Martes 5 de marzo de 2002
Beatísimo Padre:
1. Hemos llegado a Roma para encontrarnos con Su Santidad, con su sabiduría, y su amor, fundamentos de sus proyectos apostólicos, cuyo destino es la gloria de Dios y cuyo camino es el hombre, su mundo y su historia.
El primer grupo de obispos argentinos que lo visitó recibió de Su Santidad un mensaje luminoso, a la vez grave y esperanzador, que nos llenó de fortaleza y nos alentó a seguir en el duro combate por la recuperación espiritual de nuestro pueblo.
2. Su Santidad ya había entrado muy hondamente en la historia de Argentina cuando existían los delicados conflictos con el hermano país de Chile y cuando había estallado la guerra de las Malvinas. En su último mensaje, Ud. Santidad, se ha mostrado otra vez como pastor y padre –cercano y bueno, firme y prudente– que acompaña y orienta al pueblo argentino. Queremos expresarle nuestra profunda gratitud por todo ello.
3. En el horizonte pastoral de nuestro país, se destaca la crisis general de la vida económica, social y política, que es fundamentalmente crisis moral. Sabemos que la profundidad y generalización de la corrupción que nos afecta exige, junto a cambios de estructuras, una conversión del corazón y de las costumbres, sumamente dura y difícil.
Sólo Dios salva a los hombres y a los pueblos, sólo Él cambia nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Reconocemos que nuestra libertad no podrá responder sin la ayuda de Dios. Con su auxilio, estamos iniciando un camino largo y fatigoso que reclama toda la grandeza de nuestra caridad pastoral. Pedimos al Señor que toque con su Espíritu el interior de los argentinos, para que –como el hijo pródigo– nos levantemos con humildad y esperanza y, confesando nuestro pecado, nos dejemos abrazar por Dios nuestro Padre y comencemos un período nuevo de nuestra historia como nación.
La credibilidad de los argentinos, su confianza mutua, se ha de lograr en un recíproco servicio de justicia y solidaridad que construya cada día el tejido de la amistad social. No basta la justicia para construir un pueblo. Es necesaria la amistad, que no es sino el amor mutuo, el recíproco deseo de bien, propio de los amigos. Por eso entendemos que hasta la misma democracia, como régimen político, cuando no se funda en auténticos valores compartidos, se puede convertir fácilmente en totalitarismo.
4. Los Obispos hemos creído que era una obligación pastoral acoger el pedido de crear en nuestra tierra un ámbito espiritual, que permitiera un diálogo confiado y fructuoso entre los diversos sectores de la sociedad y del Gobierno. Sin embargo, es nuestro profundo deseo que los laicos, preparados con profundidad, actúen con eficacia y autonomía para transformar el orden temporal que les es propio. Ellos son las manos con que el Señor quiere construir una sociedad digna de sus hijos, los hombres. El Evangelio y la Doctrina social de la Iglesia los iluminará para proseguir –en medio de las vicisitudes e incertidumbres del momento– la edificación del Reino de Dios.
“Queremos ser nación”, una nación cuya identidad sea la verdad y no la mentira; el amor, y no el odio; el trabajo y el pan, y no el desempleo y el hambre; la vida, y no la muerte; la familia, y no la triste soledad; la libertad y la justicia, la solidaridad y la paz.
5. No podemos dejar de manifestarle nuestro gozo, Santo Padre, porque beatificará este año a la Madre María del Tránsito Cabanillas, admirable mujer argentina que, en la escuela de San Francisco, se hizo íntima de Jesús, y al Hermano Artémides Zatti, que nació en Italia e imitando a Don Bosco, sirvió a pobres y enfermos en nuestra Patagonia. El Señor nos llama a la santidad. Ésta es la vocación de todos y la razón última de la evangelización y de nuestro ministerio.
6. Esperamos de Dios misericordioso la renovación espiritual que ha de encender la llama de la reserva moral de nuestro pueblo. Hay muchos argentinos capaces de conducir con sabiduría y nobleza a nuestro pueblo y hacer de él una nación de trabajo, libertad y fraternidad, de cultura y paz, abierta a la esperanza y al futuro, rica en la grandeza interior de su gente más que en los dones de la tierra, rica en la simple piedad de los creyentes, expresada en sus familias, parroquias y santuarios.
Como en la Oración por la Patria, hoy le decimos a Jesús: “Aquí estamos, Señor, cercanos a María, que desde Luján nos dice: Argentina ¡canta y camina!”.
Santo Padre, ayúdenos a levantarnos de nuestras caídas y errores, a cantar nuestra esperanza y a caminar en comunión, sin fracturas ni exclusiones, hacia el futuro que el Señor nos tiene preparado.
Dios Bendiga a Su Santidad, por su caridad sin medida. Y, por medio de su persona, bendiga a la Iglesia que peregrina en la Argentina.
© Copyright 2008. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.