mística, fuese "sin mancha ni arruga . . . sino santa e inmaculada"5. Ahora bien, queridos recién casados, tal es el modelo que el gran Apóstol San Pablo os propone: "Oh hombres, advierte él, amad `a la Iglesia6. Porque lo que hace grande al sacramento del matrimonio es su relación a la unión de Cristo y de la Iglesia"7.

Acaso pensaréis que la idea de una pureza sin mancha se aplica exclusivamente a la virginidad, ideal sublime al que Dios no llama a todos los cristianos, sólo alas almas elegidas. Estas almas las conocéis vosotros, pero aun mirándolas, no habéis creída que esa fuese vuestra vocación. Sin tender al extremo de la renuncia total a los gozos terrestres, vosotros, siguiendo la vía ordinaria de los mandamientos, tenéis el legítimo anhelo de veros circundados por una gloriosa corona de hijos, fruto de vuestra unión. Pero también el estado matrimonial, querido por Dios para el común de los hombres, puede y debe tener su pureza sin mancha.

Es inmaculado ante Dios todo el que cumple con fidelidad y sin negligencia las obligaciones del propio estado. Dios no llama a todos sus hijos al estado de perfección, pero les invita a todos ellos a la perfección en su estado: "Sed perfectos, decía Jesús, como es perfecto vuestro Padre Celestial"8. Los deberes de la castidad conyugal, ya los conocéis. Exigen una valentía real, a veces heroica, y una confianza final en la providencia; pero la gracia del sacramento se os ha dado precisamente para hacer frente a estos deberes. No os dejéis, por lo tanto, desviar, por pretextos demasiado en boga y por ejemplos por desgracia demasiado frecuentes.

Escuchad más bien los consejos del ángel Rafael al joven Tobías, que dudaba de tomar por mujer a la virtuosa Sara: "Escúchame, y yo te enseñaré quiénes son aquellos sobre los que el demonio tiene poder: son aquellos que abrazan el matrimonio arrojando a Dios de sí y de sus corazones"9. Y Tobías, iluminado por esta angélica exhortación, dijo a su joven esposa: "Nosotros somos hijos de santos, y no podemos unirnos como los gentiles que no conocen a Dios"10. No olvidéis nunca que el amor cristiano tiene un fin mucho más elevado que el que puede constituir urca fugaz satisfacción.

Escuchad, en fin, la voz de vuestra conciencia, que os repite interiormente la orden dada por Dios a la primera pareja humana: "creced y multiplicaos"11. Entonces, según la expresión de San Pablo "el matrimonio será en todo honrado, y el tálamo sin mancha"12. Pedid esta gracia especial a la Virgen Santísima, en el día de su próxima fiesta.

Tanto más cuanto que María fue inmaculada desde su concepción para venir a ser dignamente Madre del Salvador. Por eso la Iglesia ora así en su liturgia, donde resuena el eco de sus dogmas: "Oh Dios, que por la inmaculada concepción de la Virgen -preparaste á tu Hijo una morada digna dé Él..."13. Esta Virgen inmaculada, que llegó a ser madre por otro único y divino privilegio, puede, por lo tanto, comprender vuestros deseos de pureza interna y vuestra aspiración a los gozos de la familia. Cuanto vuestra unión sea más santa y apartada del pecado, tanto más os bendecirán Dios y su purísima Madre, hasta el día en que la Bondad suprema una -para siempre en el Cielo a aquellos que se han amado cristianamente en este mundo.

Con tal augurio, y como prenda de los más abundantes favores divinos, os impartimos de corazón, queridos recién casados, así tamo a todos los otros fieles aquí presentes, la bendición apostólica.

DONES NUPCIALES

10 de Enero de 1940. (DR. I, 475.)

La Iglesia, durante la octava solemne de la Epifanía, repite en su liturgia las palabras de los Magos: "Hemos visto en Oriente la estrella del Señor, y hemos venido con dones a adorarle". También vosotros, queridos recién casados, cuando os prometíais ante Dios al pie del Altar, visteis un firmamento lleno de estrellas que iluminaban vuestro porvenir de radiantes esperanzas, y ahora habéis venido aquí para honrar a Dios y recibir la bendición de su Vicario en la tierra, trayendo ricos dones.

¿Cuáles son estos dones? Nos sabemos bien que vuestro equipaje no presenta el lujo que la tradición y el arte de los siglos atribuyen a los Reyes Magos: séquito de siervos, animales suntuosamente enjaezados, mantos, raras esencias y, como dones para el niño Jesús, el oro, probablemente de Ofir, que ya Salomón apreciaba, el incienso y la mirra: dones recibidos de Dios, porque todo lo que una criatura puede ofrecer es un don del Creador. También vosotros habéis recibido de Dios, en el matrimonio cristiano, tres bienes, preciosos enumerados por San Agustín: la fidelidad conyugal (''Fides''), la gracia sacramental ("Sacramentum"), la procreación de los hijos ("Proles"): tres bienes que a vuestra vez debéis ofrecer a Dios, tres dones simbolizados en las ofrendas de los Magos.

I. - Vuestra fidelidad es vuestro oro, o más bien un tesoro preferible a todo el oro del mundo. El sacramento del matrimonio os da los medios de poseer y aumentar este tesoro: ofrecedlo a Dios para que os ayude a conservarlo mejor. El oro es, por su belleza, por su brillo, par su inalterabilidad, el más precioso de los metales; su valor sirve de base y de medida para todas las otras riquezas. De igual manera, la fidelidad conyugal es la base y la medida de toda la felicidad del hogar doméstico. En el templo de Salomón, para evitar la alteración de los materiales, lo mismo que para embellecer el conjunto, no existía parte alguna que no estuviera re cubierta de oro. De igual modo, el oro de la felicidad, para asegurar la solidez y el esplendor de la unión conyugal, debe como revestirla y envolverla toda entera. El oro, para conservar su belleza y su brillo, debe ser puro. De igual manera, la fidelidad entre los esposos debe ser íntegra e incontaminada; si comienza a alterarse, se ha terminado la confianza, la paz, la felicidad. Digno de lástima es el oro —como gemía el Profeta— que se ha oscurecido y ha perdido su color esplendente; pero más dignos de llanto son todavía los esposos cuya fidelidad se corrompe; su oro, diremos con Ezequiel, se convierte en inmundicia; todo el tesoro de su bella concordia se disgrega en una desoladora mezcolanza de sospechas, de desconfianzas, de reproches, para terminar con demasiada frecuencia en males irreparables. Por eso vuestra primera ofrenda al Dios recién nacido, debe ser la resolución de una constante y atenta fidelidad a vuestras promesas matrimoniales.

II. - Los Magos llevaban también a Jesús oloroso incienso. Con el oro le habían honrado como a Rey; con el incienso rendían homenaje a su divinidad. También vosotros, esposos cristianos, tenéis una rica oferta de suave, perfume que hacer a Dios, y para el cual el sacramento del matrimonio os aporta los medios necesarios. Este perfume que esparcirá una dulce fragancia en toda vuestra vida, y que hará de vuestras obras diarias, hasta de las más humildes, actos capaces de procuraros en el cielo la visión intuitiva de Dios, este incienso invisible, pero real, es la gracia sobrenatural. Tal gracia, que se os ha conferido con el bautismo, renovado con la penitencia, aumentado con la eucaristía, os la han dada por un titulo especial en el sacramento del matrimonio, con nuevos auxilios correspondientes a vuestros nuevos deberes. Y así vosotros sois más ricos todavía que los Magos. El estado de gracia es más que un suave perfume, por muy puro y penetrante que éste sea, que da a vuestra vida natural un aroma celeste; es una verdadera elevación de vuestras almas al orden sobrenatural, que os hace partícipes de la naturaleza divina. ¡Qué cuidado debéis, pues, de tener para conservar y también para aumentar semejante tesoro! Ofreciéndolo a Dios no lo perdéis, sino más bien lo confiáis al mejor y más seguro guardián.

III. - Finalmente les Magos, queriendo honrar en Jesús no sólo a un rey y a un Dios, sino también a un hombre, le presentaron como regalo la mirra, es decir, una especie de gama resinosa, de la que los antiguos, especialmente los egipcios, se servían para conservar los restos de aquellos que habían amado. Acaso os mostréis sorprendidos de que en este aroma veamos Nos el símbolo de vuestra tercera ofrenda, del tercer bien del matrimonio cristiano, que es el deber y el honor de la role. Pero notad que en toda nueva generación continúa y se prolonga la línea hereditaria. Los hijos son la imagen viviente y como la resurrección de los antepasados, que a través de la generación presente tienden la mano a la de mañana. En ellos veréis revivir y actuar ante vosotros, aun con los mismos rasgos del rostro y de la fisonomía moral, y especialmente con sus tradiciones de fe, de honor y de virtud, la doble serie de vuestros antepasados. En este sentido, la mirra conserva, perpetúa, renueva incesantemente la vida de una familia. Porque la familia es como un árbol de tronco robusto y de espeso follaje, del que cada generación forma una rama. Asegurar la continuidad de su crecimiento es un honor tal, que las familias más nobles y más ilustres son aquellas cuyo árbol genealógico extiende más profundamente sus raíces en la tierra hereditaria.

Es cierto que el cumplimiento de este deber tiene sus dificultades, acaso mayores que las de los precedentes. La mirra, esta substancia conservadora y preservadora, es de sabor amargo; los naturalistas, comenzando por Plinio, lo enseñan, y su propio nombre lo insinúa. Pero esta amargura no hace sino aumentar sus virtudes benéficas. En el Antiguo Testamento se ve usada como perfume; sus flores son un símbolo de amor puro y ardiente. En el santo Evangelio se lee que los soldados dieron a beber al divino Crucificado vino mezclado con mirra14, bebida que se solía dar a los ajusticiados para atenuar algún tanto sus dolores. Otros tantos simbolismos que podéis meditar.

Para no citar sino uno solo: las innegables dificultades que una bella corona de hijos lleva consigo, sobre todo en nuestros tiempos de vida cara y en familias poco acomodadas, exigen coraje, sacrificios, a veces heroísmos. Pero como la amargura saludable de la mirra, esta aspereza temporal de los deberes conyugales preserva ante todo a los esposos de una grave culpa, fuente funesta de ruina para las familias y para las naciones. Además, estas mismas dificultades animosamente afrontadas, les aseguran la conservación de la gracia sacramental y una abundancia de socorros divinos. Finalmente, ellas alejan del hogar doméstico los elementos envenenados de disgregación, como son el egoísmo, la constante busca del bienestar, la falsa y viciada educación de una prole voluntariamente restringida. ¡Cuántos ejemplos en torno a vosotros os harán ver un manantial, incluso natural, de alegrías y de mutuo ánimo, en los esfuerzos que tienen que llevar a cabo los padres para procurar el alimento cotidiano a una querida y numerosa pollada nacida a la luz, bajo la mirada de Dios, en el nido familiar!.

Éstos son, queridos recién casados, los tesoros que, habéis recibido de Dios, y que en esta semana de la Epifanía podéis vosotros mismos ofrecer al celeste Niño del pesebre, can la promesa de cumplir animosamente los deberes del matrimonio.

EDUCADORES DE ALMAS

31 de Enero de 1940. (DR. I, 501.)

Hace ahora más de un siglo, vivía can sus dos hermanos, en un modesto caserío del Piamonte, un niño de condición bien modesta. Precozmente huérfano de padre, no tuvo él, que había luego de ser llamado padre de los huérfanos, sino los cuidados maternos. Con cuánta sabiduría educó esta aldeana sencilla a su hijo, sin más instrucción que la guía del Espíritu Santo, en el sentido más comploto y más elevado de la palabra educación, se puede decir que la Iglesia misma lo ha reconocido, elevando a los altares a aquel cuya fiesta se celebra hoy con el nombre de San Juan Bosco. Este humilde sacerdote, que vino a ser más tarde una de las glorias más puras de la Iglesia y de Italia, fue un maravilloso educador, y por eso su vida os ofrece, amados hijos e hijas, futuros padres y madres de familia, las más útiles y saludables lecciones.

Cuando Dios confía un niño a los esposos cristianos, parece como repetirles lo que la hija del Faraón dijo a la madre del pequeño Moisés: "Toma este niño y edúcamelo". Los padres son en la intención divina, los primeros educadores de sus hijos. Conviene, sin embargo, reconocer que en las actuales condiciones de la vida social, la urgente preocupación del pan cotidiano les hace a veces difícil el pleno cumplimiento de un deber tan esencial.

Esa misma era la situación cuando Juan Bosco cuidaba ya de ayudar, y cuando era preciso, de sustituir a los padres en este su grave oficio. Que él estaba providencialmente destinado a esa misión, su corazón se lo decía con una atracción precoz; su alma tuvo como una revelación de ello en un sueño de sus primeros años, en el cual vio animales salvajes cambiados súbitamente en mansos corderos que él conducía dóciles al pasto. Para conocer cómo realizó este sueño, viene bien recordar la educación que recibió y la que dio la una está en él unida a la otra; la madre que él tuvo explica en gran parte cómo fue padre para los demás.

Don Bosco, al fundar su primera casa de educación y de enseñanza, quiso llamarla "no laboratorio, sino oratorio", como él mismo dijo, porque intentaba crear ante todo un lugar de oración, "una pequeña iglesia donde reunir a los muchachos". Pero su ideal era precisamente que el oratorio viniese a ser, para los chicos allí recogidos, como un hogar doméstico. ¿No era eso acaso por lo que "mamá Margarita" había hecho para él de la casita de los Becchi una especie de oratorio?. Imaginaos allí a la joven viuda con los tres niños arrodillados para la oración de la mañana y de la noche; vedes semejantes a pequeños angelitos con sus vestidos de fiesta que ella ha sacado con exquisito cuidado del armario, dirigirse a la aldea de Murialdo para asistir a la santa misa. Al mediodía, después de la frugal refección en que el único dulce era un trozo de pan bendito, vedlos reunidos en torno a ella. Ella les recuerda los mandamientos de Dios y de la Iglesia; las grandes lecciones del Catecismo, los medios de salvación; después cuenta, con la delicada poesía de las almas puras y de las imaginaciones populares, la trágica historia del dulce Abel y del malvado Caín, el idilio de Isaac y de Rebeca, eI misterio inefable de Belén, la dolorosa muerte del buen Jesús, puesto en cruz sobre el Calvario; ¿quién puede medir la influencia profunda de las primeras enseñanzas maternas?. A ellas atribuía Don Bosco, una vez sacerdote, su tierna y confiada devoción hacia María Santísima y la Hostia Divina, que otro sueño le mostró más tarde como las dos columnas a las cuales debían anclarse las almas de sus alumnos, sacudidas como frágiles naves en el mar tempestuoso del mundo, para encontrar la salvación de la paz.

La religión es, pues, el primer fundamento de una buena educación. Pero a ella quería Don Bosco que estuviese asociada la razón, la razón iluminada por la fe: esta verdadera razón, como indica el origen mismo de la palabra latina "ratio", consiste, sobre todo, en la medida y en la prudencia, en el equilibrio y en la equidad. ¿Sería por ejemplo, coherente, querer corregir en un niño los defectos en que diariamente se incurre ante él? ¿Quererlo sumiso y obediente si en su presencia se critica a los jefes, a los superiores eclesiásticas y civiles, si se desobedece a las órdenes de Dios o a las leyes justas del Estado? ¿Sería razonable querer que vuestros hijos sean leales, si vosotros sois maliciosos; sinceros, si vos otros sois mentirosos; generosos, si vosotros sois egoístas; caritativos, si vosotros sois violentos y coléricos?

La mejor lección es siempre la del ejemplo. En el caserío de los Becchi "mamá Margarita" no hacía demasiadas exhortaciones al trabajo. Mas, como había desaparecido el jefe de familia, la animosa viuda ponía ella misma su mano al arado, a la hoz, a los aparejos, y con su ejemplo -según leemos- cansaba a los mismos hombres contratados en tiempo de la siega y de la trilla. Formado en esta escuela, el pequeño Juan, a la edad de cuatro años, tomaba ya parte en el trabajo común cardando cáñamo, y cuando ya era anciano, consagraba todo el tiempo al trabajo dando únicamente cinco horas al sueño y hasta velando una noche entera cada semana. En esto, hace falta confesarlo, sobrepasaba los justos límites de la razón humana. Pero la razón sobrenatural de los santos admite, sin imponerlos a los demás, estos excesos de generosidad, porque su sabiduría está inspirada por el insaciable deseo de ser gratos a Dios, y su ardor está estimulado por un filial temor de disgustarle y por un vivísimo anhelo de bien.

¡Disgustar a un padre o a una madre: supremo dolor de un niño bien educado! Esto es lo que Juan Bosco había aprendido en su hogar doméstico, donde un ligero ademán, una mirada entristecida de la madre, bastaban para hacerlo arrepentirse de un primer movimiento de enfado infantil. Por eso quería él que el educador utilizase como principal medio de acción una solicitud constante, animada por una ternura verdaderamente paterna. De igual modo deben los padres dar a los hijos el tiempo mejor de que dispongan, en lugar de disiparlo lejos de ellos, en distracciones peligrosas o en lugares a donde se sonrojarían de conducirlos.

Con este amor dirigido por la razón, y con esta razón iluminada por el espíritu de fe, la educación familiar no estará sujeta a aquellos deplorables vuelcos que con frecuencia la comprometen: alternativas de una debilidad indulgente y de una severidad ruda: el paso de una condescendencia culpable que deja al niño sin guía, a la corrección violenta que le deja sin socorro. Al contrario, la ternura experimentada de un padre o de una madre, a la que corresponda la confianza filial, distribuye con igual moderación, porque es dueña de sí misma, y con igual éxito, porque posee el corazón de sus hijos, los elogios merecidos y los reproches necesarios.

"Trata de hacerte amar —decía San Juan Bosco— y entonces te harás obedecer con toda facilidad". Que podáis también vosotros, recién casados, futuros padres y madres de familia, reproducir en vuestras casas algo de este santo ideal.

CENÁCULO DE LA ORACIÓN

27 de Marzo de 1940. (DR. XI, 43.)

Os saludamos paternalmente, queridos recién casados, ante los cuales se abre la vida como un sendero florido. Pero bien sabéis que este camino si es cierto que es conduce ahora entre flores primaverales, a través de soleados valles, tendrá también para vosotros, como para todos, sus ascensiones ásperas, sus bajadas peligrosas, atase hasta sus horas de tormenta. Tened siempre vuestro cenáculo, un asilo de retiro y de oración en vuestro propio hogar doméstico.

Allí encontraréis el reposo después de las más duras jornadas, en la fidelidad a vuestras promesas y en la unión perfecta de vuestras almas: "Perseverantes unanimiter"; allá viviréis bajo la mirada de María: "cum... María matre Jesu", cuya imagen os reunirá cada noche para la oración en familia: "unanimiter in oratione". Mejor aún; toda vuestra vida personal y familiar puede resultar una oración incesante: "perseverantes unanimiter in oratione". El Apostolado de la Oración os da el medio para ello con la ofrenda de la mañana. Como la varita mágica de los cuentos de hadas, que cambia en oro todo lo que toca, esta ofrenda hecha por el cristiano en estado de gracia, y con la cual dirige a Dios todas sus obras por las grandes necesidades de la Iglesia y de las almas, puede elevar a la categoría de actos sobrenaturales de apostolado hasta las más pequeñas y modestas acciones. El aldeano con su arado, el empleado en su oficio, el comerciante en su mostrador, el ama de casa en su cocina, pueden ser, como lo hemos dicho ya, los colaboradores de Dios, que espera de ellos y cumple con ellos las humildes obras de los deberes de su estado.

Amados hijos: cuando Jesús, en el silencio del Cenáculo, pronunció las palabras: "Pax vobis": ¡La paz sea con vosotros!, los Apóstoles temblaron de espanto, aun teniendo las puertas bien cerradas: “cum... fores essent clausæ... propter metum judeorum15.

La paz que no habían podido ellos gozar en su refugio, pero de la que serían luego anunciadores "usque ad ultimum terrae", hasta la extremidad del mundo, les acompañará en los viajes, en las pruebas, en el martirio. No será para ellos la paloma de las alas de plata que gime dulcemente en la fronda embalsamada; sino como el alción, que no hace su nido durante la tempestad, pero que cuando eleva su vuelo desde la cresta de las olas a lo alto de los palos del navío, parece decir al marinero aterrado la inutilidad de los esfuerzos y la inanidad de las agitaciones del hombre dejado a sí mismo, la potencia y la gozosa serenidad de la débil criatura que se abandona a su Creador.

¿Querrá el género humano comprender esta lección é buscar en un confiado retorno a Dios la reconquista de aquella paz cuyo pensamiento domina las mentes y los corazones como el recuerdo molesto de una felicidad perdida?. No pocos pueblos han perdido hoy la paz, porque sus profetas o sus gobernantes se han alejado de Dios y de su Cristo. Los unos, pregoneros de una cultura y de una política arreligiosa, cerrándose en el orgullo de la razón humana, "cum fores essent clausae!", han cerrado la puerta a la idea misma de lo divino y de lo sobrenatural, arrojando de la creación al Creador, removiendo de las escuelas y de las salas de los tribunales las imágenes del Divino Maestro crucificado, eliminando de las instituciones nacionales, sociales y familiares, toda mención del Evangelio, aunque no puedan, borrar sus profundas huellas. Los otros han huido lejos de Cristo y de su paz, renegando de siglos de civilización luminosa, benéfica y fraterna, para sumergirse en las tinieblas del paganismo antiguo o de idolatrías modernas. Ojalá puedan reconocer su error y comprender que Cristo, el Salvador, a pesar de las defecciones, de las apostasías y de los ultrajes, sigue siempre a su lado, con las manos extendidas y el corazón abierto, pronto a decirles: "Pax vobis'', si ellos, en un rasgo sincero y confiado, caen a sus pies con aquel grito de fe y de amor: "Dominus meus et Deus meus!"; ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28).

EL MODELO DE NAZARETH

10 de Abril de 1940. (DR. XI, 63.)

Al acogeros junto a Nos, queridos recién casados, ¿cómo podría nuestro pensamiento no dirigirse hacia San José, castísimo esposo de la Virgen María, patrono de la Iglesia universal, cuya solemnidad celebra hoy la sagrada liturgia?. Si todos los cristianos tienen motivo para confiar en la protección de este glorioso patriarca, vos- otros tenéis ciertamente un título especial para tal gracia.

Todos les cristianes son hijos de la Iglesia. Esta sarta y dulcísima Madre, da a las almas, con el Bautismo, aquella misteriosa participación en la naturaleza divina, que se llama la gracia, y después de haberlos de este modo engendrado a la vida sobrenatural, no les abandona, sino que les procura, mediante los sacramentos, el alimento que y, desarrollará su vida. Así se le puede comparar con María, Nuestra Señora, de la cual tomó el Verbo la naturaleza humana, y que luego sostuvo y alimentó la vida de éste con cuidados maternos. Ahora bien, en cada uno de los hijos de la Iglesia debe estar formado Cristo, y todos deben tender a crecer “in virum perfectum, in mensuram aetatis plenitudinis Christi16, hasta ser hombres perfectos, a la medida de la edad plena de Cristo.

Mas ¿quién velará sobre esta Madre y sobre este Jesús? Ya Io habéis comprendido: aquel que hace veinte fue llamado a ser el esposo de María, el padre legal de Jesús, el jefe de la Sagrada Familia. ¡Y qué solicitud puso en cumplir una misión tan sublime!. Bien quisiéramos saber que sus más menudas circunstancias; pero este predilecto de confianza divina, que debía servir como de velo al doble misterio de la encarnación del Verbo y de la maternidad virginal de María, parece quedar en su vida terrena como envuelto en una sombra. Sin embargo, Ios raros y breves pasajes en los que el Evangelio habla de él, bastan para mostrar qué cabeza de familia fue San José qué modelo y qué patrono especial tanto, para vosotros, jóvenes esposos.

Custodio fidelísimo del precioso depósito confiado a él por Dios, María y su Divino Hijo, él velaba, ante todo, sobre su vida material. Cuando, para obedecer al edicto de Augusto, partió para hacerse inscribir sobre el registro del censo en la ciudad de David llamada Belén, no quiso dejar sola en Nazaret a su esposa Virgen, a punto de ser madre de Dios. A falta de más particularidades en los textos evangélicos, las almas piadosas gustan de imaginarse más íntimamente los cuidados que entonces le prodigó a ella y después al Niño recién nacido. Le ven levantar la pesada puerta del albergue ya lleno, semejante al khan de los modernos villorrios orientales; dirigirse después en vano a parientes y amigos; y en fin, rechazado de todos, esforzarse por poner al menos un poco de orden y de limpieza en la cueva. Ya lo tenemos, sosteniendo entre sus manos viriles las manecitas, temblorosas de frío, del pequeño Jesús, para calentarlo. Un poco más tarde, habiendo oído del ángel que su tesoro estaba amenazado, "tomó de noche al Niño y a su Madre", y por arenosos caminos apartándolo del sendero zarzas y peñascos, los condujo a Egipto. Allí trabajó duramente para alimentarlos. Siguiendo una nueva orden del cielo, probablemente dos años después, los volvió a conducir, a costa de las mismas fatigas, a Galilea, a la ciudad de Nazaret. Aquí enseñaba a Jesús, divino aprendiz, el manejo de la sierra y el cepillo, salía al trabajo fuera del techo familiar y volvía a él por la tarde para ver de nuevo a los dos seres queridos que le esperaban en el umbral con una sonrisa, y con los cuales se sentaba en torno a la pequeña mesa para la frugal comida.

Asegurar a la esposa y a los hijos el pan cotidiano es el cuidado más urgente del padre de familia. ¡Oh, qué tristeza ver perecer a aquellos a quienes se ama, porque no hay nada en la alacena, nada en el bolsillo!

Pero la providencia que condujo de la mano al antiguo José cuando, entregado y vendido por sus hermanos, fue primero esclavo para venir a ser luego el superintendente y señor de toda la tierra de Egipto y alimentador de su familia; la providencia que guió al segundo José en aquel mismo país a donde llegó privado de todo sin conocer ni los habitantes, ni las costumbres, ni la lengua, y de donde, no obstante todo esto, retornó sano y salvo con María, siempre activa, y Jesús que crecía en sabiduría, en edad y en gracia; la providencia, ¿no tendrá hoy la misma compasiva bondad, el mismo ilimitada poder? Ah, tememos muchas veces que los hombres olviden las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio: "Buscad en primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura", dad a Dios animosa y lealmente lo que Él tiene derecho a esperar de vosotros: todo el esfuerzo personal posible, la obediencia que se le debe como a Señor supremo, la confianza hacia Él corno hacia el mejor de los padres. Entonces podréis cantar con lo que esperáis de Él, y que Él prometió cuando dijo: "Mirad los pájaros del aire; mirad los lirios del campo; y no tengáis cuidado por el día de mañana".

Saber pedir a Dios lo que se necesita, es el secreto de la oración y de su poder, y es también una enseñanza que os da San José. El Evangelio, es verdad, no nos dice expresamente cuáles eran las plegarias que se hacían en la casa de Nazareth. Pero la fidelidad de la Sagrada Familia a la observancia de las prácticas religiosas nos ha sido explícitamente atestiguada aunque no había ninguna necesidad de ello, cuando por ejemplo San Lucas nos cuenta que Jesús iba con María y José al templo de Jerusalén por la Pascua, según la costumbre de aquella fiesta. Es, pues, fácil y dulce representarnos esta Sagrada Familia en Nazaret, a la hora de la acostumbrada oración. En el alba dorada o el violáceo crepúsculo de Palestina, sobre la pequeña terraza de su casita blanca, vueltos hacia Jerusalén, Jesús, María y José, están de rodillas; José, como cabeza de familia, recita la oración; pero es Jesús quien la inspira, y María une su dulce voz a la grave del santo patriarca.

¡Futuros cabezas de familia!, meditad e imitad este ejemplo, que muchos hombres de hoy olvidan. En el recurso confiado a Dios encontraréis no solamente las bendiciones sobrenaturales, sino la mejor seguridad de aquel "pan cotidiano", tan ansiosamente, tan laboriosamente, y a veces tan vanamente buscado.

Como delegados. y representantes del Padre que está en los Cielos y "de quien toda familia en el cielo y en la tierra toma nombre", pedidle que, como os ha dado algo de su ternura, os dé también algo de su poder, para llevar el grato, pero muchas veces grave peso de los cuidados familiares.

EL OLVIDO DE LAS OFENSAS

10 de Julio de 1940. (DR. XI, 169.)

En el mes de julio, la Iglesia honra particularmente, como sabéis muy bien, queridos hijos e hijas, la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y en su oración litúrgica suplica al Padre celestial, "que ha constituído a su Hijo unigénito Redentor del mundo y ha querido ser aplacado por su sangre", que nos haga sentir los benéficos efectos de ella. Tal fue el tema de nuestras breves palabras en la audiencia del pasado miércoles; tal será, aunque bajo un aspecto diverso, también el de hoy; porque el misterio de esta sangre divina, generosamente derramada, es inagotable como su mismo manantial, y la meditación de la obra redentora, es decir, del más magnánimo de los perdones, es en la hora presente más saludable y oportuna que nunca.

Sobre el mundo visible aparecen a la mirada aterrada, a través de los siglos, no sólo manchas, sino torrentes de sangre que cubren ciudades destruidas y campiñas devastadas. Pero la sangre derramada por la fuerza, hace con demasiada frecuencia que germine el rencor, y el rencor del corazón humano es profundo como un abismo, que llama a otro abismo, del mismo modo que una ola sigue a otra ola, y una calamidad atrae a otra calamidad. Mirad, en cambio, el mundo de las almas. También aquí corren ríos de sangre; pero esta sangre derramada por amor no lleva consigo sino el perdón de las injurias. El Corazón del Dios-Hombre, del que emana, es también un abismo: "Cor Iesu, virtutum omnium abyssus"17 pero un abismo de virtud que no llama en el fondo de los corazones sino a otro abismo de dulzura y misericordia. Desde que Cristo ofreció su sangre por ella, la humanidad que cree en Él está sumergida en un océano de bondad y respira una atmósfera de perdón.

¿Habéis visto acaso, hacia la tarde de un pesada día de verano, la tierra refrescada por la lluvia de una tormenta? Trombas de agua han refrescado en pocos instantes el terreno en montes y valles; cuando el cielo comienza a encalmarse y mientras el arco iris extiende sobre el firmamento todavía gris su franja de siete colores, sale del suelo húmedo un vapor cargado de aromas vegetales; se diría el aliento tibio de un gran organismo viviente, ávido de expansión. Con este perfume del agua, el árbol podado, como decía Job, que parecía muerto, recobra las esperanzas y pronto vuelve a cubrirse con la cabellera de su follaje. Es una débil imagen de los beneficios con los que la tierra ha sido fecundada bajo los torrentes de la sangre redentora. Si las cataratas del cielo, abiertas durante cuarenta días, bastaron para sumergirla, ¿cómo no inundará y cómo no impregnará el mundo de las almas aquella sangre divina que desde hace diecinueve siglos brota del corazón de Jesús, sobre miles de altares? Acaso, David tenía a la vista esta efusión benéfica, cuando hablaba de una lluvia abundante reservada por Dios, a su heredad. "Pluviam voluntariam segregabis, Deus, hereditati tuae"18. La lluvia, condición esencial de fertilidad para la Palestina y grande recompensa de Dios por la obediencia a sus mandatos, simbolizaba también la regeneración del género humano mediante la sangre de Cristo.

Por lo demás; no sería conforme a la verdad creer que el Antiguo Testamento no haya enseñado ya el perdón de las ofensas. Sobre este tema se encuentran allí preciosas y sabias advertencias, especialmente para vosotros, queridos recién casados. "No te acuerdes de ninguna de las injurias recibidas del prójimo", dice el Eclesiástico; ahora bien, el olvidarlas es a veces mucho más duro todavía que perdonarlas. Perdonad, pues, ante todo, y Dios os hará la gracia de olvidar. Pero con más empeño que cualquier otra cosa, desechad el deseo de venganza que ya en la antigua ley condenaba así el Señor": "no buscar la venganza, y no conservar memoria de las injurias de sus conciudadanas". En otras palabras se podía decir hoy: Guardaos del resentimiento contra vuestros vecinos: aquella familia que habita sobre, o bajo, o junto a vosotros; aquel propietario con quien tenéis comunes las paredes; aquel negociante cuyo comercio os hace la competencia; aquel pariente cuya conducta os humilla. La Escritura advierte todavía: "no digáis: le haré lo que él me ha hecho a mí; pagaré a cada uno según sus acciones". Porque "el que quiere vengarse, probará la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados". ¡Qué locura es, en realidad, el rencor en un alma pecadora que tiene tanta necesidad de indulgencia!. El escritor sagrado subraya este estridente contraste: "¿Un hombre guarda rencor contra otro hombre, y pide perdón a Dios? ¿No tiene él misericordia hacia un hombre semejante a sí, y reclama el perdón de sus pecarlos?". Pero sobre todo desde que la nueva Alianza entre Dios y los hombres fue sellada con la sangre de Jesucristo, fue general la ley del perdón sin límites y del rencor cambiado en amor: "Oh Pedro, respondió Jesús al Apóstol que le interrogaba, no deberás perdonar a tu hermano hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete", es decir, que el cristiano debe estar pronto a perdonar las ofensas recibidas del prójimo, sin limitación ni fin. Y el Divino Maestro enseñaba todavía más: "cuando oréis, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle para que vuestro Padre, que está en los cielos, perdone también a vosotros vuestros pecados". Y no basta ni siquiera no devolver mal por mal. "Sabéis, añadía Jesús, que fue dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero Yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian"19. Esta es la doctrina cristiana del amor y del perdón, doctrina que erige a veces grandes sacrificios.

En la hora actual, por ejemplo, existe el peligro de que el noble y legítimo sentimiento del amor patrio degenere en el ánimo de no pocos en pasión vengativa; en orgullo insaciable en los unos, en rencor incurable en los otros. Un cristiano que defiende fiel animosamente a su patria debe sin embargo, abstenerse de odiar; a aquellos a quienes tiene obligación de combatir. Se ve en los campos de batalla cómo las personas adscritas al servicio de ambulancia los enfermeros y las enfermeras se prodigan generosamente en el cuidado de los enfermos y de los heridos sin, distinción de nacionalidad. ¿Pero hace falta precisamente que los hombres lleguen al borde de la muerte para reconocerse hermanos?. Esta caridad admirable, pero acaso tardía, no basta; es necesario que con la meditación y la práctica del Evangelio la multitud de cristianos adquiera al fin la conciencia de vínculos friamos que la unen en una por los méritos de la sangre de Jesucristo y que en esta misma sangre, que ha venido a ser su bebida, las almas encuentren la fuerza a veces heroica del mutuo perdón (que no excluye el restablecimiento de la justicia o del derecho lesionado); sin lo cual no será jamás posible una verdadera y duradera concordia.

Pero queremos volver con el pensamiento a vosotros, queridos recién casados. En el camino que habéis emprendido ¿no tendréis que practicar quizás un día el olvido de las ofensas en un grado que unos estiman superior a las fuerzas humanas?. El caso, aunque felizmente es raro entre esposos verdaderamente cristianos, no es imposible, porque el demonio y el mundo asedian el corazón cuyos impulsos son prontos, y trabajan contra la carne, que es débil. Pero sin llegar a estos extremos, en la vida misma de cada día ¡cuántas ocasiones pequeños contrastes cuantos ligeros enfados que pueden crear entre los cónyuges, si no se les pone remedio a tiempo, un estado de latente y dolorosa aversión!. Después, entre los padres y los hijos: si la autoridad debe hacerse valer, mantener sus derechos al respeto, sostenerles con advertencias, con reprensiones, cuando sea preciso con castigos, ¡qué deplorable sería por parte de un padre o de una madre, hasta la más mínima apariencia de resentimiento o venganza personal!. Esta basta muchas veces para dar un golpe fatal o destruir en el corazón de los niños la confianza y el afecto filial.

En el calendario eclesiástico ocurre pasado mañana, doce de julio, la fiesta de un grande santo italiano, Juan Gualberto, nacido en Florencia de noble familia, hacía el fin del siglo décimo, cuya historia muestra hasta qué punto puede llegar el perdón de las ofensas, y cómo lo recompensó Dios. Caballero joven, armado totalmente y escoltado de soldados, caminaba él en los alrededores de la ciudad por un estrecho sendero, cuando se encontró de improviso ante el asesino de un próximo y amado pariente suyo. Aquél, solo y sin armas, viéndose perdido, cae de rodillas y extiende los brazos en forma de cruz, esperando la muerte. Pero Juan, por respeto a aquel signo sagrado, le hizo gracia de la vida, lo levantó y lo dejó partir libremente. Después, prosiguiendo el camino entró en la iglesia de San Miniato a orar, y vio entonces la imagen del crucificado inclinar la cabeza hacia él con un gesto de infinita ternura. Conmovido profundamente, resolvió no combatir más sino por Dios; con sus propias manos se cortó su hermosa cabellera y tomó el hábito monástico: su victoria sobre sí mismo fue el preludio de una larga vida de santidad.

Queridos hijos e hijas: vosotros no tendréis que practicar, probablemente, un heroísmo tan extraordinario, ni recibiréis probablemente un favor tan prodigioso. Pero sí deberéis estar todos los días prontos a perdonar las ofensas recibidas en la vida familiar o social; del mismo modo que todos los días repetiréis de rodillas ante la imagen del crucifijo: "Padre nuestro... perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". Y si no veis entonces sensiblemente que Cristo inclina hacia vosotros, con una sonrisa, su frente coronada de espinas, sabréis sin embargo, y creeréis con fe firme y confianza absoluta, que de aquella frente divina, de las manos y de los pies del Salvador Jesucristo, sobre todo de su corazón siempre abierto, la sangre redentora derramará tanto más largamente su perdón sobre vuestra alma, cuanto más generosamente hayáis vosotros mismos perdonado.

EL ROSARIO EN FAMILIA

16 de Octubre de 1940. (DR. XI, 255.)

De todo corazón os damos la bienvenida, queridos recién casados, a quienes parece haber conducido a Nos la Virgen del Santísimo Rosario, en este mes consagrado a ella. Nos place mirarla con los ojos del espíritu —como la han visto algunos santos privilegiados— inclinada hacia vosotros con una sonrisa (para ofreceros aquel simple y devoto objeto que, a través de una cadena de anillos flexibles y ligeros que no recuerda sino una servidumbre de amor, reúne por decenas sus pequeños granos, llenos de un invisible juego sobrenatural), mientras que, en vuestro canto, arrodillados ante ella, prometéis honrarla, ofreciéndole con la mayor frecuencia posible, en todas las vicisitudes de la vida familiar, el tributo de vuestra piedad.

I.- El rosario, según la etimología misma de la palabra, es una corona de rosas, cosa encantadora que en todos los pueblos representa una ofrenda de amor y un símbolo de alegría. Pero estas rosas no son aquellas con que se adornan con petulancia los impíos de que habla la Sagrada Escritura. "Coronémonos de rosas —exclaman— antes de que se marchiten." Las flores del rosario no se marchitan; su frescura es incesantemente renovada de las manos de los devotos de María; y la diversidad de la edad, de los países y de las lenguas, da a aquellas rosas vivaces la variedad de sus colores y de su perfume.

En este rosario universal y perenne, habéis tomado parte desde vuestra infancia. Vuestras madres os enseñaron a hacer correr lentamente entre vuestros dedos infantiles los granos del rosario y a pronunciar al mismo tiempo las sencillas y sublimes palabras de la oración dominical y de la salutación angélica. Un poco más tarde, con ocasión de vuestra primera comunión, fuisteis consagrados a vuestra Madre celestial, recitando el rosario, recibido en regalo como recuerdo de aquel gran día, con un fervor ingenuamente aumentado por la delicada belleza de sus perlas. ¡Cuántas veces, después, habréis renovado vuestra doble ofrenda, a Jesús y a su Divina Madre, ante el tabernáculo eucarístico o en la Congregación Mariana! Y ahora, con el sacramento del matrimonio celebrado en este mes dedicado a María, nos parece que toda vuestra vida por venir será corno una mata de rosas, un rosario cuyo rezo perseverante y concorde comienza cuando a los pies del altar habéis unido vuestros corazones, obligados así por deberes nuevos y más graves, que con vuestro consentimiento nupcial bendito por Dios habéis libremente contraído.

Vuestro "sí" sacramental, tiene en realidad algo del ''Pater noster" por el compromiso que implica de santificar el nombre de Dios en la obediencia a sus leyes ("sanctificetur nomen tuum"), de establecer su reino en vuestro hogar doméstico ("adveniat regnum tuum"), de perdonar todos los días, el uno a la otra, las mutuas ofensas o faltas ("et dimitte nobis.. sicut et nos dimittimus..."), de combatir las tentaciones ("et ne nos inducas in tentationem"), de huir del mal ("sed libera nos a malo"), y sobre todo el "fiat" resuelto y confiado con que os presentáis al encuentro de los misterios del por venir. Aquel "sí" es también como un reflejo de la salutación angélica, porque os abre una nueva fuente de gracia, de la que María, "gratia plena", es la soberana dispensadora, y que es la habitación de Dios en vosotros ("Dominus tecum"); es una prenda especial de bendiciones no sólo para vosotros, sino también para los frutos de, vuestra unión; un nuevo título de remisión de los pecados durante la vida y de asistencia materna en la hora suprema (" nunc et in hora..."). Así pues, permaneciendo fieles a los deberes de vuestro nuevo estado, viviréis en el espíritu del santo rosario, y vuestras jornadas se desenvolverán como una concatenación de actos de fe y de amor hacia Dios y hacia María, a través de los años, que os deseamos numerosos y ricos de favores celestes.

Pero un rosario, queridos hijos e hijas, significa también que los misterios de vuestro porvenir no serán siempre y únicamente hechos de alegrías; tendrán también acaso providenciales dolores. Es la ley de toda vida humana, como de todo ramo de rosas, que las flores estén mezcladas con las espinas. Vosotros vivís ahora los misterios gozosos, y os auguramos que gustéis larga- su dulzura, porque la felicidad se ha prometido a quien teme al Señor y pone todas sus delicias en sus mandamientos: está prometida a los mansos, a los misericordiosos, a los puros de corazón, a los pacíficos, y vosotros os esforzáis por ser todo esto. Sobre todo, vosotros esperáis que la Providencia, cuyos secretos designios os han traído el uno hacia la otra, derramará sobre vuestro hogar la bendición prometida a los patriarcas, cantada por los profetas, exaltada por la Iglesia en la liturgia del matrimonio; Ia bendición alegre de la fecundidad: "matrem filiorum laetantem"20.

De igual manera que habéis recibido y recibiréis las alegrías -las de hoy y las de mañana- con filial reconocimiento y prudente moderación, acogeréis con espíritu de fe y sumisión los misterios dolorosos del porvenir, cuando llegue su hora. ¿Misterios? Es el nombre que el hombre da con frecuencia al dolor, porque si no acostumbra a buscar una significación a sus gozos, querría en cambio, con su corta vista, saber la razón de sus desventuras, y sufre doblemente cuando no ve aquí abajo su por qué. La Virgen del Rosario, que es también la del "Stabat" en el Calvario, os enseñará a estar en pie bajo la cruz, por muy densa que pueda ser su sombra, porque comprenderéis con el ejemplo de esta "Motor dolorosa" y reina de los mártires, que los designios de Dios superan infinitamente los pensamientos de los hombres, y que aun cuando hieren el corazón, están inspirados por el más tierno amor de nuestras almas.

¿Podréis esperar, deberéis desear que haya también en el rosario de vuestra vida misterios gloriosos? Sí, con tal que se trate de la gloria que sólo la fe puede percibir y gustar. Los hombres se paran con frecuencia ante los resplandores humeantes del renombre que se dan o se disputan entre ellos con altisonantes palabras o acciones. Ser alabados, ser célebres: lee aquí en lo que consiste para ellos la gloria. "Gloria est frequens de aliquo fama cum laude", escribía Cicerón.

Pero los hombres no se cuidan con frecuencia de la gloria que sólo Dios puede dar, y es que, según la palabra de nuestro Señor, no tienen fe: "¿Cómo es posible, decía el Redentor a los judíos, que creáis, vosotros que andáis mendigando gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria e que de sólo Dios procede?". La gloria del mundo se marchita, como las flores del campo, exclama Isaías; y por la boca de este mismo Profeta anunciaba el Dios de Israel que humillaría a los grandes de la tierra21. ¿Qué hará, pues, el Dios encarnado, aquel Jesús que se decía "humilde de corazón"22 y que no había jamás buscado su propia gloria?23.

Elevad, pues, vuestra mirada más arriba, o mejor aún, penetrad más profundamente con los ojos de la fe, y ala luz de las Sagradas Escrituras, en lo íntimo de vuestras almas. "Es una gran gloria, os dirá el Espíritu Santo, seguir al Señor"24. En una familia donde Dios es honrado, "corona de los ancianos son los hijos e hijas, y gloria de los hijos son sus padres"25. Cuanto más puros sean vuestros ojos, jóvenes madres de mañana, tanto más veréis en los queridos pequeñines confiados a vuestros cuidados almas destinadas a glorificar con vosotros, el único objeto digno de todo honor y de toda gloria. Entonces, en lugar de perderos, como tantas otras, en sueños ambiciosos sobre la cuna de un recién nacido, os inclinaréis con mente devota sobre el frágil corazón que comienza a palpitar, y pensaréis, sin vanas inquietudes, en los misterios de su porvenir, que confiaréis a la ternura -¡más maternal todavía y cuánto más poderosa que la vuestra!- de la Virgen del Rosario.

De este modo, el santo Rosario os enseña que la gloria del cristiano no tiene lugar en su peregrinación terrestre. Interrogad la serie de los misterios: los gozosos y dolorosos, desde la anunciación a la crucifixión, dibujan como en diez cuadros toda la vida del Salvador; los misterios gloriosos no comienzan sino el día de Pascua, y ya no cesan: ni para Jesús resucitado, que sube a la diestra del Padre y envía al Espíritu Santo a presidir, hasta el fin de los siglos, la propagación de su reino; ni para María que, arrebatada al Cielo sobre las alas ardientes de los ángeles, recibe allí de las manos del Padre celestial la corona eterna.

De este mismo modo os ocurrirá a vosotros, queridos hijos e hijas, si permanecéis fieles a las promesas hechas a Dios y a María, y observáis lealmente las obligaciones que habéis adquirido el uno respecto de la otra. No os avergoncéis del Evangelio26; y en un tiempo en que muchas almas, débiles y vacilantes se dejan vencer por el mal, no imitéis su extravío, sino triunfad del mal, según el consejo de San Pablo, haciendo el bien Así, el rosario de vuestra vida, continuado por una cadena de años, que os deseamos largos y benditos, tendrá su término feliz cuando caiga para vosotros el velo de los misterios en la glorificación luminosa y eterna de la Santísima Trinidad: "Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, Amen!".

EL MlSTERIO DE LA PATERNIDAD

19 de Marzo de 1941. (Oss. Rom., 20 Marzo 1941)

La fe en Cristo y en su esposa la Iglesia os ha guiado y conducido a Nos, queridos recién casados, como a vuestro Padre común, Padre de las creyentes, para pedirnos que bendigamos en nombre de Cristo, y como que ratifiquemos y confirmemos con Nuestra invocación, ante Dios y el pueblo cristiano, vuestro santo vínculo y vuestras esperanzas de verlo florecer y extenderse en aquellos hijos, sin los cuales faltaría la corona de la alegría a la felicidad, ya tan grande, que el Señor os hace encontrar en la unión de vuestras almas.

No yerra vuestra fe al ver en el Papa, ante todo, al Padre; pero, por grande que sea esta paternidad espiritual y universal, no es sino un lejano reflejo de aquella paternidad suprema, trascendente e infinita, que el Doctor de las gentes, San Pablo, adoraba doblando sus rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo: "Huius rei gratia Electo genua mea ad Patrem Domini Nostri Jesu Christi, ex quo omnis paternitas in coelis et in terra nominatur". Es el sublime misterio de la paternidad que del cielo, desde el fondo de la eternidad, brilla en la inaccesible luz divina, donde, en el secreto impenetrable e incomprensible de la Trinidad feliz, eternamente, todo el ser, toda la vida, todas las infinitas perfecciones del Padre se comunican al Hijo para volverse a su común infinito Amor que es el Espíritu Santo. Paternidad eterna que engendra la eterna Sabiduría y, con ella, se derrama en el eterno Amor. Paternidad perfecta, infinita, inefable, cuyo término, el Hijo, es no sólo semejante, sino igual al Padre y uno con Él en la identidad de la naturaleza indivisa, no distinguiéndose sino como persona que le conoce y ama infinitamente. Paternidad de siglos eternos, no paternidad transitoria del tiempo, que separa de sí el fruto para que éste viva una vida propia; sino paternidad que es generación, la cual no cesa jamás, en el infinito presente de la eternidad siempre actual y viva, de dominar y sobrepasar todos los tiempos, que inician su curso con el mundo en una efusión de inmensa bondad creadora, cuando el Espíritu, cuyo soplo divino animador se entiende sobre las aguas de la infancia del universo, hace radiar este amor paterno sobre las obras de su mano omnipotente.

Honor y gloria de Dios es el misterio de la paternidad: como lo proclamaba el Señor mismo por boca de Isaías: "Yo que concedo a los demás la generación, ¿seré estéril?". Por lo que dijo a su Hijo, igual a Él en la divinidad y en la eternidad: "Te engendré de mi seno antes que la estrella de la mañana".

¿Qué es la paternidad, sino comunicar el ser; todavía más, poner en este ser el misterioso rayo de la vida? Dios es Padre del universo: "Nobis unus est Deus, Pater, ex quo omnia". Dios es el Padre que crea el cielo, el sol, las estrellas que brillan a su mirada y narran su gloria; Dios es el Padre que ha construido y modelado este mando donde sembró flores y selvas, fecundó y, multiplicó los nidos colgantes de los pajarillos, las inaccesibles cuevas de los peces y las cavernas marinas de los corales, los rediles de los corderos y las manadas de los toros, las guaridas de las fieras y las cuevas de rugientes leones prestos a lanzarse impetuosamente sobre su presa; toda esta vara e inmensa vida es hija del amor ole Dios, dirigida, sostenida, desenvuelta en su crecimiento y desarrollo por la paterna Providencia.

Pero la paternidad se eleva mucho más: es comunicar juntamente con el ser, con la vida vegetal o animal, la vida superior de la inteligencia y del amor. También los ángeles son hijos de Dios. Espíritus puros, libres del peso de la carne, sublimes imágenes de la Trinidad, a la que contemplan y aman, participan de un modo que les es propio en la paternidad divina, puesto que, como enseña Santo Tomás, el uno, iluminando y perfeccionando al otro con la luz del entendimiento, se hace padre suyo, a semejanza del maestro que es padre del discípulo y le comunica cada vez nuevos impulsos para la vida de la mente.

Hijo de Dios es también el hombre, imagen que conoce y ama a la Trinidad. Espíritu unido a la materia, si bien es verdad que ha sido hecho un poco menor; que los ángeles, es como padre, en cierto sentido, más que el ángel, el cual no comunica sino la luminosa actividad de la propia inteligencia, mientras el hombre consigue de Dios su concurso en la creación e infusión misma de esta inteligencia en sus hijos, engendrando el cuerpo que la recibirá. Recordad, queridos esposos, el gran día de la creación del hombre y de su compañera. Ante la grandiosa obra de unir el espíritu con la materia, la Trinidad divina parece recogerse en Sí misma, y dice: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza". Pero si Dios tomó un poca de barro para plasmar el primer hombre, la primera vida humana, veis en cambio que, cuando quiso e intentó que aquella primera vida se propagara y multiplicara, sacó la segunda vida no del fango inerte, sino del costado vivo del hombre, y así será la mujer su compañera, nuevo rayo dé inteligencia y de amor, cooperadora de Adán en la transmisión de la vida, formada de él y semejante a él en toda su descendencia y posteridad. Y cuando, al conducir y entregar Eva a Adán, Dios pronuncia el altísimo mandamiento, fuente de vida: "creced y multiplicaos", ¿no os parece que el Creador transfiere al hombre su mismo augusto privilegio de la paternidad, remitiéndose en adelante a él y a su compañera para hacer correr a caudal pleno en el género humano el río de vida que mana de su propio amor?

Pero el infinito amor de un Dios que es caridad, tiene más altos y altísimos caminos para efundir su luz y sus llamas al comunicar, como padre, una vida semejante a la propia. El ángel y el hombre son hijos de Dios y lo manifiestan en la imagen y semejanza que en el orden natural de simples criaturas han recibido de Él; pero Dios posee una paternidad más sublime: engendra hijos de adopción y de gracia en un orden que supera a la naturaleza humana y angélica, y les hace partícipes y consortes de la misma naturaleza divina, llamándoles a repartir su propia felicidad en la visión de su Esencia, en aquella luz inaccesible con la que se revela a sí mismo a los hijos de la gracia y les revela el íntimo secreto de su incomparable paternidad juntamente can el Hijo y can el Espíritu Santo. En esta alta luz impera Dios, Creador, Santificador y Glorificador, que en la predilección por la última de sus criaturas inteligentes, el hombre (aquí abajo hijo de ira27 por nacer del progenitor culpable Adán) le regenera y hace renacer con el agua y con el Espíritu Santo en hijo de gracia, hermano de Cristo, nuevo Adán sin mancha, y le hace coheredero de su gloria en el Celo; de modo que quiso que, para tina tal gloria y vida sobrenatural, como para la vida natural, el hombre mismo, cooperando con Dios, fuese padre de su transmisión y de su conservación y perfección.

Tal es, queridos hijos e hijas, el incomparable misterio en cuyo seno os introduce vuestro matrimonio. Entrad como en un santuario de la Santísima Trinidad, penetrados de respeto, de temor filial y de confiado amor, del sentimiento de vuestras responsabilidades y de la grandeza del oficio que habéis de cumplir. También vosotros tendréis que pronunciar las palabras: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza". Palabras divinas y palabras humanas que se confunden en vuestro labio y en vuestro pecho. Pesad estas palabras de paternidad, por parte de Dios y por vuestra parte: vuestros hijos a vuestra imagen y a vuestra semejanza. Sí; vuestros hijos serán semejantes a vosotros, tales cuales vosotros sois, por la naturaleza humana que al engendrarlos les comunicaréis; pero en la vida sobrenatural, ¿serán también semejantes a vosotros? No dudamos que les procuraréis solícitamente aquel Bautismo que también a vosotros os regeneró ante Dios, haciéndonos hijos de gracia y herederos del Cielo, aun en el caso de que, al abrirle las puertas del paraíso, un angelito vuestro exigiera a vuestra fe y a vuestro amor un dolor o un sacrificio. Hacedlos crecer en la fe, en el temor y en el amor de Dios; transfundid en ellos aquella sabiduría del vivir que hace al cristiano, y lo encamina y guía por el sendero de la virtud entre los peligros de tantos enemigos que ponen asechanzas a la juventud. Sed sus modelos en el camino del bien; y permaneced siempre tales que vuestros hijos no tengan que hacer sino asemejarse a vosotros y merecer alabanzas por ser imágenes vuestras, de modo que respondan plenamente a los designios que tuvo Dios al concederles por vuestro medio una vida semejante a la vuestra. Sea luz de su camino el miraros e imitaros, el recordar, cuando algún día ya no estéis a su lado, vuestras advertencias reforzadas y confirmadas por un cumplimiento íntegro de todas las obligaciones de la vida cristiana, por un delicado e íntimo sentimiento del deber sin claudicaciones, por una fe y confianza en Dios indestructible, aún en las pruebas más duras, por un afecto mutuo que ha ido creciendo cada vez más con los años, por una bondad caritativa y benéfica que se prodiga hacia todas las miserias.

Mucho esperarán vuestros hijos de los vigilantes cuidados de que rodearéis sus primeros pasos, y el primer soltarse y abrirse de su inteligencia y de su corazón. Confiándoles más tarde a las manos de maestros dignos de vuestra confianza de padres cristianos, no cesaréis de ayudarlos cuando sean mayores con vuestros consejos y alientos. Pero más que cualquier otra palabra, valdrá la voz de vuestros ejemplos, aquellos ejemplos en cuyo espejo continuamente, par muchos años, se reflejará a sus ojos vuestra vida práctica, tanto en la intimidad como en el alejamiento del hogar doméstico; aquellos ejemplos que ellos penetrarán y juzgarán con la terrible clarividencia y con la inexorable agudeza de sus miradas jóvenes.

¡Qué bella y digna de ser recordada es la bendición de Raquel sobre el joven Tobías, cuando sabe de quién es hijo... "Benedictio sit tibi, fili, quia boni et optimi viri filias est": ¡Bendito seas, hijo mío, porque eres hijo de un hombre de bien y excelente!28. El viejo Tobías no era ya rico de bienes de fortuna; el Señor le había probado con la desgracia del destierro y de la ceguera; pero era rico de algo mejor: de los admirables ejemplos de su virtud y de las sabias advertencias que daba a su hijo. También nosotros vivimos en tiempos difíciles: acaso no consigáis siempre proporcionar á vuestros hijos la vida acomodada y bella que soñáis para ellos, ni seáis capaces de tenerlos tranquilos y contentos, fuera del pan cotidiano que, gracias ala Providencia divina, confiamos que no les faltará, con' aquellos bienes que desearías asegurarles. Pero más que los bienes de la tierra, que nunca cambian, ni aún para los poderosos y los epulones, este valle de lágrimas en paraíso de delicias, en vuestras manos está dar a vuestros hijos y herederos bienes mejores, aquel pan y aquella riqueza de fe, aquella atmósfera de esperanza y de caridad, aquel impulso de vida animosa a y constantemente cristiana, en la que vuestro agrado deber de padres y de madres, conscientes de la alteza de la paternidad que habéis recibido del Cielo, hará crecer y progresar para consuelo vuestro, delante de Dios y de los hombres.

Con tal augurio imploramos sobre vosotros, queridos casados, la abundancia de los favores celestes, de la cual es prenda la apostólica bendición que con toda la paternidad espiritual de Nuestro corazón os impartimos.

LOS HEROÍSMOS DE LOS ESPOSOS CRISTIANOS

20 de Agosto de 1941. (Ecclesia, 15 Sept. 1941.)

Al ver reunido aquí, en torno a Nos, un grupo tan numeroso y devoto de recién casados cristianos, nuestro ánimo se regocija y da gracias a Dios, del cual son dones preciosos la fe, la esperanza, la confianza especial que os es dado poner en aquella divina bendición que nuestro paterno afecto se alegra de invocar sobre vuestras personas y vuestros anhelos.

Si la piedad de Dios para con la humana miseria da potencia y fuerza a nuestra invocación, sabed que es omnipotente la bendición que desciende de Dios; porque, cuando habla Él, brotan de la nada el cielo y la tierra; de las tinieblas, el sol; de la tierra y de las aguas, toda la naturaleza viviente. Entonces, formado por el Creador, el hombre se yergue del fango, para recibir, como aliento de la boca divina, un espíritu inmortal (1), y para escuchar, juntamente con su compañera semejarme a él, sacada de su costado, aquella bendición, que es un mandato, de crecer y multiplicarse y de llenar la tierra. Vosotros, recién casados, que habéis creído en el nombre de Cristo, nuestro Salvador y Redentor, habéis sido bendecidos en este nombre ante el altar, para que por vosotros se aumente la muchedumbre de los hijos de Dios y se complete el número de los elegidos. El Señor se ha dignado llamaros a este altísimo fin, querido por Él mismo, al instituir el matrimonio como un deber de naturaleza y al elevarlo a la dignidad sobrenatural de sacramento, cuando os ha unido con aquel santo vínculo indisoluble que enlaza vuestros corazones, y vuestras vidas.

No hay, pues, por qué maravillarse —como hubimos de indicar ya en nuestro último discurso— de que un estado tan noble exija también sus heroísmos extraordinarios en situaciones excepcionales, y heroísmos impuestos por la vida cotidiana; heroísmos frecuentemente ocultos, mas no por ello menos admirables, sobre los cuales nos proponemos hoy llamar vuestra atención de un modo más detallado. En los tiempos modernos, lo mismo que en los primeros siglos del cristianismo, en aquellos países del mundo en que las persecuciones religiosas se enconan aquí o allá, declaradas o solapadas, pero no menos duras, les fieles más humildes pueden encontrarse en cualquier momento frente a la dramática necesidad de escoger entre su fe, que tienen el deber de conservar intacta, y la propia libertad, los medios para sustentar su vida, y hasta la vida misma. Pero aun en las épocas normales, en las vicisitudes y en las circunstancias ordinarias de las familias cristianas, ocurre a veces que las almas se ven colocadas bruscamente en la alternativa de violar un deber ineludible o de exponerse a sacrificios y riesgos dolorosos y agobiantes en la salud, en los bienes, en la posición familiar y social: es decir, puestas en la necesidad de ser y de mostrarse heroicas, si quieren mantenerse fieles a sus obligaciones y permanecer en la gracia de Dios.

Cuando nuestros Predecesores, de santa memoria, y particularmente el Sumo Pontífice Pío XI en la carta encíclica "Casti connubi", proclamaban y recordaban las santas e inviolables leyes de la vida matrimonial, ponderaban y se daban perfectamente cuenta de que en no pocos casos se erige a los esposos cristianos un verdadero heroísmo para cumplirlas inviolablemente. Sea que se trate de respetar los fines del matrimonio queridos per Dios, o de resistir a los incentivos ardientes y lisonjeros de las pasiones y de las tentaciones que mueven a un corazón inquieto a buscar en otro lugar lo que no ha encontrado o cree no haber encontrado en su legítima unión de un modo que le satisfaga plenamente, como había esperado: sea que para romper o no aflojar el vínculo de las almas y del amor mutuo, llegue la hora de saber perdonar, de olvidar una desavenencia una densa, un choque quizá grave . . . ¡cuántos dramas íntimos macen y desarrollan sus amarguras y sus lances detrás del velo de la vida diaria! ¡Cuántos heroicos sacrificios ocultos! ¡Cuántas angustias de espíritu para convivir y para mantenerse cristianamente constante en su puesto y en su deber!

Y esta misma vida cotidiana, ¡cuánta fortaleza de ánimo no demanda muchas veces: cuando todas las mañanas se ha de volver a los mismos trabajos tal vez rudos y fastidiosos en su monotonía; cuando hay que soportar, en bien de la paz, con la comisa en los labios, amablemente, alegremente, los defectos recíprocos, los contrastes nunca vencidos, las pequeñas divergencias de gustos, de hábitos, de ideas, a les que da lugar frecuentemente la vida en común; cuando en medio de incidentes y dificultades menudas, muchas veces inevitables, no se debe turbar ni menguar la calina y el buen humor; cuando en un choque impensado, hay que ayudarse del saber callar, de contener a tiempo la queja, de cambiar y dulcificar la palabra que, de ser pronunciada, desahogaría los nervios irritados, pero difundida una nube oscura en la atmósfera de las parceles domésticas!. Son mil detalles insignificantes mil momentos fugaces de la vida cotidiana, cada uno de los cuales es muy peca cosa, casi nada; pero que acaban por hacerse muy gravosos con su continuidad y su y en los cuales, sin embargo viene a tejerse y a encadenarse en su mayor parte gracias a la recíproca tolerancia, la paz y la alegría de un hogar.

Sin embargo, la fuente, el alimento y el sostén de la alegría y de la paz de la familia, debe ser particularmente la mujer la esposa, la madre. ¿No es ella la que anuda, une y vincula con lazos de amor al padre con les hijos, la que con su afecto viene a compendiar en sí la familia, vela sobre ella, la guarda la protege y la defiende? Ella es el canto cae la cuna, la sonrisa de los niños rosados y vivos, o llorosos y enfermos; la primera maestra que les hace levantar la vista al cielo, que lleva a sus hijos e hijas a postrarse ante los altares sagrados que les inspira a veces los pensamientos y deseos más sublimes. Dadnos una madre que sienta profunda- en su corazón la maternidad espiritual, no menos que la natural, y veremos en ella la heroína de la familia, la mujer fuerte, a la cual podréis ensalzar con el cato del Rey Samuel en el libro de los Proverbios, y decir de ella: "La fortaleza y el decoro son su vestidura, y mira con confianza el porvenir. Abre su boca a la sabiduría, y la ley de la bondad gobierna su lengua. Vigila ella misma la marcha de su casa, y no come el pan en la ociosidad. Sus hijos se levantan para llamarla bienaventurada y su marido para elogiarla". Permitid que damos a la madre y a la mujer fuerte otra alabanza del heroísmo en el dolor, como corresponde a la que, con frecuencia, en la escuela de la desventura, de la aflicción y de la pena, es más valiente, intrépida y resignada que el hombre, porque sabe aprender del amor el dolor. Contemplad a las piadosas mujeres del Evangelio, que siguen a Cristo y le asisten con sus medios, y sobre el camino del Calvario le acompañan llorando hasta la Cruz. El corazón de Cristo es todo misericordia hacia las lágrimas de la mujer: lo supieron las llorosas hermanas de Lázaro, la doliente viuda de Naín, la Magdalena que lloraba ante el sepulcro. Y también hoy, en esta hora tan cruenta, ¿quién sabría decir a cuántas viudas de Naín, a cuántas madres, aunque no les resucite el hijo muerto, la benignidad del Redentor derrama en el seno el bálsamo de su palabra consoladora. "Noli flere", "No llores"?29.

No dudéis, queridos recién casados: mirad esperanzados a la alta meta del heroísmo en el camino de la vida que emprendéis. Siempre ha sido verdad que desde las cosas más pequeñas se emprende la marcha hacia las más grandes, y que la virtud es una flor que corona el crecido talla, regado por la fatiga asidua de cada día. Este es el heroísmo cotidiano de la fidelidad a los deberes acostumbrados y comunes de la vida ordinaria; heroísmo que forma y prepara las almas, que las eleva y las templa para las jornadas en que Dios tal vez les pedirá un heroísmo extraordinario.

No busquéis en otra parte la fuente de tales heroísmos. En las vicisitudes de la vida familiar, como en todas las circunstancias del vivir humano, el heroísmo tiene su raíz esencial en el sentimiento profundo y dominador del deber, de aquel deber con el cual no es posible transigir ni pactar, que tiene que prevalecer en todo y sobre todo; sentimiento del deber que para los cristianos es el reconocimiento consciente del dominio soberano de Dios sobre nosotros, de su soberana autoridad y de su bondad soberana; sentimiento que nos enseña que la voluntad de Dios claramente manifestaba no admite discusiones, sino que impone un sometimiento total; sentimiento que por encima de todas las cosas, nos hace comprender que esta voluntad divina es voz de un infinito amor para nosotros; sentimiento, en una palabra, que no es de un deber abstracto o de una ley prepotente e inexorable, hostil y destructora de la libertad humana en el querer y en el obrar, sino que responde y se inclina a las exigencias de un amor, de una amistad infinitamente generosa, que tiende y gobierna multiformes vicisitudes nuestra vida de aquí abajo.

Un sentimiento cristiano tan potente del deber crecerá y se reforzará en vosotros, hijo e hijas con la idea perseverante a vuestros deberes y obligaciones con más humildes. Los sacrificios menudos las pequeñas victorias sobe vosotros mismos, irán vigorizando y enraizando de día en día el hábito virtuoso de no preocuparos de impresiones, impulsos o repugnancias que broten en el sendero de vuestra vida cada vez que se trate de un deber, de una voluntad de Dios, que cumplir. El heroísmo no es fruto de un día, ni madura en una mañana. Las almas grandes se, forman y elevan a través de lentas ascensiones, para encontrarse prontas, cuando llegue la ocasión, a las gestas magníficas y a los supremos triunfos que nos llenan de admiración.

A fin de que en vuestras almas, crezcan estos sentimientos cristianos del deber y esta alegre y valerosa confianza, os damos de todo corazón, como prenda de los favores celestes más grandes, nuestra paternal bendición apostólica.

LA AUTORIDAD EN LA FAMILIA:

1) MARIDO Y MUJER

10 de septiembre de 1941. (Ecclesia, 15 de octubre de 1941.)

Cuando hace unos días, queridos recién casados, bajo la mirada de Dios y en presencia del sacerdote, haciéndoos ministro del gran sacramento que recibíais, cambiasteis recíprocamente vuestro solemne consentimiento en la obligación de indisoluble comunidad de la vida, sentisteis en ese sagrado acto, dentro de vuestra alma, que estabais y obrabais en condiciones de perfecta igualdad, de manera que el contrato matrimonial ha sido concluido entre vosotros con plena independencia como entre personas que tienen derechos estrictamente iguales. Allí se manifestó vuestra dignidad humana en toda la grandeza de su libre voluntad.

Pero en aquel mismo momento fundasteis una familia. Ahora bien, toda familia es una sociedad de vida; toda sociedad bien ordenada requiere un jefe; toda potestad de jefe proviene de Dios. Por eso también la familia fundada por vosotros tiene un jefe investido por Dios de autoridad sobre aquélla que se ha dado por compañera para constituir su primer núcleo, y sobre aquéllos que con la bendición del Señor vendrán a acrecentarlo y a alegrarlo, como vigorosos retoños alrededor del tronco del olivo.

Sí; la autoridad del jefe de la familia viene de Dios, como vino de Dios a Adán la dignidad y la autoridad de primer jefe del género humano, dotado de todos los dones que había de transmitir a su progenie; por eso él fue formado primero, y Eva después; y, como dice San Pablo, Adán no fue engañado, sino que fue la mujer quien se dejó seducir y prevaricó. La curiosidad de Eva al mirar el hermoso fruto del Paraíso terrestre, y su conversación con la serpiente, ¡cuánto daño causaron al primer hombre, a ella misma, a todos sus hijos y a nosotros!. A ella, además de multiplicarle los afanes y los dolores, Dios le dijo que quedaría sometida a su marido. ¡Oh esposas y madres cristianas!. No cedáis nunca al afán usurpar el cetro de familia. Vuestro cetro —cetro de amor— debe ser el que os pone en las manos del Apóstol de las gentes; el salvaros, mediante la procreación de los hijos, si os conserváis en la fe, en la caridad y en la santidad, con modestia.

En la santidad, por medio de la gracia, los cónyuges están unidos con Cristo de un modo igual e inmediato. En verdad, aquellos que han sido bautizados en Cristo y se han revestido de Él —escribía San Pablo—, son todos hijos de Dios, y no existe diferencia entre hombre y mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús. En cambio, en la Iglesia y en la familia, en cuanto son sociedades visibles, la condición es diferente. Por eso mismo el Apóstol amonestaba: “Quiero que sepáis que la cabeza de todos los hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el marido, y la cabeza de Cristo es Dios”. Del mismo modo que Cristo, en cuanto hombre, está sometido a Dios, y a todo cristiano está sometido a Cristo, del cual es miembro, así la mujer está sometida al hombre, el cual, en virtud del matrimonio, se ha convertido con ella en “una sola carne”. El gran Apóstol advertía la necesidad de recordar esta verdad y este hecho fundamental a los convertidos de Corintio, porque muchas ideas y costumbres del mundo pagano se lo podían haber hecho olvidar fácilmente, o no comprenderlo y desfigurarlo. ¿No sentiría quizá la misma necesidad de sus amonestaciones, si hablara con no pocos cristianos de hoy día? ¿No sopla en nuestros tiempos un aire malsano de paganismo renacido?.

Las condiciones de vida que se derivan al presente del estado económico y social, por lo que se refiere a la orientación hacia las profesiones, las artes y los oficios, y por la entrada de los hombres y mujeres en las fábricas, en las oficinas y en los diversos empleos, tienden a engendrar e introducir prácticamente una amplia paridad de las actividades de la mujer con las del hombre, de tal manera que los esposos se encuentran no pocas veces en una situación que casi raya en la igualdad. Marido y mujer ejercen a menudo profesiones de la misma categoría, aportan con su trabajo personal una contribución casi idéntica al presupuesto familiar, al tiempo que, por su mismo trabajo, se ven obligados a llevar una vida independiente el uno del otro. Mientras tanto, los hijos que dios les envía, ¿qué vigilancia reciben, que custodia, qué educación, qué instrucción?. S les ve, no digamos abandonados, pero sí muy a menudo entregados desde el principio a manos extrañas, formados y guiados por otros más que por su madre, apartada de ellos por el ejercicio de su profesión. ¿Qué de extraño tiene que se debilite y disminuya, hasta perderse, el sentido de la jerarquía familiar, si el gobierno del padre y la vigilancia de la madre no consiguen hacer grata y amable la convivencia doméstica?.

Sin embargo, el concepto cristiano del matrimonio, que San Pablo enseñaba a sus discípulos de Éfeso, lo mismo que a los de Corinto, no puede ser más abierto ni más claro: “Las mujeres deben estar sometidas a sus maridos, lo mismo que al señor: porque el hombre es la cabeza de la mujer, como Cristo es la cabeza de la Iglesia… Como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.

Vosotros, hombres, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó Él mismo por ella. Cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y la respete a su marido”.

Esta doctrina y esta enseñanza de Pablo no son otra cosa que la enseñanza y la doctrina de Cristo. El Divino Redentor vino a restaurar de esta manera lo que el paganismo había trastornado. Atenas y Roma, faros de civilización de que derramaron tanta luz natural sobre los vínculos familiares, no consiguieron, ni con las altas especulaciones de la filosofía, ni con la sabiduría de la legislación, ni con la severidad de la censura, colocar a la mujer en su verdadero puesto en la familia.

En el mundo romano, a pesar del respeto y la dignidad de que estaba rodeada la madre de la familia: “Uxor dignitatis nomen est, non voluptatis”, la mujer estaba jurídicamente sometida, según el antiguo derecho quiritario, a la ilimitada y total potestad del marido o del pater-familias, que tenía el dominio de la casa “qui in domo dominium habet”, porque también ella estaba “in mariti manu mancipioque aut in eius, in cuius mariti manu mancipioque esset”. Por eso el austero censor Catón proclamaba delante del pueblo romano: “Maiores nostri nullam, ne privatam quidem rem agere feminas sine tutore auctore voluerunt; in manu esse parentum, fratrum, virorum”.

Pero en los siglos posteriores, caído en desuso todo el derecho gentilicio de los antiguos, aquella férrea disciplina desapareció, y las mujeres quedaron prácticamente independientes de toda autoridad marital.

Es cierto que continuaron dándose nobles ejemplos de mujer y madres excelentes, imitadoras como aquella Ostoria, de ilustre familia, de la cual un sarcófago recientemente descubierto en las criptas vaticanas —ya mencionado por Nos en otra ocasión— ha conservado en su inscripción, probablemente del siglo III después de Cristo, este elogio: “Inconparabilis (sic) castitatis et amoris erga maritum exempli feminae”, documento que sobrevive para demostrar que semejantes virtudes de castidad y de fidelidad conyugal, aun siendo entonces demasiado raras, no cesaban de merecer la estimación de los romanos. Pero a tales caracteres irreprensibles se oponía y contrastaba el número siempre creciente de mujeres, especialmente de la alta sociedad, reacias y esquivas a los deberes de la maternidad, ansiosas de ocupaciones y de aptitudes propias hasta entonces solamente de los hombres, al mismo tiempo que, con la multiplicación de los divorcios, la familia se iba disolviendo, y las costumbres y los afectos femeninos se desviaban del camino recto de la vida virtuosa, hasta el extremo de arrancar a Séneca la conocida amarga lamentación: “¿Por ventura queda alguna mujer que se ruborice de romper el matrimonio, después que tan ilustres y nobles damas cuentan sus años no por el número de los Cónsules, sino por el de los maridos, y se divorcian para casarse, y se casan para divorciarse?”. La mujer tiene un gran poder sobre la moral pública y privada, porque tiene un gran poder sobre el hombre: recordad que Eva, seducida por la serpiente, dio el fruto prohibido a Adán, y este también lo comió.

Restablecer en la familia la jerarquía indispensable a su unidad y a su felicidad, y a su primitiva y verdadera grandeza, fue una de las mayores obras del cristianismo desde el día en que Cristo afirmó a la faz de los fariseos y del mundo: “Quod ergo Deus coniunxit, homo non separet”, lo que Dios ha unido, no intente separarlo el hombre.

Esta es la jerarquía esencial de la naturaleza, injertada en la unión del matrimonio, que la Divina Providencia creadora ha señalado con las cualidades distintas, recíprocamente complementarias, de que quiso dotar al hombre y a la mujer: “Ni el hombre sin la mujer, ni la mujer sin el hombre, según el Señor”, exclamaba San Pablo. Al hombre la primacía en la unidad, el vigor en el cuerpo, los dones necesarios para el trabajo con que ha de proveer y asegurar el sustento de la familia; a él le fue dicho, en efecto: “con el sudor de tu frente te ganarás el pan”. A la mujer le ha reservado Dios los dolores del parto, los trabajos de la lactancia y de la primera educación de los hijos, para los cuales no valdrán nunca tanto los mejores cuidados de personas extrañas, como las afectuosas solicitudes del amor maternal.

Pero sin dejar de mantener firme la dependencia de la mujer respecto al marido, sancionada en las primeras páginas de la Revelación, el Apóstol de las Gentes recuerda que Cristo, todo misericordia para nosotros y para la mujer, ha endulzado ese poco de amargura que aún quedaba en el fondo de la Ley antigua, y ha mostrado, en su divina unión con la Iglesia, desposada con Él “en la sangre bendita”, cómo la autoridad del jefe y la sujeción de la esposa, sin que se mermen en nada, pueden ser transfiguradas por la fuerza del amor, de un amor que imite a aquél con que Él se une a su Iglesia; y de qué manera la constancia del mando y la docilidad respetuosa de la obediencia pueden encontrar en un amor activo y mutuo el olvido de sí mismos y el generoso don recíproco, de tal modo que también de aquí nazca y se consolide la paz doméstica que, como una flor del orden y del cariño, fue definida por San Agustín como la ordenada concordia del mandar y del obedecer entre aquellos que viven juntos: “Ordinata imperandi obediendique concordia co-habitantum”. Éste ha de ser el modelo de vuestras familias cristianas.

Vosotros, maridos, habéis sido investidos de la autoridad. Cada uno de vosotros es el jefe en vuestro hogar, con todos los deberes y las responsabilidades de ese título significa. No dudéis ni vaciléis, pues, en ejercer dicha autoridad; no os sustraigáis a esos deberes, no huyáis de esas responsabilidades. La indolencia, el descuido, el egoísmo y la distracción no os deben hacer abandonar el timón de la navecilla- de vuestra casa, confiado a vuestras manos; pero ¿qué delicadeza, qué respeto, cuánto cariño deberá demostrar y practicar vuestra autoridad, en cualquier circunstancia alegre o triste, respecto a aquélla que habéis escogido para compañera de vuestra vida? Como dice el gran Obispo de Hipona antes nombrado, vuestros mandatos deben tener dulzura de consejos para que la obediencia obtenga de ellos consuelo y estímulo. En la casa del cristiano, que vive por su fe y es todavía peregrino hacia la ciudad celeste, los mismos que mandan sirven a aquéllos sobre los que parecen mandar; porque no mandan por ansia de señorear, sino por oficio de aconsejar: no por soberbia de prevalecer, sino por misericordia de proveer. Tomad ejemplo de San José. Él contemplaba frente a sí a la Santísima Virgen, mejor, más alta y más excelsa que él mismo; un respeto soberano le hacía venerar en ella la Reina de los ángeles y de los hombres, a la Madre de Dios: sin embargo, él permanecía y continuaba en su puesto de jefe de la Sagrada Familia, sin faltar a ninguna de las altas obligaciones que le imponía semejante título.

Vosotras, esposas, levantad vuestros ánimos. No os contentéis con aceptar y casi soportar esta autoridad del marido, a la que Dios os ha sometido en las ordenaciones de la naturaleza y de la gracia. Debéis amarla vuestra sincera sumisión, y amarla con el mismo amor respetuoso que tributáis a la misma autoridad de nuestro Señor, de la cual proviene toda potestad de jefatura. Sabemos bien que del mismo modo que la paridad en los estudios, las escuelas, las ciencias, los deportes y las competiciones hace subir el orgullo a no pocos corazones femeninos, así también vuestra susceptible sensibilidad de mujeres modernas, jóvenes e independientes, se plegará no sin dificultad a la sujeción casera. En torno a vosotras, muchas veces os la representarán como una cosa injusta, os sugerirán un dominio más altivo de vosotras mismas; os repetirán que sois iguales en todo a vuestros maridos, incluso superiores a ellos en muchos aspectos. Delante de esas voces serpentinas, tentadoras, seáis como otras tantas Evas que se dejen desviar del camino que únicamente puede conduciros, incluso aquí abajo, a la verdadera felicidad. La mayor independencia, a la cual tenéis un derecho sagrado, es la independencia de un alma fuertemente cristiana delante de las imposiciones del mal. Allí donde surja la obligación y grite y advierta a vuestra mente y vuestro corazón, cuando os halléis frente a cualquier mandato que vaya contra los preceptos inviolables de la ley divina, contra los deberes imprescriptibles de cristianas, de esposas y de madres, allí debéis conservar y defender respetuosamente, tranquilamente, afectuosamente, pero firmemente e irrevocablemente, toda la inalienable y sagrada independencia de vuestra conciencia. A veces hay en la vida días en que relampaguea la hora de un heroísmo o de una victoria de la que Dios y los ángeles son, en el secreto, los únicos e invisibles testigos. Pero en todo lo demás cuando se os pida el sacrificio de un capricho o de una preferencia personal, aun muy legítimas, alegraos de que estas leves renuncias encuentren su compensación ganando cada día más en el corazón que se ha dado a vosotras, acrecentando y robusteciendo continuamente aquella íntima unión de pensamientos, de sentimientos y de voluntades que es el único medio que podrá haceros factible y dulce la alta misión que se os ha confiado respecto a vuestros hijos, misión que se perturbaría gravemente por cualquier falta de concordia entre vosotros. Y puesto que en la familia, como en cualquier asociación de dos o más personas en atención a un fin, es indispensable una autoridad que la encamine y la dirija hacia éste, salvaguardando eficazmente la unión, vosotras debéis amar ese vínculo que hace de ambos un solo querer, aunque en el camino de la vida el uno vaya por delante y la otra le siga; debéis amarlo con todo el amor que sentís por vuestro hogar doméstico.

La bendición apostólica que os damos desde el fondo de Nuestro corazón paterno, sea para vosotros, queridos recién casados, prenda de gracias cada vez más abundantes cuanto más avancéis en el sendero de la vida, gracias que os ayudarán a perseverar en esta unión de vuestras almas y en la fidelidad absoluta a vuestros recíprocos deberes.

2) PADRES E HIJOS

24 de septiembre de 1941. (Ecclesia, 15 de Nov. de 1941)

Con doble y estrecho lazo, queridos recién casados, se desarrolla y suele crecer la familia que vosotros habéis inaugurado a los pies del altar y del sacerdote con tanto gozo y tanta esperanza. Es el lazo que une y estrecha bajo el mismo techo común a los cónyuges entre sí y a los padres con los hijos. El primer vagido que sale de una cuan hace rebosar de gozo a la madre, a la padre, a los parientes y amigos; en aquella aurora de una vida primeriza, he aquí que aparece por vez primera la autoridad del padre y después de él, la de la madre, los cuales sienten en sí el deber y tienen solícito cuidado de que el bautismo haga de aquel niño un hijo de Dios, borre su culpa original, le comunique la vida de la gracia y le abra las puertas del paraíso; porque de los niños es el reino de los cielos. ¡Cómo debe ennoblecer este pensamiento a un padre que se gloría de su fe en Cristo, y consolar a una madre que ama la salvación de sus hijos! Así, todo niño que recibe el sello de la adopción divina y bebe de la fuente del agua sobrenatural, inicia en la Iglesia, como un viandante, el camino de la vida a través de los senderos inciertos y peligrosos del mundo. ¿Qué será de este niño?. Los niños son cañas agitadas por el viento; son flores de cuya corona aun los céfiros arrebataban algún pétalo; son tierra virgen en cuyo fondo ha puesto Dios semillas de la bondad, a la que acechan los sentidos y los pensamientos del corazón humano inclinados al mal desde la adolescencia, por la soberbia de la vida y por el incentivo de los ojos y del placer. ¿Quién asegurará aquellas cañas? ¿Quién defenderá aquellas flores? ¿Quién cultivará aquellos macizos y hará germinar en ellos las semillas de la bondad contra las asechanzas del mal? En primer lugar, la autoridad que rige la familia y los hijos; vuestra autoridad, oh padres.

Los padres y madres se quejan con frecuencia, nuestros días, de que no logran hacerse obedecer de sus hijos. Niños caprichosos que a nadie hacen caso. Adolescentes que rehuyen a toda guía. Jóvenes y muchachas que no toleran ningún consejo, sordos a todo aviso, afanosos de ser los primeros en los juegos y en las carreras, encaprichados en hacerlo todo por su cuenta y razón, creyendo que sólo ellos comprenden las necesidades de la vida moderna. En fin —se dice—, la nueva generación no está de ordinario dispuesta (salvo raras apreciables excepciones) a inclinarse ante la autoridad del padre y de la madre. ¿Y cuál es la razón de esta actitud indócil?. La que ordinariamente se da, es que hoy día los hijos no poseen muchas veces el sentido de la sumisión y del respeto debido a los padres y a su vez; que en la atmósfera de ardiente altivez juvenil en que viven, todo tiende a hacer que se desprendan de toda deferencia hacia sus padres y terminen por perderla; que todo lo que ven y oyen a su alrededor acaba por aumentar, inflamar y exasperar su natural y poco domada inclinación a la independencia, su desprecio del pasado, su avidez del porvenir. Si Nos ahora habláramos a niños o jóvenes, sería nuestra intención y proyecto examinar y considerar estas causas de su escasa y reacia obediencia. Pero dirigiéndose la palabra a vosotros, recién casados, que pronto tendréis que ejercitar la autoridad paterna y materna, queremos guiar vuestra atención hacia otro aspecto de tan importante materia.

El ejercicio normal de la autoridad depende no sólo de los que deben obedecer, sino también, y en gran escala, de los que tienen que mandar. En términos más claros: una cosa es el derecho a la posesión de la autoridad, el derecho de dar órdenes, y otra cosa es aquella preeminencia moral que constituye y adorna la autoridad efectiva, operativa, eficaz, que logra imponerse a los otros y obtener de hecho la obediencia. El primer derecho os lo confiere Dios con el hecho mismo de haceros padres y madres. La segunda prerrogativa hay que adquirirla y conservarla; puede perderse como puede aumentarse. Ahora bien: el derecho a mandar a vuestros hijos alcanzará muy poco si esto no va acompañado de aquel de otro poder y de aquella autoridad personal sobre ellos que os asegure el ser realmente obedecido. ¿De qué modo, con qué arte sabia podréis adquirir, conservar y aumentar ese poder moral?.

Dios concede a algunos el don natural del mando, el don de saber imponer a otros la propia voluntad. Es un don precioso; no es fácil decir si reside en el alma o, en gran parte, en la persona, en el porte, en la palabra, en la mirada, en el rostro; pero no deja de ser al mismo tiempo un don temible. No abuséis de él, si lo tenéis, al tratar con vuestros hijos; correríais peligro de encoger y cerrar en el temor sus almas, de hacerles esclavos y no hijos amorosos. Templad esta fuerza con la expansión del amor que corresponda a su afecto, con la bondad suave, paciente, solícita, alentadora. Oíd al gran Apóstol San Pablo, que os exhorta: “Padres, no provoquéis la indignación de vuestros hijos, para que no decaigan de ánimo”. Recordad, oh padres, que el rigor es un mérito sólo cuando hay dulzura de corazón.

Hermanar la dulzura con la autoridad, es vencer y triunfar en la lucha que os plantea vuestro oficio de padres. Por otra parte, para todos los que mandan, la condición fundamental de un domino benéfico sobre la voluntad de los otros es el dominio de sí mismos, de las propias pasiones e impresiones. Una autoridad cualquiera no es fuerte ni se hace espetar sino cuando los súbditos la sienten en sus almas, dirigida en sus movimientos por la razón, por la fe y por el sentimiento del deber, porque entonces los súbditos sienten que al deber de ella ha de responder también su propio deber. Si las órdenes que deis a vuestros hijos, si las reprensiones que les hagáis, proceden de impulsos del momento, de ímpetus de impaciencia, de imaginaciones o de sentimientos ciegos o mal ponderados, no podrá menos de suceder que las más de las veces sean arbitrarias, incoherentes, quizás aun injustas e inoportunas. Hoy seréis para aquellos pequeños de una exigencia irracional, de una severidad inexorable. Mañana pasaréis por todo. Empezaréis por negarles una cosilla, pero un momento más tarde, hartos de su lloriqueo o de su murria, se la concederéis con demostraciones de ternura, ansiosos de acabar de una vez con la escena que os irrita los nervios. ¿Por qué, pues, no sabéis dominar los movimientos de vuestro humor, refrenar vuestra fantasía y regiros a vosotros mismos mientras queréis y procuráis regir a vuestros hijos?. Si en algunos momentos no os parece sentiros del todo dueños de vosotros mismos, dejad para más tarde, para un tiempo mejor, la reprensión que queréis dar, el castigo que os creéis en el deber de imponer. En la serena y tranquila firmeza de vuestro espíritu, vuestra palabra y vuestro castigo tendrán una eficacia más diversa, un poder más educador y más autorizado que los prontos provocados por una pasión mal dominada. No olvidéis que los niños, aun los pequeñines, son todo ojos para observar y advertir, y en un momento se darán cuenta de los cambios de vuestro humor. Desde la cuan, apenas lleguen a distinguir a la madre de toda otra mujer, pronto se percatarán del poder que tiene sobre los padres débiles un mohín o un pucherito, y no dejarán de abusar en su inocente picardía. Guardaos, por lo mismo, de todo lo que pudiera disminuir vuestra autoridad ante ellos. Guardaos de mermar esa autoridad con el prurito de continuas e insistentes recomendaciones y observaciones que acaben por aburrirles; harán como si os oyesen, pero no les darán ninguna importancia. Guardaos de burlar o llamar a engaño a vuestros hijos con razones o explicaciones vanas o falaces, dadas a la buena de Dios para salir del apuro y librarnos de preguntas importunas. Si no os parece bien exponerles las verdaderas razones de una orden vuestra o de un hecho, os será más útil invocar su confianza en vosotros y vuestro amor para con ellos. No falseéis la verdad; si acaso, calladla; ni sospecháis siquiera tal vez, qué turbaciones y qué crisis pueden ocasionarse en aquellas almitas el día que vengan a conocer que se ha buscado de su natural credulidad. Guardaos también de dejar trasparentar una señal cualquiera de desunión entre vosotros, una diferencia cualquiera en el modo de tratar a vuestros hijos: muy pronto caerían ellos en la cuenta de que podrán valerse de la autoridad de la madre contra la del padre, o de la del padre contra la de la madre, y difícilmente resistirían a la tentación de ayudarse de esta disparidad para la satisfacción de todos sus caprichos. Guardaos, finalmente, de esperar que vuestros hijos: muy pronto caerían ellos en la cuenta de que podrán valerse de la autoridad de la madre contra el padre, o de la del padre contra la de la madre, y difícilmente resistirían a la tentación de ayudarse de esta disparidad para la satisfacción de todos sus caprichos. Guardaos, finalmente, de esperar que vuestros hijos hayan crecido en edad para ejercer sobre ellos vuestra autoridad bondadosa y serena, pero al mismo tiempo firme y franca, no plegable a escena ninguna de llantos o lloriqueos: desde los principios, desde la cuna, desde los albores de su sencilla razón, haced que prueben y sientan sobre sí manos acariciadoras y delicadas, pero también sabias y prudentes, vigilantes y enérgicas.

La vuestra ha de ser autoridad sin debilidad, pero autoridad que nace del amor, toda impregnada y sostenida por el amor. Sed vosotros los primeros educadores y los primeros amigos de vuestros hijos. Si, efectivamente, inspira vuestras órdenes el amor paterno y materno —un amor cristiano bajo todo aspecto, y no una complacencia egoísta, más o menos inconsciente—, harán éstas mellas en vuestros hijos, que las acogerán en lo profundo de sus almas sin necesidad de muchas palabras; porque el lenguaje del amor es más elocuente en el silencio de la obra que en los acentos de los labios. Un relampaguear de mil pequeñas señales: una inflexión de voz, un gesto de aprobación, les revelarán mejor que todas las protestas, cuánto afecto anima a una prohibición que les aflige, cuánta benevolencia se esconde en una amonestación que les resulta molesta: y entonces la palabra de la autoridad aparecerá a sus corazones, no como peso grave o yugo odioso que hay que sacudir cuanto antes, sino como la suprema manifestación de vuestro amor. ¿Y, con el amor, no correrá parejas el ejemplo? ¿Cómo podrán los niños, pronto imitadores por naturaleza, aprender a obedecer, si ven en todas las ocasiones, que la madre no hace ningún caso a las órdenes de su padre, sino que se queja de él; si bajo el techo doméstico oyen continuas e irreverentes críticas en contra de toda autoridad; si notan que sus padres son los primeros en no cumplir lo que mandan Dios y la Iglesia?. Haced, en cambio, que tengan ante los ojos un padre y una madre que, en su manera de hablar y de obrar, den ejemplo del respeto a la legítima autoridad, de la fidelidad constante a sus propios deberes; ante un espectáculo tan edificante, aprenderán mejor que de la exhortación más estudiada, cuál es la verdadera obediencia cristiana y cómo la deben observar respecto a sus padres. Estad convencidos, queridos recién casados, de que el buen ejemplo es el patrimonio más precioso que podéis dar y dejar a vuestros hijos. Es la visión inolvidable de un tesoro de obras y de hechos, de palabras y de consejos, de actos piadosos y pasos virtuosos, que se imprimirá para siempre en su memoria y en su corazón como uno de los recuerdos más conmovedores y queridos, que les evocará y resucitará vuestras personas en las horas de duda y de incertidumbre entre el bien y el mal, entre el peligro y la victoria. En los momentos oscuros, cuando el cielo se nuble, volveréis a apareceros a ellos en un horizonte que iluminará y dirigirá su camino que vosotros seguisteis a costa de aquel trabajo y de aquella paciencia, que es el precio de la felicidad aquí y en el cielo. ¿Un sueño tal vez? No: la vida que habéis comenzado con vuestra nueva familia no es un sueño: es un sendero que recorréis investidos de una dignidad y de una autoridad que ha de ser escuela y aprendizaje para los que hereden vuestra sangre. El Padre celestial que, al llamaros a participar de la grandeza de su paternidad, os ha comunicado también su autoridad, se digne concederos el ejercitarla a imitación suya, con sabiduría y con amor. Implorando de Él esta gracia para vosotros y para todos los padres cristianos, os damos, queridos recién casados, con toda la efusión de Nuestro corazón de padre, la bendición apostólica.

COLABORACIÓN ENTRE LOS ESPOSOS, BASE DE LA FIDELIDAD CONYUGAL

18 de Marzo de 1942 (Ecclesia, 18 de Abril de 1942)

La vida del hombre sobre la tierra, queridos recién casados, es un yugo. El Espíritu Santo lo proclama claramente así en las páginas de la Sagrada Escritura cuando afirma que “un grave yugo pesa sobre los hijos de Adán desde el día en que nacen del ceno de tu madre, hasta que vuelven a la tierra, madre de todos. Viven llenos de cuidados y de sobresaltos del corazón, en recelo de lo que esperan y del día de la muerte. Desde el que está sentado sobre un glorioso trono, hasta el que yace por tierra y sobre ceniza; desde el que viste suntuosamente y lleva corona, hasta el que se cubre de lienzo crudo, para todos hay tortura, angustia, recelo, temor de la muerte, querellas y contiendas. Aun al tiempo de reposar en el lecho, el sueño nocturno turba la mente del hombre”.

Pero este yugo de miseria, peso angustioso de la culpa de Adán, Nuestro Señor Jesucristo, nuevo Adán, nos lo aligera con el yugo de su gracia y de su Evangelio cuando nos dice: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas. Porque suave es mi yugo y ligera mi carga”. ¡Oh yugo feliz de Cristo, que no turba nuestra mente ni nuestro corazón; que, en vez de humillarnos nos exalta delante de Él y tranquiliza nuestra alma en paz y en la amistad de Dios!.

Yugo de gracia es también para vosotros, queridos esposos, el gran sacramento del matrimonio que, delante del sacerdote y en el altar de Cristo, os ha unido con vínculo indisoluble en una vida de dos para que caminéis juntos aquí abajo y os ayudéis recíprocamente, colaborando en sostener en peso en la familia, de los hijos y de su educación. En la vida de la familia unos son los deberes propios del varón, y otros lo de la mujer y la madre; pero ni la mujer puede permanecer enteramente extraña al trabajo del marido, ni el marido a la preocupación de la mujer. Todo lo que se hace en la familia debe ser de algún modo fruto de colaboración, obra común, en cierto grado, de los dos esposos.

¿Qué quiere decir colaborar?. ¿Significa, tal vez, la simple suma de dos fuerzas, operante cada una por su cuenta, como cuando un tren demasiado pesado se le enganchan dos locomotoras que reúnen su energía para arrastrarlo? Ésta no es una colaboración verdadera; en cambio, sobre cada una de las máquinas, el maquinista y el fogonero —o el maquinista y su ayudante en las modernas locomotoras de transacción eléctrica— colaboran en sentido propio, material y conscientemente para asegurar la buena marcha. Cada uno de ellos hace su trabajo peculiar; pero no sin preocuparse de su compañero, sino acompasando su acción con la del otro, según lo que éste necesita y puede esperar de él.

La colaboración humana tiene que hacerse con la mente, con la voluntad y con la acción. Con la mente, porque en realidad solamente las criaturas inteligentes pueden colaborar entre sí uniendo en libre actividad. El que colabora no añade solamente sus esfuerzos por su cuenta, sino que los adapta a los otros para secundarlos y fundirlos en un afecto común. La colaboración consistirá, por lo tanto, en subordinar orgánicamente la obra de cada uno a un pensamiento común, hacia un fin común que ordenará y proporcionará jerárquicamente todo en sí, y cuyo común deseo aproximará a todas las inteligencias en un mismo interés y estrechará los ánimos en una afección recíproca, moviéndolos a aceptar la renuncia a la propia independencia para plegarlos a todas las necesidades que demande la consecución de aquel fin. En un pensamiento, en una fe y en una voluntad común, la raíz de cualquier colaboración verdadera, la cual será tanto más estrecha y fecunda cuanto más intensamente obren el pensamiento, la fe y el amor, y persistan más vivamente en la acción.

Comprenderéis por esto que la colaboración, empeñando la mente, la voluntad y la obra, no es siempre cosa fácil de realizar perfectamente. Junto a esta gran idea de la unión y de la cooperación de las fuerzas, con esta íntima convicción del fin que hay que conseguir, con esta ansia ardiente de conseguirlo a toda costa, la colaboración supone también la mutua comprensión, la estima sincera y el sentido del concurso necesario de que los otros hacen y deben hacer el mismo fin, una amplia y juiciosa condescendencia para considerar y admitir las diversidades inevitables entre los colaboradores, no para enojarse con ellas, sino para aprovecharlas. Y para eso hace falta también que aquella abnegación personal que debe vencerse y ceder, en lugar de querer hacerse prevalecer en todo el parecer propio y reservarse los trabajos que agradan y complacen más, no negándose incluso, a veces, a desaparecer y ver cómo el fruto del trabajo de uno se pierde, por así decirlo, en el anónimo, en el incógnito indistinto del provecho común.

Y, sin embargo, por difícil que parezca una colaboración tan íntima y concorde, es indispensable que sea así para el bien ordenado por Dios en la familia. Son dos personas el hombre y la mujer, que caminan juntos y se dan la mano y se ligan con el vínculo de un anillo; nudo amoroso que el mismo paganismo no dudó llamar ”vinculum iugale”. ¿Pues qué otra cosa es la mujer sino la ayuda del hombre, aquella a la que Dios concedió el don sagrado de hacer nacer al hombre al mundo, aquella cuya hermana mayor “umile ed alta piú che creatura, termine fisso d’eterno consiglio”, debía darnos al Redentor del género humano y regocijar, con el primer milagro de Él, el nudo conyugal de las bodas de Caná?.

Dios ha establecido que en el fin esencial y primario del vínculo conyugal, que es la generación de los hijos, cooperasen el padre y la madre con una colaboración libremente aceptada y querida, cometiéndose a todo lo que pueda suponer sacrificios un fin tan magnífico, por el cual el Creador hace a los progenitores casi partícipes de aquella potencia suprema con la que creó el barro al primer hombre, reservándose para sí la infusión del “spiraculum vitae”, el soplo de la vida inmortal, como haciéndose Sumo Colaborador en la obra del padre y de la madre, ya que Él es la causa del obrar; y obra en todos los que obran. Por eso es suya vuestra alegría, oh madres, cuando olvidáis todas las penas para exclamar al nacimiento de un niño “Natus est homo in mundum”. Ha nacido un hombre para el mundo. Se ha cumplido en vosotros aquella bendición que Dios dio primeramente dio en el Paraíso terrenal a nuestros progenitores, y repitió después del Diluvio al segundo padre del género humano, Noé: “Creced y multiplicaos y llenad la tierra”: Pero, además de la vida física del niño y de su salud, vosotros debéis colaborar a su educación en la vida espiritual, porque en aquella alma tierna dejan huellas poderosas las primeras impresiones, y el fin principal del matrimonio es no solo procrear a los hijos, sino también educarlos y hacerlos crecer en el temor de Dios y en la fe, para que en la colaboración que ha de penetrar y animar enteramente la vida conyugal encontréis y gustéis aquella felicidad de que la Divina Providencia ha preparado tantos gérmenes, fecundándolos con su gracia en la familia cristiana.

Pero tampoco el pensamiento y el cuidado de un niño, cuyo nacimiento ha coronado y consagrado la unión de los dos esposos, bastaría para hacerlos colaborar toda la vida de un modo automático y espontáneo, si faltase o disminuyese la voluntad y cordial propósito de colaborar. El propósito nace de la voluntad; el propósito debe estar precedido de la convicción de la necesidad de la colaboración. ¿Acaso comprende bien esta necesidad el que entra en la vida conyugal pretendiendo llevar a ella y conservar celosamente su propia libertad y no sacrificar nada de su independencia personal? ¿No es esto, más bien, ir en busca de los peores conflictos, soñar y arrogarse una situación imposible y quimérica en la realidad de la vida común? Conviene comprender y aceptar a su tiempo sincera y plenamente, con amor y condescendencia y no solamente con resignación, esta condición capital de la vida elegida; luego hay que abrazar generosamente, con valentía y con alegría, cuanto haga posible, concorde y cortés esta colaboración, incluso el sacrificio de gustos, preferencias, deseos o costumbres personales, incluso la monotonía cotidiana de trabajos humildes, oscuros y penosos.

Voluntad de colaborar. ¿Qué es lo que hay que querer? Hay que querer y buscar esta colaboración; hay que amar el trabajar juntos, sin esperar a lo que os sea ofrecido, pedido o impuesto; hay que echarse adelante, saber dar los primeros pasos, poner principio de hecho; hay que desear vivamente la prosecución de estos primeros pasos, cuando sea necesario, y perseverar, con atención intensa y vigilante, para encontrar el modo de anudar realmente vuestras dos actividades, sin decaimientos ni impaciencias si el concurso o la ayuda de la otra parte pudiera parecer insuficiente o no proporcionada ni correspondiente a los esfuerzos propios, animado siempre por la resolución de no considerar nunca demasiado alto cualquier precio que sirva para proporcionarnos una concordia tan indispensable, deseable y provechosa para cooperar y tender al bien de la familia,

Propósito cordial de elaborar. Es decir, aquel propósito que no se aprende en los libros, sino que es enseñado por el corazón, que ama el acuerdo y el concierto activo en el gobierno y en la marcha del hogar doméstico; aquel propósito que es afección recíproca, mutua atención y solicitud por el nido común; aquel propósito, en fin, que en una lenta y mutua educación y formación conyugal, necesaria para dos almas que se demuestran recíprocamente para llegar a la consecución de una verdadera e íntima colaboración. Si antes de vivir juntas, bajo el mismo techo, cada una de las dos almas ha vivido sus días y se ha formado por cuenta propia; si una y otra proceden de dos familias que, aunque sean semejantes, no serán nunca idénticas; si cada una lleva, por lo tanto a la morada común, maneras de pensar, de sentir, de obrar y de tratar que nunca se encontrarán, de primera intención, en plena y total armonía entre sí, bien veis vosotros que será necesario, antes que nada, para ponerse de acuerdo a obrar, conocerse mutuamente más a fondo de lo que haya sido posible durante el tiempo del noviazgo, investigar y discernir, de circunstancia en circunstancia, las virtudes y los defectos, las capacidades y las deficiencias, no ya para promover críticas y disputas o preferirse a si mismo, no viendo más que los lunares en aquel o en aquella misma con quien se ha ligado vuestra propia vida, sino para darse cuenta de lo que se puede esperar, de lo que habrá tal vez para compensar o que suplir.

Una vez conocidos los pasos con los que habrá que concertar los vuestros, vendrá la voluntariosa tarea de modificar, acomodar y armonizar los pensamientos y las costumbres; tarea que el afecto recíproco hará marchar costumbres; tarea que el afecto recíproco hará marchar insensiblemente, y no será turbada por transformaciones, cambios y sacrificios que no deben recaer exclusivamente sobre una de las partes, sino que cada una de ellas tomará su porción con mucho amor y confianza, pensando en el próximo amanecer del día en que el gozo del completo acuerdo entre las dos almas en la mente, en la voluntad y en la acción, alegrará y aliviará el fruto pleno y suave de la colaboración en la prosperidad y felicidad de la familia.

Todos los hombres son aquí abajo son peregrinos de Dios, dirigidos hacia Él por el camino de los vivientes; pero sobre el trillado sendero de la vida conyugal, más de una vez, la diferencia de caracteres de los dos caminantes transforma el viaje de uno de ellos en un ejercicio de virtud tan grande, que se levanta a las luces de la santidad. El que lee la vida de la Beata Ana María Taigi, se queda asombrado anta la diferencia de origen, temperamento, educación, inclinaciones y gustos que existía entre ella y su marido, el mozo de servicio Domingo. Y, sin embargo ella se había acomodado maravillosamente a un alma tan diversa a la suya. Ojalá que esta heroica madre de familia os obtenga a cada uno y a cada una de vosotros, queridos recién casados, la abundancia de gracias celestes que hagan en todas vuestras familias conseguir y florecer una colaboración tan exacta y cristiana en el servicio de Dios. Así se lo pedimos a Nuestro Señor y lo invocamos sobre vosotros, mientras con el corazón paternamente afectuoso os damos Nuestra bendición apostólica.

MISIÓN DEL MARIDO EN LA FAMILIA

15 de Abril de 1942. (Ecclesia, 13 de Junio de 1942)

Para quien considera y contempla todo el mundo creado, amados recién casados, es grande ocasión de maravilla al ver la suma variedad que nos ofrecen las cosas inanimadas, como los minerales y la tierra; o el inmenso reino de los vegetales, como la hierba, las flores, los frutos, los cereales y los árboles; o el vastísimo imperio de los animales, que nos muestran en el aire y en las aguas, sobre los montes, en las llanuras y en las selvas. En tal variedad notáis cómo, aun en la misma especie, los individuos se diferencian por sus caracteres morfológicos y fisiológicos, por su vigor y por la belleza de sus colores y formas. Y vosotros mismos, en los hijos que el Señor se digne concederos, podréis, observar y discernir las diferentes inclinaciones que distinguen a una niña de un niño y, de modo diverso, dan sello y preparan al hombre y a la mujer en la vida que Dios les prepara.

De la misma manera, en la unión conyugal el hombre casado es cabeza de la mujer y, de ordinario, la supera en fuerza y en vigor. Pero esta distinción no la humilla a ella, porque, si frecuentemente se dedica a obras en apariencia ligeras, realmente efectúa cosas grandes y fuertes por la responsabilidad que tiene de procurar el feliz estado de la familia y de merecerse la gratitud del marido.

Sin embargo, por muy cordial que sea este reconocimiento, vosotros, hombres, podéis debéis hacer más. Vuestra perfección de jefes de familia no consiste solamente en la realización de los trabajos pertinentes a vuestra profesión, a vuestro oficio, a vuestro arte particular, dentro o fuera de la casa; en la misma, que es el dominio de vuestra mujer, tenéis también una parte activa que realizar. Vosotros, más fuertes; vosotros, frecuentemente más hábiles en el uso de los instrumentos y de las herramientas; vosotros, en el arreglo de vuestra casa, encontraréis lo primero que todo y, en muchos pequeños trabajos, tiempo y lugar para cosas que son más propias del hombre que de la mujer. No serán faenas y quehaceres como los de vuestro oficio, oficina o taller donde soléis ir, ni serán tampoco indignos de vuestra dignidad: serán, sin embargo, una participación cuidadosa en las atenciones de vuestra mujer, sobrecargada, con frecuencia, de cuidados y de trabajos; un echar una mano amigablemente para levantar un peso, que será para ella una ayuda y para vosotros casi una distracción y un cambiar de ocupación.

Para cultivar un huerto o un jardín, si es que la Providencia os hace el regalo de tenerlo; para cualquier adorno, para cualquier reparación, para tantas cosas, más o menos ligeras, que hay que mover, que colocar, que ordenar, como continuamente sucede, ¿no serán acaso más propias y prontas vuestra manos que las de vuestra esposa?. Y en general, cuando un trabajo exija más fuerza, ¿no os hará vuestro corazón amable y prudente reservároslo para vosotros? ¿Y qué podría hallarse en una casa cristiana más triste y contrario al sentido católico que aquello que de cualquier manera recuerde el cuadro y la escena, en un tiempo demasiado frecuente, entre los pueblos todavía no iluminados y suavizados por el divino misterio de Nazareth: la mujer que camina doblada fajo el pesado fardo, como una bestia de carga, ante su señor, que la sigue y la vigila fumando tranquilamente?.

Uno de los grandes beneficios sociales de los tiempos pesados fue aquel trabajo a domicilio, entonces tan común aún entre los hombres, que unía al marido y a la mujer en un mismo trabajo, uno junto a otro, en una misma casa, junto al hogar de los hijos. Pero el progreso de la técnica, el gigantesco engrandecerse de las fábricas y de las oficinas, el dominador multiplicarse de toda clase de máquinas han hecho hoy tal trabajo doméstico muy raro fuera del campo y, muchas veces, han obligado y separado a los padres el uno del otro y les han arrastrado lejos de los hijos durante muchas horas del día… “¡Oh necesidad, señor tirano de los míseros mortales, y que no rompe tu fiereza indómita!. Pero, por muy imperiosa que pueda ser, ¡oh hombres!, la ocupación de aquel trabajo que os entretiene gran parte del día lejos de las personas amadas, Nos no dudamos de que el fervor de vuestro afecto le quedarán todavía fuerzas, habilidad y cuidado para los pequeños servicios domésticos, que os procurarán más cordial y benévola gratitud cuanto más se note que los hacéis superando todo el cansancio y el deseo de reposo, gracias a aquella condescendencia para ayudar también en las pequeñas necesidades de la familia, que une a todos en el procurárselos y gozar sus bienes.

Y no es que en la vida familiar jamás haya ocasiones más difíciles, horas y tiempos que mezclan alegrías y tristezas, penas y sudores, incomodidades y lágrimas: horas de nacimientos, de enfermedades, de lutos. Entonces sí que habrá más que hacer. Entonces la mujer no podrá de ningún modo, o solamente con dificultad y con tremenda fatiga, satisfacer los múltiples deberes, convertidos en más graves y urgentes. Entonces todos los de la casa tendrán que hacer todo lo que puedan, aun los pequeños con sus pequeñas ayudas; pero el primero que se ha de poner al trabajo, ¿no es acaso el padre, el jefe de familia, el que en los momentos difíciles tendrá que dar ejemplo de prestarse, prevenir y proveer, empleando, sin ahorro e inmediatamente, su propia persona?.

En estas ocasiones y dificultades se mostrará la sabia dignidad paterna en el vigor de su ación eficaz en el gobierno de la familia. A tan importantes e inevitables pruebas os habéis, de preparar, ¡oh esposos amados!, confirmando vuestro ánimo y vuestra mente, porque el porvenir que os aguarda difícilmente será diverso del común de todos los hogares. Por lo que pasa a los otros, aprended a iluminaros y a guiaros a vosotros mismos. Y que os ilumine y guíe también el curso diario de la vida cotidiana. Dentro del recinto de vuestra casa no os detengáis en calcular, medir o comparar para ver quien se cansa o afana más, quién da más su tiempo y sus fuerzas. El verdadero amor no sabe de estos cálculos, de estas comparaciones: se da estimando siempre poco lo que se hace por quien se ama. Lo que dice la "Imitación de Cristo" del amor divino se puede aplicar también a un amor tan profundo y tan santo como el conyugal: "El amor no siente peso, no conoce fatiga, desea más de lo que puede, no se excusa con la imposibilidad... Lo puede todo y cumple y acaba muchas cosas, en las cuales el que no ama falta y sucumbe." Por eso no os admiréis si el Apóstol de las Gentes, tan lleno también en su mente y en su corazón de la caridad de Cristo hasta levantarla sobre las profecías, sobre los misterios y la fe de los milagros, sobre las lenguas y la ciencia, sobre la liberalidad para con los pobres y la entrega al martirio, no temió comparar el amor de los maridas hacia sus mujeres con el amor de Cristo para con la Iglesia.

¡Oh, sí!; amad a vuestras mujeres. Les sois responsables de este deber del amor como del más alto y necesario don, porque en este don está la tutela de la castidad conyugal y de la paz familiar; porque en este amor se confirma la fidelidad, se glorifica la prole, se perpetúa inviolable el sacramento que ha unido al hombre y a la mujer en la presencia de Dios. Santificad a vuestras mujeres con el ejemplo de vuestra virtud; concededles el honor de que os imiten en el bien y en la vida religiosa, en la asidua laboriosidad y en la intrepidez en los momentos duros y en los no leves sufrimientos que no faltan en la vida humana, ¿Podría, acaso, o, el esposo olvidar qué pesos y dolores y, a reces, qué peligros y sublimes sacrificios representan para su esposa aquella maternidad que le dará a él el gozo de ser y de llamarse padre? Y allí donde el amor maternal le ha hecho a ella aceptarlo todo sin poner nada en la cuenta, ¿el amor conyugal y paterno le permitirá a él escatimar su propia entrega? Echad una mirada a la historia de la Iglesia, esposa de Cristo. ¡Cuántos héroes y cuántas heroínas en el secreto del santuario de la familia! ¡Cuántas virtudes conocidas solamente por Dios y por los ángeles! En aquella época, a veces dura, de la Edad Media, entre el pueblo, en los viejos castillos, en los palacios, para no hablar de los monasterios, ¡qué almas de mujer recogían el homenaje del respeto mezclado con la ternura! Jóvenes, novias, esposas, madres, parecían circundadas por una aureola celestial, irradiación sobre todas las hijas de Eva del amor inspirado a aquellos corazones creyentes por la nueva Eva, la Madre de Cristo y de los hombres, o por alguna otra idea procurada por la fe que, brotando del profundo espíritu cristiano, hacia florecer en ellos aquel sentido de deferente y afectuosa cortesía, desconocida para los antiguos y modernos paganismos, ufanos con su orgullo viril y con las revueltas del orgullo femenino. Entonces, ante la mujer, la fe exaltaba al poeta, que prorrumpía en un canto alabando a la "Virgen y Madre, hija de su Hijo", a la "Virgen hermosa, con el sol vestida", para que "encomendase a su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, que acogiese en paz nuestro último suspiro". ¡Oh, hombres!, volved la mirada a Nazareth, entrad en aquella pequeña y modesta morada. Mirad a aquel carpintero, custodio santísimo de los secretos divinos, que con sus sudores sustenta a la familia humilde y elevada más que la de los Césares de Roma; observad con qué veneración y respeto ayuda y venera a aquella Madre, su esposa inmaculada y pura; mirad al que se cree "Hijo del carpintero", Virtud y Sabiduría omnipotente que hizo el cielo y la tierra y sin el cual nada se ha hecho, como ningún hombre puede sin Él hacer nada, y que, sin embargo, no se desdeña de los pequeños servicios de la casa y del taller, y de estar sometido a María y a José; contemplad un tan grande modelo de santa vida familiar, espectáculo que maravilla a las jerarquías angélicas, que lo adoran. ¡Ojalá que esta contemplación conserve en vuestros corazones aquellos sentimientos de grata y tierna entrega de vosotros mismos, que en sus diarias manifestaciones constituirán vuestro generoso concurso al bien y a la tranquilidad de la casa! Si en la vida profesional creéis que es honor vuestro no huir de ninguna responsabilidad que os toque, sea también en vuestra vida cristiana noble franqueza y orgullo de vuestra conciencia el tomar con amplitud y amor aquella porción de colaboración y de cuidado que es vuestra, para formar la felicidad doméstica. Mientras, por lo tanto, pedimos a Dios que os con ceda a los unos y a los otros, amados hijos e hijas, las gracias necesarias para esta fecunda y santa cooperación, os damos de todo corazón nuestra paternal bendición apostólica.

LA DIGNIDAD INVIOLABLE DEL MATRIMONIO UNO E INDISOLUBLE

22 de Abril de 1942. (Ecclesia, 6 de Junio de 1942.)

No os será difícil, amados, recién casados, elevar la mente a un alto concepto de la vida conyugal iniciada por vosotros, si atentamente, ayudados por vuestro devocionario, volvéis a considerar las conmovedoras ceremonias de las nupcias, en las que la sagrada liturgia está toda penetrada y resumida en la atadura que desde aquel momento viene a unir al esposo con la esposa. ¡Qué dulces pensamientos, qué ilusiones os han llevado hasta el altar santo! ¡Qué esperanzas y qué felices visiones han iluminado vuestros pasos! Pero aquel ligamen es uno e indisoluble. "Ego coniungo vos", en el nombre de Dios, ha dicho el sacerdote, testigo cualificado de la unión que habéis realizado; y la Iglesia ha tomado bajo su protección y su tutela aquel vínculo contraído por vosotros, con la consagración y la fuerza de un sacramento, escribiendo vuestros nombres en el gran libro de los matrimonios cristianos, mientras como conclusión del rito nupcial había dirigido a Dios la invocación: "Ut qui te auctore iunguntur, te auxiliante serventur", para que los que con tu autoridad se unen, con tu ayuda se salven.

El vínculo conyugal es uno. Mirad en el paraíso terrenal, primera imagen del paraíso familiar, al primer vínculo establecido por el Creador entre el hombre y la mujer, del cual el Hijo de Dios encarnado dirá un día "Quod Deus coniunxit, homo non separet", lo que Dios ató, ya no se atreva el hombre a separarlo; porque "iam non sunt duo, sed una caro", ya no son los dos, sino una sola carne. En aquella unión de nuestros progenitores en el jardín de las delicias está todo el género humano, todo el futuro curso de las generaciones, que llenarán la tierra y lucharán para conquistarla, y con el sudor de su frente la rendirán para que dé un pan empapado en la amargura de la primera culpa, nacida en el fruto violado del Edén. Y, ¿por qué Dios ha unido en el Paraíso al hombre y la mujer? No sólo para que custodiasen aquel jardín de felicidad, sino también, digámoslo con las palabras de santo Tomás de Aquino, el gran doctor, porque por el matrimonio estaban ordenados al fin de la generación y de la educación de la prole y además a una vida común de familia.

En la unidad del vínculo conyugal ved impreso el sello de la indisolubilidad. Es, ciertamente, un vínculo al cual inclina la naturaleza, pero que no está causado necesariamente por los principios de la naturaleza, sino que se realiza mediante el, libre albedrío; pero si la simple voluntad de los contrayentes lo puede contraer, no lo puede desatar. Esto se dice no solamente de las nupcias cristianas, sino en general de todo matrimonio válido que se haya contraído sobre la tierra con el mutuo consentimiento de los cónyuges. El "sí", que brotaba de vuestros labios por el impulso de vuestro querer, ata en vuestro derredor el vínculo conyugal y al mismo tiempo liga para siempre vuestras voluntades. Su efecto es irrevocable; su sonido, expresión sensible de vuestro consentimiento, pasa; pro el consentimiento mismo formalmente queda fijó, no pasa, es perpetuo, porque es consentimiento en la perpetuidad del vínculo, mientras que un consentimiento de vida solamente para algún tiempo entre los esposos no valdría para constituir el matrimonio. La unión de vuestros "sí" es indivisible; de donde no hay verdadero matrimonio sin inseparabilidad, ni hay inseparabilidad sin verdadero matrimonio.

Elevaos, pues, a lo alto con el pensamiento y recordad que el matrimonio no es solamente deber de naturaleza, sino que para las almas cristianas es un gran sacramento, un gran símbolo de la gracia y de una cosa sagrada, como lo son los desposorios de Cristo con la Iglesia, hecha suya y conquistada con su sangre, para regenerar a la nueva vida del espíritu a los hijos de los hombres que creen en su nombre, nacidos no de la sangre ni de la concupiscencia de 1a carne ni de querer de varón, sino de Dios. El símbolo y la luz del sacramento, que, por decirlo así, arrastran más allá de la naturaleza al oficio de la naturaleza, dan al matrimonio una nobleza de sublime honestidad que comprende y reúne en sí no solamente la indisolubilidad, sino también todo lo que se refiere al significado del sacramento. Pero si la voluntad de los esposos, cuando ya lo han contraído, no puede desatar el vínculo matrimonial, ¿podrá acaso hacerlo la autoridad, superior a los cónyuges, instituida por Cristo en la vida religiosa de los hombres? El vínculo del matrimonio cristiano es tan fuerte que si ha alcanzado su plena estabilidad con el uso de los derechos conyugales, ningún poder en el mundo, ni aun el nuestro, es decir, el del Vicario de Cristo, es capaz de romperlo. Es verdad que Nos podemos reconocer y declarar que un matrimonio contraído como válido en realidad era nulo, o por vicio substancial en el consentimiento o por defecto de forma substancial. Podemos también, en determinados casos y por graves motivos, disolver matrimonios privados del carácter sacramental. Podemos, finalmente, si hay una causa justa y proporcionada, desatar el vínculo de los esposos cristianos, el "sí" por ellos pronunciado ante el altar, cuando conste que no ha llegado a su cumplimiento con la actuación de la convivencia matrimonial. Pero, una vez que esto ha sucedido, aquel vínculo queda sustraído a cualquier injerencia humana. ¿Por ventura Cristo no ha restituido la comunidad matrimonial a aquella dignidad fundamental que el Creador le había dado, en la paradisíaca mañana del género humano, y a la dignidad inviolable del matrimonio uno e indisoluble?

Jesucristo, Redentor de la humanidad caída, no había venido a abolir, sino a cumplir y a restaurar la ley divina; a verificar, como más legislador que Moisés, como más sabio que Salomón, como más profeta que los profetas, cuanto de él había sido predicho, pronunciando semejante a Moisés, suscitado del pueblo de Israel, sobre cuyo labio el Señor había puesto su palabra, mientras que el que no le hubiese escuchado habría sido exterminado fuera del pueblo de Dios. Por eso Cristo, con su palabra que no pasa, elevó en el matrimonio al hombre y realzó a la mujer, que los siglos anteriores habían rebajado a la condición de sierva y que el más austero censor de Roma había equiparado a una "naturaleza desenfrenada e indómito animal"; como el mismo Redentor había en Sí ensalzado no sólo al hombre, sino también a la mujer, tomando de una mujer la humana naturaleza y sublimando a su madre, bendita entre todas las mujeres, hasta hacerla espejo inmaculado de virtud y de gracia para todas las familias cristianas a través de los siglos, coronada en los cielos Reina de los ángeles y de los santos.

Jesús y María, con su presencia, santificaron las bodas de Caná; allí el Divino Hijo de la Virgen hizo el primer milagro, como para demostrar antes de tiempo que iniciaba su misión en el mundo y el reino de Dios por la santificación de la familia y la unión conyugal, origen de la vida. Allí comenzó la elevación del matrimonio, que debía levantarse al mundo sobrenatural desde las señales exteriores que producen la gracia santificante, como símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia30; unión indisoluble e inseparable, nutrida de aquel amor absoluto y sin fin, que brota del corazón de Cristo. ¿Cómo podría el amor conyugal ser y decirse símbolo de tal unión cuando fuera deliberadamente limitado, condicionado, desatable, cuando fuese una llama solamente de amor temporal? No: elevado a la excelsa y santa dignidad del sacramento, estampado y unido en tan íntima conexión con el amor del Redentor y con la obra de la redención solamente puede ser y afirmarse indisoluble y perpetuo.

Frente a tal ley de indisolubilidad, las pasiones humanas en todos los tiempos, por ella frenadas y reprimidas en la libre satisfacción de sus desordenados apetitos, han procurado de todas las maneras sacudir el yugo, no queriendo ver en ella más que una dura tiranía que pesase arbitrariamente sobre las conciencias con insoportable peso, con una esclavitud en pugna con los sagrados derechos de la persona humana. Es verdad; un vínculo puede a veces constituir un gravamen, una servidumbre como las cadenas que atan al prisionero. Pero puede ser también una ayuda poderosa y una garantía segura, como la cuerda que ata al alpinista a sus compañeros de ascensión y como los ligamentos que unen las partes del cuerpo humano y le hacen expedito y franco en sus movimientos; y precisamente éste es el caso del vínculo indisoluble del matrimonio.

Esta ley de la indisolubilidad aparecerá y se entenderá como manifestación de vigilante amor maternal, especialmente si se la considera a la luz sobrenatural en que Cristo la ha puesto. En medio de las dificultades, de los roces, de las codicias que la vida acaso sembrará bajo vuestros pasos, vuestras dos almas, tan inseparablemente unidas, no se hallarán solas ni desarmadas: la omnipotente gracia de Dios, fruto propio del sacramento, estará siempre con ellas, para sostener a cada paso su debilidad, para endulzar todos los sacrificios, para confortarlas y consolarlas al prolongarse las pruebas, aun las más duras. Si para obedecer la ley divina fuere necesario rechazar las lisonjas de los goces terrenos, vislumbrados en la hora de la tentación y renunciar a "volver a hacerse una vida", la gracia estará allí todavía para recordar, con toda su fuerza, las enseñanzas de la fe: es decir, que la única vida verdadera, que nunca hay que poner en peligro, es la del dolo, que precisamente con estas renuncias nos aseguramos; renuncias que son, como todos los sucesos de la vida presente, algo provisional, destinado sencillamente a preparar el estado definitivo de la vida futura, que será tanto más feliz y luminosa cuanto más valerosa y generosamente hayamos aceptado las inevitables aflicciones del camino de acá abajo.

Pero acaso se os ocurra decir: demasiado austeras son estas consideraciones, cuando todo nos sonríe en el sendero que se abre ante nosotros; ¿acaso nuestro amor, del cual estamos seguros, no nos garantiza ya la indefectible unión de nuestros corazones?.

¡Amados hijos e hijas! Recordad el aviso del Salmista: si el Señor no guarda la ciudad, inútilmente se desvela el que la guarda. Aun esta ciudad, tan hermosa y fuerte, de vuestra presente felicidad, sólo Dios puede mantenerla intacta con su ley y con su gracia. Todo que es sencillamente humano es demasiado frágil y precario para que a sí mismo se baste; pero la fidelidad a los mandamientos divinos asegurará la inviolable constancia de vuestro amor y de vuestra alegría a través de los azares de la vida.

Es lo que para vosotros imploramos al Señor, mientras de todo corazón os damos Nuestra paternal bendición apostólica.

LA PERPETUIDAD E INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO

29 de Abril de 1942. (Ecclesia, 27 de Junio de 1942.)

Cuando viniendo desde cualquier región os recogéis, amados recién casados, en esta casa del Padre común, jamás sois extranjeros a nuestro corazón, al cual la inmensa bondad divina concede vibraciones que no saben distinguir entre rostros y vestidos, linajes altos y humildes cielos, y confines. Nuestro corazón se ensancha al veros, al contaras y con su ardor responde a vuestro filial afecto, y Nos pone en les labios una viva efusión de alabanza a Dios que nos hace exclamar: ¡Qué hermosas y brillantes hace la fe las desparramadas tiendas de la familia cristiana! A nuestra vista resplandece en vosotros la dignidad de los esposos, no solamente condecora- con el místico crisma, común a todos los fieles, para ser gente santa y sacerdocio real, según la palabra del Apóstol Pedro, sino elevados también, en el acto santo de vuestras nupcias y con el libre y mutuo consentimiento vuestro a ministros del sacramento del matrimonio; matrimonio que; al representar la unión perfectísima de Cristo con la Iglesia, no puede ser sino indisoluble y perpetuo.

Pero, ¿qué dice la naturaleza acerca de esta perpetuidad? Si la gracia, con su acción, no muda la naturaleza, sino que siempre y en toda cosa la perfecciona, ¿encontrará acaso en ella una enemiga que se le oponga? No; el arte de Dios es suave y admirable; jamás deja de ir de acuerdo con la naturaleza, de la que Él es el autor. Aquella perpetuidad e indisolubilidad que la voluntad de Cristo y la mística significación del matrimonio requieren, la quiere también la naturaleza, cuyas ansias cumple la gracia dándole fuerzas para ser aquello de lo chal su mejor saber y querer le inspira el deseo.

Preguntad a vuestro corazón, amados recién casados Es inescrutable para los demás, pero no para vosotros. Si recordáis el momento en que a vuestro afecto sentisteis que correspondía otro amor, ¿no os parece acaso como si ya, desde aquel instante hasta el "sí" que habíais de pronunciar juntos ante el altar, hubiese ciclo para vosotros un avanzar de hora en hora con pasos de ansiosa esperanza y de trémula expectación? Ahora aquella esperanza no tiene ya "la flor verde", sino que es una rosa florida; y la expectación espera otras alegrías. ¿Se ha desvanecido acaso vuestro sueño? No; se ha hecho realidad. ¿Y quién lo ha cambiado en realidad de unión ante el altar? El amor, que no ha desaparecido, sino que ha permanecido y se ha hecho más fuerte, más estable y en su firmeza os ha hecho exclamar: ¡Este amor debe permanecer inmutado, intacto, inviolado para siempre! Si el afecto conyugal sabe de albas y auroras, no debe saber de atardeceres y de estaciones, ni de días nublados y tristes, porque el amor quiere ser siempre joven, inquebrantable al soplo de los vientos.

Así nosotros, sin caer en la cuenta, íbamos a decir que atribuís a vuestro amor nupcial, con celo santo, aquella señal característica que el Apóstol Pablo atribuía a la caridad, cuando decía al exaltarla: "Caritas numquam exicidit"31. Nunca fenece la caridad. El puro y verdadero amor conyugal es un limpio arroyuelo, que por la fuerza de la naturaleza brota en la roca inquebrantable de la fidelidad, que se desliza tranquillo entre las flores y las espinas de la vida, hasta que se pierde en el hueco de la tumba. La indisolubilidad del matrimonio es, pues, la satisfacción de un impulso del corazón puro y sano, del "anima naturaliter christiana", y se disipa sólo con la muerte. En la vida futura no habrá nupcias, porque los hombres vivirán en el cielo tamo los ángeles de Dios: "in resurrectione neque nubent, neque nubentur, sed erunt sicut angeli Dei in coelo". Pero si el amor conyugal, en cuanto a este carácter suyo particular, termina con el cesar del fin para que está ordenado sobre la tierra sin embargo, en cuanto ha obrado en las almas de los cónyuges y las ha unido la una con la otra en el mayor vínculo de amor que une a los corazones con Dios y mire sí, tal amor permanece en la otra vida, como permanecen las almas mismas en las cuales había demorarle acá abajo.

Pero la indisolubilidad del matrimonio es exigida por la naturaleza también por otra razón, porque tal dote es necesaria para proteger la dignidad de la persona humana La convivencia conyugal es una institución divina, radicada en la naturaleza humana, como unión de dos seres formados a imagen y semejanza de Dios, que les llama para proseguir su obra en la conservación y propagación dei género humano. Hasta en sus más íntimas expresiones esta convivencia aparece como algo extremadamente delicado; hace felices, ennoblece y santifica las almas cuando se eleva sobre las cosas sensibles con el ala de la simultánea entrega espiritual y desinteresada de cada uno de los cónyuges para con el caro, con la conciencia, viva y arraigada en ambos a dos de querer pertenecer totalmente el uno al otro fieles en todos los sucesos y acaecimientos de la vicia, en los días buenos y en los tristes, en la salud y en la enfermedad, en los años jóvenes y en la vejez, sin limitaciones o condiciones, hasta que quiera Dios llamarles a la eternidad. En esta conciencia, en este propósito de exaltar la dignidad humana, se exalta el matrimonio, se exalta la naturaleza, que se ve respetar a sí misma y a sus leyes; se alegra la Iglesia, que ve, en esta comunidad de vida conyugal, resplandecer la aurora de la primera ordenación de la familia establecida por el Creador y el mediodía de su divina restauración en Cristo. Cuando no suceda así, la vida común corre el peligro de resbalar en el fango del ansia egoísta, que no busca más que la propia satisfacción, ni piensa en la dignidad personal ni en el honor del consorte.

Echad una mirada a la sociedad moderna en los países en donde rige el divorcio, y preguntad: ¿Tiene el mundo la clara conciencia y la visión de cuántas veces en ellos, la dignidad de la mujer ultrajada y ofendida, conculcada y corrompida, viene a yacer casi enterrada errada en el envilecimiento y en el abandono? Cuántas lágrimas secretas han bañado ciertos umbrales, ciertas habitaciones; ¡cuántos gemidos, cuántas súplicas, cuántos desesperados votos y acentos han resonado en ciertas entrevistas, las, por ciertas calles y callejas, en ciertos rincones y lugares desiertos! No, la dignidad personal del marido, como la de la mujer, pero sobre todo la de la mujer, no tienen mejor defensa y tutela que la indisolubilidad del matrimonio. Están en un error funesto los que creen que se puede mantener, proteger y elevar la cultura de la mujer y su digno decoro femenino, sin ponerle como fundamento el matrimonio uno e indisoluble. Si la Iglesia, cumpliendo la misión recibida de su divino Fundador, con gigantesco e impávido uso de una santa e indomable energía, ha afirmado siempre y difundido por el mundo el matrimonió inseparable, alabadla y glorificadla porque con ello ha contribuído en gran manera para defender el derecho del espíritu frente a los impulsos de los sentidos en la vida matrimonial, salvando, con la dignidad de las nupcias, la da la mujer, no menos que la de la persona humana.

Cuando en el fondo de la voluntad no está firme el propósito de la custodia perenne e inviolable del vínculo conyugal, llegan a vacilar también y a faltar al padre, a la madre y a los hijos aquella conciencia del porvenir tranquilo y seguro, aquel sentimiento que sostienen la incondicionada y recíproca confianza, aquel nudo de estrecho e inmutable enlace interior y exterior, suceda lo que suceda, en que se funda y se nutre una raíz, granele y esencial, de la felicidad doméstica.

¿Por qué, preguntaréis acaso, extendemos a los hijos tales consecuencias? Porque ellos reciben de sus padres tres cosas importantísimas: el ser, la nutrición y la educación, y para su sano desarrollo tienen la necesidad de una atmósfera de alegría; ahora bien, una juventud serena, una armónica formación e instrucción no puede concebirse sin la indudable fe de los padres. ¿No alimentan acaso los hijos el vínculo del amor conyugal? La ruptura de este vínculo viene a ser para elles una crueldad y un desconocimiento de su sangre, una humillación de su nombre y una vergüenza de su rostro, una división de sus corazones y una separación de los hermanos y del techo doméstico, la amargura de su felicidad juvenil y, lo que es más grave para su espíritu, un escándalo moral. ¡Cuántas heridas en las almas de millones de jóvenes!. ¡Qué trates y lamentables ruinas en muchos casos! ¡Cuántos implacables remordimientos engendrados en las conciencias! Los hombres espiritualmente sanos y moralmente puros, Ios alegres y contentos, los íntegros de carácter y de costumbres, en los que la Iglesia y la sociedad civil depositan su esperanza, proceden, ordinariamente, no de hogares turbados por la discordia o por el vacilante afecto, sino de familias donde reina profundo el temor de Dios e inviolable la felicidad conyugal. Quien hoy ahonda en las causas a las que se pueda imputar la descomposición moral, el veneno que viene corrompiendo a una no pequeña parte de la familia humana, no tardará en hallar una de las fuentes más malhadadas y culpables en la legislación y en la práctica del divorcio. Las creaciones y las leyes de Dios tienen siempre una acción benéfica y poderosa; pero cuando la inconsideración o la malicia humana se meten en medio y las perturban y desordenan, entonces al fruto benéfico, que desaparece, sucede y se hace incalculable el cúmulo de los daños, como si la misma naturaleza indignada se revolviese contra la obra de los hombres. Y ¿quién podrá negar o dudar que sea creación y ley de Dios la indisolubilidad del matrimonio, firmísimo sostén para la familia, para la grandeza de la nación, para la defensa de la Patria, que en los pechos de sus gallardos jóvenes encontrará siempre el escudo y el brazo de su prosperidad?

Vosotros, amados recién casados, dad gracias a Dios por la intachable, familia en la que, rodeados par el amor de unos padres temerosos de Dios, habéis recibido el don de crecer hasta la plena madurez de cristianos y de católicos. Tened como honor y gloria, en un tiempo, par desgracia, tan caracterizado por tan amplia separación de la ley de Dios, el desarrollar, actuar, y profesar en toda vuestra vida conyugal la gran idea del matrimonio, como fue establecido por Cristo. En la común plegaria cotidiana elevad los corazones a Dios, para que Él, que os ha concedido benignamente el principio se digne, con la potente eficacia de su gracia, dares también el cumplimiento feliz. Con este augurio, y en prenda de los más singulares favores celestiales, os damos de corazón nuestra paternal Bendición Apostólica.

LA FIDELIDAD CONYUGAL

I. Belleza de la fidelidad

21 de Octubre de 1942. (Ecclesia, 14 Nov. 1942.)

La luz tan pura que brilla en vuestros ojos, amados recién casados, manifiesta a todas las miradas la santa alegría que inunda vuestros corazones, el contento de haberes dada el uno al otro para siempre. ¡Para siempre! Nos hemos insistido ya sobre esta idea cuando hablábamos a otras parejas de recién casados que os han precedido en torno a Nos, de la indisolubilidad del matrimonio. Sin embargo, lejos de haberse agotado el tema, se puede decir que no hemos rozado todavía la superficie. Por eso querríamos entrar en él más profundamente, más íntimamente, hablando de aquella piedra preciosa que es la fidelidad conyugal, de la cual, hoy nos limitaremos a haceros ver la belleza y haceros gustar el encanto.

Como contrato indisoluble, el matrimonio tiene la fuerza de constituir y vincular a los esposos en un es- social y religioso, de carácter legítimo y perpetuo, y tiñe sobre todos los demás contrates la superioridad dé que ningún poder en el mundo —en el sentido y con la extensión ya per Nos explicados— es capaz de rescindirlo. En vano una de las partes pretenderá desatarse de él; el pacto violado, renegado, roto, no afloja sus lazos; continúa obligando con el mismo vigor que el día en que fue sellado ante Dios con el consentimiento de los contrayentes; ni siquiera la víctima puede ser desatada del sagrado vínculo que la une a aquel o a aquella que le ha traicionado. La atadura no se desata, o más Sri, no se rompe sino con la muerte.

A pesar de eso, la fidelidad dice todavía algo más poderoso, más profundo y al mismo tiempo más delicado y más infinitamente dulce. Porque, uniendo el contrato matrimonial a los esposos en una comunidad de vida social y religiosa, es necesario que determine con exactitud los límites dentro de los cuales obliga, que recuerde la posibilidad de una coacción exterior, a la cual una de las partes pueda acudir para obligar a la otra al cumplimiento de los deberes libremente aceptados. Pero mientras estas determinaciones jurídicas, que san como el Cuerpo material del Contrato, le dan necesariamente como un frío aspecto formal, la felicidad es en él cano el alma y el corazón, la prueba palmaria, el testimonio patente.

Aunque más exigente, la fidelidad cambia en dulzura lo que la precisión Jurídica parecía poner en el contrato de más riguroso y más austero. Sí, más exigente; porque ella juzga infiel y perjuro no sólo al que: atenta con el divorcio, por otra parte inútil y sin efecto, a la indisolubilidad del matrimonio, sino también al que, sin destruir materialmente el hogar por él fundado, aun continuando la vida conyugal, se permite establecer y mantener paralelamente otro vínculo criminal; infiel y perjuro el que, aun sin establecer una ilícita relación durable, dispone, aunque sea una sola vez, para el placer ajeno o para la propia, egoísta y pecaminosa satisfacción de un cuerpo —para usar la expresión de San Pablo—, sobre el cual solamente el esposo y la esposa legitima tienen derecho. Más exigente todavía y más delicada que esta estricta fidelidad natural, la verdadera fidelidad dad cristiana señorea y alcanza más allá; reina e impera, como soberana amorosa, en toda la amplitud del dominio real del amor.

Porque, efectivamente, ¿qué es la fidelidad sino el religioso respeto del don que cada uno de los esposos ha hecho al otro, don de sí mismo, de su cuerpo, de su mente, de su corazón, para toda la vida, sin otra reserva que los sagrados derechos de Dios?.

I. La frescura de la juventud en flor, la honesta elegancia, la espontaneidad y la delicadeza de las maneras, la bondad interior del alma, todos estos buenos y hermosos atractivos, que plasman el encanto indefinible de la joven cándida y pura, han conquistado el corazón del joven y le han elevado tanto hacia ella, con el empuje de un amar ardiente y casto, que en vano se buscaría en la naturaleza una imagen que ni por comparación pueda expresar un encanto tan exquisito. Por su parte, la joven ha amado la hermosura viril, la mirada valiente y noble, el paso firme y resuelto del hombre, sobre cuyo brazo vigoroso apoyará, puesta junto a él, la mano delicada a lo largo del áspero camino de la vida.

En esa primavera brillante el amor sabía ejercitar sobre los ojos el poder fascinador, dar a los actos más insignificantes un esplendor deslumbrante, cubrir o transfigurar las más evidentes imperfecciones. Cuando la promesa, al realizarse, ha sido mutuamente hecha delante de Dios, los esposos se han otorgado el uno al otro en la alegría natural, pero santificada, de su unión, con la noble ambición de una lozana fecundidad. ¿Es esto acaso ya la fidelidad en todo fulgor? No; todavía no se ha probado.

Pero los años, pasando sobre la belleza y sobre los sueños de la juventud, le han arrebatado un tanto de su frescura, para darle, en cambio, una dignidad más austera y reflexiva. La familia, con su crecimiento, ha aumentado la fatiga del peso que carga sobre las espaldas del padre. La maternidad can sus penas, sus sufrimientos, sus riesgos, pide y exige valor: la esposa, sobre el campo del honor del deber conyugal, no ha de ser ni mostrarse menos heroica que el esposo sobre el campo del honor del deber civil, en donde ofrece a la patria el don de su vida. Si a esto se añaden las lejanías, las ausencias, las separaciones forzadas, de las cuales igualmente hace poco hablábamos, u otras delicadas circunstancias que obligan a vivir en la continencia, entonces, recordándose que el cuerpo del uno pertenece al otro, los esposos cumplen sin vacilar su deber con sus exigencias y consecuencias, y mantienen con su corazón generoso y sin debilidades la austera disciplina que impone la virtud.

Cuando, finalmente, con la vejez se multiplican las enfermedades, los achaques, las decadencias humillantes y penosas, todo el cortejo de miserias que sin la fuerza y el sostén del amor harían repugnante aquel cuerpo antes tan seductor, se le prodigan con la sonrisa en los labios los cuidados de la más delicada ternura. He aquí la fidelidad del mutuo don de los cuerpos.

II. En los primeros encuentros durante el noviazgo, con frecuencia todo era encantador: el uno prestaba al otro, con ilusión tan sincera como ingenua, aquel tributo de admiración que hacía sonreír, con indulgencia complaciente, a los que lo veían. No reparéis demasiado en aquellas pequeñas disputas, que, según el poeta latino, son más bien amor: "Non bene si tollas praelia, datur amor". No hay de veras amor si no hay riñas". Era la plena, la absoluta comunidad de ideas y de sentimientos en el orden material y espiritual, natural y sobrenatural, la armonía perfecta de los caracteres. La expansión de la alegría y del amor daba a sus conversaciones una espontaneidad, una viveza, un brío que hacían chispear las almas, brillar agradablemente el tesoro de los conocimientos que podían poseer, tesoro a veces bien escaso, pero al que todo contribuía para hacerlo valer. Es el atractivo, es el entusiasmo; no es todavía la fidelidad.

Pasa esta estación; las faltas no tardan en aparecer, la disparidad de los caracteres en manifestarse; acaso hasta la pobreza intelectual, en hacerse más patente. Se han terminado los fuegos artificiales: el amor ciego abre los ojos y queda desilusionado. Entonces es cuando, para el amor verdadero y fiel, comienza la prueba y al mismo tiempo el encanto. Con los ojos bien abiertos cae en la cuenta de cada una de estas faltas, pero las recibe can afectuosa paciencia, consciente de sus propios defectos: y todavía con clarividencia mayor penetra hasta descubrir, bajo la vulgar corteza, las cualidades de juicio, de sentido común, de sólida piedad, ricos tesoros escondidos oscuramente, pero de subidos quilates. Y, al tiempo que ion solicitud descubre y valoriza estos dones y estas virtudes del alma, con no menos habilidad y vigilancia disimula a los ojos de los demás las lagunas y las sombras de la inteligencia o del saber, los caprichos o las asperezas del carácter. Sabe buscar, para las expresiones erróneas o inoportunas, una interpretación benigna y favorable, y siempre se alegra cuando la encuentra. Ahí le tenis dispuesto a ver lo que les mancomuna y une, y no lo que les divide; a r rectificar cualquier error, o disipar cualquier ilusión, con tan buena gracia que jamás ofende ni lastima. Lejos de mostrar su superioridad, con delicadeza- interroga y pide el consejo de la otra parte, dejando ver que si done algo que dar también tiene gusto en recibir. ¿NO veis cómo de ese modo se establece entre los esposos una unión de los espíritus, una colaboración intelectual y práctica que les hace elevarse hacia la verdad suprema, hacia Dios? ¿Y esto qué es, sino fidelidad del mutuo don de sus inteligencias?

III. Los corazones se han entregado para siempre. Por el corazón, sobre todo por el corazón, era poderoso el impulso que ha unido a los jóvenes esposos; pero también, sobre todo, por él, las desilusiones, cuando vienen, tienen sabor de amargura, porque el corazón es el elemento más sensible, pero también el más ciego del amor. Y cuando el amor vive todavía intacto, ya en las primeras pruebas de la vida conyugal la sensibilidad puede disminuir y estropear, a veces estropea necesariamente, alguna llama de su ardor excesivo y fácilmente ilusorio. Ahora bien; en la constancia y la perseverancia en el amor, en la actuación cotidiana del don recíproco y, si es necesario, en la prontitud y en la plenitud del perdón, ha de hallarse la piedra de toque de la fidelidad.

Si desde el principio el amor fue verdadero y no solamente una búsqueda egoísta de satisfacciones sensuales, este amor nunca cambiado del corazón vive siempre joven, jamás vencido por los años que pasan. Ninguna' cosa hay más edificante y encantadora, ninguna más conmovedora que el espectáculo de aquellos venerables ancianos cuyas bodas de oro tienen en su celebración algo de más tranquilo, pero también de más profundo, hasta diríamos de más tierno, que aquellas de la juventud. Sobre su amor han pasado cincuenta años: trabajando, amando, sufriendo, rezando juntos, han aprendido a conocerse mejor, a descubrir el uno en el otro la verdadera bondad, la verdadera belleza, la verdadera palpitación de un corazón devoto, a adivinar todavía más lo que al otro puede agradar; y de aquí aquellas premuras exquisitas, aquellas pequeñas sorpresas, aquellas innumerables pequeñeces, en las que solamente encontraría chiquilladas el que no sabe descubrir la grandiosa, la hermosa dignidad de un inmenso amor. Ésta es la fidelidad del mutuo don de les corazones.

Felices vosotros, jóvenes esposos, si habéis podido, si podéis todavía contemplar semejantes escenas en vuestros abuelos. Acaso vosotros, cuando muchachos, habéis bromeado con ellos delicada y amorosamente; pero ahora, el día de vuestras bodas, vuestras miradas se han posarlo conmovidas sobre estos recuerdos con santa en- con la esperanza de ofrecer un día vosotros mismos un espectáculo semejante a vuestros nietos. Nos es lo auguramos, y sobre vosotros invocamos del Señor la gracia de esta larga, indefectible y deliciosa fidelidad, mientras con toda la efusión del corazón, os damos Nuestra paternal bendición apostólica.

II. El pecado de la infidelidad secreta

4 de Noviembre de 1942. (Ecclesia, 28 Nov. 1942.)

Con sobrada razón, después de celebrar vuestras bodas, venís, amados recién casados, a invocar para vosotros, para vuestro amor y vuestra fidelidad, la bendición del Vicario de Cristo. La ley del Redentor Divino, que es ley de amor, es también protectora y conservadora del verdadero amor de la verdadera fidelidad. Es una ley, de amor, que no se limita ni se ciñe a las prescripciones minuciosas y exteriores de un código, sino que penetra en el espíritu y en el corazón hasta excluir aún el pecado de mero deseo.

¿Hay según eso, aun salvando las apariencias, una infidelidad secreta escondida en los más íntimos repliegues del corazón? Sin duda alguna; porque del corazón, lo dijo. Nuestro Señor, brotan los malos pensamientos y las demás iniquidades; y, sin embargo, este pecado de infidelidad secreta es, por desgracia, tan frecuente que el mundo no le presta atención y la conciencia adormecida se adapta a él como en el embeleso de una ilusión.

Pero siempre, frente a todo hechizo engañoso, se yergue y descuella la verdadera felicidad, que, como dijimos en nuestro último discurso, tiene por objeto y fundamento el recíproco don, no sólo del cuerpo de ambos esposos, sino también de su espíritu y de su corazón. ¿No es acaso verdad que la mínima infracción de esta fidelidad exquisita y cordial conduce fácilmente, antes o después, a las grandes quiebras de la vida y de la felicidad conyugal?

I. ¡Delicadísima virtud la de la fidelidad simbolizada por el anillo nupcial!. Antes de ser formulada y promulgada por Nuestro Señor había sido esculpida por el Creador en el fondo de los corazones de los justos, de donde la celebridad de la frase de Job sobre el pacto que había hecho con sus ojos de abstenerse de toda mirada impura.

Comparad con esta austera reserva, que es prerrogativa de un ánimo dueño de sí, la conducta de tantos cristianos bañados desde su nacimiento en las aguas de la regeneración y crecidos en la radiante luz del Evangelio. Semejantes a los niños, propensos siempre a ver una exageración en los afanes de la solicitud materna, los veis sonreírse antes las ansiedades morales de su Madre la Iglesia. Y con todo, no es ella la única que de ello se preocupa; todas las personas honradas, aunque alejadas del sentimiento cristiano, lanzan un grito de alarma. En las calles públicas, en las playas, en los espectáculos, mujeres y jovencitas se presentan y se exhiben sin rubor a miradas indiscretas y sensuales, a vecindades deshonestas en promiscuidades indecorosas. ¡Con qué fermento surgen las pasiones en esas condiciones y encuentros! Si se exceptúa el último paso, el de la caída en la infidelidad formal —aún suponiendo que casi por milagro no se llegue a él—, ¿qué diferencia puede concebirse entre semejantes costumbres y la conducta de esas infelices que pisotean abiertamente todo pudor?.

Y no se comprende si no es por culpa de la languidez del sentimiento moral cómo hombres de honor pueden soportar que sus mujeres y novias permitan a otros miradas y familiaridades tan audaces; ni cómo una novia o una esposa que tengan gran estima del decoro de su dignidad, llegan a tolerar que el marido o el novio se tomen con otras semejantes libertades y familiaridades. ¿Quién no ve alzarse y surgir contra tan graves ultrajes a la santa fidelidad de un amor casto y legitimo, todas, aun las menores centellas de honesto sentimiento?

II. Pero baste cuanto hemos dicho sobre tan inconvenientes y desconcertantes bajezas. En el orden del espíritu y del corazón el discernimiento entre el bien y el mal es todavía más delicado. Es verdad que hay simpatías naturales irreprensibles en sí mismas a las que las presentes condiciones de la vida brindan más felices y frecuentes ocasiones. Aunque a veces puedan presentar algún peligro, no ofenden por sí mismas la fidelidad. Sin embargo, Nos os queremos poner en guardia contra ciertas intimidades secretamente voluptuosas. Contra un amor que se quiere llamar platónico, pero que demasiadas veces no es sino el preludio que inicia o el discreto vilo que cubre un afecto menos lícito y puro.

Mientras la simpatía intelectual se detiene en la armonía entre las concepciones sinceras y espontáneas del espíritu y en el goce y admiración de la altura y de la nobleza de un alma, no hay todavía de suyo nada de reprobable. Sin embargo, San Juan de la Cruz amonesta a las mismas personas espirituales contra las desviaciones que se pueden seguir. Insensiblemente el recto orden sale de aquí muchas veces invertido, de suerte que de los principios de una simpatía honesta hacia, una persona, por influjo de la armonía de las ideas, de las inclinaciones y de los caracteres, se pasa, con inconsciente consentimiento, a armonizar y concertar las propias ideas y las propias concepciones con las ideas y concepciones de la persona admirada. En un principio se deja uno avasallar por ella en cuestiones de poca monta; luego en cosas más serias, en materias de orden práctico, en asuntos de arte y de gusto, quo tienen ya más carácter intimo; más tarde en el campo propiamente intelectual o filosófico y, por fin, en las doctrinas religiosas y morales, hasta el punto de renunciar al propio criterio personal para no pensar r ni juzgar sino bajó aquella influencia preconcebida. Se echan por tierra los principios y se sacuden las normas de vida. ¿Cómo explicar entonces una tan entera sumisión y tan plena sujeción a las, ideas ajenas, siendo así que el espíritu humano es naturalmente, y muchas veces hasta el exceso, orgulloso en la adhesión al juicio propio?.

Pero al mismo tiempo que de este modo el espíritu propio va modelándose, poco a poco conforme al de un extraño o de una entraña, se enajena por el contrario cada día más del alma del esposo o de la esposa legítimos. Llega a sentir por todo lo que éstos piensan y dicen un irresistible instinto de contradicción, de irritación, de desprecio. Ese sentimiento, tal vez inconsciente, pero no por eso menos peligroso, indica que la inteligencia ha sido conquistada y acaparada, que se ha dado a merced de otros el espíritu del que se había hecho don irrevocable el din de las bodas. ¿Es esto fidelidad?

¡Ilusión sutil y mal comprendida! Pudo muy bien suceder que gracias al influjo de almas elevadas, ardientes y movidas por el celo más puro, una simpatía intelectual se convirtiese atiese en la aurora de una conversión; pero las más de las veces se trató sólo de una aurora; rara vez la luz de la mariana subió hasta el pleno día. ¡Cuántos, por el contrario, perdieron de ese modo la fe y el sentimiento cristiano! Ejemplos ilustres, aunque muy raros, bastan para, tranquilizar a algunos, que se imaginan ver en sí mismos una Beatriz y un Dante. En muchos casos sucede, por el contrario, que en su doble ceguera caminan a lo largo de un margen resbaladiza y caen ambos en el hoyo.

III. Aun suponiendo que el espíritu no haya sido, como alguien ha dicho, la "dupe du coeur", la víctima de un engaño del corazón, el corazón ciego a su vez, acompaña al espíritu y no tarda, a su vez, en arrastrarlo con su impulso. Tras del espíritu se entrega el corazón; pero no se entrega sino haciéndose traidor a la persona a quien desde un principio se había entregado con lazo indisoluble.

Bien puede el mundo proclamar fiel a la esposa que no ha consumado materialmente la transgresión y celebrar la excelencia de su fidelidad porque con un sacrificio tal vez heroico, aunque de un heroísmo puramente humano, continúa viviendo sin amor al lado del esposo a quien había unido su vida, mientras su corazón, todo entero, pertenece definitiva y apasionadamente a otra persona. ¡Más austera y santa es la moral al de Jesucristo! Se enaltece por ahí la nobleza de una pretendida unión de corazones, castamente unidos "como los astros y las palmeras"; se envuelve esta pasión en la aureola de una vaga religiosidad, que no es sino desvarío alimentado de poesía y de novela, no de Evangelio y de vínculo cristiano; se engríen de mantener este amor en alturas serenas; la naturaleza, después del pecado original, no es dócil hasta este punto a les aforismos ingenuamente vanidosos de los espíritus ilusos y la fidelidad ha sido ya violada con la ilícita pasión del corazón.

¡Oh jóvenes esposos: guardaos de tales ilusiones! Iluminados con la luz divina, bajo la protección de María, Madre purísima, amaos santamente el uno al otro, apretando cada vez más la unión de vuestras vidas, de vuestros espíritus, de vuestros corazones; unión sobre la que invocamos con toga la efusión de nuestro ánimo paternal las más abundantes gracias divinas, dándoos la bendición apostólica.

III. Escollos e imprudencias

18 de Nov. de 1942. (Ecclesia, 12 de Dic. de 1942.)

Es un espectáculo tan hermoso el ver la perfecta felicidad de dos esposes que, lejos de languidecer con los años, crece en vigor y entrega mutua y en concordia hasta la vejez, cada vez más discreta y más serena, y que más allá de esta vida terrena se abre radiante en el cielo, que Nos sentimos el deber de poneros en guardia contra algunos peligros y algunas imprudencias, acaso inadvertidas e incomprendidas, que podrían comprometer su solidez, o por lo menos poner una sombra de ansiedad sobre su exquisita delicadeza que tuvimos cuidado en describir en los últimos discursos a los recién casados.

No es necesario poseer un amplio conocimiento y experiencia de la historia y de los sucesos familiares para saber qué frecuentes son las caídas lamentables que han derrumbado y extinguido amores bien nacidos y sinceros, y más aún para comprender aquellas debilidades volubles como la pasión, pero cuya herida deja una punzante cicatriz en lo más íntimo de los dos corazones.

Nos proponemos hoy hablaros, no tanto del camino por el que paso a paso se baja hasta la culpa, hasta la profundidad del abismo, cuanto de las imprudencias y miserias por las que el esposo fiel, sin darse cuenta, abre al otro el peligroso camino; imprudencias y miserias que podemos reducir a tres capítulos: la ligereza, la austeridad excesiva, los celos.

I. La ligereza es, sobre todo, el escollo de los primeros meses, antes de que la sonrisa y los vagidos de los niños vengan a abrir y madurar el espíritu de los padres. Pero muchas veces se prolonga bastante más allá, favorecida y sostenida por la falta de carácter, más aun que por el ardor de la juventud. En la falsa idea, cultivada y favorecida con complacencia, de que el matrimonio todo lo hace lícito, los esposos se permiten a veces las más imprudentes libertades. El marido conduce, sin sentir escrúpulos, a su joven mujer a diversiones escabrosas, por no decir reprochables, creyendo recrearla sin malicia, pensando tal vez iniciarla por este camino en la experiencia de la vida. La mujer, cuando no es de aquella seriedad fervorosamente cristiana que da franqueza de carácter, las más de las veces se dejará arrastrar sin resistencia alguna, o en el caso de oponer un ademán de reacción, no le desagradará en el fondo el que no resulte excesivamente eficaz o victoriosa. Si hasta el matrimonio su inocencia ha sido custodiada y preservada, más bien que verdaderamente formada y esculpida a fondo por la vigilancia y la solicitud de padres cristianos, veréis que acepta con agrado, aunque ruborizándose un poquito, satisfacer una cierta curiosidad, cuyo inconveniente y peligro no se le muestra claramente. Si, en cambio, su vida de muchacha ha sido mundana y disipada, se tendrá y estimará por feliz al poder librarse —honestamente, según ella piensa, ya que se encuentra con su marido— de aquel poco de recato que antes le imponía su edad juvenil.

De los espectáculos y de las diversiones atrevidas, la ligereza pasa fácilmente a relajación de criterios y de conciencia por lo que se refiere a las lecturas. En esta materia, además de los atractivos de que hemos hablado, entra en escena un aliciente todavía más sutil: el amor descrito en las novelas, que parece interpretar tan bien los sentimientos, sin duda legítimos, que los esposos experimentan entre sí. ¡El novelista y sus héroes y heroínas dicen con tal viveza y con frases tan enardecidas y exquisitas lo que aun en el secreto de los íntimos coloquios no se sabría o se osaría expresar tan eficazmente y con el mismo ardor! . . . La consecuencia es que con la apariencia de enardecer el amor, esas lecturas excitan todavía más la imaginación y los sentidos y dejan a las almas más débiles y desarmadas contra las ineludibles tentaciones. En aquellas narraciones de trances de infidelidad, de culpas, de pasiones ilegítimas o violentas, no es raro que el afecto de dos esposos pierda algo de su pureza, de su nobleza y santidad, que quede falseado en su estima y concepción cristiana y se transforme en un amor puramente sensual y profano, olvidando los elevados fines de las nupcias bendecidas.

Aun no tratándose de obras inmorales o escandalosas, el apacentarse habitualmente con lecturas y espectáculos novelescos envuelve frecuentemente al sentimiento, al corazón y a la fantasía en la atmósfera de una vida imaginaria ajena a la realidad.

Esos episodios románticos, esas aventuras sentimentales, esa vida de galanteo fácil, cómoda, caprichosa y brillante, ¿qué son de hecho sino invenciones fantásticas, creadas por los autores a su desenfrenado talante sin tenor en cuenta las dificultades económicas y las innumerables oposiciones de la realidad práctica y concreta? El abuso de semejantes lecturas y espectáculos, aunque no sean cada una de por sí censurables, acaba por extraviar la estima de las cosas y estraga el gusto de la vida real, quitándole la sal que hace grata la realidad en que se desarrolla la vida deliciosamente austera de trabajo y de sacrificio y de atención vigilante en medio de los cuidados de una familia sana y numerosa. Pensad por una parte en el marido que no da abasta con el sudor de su frente para todos los gastos de una vida de lujo; por otra parte, en la mujer que, cargada de hijos y de cuidados, y provista de medios limitados, no puede cambiar como con una varita mágica el modesto hogar en un castillo de cuentos de hadas; y decid luego si a estos esposos no les parecerán muy mezquinos sus días siempre iguales, sin vicisitudes extraordinarias, comparados con aquellas fantasías novelescas. Muy amargo es el despertar para quien vive continuamente en un sueño dorado; muy viva es la tentación de prolongarlo y continuarlo en la realidad. ¡Cuántos dramas de infidelidad no han tenido otro origen sino éste! Y si uno de los esposos, conservado fiel, llora, sin caer en la cuenta de nada, el extravío del culpable, aun entonces querido y amado, está muy lejos de sospechar su parte de responsabilidad en aquel desliz que ha llegado hasta la caída. Ignora que el amor conyugal, desde el momento en que pierde su sana serenidad, su fuerte ternura y su santa fecundidad, para asemejarse a los amores egoístas y profanos, fácilmente se dente tentado a obtener en otra parte el pleno goce.

No menos imprudentes ion los maridos que por dar gusto a sus mujeres o por satisfacer su propia vanidad las alientan a abandonarse a todos los caprichos y a todas las más audaces extravagancias de la moda en el vestido y en el modo de obrar. Esas jóvenes mujeres mal aconsejadas, lanzadas así a la aventura, no imaginan siquiera a qué peligros se exponen a sí mismas y a los demás. No busquéis en otra parte el origen de no pocos escándalos que asombran a muchos; ¡a muchos, pero no a los que reflexionan sobre los caminos del mal, no a los amigos cuerdos, que a tiempo llamaron la atención del sendero peligroso y no fueron oídos!

II. La virtud está en medio; contra el exceso de condescendencia se puede caer también en el opuesto exceso del rigor. El caso es sin duda raro, pero se da en la realidad. El rigor exagerado que transformase el hogar doméstico 'en una morada triste, sin luz ni alegría, sin sanas y santas distracciones, sin amplios horizontes de acción, podría terminar en los mismos desórdenes de la ligereza. ¿Quién no prevé que cuanto la estrechez sea más rigurosa, tanto más violenta amenaza ser la reacción? La víctima de esta tiranía —el hombre o la mujer, tal vez aun el mismo opresor— una u otra vez sentirá la tentación de romper la vida conyugal. Pero si las ruinas y efectos de la ligereza muchas veces no tardan en hacer abrir los ojos y en hacer volver a mejor consejo y a mayor seriedad, los extravíos ocasionados por una austeridad exasperante se suelen atribuir en cambio a falta de suficiente rigor; y entonces éste se hará todavía más áspero y seguirá creciendo el mal que ha causado y la reacción que provoca.

Lejos de estos extremos —la excesiva condescendencia y la excesiva severidad—, reine entre vosotros la moderación, que no es otra cosa sino el virtuoso sentido de la medida y de lo que conviene. Que el marido desee y guste ver a su mujer vestirse y actuar con decente elegancia, conforme a sus medios y a su condición social, animándola y complaciéndola para el caso con algún don delicado, con una amable complacencia y alabanza de su encanto y gracia. Que la mujer, por su parte, destierre de la casa todo inconveniente, que ofenda a la mirada cristiana o al sentimiento de la belleza, así como toda severidad que sería de pesadumbre para el corazón. Que la mujer, ambos gusten leer, aun juntos, hermosos, buenos y útiles libros, que los instruyan, que amplíen sus conocimientos entes de las cesas y de las obras y de los criterios de su arte y de su trabajo, que los informen sobre el curso de los sucesos y los conserve: firmes y más ilustrados en la fe y en la virtud. Que se concedan de buena gana, con discreción, los sanos y honestos esparcimientos que dan reposo y mantienen la alegría; lecturas y esparcimientos quo serán fuente de perenne y sabroso alimento para sus íntimas conversaciones y debates. Que cada uno de ellos se complazca en ver al otro descollar en la actividad profesional o social, en el hacerse amable con su sonriente afabilidad entre los amigas comunes; que ninguno piense que el otro le hace sombra.

III. Finalmente, un gran escollo que hay que sortear son los celes, que pueden surgir de la ligereza o ser provocados per el rigor: peligrosísimo escollo para la fidelidad. Aquel incomparable psicólogo que fue San Juan Crisóstomo los describió con magistral elocuencia: "Todo lo, que diga de este mal no bastará para expresar nunca su gravedad. Una vez que un hombre comienza a sospechar de aquella a quien ama sobre todas las cosas de la tierra y por la que daría gustoso aun su vida, ¿en qué cosa podrá encontrar consuelo?. . . Pero si el hombre se agita angustiado en media de estos males, aun cuando no tienen fundamento ni razón, la pobre e infeliz mujer se ve todavía más gravemente atormentada. El que debería ser el consuelo de todas sus penas y su apoyo, se muestra cruel con ella y no le demuestra más que hostilidad . . . Un espíritu prevenido así y atacado por esta enfermedad, está dispuesto a creerlo todo, a aceptarlo todo, a aceptar todas las denuncias sin distinguir lo verdadero de lo falso, más inclinado a escuchar al que confirma sus sospechas que a quien querría disiparlas . . . Todo es espiado, las salidas, las entradas, las palabras, las miradas, los mínimos suspiros; la pobre mujer debe soportarlo todo en silencio; encadenada, por decirlo así, al lecho conyugal, no puede permitirse un paso, una palabra, un suspiro sin tener que dar cuenta de ella a los mismos siervos".

Una vida así, ¿no puede acaso hacerse casi intolerable? ¿Y qué maravilla que al faltar la luz y el sostén de una verdadera virtud cristiana, se busque la evasión y la fuga con el naufragio de la fidelidad?

El espíritu cristiano n, jóvenes esposos, gozoso sin frivolidad, serio sin excesivo rigor, ajeno a las sospechas temerarias, confiado en un a afecto mutuo fundado en el amor de Dios, asegurará vuestra fidelidad recíproca, sincera y perennemente sagrada. Éste es el voto que formulamos para vosotros y que regamos a Dios acoja y realice, mientras de todo corazón os damos Nuestra paternal bendición apostólica.

IV. Las pruebas de la, fidelidad

9 de Diciembre de 1942 (Ecclesia, 2 de Enero de 1943.)

Hablando últimamente de los escollos en los que tal vez podía venir a chocar la fidelidad de los jóvenes esposos, Nos les poníamos en guardia contra las imprudencias en que podrían fácilmente caer. Pero, después de todo, los escollos no son otra cosa que prueba; y de las pruebas o de los riesgos de la fidelidad, queremos hoy hablar, amados recién casados, mientras que al mismo tiempo pensamos en los dolores que sobre la fidelidad misma se derraman y en las tentaciones a que estos dolores que suceden dan origen.

Estas pruebas, sin falta alguna del uno o del otro, pueden provenir de deficiencia o de imprudencia de la otra parte; pueden ocasionarse también sin que ni una ni otra parte tengan la más pequeña culpa. Como quiera que sea, de estas pruebas, como de todas las que la Providencia permite en sus arcanos designios, es posible siempre, con la gracia y con la virtud, salir más grandes y más fuertes.

No os maravilléis si ante nosotros nos ocupamos también de aquellas pruebas de las que uno de los esposos es responsable. No es que dudemos de vosotros; antes bien, confiamos en que vuestra vida cristiana y vuestra humilde prudencia, unida a la oración, os obtendrán de Dios la gracia de conservares y de preservar y crecer en las disposiciones en que hoy os halláis. Pero Nos dirigimos a vosotros también como a Nuestros caritativos mensajeros, para haceros heraldos de consuelo y de paz ante los demás, puesto que esperamos que llevareis lejos el eco de nuestra palabra. ¡Ojalá sirva de consuelo y de sostén a los que viven en la prueba! ¡Ojalá vosotros mismos, cuando en el curso de la vida halléis a otros en pruebas semejantes, podéis ser ángeles que les socorran y conforten, para curar y endulzar sus corazones heridos, para aliviar sus almas desalentadas por la profundidad de la angustia y la violencia de la tentación! ¡Qué obra tan hermosa de caridad haréis con vuestra ayuda!

I. La primera de estas pruebas, y la más sensible, es la traición. Por desgracia, no es rara. Es verdad que entre un simple galanteo superficial y transitorio y el abandono del hogar doméstico hay muchos pasos y muy diversos; pero aun la herida más leve hiere profundamente un corazón leal, que se había dado plenamente y sin reserva. Y además es siempre un primer paso en una pendiente resbaladiza; por otra parte, para el esposo (o la esposa) ofendido y engañado es el declive de la tentación, acaso también el pretexto del primer escalón de la bajada. Y si falta fuerza para soportar la prueba y salir de ella triunfante, cae él mismo más abajo y toda la trama de la tragedia se concierta y se concluye.

Pero si a la infidelidad conduce un primer momento de extravío; si de ahí se sigue un vincule que, poco a poco, se va estrechando cada vez más; si, por fin, lejos de los suyos, el infiel lleva una vida descuidada y ha fundado una familia ilegítima, entonces la prueba llega al colmo; colmo de sufrimiento, colmo de la tentación en esta viudez más triste que la muerte, que ni siquiera da el consuelo de las lágrimas sobre una tumba amada ni concede la posibilidad de volver a construir un, nuevo nido. La vida está reta, pero no apegada, y perdura en una prueba que tiene de terrible. Y sin embargo, ¡cuánto se eleva aquel o aquella que saben soportar esto digna y santamente! ¡Aquella madre, aquella mujer que debe sostener y educar una familia ella sola, es grande, es heroica en su aflicción, es digna de toda la admiración!. Pero una angustia acaso más aguda y más amarga es la del padre, que no puede dar una segunda madre a sus hijos, todavía pequeños y necesitados de una caricia, para sustituir a aquella que les ha abandonado. ¡Oh, y cómo sangra el corazón al pensar en estos niños quo, al crecer, acabarán por comprender su desgracia, si es que no es necesario revelarles todavía antes el desorden moral de un padre o de una madre que viven lejos de ellos!

¡Qué horrible tentación de acabar con la vida o de edificarse una vida diversa y un diverso hogar! Sin embargo, si hay tempestad en el corazón el faro del deber está inmóvil en la playa de la vida; deber riguroso, que con los resplandores de su claridad d escruta la conciencia y le impone la obligación de ser por su parte fiel al juramento recíproco que la otra parte ha violado y pisoteado.

Algunas veces el esposo culpable no rompe la convivencia conyugal, pero su infidelidad, especialmente si va unida a modales duros y ásperos, hace la vida común cada vez más difícil y casi intolerable. Sin duda, permaneciendo firme el vínculo conyugal, el derecho permite la separación al cónyuge inocente en casos determinados. Pero salvo el peligro de escárdalo o el interés superior de los hijos u otra causa grave que se oponga a ella, la caridad, que se acomoda a todo, invita e inclina a aquél a soportar y callar, para reconquistar un corazón extraviado. ¡Cuántas veces habría sido posible de este modo la reconciliación! La enmienda habría podido suceder al extravío pasajero y con ella la reparación, el rescate dei pasado con una vida ejemplar, que habría sepultado todo en el olvido. En cambio, si la caridad cristiana no vence, si la parte inocente se alborota, aquella alma, que acaso estaba para arrepentirse, o estaba ya arrepentida, se encuentra empujada a un abismo todavía más profundo que aquel del que habría buscado la salida. ¡Se han dado casos de estos sublimes perdones!

Sucede a veces —y vosotros lo sabéis muy bien— que el hombre, fiel a su siempre amada esposa, al volver, después de una larga ausencia, acaso de un cautiverio de guerra, al amado hogar, ve sonreír o siente dar, vagidos a una de aquellas cunas, que se han llamado justa y dolorosamente "cunas trágicas". Se siente conmover por la piedad; después de un momento de vacilación y de lucha interna se acerca y se inclina sobre aquella cuna; besa la frente del pequeño, también él víctima inocente: lo toma como suyo. Ciertamente el deber no obliga a tanto; puede ser también que en algunos casos la razón aconseje un acto semejante; pero ante tales héroes de la caridad y de la fidelidad no se puede pasar sin admiración.

II. Otra prueba, por desgracia todavía más frecuente, a la que está expuesta la fidelidad, deriva del desconocimiento, por parte de uno de los esposos, de la santidad del deber conyugal. Por temor de ver multiplicarse el peso de la familia; por temor del trabajo, del sufrimiento, de un riesgo que a veces se exagera; por el temor, incomparablemente más fútil, de sacrificar alguna línea de la propia elegancia, algún jirón de la propia vida de placer y de libertad, alguna vez aun por frialdad de corazón y mezquindad de alma, por mal humor o por la ilusión de una virtud mal entendida, uno de los esposos se rehusa al otro y no se presta si no es dejando entender su descontento o sus aprensiones. Evidentemente, no hablamos aquí del acuerdo culpable de dos esposos para tener lejos de su hogar la bendición de los hijos.

Tal prueba es bien dura para un esposo o para una esposa que procuran cumplir su propio deber; y cuando se repite, cuando se prolonga, cuando se convierte en permanente y como decretada definitivamente, nace fácilmente con ella la tentación de buscar en otra parte alguna ilícita compensación. El Apóstol San Pablo lo dice expresamente: "No queráis defraudaron el derecho recíproco, a no ser por algún tiempo de común acuerdo, para dedicar os a la oración; y después volved a estar juntos, no sea que os tiente Satanás por vuestra incontinencia".

Sin embargo, aunque la prueba oprima el espíritu, hay que salir victorioso. ¡Desgraciado del que perece en ella! ¿No debía luchar y orar? "Orad para no caer en la tentación". A pesar de todo, ha sido vencida su voluntad. Pero, junto con la lucha y con la oración, ¿ha hecho todo lo que debía, todo lo que podía? Le quedaba todavía algo grande, algo hermoso. Aquel marido, aquella mujer a quien se ama, a quien se ha ligado la propia vida, es un alma queridísima, y esta alma está en peligro; más todavía, está más que en peligro, porque vive habitualmente en estado de pecado mortal, del cual no puede salir más que con el arrepentimiento y con la voluntad de cumplir con su deber en el porvenir. ¿Y no se pondría todo el interés posible, todo absolutamente y cueste lo que cueste, por salvarla? ¿No es éste uno de los primeras deberes de la fidelidad y el más urgente de todos los apostolados? Apostolado difícil, pero que un amor poderoso y puro haría fructuoso. Sin duda ninguna hace falta constancia, energía dulce y paciente, es necesaria la persuasión, es necesaria la oración, mucha oración suplicante y confiada; pero es necesario también el amor, el amor de todos los momentos, amor delicado, tierno, dispuesto a todos los sacrificios, a todas las concesiones que no sean contra la conciencia, amor solícito para satisfacer, para prevenir cualquier deseo, acaso también cualquier capricho inocuo, para reconquistar el corazón extraviado y volverlo a traer al camino del deber.

Pero a pesar de todo, dirán acaso algunos, semejante esfuerzo no siempre tendrá éxito. Aunque solamente lo obtuviera una vez, valdría de verdad la pena de intentarlo con toda decisión. Hasta que no se ha hecho este esfuerzo a fondo, de todas las maneras, con perseverancia, no se puede decir que se ha hecho todo; y hasta que no se ha hecho todo, no hay derecho a desesperar del éxito. ¡Es un alma, un alma tan preciosa! Y aunque no se llegase a triunfar sobre la obstinación o la pusilanimidad del culpable, la lucha haría a aquella alma más fuerte para mantenerse, a pesar de la prueba, en una irreprensible fidelidad.

III. Nos hemos enumerado recientemente las separaciones forzadas de los cónyuges entre los enemigos de la unión indisoluble; debemos ahora computarlas también entre las pruebas de la fidelidad. Ninguno de los dos espesos es culpable; pero hay aquí también una prueba dura y peligrosa. Nos no volveremos hoy sobre el tema sino para indicar brevemente una forma especial de esta separación; separación parcial y de la que ningún extraño cae en la cuenta, pero que no es por eso menos grave y penosa. Nos referimos a las dolencias, a las enfermedades, que imponen a veces durante un largo período de tiempo una continencia perfecta, mientras se sigue juntos, amánsese como el primer día y deseando vivir cristianamente. Entonces, para conservar la fidelidad en su indefectible perfección, en su exquisita delicadeza, es menester que el amor sea fuerte, que la fe sea viva. Entonces hay que vigilar, luchar, orar, fortificar el alma, el corazón y los sentidos con el alimento divino de la Santa Comunión. Entonces conviene elevar el espíritu al ideal del amor verdadero y noble, que supera incomparablemente al pobre amor puramente humano, siempre más o menos egoísta. ¿Qué prueba, qué hora es ésta? Es la prueba y la hora en que el amor conyugal se confunde, sublimándose, con el amor del prójimo hacia el herido, caído junto al camino de Jericó, para socorrerle, para curarle, para consolarle, para amarle como a sí mismo. ¿Y qué prójimo más prójimo que el marido para la mujer y la mujer para el marido? Entonces el uno para con el otro se hacen el piadoso samaritano o la piadosa samaritana, y la asistencia mutua y afectuosa; los cuidados y las oraciones son un nuevo sello de la fidelidad jurada ante Dios y en su amor.

A quien así se eleva, y lucha, y ora, y vive de Dios, no se le puede nunca negar la gracia. Nos rogamos al Señor que aleje de vosotros semejantes pruebas; pero si su amorosa providencia dispusiese otra cosa, le suplica que no sufra el que seáis tentados o probados por encima de vuestras fuerzas, sino que os procure con la tentación el camino de la evasión y del triunfo, para que podáis sosteneros. Con este voto os damos de todo corazón nuestra paternal bendición apostólica.

LAS VIRTUDES DEL HOGAR DOMÉSTICO

I. ¿Qué es un hogar?

27 de Enero de 1943. (Ecclesia, 13 de Febrero de 1943)

El gozo que Nos siempre experimentamos al acoger a nuestro alrededor a los recién casados que vienen a pedir nuestra bendición, nace, entre otros motivos, de la esperanza que nos infunde el contemplar y considerar en ellos el santo y vasto oficio que Dios le confía, como es el de restaurar y fomentar una sociedad sana, fuerte, animada de espíritu y de sentimientos profunda y prácticamente cristianos. ¿Y no es eso lo que les está pidiendo el simple hecho de ser llamados a fundar un hogar?

¡El hogar! ¡Cuántas veces, sobre todo desde que pensasteis en bodas, desde el tiempo de vuestro noviazgo, vosotros, amados recién casados, habéis escuchado resonar en vuestros oídos esta palabra entre el coro de los parabienes y felicitaciones de vuestros parientes y amigos! ¡Cuántas veces ha subido espontáneamente de vuestro corazón a vuestros labios! ¡Cuántas veces os ha llenado de una dulzura inefable, compendiando en sí todo un ensueño, todo un ideal, toda una vida! ¡Palabra de amor, - palabra de encanto que todas las almas buenas comprenden y escuchan con deleite, sea que saboreen su intimidad actual, sea que piensen en ella con dolor en la lejanía, en la ausencia, en la cautividad, sea que alegremente abriguen la esperanza de un pronto regreso!

Sin embargo, tal vez este mismo encanto conduce fácilmente a una concepción vaga del hogar, como envuelto en una nube de rosa y de oro. Nos, por lo mismo, quisiéramos esta mañana haceros profundizar más en su significado. Nada quitará la precisión a su poesía, sino que manifestará mejor su belleza, su grandeza y su fecundidad.

I. Mucho dice, pues, el hogar, y puede referirse a muchas y variadas cosas. Se llama así la casa en que nacemos: el hogar paterno, conyugal, doméstico, o también, en sentido lato, el hogar del estudiante, del artista, del soldado. Hay también hogares de estudio, de ciencia, de oración, de acción, de apostolado. En el orden material, ahí tenéis el hogar con verdadero fuego, al que se acude para calentarse o para cocer los alimentos; el hogar de los hornos para la elaboración del hierro y ores metales; el hogar de la caldera de vapor, que da a la máquina su fuerza motriz. ¿No descubre el médico en su enfermo el foco de infección que pone su vida en peligro, o el foco epidémico cuando una enfermedad ataca al mismo tiempo a varias personas de una misma manzana o de un mismo barrio? La antigüedad pagana tenía por sagrado el culto del hogar doméstico, cuya diosa era Estia, y enaltecía el heroísmo de aquellos esforzados que combatían por sus altares y sus hogares: "pro aris et focis". ¿No se deriva del mismo vocablo "focus" el término "enfoque" de la lente y del espejo, que es el punto en que confluyen los rayos refringidos o reflejos?.

Todas estas acepciones y sentidos deben tener como base algo común que justifique el común apelativa. La leyenda —no la queremos llamar historia— narra que en el cerco de Siracusa el gran Arquímedes se sirvió de potentes espejos cóncavos para incendiar desde lejos la flota de Marcelo. Sin recurrir a semejantes ejemplos, ¿no os ha sucedido nunca entre las diversiones de vuestra niñez prender fuego, con una lente mantenida en el punto preciso, a algunos trozos de papel o a un poco de estopa? Los rayos del sol convergen en un punto fijo para desviarse luego, difundiéndose de nuevo con una intensidad de calor y de luz considerablemente aumentada, como si este punto, este "enfoque", hubiera sido a su vez un pequeño sol. Ése es el hogar en cualquiera de los órdenes a los que se aplique este nombre: el punto en que todo se concentra para irradiarse de nuevo.

II. El hogar del que ahora queremos hablar es el de la familia que habéis fundado y encendido con vuestro matrimonio. Pero para merecer la alabanza de este hermoso nombre hay que cumplir una doble condición: la de concentrar e irradiar calor y luz. ¿Constituyen acaso un hogar los jóvenes esposos cuyo placer consiste en salir lo más posible de casa y no tienen buen humor sino en las fiestas, en las visitas, en los viajes y temporadas de recreo y en los espectáculos mundanos? No; no es un hogar la habitación descuidada, fría, desierta, muda, oscura, sin la serena y cálida lumbre de la convivencia familiar. Pero tampoco son verdaderos hogares aquellas moradas demasiado cerradas, clausuradas y casi inaccesibles, en las que no convergen la luz y el calor de fuera y que no irradian hacia el exterior, semejantes a cárceles o a yermos de solitarios.

Y sin embargo, ¡es tan hermoso un hogar intimo, pero que irradie! ¡Sea así el vuestro, amados hijos e hijas, a imagen y semejanza del hogar de Nazaret! No ha habido ninguno más recogido que aquél, pero al mismo tiempo más cordial, más amable, más pacífico en su pobreza, más irradiador; porque, ¿no vive acaso y no se ilumina con su irradiación la sociedad cristiana? Mirad: a medida que se aleja de ella, el mundo se entenebrece y se hiela.

III. ¿Cuáles son, pues, esos rayos que deben aunarse y concentrarse en vuestro hogar para encontrar allí la fuerza de expansionarse luego en amplios haces de luz y de calor? Son variadísimos, como son varios los que emanan del sol con su gama infinita de colores y graduaciones, unos más luminosos, otros más cálidos. Son las gracias y los alicientes del espíritu del corazón, del alma: se les suele llamar cualidades, dones, talentos: unos son el tesoro de tira doble herencia atávica: otros se han adquirido por el trabajo, el esfuerzo y la lucha: los más preciosos son las virtudes infundidas misteriosa en la naturaleza humana por la gratuita caridad del Espíritu Santo y aumentadas mediante el ejercicio de la vida cristiana.

Vuestras familias eran hasta ayer ajenas una a otra: ambas tenían sus tradiciones, sus recuerdos, sus rasgos os propios de espíritu y corazón, que les daban una fisonomía peculiar; ambas tenían sus relaciones de parentesco y amistad; cuando he aquí que estos dos coros el día de vuestra boda se han concertado en vosotros en una nueva armonía, que se prolongará en vuestra descendencia, pero que comienza ya a resonar a vuestro alrededor Dotados de esta doble herencia, os enriquecéis además con vuestras aportaciones personales puestas en común: los sucesos y encuentros de vuestra vida doméstica, profesional y social, vuestras conversaciones y lecturas, vuestros estudios literarios, científicos, artísticos, tal vez incluso filosóficos, pero sobre todo religiosos, os devuelven a las horas de intimidad, cargados de polen, como las abejas cuando se vuelven a las colmenas; y en vuestros confidenciales coloquios destiláis una miel dulcísima, nutrida, ante todo, para vosotros mismos y que comunicaréis, tal vez sin daros cuenta, a los que os traten. En el contacto de cada día, en la necesaria concordia recíproca de pensamientos y de vida que se consigue por medio de innumerables pequeñas concesiones e innumerables pequeñas victorias, conseguiréis y aumentaréis de grado las virtudes morales, la. fuerza y la dulzura, el ardor y la paciencia, la franqueza y la delicadeza. Ellas os unirán en un afecto siempre creciente, pondrán vuestro sello en la educación de vuestros hijos y darán a vuestra morada el atractivo de un encanto que no cesará de irradiarse en la sociedad que os trata u os rodea.

Tales han de ser las virtudes del hogar doméstico: en los esposos cristianos y en la familia cristiana están santificadas y elevadas al orden sobrenatural, y por lo mismo son de un valor incomparablemente superior a todas las capacidades naturales, porque cuando fuisteis hechos hijos de Dios se os injertaron con la gracia en el alma esas facultades de orden divino que ni los más heroicos esfuerzos puramente humanos serían capaces de engendrar tan siquiera en un grado ínfimo.

De estas virtudes hablaremos a los jóvenes esposos que os sigan, cristianos como vosotros. Nos esperamos que leáis estas nuestras enseñanzas: más aún, confiamos en que serán leídas con fruto también por almas rectas y nobles, aunque no tengan, como vosotros, la dicha de vivir esta vida divina. Cultivando y perfeccionando leal y generosamente sus virtudes naturales atraerán sobre sí con su generosidad y su lealtad la luz y la ayuda de Dios; ansiarán con santa envidia estos dones sobrenaturales de la fe; la esperanza y la caridad, que clama la vida del hombre, aun en este mundo, una dignidad incomparable para hacerlo en la eternidad partícipe de la felicidad de Dios. Ansiando así estos dones sublimes, tenderán su mirada hacia el cielo, invocarán al Padre de las luces, se volverán hacia la Cruz del Redentor, única esperanza; se abrirán al Espíritu, que es amor, y serán llenas de Él, porque a quien cumple rectamente con su propio deber, tal como lo conoce y no peca contra la luz. Dios le da la luz en mayor abundancia para llegarse a Él, y nunca rehusa su gracia.

Esta gracia la imploramos de todo corazón para vosotros y para todos aquellos a quienes por la irradiación de vuestro hogar llegará nuestra palabra paterna, mientras, en prenda y auspicio de los dones divinos os damos con especial afecto la bendición apostólica.

II. ¿Qué es la virtud?

7 de Abril de 1943. (Ecclesia, 24 de Abril de 1943.)

Bienvenidos seáis, amados recién casados, a quienes la fe y la esperanza hacen correr hasta Nos para recibir, con nuestra bendición, la bendición de Cristo sobre el hogar que habéis fundado en el amor. Vosotros os imagináis hermoso este hogar; no que os lo imaginéis sin pruebas y sin lágrimas, porque sabéis que esto sería acá abajo una esperanza vara. Pero os lo imagináis hermoso porque, a pesar de las pruebas y de las lágrimas, queréis que sea casto, santo, amable, atrayente, radiante; en una palabra, como hemos procurado describíroslo en nuestro último discurso a los recién casados que os han precedido.

¿Pero cómo llevar a la práctica lo mejor que se pueda un ideal tan elevado? Desde vuestro noviazgo habéis hecho sabios propósitos y fervorosos preparativos para construir, ordenar, establecer y montar viva y risueña vuestra casa; os lo exigían la prudencia y la previsión; pero más que nada triunfaba el deseo común de ayudaros mutuamente para perfeccionaros y crecer en todas las virtudes, a emularos mutuamente en el bien y en el mutuo acuerdo, que son los elementos necesarios para la constitución del hogar que vosotros deseáis.

Pero, ¿qué son estas virtudes? Y más es especial, ¿qué son las virtudes del hogar doméstico?.

Es realmente una desgracia que una palabra tan noble como es la de "virtud" haya sido profanada, no tanto, es verdad, por desprecio o por burla, cuanto por el abuso y extensión que de ella se ha hecho, diluyéndola hasta hacerla equívoca, mezquina y hasta desagradable al oído de la gente verdaderamente virtuosa. En sentido propio la palabra "virtud", "virtus", derivada de "vir", significa fortaleza, y sirve para designar una fuerza capaz de producir un fin bueno. Así, por ejemplo, en el orden puramente físico (en donde las potencias naturales obran necesariamente según normas fijas) se habla de la "virtud" de algunas plantas medicinales; en cambio, en el orden jurídico y social (en donde los seres racionales son libres en el obrar) el superior manda en "virtud" de su autoridad, mientras que el inferior se siente obligado en virtud" de la ley divina o humana natural o positiva; cada uno puede estar obligado a hacer un acto, que podría omitir libremente si no estuviese ligado en "virtud" de su juramento o de su palabra de honor. También el orden intelectual tiene sus "virtudes": la sabiduría, la inteligencia, la ciencia, la prudencia, que guían la voluntad; nuestra memoria tiene la virtud de conservar los datos que le han sido confiados; la imaginación tiene la virtud de hacernos sensibles las formas de las cosas ausentes, lejanas o pasadas, de representarnos las que son espirituales y abstractas; la inteligencia tiene la virtud de elevarnos más allá de los sentidos y aun descubrirnos lo que hemos recibido por ellos.

Pero más comúnmente el nombre de virtud se aplica al orden moral, en el que las virtudes del corazón, de la voluntad y de la inteligencia dan la dignidad, la nobleza y el verdadero valor de la vida.

De estas virtudes del orden moral nos proponemos hablaros, y lo haremos en cuanto que son virtudes del hogar y adquieren importancia por la intimidad y la irradiación de la familia. ¿De dónde efectivamente nace y resulta la verdadera vida de un buen hogar doméstico, sino precisamente del concurso de estas virtudes, tan variadas, tan sólidas y encantadoras, que los dos novios desean encontrar el uno en el otro y con las que querrían adornarse como con las joyas más preciosas?

Imaginaos uno de estos hogares verdaderamente modelo. Veis allí a cada uno diligente y solícito en cumplir a conciencia y eficazmente el propio deber, en agradar a todos, practicar la justicia, la sinceridad, la dulzura, la abnegación de sí mismo con la sonrisa en los labios y en el corazón, la paciencia en el soportar y en el perdonar, la fuerza en la hora de la prueba y bajo el peso del trabajo. Veis allí a los padres que educan a los hijos en el amor y en la práctica de todas las virtudes. En este hogar Dios es honrado y servido con fidelidad, el prójimo es tratado con bondad. ¿Hay o puede haber nada más hermoso y edificante?

En realidad no habría ni podría haber nada más hermoso que un hogar semejante si Dios, que ha creado al hombre dotado de facultades que sirven para adquirir, perfeccionar y practicar estas virtudes y hacer fructificar estos dones, no hubiera sido todavía más soberanamente bienhechor y generoso, acudiendo de nuevo para comunicarle una vida divina, la gracia, que le hace hijo adoptivo de Dios, e infundirle con ella ciertas potencias, fuerzas nuevas de carácter divino, ayudas infinitamente más allá de la capacidad de toda naturaleza creada. Por eso estas virtudes son llamadas "sobrenaturales" y esencialmente lo son. En cuanto a las otras, las virtudes naturales y humanas de orden moral, la naturaleza da la inclinación y la disposición para ellas, no la perfección, y el hombre puede adquirirlas y aumentarlas con su esfuerzo personal; pero la adopción divina con la forma de la caridad sobrenaturaliza sus actos y los hace resplandecer con un fulgor y una eficacia que valen para la vida eterna.

Estas virtudes sobrenaturales se llaman infusas, porque han sido en cierto modo derramadas en el alma, unidas con la gracia santificante, con lo cual el alma queda elevada a la vida divina y a la dignidad de hija de Dios. De la misma manera que nuestros órganos, en virtud de su oficio y de su constitución fisiológica, aseguran la conservación, el desarrollo y la salud de nuestra vida corporal, como nuestro espíritu, en virtud de sus facultades, mantiene, alimenta, perfecciona y enriquece nuestra vida intelectual; como nuestra voluntad, en virtud de su libertad iluminada y vigilada por la conciencia, asegura y dirige nuestra vida moral por los senderos de la justicia, hacia el bien y la felicidad de nuestra naturaleza humana, o por lo menos hacia lo que así le parece; así la actividad de una vida sobrenatural de la gracia, en fuerza de aquellas facultades superiores que son las virtudes infusas, nos dirige hacia la plenitud del vigor espiritual acá abajo, hacia la participación de la felicidad divina, un día, en el cielo, durante una eternidad.

Las virtudes infusas sobrenaturales no son sino el regalo que el día del bautismo hace a sus hijos el Padre celestial.

¿Cómo? Aquel pequeñín que, escondido antes en el santuario del seno materno, veréis derramar después de algunos meses sus primeras lágrimas, esperando sus primeras sonrisas, que nunca brillan sino después del llanto; el día en que, orgullosos de vuestra paternidad, al volver a la iglesia, le lleváis, regenerado ya con las aguas del bautismo, a su madre, para que le dé un beso, más tierno todavía del que le dio al salir de casa; este niño, pues, ¿tendrá ya virtudes tan altas y tan sublimes como aquellas que vencen a la naturaleza? No lo dudéis.

¿No ha recibido acaso de vosotros desde que nació, desde el primer instante de su existencia, un sello, en el que bien pronto será fácil reconocer la semejanza de su doble ascendencia paterna y materna? En realidad, aquellos primeros días un niño se diferencia bien poco de los otros recién nacidos. Pero después, sin esperar a que hable o a que se explique, descubriréis en sus gracias, en sus caprichos, algún detalle de vuestro carácter; luego su inteligencia y su voluntad se despertarán, o mejor aún se manifestarán, porque sabido es que, dormidas en cierto modo hasta entonces, inactivas, sin embargo recogían del exterior tantas ideas y deseos de cosas con sus inquietas y ávidas miradas y deseos y llantos; y que no solamente en el día de sus primeras manifestaciones habéis transmitido a vuestro hijo aquellos rasgos de fisonomía física, intelectual y moral.

De la misma manera, en el orden de la gracia aquellas facultades divinas, que son las virtudes de fe, esperanza y caridad, han sido infundidas por Dios en él con el sacramento del bautismo, que le regenera a la vida espiritual; y del mismo modo los gérmenes racionales e individuales que les llevan alas virtudes naturales, comunicados por vosotros con la generación, son protegidos y custodiados, en virtud de esta regeneración, hasta el uso de la razón.

Ahora podéis entender bien en cuál sentido nos pretendemos hablar de las virtudes del hogar; en el sentido de que la gracia desea unirse en la familia a las buenas disposiciones de la naturaleza, que llevan a la virtud, y a vencer a las malas, en cuanto que "los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal desde la adolescencia". Pero sobre la naturaleza triunfa la gracia y la exalta, dando el poder de hacer hijos de Dios a los que creen en el nombre de Cristo, "los cuales no por vía de sangre ni por voluntad de la carne ni por voluntad de hombre, sino de Dios, han nacido".

No olvidéis que todos nacemos con el pecado original y que si la nueva familia une en sí las virtudes naturales y cristianas, cultivadas antes en los recién casados por la educación sana y religiosa que tuvieron en su casa, educación basada en tradiciones y mantenida y transmitida de generación en generación, ellos, los recién casados, vienen con ello a formar un hogar, que emula y continúa la santa y virtuosa belleza de sus antepasados r - y de sus familias en donde ellos nacieron. Porque si el bautismo hace a los niños hijos de Dios y basta para hacerles ángeles del cielo antes del uso de la razón y de la recta cognición del bien y del mal, su educación, sin embargo, ha de iniciarse ya desde la niñez, porque las buenas inclinaciones naturales pueden extraviarse cuando no van bien dirigidas y desarrolladas con actos buenos, que con su repetición las transforman propiamente en virtudes, bajo la dirección del entendimiento y de la voluntad, hasta más allá de la edad infantil o pueril.

¿Acaso la disciplina y la vigilancia de los padrea no son las que forman e informan el carácter de los hijos? ¿No es su ejemplar actitud virtuosa la que enseña a los hijos mismos el camino del bien y de la virtud y custodia en ellos el tesoro de la gracia y de todas las virtudes que le están unidas recibidas en el bautismo?

Acordaos también de que

"rade volte risurge per le rami
l'humana probitade; e questo vuole
quei che la dá, perchè da lui si chiami".

Por eso aun aquellos hijos que gozan de una buena condición tienen necesidad de gran cuidado para desarrollarse bien y ser honor del hogar doméstico y del nombre de sus padres. Alzad, pues, a Dios vuestras devotas plegarias, oh jóvenes esposos, herederos de los hogares cristianos de vuestros padres y de vuestros abuelos, para que en vuestros hijos resuciten vuestras virtudes y se difunda sobre todos las que os rodean cl reflejo de su luz y de su calor. ¡Qué magnífico ejemplo va a ser el vuestro! ¡Qué misión y al mismo tiempo qué augusta responsabilidad! Hacedle frente con valor, con alegría y con humildad, en el santo temor de Dios, que es el que forma a los héroes de las virtudes conyugales y atrae del cielo la abundancia de las más escogidas gracias.

Para tan alto y religioso fin, y para que os acompañe en todos los días de vuestra vida, os damos con efusión de corazón nuestra paternal bendición apostólica.

III. Cómo se cultivan las virtudes

14 de Abril de 1943. (Oss. Rom., 15 de Abril de 1943.)

De todas los tesoros que os habéis traído el uno al otro, queridos recién casados, y que ponéis en común para embellecer con ellos vuestro hogar doméstico y para transmitirlos a los hijos y a las generaciones que nacerán de vosotros, no hay ninguno que enriquezca tanto, fecunde, adorne la morada y la vida familiar, como el tesoro de las virtudes: buenas disposiciones naturales heredadas de vuestros padres, de vuestros abuelos, y transformadas en virtudes con la repetición de los actos; virtudes sobrenaturales recibidas en la fuente del bautismo, al que vuestros mismos padres os condujeron a vuestro nacimiento.

Estas virtudes, que se suelen comparar a las flores —lirio de pureza, rosa de caridad, violeta de humildad—, es preciso cultivarlas en el hogar y para el hogar.

Pero he aquí que algunos espíritus poco instruidos o superficiales, o simplemente indolentes y ansiosos sólo de ahorrarse cualquier esfuerzo, os dicen: ¿Para qué fatigarse tanto por cultivar las virtudes? Si son sobrenaturales, son un don gratuito de Dios; ¿qué necesidad hay, por lo tanto, del trabajo del hombre, y de qué eficacia puede ser una acción tal, desde el momento que la obra es divina y que no tenemos en ella poder alguno?

Eso es razonar mal; lo comprendéis bien vosotros mismos. Vosotros responderéis con San Pablo: "Por la gracia del Señor soy lo que soy, y su gracia, que está en mí, no ha sido infructuosa". Ciertamente sólo Dios infunde en el alma las virtudes esencialmente sobrenaturales de la Fe, Esperanza y Caridad; sólo Él viene a injertar sobre las virtudes naturales la virtud de Cristo, que les comunica su vida divina y hace de ellas otras tantas virtudes sobrenaturales. Pero, ¿a quién le asaltará el pensamiento de que tales flores divinas sean comparables a las pobres flores artificiales, de papel o de seda, flores sin vida, sin perfume, sin fecundidad? Esas últimas, es verdad, no se marchitan; permanecen tales como fueron hechas. No mueren: pero en cambio las flores naturales de nuestros jardines son bien delicadas: el viento las deseca, el hielo las quema, son sensibles lo mismo al exceso que a la falta de sol o de lluvia. Es preciso que el jardinero las cuide atentamente para protegerlas. Es necesario que las cultive.

De manera semejante —porque las cosas terrenas no son una imagen perfecta de las divinas— también las flores sobrenaturales, con las que el Padre celestial adorna la cuna del niño recién nacido, exigen solícitos cuidados para no morir; requieren todavía más para vivir, para abrirse y producir sus frutos. Pero tienen sobre las flores naturales de los jardines de la tierra esta superioridad, que aunque expuestas también ellas a morir, están sin embargo destinadas a la inmortalidad, a aumentar indefinidamente el esplendor, sin que su marchitez sea la triste condición de su fecundidad. A crecer hasta que plazca al jardinero divino cogerlas para adornar y perfumar eternamente con ellas el jardín del Paraíso.

¿Cómo se han de cultivar, pues, las virtudes? Del mismo modo que las flores. Hace falta defender a estas flores contra las causas de muerte, fecundar su brote y su desarrollo; un sabio y hábil cultivo llega a traspasar a ellas las cualidades y las bellezas de otras. Así ocurre también en el cultivo de las flores sobrenaturales que son las virtudes.

¿No habéis acaso, jóvenes esposos, tenido cuidado de ofrecer a vuestras novias algunas flores desde vuestra promesa hasta vuestras bodas? Flores brillantes o modestas, cortadas de la planta y colocadas en vasos llenos de agua limpia, donde, a pesar de todo, muy pronto se marchitaban; cuando esto ocurría, les llevabais otros ramos más frescos. Mañana en casa, en un ángulo de jardín, aunque no sea sino en una humilde caja puesta sobre el antepecho de la ventana, removeréis un poco de tierra, depositaréis una semilla, la regaréis; después, con una curiosidad casi ansiosa, espiaréis la aparición de una pequeña punta verde, del tallo, de las hojas, la sonrisa del primer botón, en fin, el abrirse de las flores. ¡De cuántos cuidados las vais a rodear!.

Sin duda, Dios no niega su gracia ni siquiera a un infiel; así, señor y dueño de sus dones, puede dársela para actos virtuosos, incluso extraordinarios. Pero, según el orden normal de su providencia, la verdadera vida virtuosa florece y llega a plena madurez, desde que con el Bautismo se infunden las virtudes en el alma del nido, donde, como en una buena tierra, se desarrollarán progresivamente, cuando sean cultivadas con cuidado.

Aquel Dios que ha creado la tierra con sus elementos nutritivos, el sol que ilumina y calienta la planta, la lluvia y el rocío que la refrescan, ha creado también la naturaleza humana, el alma que Él une al cuerpo formado en el seno materno, y esta naturaleza es un terreno rico de buenas disposiciones e inclinaciones. Él pone en esta misma naturaleza la luz de la inteligencia, el calor, el vigor de la voluntad y del sentimiento; pero en esta tierra, bajo esta luz y este calor, Él deposita, animándolas con vida divina, las virtudes sobrenaturales, como gérmenes escondidos, y mandará el sol, la lluvia y el rocío de su gracia, para que el ejercicio de las virtudes, y con él las virtudes mismas, avancen y se desenvuelvan. Pero hace falta todavía que el trabajo del hombre coopere con los dones y con la acción de Dios. Y, ante todo, desde el primer instante, la educación del niño por parte del padre y de la madre; luego, la correspondencia personal por parte del niño mismo, a medida que va siendo adolescente y hombre.

Si la cooperación de los padres con la potencia creadora de Dios, para dar la vida a un futuro elegido del cielo, es uno de los designios más admirables de la Providencia para honrar la humanidad, ¿no es todavía más admirable su cooperación para formar un cristiano? Esta cooperación es tan real y eficaz, que un autor católico ha podido escribir un libro delicioso sobre las "Madres de los Santos". ¿Qué padres dignos de este nombre dudarían en apreciar un tan grande honor y en corresponder a él?

Pero también en vosotros mismos, o más bien ante todo en vosotros mismos, hace falta que cultivéis las virtudes. Lo exige vuestra misión y vuestra dignidad. Cuanto más perfecta y santa es el alma de los padres, tanto más delicada y rica es en todo caso la educación que dan a sus hijos. Los hijos son "como el árbol plantado en la ribera del agua, que da a su tiempo su fruto, y no ve secarse sus hojas". ¿Pero qué poder ejercerá sobre ellos, queridos esposos, vuestro modo y tenor de vista, que tendrán ante sus ojos desde su nacimiento? No olvidéis que el ejemplo obra sobre aquellas pequeñas criaturas incluso antes de la edad en que podrán comprender las lecciones que reciban de vuestros labios. Pero aun suponiendo que Dios supla con fervores excepcionales el defecto de educación, ¿cómo serían verdaderamente virtudes del hogar doméstico aquéllas que, a la vez que florecen en el corazón del niño, están secas y marchitas en cambio en el corazón del padre y de la madre?.

Además, el jardinero tiene un doble oficio: poner la planta en condiciones de beneficiarse de las circunstancias exteriores y no sufrir con ellas; trabajar la tierra y la planta misma para favorecer su crecimiento, floración y fruto.

Por eso, vosotros tenéis el deber de preservar al niño y a vosotros mismos, de todo lo que podría poner en peligro vuestra vida honesta y cristiana y la de vuestros hijos, de todo lo que podría entenebrecer o dañar vuestra fe y la suya, ofuscar la pureza, la claridad, la frescura de vuestras almas y las suyas. ¡Cuánto son de lamentar aquellos que no tienen en absoluto conciencia de esta responsabilidad, ni consideran el mal que se haces: a sí mismos y a las inocentes criaturas, que han dada a la luz de este mundo, cuando desconocen el peligro de tantas imprudencias de lecturas, de espectáculos, de relaciones, de usos, cuando no se dan cuenta de que sin día la imaginación, la sensualidad, harán revivir en el espíritu y en el corazón del adolescente lo que de niño sus ojos habían entrevisto sin comprender! Preservar no basta hace falta ir deliberadamente al sol, a la luz, al calor de la doctrina de Cristo, buscar la rociada y la lluvia de su gracia para recibir de ella la vida, el desarrollo, el vigor. Pero hay todavía más. Si no hubiera existido el pecado original, Dios habría mandado al padre y a la madre de familia, como a nuestros progenitores, que trabajaran la tierra, que cultivaran las flores y los frutos, pero de modo que el trabajo hubiera sido al hombre alegre, no gravoso. Pero el pecado, tan frecuentemente olvidado, práctica o descaradamente negado, ha hecho el trabajo austero: la naturaleza, como la tierra, pide ser trabajada con el sudor de la frente. Es preciso trabajar incesantemente, escardar, arrancar las malas inclinaciones, los gérmenes viciosos, combatir los influjos nocivos; es preciso cortar, podar, es decir, rectificar las desviaciones hasta de las mejores tendencias; hace falta, según los casos, estimular la inercia, la indolencia en la práctica de algunas virtudes, frenar o regular la tendencia natural, la espontaneidad en el ejercicio de otras, a fin de asegurar el armonioso incremento de todas.

Este trabajo es de todos los instantes de la vida; se extiende al cumplimiento de los otros trabajos diarios, y da a éstos el único valor que importa en definitiva, y juntamente su belleza, su encanto, su perfume. ¡Que vuestro hogar, gracias a vuestros cuidados, tienda a resultar semejante al de la Sagrada Familia de Nazaret, y sea un jardín íntimo, donde el Maestro guste de venir a cortar lirios!. Sobre él descenderá, como rocío, su bendición fecundante, en prenda de la cual os impartimos de corazón nuestra paterna bendición apostólica.

IV. La Fe:

a) Los secretos del padre

5 de Mayo de 1943. (Ecclesia, 22 de Mayo de 1943.)

El florecer de la vida humana en la familia, queridos recién casados, es un gran misterio de la naturaleza y de Dios que envuelve como en un haz de enigmas al niño recién nacido y lo pone entre dos mundos: el mundo visible de la naturaleza y el mundo invisible de Dios, creador de la naturaleza y del alma inmortal, que da la vida a todo hombre. De aquí a algunos meses, si así place al Señor, el hogar que fundáis se iluminará con una nueva alegría cuando desde la cuna os sonría un niño, primer fruto de vuestro amor. Vosotros contemplaréis extasiados aquella carita; buscaréis en ella lo qué anhelan aquellos ojuelos, lo qué ansían: os buscan y anhelan a vosotros, y también otra cosa más alta: buscan y ansían a Dios. Entonces la iglesia parroquial, que os ha visto cambiar el consentimiento conyugal, verá al joven padre de familia que lleva allí al recién nacido. El sacerdote preguntará al niño: "¿Qué vienes tú a pedir a la Iglesia de Dios?" Por él responderá el padrino: "La fe". "Y la fe, ¿qué te da?" "La vida eterna". Con este diálogo se inicia el rito solemne del Bautismo, que purifica al niño del pecado original, le reviste de la gracia santificante y con el hábito de la fe le da todas las virtudes y le hace hijo de Dios y de la Esposa de Cristo, la Iglesia visible.

¡Qué poderoso tesoro es la fe! Todos los tesoros del mundo no valen para prolongar la pobre vida terrena, que vuela como una flecha lanzada al blanco; pero la fe, con sus preciosos tesoros, prepara y procura al hijo de Dios la vida eterna. ¿Y qué es esta vida eterna? Es vida indefectible del espíritu, que revivirá aunque el cuerpo se haya hecho polvo; es conocimiento de los íntimos secretos beatificantes de la divinidad, como el Redentor del mundo, en la víspera de su pasión salvadora, hubo de decir; dirigiéndose al Padre celestial: "Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, sólo verdadero Dios, y a Aquel que Tú has enviado, Jesucristo", Pero, ¿qué conocer es éste? ¿O es que no puede la razón humera con sus fuerzas llegar a conocer a Dios? Ciertamente lo puede, porque los cielos narran su gloria, y nosotros podemos elevarnos de las cosas creadas al conocimiento del Creador y a las perfecciones de su naturaleza divina. Sin embargo, Cristo dijo: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo". La razón, es verdad, puede bien conocer a Dios, y el conocimiento al que le es dado ascender es altísimo, sublime entre toda la sabiduría y la ciencia humana; pero no es todavía conocimiento que penetre en lo íntimo de Dios, como es aquel de que goza el eterno Hijo y aprenden aquéllos a quienes Él se lo revela. ¡Qué tesoro de conocimiento divino, superior a la razón, comprende, por lo tanto, la fe! Examinémoslo más de cerca.

La revelación es, ante todo, la confidencia paternal que Dios hace al hombre de sus secretos, secretos de su naturaleza y de su vida, de sus perfecciones, de sus magnificencias, de sus obras, de sus designios. ¿Comprendéis vosotros bien todo lo que una tal "confidencia" encierra en sí de amor, de ternura, de confianza, de generosidad?. Jóvenes esposas: el primer gran testimonio de vuestro afecto que os babéis dado el uno al otro ¿no ha sido, acaso y precisamente, el de comunicaros vuestras confidencias? Haceros conocer recíprocamente, hablaros de las cosas grandes y de las naderías menudas de vuestra vida de ayer, de vuestras más insignificantes ansiedades, de vuestras aspiraciones más nobles para vuestra vida de mañana, de la historia, de las tradiciones, de los recuerdos de vuestra familia, ¿no ha sido acaso el tema más vivo de vuestros afectuosos coloquios? Y estas confidencias no cesaréis de repetirlas y de continuarlas, sin llegar jamás a decíroslo todo; porque surgen del amor de que el corazón rebosa, y el día oscuro en que se detuviese la efusión, sería el día en que el manantial se ha secado. Entre estos recuerdos de vuestro pasado, vosotros recordareis la hora en que vuestro padre o vuestra madre, considerandoos ya "grandes" os hicieron participar de sus pensamientos de sus negocios e intereses, de los trabajos, de las angustias y de los sufrimientos que con su esfuerzo iban soportando para prepararos una vida más bella, tal como la proyectaban y se auguraban para vuestro porvenir. Aquella intimidad fue para vosotros una aurora de gozo. Comprendisteis el amor que la inspiraba y os sentisteis otros al llegar a ser los confidentes de vuestros padres.

Elevaos, ¡oh jóvenes esposos!, sobre vosotros mismos: también Dios se rece esposo de las almas; y, ¿no es acaso Jesucristo el Esposo de su Iglesia y la Iglesia, su Esposa amada, hecha con su propia sangre, depositaria y custodia de sus divinos secretos y quereres? Pues he aquí que este Dios de infinita bondad se abaja a la confidencia hasta nosotros, para elevarnos hasta Él: majestad inmensa, señor, creador, maestro soberano, juez infalible, remunerador generosísimo, se digna hacernos sus hijos, partícipes de sus designios y de sus graciosos tesoros, revelándonoslos y otorgándonoslos hasta no siendo nosotros capaces de comprenderlos totalmente. Él usa los nombres más dulces y queridos que suenan en la familia, y nos llama hijos, hermanos, amigos y quiere aparecer como padre, madre, esposo maravillosamente amante y celoso de nuestro bien y de nuestra felicidad. Oíd al Salvador que habla a sus apóstoles: "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Pero os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre es le he hecho saber a vosotros". ¡Qué ternura del Dios de verdad! ¿Y habría hombres tan desdeñosos de la luz, tan enemigos de todo más alto conocimiento revelado, tan insensibles a todo signo de amor, tan soberbios de la pobre razón humana, que negarán y rechazarán lo que ellos llaman el yugo de la fe? ¡Pobres pajarillos nocturnos, que desde la oscuridad de su agujero compadecen al águila que en pleno mediodía fija inmóvil la pupila en el sol!

Aunque no hubiera sino el hecho grandioso de un Dios que revela su s secretos a su criatura, ¡qué maravilla sería ya la revelación! Quien tuviera el privilegio de escuchar a un Dios revelarte, ¿cómo no se conmovería y se sentiría otro? Grandes verdades respecto del Creador enseña la naturaleza a quien la contempla con la recta razón; pero si el mismo Hijo unigénito de Dios, sin el cual nada se ha hecho de cuanto se ha hecho, convertido en nuestro hermano mortal y maestro, nos hablase de su Padre y de la íntima vida divina, que tiene común con él y es inaccesible el ingenio humano, ¡qué alegría suscitaría en el espíritu que busca y anhela la verdad! Ahora bien, precisamente aquel Dios que lo creó todo, se ha dignado hacerse conocer al hombre por medio de su mismo Hijo. Por eso pudo proclamar el discípulo predilecto de Cristo: "Nadie ha visto nunca a Dios: el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado". Sí; es un hecho, una maravilla, una enseñanza, una revelación; pero no es sino principio y preludio de hechos más maravillosos y mutaciones espirituales en la regeneración del hambre elevado a consorte de la naturaleza divina.

Salidos como somos a la vida desde el profundo y eterno designio divino, todavía no ha aparecido lo que seremos: sino que lo que hemos sido y somos en el tiempo se cumplirá en el mañana de la eternidad. Hijos de Dios, transformados en viviente semejanza suya, lo contemplaremos cara a cara tal como es en su gloria. Si durante el curso de nuestra vida mortal esto no es todavía visible en nosotros, con la fe y con la gracia de Dios somos, sin embargo, ya desde ahora, no sólo de nombre, sino en realidad hijos de Días. "Nos llamamos y somos hijos de Dios... Somos ya hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sepamos que cuando se manifieste seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es". Así hablaba el Apóstol San Juan a los primeros fieles. La revelación, la confidencia de Dios, es, pues, al mismo tiempo, una promesa, que para nosotros es una esperanza. Esperemos confiados su cumplimiento en la vida eterna; pero Dios, desde la presente, en esta vida que pasa, nos ha hecho conocer y barruntar, por decirlo así, su imagen y la belleza de su alta idea y su designio, dándonos como una prenda de él en la fe, que es "sperandarum substantia rerum, argumentum non apparentium". Porque, ¿qué es la fe sino el creer lo que no vemos?

Le profonde cose
che mi largiscon qui la lor parvenza,
agli occhi di laggiú son sí nascose,
che l'esser loro v'é in sola credenza;
sovra la qual si fonda falta spene,
e peró di sustanza prende intenza.

El amor de Dios hacia nosotros, como si no pudiese esperar hasta aclararse el pleno día, se nos hace entrever en el albor de la revelación. ¡Oh librepensadores, que no creéis en el amor que Dios nos tiene, pobres ciegos voluntarios que camináis a ojos cerrados por las tinieblas y sombras de muerte, no nos compadezcáis a nosotros los cristianos, que, si no se nos ha dado todavía aquí abajo contemplar el sol, pero movernos nuestras pasos hacia él en la claridad del alba, en el sonreír de la aurora, en la esperanza de verlo muy pronto brillante y radioso en un mediodía que no conoce ocaso! Nosotros seguimos a Cristo, creemos en Él, que es el Verbo, la Palabra, el hijo de Dios, luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Pero Él no es escuchado; las tinieblas no le quieren recibir, porque los hijos de las tinieblas huyen el Sol y prefieren a la luz la noche. Este hijo de Dios, bajado del cielo para traernos la verdad que tanto nos sublima, se preguntaba un día tristemente si cuando volviera encontraría todavía la fe sobre la tierra. Duras parecen tales palabras de Cristo a los hombres sin fe; pero Pedro, en nombre de todos los creyentes que fueron, son y serán, protesta su fe y su fidelidad, fuera de las cuales no hay sino vértigo de ignorancia y ruina de las costumbres morales: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes, palabras de vida eterna".

La vida eterna es la vida que Cristo ha revelado al hombre para elevar su espíritu inmortal sobre la materia de la que fue sacado. Come el cuerpo es un velo del alma, no de otro modo la palabra de la fe es un velo de la verdad divina, que cubre el fulgor que brota de los secretos de eterna sabiduría, entrevistos en resplandores de relámpagos, como fuentes de toda belleza. Incluso a aquellos que no poseen sino los compendiosos enunciados del catecismo, la palabra de la revelación dice la verdad de Dios. Elevando incomparablemente el espíritu sobre las concepciones groseras de los dioses del paganismo, sobre los conceptos más nobles, pero cortados en su vuelo, relativos a la divinidad, a les que se elevó la razón de un Sócrates o de un Cicerón, sobre la antigua y santa, pero incompleta revelación que Dios había hecho a su pueblo escogido, el mensaje de Cristo, maestro de su pueblo y de todas las gentes, nos descubre al Dios viviente, no en una fría soledad, sino en la infinita felicidad de su pensamiento y de su amor fecundo, en el esplendor de su inefable Trinidad: sublime mensaje de luz incomparable, que nos muestra a Dios, que crea con un simple acto de su voluntad, no para adquirir algún bien, sino para manifestar la inexhausta difusión de su bondad, el universo con todas sus maravillas; da a todas la.-, naturalezas, en el mar de ser, el instinto las leyes y el impulso que las guíen en su marcha: a diversos puerto: siembra a través de los días, de los siglos, la vida sobre la tierra y todo para preparar al hombre, el último venido, la estancia feliz donde morase antes de subir a la gloria y de hacerse feliz con el gozo de su Señor.

Pero la verdad respecto al hombre, que se nos ha declarado en la revelación, es a la vez triste y confortante. Dios le había datado de preciosos dones sobrenaturales y, preternaturales, y el hombre cae de la misteriosa participación de la vida divina; pero Dios, en su ternura paterna, no le abandonó y decidió volverle a levantar a la dignidad perdida. Y ésta es la admirable historia de la inefable redención humana: el hijo de Dios, hecho hombre, convertido en hermano nuestro, guía nuestro, amigo nuestro, modelo y maestro nuestro de verdad y de virtud, pan nuestro de vida eterna; el Hombre-Dios, que expirando sobre una cruz y resucitando del sepulcro, sube a la gloria cano abogado nuestro ante el Padre, para prepararnos allí arriba nuestra eterna morada de felicidad, enviando acá al Espíritu Santo, espíritu de amor infinito de Dios creador y redentor, a habitar en nosotros, alma de nuestra alma, vida de nuestra vida, voz de nuestra plegaria, suspiro de nuestros afanes. ¿Qué más? Nuestro Salvador dejó aquí su Iglesia, esposa de su sangre, depositaria indefectible de la infalible palabra y dispensadora de la misericordia reparadora, para preservar a los hombres del error, para levantarlos de toda caída, para afirmamos en el bien y en la vía recta, para confortarlos en el dolor y en el ocaso de su vida. Más allá de nuestro ocaso, ¿qué va a ocurrir? La revelación nos habla de nuestro porvenir y de nuestro destino; nos dice que seremos juzgados; ¿y por quién? Por aquel mismo Salvador que murió para darnos la vida; por aquel Hijo que constituyó a su Madre por Madre nuestra y abogada de intercesión irresistible ante él. La revelación promete a nuestro arrepentimiento la remisión de los pecados; a nuestro cuerpo, sujeto a tantas miserias, indócil compañero y tirano insidioso del alma, la resurrección del polvo en que ha de convertirse, para volverse a unir inmortal con ella en una vida de felicidad imperecedera, si una obstinada repulsa de la salvación no cima para siempre al hombre la puerta al gozo del Señor.

En el camino de la salvación luce siempre la fe, lámpara esplendente en lugares tenebrosos, la cual con la esperanza y la caridad guía, sostiene y fortifica la voluntad en la vía del bien y de la virtud, que es también vuestra vía, jóvenes esposos.

Ella inunda el matrimonio y la familia con una luz y un calor, en comparación de los cuales una concepción puramente natural y terrena de aquel sagrada vínculo no parece difundir sino fría sombra y luz crepuscular. Vosotros, que os habéis unido en las bodas cristianas, sois por la fe y por el bautismo, hijos de Dios, no como Cristo, Hijo de Dios engendrado desde la eternidad por el Padre en la misma naturaleza divina, sino hijos por adopción, regenerados por gracia del Espíritu Santo en el agua de salud. El esposo a quien tú, joven esposa has dado tu consentimiento ante el altar, es hermano de Cristo y su coheredero de la gloria eterna. Y la esposa que tú, oh joven esposo, has unido a ti, es una hermana de María, y por amor de la madre de Dios debe serte sagrada y venerada. Habéis sido llamados a ayudaros mutuamente, a guiaros y conducir os en la peregrinación a la patria celestial y eterna.

Los hijos que Dios os conceda no tienen destino diverso del vuestro: al nacer, el agua del bautismo les espera para hacerles, como a vosotros, hijos de Dios y un día ciudadanos del cielo. Aunque un recién nacido debiera morir inmediatamente después de su nacimiento y bautismo, no digáis vanas las esperanzas, los dolores, los cuidados y les afanes de la madre. ¡Oh madre dolorida y gimiente por la pérdida de tu hijito!, no llores sobre su cuerpecillo: lloras a un ángel del paraíso que te sonríe desde el cielo y eternamente te agradecerá a ti la vida de felicidad que goce en la faz de Dios, ante el cual te espera allí arriba con los hermanos y con la familia. ¿No son éstos los supremos consuelos de la fe, las grandes verdades que alivian las penas en el áspero y doloroso camino de aquí abajo, las esperanzas que no fallan en el puerto feliz de la eternidad?

Creced en la fe, queridos esposos, no sólo para vosotros mismos, sino para vuestros hijos; sed sus primeros maestros con la palabra y con el ejemplo.

Feliz el hogar que ilumine: estas verdades divinas, el que las viva ya las irradie en torno a sí y el que en toda muerte que ocurra entre sus muros vea el alba de una aurora eterna.

¿Qué deseos más bellos, más altos, más santo, qué mejor plegaria podremos Nos dirigir por vosotros al Padre celestial? En la esperanza y confianza de que el Señor oiga nuestra súplica os impartimos de corazón nuestra paterna bendición apostólica.

b) La adhesión filial

12 de Mayo de 1943. (Ecclesia 29 de Mayo de 1943)

Todas las familias cristianas de las diversas naciones que tienen una misma fe, queridos recién casados, forman una gran familia espiritual, en la cual el esposo es Cristo, la esposa es la Iglesia y la cabeza visible es el Vicario de Cristo en la tierra, el Romano Pontífice, en torno al cual os ha reunido aquí vuestra piedad y de quien deseáis escuchar la palabra, aquella palabra de fe divina revelada por el Redentor del mundo, a la cual os adherís filialmente. Sobre esta disposición de vuestra alma deseamos hoy hablar con vosotros, reservándonos para otras audiencias el discurrir sobre el don sobrenatural de la fe y de su justificación frente a la razón natural. De tal adhesión filial a la verdad revelada nace la fortaleza y la valentía de la fe, tal cual la sentían los primeros cristianos, prontos a sellarla con su sangre, persuadidos como estaban de que Cristo, hijo de Dios, nos ha revelado los secretos del Padre celestial, conocidos por Él, Sabiduría de Dios, del mismo modo que quien contempla la extensión de los mares lejanos desde la cima de un monte altísimo la señala a aquellos que viven en el fondo del valle y confían en su veraz palabra. Sin indagar más, segura de la autoridad infalible de quien habla, el alma fiel cree lo que Dios ha revelado y le enseña la Iglesia, custodia de la palabra divina.

Si consideráis, amados hijos, por un lado las verdades que nos han sido reveladas por Dios y por otro la docilidad de los fieles, una admirable y grandiosa escena se ofrece a vuestra mirada en la gran familia católica, escena de la que encontráis también una pálida pero delicada imagen en aquellos dulces coloquios que se desenvuelven en la intimidad del hogar doméstico, cuando la madre y los hijos, agrupados en torno al padre, escuchan su palabra con atención y respetuoso afecto. ¿Qué dice, qué cuenta él? Acaso cuenta antiguos recuerdos de su niñez; o les comunica sus experiencias y su saber de la edad adulta; o bien les explica alguna maravilla de la naturaleza, de la técnica, de la ciencia o del arte. Si estuvo en los campos de batalla o en el cautiverio, narrará, mostrando las cicatrices de sus heridas, sus trabajos y sus sufrimientos soportados por amor, pensando en ellos, en el querido hogar lejano que tenía que defender. ¡Tantas cosas saltan espontáneamente a los labios de un padre para la instrucción, la alegría, el aliento, la formación de sus hijos! Contemplad su rostro, que el amor ilumina, mientras expresa lo que tiene en la memoria, en la mente, en el corazón. Mirad después el aspecto y las actitudes de la madre y de los hijos: gustad de aquel encantador espectáculo, pero intentad también interpretar los sentimientos que se manifiestan y se suceden en sus rostros y en sus miradas. ¿Qué leéis allí? Una constante atención y un vivo interés, y juntamente una adhesión perfecta, sin duda y sin reserva, a todo lo que escuchan. Los hijos están pendientes de los labios paternos; y si uno de ellos, demasiado pequeño para comprender bien, parece interrogar con sus ojos ansiosos, en seguida se inclina hacia él la madre para explicárselo todo y hacerse su solícita y afectuosa maestra de cuanto ha dicho el papá.

¿Será acaso necesario aclarar la aplicación de esta escena tan humana y a la vez tan deliciosa? ¿No habéis reconocido en ella a Jesucristo Nuestro Señor, esposo de la Iglesia y fundador de la familia cristiana; a la Iglesia, vuestra Madre; y a vosotros mismos, que del esposo recibís la palabra y de la madre las explicaciones, de las que la debilidad humana, la humana ignorancia, la humana corrupción, tienen necesidad? ¿No es justo que se pueda leer en vuestros ojos la misma devota atención y la misma adhesión indestructible y confiada? ¿Existe acaso algún tema que pueda interesar más que estos altos y profundos secretos de Dios, que constituyen en el cielo la intuitiva felicidad de los ángeles y de los santos; cuando Él os revela lo que existe desde toda la eternidad antes del origen de las cosas; cuando os descubre las bellezas invisibles de la creación y da a las que son visibles y materiales la transparencia de un velo ligero, a través del cual se hace conocer a vosotros; cuando el Verbo Divino os enseña cómo hecho semejante a vosotros en la encarnación fue niño pequeño y pasó luego haciendo el bien y sanando a los desgraciados; cuando os dice lo que ha sufrido por vuestra salvación y os muestra las señales de sus llagas; cuando os narra su muerte, su resurrección, su gloria, su reino presente, el anuncio de su reino futuro, donde os ha preparado vuestro puesto y os espera? Sí, vuestro Redentor y pastor de nuestras, almas os cuenta todas estas inefables verdades y estos sublimes misterios de su amor y, Dios como es, omnisciente y grandioso en su omnipotencia, tiene otros mil y mil secretas beatificantes que revelaron.

Es, pues, del todo legítimo, deberíamos decir divinamente natural, que os unáis, y apretéis en torno a Él ávidos de escuchar todas estas narraciones, todas estas confidencias de un incomparable encanto y al mismo tiempo de una soberana necesidad y provecho para vosotros; como es además del todo obvio y necesario que en la humana ignorancia, en la humana incapacidad de comprender cuanto quisierais, interroguéis a vuestra Madre la Santa Iglesia, para que ella os transmita lo que Dios ha dicho y os lo explique, adaptándolo en la medida posible a vuestra inteligencia. Pero igualmente conveniente y necesario es que a esta palabra revelada y a estas lecciones de la madre os adhiráis con pleno corazón, sin sombra de duda, de incertidumbre o de vacilación. Así es como un verdadero hijo escucha al padre, que, sin embargo, es falible como todo hombre, y limitado en su obrar, y podría, por tanto, alterar, exagerar o atenuar las realidades de que habla, aunque no fuera sino para encubrir su incompetencia o para embellecer y animar su conversación. Y, sin embargo, ¿qué hijo osaría suponer en su padre una tal alteración de la verdad o que éste caiga en el error o enseñe cosas que ignora? Cuando, en cambio, quien habla y revela es Dios, la misma Sabiduría y Verdad, ¿no os dice vuestra razón que es imposible que se engañe hasta en un pequeñísimo detalle? Especialmente si consideráis que cuanto ocurre está en sus manos y Él lo prevé, lo permite o lo ejecuta y lo ordena, de modo que suele decirse que "no se mueve hoja que Dios no quiera".

Imaginad ahora por un instante una sombra en el cuadro que os acabamos de describir. Que esta sombra sea uno de los hijos, de aquellos que han superado la ingenuidad de los pequeños y no han adquirido todavía la reserva y la reverencia de los mayores; que espera, con mirada aburrida, el fin de la conversación, impaciente por volver a buscar a sus compañeros y recomenzar sus juegos, tomando el aire de quien no le importa nada de lo que se dice. ¿Sus hermanos no se sentirían ofendidos, indignados, escandalizados? ¿No aparecería una nube sobre la frente de la madre? ¿A qué hijo no le parece que allí ha venido a menos la inteligencia o el corazón o acaso la una y el otro?

Esta sombra tiene también su correspondencia en la adhesión a la revelación y a la fe. Las verdades reveladas, objeto de la fe, alargan hasta el infinito, más allá de los límites de la ciencia humana, el horizonte de nuestros conocimientos de Dios y de las obras divinas en la elevación y en la reparación del género humano, dilatan el campo de nuestra actividad religiosa y moral, estimulan y avivan el corazón en la firmeza de la esperanza, le alientan y confortan en el vínculo de la divina caridad; y, sin embargo un gran número de cristianos no presta a la palabra de Dios, a las confidencias de Cristo, de las que están llenas los Evangelios, ningún cuidado y ninguna atención, no ocupándose sino de las cesas pasajeras, momentáneas y materiales, de las lecturas y de los discursos frívolos, ole las diversiones y de los pasatiempos, de las novelas y de las historias más inútiles para la vida y el trabaja. Es que han perdido todo el candor de los niños, sin adquirir la austera docilidad de las almas vigorosas.

¿Y no es la docilidad, para quien la considere en su sentido originario y profundo, el signo del vigor que anima, sostiene y forma un espíritu suficientemente abierto para conocer la estrechez del saber humano, y presto y pronto a recibir con reconocimiento y adhesión la doctrina de quien sabe y tiene autoridad para enseñar?. Tratar con amorosa inteligencia de llegar a la certidumbre de que la palabra oída es revelación de Dios, nada más legítimo; prestarle el razonable obsequio con la aplicación de la mente y de las ciencias humanas, deseando y empeñándose en entenderla y penetrarla mejor para gustarla y amarla más y practicar sus enseñanzas, nada más laudable. ¡Pero qué contraste, si miramos el porte de no pocos pretendidos espíritus fuertes, desdeñosos de recibir nada revelado, sin cribarlo por sus falsos tamices! Nada admiten, sino examinándolo con la crítica de su incompetente juicio y reduciéndolo a la corta vista de su inteligencia, incapaz de ver los propios límites y de comprender que la verdad es más amplia que la mente y la investigación humana y que, más allá de los secretos de la naturaleza que a ella se le escapan, hay otros misterios más altos, conocer los cuales es sublime perfección del entendimiento humano, y honor inclinarse ante ellos y sabiduría y saciación del alma el sólo entreverlos. Tales espíritus soberbios las encontráis en las calles de las ciudades, en las cátedras y en las academias: son aquellos que en la perplejidad de la fe, en las dudas, en las equivocaciones, en las objeciones que sienten y les turban, no saben recurrir a Cristo, autor de la fe, y decirle como el padre del lunático: "Credo Domine; adiuva incredulitatem mean". Porque "la fe ha de prevenir a la razón de lo que se cree —como dice San Ambrosio—; para que no parezca que exigimos explicaciones a Dios, como a un hombre cualquiera; y piénsese cuán indigno es creer a los hombres que se hacen testigos de otros y no a Diles que en sus oráculos se hace testigo de Sí mismo"; a Dios, que no puede jurar sino por Sí mismo porque no tiene otro superior a Él.

Pero, ¿dónde está entonces la lógica de estos espíritus fuertes que se creen razonabilísimos y paladines de la razón humana contra la fe y contra Dios? Las afirmaciones más aventuradas e infundadas son con frecuencia acogidas y creídas sin examen ni prueba alguna, aunque procedan de fuentes menos genuinas y puras. Es cierto que conviene que en la práctica y en la vida social, para la tranquilidad y la convivencia recíproca, se crea al prójimo baja su palabra, mientras no dé prueba manifiesta de su incompetencia, ligereza o deslealtad. Pero la dignidad y la rectitud de la conciencia, ¿no se indignarían y rebelaríais al observar que en tal modo de obrar no se hace excepción sino contra Dios y contra la Iglesia, negándoles aquella fe que se presta a los hombres?

Dad, pues, a la fe en Dios aquella adhesión filial, que no es otra cosa, para decirlo más claramente, sino el asenso del entendimiento a las verdades reveladas por Dios, asenso imperado bajo el influjo de la gracia por la voluntad humana, porque no se puede creer sin querer creer, siendo la fe un libre asentimiento de nuestra mente, que prestamos a Dios á causa de su autoridad infalible. Creemos en Él sin ver lo que creemos porque la fe es de las cosas no aparentes.

Recién casados, que descansáis el uno en la confianza del otro; futuros padres que aspiráis a gozar la confianza de vuestros hijos; vosotros, a quienes el ansia de ser dignos de ellos será estímulo y aliento para vencer todas las debilidades humanas; desde la aurora de vuestra vida común haced que vuestro hogar esté animado y alegrado por una fe viva y por una franca obediencia a Dios y a su Santa Iglesia. Si queréis que vuestros hijos os demuestren reconocido afecto y pronta devoción, no ceséis vosotros mismos de manifestar respeto y amor a Dios y a quienes le representan. Y si alguna vez ocurre que encontráis penas y dolores que turben algo vuestra fe y vuestra resignación divina, entonces, como los apóstoles, que decían a Cristo, "Adauge nobis fidem", invocad también vosotros del cielo aquel aumento, aquel ardor, aquella potencia de la fe, que engendra los heroísmos en los padecimientos, en las desventuras, en los disgustos, en los peligros, en el sacrificio mismo de la vida. La fe crece con los actos, con los sacramentos, con la purificación del alma, con aquella esperanza y aquel amor que os acercan a Dios y os hacen firmes en los sufrimientos y en el trabajo por vosotros, por vuestra familia, por el prójimo, por la patria, por la Iglesia. Con el objeto visible de la prontitud y de la constancia de la fe educareis, mejor que con muchas palabras, a vuestros hijos en la observancia no sólo del cuarto, sino también de los tres primeros mandamientos de Dios; y de ese modo ellos, aun a través de las tormentas de la vida se mantendrán obsequiosos a vosotros y fieles a Cristo.

Con este augurio y con la confianza de verlo oído por el Divino Redentor, autor y consumador de la fe, os impartimos de todo corazón nuestra bendición apostólica.


1

Salmo 54, 10.

2

Mt 19,29.

3

Mt 8,20.

4

1Pe 1,19.

5

Ef 5,27.

6

Ef 5,25.

7

Ef 3,32.

8

Mt 5,48.

9

Tob 6,16-17.

10

Tob 8,5.

11

Gén 1,22.

12

Hb 13,4.

13

Oración en la fiesta de Immaculada Concepción.

14

Mc 15,23.

15

Jn 20.19.

16

Ef 4,13.

17

Letanías del Sagrado Corazón, 11.

18

Sal 67,10.

19

Mt 5,43-44.

20

Sal 120,9.

21

Is 45,2.

22

Mt 11,29.

23

Jn 8,50.

24

Eclo 23,33.

25

Prov 17,6.

26

Cf. Rom 1,16.

27

Cf. Ef 2,3.

28

Tob 7,7.

29

Lc 7,13.

30

Ef 5,32.

31

1Co 13,8.
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